Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Morirse

tomo 3 · página 827 · ver la página del original

Morirse. Recíproco. Dejar de vivir. I Tener pasión por alguna cosa, en cuyo caso rige la preposición por, como cuando decimos: MORIRSE por el teatro, por la caza, por las mujeres, por el juego; se MUERE por dar chanzas. Se usa con todas las demás acepciones del neutro.

SINONIMIA. Artículo primero.—Mo RIR, PERECER. Estas palabras se diferencian en que morir es acabar la vida desatándose la unión del alma con el cuerpo, y perecer es dejar de ser después del padecimiento de cualquier daño, trabajo, fatiga ó molestia de alguna cosa ó persona. Morir no supone sino un efecto de una ley invariable por la cual se rige la naturaleza, y perecer se aplica en los casos de violencia por un objeto extraño. Morir no señala, como perecer, una anticipación de la naturaleza, ó una desgracia imprevista. Morir es dejar de ser. Perecer es recibir la muerte. (LópEz PELEGRÍN.) Artículo segundo.— MORIR, PERECER. Morir es dejar de vivir. No supone otra idea que la simple cesación de la vida: perecer es morir mal. Supone conflicto, percance. Morimos de viejos: perecemos de hambre. Se muere en la cama, al abrigo de la familia, del cariño, de la amistad: se perece en un calabozo, en un naufragio, en un patíbulo. El enfermo muere: el asesino perece. El hombre nace para morir; es su destino: dada cierta combinación de circunstancias desgraciadas, no hay más recurso que perecer: es una desdicha, un castigo acaso. Santa Teresa de Jesús, que es tan hablista como santa, en quien no sabemos qué admirar con más entusiasmo, si el talento ó la santidad, dice: Vivo sin vivir en mí, Y tan grande vida espero, o uee Pongamos en lugar de amvero porque no muero,» «perezco porque no perezco,» y diremos el mayor de los despropósitos, puesto que, si algo significasen aquellas palabras, significarían que la santa se hallaba en algún trance, en algún tormento, en algún subterráneo, cuando, por el contrario, se trata de una muerte tan venturosa, que ve en el sepulcro el pasaje para la eterna bienaventuranza. Hablando Lista del Salvador, en su preciosa oda La Muerte de Jesús, dice: odos anemid hasdaanos. Digamos perece en vez de muere, y ya no podrá hablarse de Jesús, porque no perece el que muere para revivir en la eternidad y en la veneración de todos los siglos; no perece quien redime al mundo, quien salva al hombre, quien cumple muriendo los más altos fines de Dios. Dando á las palabras el espiritu que realmente tienen en nuestra lengua, no perecen el santo, el sabio, el héroe; perecen los malvados. No perecen la fama, la gloria, la virtud, la esperanza y la fe; perecen los odios, las envidias, las calumnias, las ambiciones, las pequeñeces y las torpezas. No perece Jesús, perece quien le sacrifica; perece quien le mata. Y ya que hemos citado dos autoridades, no queremos dejar de citar otra, que nos es tan respetable y tan querida. Cuando el cura, el barbero, el ama y la sobrina celebraron el auto de fe con los libros caballerescos de Don Quijote, dice el cura al maese Nicolás á propósito de la obra Palmerín de Inglaterra: «digo, pues, salvo vuestro buen parecer, señor maese Nicolás, que éste y Amadís de Gaula, queden libres del fuego, y todos los demás, sin hacer más cala y cata, perezcan.» Pongamos mueran en lugar de perezcan, y resultará una frase absurda, porque no se trataba de que acabasen de buena manera, sino en el fuego que ardía en el corral: más claro, no era cuestión de morir, sino de perecer, porque perecer es morir quemado.

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