Roque Barcia · 1880-1883
Esquilo
tomo 2 · página 555 · ver la página del original
Esquilo. Masculino anticuado. Es QUILEO. ARDILLA. Hoy tiene uso en las montañas de Burgos.
Esquilo. El más antiguo de los tres grandes poetas trágicos de la Grecia, que nació en Eleusis, ciudad del Atica, donde tenía Ceres su famoso templo, el año 524, y murió en 456 antes de la era cristiana. Era hermano de los dos héroes Cinegiro y Aminias, famosos en los anales de las guerras médicas: siguió en un principio la carrera de las armas, peleando con denuedo en las batallas de Maratón, Salamina y Platea. Se le considera como el creador de la verdadera tragedia, y á los 35 años habíase ya conquistado un nombre ilustre en el teatro. A setenta hace ascender un autor el número de las tragedias ó dramas satíricos de ESQUILO, de los cuales sólo quedan siete y algunos fragmentos de las demás piezas. Su Oresteia, ó la trilogía formada de Agamemnón, de las Coeforas y de las Euménides, es, en unión de la Ilíada y la Odisea, la mejor obra poética que nos legó la antigüedad. En el concepto de autorizados críticos, nada hay en el teatro griego, ni en otro alguno, que pueda compararse con esta obra gigantesca, ni por la grandeza de la concepción, ni por la energía del tono, que armoniza, sin el menor esfuerzo, con la sencillez y la gracia. Sesenta y cinco años contaba ESQUILO cuando se representó este drama satírico tan celebrado. Todas sus producciones abundan en ideas grandiosas y atrevidas, y su dicción es siempre apasionada, sublime y frecuentemente lírica, si bien algunas veces peca de oscura. Los magníficos monumentos de la musa de ESQUILO justifican plenamente la gran predilección, la alta estima en que tenían los atenienses su privilegiado numen poético. A Es QUILo se deben igualmente muchas reformas en el teatro: él fué, quien inventó la máscara con que los actores salían á escena; él, quien los hizo vestir un traje más decoroso y propio á los personajes que representaban; él, quien ideó el calzado llamado coturno; y él, finalmente, quien dió á la escena la forma de teatro por medio de unas tablas, pues antes las representaciones se hacían sobre caballetes movibles. Llegó á ser durante mucho tiempo el rey del teatro, venciendo con su potente genio á cuantos osaban disputarle tal gloria; pero vencido á su vez por Sófocles, se retiró disgustado á la corte de Hierón, rey de Siracusa, protector de las letras y de los que á ellas se consagraban. Prometeo encadenado, Los Siete delante de
Tebas, Los Persas y Los Suplicantes, son, con la anteriormente citada, sus obras más notables. Reseña histórica.—ESOUILO, como todo poeta, creó un arte con sus inimitables obras; como guerrero denodado, demostró su valor en las batallas de Maratón, Platea y Salamina; como pensador libre y audaz, se dejó tal vez arrastrar por las concepciones filosóficas más osadas, siendo acusado de haber revelado en la escena los misterios sagrados, acusación que pudo pesar sobre su cabeza, si Aminias, su hermano, no le hubiera salvado presentando ante el tribunal su brazo mutilado en el servicio de la patria. El arte dramático estaba en su infancia, al aparecer nuestro autor; y á la sencillez que tenía en tiempo de Terpis, siguió la creación de la tragedia, representada ya con decoraciones, máquinas, arquitectura teatral y trajes adecuados á las personas y á los tiempos. ESQUILO hizo de la fábula la parte esencial del poema, y estableció una relación íntima entre el arte y el corazón. Principió por introducir un segundo actor, y después, como lo había hecho Sófocles, un tercero, y á veces un cuarto. Hizo recaer todo el interés sobre un solo personaje, mostrándose severo observador de la unidad de acción. Sus planes son sumamente sencillos, sin apelar á desenvolver una intriga; á veces los coros suspenden la marcha de la obra sin motivo justificado; pero el efecto del drama es inmenso. El poeta no se vale de otros personajes que de dioses y héroes; y si alguna vez se vale de hombres, los eleva sobre el nivel de la humanidad por la fortaleza de los sentimientos y la majestad de las proporciones. La sombría figura del destino, de quien son víctimas todos sus personajes, añade á sus efectos dramáticos el del terror, elevado hasta el frenesí; de tal suerte que, en la representación de su Euménides, muchas señoras atenienses malparieron en el teatro. En este punto no estamos conformes con la tremenda poesía de ESQUILO, porque entendemos que el teatro no ha venido al mundo para hacer malparir á las mujeres. Este argumento que puede decir algo contra el gusto ó la escuela de nuestro grande autor, no dice nada contra los ímpetus de su espíritu poderoso. Según cuenta Suidas, que debió saberlo, veintiocho veces se vió coronado en la escena, lo cual supone la concurrencia de dos maravillas: la maravilla de la creación, que es la obra de ESQUILO, y la maravilla del entusiasmo, que es la obra de Atenas. Su Prometeo encadenado es una tragedia simbólica, cuya interpretación ha sido asunto de apasionada controversia entre comentadores y filósofos. Aquel símbolo, una de las audacias más generosas del arte humano, representa, por medio de una gran pintura, al bienhechor del mundo que sufre terribles tormentos en pago de sus beneficios, y que desafía la cólera de los dioses injustos que así le maltratan. No se comprende cómo los dioses del paganismo pudieron oir sin estremecerse aquella injuria con que la tierra provoca al cielo; aunque es muy posible que las divinidades del Olimpo no entendieran la sátira. Los Siete delante de Tebas, donde el poeta se torna en patriota, es una obra magistral para producir el terror, en que parece concentrarse la mayor suma de su genio. Los Persas no son más que un canto de victoria, la apoteosis de la patria, en que el poeta toma la figura del soldado de Salamina. Agamemnón, las Coéforas y las Euménides, en que el poeta se convierte en filósofo, nos presentan tres tipos inmensos: el crimen, el castigo y la expiación, viniendo á ser la trilogía maestra de la antigüedad. Por último, Los Suplicantes no son más que un fragmento de otra trilogía, que no se conoce, el cual bastaría para la gloria de un poeta que no fuese ESQUILO. Nuestro grande autor se inspiraba frecuentemente leyendo la Ilíada, y llamaba á sus obras: relieves de los festines de Homero. ESQUILO decía bien: sus tragedias no son otra cosa que la epopeya llevada al teatro, empresa colosal y sobrehumana que únicamente pudo concebir una generación que vivía tan cerca de los dioses.—Entre las varias obras que pudieran citarse, remitimos á nuestros eruditos lectores á estas dos, igualmente importantes: Apparatus criticus exegeticus in Æschyli tragedias (La Haya, 1832, 2 volúmenes en 8.°), y PATÍN, Etudes sur les tragiques grecs (Parts, 3 volúmenes en 8.°).
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