Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Rossini (JOAQUÍN)

tomo 4 · página 776 · ver la página del original

Rossini (JOAQUÍN). Célebre compositor de música, que nació en Pésaro (Rumanía) el 29 de Febrero de 1792, y murió el 13 de Noviembre de 1868. Era hijo de un tamborilero, que unía á esta profesión la de inspector de los mataderos, y de una cantante, que formaba parte de una compañía de saltimbanquis. Desde la edad de diez años, acompañaba á sus padres á los teatros de los mercados, tocando el cornetín en la orquesta y haciendo á veces de improvisado maestro de coros. Confiado á los cuidados de un cierto Tesei, de Bolonia, que enseñaba el canto y el piano, se hizo notar muy pronto, en las iglesias y en los coros de los teatros, por su hermosa voz de soprano. En 1807 ingresó en el Liceo de Bolonia, donde estudió el contrapunto con el abate Mattei; pero los preceptos, las fórmulas y los ejercicios á que por necesidad se sujetaba, tenían poco atractivo para él, y bien pronto renunció á ellos, dedicándose por sí solo al estudio de las obras de Hayden y Mozart. En 1808 consiguió que se ejecutara una sinfonía á grande orquesta, titulada: Il pianto d’armonia, siendo su primer ensayo teatral: La Cambiale di matrimonio, ópera bufa en un acto, estrenada en Venecia, 1810, con buen resultado. Al año siguiente estrenó en Bolonia: L Equivoco stravagante; pero el éxito no correspondió á sus esperanzas. Entonces comprendió que era necesario hacer algo más y estrenó en Roma, en 1812, Demetrio y Polibio, de la cual ha sobrevivido su cuarteto; hoy, intércalado en otras obras de su autor, y dió muestras de su incansable fecundidad, haciendo representar cinco partituras eu diferentes ciudades de Italia. Estas fueron; L’Inganno felice, de la cual sólo se conoce hoy un terceto; Ciro in Babilonia, de la que se citan con elogio algunos trozos, y sobre todo, un coro, cuyo motivo se convirtió más tarde en la famosa cavatina del Barbieri di Seviglia; la Scala di seta, la Occazione fà il ladro, é || figlio per azzardo, obras olvidadas hoy, y la Pietra del paragone, notable por la cavatina y final del primer acto. Pero la obra que aseguró la reputación de ROSSINI, hasta el punto de ser saludado como el primer compositor italiano de su tiempo, fué Tancredo, ópera seria representada en 1813 y cuyo asunto está tomado de la tragedia de Voltaire. Aureliano in Palmira tuvo menos suerte, en 1814; pero (l Turco in Italia y la Italiana in Argel

obtuvieron el más completo aplauso. En 1815 sólo escribió Isabel, reina de Inglaterra, para una cantante del teatro de Nápoles, la signorina Colbrand, con quien debía contraer matrimonio en 1822. Una endeble composición, Torvaldo y Dorlisha, estrenada en 1816, fué seguida inmediatamente del Barbero de Sevilla, obra á cuyo éxito no dejó de perjudicar el recuerdo de Pasiello, que había tratado el mismo asunto, pero que no tardó mucho en convertirse en la partitura más popular del fecundo maestro. Después del pasatiempo en un acto: La Gazzetta, nuestro autor, á quien hasta entonces sólo se conocía por su delicadeza y su gracia, demostró en Otelo que sabía encontrar acentos patéticos y apasionados. La Cenerentola y la Gazza ladra, representadas en 1817, se cuentan también entre sus buenas obras. A partir de esta época, si se dejan á un lado algunas producciones secundarias, tales como Adelaida di Borgogna y Riciardo é Zoraida (1818), Ermiona y Eduardo é Cristina (1819), Bianca é Faliero (1820) y Matilde di Sabran (1820), donde, sin embargo, hay bellísimos trozos, se nota en Ros SINI, no sólo la riqueza de la melodía y los efectos que arrebatan á la multitud, sino una notable disposición para imprimir á sus obras el color local, que su asunto requiere, y la más perfecta expresión de la verdad. Así se encuentra en Armida (1817) el tono caballeresco; en Moisés (1818), el sentimiento religioso; en la Donna del lago (1819), el carácter romántico y melancólico de las montañas, y en Maometto II (1820), el vigor salvaje del fanático y el acento del más desinteresado patriotismo. Zelmira, representada en Viena en 1822, alcanzó un éxito portentoso; pero, en cambio, al año siguiente, Semíramis fué acogida en Venecia con cierta injusta frialdad, que llenó de amargura el corazón de ROSSINI. Aquel fracaso fué lo que le determinó á abandonar á Italia, partiendo inmediatamente para Londres, en que dió lecciones de canto, y dirigiéndose luego á París, donde sus obras encontraban algunos obstáculos para su aclimatación. Durante dos años, tuvo allí la dirección del teatro Italiano, hasta que en 1825 escribió una pieza de circunstancias para la consagración de Carlos X: || Viaggio á Reims, que le valió una lucrativa pensión, la plaza de intendente general de la música del rey y la de inspector de canto de Francia. En 1826, refundió para la Grande Opera su Maometto II, que se convirtió en el Sitio de Corinto; Moisés sufrió una transformación semejante en 1827, y al año siguiente, escribió Il comte Ory, modelo de delicadeza y de elegancia, en la cual conservó algunos trozos del Viaje á Reims. Al año de 1829 corresponde la obra que luego había de ser uno de los más preciados florones de su corona, el (uillermo Tell, y que, sin embargo, fué recibida con una frialdad que hizo cruzar por la mente del gran músico la idea de no escribir más para la escena. Con efecto, después de esta época, sólo encontramos de él El Roberto Bruce, representada en la Opera en 1846, la cual no es más que una rapsodia de la Donna del lago, y el Bruschino, estrenada en los Bufos-Parisienses en 1857, refundición ligerísima de un ensayo de su juventud. ROSSINI escribió todavía mucha música que, salvo un Stabat Mater, compuesto en 1823 y publicado en 1841, y una Misa, ejecutada en 1846, casi toda ha permanecido inédita. De tal modo parecía haber perdido la fe en el arte, de tal manera le irritaba ver sus obras despreciadas en Italia y desconocidas en Alemania, que, abandonado á una pereza de que nadie le hubiera creído capaz, dejó correr infructuosamente muchos años de su preciosa vida. En 1836 regresó á Italia, quedó viudo en 1845 y contrajo segundo matrimonio en 1847, obligándole los movimientos revolucionarios de Bolonia á retirarse á Florencia, de donde volvió á Paris en 1855. La última obra que dió al público, fué el Himno ejecutado en el palacio de la Industria en 1867, para la repartición de premios de la Exposición universal.

ROSSINI, desde 1823, era académico de la de Bellas Artes de Francia. Además de sus óperas, compuso algunas cantatas: Didone abbandonatta (1811); Egle é Irene (1814); Teti é Peleo (1816); la Riconescenza (1821), é Il vero Ommaggio (1822); una colección de melodías á una y dos voces, con el título de Veladas musicales; tres coros religiosos (La Fe, La Esperanza y La Caridad), y unas Estancias á Pío IX.

Reseña.—1. Su primera ópera fué admitida en el teatro de San-Mose, de Venecia, merced á la protección que le prestaba la familia de Perticori. 2. Durante su estancia en Inglaterra ganó, en cinco meses, entre lecciones y conciertos, la suma de un millón de reales (250.000 francos). 3. La Misa que compuso para la familia de Rothschild le valió diez mil duros. 4. Como hemos dicho ya, el Guillermo, estrenado en París en Agosto de 1829, sólo obtuvo un mediano éxito que, más que otra cosa, pudiéramos calificar de fiasco. Fueron necesarios el talento y la voz de Duprez y la influencia de la revolución de 1830, para hacer comprender al público una obra tan levantada y de tan raro desempeño. 5. Al cargo de inspector general del canto en Francia se asignaron 20.000 francos, suma que debía trocarse en una pensión de 6.000, en el caso de que una circunstancia imprevista suspendiera el empleo. La expulsión de Carlos X hizo que se cumpliese aquella circunstancia, lo cual fué parte para que ROSSINI, en litigio con los liquidadores de la lista civil, obtuviese al cabo cuanto se le debía por tal concepto. 6. Dícese (y es verdad) que, duran te el proceso, vivía en París en un estado miserable, con el objeto de inspirar compasión al mismo tiempo que acumulaba en su palacio de Bolonia cuanto la riqueza más antojadiza puede idear. 7. A dicho palacio se retiró en 1836. 8. Una de las causas del estado de ociosidad en que pasó ROSSINI los últimos años de su vida, fué una enfermedad de mal de piedra, que padecía, unida á crisis nerviosas, que afectaban tanto á su cuerpo como á su espíritu. A causa de estas dolencias volvió á París en dos distintas ocasiones (1843 y 1855), para procurarse los cuidados de su sabio amigo el doctor Civiale. 9. En 1845 falleció su primera esposa, M.lle Colbrand, que vivía separada de él, dando entonces su nombre á M. me Olimpia Pélissier, que le había acompañado á Francia. 10. En 1864 se representó una ópera titulada: El canto de los titanes, que pasó casi desapercibida. 11. A su muerte, sus exequias fúnebres se celebraron en la iglesia de la Trinidad, con modesta pompa, según su expresa voluntad; pero con una concurrencia tan numerosa, que hubo necesidad de llamar á un piquete de gendarmería para evitar desórdenes en el templo. 12. En su testamento dejó dos mandas de 3.000 francos, que se habían de adjudicar por el Instituto á los autores del mejor libreto y de la mejor partitura, siendo condición precisa que esta última hubiera de recomendarse por la melodía. 13. El ilustre maestro, á quien la posteridad conocerá siempre con el dictado del Cisne de Pésaro, se vió condecorado con las principales encomiendas de Europa, siendo una de ellas el cordón de gran oficial de la Legión de Honor. Víctor Manuel le confirió la gran cruz de la nueva orden de la Corona de Italia, en Abril de 1868; y antes, el 21 de Agosto de 1864, había sido objeto, viviendo aún, de ura distinción con que pocos se han visto honrados. La ciudad de Pésaro, haciendo justicia á su ilustre hijo, le erigía con la mayor solemnidad una hermosa estatua. 14. Hallándose en una butaca de cierto teatro de Paris, el emperador Napoleón III le llamó al regio palco. ROSSINI penetró en la antecámara con la cabeza descubierta, como era natural; pero oyó con asombro que el emperador le decía: «Tocáos, maestro, porque el descubrirse no es costumbre admitida entre soberanos,» con cuya ocurrencia ingeniosa proclamó la soberanía de su genio. 15. Su crédito respecto del público no era menor, como lo demuestra el siguiente lance. Hallándose en Roma, se trataba de poner en escena una obra de Mercadante, de cuyo éxito no estaba seguro el autor. ROSSINI le manifestó que le respondía del aplauso público, mediante la apuesta de mil liras (cuatro mil reales), que fué acep

tada. Cuando llegó la noche de la representación, se sentó cerca de la orquesta, en asiento visible, para que el público se fijara en él, como si fuese parte de la emoción que siempre despierta en los espectadores todo nuevo espectáculo. Rompe la sinfonía, Ros SINI se agita en su asiento, se acalora, y en el pasaje que le pareció más del caso, se pone en pie y principia á palmotear desaforadamente, mientras que el público, entusiasmado con el entusiasmo del maestro, salvó la obra de Mercadante y aseguró á ROSSINI las mil liras. 16. Habiendo tenido noticia de que se pensaba en París levantarle una estatua, se presentó un día al presidente de la comisión nombrada al efecto, á quien dijo: «Si me dan ustedes lo que han de gastarse en mármoles y artistas, yo me pondré sobre el pedestal de la estatua, y así tendrá París la estatua natural.» Este cinismo del gran maestro hizo fracasar el proyecto en cuestión, pues la comisión hubo de comprender que no necesitaba una estatua de piedra quien se convertía en estatua de su propio egoismo. 17. Hallándose en Bolonia, huyó despavorido de la ciudad, porque aplaudian la célebre aria del Rigoleto: La donna e movile Cual piuma al vento; Muta d'accento E di pensier. ROSSINI se escandalizaba de que se aplaudiese semejante gazmoñería musical. 18. Odiaba á Verdi en tales términos, que siempre decía: «todo lo malo es suyo; todo lo bueno es de otros.» 19. Una joven cantante italiana se llegó á él, suplicándole que tuviese á bien oirla cantar, para que le dijese si se encontraba en situación de aceptar la contrata que se le proponía. ROSSINI acogió su deseo con grandes muestras de agasajo. Llegado el momento de la prueba, se puso al piano para acompañarla. Mientras que la joven cantaba en el tono correspondiente, el maestro la oía con la atención más religiosa; pero, cuando desafinaba, dejaba de tocar y aplaudía exclamando: ¡Bel talento! ¡Benone, benone! (¡Magnífico talento! ¡Muy bien, muy bien!), cuya despiadada ironía revelaba bien claramente la poca clemencia de su corazón. 20. Ya en sus últimos años, tomó el oficio de repostero de sí propio, matando el tiempo en hacer pasteles; de tal modo, que su único estrado era la cocina. 21. Su último triunfo consistió en quinientas representaciones del Guillermo Tell, con cuya ocasión los artistas le regalaron una magnífica corona de oro, al mismo tiempo que su busto fué colocado en la regia sala de descanso de la Grande Opera de París. 22. Tenemos que añadir una anécdota muy curiosa, cuya noticia llegó á nosotros por extraño camino, y que nuestros ilustrados lectores van á recibir con indudable complacencia. Había puesto en música el primer acto del Otelo, cuando fué á visitar á una marquesa de Paris. Mientras que la señora de la casa salía, se acercó á una mesa de la sala, en donde había un libro. Fué á buscar la portada de la obra, y leyó: Historia del moro de Venecia. Hojeó aquel libro con devoradora ansiedad, y hubo de advertir que la historia del moro era mucho más grande que el libreto que le habían escrito para dicha ópera. Hízose á toda costa del libro en cuestión, llamó al poeta, se lo dió á leer y le exigió que le compusiese otra letra para los actos segundo y tercero, los cuales son incontestablemente muy superiores al primero, ya escrito. Así aconteció que una visita, tal vez casual, ciñó á sus sienes el magnífico lauro del Otelo. ¡Bien haya tal visita! 23. El hombre moral.—Era avaro hasta la sordidez; codicioso, hasta la bajeza, y tan descuidado en materia de reparos morales, que casi frisaba en impío. Más de una persona, que conocía á fondo su vida privada, nos ha dicho que requirió de amores á su madre. Nosotros advertimos que no lo creemos, y aun suplicamos á nuestros ilustrados lectores que no lo crean. Por consiguiente, la supuesta abominación no debe pesar sobre su fama. La historia de ROSSINI nos da á conocer un profundo arcano de la vida, profundo y terrible, porque nos demuestra que también en el mundo hay aberraciones de origen divino. ¿Cómo un hombre tan pobre en su conducta, era tan sumamente rico en la creación? ¿De qué manera una fantasía tan hermosa tuvo una contextura tan deforme? No lo extrañemos: un plumaje humilde sirve de lecho al dulce arrullo de la tórtola, mientras que la malignidad de la serpiente se reviste de brillantísimos colores, cuyos matices nos fascinan á la luz del sol. 24. El hombre de talento.—ROSSINI era una inteligencia poderosa, verdaderamente privilegiada, casi universal. Para ponderar sus talentos extraordinarios, hay quien dice que la música, siendo tan sabio en ella, era el asunto de que menos sabía. 25. Una extravagancia del artista. El insigne autor componía del modo siguiente. Tenía una multitud de papelitos numerados de una manera escrupulosa. Al despertarse por la mañana y sin salir del lecho, cogía un papelito, escribía una cifra y lo tiraba; cogía otro, escribía otra cifra y lo volvía á tirar. Concluida la operación, se recogían los papeles sueltos, se ordenaban convenientemente, según el número de cada papel, y resultaba hecha la composición. 26. El genio.—El ilustre compositor no se vió libre de incorrecciones de factura, tales como el abuso de los crescendos, de las cabalettas y de determinados ritmos. Salvos estos defectos, que nada significan, la gran figura de ROSSINI parece encarnar toda la figura de su arte. Los compositores de su tiempo, secuaces absolutos de la melodía y del canto, no admitieron nunca la armonía, sino como simple acompañamiento, ni en los instrumentos miraron otra cosa que un auxiliar para servir de sostén á la voz. Nuestro autor fué quien introdujo cierta sabia armonía, llena de disonancias agradables y primorosas, que comunican tanta grandeza á una parte instrumental, en la cual no desdeñó el empleo de los más rudos instrumentos militares. Era entonces costumbre escribir precipitadamente y tejer piezas, que ni obedecían á ningún plan ni seguían un rumbo determinado. Nuestro autor, rompiendo al cabo con sus inspiraciones la esclavitud de la rutina, planeó sus obras y las subordinó á un sistema discreto, dejando á un lado las falsedades, que estaban en boga, aunque él sabía que eran de un aplauso seguro. Este nuevo método de Rossini mató la languidez de la ópera seria, reemplazando el recitado libre por otro acompañado, en que una pintoresca instrumentación da un carácter más decidido á las diversas situaciones y una emoción más viva á los movimientos del alma. Guillermo Tell vino á marcar el punto culminante á que tendió ROSSINI, cuya elevada aspiración artística puede resumirse en dos fórmulas: convertir la vocalización en cierto género de canto y hacer de la declamación el fondo de la melodía: he aquí la revolución del arte músico italiano. En nuestro autor se encuentra, como en nadie, la verdad, la belleza y la elegancia de los recitados, la noble magnitud de la idea, el nervio de la expresión dramática y el atrevimiento de las modulaciones, sostenido siempre por una vigorosa instrumentación. Pero el mérito del grande hombre de esta biografía, raya más alto aún. Hay ciertos instantes en que nos parece que la orquesta está ebria de alguna terrible impresión, como en el Otelo; hay situaciones en que se nos figura que la tempestad pone ante nuestros ojos la visión de un delirio; hay momentos en que imaginamos que una naturaleza desencadenada, furiosa, rodeada de las sombras del caos, toma parte en la música del gran maestro, espantándonos con un sentimiento horroroso y sublime, que hasta el horror paga tributo á la belleza, cuando hay genio que lo sabe hacer. Y fué que Rossini subordinó los furores de la materia á los misterios del espíritu; es decir, subordinó las grandes pasiones de los elementos á las grandes pasiones del corazón humano. Esto significa que el arte de ROSSINI ha creado una emoción más grande, un sentimiento más general, una existencia más humana, probando que la música vive en consorcio íntimo con la estética de las pasiones. ¡Alta y generosa osadía! Perdonemos al hombre moral de estos apuntes, ya que sus ruindades no alcanzan á la serena majestad de su genio.

27. Bibliografia. La vida de Rossi NI y sus obras han sido objeto de minuciosos y completisimos estudios por parte de los biógrafos y de los amantes del arte. Entre los críticos más completos, debemos citar los siguientes: STENDHAL; Vida de ROSSINI (París, 1823 y 1854, 2 volúmenes). H. BlA SE; Revue de Deux-Mondes (1853). FETis; Biografía universal de músicos célebres (Bruselas, 1844). ESCUDIER; RoS SINI, su vida y sus obras (Paris, 1854). F. CLEMENT; músicos célebres (París, 1865); y sobre todo, ACEVEDO, ROSSINI, su vida y sus obras (1865).

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El texto de Barcia (1880-1883) es de dominio público. El troceado, esta página y sus datos son CC BY 4.0, Karb and Sil. Cítese: «Rossini (JOAQUÍN)», en Roque Barcia, Primer diccionario general etimológico (1880-1883), Biblioteca Wordkers, https://biblioteca.wordkers.com/d/barcia/rossini-joaquin.