El ciclo

Nació en 1846 en un hueco y con un truco; estuvo arriba unos ocho años; se siguió vendiendo casi cincuenta, siempre igual. Por qué fue rentable hacerlo y por qué nadie lo puso al día: las cuentas, con sus fuentes y con lo que es lectura nuestra marcado.

El ciclo del Diccionario nacional, de la suscripción de 1846 a las existencias de 1907 (diagrama de estados) · verlo a pantalla completa

Un hueco y un truco

El hueco: un diccionario de la lengua con todas las voces de ciencias, artes y oficios, que la Academia no quería meter [Iglesia, tesis: 558]. Había otros diccionarios de un solo autor, «en paralelo a la Academia»: Núñez de Taboada (1825), el Panléxico de Peñalver (1842), Labernia (1844) y el de Vicente Salvá (París, 1846), contemporáneo exacto [García Aranda 2014].

El truco: venderlo por suscripción y por entregas, cobrando antes de imprimir. Entregas de cuarenta páginas a 4 reales en Madrid; los dos tomos, 200 reales pagados al suscribirse, con rebaja para los dos mil primeros; acabado, 320 [El Heraldo, 19-II-1846, p. 4]. A los tres meses del primer anuncio ya había 2.000 suscriptores [El Boletín del ejército, 6-V-1846, p. 8]. Y el argumento de venta, que era el más completo y el más barato: si alguien demostraba una obra cuyas entregas «igualen en baratura» a las suyas, regalaba seis ejemplares [La Esperanza, 16-XI-1846, p. 4].

La cumbre, medida

Buscamos en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional la frase «diccionario nacional», año por año, de 1840 a 1915, y clasificamos cada página con una regla de palabras cercanas: 168 páginas hablan del diccionario grande, 66 de su Compendio, 30 de otros diccionarios y 42 son dudosas [Nuestro recuento de la prensa]. Cuenta páginas de prensa que lo nombran, casi todas anuncios; no cuenta ventas. Sirve para ver cuándo se le hacía publicidad.

Páginas de prensa que nombran el Diccionario nacional, por año, y las de sus competidores
Páginas de la Hemeroteca Digital que nombran el Diccionario nacional, por año (arriba), y las de sus competidores (abajo), en proporción a la prensa digitalizada de cada año. Los números, en un fichero de texto. [Nuestro recuento de la prensa]
AñosPáginasQué pasa
1846-184836Prospecto, suscripción, entregas; muere el autor; se acaba la 1.ª
1849-185376Mellado: de la 3.ª a la 5.ª; la campaña de la Biblioteca Española
1854-186813Ventas de bibliotecas; la 10.ª en un catálogo
18698La 11.ª, por entregas
1870-18953Casi nada en la prensa española
189632Un mismo anuncio repetido en dos diarios de Manila
1897-19150—

Si «arriba» es que se le hace publicidad, estuvo ocho años, de 1846 a 1853, con el pico en 1851-1852 [Nuestro recuento de la prensa]. Si «arriba» es que se reedita, casi cincuenta: unas tres ediciones por década hasta 1890, y la 18.ª en 1895 (ver La obra).

El precio bajó y luego se quedó quieto:

AñoPrecioFuente
18464 reales la entrega; 200 suscrito; 320 acabado[El Heraldo, 19-II-1846, p. 4]
1850140 y 160 reales[Boletín de medicina, 2-VI-1850, p. 8; Boletín de medicina, 8-IX-1850, p. 8]
1852120 reales en Madrid, 140 en provincias[El Heraldo, 19-XI-1852, p. 4]
1855130 reales la 5.ª, en la venta de una biblioteca[Las Novedades, 1-II-1855, p. 4]
1867180 reales en Madrid, 200 en provincias[Almanaque de la risa, 1867, p. 165]
189233 pesetas (132 reales)[Anuario literario y artístico, 1892, p. 170]
1896, Manila12,50 pesos; al lado, el Barcia a 52,50[Diario de Manila, 5-V-1896, p. 1]

Hacerlo era rentable

Lo que se sabe:

Con eso, las cuentas interpretación nuestra:

PartidaSupuestoResultado
Componer23 millones de piezas a 2.240 por hora, o a la mitad; jornadas de 10 horas; 10-14 reales el jornaldel orden de 10.000 a 30.000 reales
Papel de 2.000 ejemplaresunos 450 pliegos por ejemplar; 1.800 resmas a 36 realesdel orden de 65.000 reales
Lo que pagaban los primeros suscriptores2.000 a 160 realesunos 320.000 reales

Componer los 23 millones de tipos costó del orden de un 3 a un 9 % de lo que pagaron los primeros suscriptores, y el papel de la primera tirada, un 20 %. Faltan partidas que no sabemos (la tirada, las planchas, los colaboradores, las comisiones de los libreros, el correo, los impagados). Pero la forma es clara: la suscripción ponía el dinero antes que el gasto, y los tipos no eran lo caro. Domínguez, además, era su propio impresor [RAH; Iglesia 2023: 325]. Y la prueba de que el negocio valía es que, el mismo mes en que se acabó la primera edición, Mellado compró la propiedad [El Observador, 24-X-1848, p. 4].

Ponerlo al día, nadie

Lo que se hizo, en vez de rehacerlo:

¿Fueron precisamente los tipos? Sí, pero al revés de como suena interpretación nuestra. No era que componer fuera caro: recomponerlo entero costaba poco al lado de una tirada vendida. Lo caro era redactarlo de nuevo: el texto era de un hombre y unos pocos ayudantes, y ponerlo al día exigía otro equipo y años, sin autor. Y lo barato era no tocarlo: con las planchas, cada edición costaba solo papel, prensa y encuadernación, y un suplemento. Corregir una plancha se puede, cortando el trozo y soldando otro [Wikipedia, estereotipia], pero eso sirve para una errata, no para poner al día 1.793 páginas. Las planchas hicieron rentable que siguiera vivo y lo condenaron a quedarse como estaba.

Lo que heredaron otros

Mientras su libro se quedaba quieto, su texto siguió vivo dentro de otros:

ObraAñosCómo se hizoQué tomó del de Domínguez
Diccionario enciclopédico de Gaspar y Roig (dir. Eduardo Chao)1853-1855Una «sociedad de personas especiales», por secciones, con revisores y un corrector de estilo [El Clamor público, 30-III-1853, p. 4]De 2.528 acepciones químicas, 925 coinciden; muchas, copiadas o casi [Iglesia, tesis: 493, 528-529]
Nuevo diccionario de Salvá, 8.ª ed., con un Suplemento de «unas veinte y seis mil voces»1879Sus editores, sobre la obra de Salvá (1846)908 de esas 2.528, casi siempre copiadas [Iglesia, tesis: 532]
Diccionario de la Academia1852, 1869, 1884, 1899Una corporación; cada edición cambia el textoPoco y cada vez más: 58 acepciones químicas relacionadas, la mayoría en la de 1884 [Iglesia, tesis: 573]
Serrano, Barcia, Montaner y Simón, Zerolo1875-1899Directores y equipos de colaboradores [García Aranda 2014; El Comercio (Manila), 11-XII-1886, p. 4; El Fomento industrial y mercantil, 9-III-1907, p. 19]No lo sabemos

Gaspar y Roig, curiosamente, había sido uno de los libreros que vendían las entregas de Domínguez en 1846 [El Boletín del ejército, 6-V-1846, p. 8]. Los que lo desplazaron fueron obras nuevas, compuestas de nuevo y hechas por equipos, y al menos dos de ellas se nutrieron de su texto.

La vocación

Era la obra de un solo hombre. Se anunció como hecha «por una sociedad de literatos, facultativos y artistas bajo la dirección de don Ramón Joaquín Domínguez» [El Heraldo, 19-II-1846, p. 4], pero quedó como suya, y Seco lo pone entre los diccionarios de «redacción unipersonal» [Seco 1987; García Aranda 2014]. Era autor, editor e impresor; trabajaba deprisa y sobre otros (la Academia, Bescherelle) [Iglesia, tesis: 487]; y lo suyo era la voz: las definiciones burlonas o políticas (La obra).

La competencia dijo justo lo contrario. El prospecto de Gaspar y Roig, en 1853: «es imposible que una sola persona, por privilegiados que sean su talento y erudición, los abarque todos» (los conocimientos de su siglo), y por eso su obra se hacía por secciones, con peritos, revisores y «una mano escrupulosa que diese uniformidad al estilo» [El Clamor público, 30-III-1853, p. 4].

Nuestra lectura interpretación nuestra: lo que no se podía heredar era el autor, su manera de leer a la Academia, su humor, su política. Un equipo podía ampliar las voces técnicas, y eso hicieron otros con las suyas; prolongar a Domínguez, no. Sus colaboradores acabaron el libro y desaparecieron; los dueños que vinieron después eran editores, no lexicógrafos, y compraron un producto, no una vocación. La forma de trabajo que ganó en la segunda mitad del siglo fue la del equipo con director, que se puede reemplazar persona a persona y, por tanto, poner al día.

Lo que no sabemos

Las tiradas de cada edición (y por tanto las ventas); el coste real de la primera; cuánto pagó Mellado; la jornada y el ritmo de un cajista de libros en Madrid hacia 1846; los precios del Salvá y de la Academia en 1846; qué cambió de verdad en la edición de 1895; y qué tomaron de Domínguez Serrano, Barcia, Montaner y Zerolo.

Textos de Karb and Sil, con licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 (CC BY 4.0): cópialo, compártelo y adáptalo citándonos. Los textos de Domínguez, la prensa de 1842-1907 y las imágenes antiguas son de dominio público. Cada dato lleva su fuente entre corchetes; lo que es lectura nuestra, va marcado. Editor: Wordkers. Hecho a partir de nuestras notas de estudio; generado el 08/10/2026 10:08.