Roque Barcia · 1880-1883
Lord
tomo 3 · página 487 · ver la página del original
Lord. Masculino plural. LoRES. Titulo de honor que se da en Inglaterra á la primera nobleza.
ETIMOLOGÍA. Anglo-sajón hlâ ford, lâford, señor; hlœfdige, señora: antiguo inglés, laverd, lauerd; derivado de hlâf, pan: «el señor de la casa, el amo del pan» (LITTRÉ); catalán, lort. Reseña histórica.—1. Título honorifico usado en Inglaterra, y que significa señor. Es de origen sajón; y después de haberse aplicado al principio á todo poseedor de un dominio, por oposición á sus vasallos, pertenece hoy á los miembros de la alta Cámara ó pares de Inglaterra, duques, marqueses, condes, vizcondes, barones, arzobispos y obispos. 2. Este título se da también, aunque sólo por cortesía, á los hijos de los duques y los marqueses, y á los nietos de los condes. 3. Algunos altos funcionarios toman, con su cargo, el derecho de este título: tales son el jefe de justicia, el canciller, el gran almirante, el chambelán, el alcalde de Londres, el preboste de Edimburgo, los quince jueces de la corte criminal de Escocia y el lugarteniente de Irlanda. Lord Byron (JORGE GORDON Br RON). Nació en Douvres á 22 de Enero de 1788. Miembro de una familia de la primera nobleza de Inglaterra, hijo de un hombre disipado y vicioso, y de una madre caprichosa y voluble, ora tierna y apasionada hasta la exageración, ora irascible y violenta hasta degenerar en brutal, su educación fué la más propensa á compendiar todos los vicios y todas las virtudes de sus antepasados. La hermosura fascinadora de que le dotó la naturaleza, y los timbres y la fortuna que le legaron sus antepasados, desarrollaron en él un amor propio excesivo. Pero en ese amor propio encontró la primera contrariedad de su vida. Un accidente casual, ocurrido en sus primeros años, le había estropeado una pierna. De los airados dicterios con que su madre le colmaba en sus frecuentes horas de mal humor, ninguno le llegaba al alma tanto como el recuerdo de aquel defecto físico. La precocidad de sus pasiones se manifestó en él á la edad de ocho años. Entonces amó por primera vez, y amó con toda la violencia de un alma en el pleno desarrollo de sus facultades. Sus amores con Ana Duff no son el capricho del niño; son la arrebatada pasión del hombre. La prematura muerte de su prima Margarita Parker, de quien se enamoró cuatro años después, comenzó á filtrar en su corazón la melancolía. Las horas pasadas en muda contemplación ante las tumbas del cementerio Harrow, adonde había ido á estudiar en 1801, tal vez estaban impregnadas de aquel triste recuerdo. La melancolía precoz no siempre constituye el genio; pero frecuentemente le anuncia. En 1805, en Cambridge, donde trataba de curarse de su tercera pasión hacia miss Mary Chawost, entregándose á toda clase de excesos, empezó á manifestar su escepticismo, luchando con los recuerdos idealistas de su corazón. Su primera colección de poesías: Hours of idleness, tan duramente tratada por la Revista de Edimburgo, apareció en 1807. Su sátira titulada Bardos ingleses y críticos escoceses, le vengó cumplidamente de aquel rudo ataque. Sus bienes en litigio, á causa de sus dispendios, le obligaron á abandonar por primera vez la Inglaterra. En el estío de 1809 se embarcó para Lisboa, visitando á Cádiz y una parte de la Andalucía. La más notable de las particularidades de este viaje es que en él comenzó su precioso poema: Childe-Harold, que no apareció hasta 1813. En 1815 se casó con miss Milbanck. Lady By RON no comprendió el carácter fantástico de su marido y no pudo plegarse á él. Después de haberle legado una hija, vástago digno de la hermosura de su padre, le creyó loco y le abandonó para volver al seno de su familia. Como decía Fletcher, el fiel criado del poeta, era la única mujer que no había podido dominarle. Desde aquella separación, BYRoN fué para todos un monstruo. Esta catástrofe marcó las primeras prematuras arrugas en la frente del autor de Don Juan. Para cicatrizar en su corazón la honda herida producida por aquel golpe, volvió á emprender aquella serie de viajes, en que recorrió la Suiza, los Países Bajos, Grecia, Italia, y en que visitó por vez primera la ciudad de Missolonghi, la que había de recoger más tarde su último aliento. Para insultar mejor la hipocresía puritana, que le había condenado, hiriendo su amor propio, se abandonó á las voluptuosidades de la desenfrenada vida italiana. En 1817, después de haber visitado á Roma, se estableció en Venecia. El palacio Mocénigo fué teatro de los más extraños desórdenes de su disipada existencia y de sus escandalosos amores con Margarita Cogni, aquella hija del pueblo, de talle de amazona y de caracter de Medea. Entre las agitadas horas de placer, pasadas en aquella fastuosa morada de sus vicios, encontró tiempo de escribir el Manfredo, Beppo, Mazzepa; de trazar el Marino Faliero y de dar principio al Don Juan, el poema de los contrastes, la extraña epopeya del siglo XIX, que había ido á inspirarse en uno de los tipos más salientes de nuestra literatura, en el Burlador de Sevilla, de Gabriel Téllez. No era Br RON hombre capaz de sufrir por mucho tiempo el tiránico yugo de Margarita Cogni; la tempestuosa lucha del odioso amor de aquella mujer, que sólo gozaba en la abyección y en la crueldad, le cautivó durante algún tiempo, pero le cansó al cabo. La jo
ven condesa Teresa Guiccioli, casada hacía poco con un anciano, á quien abandonó más tarde por seguir al poeta, fué la reina que ocupó más asentadamente el trono de aquel corazón preñado de tempestades. Sin embargo, no bastaba el amor á llenar el vacío de su alma violenta. Su ardiente entusiasmo por la libertad parecía inflamar aquella fantasía devoradora; tan devoradora como la calentura de sus deleites.—La independencia italiana tuvo en él uno de sus más decididos campeones. En 1820, su casa de Rávena, desde la que desafiaba la vigilancia de la policía, era el centro y el arsenal de los conspiradores que trataban de levantarse en armas por la causa del pueblo italiano. En 1821, después de terminar, entre violentas agitaciones, Marino Faliero, Los dos Fóscari, Sardanápalo y Cain, abandonó á Rávena y se estableció en Pisa, donde volvió á reunirse á la condesa Guiccioli. La revolución de Grecia ofrecía ancho campo á su pasión por el heroísmo: su insaciable sed de gloria le hacía mirar sus triunfos literarios como pequeños para él. Un manifiesto del comité griego de Londres, acogiendo con entusiasmo su adhesión á la causa de la independencia de aquel pueblo mártir, le decidió al fin. En 1823 se dió á la vela con rumbo á Grecia, y el 5 de Febrero de 1824 desembarcó á orillas de las pestilentes lagunas de Missolonghi entre el indecible entusiasmo de aquellos bravos patriotas, que le miraban como su salvador. Mas ¡ay! cuando quiso abandonar la poesía, la poesía le abandonó á él. Corrió á Grecia buscando la lucha y sólo halló la muerte. Su salud, desde hacía largo tiempo minada por desarreglos físicos y mentales, no pudo resistir á las agitaciones y á la influencia del clima. El 10 de Abril, en una excursión con sus suliotas, fué sorprendido por una abundante lluvia, de que en vano quisieron preservarle. Unas fiebres malignas, que llegaron á la inflamación cerebral, le postraron en el lecho, de que no había de volver á levantarse. Su criado Fletcher, fiel como un perro, no se separó de su amo hasta el día 19 de Abril de 1824, en que el estampido del cañón anunció al mundo que LORD GORDON BYRON había exhalado el último suspiro. El duelo fué tan general como profundo; las fiestas de la Pascua se suspendieron; los tribunales y los comercios se cerraron, al par que el Gobierno declaraba al difunto, ciudadano de Grecia y adoptaba á su hija como hija de la nueva patria. Su féretro estuvo expuesto doce días en la iglesia de San Nicolás entre las tumbas del general Normann y del héroe Marco Botzaris. Durante ellos, la apiñada multitud empapó de lágrimas sus yertos despojos. El 2 de Mayo, el coronel Stanhope embarcó el cadáver de su amigo para Inglaterra, dándole sepultura en la aldea de Nottingamshire, al lado de su madre. Así vivió y murió el grande hombre de esta biografía. Sus obras más notables son: Don Juan, Childe-Harold, El Corsario, Lara, La Desposada de A bydos, poemas; Manfredo, Marino Faliero, Sardanápalo, Los dos Foscari, Cain, El Cielo y la Tierra, La Profecía de Dante, dramas. Dejó también escritas unas memorias, que Moore quemó por un escrúpulo de gazmoñería.
Resumen.— Vamos á intentar el hacer un retrato del personaje de esta biografía. 1. Su fama.—Fué maldecido en vida; odiado y calumniado en muerte por una gran parte de sus compatriotas. Los que le aborrecen, le presentan como un espíritu diabólico: los que pagan tributo á sus talentos, fueron tan liberales en alumbrar su tumba, que tanta luz fascina; de donde hubo de resultar que el nombre de nuestro personaje es un fantasma, medio descubierto, medio oculto, el cual se balancea entre las tinieblas del infierno y los resplandores del Paraíso. Acaso la mayor parte de los hombres mira en él una fama que gime bajo el entredicho de la historia. Lo diremos más claramente: BYRON es un cautivo de su propio genio, que no ha logrado todavía su cabal rescate. Ya lo logrará cuando el hombre deje de hacer sombra al poeta, porque hay casos en que la vida nubla la muerte, como hay ocasiones en que la muerte nubla la vida. 2. El escritor. — Como dice muy bien un crítico profundo, nuestro autor es tan gran poeta y tan inglés, que sus obras retratan más la vida de Inglaterra que las de todos sus escritores reunidos, si se exceptúan Shakespeare y Walter Scott. 3. El hombre.—Ya postrado en el lecho de muerte, el médico le manifestó que era necesario que se sangrara. El enfermo dijo que prefería morir antes que consentir en que se derramara su sangre. Habiéndole hecho presente que podía venir la locura, se estremeció y alargó el brazo, cuyo movimiento acompañó con estas extrañísimas palabras: «Verdugo, haz tu deber,» compendio de antigüedad clásica y de alarde romántico. 4. Su sátira.—Hablando de la Ciudad eterna, dice: «Tres cosas notables hallé en Roma; tres bribones ahorcados, un cardenal muerto y un Papa vivo.» No pueden pintarse con más astucia la descarnada sutileza de su ironía y la amargura horrible de su sátira. 5. Su politica.—En 1813 escribe: «He simplificado mi política: hoy consiste en odiar de muerte á todos los gobiernos constituídos.» 6. Su literatura.—Después de Don Juan, su obra maestra es acaso Manfredo, sin embargo de la poca estima en que su autor le tuvo, según carta que escribe desde Venecia á M. Murray, en 1817. Sin embargo, Gœthe decía: «LORD BYRON me ha tomado mi Fausto y se lo ha hecho suyo.» Esto significa que el Fausto es el representante del genio alemán, como el Menfredo es el representante del genio inglés. Maravilla considerar cómo un hombre dotado de una imaginación tan pequeña, haya conseguido realizar una literatura tan grande; que es como si dijésemos: maravilla considerar cómo un hombre, con tan escasa poesía, haya logrado ser tan gran poeta. Nuestro personaje no inventa jamás; ve y dibuja: no pinta; observa y describe; pero al describir estampa su vida en sus descripciones. Por esto sucede que, al hablar de las tormentas de su alma, es elocuente hasta producir el delirio. Por esto sucede también que las borrascas de su corazón serán eternas en sus versos. Así sucede del mismo modo que es el escritor eminentemente subjetivo, hasta el extremo e, hacer, de sí mismo un teatro, cuyo espectador es el mundo. Por consiguiente, el poeta no es el espectador en el teatro de la humanidad, sino la humanidad es espectadora en el teatro del poeta. Este carácter personalísimo marca exactamente la diferencia que se echa de ver entre Gœthe y nuestro personaje. Gœthe viene á ser el poeta de todos; nuestro poeta es el poeta de sí mismo: Gœthe es el cantor del universo; ByRoN es el cantor de BYRON. 7. Su melancolla.—En unos individuos, la melancolía es el resultado de la complexión; en otros, el desencanto de grandes dolores; en algunos, la falta de creencia religiosa y humana, que les hace perder el sentimiento de toda verdad, de oda virtud etoda esperanza, de todo amor; en nuestro personaje, es una erupción que lo inunda todo; pero una erupción que presenta la vida grandiosa de los volcanes; es un veneno corrosivo que todo lo devora, pero que devora con un aparato que fascina la imaginación. En una palabra; es un prestigio que hiere y atrae, que mata y deleita, cual si pudiesen existir mortajas que envuelvan la vida en su sudario. ¡Ah! En los horizontes del mundo ¡cuántas veces asoma la luz antes de que el astro amanezca! ¡Y cuántas veces viene la noche antes de que se ponga el sol! Pero penetremos en el interior de esta enorme máquina. ¿De dónde viene ó qué significa la singular melancolía de nuestro personaje? Significa el remordimiento, que oscurece el alma, como el celaje oscurece el cielo, porque es un celaje de la conciencia; significa la lucha incesante del amor propio, que toma la forma de vértigo; significa la desesperación del orgullo, la cual, para vengarse de su impotencia propia, hace la apoteosis de sus pasiones, como si detestara lo profano de todos en honor y alabanza de su misma divinidad. Y del fondo de esa melancolía incomprensible brota un sentimiento sutilisimo, una esencia impalpable, la cual constituye la parte noble de aquellos espíritus rebeldes. La literatura de BYRoN, como la de Gœthe, como la de Schiller. como la de Espronceda, pone de ma
nifiesto que las grandes tempestades del mundo no son otra cosa que un gran desnivel entre la vida ruinosa de las tradiciones y la vida en germen de nuevos ideales. Son dos espectros que se dan de cara; el espectro de lo pasado y el espectro de lo futuro; debiéndose advertir que estas luchas sociales evitan luchas más terribles en la sociedad, porque se ha observado que la naturaleza se vale siempre de un cataclismo para evitar cataclismos más desastrosos. En el idioma de la creación, el rayo que parte de las nubes es una catástrofe natural para evitar catástrofes mayores en el sistema del universo. Si así puede decirse, es una estrella que cae, para que no se caigan todas las estrellas. Aquellos poetas extraordinarios, hijos de una madre infeliz, que pudiera Ilamarse la desesperación, son ojos de Satan con miradas de ángel, como si el genio, en combate con el demonio, reuniese en un punto la emoción inefable de lo malo, que se convierte en bueno por el patrocinio de lo sublime. Hay ciertos instantes en que la desesperación del presente se transforma en adivinación de lo venidero, de donde se originan esos hombres, que se convierten en poetas; de donde vienen esos lamentos, que se tornan en cantos. Y la humanidad oye con éxtasis esas sacrosantas armonías, bendiciendo el designio de la Providencia en el arcano de la inspiración.
8. Signos.— Hay dos poetas que acudieron á un signo exterior, con el objeto de idealizar su melancolía. Gœthe creó el Fausto, representación y profecía del mundo moral: Schiller, más osado aún, vierte sus agonías en el corazón soberbio, duro, heroico, de su Vallenstein. Por el contrario, otros dos poetas buscan aquel signo ideal en las revoluciones de su alma, en el misterio, en sus dolores, en las sombras de su conciencia, y se funden en cuanto dicen, como se funde BYRON en su Don Juan, en su Manfredo, en su Marino, en su Caín, como se funde José de Espronceda en su Diablo Mundo. 9. Su arte.—De estos dos gérmenes nace el arte de BYRoN. Este arte filósofo llega á ser triste, casi abrumador; pero aquel tinte le comunica cierto carácter elevado y solemne, como si alli resplandeciera un fulgor de la fe. Cualquiera que sea el asunto de BYRoN, el espectáculo de sus pasiones, de sus dudas, de sus martirios, está lleno de majestad; su escepticismo tiene por contrapeso su grandeza; las visiones que brotan de su genio, turban por un instante nuestra razón; pero al cabo brilla la luz, porque la tristeza que le inspira la contemplación de la existencia humana, va siempre acompañada de una invocación á la inmortalidad de un enigma augusto, expresada en lenguaje divino. Sentados estos antecedentes, creemos poder exclamar: JORGE BYRON dió su cuerpo á la tierra; su alma, al cielo. Los que le odian, porque le temen; los que le calumnian, porque no le adivinan, no impedirán que sea el primer escritor inglés, después de Shakespeare; así como el poeta más extenso del siglo xIX, después de Gœthe.
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