Roque Barcia · 1880-1883
Roma
tomo 4 · página 751 · ver la página del original
1. Roma. Femenino. Geografía.
Grande, hermosa y célebre ciudad de la Italia meridional, maravilla del mundo, gala y asombro de la historia. DESCRIPCIÓN Atendida la inmensa importancia de la población que vamos á describir, considerada universalmente como la primera del mundo bajo el triple aspecto histórico, artístico y monumental, dividiremos el presente artículo en tres partes principales, que denominaremos: ROMA antigua, ROMA moderna y Reseña histórica; amén de las subdivisiones que dentro de cada una de ellas, creamos oportuno establecer, para mayor claridad y fácil inteligencia de nuestros ilustrados lectores. ROMA ANTIGUA 1. Fundación.—El origen de RoMA es perfectamente fabuloso, aun siguiendo las tradiciones romanas, como lo prueba el siguiente curioso relato: «Númitor, rey de Alba, había sido destronado por su hermano Amulius, el cual mandó exponer á dos gemelos que Rhea Sylvia acababa de dar al mundo, y cuyo nacimiento aparecia envuelto en el mayor misterio; aunque después se les llamó hijos de Marte. Abandonados que fueron en el Alto-Tíber, la corriente de este río condujo su cuna á un lugar pantanoso y agreste, situado al pie de una colina, llamada Pallante ó Palantina, en donde fueron amamantados por una loba. Un pastor de las cercanías, llamado Faustulus, admirado de este prodigio, recogió enternecido á las dos infelices criaturas, las crió y puso por nombre Romulus y Remus. Llegados á la edad de la adolescencia, y como se enteraran del secreto de su nacimiento, restablecieron en el trono á su abuelo Númitor, quien les obligó á ir á fundar una ciudad en el mismo sitio en que habían sido abandonados. El paraje elegido fué el monte Palatino, y la época, el 4.° año de la 6.* olimpiada, que corresponde al 753 antes de Jesucristo. Muerto Remus, á consecuencia de una reyerta, quedó Rómulo como único jefe de la colonia. Entre las fábulas relativas á este origen, se encuentra un dato que no carece de verosimilitud, y es que la fundación de ROMA, que tuvo lugar en 21 de Abril, se debe á una primavera sagrada procedente de Alba. Dábase en la antigua Italia el nombre de primavera sagrada (ver sacrum), á la emigración de ciertos guerreros que, nacidos durante el curso de una primavera y consagrados á la divinidad, cuyo enojo esperaba aplacarse, no habían sido inmolados en los altares, sino reservados para formar más tarde lejanas colonias. Los picentinos, los samnitas y los lucanios dieron su origen á las primaveras sagradas de los sabinos.
2. Recintos.—RoMa se hallaba circunscrita en sus primitivos tiempos al monte Palatino y tenía por límites una trinchera, trazada alrededor de la colina, que formaba un cuadrado de 400 metros de lado, próximamente: era una especie de campo, cubierto de chozas, las cuales servian de alojamiento á una población de 3.000 hombres; número á que ascendía el bando de Rómulo. Muy luego se aumentó la población con un nuevo barrio, el monte Tarpeyo, denominado después Capitolino, y Rómulo ofreció en ella un refugio á todos los bandidos de los alrededores. Posteriormente á la derrota de los sabinos, que trajo su unión con los romanos, la ciudad se ensanchó al Norte con la reunión de una parte del monte Quirinal. El valle situado entre éste y el Palatino, fué el Forum, en donde celebraba el pueblo sus asambleas. Numa Pompilio encerró en un solo recinto los tres barrios de la nueva ciudad. Tulo Hostilio trasladó la población de Alba al monte Celio, comprendiéndole en el circuíto de ROMA; y Anco Marcio, haciendo lo mismo con el Aventino, lo pobló de habitantes de Tellene y de Polliturium y levantó además una fortaleza en la cima del Janículo. Los recintos, construidos en distintas épocas, ofrecían muy poca solidez; y Servio Tulio hizo uno nuevo de piedras de talla, en el cual comprendió los montes Viminal, Esquilino y la parte Norte del Quirina!. Este recinto, uno de los más históricos de ROMa y del cual todavía se conservan numerosos restos, afectaba la forma de un polígono irregular; medía 3.500 metros, de Nordeste á Sudeste, y 1.500 de Oriente á Occidente, sin incluir una parte de sus extensos muros, que se unía, por el Oeste, á la mencionada fortaleza del Janículo; contaba 23 puertas; su circunferencia era igual á 12.597 metros, y su superficie, á 63872 hectáreas. Después de Servio, la ciudad conservó el mismo recinto murado; pero en tiempos de Sila, Augusto, Claudio y Trajano, el recinto civil y religioso recibió todo el ensanche que exigiera el aumento de población. ROMA vino á ser por entonces una ciudad de mediana extensión, con vastos arrabales, y su población se evaluaba en 1.300.000 habitantes, de los cuales, sólo 280.000 ocupaban el recinto murado. Por los años de 271 de la era cristiana, empezó Aureliano las obras de reconstrucción del recinto de ROMA, que Probo terminó: quedando comprendidos en él el Campo de Marte y la colina de los Jardines (hoy, el Pincio), que habían estado siempre en las afueras de la población. El nuevo perímetro tenía 18.201 metros; su superficie, 1.39647 hectáreas, y los muros, que son los de la actual ciudad, excepto el Vaticano, 16 puertas. Las desigualdades del terreno dieron á ROMA el nombre de Ciudad de las siete colinas.
3. División. — Augusto dividió la ciudad en las 14 regiones ó barrios siguientes; 1.°, el de la puerta Capena, al Sudeste; 2.°, del monte Cœlius, en donde moraban los cortesanos; 3.°, de Isis y de Serapis, en el monte Esquilino; 4.°, de la vía Sacra, entre los montes Capitolino, Esquilino, Palatino y Viminal; 5.8, de A lia Semita (senda alta), comprendiendo el Quirinal; 6.°, de la vía Láctea. al Occidente del anterior; 7.°, del Esquilino, sobre la montaña de su nombre; 8°, del Forum; 9.°, del Campo de Marte; 10.°, del monte Palatino; 11.° del Gran Circo; 12.°, de la Piscina pública; 13.°, del monte Aventino; 14.°, del Janículo.
4. Puentes, caminos y puertas.— La ciudad contaba 8 puentes, llamados: Milvio, A lio, Fabricio, Triun fal, Cestio, Sublicio, Aureliano y Puente Roto. Los caminos que conducian á las puertas de ROMA, eran: al Noroeste, la vía Triunfal; al Norte, la vía Claudia, de la que se formaban, á cierta distancia, las vías Cassia, Flaminia y Salaria; al Nordeste, la via Nomastiana; al Este, la Tiburtina, la Prœnestina y la Labicana; al Sudeste, la Latina; al Sur, la Ardeatina y la Ostiensis; al Sudoeste, la Portuensis; al Oeste, la Aurelia y la Cornelia. El número de puertas ascendía, según Plinio, á 37. 5. Interior de la ciudad.—El emperador Augusto se vanagloriaba de haber tomado una RoMA de ladrillo, que el dejaba de mármol; pero esto debe entenderse respecto de los monumentos, puesto que la ciudad, propiamente tal, conservó, aun después de su reinado, la misma fisonomía: un conjunto de casas mal construidas, de chozas informes, cubiertas de paja en su mayor parte y de calles enlodadas, estrechas, tortuosas y frecuentemente
escarpadas, constituían en aquella época la ciudad que debía ser un día la metrópoli del universo. ROMA permaneció en este mismo estado durante todo el período republicano, hasta la dictadura de Sila, en que se llevaron á efecto algunas mejoras. Después del incendio de Nerón, la capital romana, reedificada de nuevo, llegó á ser verdaderamente una ciudad magnífica, sembrada de hermosos monumentos, y con una población que varios autores han evaluado en 3.000.000 de almas. RoMa ofrece, en ciertos parajes, curiosos restos de sus tres recintos antiguos: el de Servio Tulio, dejó señales evidentes en el monte Quirinal y en las ciudades Barberini y Negroni; el de Honorio, que estuvo defendido por 387 torres, subsistió hasta el siglo vin de nuestra era; y el trazado de los muros de Aureliano hace suponer que el perímetro de ROMA pudo alcanzar, en aquellos tiempos, de 25 á 30 kilómetros de desarrollo.
6. Monumentos.—Para mayor comodidad de nuestros ilustrados lectores, subdividiremos esta interesante materia en los tres períodos siguientes: I. Pertodo monárquico.—La serie de los grandes monumentos que han hecho de RoMa la ciudad eterna, data de la época de los reyes: Tarquino el Viejo mandó construir la cloaca Máxima, obra prodigiosa de solidez perfecta, sumidero inmenso que, después de 2.400 años, conduce todavía al Tíber todas las inmundicias de la población. Anco Marcio, ó Mamercos, estableció en la roca del Capitolio el célebre calabozo, conocido con el nombre de prisión Mamertina, en el cual Cicerón hizo estrangular á los cómplices de Catilina; y en donde, según los legendarios, fueron detenidos los santos apóstoles Pedro y Pablo antes de ser conducidos al martirio.
II. Período republicano.—Pertenecen á esta época: la vía Apia y los acueductos; los muros de Tabularium, extensa galería, situada en la parte oriental del monte Capitolino, que sirvió de depósito de las leyes, grabadas en planchas de metal, y cuya construcción se atribuye á Escipión, 594 años antes de Jesucristo, y el templo de la Fortuna, hoy, de Santa María Egipciana. En la iglesia de San Nicolo di Cárcere se han encontrado vestigios de los templos de Juno Matuta, de la Piedad y de la Esperanza; y en los cimientos del palacio Pio, restos del teatro de Pompeyo, el primero de piedra que se levantó en Ro MA; cerca del cual estuvo la curia, en donde César fué asesinado. A las construcciones que dejamos ligeramente apuntadas, pueden añadirse también, como pertenecientes á la misma época, las tumbas de Bibulos y de los Escipiones.
III. Período del imperio.—Fué el más fecundo y brillante en monumentos y obras de todo género: la piedra, empleada hasta entonces en las construcciones, se vió sustituida por el mármol y el granito. Al frente de aquellas portentosas creaciones del arte arquitectónico, aparece el Forum, cuyo origen se remonta á la famosísima alianza de los romanos y los sabinos. Esta inmensa plaza tenía la forma de un trapecio, el cual, partiendo de las faldas de los montes Quirinal y Capitolino, se extendía estrechándose hacia el Esquilino: su longitud medía 200 metros; el mayor ancho, 90; el menor, 50. Una espaciosa calzada, llamada vía Sacra, formaba su límite á lo largo del lado Norte; mientras que otra, denominada el Canal, la dividía transversalmente en dos partes: una, al Occidente, y otra, más elevada, al Oriente, conocida con el nombre de Comitium. Los pantanos, que circuían el Forum en un principio, fueron reemplazados, hacia los tiempos de César, por magníficos templos, hermosos edificios, apropiados á las necesidades de la política y los negocios, comprendidos otros varios forums no menos suntuosos, cuyo movimiento continuó después, bajo los emperadores, hasta Constantino. Al pie del monte Capitolino se levantaban: el templo de Saturno, que contenía el tesoro público; el de la Concordia, el de Antonino y Faustino y la cárcel pública: al Norte, las basilicas Æmilia y Argentaria, la Curia Hostilia, la Grecostasis y la Regia; al Oeste, el templo de Julio César, y, sobre la vía Sacra, el arco de Fabio: al Sur. el templo de Vesta, el de Cástor y la basílica Julia. Los nuevos forums eran: el de Julio César, el de Augusto, el Palladium, construido por Domiciano y rodeado de un arco de círculo notable; el Boarium (mercado de bueyes); el Olitorium (mercado de las verduras); el de Antonino, y, superando á todos en magnificencia, el de Trajano, circuído de pórticos y decorado de estatuas, el cual contenía una basílica, un templo, consagrado á aquel emperador; la famosa biblioteca Ulpiana, y, descollando en el centro del edificio, la célebre columna Trajana. En los últimos años de la república no se veían ya casas particulares alrededor del Forum: los templos y los monumentos lo habían invadido completamente, distinguiéndose: en la plaza, los rostros (rostra), célebre tribuna, compuesta de un pedestal de piedra, de dos metros de elevación, y desde donde se hablaba al pueblo en sus asambleas; en el Comitium, el tribunal del pretor, el lago Curtio y dos pequeños arcos, denominados Janus superior y Janus inferior; al pie del monte Capitolino, en la extremidad de la vía Sacra, el arco de Septimio Severo, á más de una multitud de bellísimas estatuas y columnas. Esta plaza, que ocupaba el punto más bajo de la ciudad, se veía inundada en las grandes crecidas del Tíber. Entre los demás monumentos levantados durante el imperio, figuran los templos, los anfiteatros, los circos, los pórticos, los arcos de triunfo, las columnas, los obeliscos, las termas, los acueductos y los mausoleos. Daremos una noticia sumaria de cada una de estas diversas clases de construcciones.
1. Templos. — Basilica Julia: fué fundada por Julio César, concluída por Augusto, y sus ruinas quedaron al descubierto en 1850.—Basílica de Constantino: medía 100 metros de longitud por 70 de ancho y 23 de altura, y se la considera como edificada sobre las ruinas de un templo de la Paz.— Templo de Júpiter Stator: su arquitectura es de las más ricas de la antigüedad y de él existen tres hermosas columnas de orden corintio, de 13 metros de elevación.— Templo de Antonino y de Faustino: ofrece un buen pórtico, adornado de 10 magníficas columnas de mármol, de || metros de altura, y notables bajorrelieves, al cual da ascenso una escalera de 21 peldaños.— Templo de Romulus y de Remus: en su pavimento de mármol se hallaba grabado el plano de ROMA, cuyos fragmentos se conservan reunidos en el museo del Capitolio.— Templo de Vesta: era de forma circular, rodeado de un pórtico, sostenido por 20 columnas de mármol de Carrara; créese que su construcción data del siglo u del imperio.—Templo de Minerva Médica: contenía las estatuas de Esculapio, Pomona, Adonis, Venus, Fauna y Hércules.— Templo de Júpiter Capitolino: considerado como el primero de ROMA, delante del cual se elevaban las estatuas colosales (fundidas en bronce) de Júpiter y del famoso Hércules de Lysippo, trasladada de Tarento, en 543, por Fabio Máximo.— Templo de“ Pallas Minerva: uno de los más hermosos, adornado de columnas de orden corintio.— Templo de la Concordia: su origen se remonta á los tiempos de Camilo y fué restaurado por Tiberio: el Senado celebró en él algunas sesiones y en su recinto pronunció Cicerón su famosa arenga contra Catilina.— Templo de Júpiter Tonante: uno de los mejores de la antigua ROMA, del cual se han encontrado algunas columnas de un trazado perfecto.—El Panteón ó la rotonda de Agrippa, actualmente, iglesia de Santa María de los Mártires: este edificio, tan notable por su solidez como por la armonía de sus proporciones, tiene un magnífico peristilo y una cúpula espaciosa, que recibe la luz por una anchísima abertura, practicada en el centro. Es el monumento más célebre que nos ha transmitido la antigua ROMA, por su estilo y conservación. Fué levantado por Agrippa, yerno de Augusto. 26 años antes de nuestra era; incendiado bajo Tiberio y Trajano y restaurado sucesivamente por Adriano, Antonino, Septimio Severo y Caracalla. Su recinto encierra los restos de Rafael y de su esposa, de Baltasar Peruzzi, Juan de Udino, Pelegrín del Vaga, Zuccari y Aníbal Carracci. 2. Anfiteatros y circos.—Los princi
pales de la antigua ROMA, eran el Coliseo, una de las maravillas de la capital romana y del mundo. El emperador Vespasiano empezó este anfiteatro á su regreso de la guerra contra los judíos; Tito lo terminó é inauguró en una festividad pública, que duró cien días, en la cual murieron muchos gladiadores y 5.000 fieras. Este inmenso edificio era de forma oval, estaba construído de ladrillo y podía contar 107.080 espectadores: el circuito exterior medía 1.641 piés romanos, y su altura, 157 (el pie romano equivale á 295 milímetros): la arena ó plaza en donde luchaban los gladiadores, tenía 282 piés de longitud por 182 de latitud; los dos pisos superiores se hallaban formados de medias columnas y pilastras de orden corintio; el del piso bajo, pertenecía al dórico, y el principal al jónico. Durante diez siglos, los ricos propietarios de RoMA vinieron edificando sus palacios y quintas con las piedras extraidas de aquel grandioso monumento.— Teatro Marcellus: lo hizo levantar César y lo concluyó Octavio Augusto, quien lo dedicó á Marcelo, hijo de Octavia: estaba rodeado de pórticos y era capaz de contener 30.000 personas.— Anfiteatro castrense: sirvió para las luchas de los soldados contra las fieras y para fiestas militares.—Circus Maximus: se hallaba situado entre los montes Aventino y Palatino; medía 2.400 piés romanos de longitud por 450 de ancho y contenía 250.000 espectadores. Era el circo en donde se celebraban los juegos llamados circenses.—A los precedentes, pueden añadirse todavía: el circo de Salustio, levantado en el mismo sitio que ocuparan los jardines del célebre historiador; los circos de Heliogábalo, Flaminio, Flora, Agonalis, ó de Septimio Severo, y el de Nerón, destruído por Constantino para edificar en él la antigua basílica de San Pedro.
3. Pórticos.—Los de Roma servían de paseos; eran numerosísimos y se encontraban por lo común cerca de los teatros. El de Pompeyo el de Julia, el de Filipo y el de Octavia, eran los más notables; particularmente, este último, el cual contenía la famosa Venus de Médicis; se hallaba enriquecido de obras maestras debidas al cincel griego, y formaba un paralelógramo, con dos órdenes de columnas, que circuían un patio, en donde se elevaban dos magníficos templos, 4. Arcos de triun fo.—Levantábanse ordinariamente para perpetuar el recuerdo de alguna victoria memorable. Distinguíanse entre ellos: el arco de Dolabella y Silanus, que constituían una de las entradas del campo de Marte —El de Septimio Severo, denominado de los Plateros, levantado á aquel emperador por los comerciantes de joyas y plateros del Forum.—El de Janus Quadrifons, revestido de mármol, con cuatro bóvedas de arco; 48 nichos ornados de estatuas.—El de Marco Aurelio, demolido en 1662.—El de Septimio Severo, construído en honor de este soberano y de Geta y Caracalla, sus hijos; subsiste todavía y es de mármol blanco, decorado con 8 columnas de orden compuesto y de bajorrelieves.—El de Tito, erigido á este emperador después de la toma de Jerusalén: es también de mármol y de un solo arco, bajo el cual se distinguen dos hermosos bajorrelieves y bellísimos rosetones. Este monumento, rica presea del arte gentil, fué posteriormente restaurado por orden de Pio VII.—Arco de Constantino, levantado para conmemorar las victorias de este emperador contra Magencio y Licinio.
5. Columnas. — Las célebres columnas de la antigua ROMA, eran: la de Focas, situada en medio del Forum, erigida en 608 en honor del soberano de aquel nombre.—La columna Trajana, dedicada á Trajano por el Senado. en memoria de las victorias alcanzadas por este emperador: tiene 44 metros de altura y se compone de 34 trozos de mármol blanco, comprendidos los 20 que constituyen la columna, propiamente dicha, á cuyo vértice se sube por una escalera de caracol, de 182 peldaños, tallada en el mismo mármol. El diámetro inferior mide á metros, y 3/30, cerca del capitel. Un bajorrelieve, en forma de espiral, que representa los asuntos tomados de la expedición de Trajano contra los dacios, da 23 vueltas alrededor del monumento. En 1588, hizo colocar Sixto V la estatua de san Pedro sobre el pedestal, que antiguamente ocupaba la de Trajano, fundida en bronce sobredorado.—Columna Antonina, dedicada á Marco Aurelio, se compone de 28 pedazos de mármol y tiene igualmente una escalera interior de 190 peldaños: la estatua de este emperador ha sido reemplazada por otra de bronce que representa á san Pablo.
6. Obeliscos.—Entre el considerable número de obeliscos egipcios, trasladados á ROMA por los emperadores para mayor embellecimiento de su ciudad, merecen citarse: el obelisco de la plaza del Vaticano, de 24 metros de altura, transportado de Heliópolis á ROMA por Calígula; el de San Juan de Letrán, de 33 metros de elevación, trasladado de Heliópolis á Alejandría por Constantino, y después á ROMA, por Constancio; el de Trinità-di-Monti, de 15 metros de alto; el de la plaza del Pópolo, de 37 metros, con algunos jeroglíficos; el del Monte-Citorio, dedicado al sol por Augusto; el de la plaza Navone, obra romana del tiempo de Dominiciano; los de Santa María Maggiore y Monte-Cavallo, transportados por el emperador Claudio; los del Panteón, Santa Marla-Sopra-Minerva, Pincio y Meta-Sudans, y la estatua colosal de Nerón, ejecutada en bronce por Zenodoro.
7. Termas.—Los romanos de la república se bañaban en el Tíber: la conquista del Oriente dió á este pueblo el hábito de los establecimientos de baños, el cual produjo las numerosas é inmensas construcciones, llamadas termas, que tan importante lugar ocupan en la arquitectura romana. He aquí las más notables que RoMA poseía: Termas de Caracalla, concluidas por Heliogábalo; eran admirables, y en el interior, de una magnificencia asombrosa. En la actualidad forman, con el palacio de los Césares, las ruinas más grandes de ROMA. En su vasto recinto, en que se contaban 1.600 baños de pulido mármol, se encontraron en el siglo xVI el Hércules Farnesio, el Tronco del Belvedere, la Flora, la Venus Callipyge y el Toro Farnesio.— Termas de Tito, que ocupaban una parte del palacio de oro de Nerón y que contenían el grupo de Laocóon.— Termas de Agrippa, que se extendían en medio del campo de Marte, sobre una superficie de 37.050 metros.— Termas de Diocleciano, las más vastas de todas las de ROMA; se hallaban situadas en el monte Quirinal; medían 136.500 metros superficiales y encerraban 3 200 baños, una galería de cuadros y la biblioteca Ulpiana, que Diocleciano mandó trasladar del Foro Trajano. 8. A cueductos.—De todos los trabajos emprendidos por los romanos, los que dan una idea más elevada de sus empresas y de su genio, son los acueductos. Las más célebres de estas construcciones, son: Aqua Marcia, acueducto de 60 millas de curso; ó de éstas, en arcos de bóveda, el cual conduce las aguas desde Tívoli á ROMA.— Aqua Tépula, de 13 millas de longitud. — A qua-Vigo, construído por Agrippa, de 14 millas de curso y que alimenta hoy las fuentes de la capital.—Aqua Claudia, de 46 millas, hecho por Calígula.—A nio Novus, de 62 millas de longitud; 9 de ellas, en arcos de bóveda, de más de 36 metros de elevación.
9. Mausoleos. — ROMA, aparte los diversos monumentos mencionados, se hallaba cubierta, en todas sus partes, de una infinidad de mausoleos y túmulos, algunos de los cuales se conservan todavía. Enumeraremos, entre los más importantes: el mausoleo de Augusto, que contenía los restos de este emperador y su familia; el de A driano, sepulcro de los Antoninos hasta Septimio Severo, con una estatua colosal de aquel soberano, y sobre cuyas ruinas fué edificado el castillo de Santo Angelo; el túmulo de los Escipiones; el de Pomponio Hylas y el de Pomponio Vitalina. 10. Otros monumentos. — El campo actual de, la ciudad que nos ocupa, ofrece multitud de construcciones, pertenecientes á la RoMA antigua, entre las cuales figuran: la vía Apia, empezada en 442 por el censor Appio Claudio, la cual iba de Roma á Capua en una extensión de 208 kilómetros, y, más tarde, hasta Brindis, en una longitud de 352; la pequeña iglesia del Domine quo Vadis, en donde, según la leyenda, encontró san Pedro á Jesús con la cruz á cuestas; un co
lumbarium; las Catacumbas, célebres laberintos subterráneos, en las cuales celebraron sus primeras reuniones los cristianos de ROMA; la granja de Magencio; el circo y el templo de Romulus; el túmulo circular de Cecilia Metella; la gran serie de sepulcros de la vía Apia, la quinta y la tumba de Galeno.— Los escombros de los edificios de otros tiempos, acumulados durante el curso de los siglos, han levantado considerablemente el suelo de ROMA, pues el piso de la ciudad antigua era mucho menos elevado que el de la moderna: el pavimento del Forum se halla á 10 metros sobre el del Foro romano; para encontrar la roca Tarpeya, hubo que vencer grandes dificultades, y, en la actualidad, el monte Palatino no es otra cosa que un enorme montón de ruinas. 11. Policía.—El emperador Augusto organizó una excelente policía para los incendios y la vigilancia nocturna. Sus vigiles, guardias de noche de la antigua ROMA, establecidos por aquel soberano en el año 753 de la fundación de la ciudad, con el objeto indicado, constituían un cuerpo, compuesto de 4.200 libertos, distribuidos en 7 cohortes, con tribunos ó magistrados por jefes y un prefecto por comandante general. Estaban distribuidos en 14 cuerpos de guardia, que era precisamente el número de regiones ó barrios en que se hallaba dividida la ciudad; este cuerpo, creado provisionalmente por Augusto, en un principio, tomó luego el carácter de permanente, por decreto del mismo emperador. Los vigiles existían aún en tiempo del Bajo Imperio y recibían su sueldo del Tesoro público. 12. Etnografía.—El romano era generalmente de pequeña talla, pero fornido y vigoroso; tenía el color moreno; los cabellos y los ojos, negros, la nariz, arqueada. El pueblo romano, aunque formado de una mezcla confusa de bandidos extranjeros, ofreció en sus comienzos una especie de fisonomía particular, que fué luego bastardeándose con la reunión de naciones distintas á su vasto imperio. Dotado de un valor á toda prueba; ambicioso y ávido de gloria hasta el extremo, llegó á ser un día el conquistador y árbitro del mundo. Sus virtudes rústicas y guerreras y sus grandes cualidades cívicas tan ensalzadas, se vieron en todo tiempo oscurecidas por una rapacidad sin límites y una perfidia que, excediendo con mucho á la de los mismos cartagineses, llegó á ser proverbial.—La primera y más importante de las instituciones romanas, fué el ejército; al cual, los reyes, la república, en sus comienzos, y, más tarde, los emperadores, consagraron todos sus cuidados. Dividíase en tropas ligeras y tropas pesadamente armadas: las primeras se denominaban velites; las segundas, formaban aquellas admirables legiones, cuerpo creado por el mismo Rómulo. Cada legión se componía: primero, de 3.000 hombres; luego, de 4.000; más tarde, de 6.000.—Las armas ofensivas eran: la lanza, el venablo, la pica y el arco; las defensivas, el escudo y la espada. La ballesta, la catapulta (máquina de artillería de los antiguos), el ariete y la tortuga (testudo), que forman los soldados cubriéndose con sus escudos para batir ó asaltar las murallas, eran los principales instrumentos de sitio.— Los romanos profesaban el politeismo universal, de tal suerte, que los dioses de todas las naciones tenían sus representantes en ROMA; la mitología griega formaba el fondo de esta religión. Sus ministros se distinguían con los nombres de curiones, flámines, augures, vestales, salios, feciales y pontífices: su jefe llevaba el título de gran pontífice ó pontífice máximo. Las festividades religiosas más conocidas eran las saturnales y las lupercales, que se celebraban respectivamente en honor de Saturno y del dios Pan. Los senadores, los caballeros y el pueblo, constituían las tres clases de los ciudadanos romanos. 13. Decadencia de ROMA.—La decadencia de la antigua capital del poderoso imperio romano, de la prefectura de Italia y de la antigua provincia del Latium, empezó con la fundación de Constantinopla y la creación de los imperios de Oriente y Occidente. Los bárbaros se aprovecharon de las discordias de los dos imperios para invadir la Italia: RoMa fué saqueada; sucesivamente, por Alarico, en 409; por Genserico, en 455; por Ricimero, en 472; y desheredada de su rango de capital cuando Odoacro, después de haber destruido, en 576, el imperio romano, fijó su residencia en Rávena. Los godos, mandados por Teodorico, se apoderaron de la ciudad en 493; Belisario los arrojó en 536, el cual fué sitiado inútilmente durante un año y nueve meses por Vitiges. Totila la recuperó y saqueó, en 546; después de su partida, la ocupó de nuevo Belisario, y en 549 la reconquistó Totila, al cual se la arrebató Narses, en 552. RoMA logró, al cabo, libertarse de la dominación goda; pero no por eso mejoró de suerte; reducida á capital de un pequeño ducado de su nombre, gobernada por un duque, dependiente del exarca de Rávena, se vió abandonada á las vejaciones y arbitrariedades de los lugartenientes del emperador y á las repetidas invasiones de los lombardos. En esta triste situación, no tuvo más defensores que los papas, los cuales emplearon toda la influencia que les prestara su carácter sagrado, para eximir al pueblo de las exacciones de que era objeto y evitar las invasiones de los lombardos en 570, 578 y 593. Esta decidida protección dió á nuestros pontífices una autoridad de hecho en el ducado. En 730, el pueblo y el Senado de Roma, cansados ya de verse oprimidos sin obtener jamás la protección del poder imperial, sacudieron el yugo y se entregaron al papa Gregorio II. Sin embargo, Roma no había llegado aún al último límite de sus desdichas: en 755, Adolfo, rey de los lombardos, la sitió y la habría tomado indudablemente, si Pipino el Breve no hubiese enviado un cuerpo de ejército en socorro del Papa. En el siglo iX, León IV, para defender la ciudad contra las correrías de los sarracenos de Sicilia, hizo levantar el recinto fortificado de Trastebere (Trans Tebere, más allá del Tíber), cuyo nuevo barrio, tomando el nombre de aquel Papa, se denominó ciudad Leonina ó Leontina. Por los años de 1081, el emperador Enrique IV sitió á Roma; Roberto Guiscardo corrió en su auxilio; pero sus tropas prendieron fuego á la población, cuyo incendio causó en ella la desolación más horrorosa que hubo jamás experimentado. La infeliz ciudad fué todavía tomada violentamente: en 1167, por el emperador Federico I; en 1527, por el duque de Borbón, y en 1798, por las tropas de la primera república francesa. ROMA MODERNA 1. Consideración. — Capital de la monarquía italiana y de la provincia de ROMA; residencia habitual del soberano de Italia y del sumo pontifice; asiento del Gobierno, del sacro Colegio de los cardenales, de los tribunales Supremo y de Comercio; de una división militar, de los representantes de las potencias extranjeras y de todos los centros ministeriales y de administraciones superiores del reino italiano y del culto católico.
2. Situación.— La ciudad se encuentra asentada sobre las dos riberas del Tíber, á los 42° 53' 54" de latitud septentrional y los 10° 9* 30" de longitud oriental, distante: 20 kilómetros de la embocadura de aquel río en el mar Tirreno; 25 Sudoeste, del Mediterráneo; 169 Noroeste, de Nápoles, y 1.320 Sudeste, de París. 3. División natural y fortificaciones. —El Tíber, descendiendo de Norte á Mediodía, divide la capital en dos partes desiguales: ROMA, propiamente dicha, y la ciudad Leontina ó Trastebere. La primera, que es la más considerable, está situada á la izquierda del río, circuida de muros de la Edad media, flanqueados de torres y de almenas; la segunda. ocupa la orilla derecha y se halla defendida por una gruesa muralla con baluartes, á cuya extremidad Norte se levanta la ciudadela, denominada castillo de Santo Angelo. 4. Forma y extensión.—El recinto murado de la ciudad tiene la forma de un polígono irregular y presenta en junto un desarrollo de 19 kilómetros, próximamente: su diámetro mide 4.700 metros, de Norte á Sudoeste, y 4.000, de Oriente á Occidente; su superficie, 1.396 46 hectáreas.
5. Puertas. — La ROMA moderna ofrece 15 puertas, situadas del modo siguiente: sobre la margen izquierda del río: la del Pueblo (del Popolo), al Norte; las de Salara y Pía, al Nordeste;
las de San Lorenzo y Mayor, al Este; las de San Juan, Latina y San Sebastián, al Sudeste, y la de San Pablo, al Sur; sobre la ribera derecha: la de Portese, al Mediodía; las de San Pancracio y Cavallegieri, al Occidente, y la de Angélica, al Norte. Las otras han sido tapiadas. 6. Puentes y puertos.—La anchura media del Tíber, dentro de la capital, es de 100 metros; sus dos riberas se comunican entre sí por cinco puentes de piedra, denominados: Santo Angelo, Sixto V, San Bartolomé, Cuatro Cabezas (Quattro Capi) y Puente Roto. Sobre la orilla izquierda, hacia el Mediodía, se encuentra el puerto, conocido con el nombre de Porto di Ripa-Grande; sobre la ribera izquierda, se distinguen los della Legua y di Ripetta. 7. Interior de la población. — La parte habitada de la ciudad moderna se halla casi completamente situada al Norte de la antigua, y se extiende sobre el Campo de Marte. El suelo, sumamente variado, contiene diez colinas naturales (Palatino, Capitolio, Quirinal, Viminal, Esquilino, Celio, A ventino, Janículo, Vaticano y Piñeiro) y cinco artificiales (Testaccio, Citorio, Giordano, Savelli y Cenci). Las calles son, por lo general, largas, angostas y sin aceras, si se exceptúan las de Rippita, Quatro-Fontane, Giulia, Longara, y la llamada del Corso (Carrera) que es la principal de ROMA; tiene 1.600 metros de longitud por 10 de latitud, y atraviesa toda la parte habitada de la ciudad, desde la plaza del Pueblo hasta el palacio de Venecia. Muchas de las demás calles suelen terminar en un obelisco, en una fuente ó en una iglesia. Las casas están construidas de piedra y ladrillo, y frecuentemente estucadas. Las ca Iles de Roma se hallan interrumpidas por 184 plazas, entre las que se distinguen: la del Pópolo, de figura oval, decorada de un obelisco que se eleva en el centro; la de Navona, que presenta un paralelógramo, adornado de muy buenos edificios y de una fuente, que pasa por la mejor de la capital; la de Spagna, situada al Norte de la del Pópolo, con una bellísima fuente y hermosos palacios, habitados ordinariamente por extranjeros de condición; el Foro Romano ó Campo Vaccino, cubierto en parte de preciosos restos de monumentos antiguos; y la de San Pedro, considerada como la más notable de todas, quizá la más notable de la tierra, la cual forma un vasto recinto oval, de 246 metros de largo por 196 de ancho, comprendido entre una doble columnata, en cuyo centro se destaca un magnífico obelisco egipcio, con dos monumentales fuentes á los lados, cerrando el fondo la gran basílica del primer apóstol. 8. Monumentos y edificios públicos.— ROMA, ciudad la más famosa del orbe por el considerable número y magnificencia de sus construcciones y establecimientos de todas clases, ha llegado á contar dentro de sus muros: á basílicas patriarcales; 6, secundarias; 10 colegiatas; 330 iglesias; 64 conventos de religiosos; 50, de religiosas; más de 300 palacios; 30 villas (casas de campo); 13 obeliscos; 3 acueductos; 50 fuentes monumentales; 20 asilos ó casas de refugio; ó hospicios; 29 hospitales; 16 colegios ó seminarios; I1 bibliotecas; 16 galerías de cuadros; 7 museos de escultura y 7 teatros. Haremos una descripción sucinta de los más notables.
1. Templos.—Al frente de los monumentos de este género, que posee ROMA, se levanta majestuosa la iglesia de San Pedro, el principal, si no el único, de los edificios religiosos del universo, por su riqueza y colosales proporciones, y una de las verdaderas maravillas de la arquitectura moderna. Esta basílica fué edificada, primeramente, por el emperador Constantino, en el sitio que ocupaban los jardines de Nerón. Nicolás V intentó reedificarla en el siglo xV; pero la gloria de colocar la primera piedra del edificio actual, cúpole á Julio II, y la terminación de las obras, á los papas sus sucesores. Los arquitectos más célebres de los tiempos modernos, Bramante, Miguel Angel, Vignola, Maderno y Bernín, contribuyeron con su genio creador á la construcción de este portentoso templo cristiano, cuyo costo ascendió próximamente á 290.000.000 de pesetas (más de mil cien millones de reales). En el exterior, una doble columnata de Bernín, que circuye la plaza de San Pedro, precede á la iglesia, que se distingue por su imponente y magnífica cúpula, audacia sobrehumana de Miguel Angel; su gran fachada y su vasto peristilo con pavimento de mármol y bóveda dorada: el interior se encuentra profusa y espléndidamente decorado. El monumento tiene la forma de una cruz latina: su longitud, comprendido el pórtico, mide 192 metros; la anchura interior de la nave principal, sin incluir las colaterales y las capillas, 27; la latitud total del edificio, 143; su altura, desde el pavimento hasta el vértice de la cruz, 136; la de la bóveda, bajo la clave, 48. La cúpula de este templo, la más grandiosa que se conoce, se halla ricamente adornada en su interior: sobre los cuatro pilares y los arcos, que la sostienen de una manera milagrosa, corre un bellísimo cornisamento, en cuyo friso se ven pintadas, en mosaico, las palabras siguientes, que dirigió Jesucristo al fundador de su Iglesia: Tu es Petrus, et super hanc petram edificabo Ecclesiam meam; et tibi dabo claves regni cœlorum. El baldaquino ó dosel, que cubre el altar mayor, es una de las obras en bronce más notables de que hay noticia; tiene á metros de altura y está decorado de á grandes columnas torneadas, de orden compuesto, las cuales descansan sobre pedestales de mármol. Encima del altar se encuentra el sepulcro de San Pedro. La cátedra patriarcal alcanza 23 metros de elevación, y ostenta toda la magnificencia y todo el esplendor de un trono. La ornamentación interior de este suntuoso templo es extraordinariamente rica: se cuentan 748 columnas; muchas de ellas, de mármoles finísimos; 389 estatuas y 121 lámparas, que están constantemente encendidas; y entre sus innumerables esculturas y pinturas, se distinguen: la estatua ecuestre de Constantino, por Bernín; la de Carlomagno, por Cornacchini; un san Andrés, por Francisco Quesnoy; la santa Verónica, de Fray Mochi; el túmulo de Pablo III Farnesio, por Guillermo de la Porta, ejecutado bajo la dirección de Miguel Angel; los túmulos de Urbano III, de Aleiaudro VII y de la candesa-Matilde. por Bernín; el de Alejandro VIII, por Angel Rossi; el de Pío VII, por Thorwaldsen, el de León X, por Algardo; el de Inocencio VIII, por PoIlajuolo; los de Jaime III y Clemente XIII, por Canova; el de Cristina de Suecia, por Fontana; el grupo de la Piedad, de Miguel Angel; las estatuas de san Pedro y san Pablo, por Mino-da-Fieroli; el magnífico bajo relieve de Atila, por Algardo, y una infinidad de cuadros, de Vanni, de Siena, el Guido, Lanfranc, P. de Cortona, Fattore, Julio Romano, Muziano y otros no menos distinguidos artistas. Casi todas las pinturas de los altares y de las cúpulas se hallan ejecutadas en mosáico. Son célebres los frescos de Rafael de Urbino; aunque inferiores á los otros con que embelleció las paredes del Vaticano, en los cuales pintó el famoso incendio del Borg0, barrio de Trastebere. Estos últimos frescos de Rafael son ya el producto de la revolución operada por los cartones de los Médicis; esto es, de Miguel Angel y de Leonardo de Vinci, patriarcas del Renacimiento. A la iglesia de San Pedro, cuya descripción necesita un libro, siguen en importancia: La basílica de San Juan de Letrán, que lleva el título de primera iglesia del mundo, por ser el asiento del soberano pontífice, como obispo de ROMA. Fué fundada por Constantino, incendiada en 1308 y 1361, y reedificada con magnificencia: su fachada es elevadísima y aparece coronada de colosales estatuas; su interior, sumamente vasto, está dividido en 5 naves, separadas por cuatro órdenes de pilastras. Merecen citarse las tumbas de Clemente XII y Martín V, y las pinturas de Berna de Siena, Arpino, Tenerani, Sacchi y Maratta.—Santa María la Mayor: es la más grande de las 26 iglesias de ROMA, consagradas á la santa Virgen. Este edificio, levantado en 352 y engrandecido en 432, está situado hacia el extremo oriental de la ciudad, en el monte Esquilino; presenta dos fachadas, y su interior, dividido en 3 partes por 36 columnas de mármol blanco, abunda en adornadas doraduras y labores primorosas. Entre sus obras de arte, descuellan: las tumbas de Clemente IX,
de Nicolás IV, Pio V, Sixto V y Clemente VIII; las estatuas de Leonardo de Sarzanne y de Bernín, y los cuadros de Guido, Arpino, Cigoli y Passignani.—Basílica de San Pablo: fundada en un principio por Constantino sobre la tumba del Apóstol, fué reemplazada por un edificio más vasto, que terminó Honorio y que restauraron y ornaron después diferentes papas. Esta basílica, una de las maravillas del arte cristiano, quedó destruida en 1823 por un incendio: León XII hizo un llamamiento al mundo católico para su reedificación, y en 1847 se inauguraba el nuevo templo, más suntuoso todavía que el antiguo. Está dividido en 5 naves por 80 columnas corintias, cuyas basas y capiteles son de mármol blanco, y los frisos aparecen adornados de los retratos en mosáico de todos los papas.— Santa María-ad-Martyres, antiguo panteón: este templo, medio arruinado por los bárbaros, fué adquirido por el papa Bonifacio IV del emperador Focas, y consagrado, en 610, á la Virgen de los Mártires. Hoy se le conoce vulgarmente con el nombre de la Rotonda, y encierra los bustos del Dante, de Petrarca y de Metastasio.— Basílica de Santa Cruz de Jerusalén: erigida por santa Elena, madre del emperador Constantino, en el terreno que ocupaban los jardines de Heliogábalo, para depositar en ella una parte de la santa cruz encontrada en Jerusalén. El edificio actual, levantado por orden de Benito XIV, sólo data de 1743: consta de 3 naves, separadas por 8 pilastras y otras tantas gruesas columnas de granito de Egipto; el altar mayor está aislado y embellecido de á hermosas columnas, bajo el cual se conservan, en una antigua urna de basalto, los cuerpos de san Cesáreo y san Anastasio, mártires. Los frescos de la bóveda son del Pinturicchio.— Basílica de San Lorenzo: fué construida por Constantino, en 330; reedificada por Pelayo II, en 578, y restaurada por Alejandro VII, en 1657. El pórtico, levantado por Honorio III, en 1216, está pintado al fresco y sostenido por seis columnas: al lado de la puerta principal y adornado de un bajorrelieve, que representa una boda, hay un sarcófago romano, que sirve de tumba al cardenal Fieschi. El interior de la basílica presenta 3 naves, divididas por 32 columnas jónicas, sacadas de diversos monumentos antiguos, distinguiéndose en la del centro dos hermosas tribunas de mármol.— Basílica de San Sebastián: fué edificada en 367, bajo el papa Dámaso, á unos 3 "/, kilómetros de la puerta Capena, y restaurada en el siglo xvII por Flaminio Ponzio: consta de una sola nave y desde ella se desciende al cementerio de san Calixto, conocido con el nombre de Catacumbas. Además de estos templos, considerados como los principales, merecen citarse: Santa-Agnese (Santa Inés), construida en 1559, en la plaza Navona, por Inocencio X, con bajorrelieves de Algardo.—San-Andrea-della Valle, situada al Mediodía del Panteón, con una bellísima fachada y pinturas de Lanfranc y de Dominico Zampieri.—Santos Apóstoles, al Este del Corso, edificada en el siglo xy por Martín V, con la tumba de Canova. —San Agustín, al Norte de la plaza Navona; fué erigida por Guillermo de Estouteville, embajador de Francia, y contiene un notable fresco de Isaías, por Rafael, y pinturas del Guerchino y de Miguel Angel Caravagio.—San Bartolomeo, levantada en una isla del Tíber, sobre las ruinas y con las columnas del templo de Esculapio.— Los Capuchinos, en la plaza Barberini, con un célebre cuadro de Guido y buenas pinturas del Dominiquino, Sacchi. Lanfranc, Cortona y Giatto. —San Carlos, edificada en 1612, en la plaza Carinari, con bellísimos cuadros de los artistas arriba citados, y una de los cúpulas más notables de ROMA.—San Gregorio, sobre el monte Celio, construida en el siglo vII, con hermosos frescos de Guido y Dominiquino, y una estatua de aquel santo, empezada por Miguel Angel.—Jesús, en la plaza de su nombre, una de las iglesias más vastas y ricas de ROMA; comenzada en 1568, por Vignola, y concluida en 1575, por Jaime de la Porta.—Santa María de los Angeles, levantada por Miguel Angel sobre los restos de las termas de Diocleciano, con túmulos de Maratta, Salvator Rosa, y una estatua de San Bruno, por Houdon.—Santa María del Pueblo, en la plaza de su nombre, uno de los templos más interesantes de la metrópoli por los objetos de arte que atesora; con preciosos cuadros de Aníbal Caracci, de Caravagio, Sebastián Piombo y Rafael, y esculturas de este último.—Santa María de la Victoria, cerca de las termas de Diocleciano, preciosa capilla de Santa Teresa, con un grupo que está considerado como la obra maestra de Bernín.—San Onofre, iglesia y convento inmortalizado por la muerte de Tasso, con frescos de Leonardo de Vinci y un magnífico monumento, en que se conservan los restos mortales del famoso poeta.—Finalmente, son dignas también de visitarse: Santa-A gnese, extramuros, en que se distingue una hermosa cabeza del Salvador, por Miguel Angel; San Clemente, en el monte Esquilino, una de las iglesias más antiguas de ROMA, con frescos de Maraccio; Santa Constancia, construída bajo Constantino, San Lorenzo in Lucina, frente al palacio Ruspoli, con un túmulo de Poussin, elevado á expensas de Châteaubrian, y un célebre cuadro de la Crucifixión, por el Guido; San Luis de los Franceses, en la plaza Navona, con frescos de Dominiquino y cuadros de Guido, Balogna, Caravagio y Muziano; San Marco, próximo al palacio de Venecia, con el sepulcro de Leonardo de Pésaro, por Canova; Santa María sopra Minerta, en el solar del templo de Minerva, con cuadros de Beato Angélico y una estatua del Cristo, por Miguel Angel; San Pedro in Vincoli, sobre el Esquilino, con la estatua de Moisés, de Miguel Angel, obra maestra de la escultura del Renacimiento, y cuadros de Guerchino y Guido; San-Andrea-di monte-Cavalio; San-Andrea-della-Valle, al Sur del Panteón; Santa-Maria-dell' Anima, con cuadros de Julio Romano; Santa-Maria-in-Vallicella, una de las más vastas y bellas iglesias de ROMA, y Santa Trinità-di-Monti, en la plaza de España, con un notable Descendimiento de la Cruz, de Daniel de Valterra, según los cartones de Miguel Angel, y buenos cuadros de M. Ingres y Julio Romano. 2. Palacios pontificales.— El Papa posee tres palacios: el del Vaticano, el de Letran y ’efquirinal. El primero, unido á la iglesia de San Pedro, no ofrece, en su exterior, ni magnificencia ni simetría, y se compone de un conjunto de edificios diversos. Ocupa la extremidad Noroeste de la capital, entre la colina del Vaticano y la ribera derecha del Tíber; consta de 3 pisos, 20 patios, 8 escaleras principales, 200, de servicio y 1.300 departamentos, comprendidos los subterráneos. Se ignora la época de su fundación; se sabe únicamente que sirvió de morada á Carlomagno y que los papas, á su regreso de Avignón, establecieron en él su residencia. Sixto IV hizo edificar la capilla Sixtina y la biblioteca; Alejandro VI puso en comunicación el Vaticano con el castillo de Santó Angelô, que le sirve dé derensa; Inocencio III empezó las loggias (galerías, azoteas ó alojamientos), terminadas después por León X, y construyó el Belvedere; Pablo III, la sala real y la capilla Paulina; Sixto V, el ala oriental del patio de San Dámaso; Clemente XIV y Pio VII añadieron el museo Pío Clementino y el Braccio Nuovo; y Gregorio XVI formó los museos etrusco y egipcio. En la capilla Sixtina se admiran los portentosos frescos de Miguel Angel, el Juicio final, los Profetas y las Sibilas, y multitud de cuadros de Lucas Signorelli, Perugino, Ghirlandajo, Rosselli y Notticelli; la capilla Paulina contiene bellísimas pinturas de Miguel Angel, Sabbattini, Zuccari, Van-Dyck y Muziano. Las loggias de Rafael han sido construidas, decoradas y pintadas por este famoso artista; á cuyos trabajos contribuyeron igualmente Bramantino, Signorello, Perugino, Polidoro de Caravagio y J. Romano. La galería de cuadros del Vaticano sólo comprende de 40 á 50 lienzos; contando, entre sus obras maestras, la Trans figuración, de Rafael; la Comunión de san Jerónimo, del Dominiquino, varios cuadros de Andrea Sacchi, Poussin, Guido Reni, Caravagio, Ticiano, Guerchino, Perugino, Correggio, Pablo Veronés, y los ricos tapices, dibujados por los cartones de Rafael. Este palacio, el más célebre de los pontificales, sirvió durante mucho tiempo de sepultura á los po
bres; empezó á ser habitado después del incendio de ROMA, bajo Nerón, y los papas hicieron luego de él uno de los barrios más hermosos de la Ciudad Eterna.—A la derecha de la basílica de San Juan de Letrán, se levantan: el grandioso palacio de Letrán, que Dominico Fontana edificó y que Gregorio XVI transformó en un riquísimo museo de antigüedades, en el que se admira una hermosa estatua de Sófocles; y un edificio que contiene la Santa Escalera (Escala Santa), formada de 28 peldaños de mármol blanco, procedente, según se dice, del palacio de Poncio Pilatos, la cual se sube de rodillas.—El palacio Quirinal ó de Monte-Cavallo. residencia ordinaria de los papas durante el estío, ocupa una situación extraordinariamente bella y saludable. Fué empezado por Gregorió XIII, en 1574, según los planos de Flaminio Ponzio; concluido, bajo Clemente VIII, por los dibujos de Mascherini y Dominico Fontana, y engrandecido y restaurado después por diferentes papas. El gran patio mide 100 metros de largo por 55 de ancho: tres de sus lados están circuidos de un pórtico, sostenido por 44 pilastras; el cuarto, que forma la fachada, adornado de un reloj y un cuadro en mosaico, según el dibujo de C. Maratta. Debajo del pórtico se extienden dos escaleras, que conducen á varias salas, decoradas de hermosas pinturas por Guerchino, Correggio, Espagnoleto, Dominiquino, Guido, Julio Romano, Aníbal Carracci, Pedro Cortona, Banano, Pablo Veronés, Vinci y Sebastián del Piombo. La capilla presenta la misma forma y grandiosidad que la Sixtina del Vaticano y fué pintada al fresco por el Guido. Detrás del palacio se encuentran los deliciosos jardines, que tienen próximamente una milla de circuito, y en los cuales se eleva una elegante fuente, notable por los sonidos armoniosos que produce el juego de sus aguas. 3. Palacios de particulares.—Además de los palacios que hemos descrito, cuenta RoMA una infinidad de edificios particulares, que merecen la denominación de palacios. Las más célebres de estas moradas, verdaderamente regias, son: palacio Barberini: uno de los más vastos y notables de ROMA, por su apariencia exterior, edificado por el cardenal de aquel nombre, sobrino de Urbano VIII: contiene una Fornarina, de Rafael, y una Beatriz, del Guido. En el salón principal pintó Pedro de Cortona el Triunfo de la Gloria, considerado como una verdadera maravilla del arte —Palacio Borghese: llamado il Cembalo, por su forma: es también uno de los más hermosos de ROMA; empezó á levantarse hacia los años de 1590, según los planos del arquitecto milanés, Martino Lunghi, y el magnífico pórtico de su patio interior está sostenido por 96 columnas de granito.—Palacio de Colonna: fué construido por el papa Martin V; sirve de residencia al embajador francés, y sus aposentos son de una gran magnificencia.—Palacio Farnesio: una de las glorias de la arquitectura romana, y quizás el mejor monumento del arte moderno: forma un cuadrilátero aislado en la plaza de aquel nombre, y en él trabajaron artistas tan notables como Miguel Angel, San Gallo, Vasari, Vignola, Salviati. Zuccari y Dominiquino.—Palacio de la Chancillería: residencia del cardenal vicecanciller y asiento del Parlamento romano en 1848: fué levantado por el cardenal Riario, sobrino de Sixto IV: el patio aparece circuido de un pórtico, formado por 44 columnas dóricas, y en los primeros peldaños de su escalera, murió asesinado, en 1848, el ministro Rossi. Palacio de los Conservadores, denominado así por haberle ocupado en otro tiempo los magistrados municipales, llamados conservadores: es interesante por los monumentos de la estatuaria antigua, que decoran el patio y las habitaciones, por los frescos de Aspino, Carracci y Voltena, y por conservarse en él los célebres fragmentos de los Fastos consulares.—Palacio Corsini: fué construído por los sobrinos de Sixto IV, habitado en el siglo xvII por la reina Cristina de Suecia, en donde murió, y adquirido en 1732 por el cardenal Neri Corsini, quien lo mandó reedificar, según los planos del arquitecto Juga. El vestíbulo y la escalera presentan un magnífico aspecto.—Palacio Doria Pamfili: se compone de la reunión de tres edificios, cuya arquitectura carece de unidad; los pórticos que circuyen el patio son quizás de Bramante, y las fachadas, que se atribuyen á Cortona, á Borromini, y aun á Bernín, revelan una época de decadencia.— Palacio Passimi, obra maestra de Baltasar Peruzzi, llamado el Rafael de la arquitectura: es notable, tanto por la habilidad de su plano, trazado en un espacio irregular y estrecho, como por la pureza y elegancia de sus delineaciones y decorado. La fachada consiste en una elevación circular: un elegante pórtico, de ó columnas dóricas, da entrada á un vestíbulo cuadrado, que parece ser un atrium antiguo del más perfecto diseño. En este edificio se encuentra el Discóbolo, hallado en el monte Esquilino, y que se cree ha de ser una copia del famoso bronce de Myrón.— Palacio Rospigliosi: fué edificado, bajo el cardenal Seipión Borghese, sobre las ruinas de las termas de Constantino, por Flaminio Ponzio, Vasancio y Carlos Maderno: se admiran en él numerosos cuadros, y, en particular, la Aurora, del Guido, que adorna la bóveda del salón de un pabellón del jardín. — Palacio Spada: levantado, bajo Paulo III, para el cardenal Cupodifarro, por Julio Mazzoni, y restablecido de nuevo por Borromini, el cual construyó la escalera. Este palacio, independientemente de un determinado número de cuadros modernos, contiene curiosas antigüedades; 'entre ellas, la estatua colosal, en mármol, de Pompeyo, encontrada en 1552, y á cuyos piés se supone que cayó Julio César, asesinado en el Senado. A continuación de los anteriores, pueden todavía citarse: el palacio Bonaparte, en donde murió la princesa Leticia, madre de Napoleón I; el de Farnesina, que perteneció al rey de Nápoles, enriquecido con bellísimos frescos de Rafael; el de Degli Converti, en el cual murió aquel célebre artista, y los de Braschi, Chigi, Falconieri Giraud, Lancelotti, Lante, Linotte, Odescalchi, Ruspoli, Sacchetti, Sciarra y Sora. 4. Villas ó quintas de recreo.—Las villas de ROMa ofrecen, bajo otra forma distinta, el lujo de los palacios: ev las escaleras, los pórticos, lus azoteas, las fuentes y las estatuas, predomina completamente el gusto del artista. Las más notables de estas espléndidas habitaciones, debidas generalmente á la magnificencia de los cardenales, son: la villa A lbani, que encierra una de las colecciones artísticas más preciosas de ROMA, en que figuran una estatua de Ptolomeo, debida al cincel de Esteban; un A polo Sauroctono y una Diana de Efeso.— La villa Borghese, famosa por sus sombríos y deliciosos paseos; la de Ludovisi, que posee un Sátiro, de Miguel Angel; la Palatina, adornada de frescos, de Rafael; las de Lante, Madama, Médicis, Negroni, y la Pamphili-Doria, que, en 1849, sirvió de cuartel general á Garibaldi y al mariscal Oudinot.
5. Catacumbas.— Estos cementerios subterráneos, establecidos en antiguas canteras de piedra ó puzolana, se denominaron en un principio catatumbas, del griego hatà tumbos (tumba subterránea); después, catacumbas, de katà kumbos (paraje cóncavo y profundo). En la antigüedad, habianse convertido varias canteras en lugares de enterramientos, que se llamaban hipogeum (cuevas, lugares ó aposentos subterráneos); los cristianos imitaron este uso, y, durante las persecuciones, hicieron asilos de algunas canteras de los alrededores de ROMA, donde celebraban secretamente sus sagrados misterios y enterraban á sus mártires. Las catacumbas se componen de galerías estrechísimas, de Om 97 á 1m,30 de ancho; algunas veces, de Im 62 á Im, 95; sus alturas, de 2m.60 á 3m 89, descienden frecuentemente á Im,30, y aun á Om, 97 en los pasadizos ó corredores de comunicación. Las galerías han sido abiertas, acaso, siguiendo los filones de piedra ó puzolana (especie de arena), cuya extracción las ha producido. Las catacumbas más notables son las del Vaticano, villa Pamfili, villa Portuensis. Santa Inés y San Sebastián: estas últimas, las más vastas de todas, se extienden hasta la encrucijada de la vía Ardeatina, en la vía Appia, á más de 1.500 metros de la ciudad, y van por los lados, desde la vía Latina hasta la vía Ortiensis, sobre
una longitud de 7 á 8 kilómetros. En algunos parajes presentan dos pisos. A las catacumbas se desciende ordinariamente por la basílica de San Sebastián. El padre Marchi evalúa el espacio total que recorren las catacumbas de RoMa en 1.200 kilómetros, ocupado por más de 6.000.000 de tumbas; sin embargo, existe un considerable número que él no llegó á conocer por hallarse obstruidas las entradas. M. de Rossi, joven anticuario contemporáneo, ha demostrado, según parece, que las catacumbas romanas presentan varios cementerios aislados, cada uno de ellos con su origen, sus mártires y su historia; que los verdaderos cementerios históricos, que encierran las sepulturas de los papas y personajes importantes de la Iglesia primitiva, han debido cegarse hacia mediados del siglo vi por los mismos cristianos, salvándolas de este modo de las profanaciones de los sarracenos, quienes llevaron entonces sus invasiones hasta ROMA, para apoderarse de las ricas ofrendas depositadas por los fieles peregrinos en las criptas más veneradas.
6. Museos.—El primer museo del mundo, por la inmensidad de riquezas que atesora, es sin disputa el del Vaticano. Las loggias, las capillas Sixtina y Palatina y las galerías, forman parte del vasto conjunto de este museo y comprenden los monumentos del arte moderno. El arte antiguo está incluido en las divisiones: museo lapidario, museo de Chiaramonti, museo Pío Clemente, patio de Belvedere (Bella vista), sala de los animales, galería de las estatuas, sala de los bustos, gabinete de las máscaras, sala de las Musas, sala circular, sala de cruz griega, galería de los candelabros, museo etrusco gregoriano, museo egipcio, museo profano y museo cristiano. El museo Chiaramonti contiene: el Atleta, una de las obras maestras más admirables de la estatuaria antigua, descubierto en el Trastebere, por los años de 1849. El museo Pío Clementino encierra: la estatua de Meleagro y el célebre Perseo, de Canova. En cuanto al Mercurio, al Apolo y al notabilísimo grupo de Laocoón, ejecutado, según Plinio, por tres artistas griegos, Agesandro, Polidoro y Athenodoro, quienes florecieron en el siglo 1 antes de Jesucristo, se encuentran en el patio de Belvedere. La sala de la cruz griega está adornada de una peregrina copia de la Venus de Praxíteles.—Al del Vaticano pueden añadirse los siguientes: museo del Capitolio, con lienzos admirables de P. de Cortona, Guido Reni, Agustín Carracci, Dominiquino, Poussin, Aníbal Carracci, Daniel de Valterra, Caravagio, Rubens, Pablo Veronés, Claudio Lorena (el Lorenés), Perugino, Miguel Angel, Palma el Joven y la célebre santa Petronila, del Guerchino. —El museo, propiamepte dicho, se divide: en patio, sala de las inscripciones, sala de la urna, sala de los bronces, galería, sala de los emperadores, sala de los filósofos, salón, sala del Fauno, sala del Gladiador y gabinete reservado; y atesora riquísimas colecciones de pinturas, estatuas, bronces, medallas y planos, entre los cuales se admiran el mosaico de las palomas, la Venus del Capitolio, Leda y el cisne y el gladiador moribundo.—Museo de San Juan de Letrán, en que sobresale una hermosa estatua de Sófocles.— Museo de la A cademia de Bellas Artes, en el cual se encuentran pinturas y esculturas de los primeros maestros, y la celebrada Fortuna, del Guido.— Museo Farnesio, que posee la obra maestra de Aníbal Carracci y una de las mejores colecciones de ROMA.— Galería de cuadros de Borghese, en que figuran los nombres más famosos de la pintura italiana y la admirable caza de Diana del Dominiquino.— Museo Corsini, notable en obras de arte; el de Doria Pamfili, riquísimo en cuadros de Poussin; el de Colonna, con una magnífica colección de esculturas y pinturas; el de Kircher, de antigüedades é historia natural, y el de mineralogía.
7. Universidades, colegios y academias.—ROMA sostiene: dos universidades, la Gregoriana y la Sapienza, bellísimo monumento, edificado en la plaza de Miguel Angel, con numerosos profesores, enseñanza gratuita de teología, derecho, medicina, filosofía y filología; una nutrida biblioteca y un gabinete geológico y mineralógico. —Más de 20 colegios; entre ellos el Romano, perteneciente á los jesuitas, con un observatorio que goza de una celebridad europea; una biblioteca y colecciones de antigüedades y medallas; y el de la Propaganda (de Propaganda fide), en que se recibe á los jóvenes infieles y heréticos, provisto también de biblioteca, colección de medallas antiguas y una imprenta muy rica en caracteres orientales. Las principales academias son: la de San Lucas, instituida bajo Sixto V, compuesta de pintores, escultores y arquitectos, los cuales dirigen las escuelas de bellas artes, y de varios miembros honorarios; la de Francia, adonde van los artistas laureados de esta nación, para perfeccionarse ó terminar sus estudios; la de Austria, la de Nápoles las de Lincei, Religión Católica, Teología, Tiberiana, Filarmónica y Liricodramática. Entre los demás establecimientos dedicados á la enseñanza pública, figuran: un instituto arqueológico, fundado bajos los auspicios de Federico Guillermo, actual emperador de Alemania; ó seminarios y multitud de escuelas civiles y religiosas, Esta ciudad, que, dicho sea de paso, brilla, más que por las ciencias y la literatura, por las bellas artes, ha sido el foco de una escuela de pintura famosísima, conocida con el nombre de escuela romana, que ha reconocido por único jefe á Rafael de Urbino; es el punto de reunión de los jóvenes pintores, escultores y artistas, y todos los Gobiernos de Europa tienen allí su escuela de bellas artes.
8. Bibliotecas.—Entre las muchas bibliotecas públicas y particulares que posee ROMA, se cuentan: la del palacio Corsini, con 60.000 impresos y 2.000 manuscritos; la de Barberini, con más de 50.000 volúmenes; la del Vaticano, con 30.000 impresos y 24.000 manuscritos, extraordinariamente raros y preciosos, en su mayor parte; distinguiéndose los de Terencio; la de Minerva, con 20.000 volúmenes; y la Angélica, con 87.000 impresos y cerca de 3.000 manuscritos. 9. Establecimientos de beneficencia y de recreo.— La capital de Italia reune: 8 hospicios ó casas de refugio, 7 hospitales y 8 teatros. A la cabeza de los primeros, aparece el hospicio de San Miquel, donde se enseñan las artes útiles á los hijos de familias pobres; los más importantes de los segundos, son: el hospital de Santo-Sptrito, que pasa por el más vasto de todos y está consagrado á los enfermos de ambos sexos, y los de Benfratelli, Consolación, San Juan y de los incurables.— Los teatros llevan la denominación de: A liberti, Argentina, Capzanica, Delle-Valle, Della-Pace, Della-Corda, da Apollo y Metastassio. 10. Climatología —El clima de Ro MA es generalmente saludable, no obstante la humedad y las variaciones frecuentes que se observan en la atmósfera; el tiempo más sano y agradable, el que se disfruta de Junio á Enero; particularmente, en Octubre, que puede considerarse como el más hermoso del año. La temperatura media, en el estío, es de 25° centígrados; en el invierno, de 5°. 1: los fríos rigurosos tienen lugar á principios de Febrero, y sin embargo, el termómetro raras veces pasa de los 2°,50, ó 3°.75, sobre 0. Los meses de Octubre, Noviembre y Diciembre, singularmente el segundo, constituyen la estación de las lluvias. 11. Suelo y producciones.—El término de ROMA, conocido con el nombre de Campaña, es árido, monótono, severo, y por algo se ha dicho que el desierto empieza en las puertas mismas de la capital. Antiguamente el suelo se hallaba cubierto de cultivos y de elegantes quintas; hoy se encuentra casi completamente abandonado é invadido por la mal aria. Los terrenos sembrados apenas se extienden á 2 millas alrededor de la ciudad; más allá, en un radio de 12, 18 y aun 30 millas, aparecen generalmente desnudos de vegetación. En las llanuras del río Tíber, del lago Bólsena y de las lagunas Pontinas, existen más de 270.000 hectáreas cultivables; y sin embargo, quizá no excedan de 100.000 las que están dedicadas á las faenas agrícolas. Las producciones más comunes son: trigo, centeno, maíz, avena y legumbres de todas clases, cuyo valor asciende próximamente á 29.000.000 de pesetas. Por otra parte, el aspecto que presentan algunos puntos de la comarca es interesante; distinguiéndose en ellos la iglesia Domine quo Vadis, célebre por la leyenda de san Pedro
y de Jesucristo; las catacumbas y una infinidad de monumentos ruinosos, pertenecientes casi en totalidad al arte antiguo. 12. Industria.—La manufactura es bastante activa y cuenta muchas y buenas fábricas de paños, papeles, cuerdas para instrumentos, sederías, tejidos de lana y algodón, ornamentos de iglesia, tapices, sombreros, preparación de mármoles para la estatuaria, objetos de barro cocido, flores, alumbre, sosa, bronces, mosaicos, curtidos, perlas falsas, bisuterías, platerías, estampas, herrerías, artículos de moda y de devoción, como reliquias, escapularios, rosarios y medallas religiosas. 13. Comercio.—El de RoMa y su territorio ha tomado cierta extensión de algún tiempo á esta parte: las exportaciones consisten en granos, lanas, gorros, medias, guantes, caba Ilos, carneros, maderas, carbón, queso, azúcar, azufre, alumbre, cuerdas de Nápoles, quincallería, metales preciosos trabajados, mosaicos, objetos de arte y otra infinidad de artículos; las importaciones, en telas y paños finos, ganados boyal y de cerda, frutas secas, géneros coloniales, drogas, porcelanas, cristales y pescados salados. El tráfico interior cuenta además con una feria que se celebra todos los lunes en el Campo di Fiore, y otra que tiene lugar los lunes y sábados en la plaza Farnesio. 14. Instituciones de crédito y vías de comunicación.— ROMA cuenta: dos bancos, cajas de ahorros y previsión, monte de piedad y casa de monedas. La ciudad es el centro de una red de vías férreas y telegráficas, y de una agencia de los paquebotes, pertenecientes á las mensajerías imperiales. 15. División, gobierno y policía.— La capital está dividida administrativamente en 14 barrios: 12, en la parte oriental, y 2, en la occidental; subdivididos en 54 parroquias. Antes de 1870, estuvo regida por un gobernador eclesiástico y un concejo (sacra consulta), nombrado por el Papa. Un senador ejercía el cargo de gobernador civil, el cual recaía en un italiano, no romano, á fin de que no ejerciese la menor influencia sobre la población. La policía se hallaba confiada á un cuerpo de 400 carabineros, institución parecida á la de los gendarmes franceses; pero los numerosos robos y asesinatos cometidos en el interior, demostraron luego la insuficiencia de aquella guardia cívica. 16. Etnogra fía.—Los habitantes de la antigua ciudad pontifical son de una raza que ofrece gran variedad de caracteres. Los artesanos, generalmente altos y bien constituidos, no presentan lo que se ha convenido en llamar rasgos romanos. Su vestido consiste en un sombrero que tiene la forma de un pilón de azúcar; una especie de manto ancho, parecido á la banda de los escoceses; unos pedazos de tela, atados con cintas alrededor de las piernas, á guisa de medias, y sandalias, en vez de zapatos. Las mujeres son hermosas durante su juventud; pero su hermosura se marchita rápidamente en aquella ciudad, donde la licencia es extremada: usan el spencer carmesí, y por tocado, un trozo de lienzo blanco, el cual desciende sobre los hombros. La falta absoluta de limpieza constituye un vicio del pueblo romano, que alcanza al mismo clero, notándose generalmente en los frailes cierto desaseo y descuido repulsivos. Los cardenales y los obispos componen la corte pontifical y la primera nobleza de ROMA, á la que sigue luego la aristocracia civil, y á ésta, los sacerdotes, los jurisconsultos, los artistas, los comerciantes de la Campaña, los obreros y los mendigos, clase desgraciadamente numerosa. Los extranjeros forman una categoría aparte y disfrutan de una libertad casi ilimitada. En Roma no se encuentra, ni el movimiento ni la actividad febril de las grandes capitales de Europa; sin embargo, la ciudad adquiere durante el invierno cierta animación, producida particularmente por los extranjeros que trasladan á ella su residencia. Las diversiones públicas, de las cuales, la moderna ROMA se muestra tan ávida como la antigua ciudad de los Césares, son: los teatros, los conciertos, las ceremonias religiosas y las fiestas del carnaval, que gozan de una celebridad europea. La música es actualmente el arte más extendido en la población. RESEÑA HISTÓRICA 1. Tiempos antiquos. — La historia romana se confunde con la de la ciudad de ROMA, en sus relaciones sucesivas con los pueblos de Italia y cuenca del Mediterráneo, los cuales acabó por someter á su colosal imperio. La existencia del poder romano cuenta cerca de doce siglos y se extiende desde la fundación de ROMA, por Rómulo, hasta la destrucción del imperio de Occidente, bajo Rómulo Augústulo. Este largo intervalo puede dividirse en tres grandes épocas, á saber: 1.a, los reyes (desde 753 á 509 antes de la venida del Redentor); 2.a la república (desde 509 á 29); .a, el imperio (desde el año 29 anterior á nuestra era hasta el 476 de Jesucristo). Haremos separadamente y por su orden cronológico una breve reseña de cada una de estas tres interesantísimas épocas.
I. RoMA bajo los reyes. (Periodo de 244 años).—-ROMA, como ya hemos manifestado en otro lugar de este artículo, no fué en su origen más que una ciudad fortificada, en donde se reunieron, llamados por Rómulo, todos los bandidos y pastores del Latium. Durante este primer período contó ROMA siete reyes: Rómulo, Numa Pompilio, Tulo Hostilio, Anco Marcio, Tarquino el Viejo, Servio Tulio y Tarquino el Soberbio. El primero y el tercero, eran reyes latinos; el segundo y el cuarto, sabinos; los tres restantes, llamados etruscos; pero todos ellos se distinguieron, ya por sus cualidades personales, ya por la importancia de sus instituciones, ya, en fin, por la magnitud de los acontecimientos en que figuraron como autores ó testigos. — Rómulo reinó desde 753 hasta 715 antes de la era cristiana, fundó á ROma y estableció su gobierno político, Numa Pompilio, desde 715 á 671, instituyó la religión y su culto y dió las primeras leyes al nuevo pueblo; Tulo Hostilio, desde 671 á 640, consolidó la obra de sus predecesores; Anco Marcio, desde 640 á 617, ensanchó con sus conquistas el territorio romano; Tarquino el Viejo, 617.570, embelleció la ciudad; Servio Tulio, 578-534, creó la aristocracia y preparó los fundamentos de la república; Tarquino el Soberbio, 534-509, fué arrojado del trono y vió abolida la monarquía. Bajo el gobierno de estos tres últimos monarcas, la primitiva provincia romana sometió además una parte del Latium, de la Sabina y de la Etruria, alcanzando un alto grado de prosperidad y de grandeza; pero la reforma de Servio Tulio, la tiranía de Tarquino el Soberbio y el brutal atentado de su hijo Sexto contra la honra de Lucrecia determinaron, en 509, la caída de la monarquía y el establecimiento de la república.
II. RoMA republicana. (Período de 480 años.) —Después de la expulsión de los reyes, Roma instituyó una república, cuya brillante historia puede considerarse bajo dos puntos muy diferentes.
Primero: la república, siempre en guerra, vencedora siempre, marcha de victoria en victoria, destruyendo naciones, invadiendo provincias y sometiendo pueblos, hasta que, dueña ya del mundo, se la ve caer bajo su propio peso por el absurdo régimen de sus generales. Segundo: dos partidos se dividen constantemente la república: los patricios, que tenían la autoridad, y los plebeyos, que cada día reclamaban nuevos derechos; pero estas facultades de su libertad, llevadas hasta el último extremo, convirtiéronse luego en los instrumentos más eficaces de su propia esclavitud. En efecto, Roma fué gobernada por cónsules, elegidos anualmente. Las guerras contra los ecuos y los volscos y las disputas entre patricios y plebeyos, ocuparon la primera parte del período republicano. A éstas siguieron después: el tribunado del pueblo, en 493; el decenvirato, en 451; la censura y el tribunado militar, en 444, y la dictadura, en 338. Durante este tiempo, continuó ROMA la guerra contra sus vecinos del Lacio y de la Etruria, y no bien acabó de someter á Veyos, ciudad de esta última, cuando penetraron los galos en Italia, en 389. Salvada por Manlio Capitolino y restablecida por Camilo, volvió á verse turbada por las luchas intestinas, en tanto que su poder iba extendiéndose poco á poco sobre Italia. El Lacio y
Etruria fueron completamente conquistadas por ROMA. La guerra samnita se empeñó después y llegó á abarcar casi toda la península; pero, á pesar de los heróicos esfuerzos de los samnitas, de la humillación de las Horcas Caudinas, de la batalla de Benevento, ganada por Pyrrho, y de la admirable resistencia de Tarento, la ROMA republicana, triunfando al cabo de todos sus enemigos, se enseñoreó de Italia. En 264, toda la parte central y la meridional de este país, cubiertas de municipios y de colonias, se hallaban sometidas á los romanos. Esta fué la época en que brillaron las virtudes cívicas, que tanta fuerza dieron á la ciudad, y en que figuran nombres tan esclarecidos como los de Decio, Fabricio y Cincinato. Después de la conquista de Italia, ROMA, que había completado la organización de su ejército y aprendido, en las últimas guerras, la táctica militar de los griegos, llevó sus armas al exterior, empeñando una formidable lucha contra Cartago. Toda la importancia de este magnífico período, descansa principalmente en la hábil política del Senado romano y en el encadenamiento de las guerras, por las cuales ROMA, cuya ambición no cabía ya dentro de los límites de Italia, extendió rápidamente sus dominios por las costas del Mediterráneo. Una primera guerra contra aquella metrópoli africana le dió la conquista de Sicilia, no obstante la célebre defensa de Siracusa, y una primera victoria naval puso en sus manos una gran parte de la Galia cisalpina y de la Iliria. Desde 219 á 202. ROMA sostuvo la segunda guerra púnica contra Aníbal, en que estuvo á punto de sucumbir, después de las batallas de Trebia, de Trasimeno y Cannas. Salvada por Fabio Cunctator y por Marcelo, condujo sus ejércitos á España, que conquistó en parte, á pesar de la heróica resistencia de la inmortal Numancia; atacó á la misma Cartago, su irreconciliable enemiga africana, y la terrible batalla de Zama, en 202, decidió de la suerte de la gran ciudad cartaginesa, que fué destruida en 146. ROMA, sin rival entonces en el Occidente, conquistó toda la Galia cisalpina, humilló á la Macedonia y sometió á la Grecia; de aquí pasó al Asia menor, de donde arrojó á los seleúcidas, forzándoles á retirarse más allá del Taurus. Por este tiempo, Ro MA había triunfado de sus enemigos; el Egipto, libre de Antíoco Epifanes por Popilio Lenas, se hallaba bajo su dependencia; la Siria, aniquilada por sus propias disensiones, renovaba frecuentemente sus tratados de alianza; los príncipes de Pérgamo no vivían sino por su voluntad, y el último de éstos, Attalo III. le legó al morir todos sus bienes. Pero Roma había perdido, en cambio, su clase media en los campos de batalla, y la igualdad y el equilibrio se rompieron de nuevo en provecho exclusivo de los patricios únicos detentores de las tierras; de donde nacieron las leyes agrarias y las guerras civiles que enflaquecieron y aniquilaron la república. Hacia los años de 125, la provincia romana empezó á formarse en la Galia, y, de 112 á 101, la guerra contra Yugurta la hizo dueña absoluta del Africa septentrional, viniendo á ser entonces la primera potencia del mundo. Desgraciadamente, los gérmenes de su disolución empezaron á desarrollarse; las virtudes cívicas y guerreras en que descansara su principal fuerza, desapareciendo casi por completo; el lujo y la molicie invadieron la antigua ciudad; la raza de los romanos degeneró visiblemente; y, á pesar de los esfuerzos de Catón de Utica y, particularmente, de los Gracos, la condición del pueblo llegó á ser deplorable, y el poder de los patricios, extraordinario. La muerte violenta de los Gracos dejó abandonada la ciudad á sus discordias civiles, las cuales vinieron á hacerse aún más terribles con las guerras de los esclavos, de 123 á 104, y por las de los cimbrios y teutones, de 117 á 101. Las guerras contra Mitrídates y la social, suspendieron por un momento la enconada lucha entre patricios y plebeyos; pero se recrudeció tan luego como hubo pasado el peligro. Mario y Sila, jefes respectivamente de los partidos democrático y aristocrático, sostuvieron una lucha violenta y empeñada; el triunfo se decidió á favor de este último, y Sila, apoderándose entonces de la dictadura, restableció la primitiva Constitución aristocrática y las proscripciones regulares, y reinó por la ley del terror, que es la ley de los déspotas. A su muerte, se reprodujo la lucha con igual encono. Catilina y Autronio, auxiliados secretamente por César, el favorito del pueblo, conspiraron contra las libertades de su patria, y sus maquinaciones fueron descubiertas por Cicerón; César, Pompeyo y Craso formaron, por los años 60 el primer triunvirato; Craso fué muerto en una guerra contra los parthos; César, fuerte con la conquista de los galos, se puso al frente del partido democrático; rival de Pompeyo, alcanzó sobre éste la victoria de Farsalia; sometió todo el Mediterráneo; venció á los Egipcios, en Alejandría; á Pharnace, hijo de Mitrídates, en el Asia menor, y á los pompeyanos, en Thpsus; se proclamó dictador perpetuo y cónsul por diez años, y, poco después, en el momento en que concebía los más vastos proyectos, murió asesinado por Bruto y otros conjurados.
Octavio. Antonio y Lépido, constituyeron el segundo triunvirato; se pusieron á la cabeza de los partidarios de César y persiguieron á sus asesinos, derrotándolos en las llanuras de Filipos, en Macedonia. Después de esta victoria, disputáronse los triunviros el poder: Lépido fué separado; y Antonio y Octavio libraron cerca de A ctium la batalla que puso término á la república. El nombre subsistió aún; pero la forma política desapareció con la muerte de Antonio y de Cleopatra. A este suceso, siguieron luego: la sumisión de las islas del mar Egeo, el año 31; la reducción del Egipto á provincia romana, el 30, y el triple triunfo, celebrado en ROMA, el 29, por Octavio, el cual cerró el templo de Jano, tomó el título de Augusto y se hizo proclamar emperador. Así ROMA, por haber extendido demasiado sus conquistas, se vió al cabo sometida, y los romanos, cayendo antes en la licencia, cayeron luego en la esclavitud. Este palpable ejemplo, que ofrece la historia romana, acredita las siguientes verdades de todos los tiempos: primera, las demasías son el gran verdugo de los partidos; segunda, el sacrificio de la libertad es como el festejo con que se solemnizan las apoteosis militares.
III. ROMA bajo el imperio. (Período de 505 años.)—ROMa fué gobernada por los emperadores, durante cinco siglos, cada uno de los cuales está caracterizado de una manera muy distinta, ora por las cualidades de los soberanos, ora por las grandes revoluciones que sobrevinieron en el imperio.—El primero presenta una tiranía de que hay pocos ejemplos; en él aparecen sucesivamente el cruel Tiberio, el abominable Calígula, el feroz Nerón y el sanguinario Domiciano.—El segundo ofrece el espectáculo de una felicidad sin igual en la historia: fueron los tiempos del excelente Trajano, del buen Adriano, del afable Antonino y del virtuoso Marco Aurelio.—El tercero no fué otra cosa que una verdadera anarquía militar, en que se vió á una multitud de jefes, alternativamente elevados y depuestos por la soldadesca.—El cuarto se distingue por la division del imperio: el de Oriente, bajo Valente, y el de Occidente, bajo Valentiniano.— El quinto, en fin, presencia la división del imperio, trastornado por los bárbaros, que establecen los fundamentos de las naciones modernas. Subdividiremos este espacio de cinco siglos en los grandes períodos siguientes: 1.° El principado (comprende desde el año 29 antes del Salvador hasta el 284 de nuestra redención).—El nombre común de imperio, dado por la historia á las diversas formas de gobierno, que reemplazaron en ROMA á la república, se adapta á éstas perfectamente: en realidad, «el imperio no fué otra cosa que un despotismo militar.» En este primer periodo, la constitución imperial de Roma vino formándose lentamente en medio de ensayos de gobierno los más múltiples y frecuentemente los más opuestos. Un principio, sin embargo, prevaleció siempre sobre todos los demás: el de la preponderancia del militarismo, que quedó permanentemente establecido á través de todas las transformaciones políticas y á pesar de las tentativas hechas por los príncipes, para asentar el derecho de sucesión absoluto ó moderado. De aquí las denominaciones de imperium, imperator, dadas con verdadera propiedad á la prece
dente constitución militar de ROMA. En los tres primeros siglos de gobierno imperial, se distinguen siete grupos de emperadores: 1.°, los príncipes de la familia de Augusto, que terminaron con Nerón, desde el año 29 anterior á la era cristiana hasta el 68 de Jesucristo; 2.°, los tres primeros usurpadores militares, 68-69; 3.°, la primera familia Flaviana, 69-96; 4.°, los Antoninos ó príncipes adoptivos, desde Nerva á Cómmodo, 96-192; 5.°, después de los dos príncipes (Pertinax y Didio), cuyos reinados atestiguan el poder de los pretorianos, los príncipes sirios, desde Septimio Severo hasta Alejandro Severo, 193-235; 6.°, la segunda serie de los príncipes elevados al trono por los ejércitos, ó anarquía militar, 235-268; 7.°, los principes ilirios, 268-284.—El principado quedó establecido bajo Augusto y Tiberio. Con el primero, desapareció de hecho la república, por la concentración de todos los poderes en las manos de un solo hombre. Es verdad que se conservaron los comicios; pero la elección de los candidatos, que el emperador designaba, no fué más que una vana fórmula. Siendo cónsul perpetuo, nombró á su antojo, por uno ó dos años, los cónsules sustitutos (consules suffecti): el Senado subsistió también, pero anulado casi por completo, puesto que el Consistorium principis (Consejo privado del príncipe) se arrogaba las funciones más importantes de aquel cuerpo, en tanto que el emperador sustituía á las magistraturas en la administración y práctica de las leyes. En el interior, procuró Augusto hacer olvidar los crímenes de Octavio; cerró el templo de Jano por tres veces; organizó y dió la paz al país, y con el concurso de Mecenas, inauguró, por una parte, su imperio con la edad de oro de la literatura latina, mientras que, por otra, abría al comercio romano la Etiopía y la India. En el exterior, para asegurar y fijar sus fronteras, sostuvo, con más ó menos fortuna, ya por sí mismo, ya por Agrippa, ya por sus yernos Tiberio y Druso, varias guerras ofensivas y defensivas, que extendieron sus dominios hasta el Rhin, el Danubio, el Ponto-Euxino y el Eufrates. El número de las provincias en que se hallaba dividida la administración, que era de 20, por los años 26 antes de Jesucristo, se elevó á 29: I1, senatoriales, y 18, imperiales. A las rentas del tiempo de la república (capitación, impuesto territorial de las provincias, producto del dominio público, herencia por el Estado de los ciudadanos que morían sin testar, multas y confiscaciones, aduanas y vigésimo de las franquicias), añadió: 1.°; el impuesto del centésimo sobre las mercancías vendidas en subastas; 2.°, el vigésimo sobre las herencias ó patrimonios; 3.°. el quincuagésimo sobre el precio de los esclavos. Sus fondos ingresaban en dos cajas distintas: la del emperador, Fiscus, y la del Estado, Ærarium. El ejército, piedra angular del edificio social, tomó el carácter de permanente, dividido en nueve cohortes pretorianas y tres urbanas, que formaban un contingente de 16.000 hombres, consagrado á la defensa del emperador y de la ciudad; 25 legiones de á 12.500, acampadas en las fronteras y campos permanentes, y 5 flotas, estacionadas en Miseno, Frejus y Rávena, en el Océano y Ponto-Euxino. En cuanto á los edificios públicos, el contraste que ofrecía el esplendor de sus construcciones con la sencillez de la morada del señor, pone de manifiesto una vez más el cambio que se había operado en las costumbres é instituciones. Sin embargo, el gobierno monárquico parecía comprometido desde su origen, por la muerte de los principales príncipes de la familia de Augusto (Marcelo, Agrippa y Druso) y por las dudas que nacieron sobre la cuestión de sucesión al trono, la cual resolvieron Livia y Tiberio, decidiéndose en favor de la adopción. Bajo el reinado de éste, la monarquía, triunfando de las revueltas de las legiones, quedó completamente establecida: la inviolabilidad imperial fué consagrada por la vaga ley de majestad; el pueblo perdió sus comicios, y la servidumbre y el envilecimiento del Senado llegaron á ser un hecho, no solamente consumado, sino consentido. Los crímenes, los excesos y la tiranía hipócrita de Tiberio; las iras, las crueldades y el asesinato de Calígula; el vergonzoso advenimiento al trono de Claudio; el primer derecho de exaltación imperial pagado por éste á los pretorianos; el gobierno de oscuros libertos (Polibio, Calixto, Narciso y Pallas) y de impuras emperatrices (Mesalina y Agripina), y los crímenes, la demencia y la muerte misma de este monstruo, son otros tantos hechos que atestiguan el poder creciente de los pretorianos y del ejército, el relajamiento de los caracteres y el grado de corrupción y de abatimiento á que había llegado Ro MA. Apenas se encontraban algunos patricios que lucharan contra la tiranía: á las conspiraciones y al desprecio de los primeros, oponía la segunda los delatores y el verdugo. Sólo las provincias, defendidas convenientemente y dotadas alguna vez de privilegios importantes, gozaban de la paz romana. Por este tiempo aparecía el cristianismo; Jesucristo, que había venido al mundo bajo Augusto, era crucificado bajo Tiberio; los apóstoles echaban los cimientos de la Iglesia bajo el reinado de los últimos príncipes de la familia de aquel emperador, y las persecuciones, empezadas bajo Nerón por los martirios de san Pedro y san Pablo, inauguraron la propaganda de la fe con la sangre de los mártires. El mundo romano ofreció desde entonces este doble carácter: el cristianismo, engrandeciéndose á través de las persecuciones; la sociedad pagana, degenerándose cada vez más en medio de las vicisitudes del imperio. El despojo excepcional de las provincias, á fines del reinado de Nerón, determinó la sublevación general de los ejércitos y de ROMA: este movimiento produjo cuatro emperadores en dos años. Tras el brevísimo reinado de los tres usurpadores militares, Galba, Othón y Vitelio, el ejército de Judea llevó al trono la dinastía flaviana, cuyos tres príncipes, Vespasiano, Tito y Domiciano, restablecieron la autoridad monárquica, seriamente comprometida por las guerras civiles; devolvieron la paz á Ro MA; repararon ó construyeron importantes monumentos; se conquistó la Bretaña, se destruyó á Jerusalén y se dispersó á los judíos. Con los Antoninos, empezó la edad de oro del imperio. El derecho hereditario, que no había podido afianzarse y que derribó la muerte violenta de Domiciano, fué sustituído por una especie de sucesión moderada, la adopción, sometida á la aprobación de los soldados, de donde tomaron también los Antoninos el nombre de príncipes adoptivos con que los designa la historia. Bajo los dos primeros de estos príncipes (Nerva, 96-98, y Trajano, 98-117), el principado militar llegó á su apogeo para dar paso á la monarquía administrativa del tercero (Adriano) y sus sucesores. El español Nerva, el primero de los príncipes de origen extranjero, devolvió la seguridad á las personas, por la supresión de los juicios de majestad, restablecidos en tiempo de Domiciano, y por las leyes contra los delatores. El español Trajano, tan elogiado por Plinio y Montesquieu, gobernó á Roma y el imperio con gran elevación de miras, empañado tan sólo por el recuerdo de la tercera persecución contra los cristianos. En el interior se señaló su reinado por grandes medidas: restableció la autoridad senatorial y los comicios, disminuyó los impuestos, regularizó la administración, creó los puertos de Ancôna y Civitavequia (Centumcelle), y una vía romana, que unía el Ponto Euxino con la Galia; protegió las letras y levantó notables monumentos: en el exterior llevó felizmente á cabo dos guerras y algunas conquistas. A su muerte, de las 52 provincias, que llegaron á componer el imperio, subsistían 48, divididas en II senatoriales y 37 imperiales. El tercer príncipe adoptivo, Adriano, de origen español también, reinó desde 117 á 138: en el exterior, abandonó las conquistas orientales de Trajano, construyó en Escocia la trinchera que lleva su nombre (Vallum Hadriani), y dispersó á los judíos: en el interior, inauguró la monarquía administrativa, sustituyendo definitivamente el Consistorium al Senado, y los decretos y rescriptos, á los senatu-consultos; subordinó en ROMA y en las provineias el poder militar al civil; reemplazó el derecho pretoriano con el famoso edicto perpetuo; reedificó á Jerusalén bajo su propia denominación (Ælia Capitolina); restableció en Egipto el canal del
Nilo, en el mar Rojo, y edificó: en la Galia, las Arenas y la Casa Cuadrada de Nimes; en España, el templo de Tarragona, y en ROMA, el Panteón y el célebre mausoleo de su nombre; hoy, Castillo de Santo Angelo. En el reinado de Antonino, que duró desde 138 á 161, disfrutó el imperio de una paz inalterable. Marco Aurelio (161-180) continuó á la vez: 1.°, la obra militar de Trajano, haciendo retroceder hasta más allá del Danubio á los primeros invasores sármatas ó germanos, y conteniendo á los parthos; 2.°, la obra política y administrativa de Adriano, haciendo extensivo á las provincias, por el edicto provincial, el beneficio de las disposiciones del edicto perpetuo. A fuer de filósofo estoico, eclipsó su gloria por la cuarta persecución contra los cristianos y su debilidad para con Faustina y Cómmodo Este último príncipe, que gobernó desde 180 á 192, cerró la serie y el siglo de los Antoninos con horrendas crueldades, vicios groseros y una paz deshonrosa, distinguiéndose así de sus antecesores, que tanto se habían esforzado en levantar el imperio por sus virtudes. La historia no ha podido menos de consagrar sus elogios á este siglo, durante el cual, la ley, más equitativa y justa, vino á ser común á todo el imperio; las relaciones se multiplicaron con las vías romanas; las artes, las ciencias y la literatura alcanzaron grande esplendor, y el comercio hizo afluir á ROMA las riquezas del mundo entonces conocido. En aquella época, Roma «había reunido los Estados dispersos y dado al mundo nueva vida.» A este brillante período sucedió otro de anarquía militar, que se extiende desde 193 hasta 284, el cual comprende los reinados de Septimio Severo, Caracalla, Macrino, Heliogábalo, Alejandro Severo, Maximino, los Gordianos, Filipo el Arabe y los treinta tiranos; á los que siguieron después los emperadores Aureliano, Tácito y Probo. Durante esta época, empezaron los bárbaros sus correrías y se establecieron en las fronteras del imperio, el cual logró, sin embargo, salir intacto de las manos de los príncipes de Iliria para ser nuevamente constituído. 2.° El imperio organizado ó la tetrarquía (284-395). A la anterior época de despotismo militar sucedió la de las divisiones de la monarquía administrativa, en el fondo, y oriental, en la forma. Esta época presenta tres caracteres distintivos: 1.°, la constitución jerárquica del imperio; 2.°, la separación definitiva de las funciones civiles y militares, y la desorganización lenta y progresiva del ejército; 3.°, la preponderancia del cristianismo, protegido, al cabo, por los mismos emperadores. El imperio quedó completamente organizado con su tetrarquía, su jerarquía y su sistema regular de administración; pero esta constitución, resultado natural de los esfuerzos hechos anteriormente para fundar la monarquía absoluta, si no hereditaria, parece no haber sido aplicada sino para desaparecer luego, arrastrada por el torrente desbordado de las invasiones germánicas. Bajo Diocleciano (284-305), la asociación dió, en detrimento de la unidad imperial, doble fuerza al jefe militar del imperio, obligado á defender de un modo simultáneo las fronteras de Oriente y Occidente. Diocleciano, á fin de poder atender á las exigencias de la guerra contra los bárbaros, tomó por colega á su antiguo compañero de armas, Maximiano; le dió el sobrenombre de Hércules y se reservó para sí el de Júpiter: personificando de este modo la razón que manda y el brazo que ejecuta. Los dos emperadores, divinizados en vida bajo los nombres indicados, fueron adorados, según el uso oriental, y apellidados señores y dioses; considerándose como cosa sagrada todo lo que á ellos se refería. La guardia pretoriana fué sustituida por cuerpos especiales (Jovianos y herculanos), y el imperio, personificado en los emperadores. Numerosas revueltas y la marcha amenazadora de los bárbaros obligaron á Diocleciano á subdividir el poder, creando dos Césares, subordinados á los dos Augustos: el uno, Cayo Galerio, fué encargado de las provincias ilirias; el otro. Constancio Cloro, de todo el Occidente (Mauritania, España, Galia y Bretaña); Diocleciano se reservó el Oriente, y Maximiano, la Italia, el Africa y las islas. De este modo quedó constituído el gobierno, llamado tetrarquía, á cuya cabeza figuró Diocleciano como jefe único y supremo. Maximiano, victorioso ya, en 287, de los rebeldes de la Galia, rechazó á los germanos hasta más allá del Rhin y triunfó de Juliano, quien había usurpado la dignidad de rey en Italia; su César, Constancio Cloro, recuperó, en 294, á Treves y la Gran Bretaña, independiente hacía siete años (287-294), bajo Carausio (Marco Aurelio Valerio) y su lugarteniente Allectos; Diocleciano reprimió la sublevación de Aquilea, en Egipto, y su César, Galerio, batió á los persas, en 297, á quienes impuso el tratado de Nisibis, encargándose luego de la defensa de Tracia y comarcas danubianas. Después de estas victorias se organizó la tetrarquía en el interior: bajo los Augustos y los Césares, figuraban los prefectos del Pretorio, encargados de la autoridad civil, financiera y judicial; después, los condes y los duques, quienes mandaban los ejércitos de las fronteras; á los cuales seguían luego, subordinados jerárquicamente los unos á los otros, los funcionarios representantes de la autoridad central en las provincias: administración sencilla y á la vez compleja, cuyos dos únicos defectos, la extensión del despotismo y el aumento de los impuestos, ocasionaron la despoblación y la ruina. Por este tiempo, el cristianismo, que había adquirido grande desarrollo á pesar de las persecuciones, sufrió la última y tambien la más terrible: la era de los mártires. Dos años después del gran triunfo celebrado en ROMA, en 303, por la derrota de los usurpadores y de los bárbaros, abdicó Diocleciano, obligando á Maximiano á hacer lo mismo, y los dos nuevos Augustos, Constancio Cloro y Galerio. se asociaron dos nuevos Césares: Severo, gobernador de Africa y de Italia, y Maximino Daia, que lo era de Oriente, Siria y Egipto. Pero esta tetrarquía vino luego á parar en heptarguía: Constantino, hijo de Constancio Cloro, fué proclamado Augusto después de la expedición de Caledonia y de la muerte de su padre; Severo tomó el mismo título en Italia; Magencio, en ROMA, y á estos siguieron luego Maximino Daia y Licinio. La muerte de Severo redujo á ó el número de los Augustos: tres en Oriente (Galerio, Maximino Daia y Licinio), y tres, en Occidente (Constantino, Magencio y Maximiano Hércules). Libre luego Constantino de sus colegas, y dueño único y absoluto del imperio, otorgó grandes privilegios á los cristianos, estableció la unidad católica y trasladó la capitalidad á Bizancio, la cual tomó su nombre (Constantinopla), y recibió las mismas consideraciones que había tenido ROMA. La división que este emperador hizo de sus Estados, antes de su muerte, repartiéndolos entre sus tres hijos, Constancio, Constante I y Constantino II, y sus sobrinos, Dalmacio y Anibaliano, vino á desnaturalizar el principio de la tetrarquía de Diocleciano y á romper de nuevo la unidad imperial. Sin embargo, el asesinato de estos dos últimos, las derrotas de los dos primeros príncipes y la muerte de Gallus, restablecieron aquella en provecho de Constancio, cuyo arrianismo intolerante comprometía la obra religiosa de Constantino, al mismo tiempo que los persas y los germanos amenazaban las fronteras. El César Juliano logró conjurar el peligro por el lado de Occidente, rechazando completamente á los alemanes y á los francos hasta más allá del Rhin; y, merced al prestigio de tales victorias, fué proclamado Augusto por sus soldados. Bajo el reinado de este emperador (361-363), la ortodoxia sufrió una persecución de nuevo género; los cristianos fueron separados de los empleos y de las escuelas y el paganismo quedó restablecido. Muerto en una expedición contra Sapor, rey de los persas, después de haber sometido á la Armenia y la Mesopotamia, pasó sucesivamente el trono, por elección militar, á Joviano y Valentiniano I; por sucesión, á Graciano y Valentiniano II, hijos de este último. El asesinato de estos dos príncipes y la derrota y muerte de Máximo, general romano en Bretaña y usurpador del trono, hizo á Teodosio dueño único de los dos imperios. Bajo su gobierno se completó el sistema de la administración imperial; se reorganizaron las prefecturas, las diócesis, las
provincias, las metrópolis, las ciudades, y se consagró la victoria del cristianismo. Con este emperador terminó, en 395, el verdadero imperio latino. 3.° Imperio romano de Occidente (395 á 476).—A la muerte de Teodosio, el imperio romano quedó dividido en imperio de Oriente é imperio de Occidente, que se repartieron y gobernaron respectivamente Arcadio y Honorio, hijos de aquel emperador. Aunque los griegos del Bajo Imperio (imperio de Oriente) llevaron hasta su último período histórico (1453) el nombre de romanos, la historia de este Estado no pertenece realmente á ROMA. El imperio de Occidente, por el contrario, continuó teniendo su centro en Italia, y su capitalidad oficial y moral, en ROMA. Este imperio, asaltado en un principio (395) por las invasiones de los bárbaros, estaba limitado: al Norte, por el muro de Severo (Vallum Severi), el mar Germánico, el Rhin y el Danubio superior y central; al Este, por el Savus inferior (río de los Estados austriacos), el Drin, el Barbana, el Adriático, el mar Jónico, el Mediterráneo central y el gran Syrte; al Sur, por el vasto desierto de Africa, y, al Oeste, por el Atlántico. El emperador Honorio fué admirablemente defendido, contra Alarico, en Pollentia y Verona (403), y contra Rodogasto, en Fiésoli (406), por su tutor y suegro el bárbaro Stilicón, el cual había organizado, para cubrir la Italia, varios cuerpos de bárbaros con federados. Poco después del asesinato de éste, cometido por Olimpo en 408, empezó el desmembramiento del imperio. Los vándalos y los suevos, conducidos por la corriente impetuosa de la grande invasión, se establecieron respectivamente en el Sur y Noroeste de España; los burgundos se apoderaron de la Galia y Valle del Ródano; la Bretaña se vió abandonada por los romanos, y la Italia, devastada por los visigodos, quienes, después de la toma de ROMA en 410, y de la muerte de Alarico, se pusieron al servicio de Honorio con Ataulfo, destruyeron á los usurpadores de la Galia, y. á pesar del conde Constancio, fundaron, en 419, un nuevo reino bárbaro sobre las dos vertientes de los Pirineos. La Iliria había sido completamente saqueada; á la muerte de Honorio, acaecida en 424, el imperio no contaba más que tres diócesis intactas, las de Italia, A frica y ROMA; y ésta, despojada diferentes veces del título de capital en provecho de Milán y Constantinopla, fué de nuevo abandonada por la inexpugnable Rávena. Bajo Valentiniano III (424-455), una intriga palaciega abrió el Africa á los vándalos, cuyo jefe, Genserico, fundó el nuevo imperio marítimo de Cartago; la Galia y la Italia fueron asoladas por Atila (450-453); y la Bretaña, abandonada por completo en 448, vino á ser presa sucesivamente de los sajones y de los ingleses. Después de la muerte de aquel emperador, Eudoxia, su viuda, casada de nuevo violentamente con el asesino de su esposo, Petronio Máximo, llamó á los vándalos de Africa, y RoMa sufrió, en 455, un saqueo que inmortalizó tristemente su glorioso nombre. Desde este instante, la anarquía llegó á su colmo: un jefe de los bárbaros confederados, Ricimero, suevo de origen y general romano, dispuso durante 18 años de la púrpura imperial, nombrando y destituyendo emperadores á su antojo. A su muerte, el desacuerdo llegó á convertirse en una verdadera confusión. Julio Nepote encontró un competidor en el elegido por los soldados mercenarios, Glicerio, en 473, y se vió arrojado del trono por el patricio Orestes, oficial de Atila, el cual proclamó á su hijo Rómulo en 476. En este momento, el imperio de Occidente apenas comprendía la Italia: los hérulos reclamaron inútilmente sus tierras, y Odoacro, su jefe, tomó á ROMA y destronó á Rómulo Augústulo. nombre cuyo doble significado pareció entonces una ironía del destino. Así fué cómo una revolución imprevista puso término al más poderoso imperio que hubo jamás existido, el cual, segun expresión de Montesquieu, «acabó como el Rhin, que no es más que un arroyo cuando se pierde en el Océano: ROMA, que se había engrandecido, merced á una larga serie de guerras sucesivas, se vió aniquilada, porque todas las naciones la atacaron é invadieron simultáneamente.» 2. Tiempos medios.—Los papas habían fijado su residencia en ROMA desde los primeros tiempos del cristianismo; pero sus dominios eran casi nulos. Por los años 728, Gregorio II sublevó esta ciudad contra los exarcas y la erigió en república. El nuevo Estado, amenazado sucesivamente por los emperadores de Constantinopla y los soberanos lombardos, imploró, para sostenerse, el auxilio de los reyes francos. El monarca de Francia, Pipino, corrió á Italia, y, una vez vencedor, dió al pontífice de ROMA el exarcato de Rávena y la Pentápolis; cuya cesión creó el poder temporal de los papas. Carlomagno, su hijo, confirmó luego esta donación, á la que agregó algunos otros distritos, y, el año 800, se hizo consagrar en ROMA emperador de Occidente. Por esta época, la soberanía de los papas era real y completa, y el título de patricio, que llevaban por entonces estos príncipes, parece no implicar otra idea que la de protector y defensor de la Iglesia romana. En el siglo ix la ciudad papal se vió desgarrada por las divisiones intestinas: el desorden llegaba á su último límite, cuando Enrique III, emperador de Alemania, lo contuvo violentamente, imponiendo á ROMA pontífices de su elección. Entonces empezó entre los papas y los emperadores la formidable lucha del papado y del imperio, del altar y del trono; lucha que terminó bajo el pontificado de Gregorio VII. Desde esta época (1080), fueron los papas extendiendo su autoridad é influencia hasta arrogarse el poder de elegir emperadores y reyes, deponiendo ó anatematizando á otros. Sin embargo, en la anarquía que sobrevino á la decadencia de los carlovingios y que continuó desgarrando á Italia durante todo el período de la Edad media, el poder temporal de la Santa Sede fué frecuentemente combatido de todas partes. ROMA fué tomada tres veces por Enrique IV, emperador de Alemania. Grandes disputas se promovieron después entre los papas y antipapas: durante las de Inocencio II y Anacleto II, Arnaldo de Brescia estableció en ROMA la república y arrojó á los pontífices, principales autores de los trastornos y escándalos que perturbaban al país. Esta nueva forma de gobierno duró hasta el año de 1149. La traslación de la Santa Sede á Avignon, donde permaneció durante sesenta y ocho años (1309 á 1377) y las luchas originadas por el gran cisma (1378 á 1449), dejaron el campo libre: primero, á las agitaciones populares provocadas por Rienzi, tribuno famoso, tan famoso como insensato, que logró restablecer por breve tiempo la república romana; después á la ambición de los señores, pequeños tiranos, que llegaron á dominar casi todos los Estados de la Iglesia, erigiéndose, de feudatarios en soberanos, y haciendo de su soberanía un verdadero latrocinio. 3. Tiempos modernos.—El gran cisma del papado terminó á mediados del siglo XV, y los pontífices romanos regresaron á su antigua capital, en cuya época empezó realmente la autoridad absoluta de los papas en Ro MA. Alejandro VI, Julio II, León X y Clemente VII, consolidaron el pontificado y embellecieron la metrópoli católica con magníficos monumentos. En 1495 la tomó por asalto Carlos VIII, y en 1527, el condestable de Borbón. La energía salvaje de los Borgias y la actividad belicosa de Julio II restituyeron á la Santa Sede una autoridad que no decayó bajo Gregorio XIII, sino para levantarse más fuerte y vigorosa con el severo Sixto V. Pero las doctrinas de Lutero, en el siglo XVI, fueron debilitando el prestigio de los papas, el cual recibió el último golpe con la Revolución francesa. En Febrero de 1798, el general francés Berthier estableció la república romana, y los papas Pío VI y Pío VII se vieron separados de su sede y conducidos á Francia. En 1809, Napoleón I reunió los Estados de la Iglesia al imperio francés, los cuales vinieron formando los departamentos de RoMa y Trasimeno, hasta la paz de 1814, que devolvió á los papas sus antiguos dominios. Bajo Gregorio XVI (1831-1846), las imperfecciones que existían en los diversos servicios públicos, fueron causa de frecuentes insurrecciones, preparadas por las sociedades secretas. La amnistía y las reformas de Pío IX,
su sucesor, la introducción de los seglares en el ministerio (Diciembre de 1847) y el otorgamiento de una Constitución liberal que, por vez primera, concedía una parte del poder á dos Asambleas electivas (Mayo de 1848), no fueron bastantes á detener el movimiento insurreccional que estalló en ROMA, provocado por la revolución francesa. Un ministro patriota y enérgico, Rossi, fué indignamente asesinado el 15 de Noviembre de aquel mismo año; diez días después se retiraba el Papa á Gaeta, en los Estados del rey de Nápoles; en 29 de Diciembre se convocó una Cámara constituyente, la cual anuló de hecho y de derecho el poder temporal del Papa, proclamó la república democrática y nombró un triunvirato, á cuyo frente figuró como jefe el genovés Mazzini. Las potencias católicas resolvieron entonces, de común acuerdo, intervenir por medio de las armas: Austria, dueña de Ferrara desde Julio de 1847, se apoderó de Bolonia en Mayo de 1849, y Francia mandó un ejército, bajo las órdenes del general Oudinot; tomó á RoMa y restableció en el trono al soberano pontífice.
Finalmente, la Ciudad Eterna continuó conservando el carácter de metrópoli del mundo católico y de los Estados de la Iglesia, hasta Octubre de 1870, en que fué decretada su incorporación á Italia y declarada aquélla capital de este nuevo reino. Tal es, descrito á grandes rasgos, el magnífico conjunto de interesantes cuadros que nos ofrece la ciudad latina en su admirable historia. Efectivamente, no hay otra, como dice un verídico historiador, que presente al estudio del hombre tantos ejemplos de verdadera enseñanza, tantos asuntos de sólida instrucción; pues su dominio abarca todo cuanto hay de más importante para las naciones: legislación, guerra, política, una multitud de grandes circunstancias y un sinnúmero de personajes célebres. Lo que más caracteriza la historia romana, en sus primeras épocas, es la perfecta unidad que se advierte en la acción principal de su movimiento. á la conquista del mundo, la marcha constante hacia este grande y único objeto, el progresivo y ordenado desarrollo de aquel increible sistema, que nada bastó á detener, ni aun la perpetua guerra civil de la democracia contra la aristocracia, que á primera vista parece que debía minar sordamente la república en sus cimientos hasta destruirla, y que, sin embargo, produjo el efecto contrario, fomentando su vigor y desplegando con mayor energía sus fuerzas. El que quiera encontrar innumerables rasgos de verdadera sabiduría, de consumada política, de noble desinterés y de acendrado patriotismo; el que ansíe indagar cómo pudo contenerse á un pueblo altivo y numeroso, excitado incesantemente por sus furiosas magistraturas, legalmente establecidas para exaltar todas las pasiones y extender la rebelión; el que aspire á averiguar cómo, á fuerza de constancia, de longanimidad, de cálculo y valor, pudo una simple aldea transformarse en el más colosal imperio, que estudie en Tito Livio los primeros siglos de la república; que se fije en aquel Senado y en sus cónsules, que parecían resumir todos los hombres grandes de su época. El que desee conocer por qué medios, después de transformarse este pigmeo en un coloso, á costa de los pueblos vecinos, se lanza al resto de la tierra para arrollar cuanto se oponga á su paso, que considere en Polibio el grandioso espectáculo de ROMA, abatiendo y avasallando, casi de una vez para siempre, á Cartago, su más temible rival; á Filipo, heredero en el recuerdo de Alejandro; á Antíoco, opulento monarca de Asia; á los fieros etolios; á la Grecia, tan fecunda en héroes, y á la Macedonia, engreída aún por la conquista del universo. El que quiera convencerse de cómo la relajación de las costumbres de un pueblo, el trastorno de los principios y la enervación de la fuerza en el interior arruinaron un sistema, que había llegado á someterlo todo en el exterior, que lea á Salustio. El que quiera considerar el odioso y repulsivo cuadro de una tiranía casi increible, que vea á Tácito; y el que necesite, en fin, según el destino que ocupe en la sociedad, escoger altos ejemplos y cualidades elevadas, que estudie á Plutarco, incomparable compendio de todas las virtudes, precioso depósito de todos los talentos de la antigüedad. 4. Noticias bibliográ ficas.—Los distinguidos escritores franceses, Rohis y Grevier, han coleccionado en un solo cuerpo de historia general, lo más selecto de los autores antiguos arriba mencionados; Montesquieu, ha extractado en pocas páginas lo más erudito, profundo y grande acerca de las causas y los resultados, en la brillante época de la república; mientras que Gibbon ha continuado en grande escala el magnífico período del imperio y de los emperadores. Consignamos estas noticias para aquellos de nuestros ilustrados lectores que carezcan de nociones de latinidad y no puedan, por lo tanto, consultar los textos originales.
ETIMOLOGÍA. 1. La Ciudad Eterna, como suelen apellidarla comunmente los escritores. La etimología más corriente de RoMA es del griego rhõmẽ, fuerza, poder, robustez, como quien dice robur, formado de rhõnnuein, fortificar, robustecer; pero muchos autores modernos la tienen por etimología de sonsonete. 2. Plutarco prefiere la etimología ruma, mama, teta, que tal vez se formó de rheuma, diminutivo de rhein, colar, correr.—Otros dicen que RoMA viene de Romulus, Rómulo, fundador y primer rey de Roma; al paso que otros pretenden, por el contrario, que Rómulo tomó su nombre de ROMA.—Por último, y dejando á un lado otras varias etimologías puramente conjeturales, se ha dicho que Roma viene de Rumón, nombre que, según Servio, llevó en los tiempos primitivos el río Tiber, que la baña. 3. La fundación de Roma es una de las principales eras ó épocas históricas, anteriores al nacimiento de Jesucristo, que sirven en la cronología. Según el cómputo más comunmente seguido, tuyo lugar aquella fundación 752 años antes de la era vulgar.
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