La polémica de 1856
El libro salió en abril con buenas reseñas. En noviembre, un sabio catedrático de hebreo lo acusó de no saber lenguas orientales, y la prensa de Madrid se puso de su parte. Monlau se defendió solo. Dos años después, la Real Academia Española lo eligió académico.
La primavera: «el mas completo»
Las primeras reseñas fueron buenas. Desde Barcelona, un crítico que firmaba «M. M.» escribió: «Del Diccionario etimológico bastará decir que [es] el mas completo que en nuestra lengua se ha publicado» [Diario de Palma (1852), página 2, 25/5/1856] (las iniciales cuadran con las de Manuel Milà i Fontanals, que había trabajado con Monlau en El Vapor, pero no lo hemos podido comprobar). En Madrid, «obra de inmensa importancia» [La España (Madrid. 1848), n.º 2.491, 13/5/1856]; y una carta firmada «F. C.»: «Manual etimológico es verdaderamente el del Sr. Monlau, comparable con los mejores» [El Diario español, página 3, 13/6/1856].
El otoño: el catedrático de hebreo
En noviembre de 1856 El Estado contó que se agitaba «una polémica literaria»: Antonio María García Blanco, «eminente orientalista» y catedrático de hebreo de la Universidad Central, había empezado a publicar en la Revista universitaria, un semanario de instrucción pública, «una série de artículos» contra el Ensayo de Monlau, «que al parecer ha escrito su obra sin conocimientos de lenguas orientales» [El Estado (Madrid. 1856), página 3, 4/11/1856]. El Criterio los tenía por «de gran mérito por los profundos conocimientos filológicos que revelan» [El Diario español, página 3, 7/11/1856], y La Discusión hablaba ya de una «ruidosa polémica» entre el orientalista y el médico [La Discusión (Madrid. 1856), n.º 216, 12/11/1856].
Los artículos de García Blanco no los hemos podido leer: la Revista universitaria de 1856 no está en la Hemeroteca Digital [Lo de la polémica]. La Wikipedia da como título de la serie «Dislates del Dr. Monlau, por meterse a etimologista sin conocimientos de lenguas orientales», sin decir de dónde lo saca [Wikipedia]. Lo que sí tenemos es lo que repitió la prensa.
Lo que le echaban en cara
El Estado dedicó al diccionario dos artículos sin firma, en la línea de García Blanco. El reproche de fondo: un hombre solo, con otras ocupaciones, no podía hacer un diccionario etimológico, «infinitamente menos, si en la escala ascendente de la lingüística, no puede poner el pié sino en dos peldaños, latin y griego» [El Estado (Madrid. 1856), página 3, 13/11/1856]. Y luego los ejemplos, palabra por palabra, que se pueden comparar con lo que dice el diccionario:
- Eva. Monlau escribe: «En hebreo Hévah, derivado de la raíz haim, que significa la vida». El Estado se pregunta qué dirán los orientalistas extranjeros al leer «que en España se hace derivar el nombre Eva» de esa raíz, cuando la verdadera es la de «vivificar» [Diccionario etimológico; El Estado (Madrid. 1856), página 3, 13/11/1856].
- Satán. Monlau: «Viene del hebreo chaitan, genio enemigo de Dios». El Estado: «¿Qué dirán cuando lean que Satan viene del hebreo Chaitan, genio enemigo de Dios? Podrán decir, y por Dios que es mengua, que los orientalistas españoles no conocen el verbo Satan, tentar» [Diccionario etimológico; El Estado (Madrid. 1856), página 3, 13/11/1856].
- Alma. Monlau la saca del latín anima, y este del griego anemos, viento, soplo. El Estado: «Conociendo el verbo hebreo jalam, y la palabra jalmáh y su derivada alma en latin, no hubiera dado probablemente á alma, como voz castellana, el origen de anima; cuando menos, hubiera expuesto las muy notables coincidencias» [Diccionario etimológico; El Estado (Madrid. 1856), página 4, 24/11/1856].
- Cara, del griego kára, cabeza: «sin necesidad de acudir á la sinécdoque, pudiera haber citado el verbo Karáh, salir al encuentro» [Diccionario etimológico; El Estado (Madrid. 1856), página 4, 24/11/1856]. Y lo mismo con casa, cama, príncipe y Jordán [El Estado (Madrid. 1856), página 3, 13/11/1856; El Estado (Madrid. 1856), página 4, 24/11/1856].
- El árabe: «A veinte no llegan las palabras árabes que comienzan con el artículo al» [El Estado (Madrid. 1856), página 4, 24/11/1856].
El juicio final de El Estado no fue tan duro como los ejemplos: el libro «seria mas bien una colección de apuntes muy estimables que podrán utilizarse, cuando se escriba un verdadero Ensayo de Diccionario etimológico»; y, aparte sus inexactitudes, «ha venido á dispertar la aficion á los estudios filológicos» [El Estado (Madrid. 1856), página 4, 24/11/1856].
El más duro fue Francisco de Borja Gayoso, arabista: el diccionario no cumplía «ni siquiera con la condicion de dar la etimología greco-latina» de las voces castellanas [La Discusión (Madrid. 1856), n.º 218, 14/11/1856].
La defensa
Monlau contestó en la misma Revista universitaria «por via de propia defensa y contestacion» [La Discusión (Madrid. 1856), n.º 218, 14/11/1856]. Su texto tampoco lo hemos leído; lo conocemos por Gayoso, que le reprocha «el desenfado» con que «maltrata» al «dignísimo profesor de hebreo» [La Discusión (Madrid. 1856), n.º 218, 14/11/1856]. En la prensa que hemos leído nadie más defendió a Monlau [Nuestro recuento de la prensa]. Juan Valera escribió unas «Consideraciones sobre el Diccionario etimológico de la lengua castellana, de D. Felipe Monlau», que no hemos leído [Nuestro tiempo (Madrid), n.º 136, 4/1910].
interpretación nuestra Los dos tenían su parte de razón. García Blanco veía un diccionario etimológico que no sabía hebreo ni árabe; Monlau había escrito, y lo decía en la portada, un ensayo para estudiantes, que se quedaba a propósito en el origen inmediato, latino o griego, porque «la etimología es el pasaporte del vocablo» y no hacía falta «probar nobleza hasta la primera generacion» (lo contamos en La obra). Lo del árabe, en cambio, se lo seguirían diciendo (abajo).
Tres años después: la Academia
La polémica no le quitó crédito donde importaba. El diccionario se siguió anunciando en 1857 y 1858, al mismo precio [La Iberia (Madrid. 1854), página 4, 22/4/1857; El Sainete (Madrid. 1857), n.º 7, 9/2/1858]. Y en 1858 la Real Academia Española lo eligió académico; la prensa lo felicitó como «laborioso autor del "Diccionario etimológico"» [La Corona (Barcelona. 1857), página 2, 3/7/1858]. Ingresó en junio de 1859 con un discurso cuya tesis era la del diccionario: el castellano viene «del latín y solo del latín» [La América (Madrid. 1857), página 10, 24/10/1859]. Ese mismo año, su primer biógrafo, Ovilo y Otero, no menciona la polémica: del diccionario dice «Diccionario etimológico. Un tomo.» [Ovilo 1859: 81].
interpretación nuestra Lo que sí le quedó fue una etiqueta: la de etimologista de latín y griego. En 1870 la Revista de España lo trata con respeto, «lo más completo que tenemos hasta ahora», pero le echa en falta lo mismo, los arabismos [Revista de España, n.º 14, 3/1870]; y en 1880, cuando ya estaba en la calle el Barcia, ni el uno ni el otro satisfacían «las exigencias científicas de la moderna filología» [Revista contemporánea, I-1880].