Diccionarios de dominio público · un capítulo del libro
Lo que Salvá añadió al diccionario oficial
En París, en 1846 y 1847 [BVFE], un librero valenciano emigrado sacó un diccionario que era, a la vez, una copia y una enmienda: el Nuevo diccionario de la lengua castellana de Vicente Salvá «comprende la última edicion íntegra [...] del publicado por la Academia Española, y unas veinte y seis mil voces, acepciones, frases y locuciones, entre ellas muchas americanas» [Portada]. Lo raro es que dijo, artículo por artículo, qué era suyo. Aquí, lo que él cuenta y lo que hemos contado nosotros.
Karb and Sil · 18/10/2026 12:01 · CC BY 4.0

Tres señales
Al principio del libro, en las Advertencias para el uso, Salvá explica tres signos que pone delante de la cabeza de cada artículo [Advertencias para el uso de este diccionario: XLI]:
- La cruz (†): «todo él se ha aumentado en la presente edicion». La voz entera es suya: no está en el diccionario oficial.
- El asterisco (\*): «se ha añadido lo que va incluído dentro de los paréntesis cuadrados». El artículo es del oficial, y lo que Salvá le pone va entre corchetes, para que se vea dónde empieza y dónde acaba.
- El calderón (¶): «el artículo no ocupa el lugar que le habia señalado la Academia, [...] se ha variado algo su redaccion, ó [...] sus partes están ahora colocadas por diverso órden».
Sin señal, el artículo es el del oficial tal cual. Que una edición «aumentada» diga dónde está cada aumento no es lo habitual: es lo que permite, siglo y medio después, separar lo copiado de lo añadido sin tener que cotejar los dos libros palabra a palabra interpretación nuestra.
Lo que contó él y lo que contamos nosotros
Salvá hizo su propia cuenta: miró las páginas 50, 100, 150, 200… del volumen, 22 en total, y halló en cada una más de veintitrés voces, acepciones, frases o locuciones nuevas, seis correcciones o aumentos parciales y más de una variación en el modo de redactar u ordenar el artículo; como el volumen tiene 1.140 páginas, «contiene 26505 novedades de la primer clase, 6840 de la segunda y unas 1200 de la última» [Introducción del adicionador: XXXV, nota 67].
Nosotros hemos leído la señal de cada artículo en la imagen de su página [Las señales, artículo a artículo]. De los 59.572 artículos que sacamos del libro:
| señal | artículos | qué quiere decir |
|---|---|---|
| † | 10.968 | la voz es de Salvá |
| \* | 10.385 | del oficial, con algo suyo entre corchetes |
| ¶ | 914 | del oficial, reordenado o redactado de otro modo |
| \* y ¶ | 769 | las dos cosas |
| sin señal | 34.579 | del oficial tal cual |
| no se pudo leer | 1.957 |
Las dos cuentas no miden lo mismo interpretación nuestra: la cruz marca artículos enteros, mientras que sus 26.505 «novedades de la primer clase» cuentan también las acepciones y las frases que añade dentro de artículos del oficial, que aquí van con asterisco. En lo reordenado, que sí se parece, él calculó unas 1.200 y nosotros vemos 1.683 artículos con calderón: el mismo orden, algo más.
¿Están bien leídas las señales? Lo hemos comprobado de dos maneras [Las señales, artículo a artículo]. Mirando a mano seis páginas, la señal que damos es la del libro en el 94,9 % de los artículos en que la damos. Y sin mirar la imagen: de los artículos con cruz, solo el 4,9 % tiene su lema en el diccionario oficial de 1843 que publica esta biblioteca; de los que no llevan señal, el 87,1 %, y de los de asterisco, el 84,6 % (los que faltan son, sobre todo, lemas que la máquina leyó distinto en uno de los dos libros) interpretación nuestra.
Cuarenta y seis años de apuntes
La Introducción del adicionador empieza por el origen: los libros que había escrito y editado le habían obligado «á recurrir de continuo al Diccionario de la Academia», y fue anotando en papeles sueltos «los descuidos ú olvidos» que veía, hasta que en 1833 los juntó en un volumen [Introducción del adicionador: VII]. Algunos eran de antes de su pubertad: a los doce años leía a Cervantes, Solís, Saavedra, fray Luis de León, Granada y Nieremberg «con la pluma en la mano», apuntando las voces que faltaban o no le parecían bien explicadas en el diccionario de 1791, el que manejaba; la colección abarcaba ya cuarenta y seis años [Introducción del adicionador: VII]. Cita entre sus trabajos su Gramática castellana, que llevaba siete ediciones, el diccionario latino de Valbuena que adicionó y la reimpresión que había hecho del de la Academia [Introducción del adicionador: VII].
Del libro mismo dice que el proyecto formal no tenía más de doce años, que le había dedicado «de doce á catorce horas» al día, y casi otras tantas «mi amado hijo y un corrector» [Introducción del adicionador: XXXV]. Y que le hubiera gustado acabarlo donde personas entendidas le aclarasen las dudas, «pero en una tierra extraña y encerrado en mi gabinete, á fin de no corromper la mia con el uso de otra lengua, ha sido preciso recurrir á mis propias fuerzas» [Introducción del adicionador: XXXV]. Firma la Introducción en «Paris, 16 de diciembre de 1845» [Introducción del adicionador: XXXVII].
El hombre, según Ovilo
La única biografía que tenemos en la biblioteca es la del Manual de Ovilo y Otero, de 1859, diez años después de su muerte [Ovilo y Otero, 1859: 187]. Según Ovilo, nació en Valencia el 10 de noviembre de 1786, estudió griego, teología y derecho, y se hizo librero al casarse con la hija de un librero; en Palma publicó con Isidoro Antillón la Aurora Mallorquina (1812-1813), que le costó una primera emigración a Francia e Italia hasta 1818; fue diputado en las Cortes de 1822-1823 y por ello emigró otra vez, a Londres, donde abrió una librería y empezó a publicar; de allí pasó a París con su librería, que dejó a cargo de su hijo Pedro. Volvió a Valencia en 1847 con su biblioteca y murió en París, del cólera, el 5 de junio de 1849, en un viaje que emprendió contra el consejo de su familia [Ovilo y Otero, 1859: 187]. El texto de Ovilo lo tenemos por lectura de máquina y alguna fecha no casa (pone el traslado a París en 1838 y, después, unas Cortes de 1837): por eso aquí no damos el año en que llegó a París interpretación nuestra.
Las voces americanas
«Entre las dicciones olvidadas por la Academia en su Diccionario, debieron llamar mi particular atencion, desde que me propuse adicionarlo, las peculiares de América» [Introducción del adicionador: XXVII]. Escribió a varias personas para reunir los provincialismos del Nuevo Mundo y recibió poco; tiró de los historiadores y viajeros (fray Pedro Simón, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, el vocabulario de Alcedo), del Diccionario provincial de voces cubanas impreso en Matanzas en 1836, de un manuscrito de unos habaneros que revisó Domingo del Monte en París, y del mejicano Andrés Oseguera, que llegó a París cuando ya estaba impresa una tercera parte del volumen [Introducción del adicionador: XXVII]. Cuando una voz se usaba a la vez en Méjico y en el Perú la marcó p. Amér., y pensaba que eso probaba que no había nacido allá, sino que era corriente en la Andalucía de fines del XV [Introducción del adicionador: XXVIII]. Para frijol consultó a «un mejicano, un chileno, un venezolano y un habanero» antes de definirlo [Introducción del adicionador: XXVIII].
Qué palabras nuevas sí y cuáles no
Salvá no admitía todo lo que corría. Dio entrada a cupé, papillota, pupitre, quinqué, rango y tílburi, «palabras tanto ó mas comunes que ambigú, cabriolé, carretela, corsé, fricandó, glasé, tremó etc.», y no se decidió «á admitir á brochura, hacer el amor, mocion ni á susceptibilidad, que van siendo de moda» [Introducción del adicionador: XXVII]. Y explica qué quiere decir cuando llama neológica a una voz: que «ha sido introducida en lo que va de este siglo», pero que descansa en el uso general o en la autoridad de escritores correctos [Introducción del adicionador: XXVII].
La segunda edición
El libro que leemos es la segunda edición. Salvá cuenta en su Advertencia que salía «habiendo únicamente trascurrido poco mas de un año desde su anterior edicion», con erratas corregidas, acepciones añadidas y algunas planchas rehechas para poner las voces en su sitio; la firma en «Paris, 1º de junio de 1847» [Advertencia sobre esta segunda edición: XXXIX-XL]. Al frente reimprime el prólogo de la Academia a su edición, que cuenta seis años desde la octava [El prólogo del oficial]: es la novena, la de 1843, que también está en esta biblioteca interpretación nuestra.
Lo que no sabemos
- La primera edición. No la hemos visto en escaneo: no sabemos cuánto cambió de una a otra más allá de lo que dice la Advertencia.
- Su vida, por otras fuentes. Solo hemos leído la biografía de Ovilo; ni la prensa de su tiempo ni los estudios modernos.
- Qué copió exactamente. Las señales dicen lo que Salvá declara; el cotejo artículo a artículo con el oficial de 1843 lo hará Quién copia a quién.
- La señal que no leímos. En 2.015 artículos la imagen no dio una señal clara y no decimos nada.
Para seguir
- El diccionario, palabra por palabra · Cada artículo con su señal y la página del original.
- El diccionario oficial de 1843 · La edición que Salvá reimprimió y aumentó.
- El diccionario oficial, edición a edición · Las ediciones que tenemos en texto y qué cambió de una a otra.
- Quién copia a quién · Otro capítulo del libro.
- El libro en Internet Archive · El escaneo entero, con los preliminares.
- Fuentes · Todo lo citado, enlazado a su original.