Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Camodar

página 727 · ver la página del original

Camodar. Activo. Germanta. Trastrocar. Camoëns (LUIS DE). Celebérrimo poeta portugués, lauro y orgullo de su patria. Nació en 1517 y murió en 1580. Su vida, como la de otros muchos grandes hombres, es un verdadero poema de contratiempos y aflicciones, una tristísima epopeya de infortunios gloriosos. De familia noble, aunque pobre, se consagró con fruto á los estudios; pero no bien los hubo terminado y entrado en el mundo que con tan seductores matices le presentaba su ardiente fantasía, cuando principió para él aquella serie no interrumpida de amarguras, que sólo había de terminarse con su muerte. El amor forjó el primer eslabón de la cadena de sus desgracias. El joven poeta no sabía aún cuán peligrosos suelen ser los amores con las damas de los palacios; pero hubo de aprenderlo muy pronto, tan pronto como debió á los suyos ser desterrado á Santarem. Defraudadas sus más risueñas esperanzas, desvanecidas sus más halagüeñas ilusiones, presa de sombría desesperación, pero henchido de ese entusiasmo que sólo enciende el fuego de la juventud, y más aún la eterna juventud del genio, se alistó en el ejército y fué á la expedición de Africa, donde, como los héroes que cantó Tyrteo, peleó siempre en las primeras filas. Su denuedo le deparó, batiéndose frente á Ceuta, la pérdida de un ojo. Decir que no recibió recompensa alguna de la patria sería inútil en verdad, que la ingratitud y la desgracia tienen hecho pacto contra los grandes hombres, y no hay quien en ese número no cuente al inmortal LUIS DE CAMOENS. Desatendido, mutilado, lleno de amargura, marchó á las Indias en 1553, con la intención, según se dice, de no volver á pisar el suelo lusitano, y exclamando, como el poeta latino: Ingrata patria! on possidebis ossu me. (¡Patria ingrata! No poseerás mis huesos.) Pero la desgracia es inexorable con sus víctimas, y muy pronto en las Indias clavó sus aceradas garras en el poeta portugués. Poco tiempo permaneció en Goa. Una sátira escrita contra el virrey le ocasionó un nuevo destierro, siendo esta vez Macão el punto donde se expulso al desgraciado vate. Tal vez á este destierro debe Portugal el florón más valioso de su corona literaria, el poema Os Luisiadas, que entonces escribió. No podemos analizar y juzgar aquí, como quisiéramos, ese libro monumental, y nos concretaremos á decir que en él cantó CAMOENS las atrevidas expediciones, los gloriosos descubrimientos de los esforzados portugueses que, bajo la conducta de Vasco de Gama, surcaron el Atlántico para descubrir y poblar un nuevo mundo. Es un poema que refleja el espiritu aventurero y emprendedor de aquel siglo, en que la humanidad hallaba estrechos los

viejos continentes, y entraba en esa nueva vida, de que es la literatura fiel trasunto. Es una epopeya inspirada por el amor y admiración á la patria, tanto más amada, tanto más admirada siempre cuanto más lejos la recuerda, la canta, la llora el pobre poeta desterrado. Es una de esas obras impregnadas de los deseos y aspiraciones de un pueblo, saturadas de las memorias tradicionales y de los hechos heróicos de una nación; y es, por ende, la obra más popular, la verdaderamente nacional en la patria de los CAMOENS, pues desaparecen y se disipan los pequeños defectos, que en ella puede ver la crítica, ante su indisputable mérito, como desaparecen y se disipan las manchas del sol ante su luz esplendorosa. Es, en resumen, el poema, la epopeya, la obra de Portugal, como la Ilíada lo es de Grecia; la Eneida, de Roma; la Divina Comedia, de Italia; el Quijote, de España; el Fausto, de Alemania; el Don Juan, de Inglaterra; como lo son otras de otras naciones, que no hay nación sin sus Luisiadas, sin su Don Juan, sin su Quijote, sin su Fausto, sin su Divina Comedia, sin su Eneida, sin su Tlíada; en una palabra, sin su obra.— Y la de Portugal estuvo á punto de perderse. Cinco años habían transcurrido desde que desterrara á CAMOENS el vengativo virrey, cuando su sucesor le levantó el destierro y pudo de nuevo dirigirse á Goa. Hasta entonces se habían conjurado contra el poeta los hombres y las pasiones: en su viaje se conjuraron también los elementos. CAMOENS naufragó; pero logró salvar su vida y salvar su obra, que mientras nadaba sostuvo con una mano fuera del agua. Os Luisiadas, como su autor, estuvieron á punto de perecer. El gran poema de la literatura portuguesa pudo desaparecer ignorado, desconocido, merced á una tempestad, á un naufragio, á una corriente, á una ola; pero se salvó para ser inmortal, que todo lo inmortal se salva siempre.—CAMoENS volvió á Lisboa y dió á luz su poema. Inútil es decir que obtuvo un gran éxito, pero que éste no alivió la situación precaria del autor. La corte creyó recompensarle generosamente concediéndole una modestísima pensión, que le retiró cuando tuvo á bien; y el egregio poeta, que había luchado desde joven con todo linaje de adversidades y desgracias, con el odio, con la envidia, con la persecución, con el destierro, con la ingratitud, hidra que devora á los pueblos, hubo de luchar en las postrimerías de su vida con el hambre. Y hubiera perecido, á no ser por un criado fiel y noble, que pedía limosna por las calles para que no muriese de miseria el hombre inmenso que más honor y gloria ha deparado á Portugal Pero si no murió de hambre, murió en un hospital al fin. ¡Desgraciado CAMOENS! Vivió en la desgracia, agonizó en la miseria, murió en el hospital...—Son de notar los muchos puntos de semejanza que ofrecen la vida de CAMOENS, el Cervantes portugués, y la vida de Cervantes, el CaMoens español. Ambos manejan la pluma y esgrimen la espada: ambos son escritores y soldados: ambos defienden con su espada la patria que no premia su pluma: ambos honran con su pluma la patria que no premia ni su pluma ni su espada. CAMOENS pierde un ojo peleando ante los muros de Ceuta: Cervantes pierde un brazo peleando en las aguas de Lepanto. CAMOENS es desterrado á Santarem y á Macão, y escribe su obra en el destierro: Cervantes es cautivo en Argel y encarcelado en Argamasilla de Alba, y escribe la suya en la prisión. CAMOENS halla en la corte una escasa pensión temporal y se ve precisado á aceptar la protección de un magnate: Cervantes se ve precisado á aceptar, tal vez á solicitar, la de un conde, pues le escribe aun en los últimos momentos de su vida. ¡Mezquina protección! CAMOENS muere en el triste lecho de un triste hospital: Cervantes muere abandonado en el solitario aposento de una calle solitaria. Y ambos espiran olvidados, desatendidos, perseguidos, pobres, mal juzgados, sin que su generación comprenda ese himno patrio, verdaderamente bélico, que se llama Os Luisiadas, ni esa epiléptica carcajada, verdaderamente homérica, que se llama el Quijote. La semejanza, la identidad, la paridad, no puede ser mayor ni en su vida, ni en su muerte, ni en su desgracia, ni en su gloria. Réstanos advertir que don Rodrigo de Camoëns, gallego, pasó á establecerse á Portugal, de cuyo origen viene el insigne autor de Os Luisiadas. Si la historia no conservara datos y recuerdos para demostrar este punto, lo demostraría el nobilísimo suelo gallego, en donde abundan las gratas memorias de la familia de los CAmoENS. No pretendemos usurpar sus legítimos timbres al pueblo portugués, en cuyos gozos nos gozamos; pero le pedimos participación en Os Luisiadas, como hermanos de nacimiento, porque el tiempo no puede deshacer lo que han hecho el cielo, los astros, la atmósfera, la tierra y el mar: los hombres no pueden deshacer lo que ha hecho Dios. Para la letra de algunos siglos, los portugueses y los españoles pueden ser extranjeros: para el eterno espíritu de la historia, también para el eterno espíritu de la conciencia humana, los portugueses y los españoles son hermanos. Portugal puede odiar á España, si así cumple á nuestra desdicha; pero cuando asentamos nuestros piés en la vieja tierra del pueblo lusitano, nuestro corazón late, nuestro alma se alegra y nuestros labios dicen: «respiramos el aire de nuestra patria.»—Volviendo ahora á nuestro CAMOENS, aconsejamos á los portugueses que escriban los siguientes vocablos en el pedestal de su estatua: «¿qué es el genio? Agrandar al mundo y morir de miseria.» O bien aquel verso famoso: «Ser mendigo y más que rey.» En la erección de la estatua del hombre ilustre á quien nos cabe la alta honra de dedicar estas humildes líneas, se leyeron muchas y bellísimas poesías portuguesas; entre ellas, se leyó una en castellano, la cual debemos á nuestros lectores, sin otro título ni razón que el hecho de no habe sido publicada. Á LUIS DE CAMOENS Acaso un hombre á quien el odio inquieta Privarme quiere de mi suelo hermoso; Pero me quedas tú, noble poeta Pero te tengo á ti, mártir glorioso. No es extranjero un hijo de Castilla Para quien como tú no tiene cuna Que el genio vive como el astro brilla Y el sol no es extranjero en parte alguna ¡Ay! Yo también proscrito y calumnlado Por mares procelosos he corrido Y en mi frente su luz ha reflejado El astro de la noche condolido. Cambien yo, como tu, mirada m’oeb Un suspiro exhalando en mi agonía, Sin tener en la tierra otro consuelo Que la remota fe que Dios me envia También yo, como tú, busco una palma Y adoro la verdad que tú adoraste, un misterioso amor arde en mi alma Como el eterno amor que tú soñaste También yo adoro con afán profundo La divina locura del poeta También yo, como tú, busqué en el mundo Una desierta Cruz y una violeta. Trémulo llego á ti, vate sagrado; Enséñame á decir lo que tú has sido, Tú que á la tierra lusitana has dado Lo que nunca le ha dado hombre nacido. Divina inteligencia en carne humana Deja que un triste evoque tu memoria, Tú que has dado á la tierra lusitana Un arte grande y una grande historia. Pobre fuiste en un siglo que te olvida Pobre fuiste, es verdad: y ¿à quién te queja Si todo un pueblo te olvidó en tu vida, Un pueblo todo tras tu vida dejas ¡Si! Tú creaste el pueblo que aqui existe Tú, gran poeta, á Portugal creaste Tu, gran poeta, a Portugar hiciste Cuando hiciste la historia que acabaste Sepulcro colosal, mundo ignorado, Dime cómo decir lo que tú has sido, Tú que á la tierra lusitana has dado Lo que nunca le ha dado hombre nacido ¡Párate, sombra! A mi razón oscura Suspender deja un formidable velo; Y déjame alentar en esa altura Donde parece que nos mira el cielo. Ignoro si en regiones conocidas, No sé si en una tumba silenciosa No sé dónde, entre luces escondidas He visto arder tu mente esplendorosa Hay un fuego en la vida, lumbre vaga Que el dolor de los genios alimenta; Fuego que nadie ve, que nadie apaga Donde el mundo aterido se calienta. Es hoguera que llama no despide, Es calor que se siente y no sofoca Como el aire se siente y no se mide, Como se siente el alma y no se toca Cuando un gran pensamiento al hombre i Cuando el hombre no cabe en esta esfera, Es necesario arder en esa pira, Es necesario arder en esa hoguera ouee se Teptémuudaun insulto. Del altisimo Dios es un convenio: Dios ha querido que ese fuego oculto Lo anime todo: ¿a quién te quejas, genio? Yo, vate, en ese hogar me he calentado; Yo el fuego de tu espiritu he seutido Y hoy en la tierra que su luz te ha dado Vengo á estampar un beso agradecido, También yo, como tú, soy forastero En esta vida do sufriste tanto; También yo, como tú, lloro y espero; También yo, como tú, suspiro y canto Dame el hondo misterio que te encumbre Dame de tu ideal la luz intensa Y el sol de cuatro siglos que te alumbra Queme mi vida con tu vida inmensa (Lisboa, Julio de 1866, á bordo del Ba lomé Diez.

la historia de «camodar», de obra en obra →

abrir en el lector · buscarla en todos los diccionarios · los datos de la obra

El texto de Barcia (1880-1883) es de dominio público. El troceado, esta página y sus datos son CC BY 4.0, Karb and Sil. Cítese: «Camodar», en Roque Barcia, Primer diccionario general etimológico (1880-1883), Biblioteca Wordkers, https://biblioteca.wordkers.com/d/barcia/camodar.