Roque Barcia · 1880-1883
Educación
tomo 2 · página 306 · ver la página del original
Educación. Femenino. La crianza, enseñanza y doctrina que se da á los niños y jóvenes. l Cortesía, urbanidad.
ETIMOLOGÍA. Educar: latín, ẽdûcatio, forma sustantiva abstracta de edúcãtus, educado: catalán, educació; francés, éducation; italiano, educazione; portugués, educação.
SINONIMIA. Artículo primero. Epu CACIÓN, CRIANZA. Criar, en su sentido recto, significa producir, alimentar, cuidar: en el metafórico, dirigir, instruir, educar. Ambas expresiones se confunden muchas veces; mas en otras se distinguen muy bien por el uso. La palabra crianza se refiere principalmente á la física y material; la de educación, á la formal ó moral. La nodriza cría y no educa al niño: esto corresponde á sus padres y maestros. Los animales crían á sus hijuelos. La palabra latina educère, al mismo tiempo que significa, en su sentido recto, sacar afuera, llevar, conducir, pasar, alzar, levantar, significa también, por traslación, engendrar, producir, y de aquí educare, pues el que educa da como nuevo ser al educando, le guía y le eleva, haciéndole otro hombre superior al material. Sin embargo, se usa muchas veces crianza por educación, ya sea buena ó mala, y entonces corresponde á urbanidad, cortesía, atenciones y miramientos. Siguiendo la misma rigurosa distinción, la palabra educación la deberemos limitar á la parte moral, que supone ideas más elevadas, reglas exactas, cultivo del entendimiento, razón ilustrada, costumbres suaves. Aun tomadas en sentido moral ambas, podremos decir que la crianza desbasta al hombre, y la educación le pule. Por lo tanto, veremos que el principal defecto que se nota en el que no tiene crianza, es la grosería, y en el que carece de educación, la ignorancia. Hablando de animales, se dice criar y no educar, porque no admiten la acción moral; y así educar sólo se aplica con propiedad á los hombres, que son los más capaces de crianza moral.
(OLIVE.) Artículo segundo. EDUCACIÓN, ENSENANZA. La educación abraza los sentimientos, los hábitos y la inteligencia; la enseñanza, la inteligencia sola. Así decimos: la educación de los espartanos era severa; la enseñanza de las lenguas muertas es difícil. En la educación se hace uso de la disciplina y del ejemplo; en la enseñanza, del método y de la doctrina. La educación forma el corazón y modela la conducta; la enseñanza suministra ideas y conocimientos. La enseñanza, dirigida con acierto, contribuye á perfeccionar la educación. (MORA.)
Reseña. 1. EDUCACIÓN originaria. La voz del artículo tiene en nuestros tiempos una extensión que prueba cuánto ha estudiado el mundo. ¡Qué diferencia tan asombrosa entre la EDUCACIÓN de hace veinte siglos y la EDUCACIÓN de nuestra época! EDUCAR (como si dijéramos ex-ducare, frecuentativo de ex-ducère, llevar fuera, llevar lejos) era primeramente: «llevar los animales á que pacieran en el campo.» La primitiva EDUCACIÓN no fué otra cosa que el pasto de los animales. Después significó la idea de criar, derivada naturalmente de la idea anterior de pacer. La segunda EDUCACIÓN que conoció el mundo fué la cría de los animales domésticos, ora para regalo y placer del hombre, ora para partir con él las labores y las fatigas de la existencia. Después significó la idea de crianza, que es la cría, aplicada á la humanidad, y pasaron siglos enteros sin que la palabra del artículo saliese de esa esfera que le trazaban las primeras necesidades. Después expresó las ideas de disciplina y de enseñanza, el pasto de los hombres, la crianza de los pensamientos, la cría del espíritu, si así puede decirse, cuyo significado tiene ya en el gran maestro Cicerón. Entre las muchas é inmensas glorias de los latinos, debe contarse la de haber hecho la voz propuesta, que no fué poco hacer, ni poco lograr. Hoy, después de la infinita elaboración de diecinueve siglos cristianos, la EDUCACIÓN se ha enseñoreado de todo; y así decimos: EDUCACIÓN religiosa, evangélica, fisica, mental, científica, artística, social, industrial, comercial, mercantil. Murió la casta; se fué el derecho teocrático, y en lugar de esos muertos y de esos ausentes de la historia, ha quedado la EDUCACIÓN. 2. EDUCACIÓN elemental. La EDUCACIÓN elemental, que pudiera Ilamarse primaria, se refiere al trato civil y es casi sinónima de urbanidad. Así decimos que no es conforme á buena EDUCACIÓN el cortarse las uñas delante de gente; el poner los codos sobre la mesa; el morderse los labios y escarbarse la dentadura; el bostezar sin el recogimiento debido; el desperezarse; el presentarse con cara y manos sucias; el interrumpir á quien habla; el decir palabras al oído; el valerse de lenguas extrañas á las personas que están presentes; el mostrar su enojo en el juego, cuando la fortuna no es propicia; el referir especies indecorosas ó repugnantes, de tal modo que muevan á asco; el no sentarse con la postura conveniente; el comer con afán ó á dos carrillos; el servirse en la mesa con
preferencia á los demás; el escoger lo mejor para sí; el hablarlo todo, como si no hubiese más lengua que la propia; el aproximar mucho el semblante á la cara de la persona con quien hablamos, bañándola más de una vez (¡cosa execrable!) con el bautizo de la saliva, así como el manosear al sujeto con quien se trata, que bien dijo el que dijo: juego de manos, juego de villanos. 3. EDUCACIÓN trascendente. Además de esta EDUCACIÓN puramente externa, verdadera mecánica del trato social, porque todo tiene su mecánica en este mundo, hay una EDUCACIÓN que no se enseña en los colegios, que no está escrita en ningún tratado, que no se encuentra subordinada á ninguna ley; una EDUCACIÓN difícil é importante, como toda crítica, porque es la crítica del comercio humano. Esta EDUCACIÓN trascendente, para la cual no debe el hombre amoldarse tanto á la memoria de los preceptos y de las reglas como á la inspiración de los sentimientos, de la templanza, de la conciencia y del buen gusto, constituye un arte especialísimo: el arte de saber ser prudente, el formulario de la discreción. Y cuánto ingenio, cuánta sabiduría, cuánta abnegación, cuánta paciencia no son menester para llegar á ser tolerable; sobre todo, para llegar á ser DISCRETO, cuando vivimos rodeados de tanta criatura insubstancial!; y no proseguimos, porque nuestros lectores comprenden sin duda lo que decimos en lo que callamos. Ldegará un día (¡oh moral venerable!) en que el mucho hablar tendrá su castigo en los códigos, considerándolo como una estafa del derecho de gentes, y lo es, en efecto.
Sí, tal; el hablar á tontas y á locas representa positivamente la primera de todas las estafas posibles, la estafa de la lengua del hombre; la estafa del espíritu humano, amén de ser la dilapidación del mayor caudal que poseen las criaturas racionales. No quisiéramos bajar al sepulcro sin que nuestros ojos leyeran el siguiente letrero: «aquí está el presidio de los habladores;» pero topamos con una grave dificultad en cuanto al sistema penitenciario, porque si se hubiese de condenar á todo hablador y á toda habladora, el presidio debiera ser tan grande como media España. Hablar poco y con tino; hablar poco y á tiempo, que es hablar poco y hablar, mucho; he aquí un principio fundamental de la EDUCACIÓN trascendente, pues para algo dijo el proverbio: «al buen callar llaman Sancho,» y «en boca cerrada no entran moscas.» La regla es la siguiente: por cada minuto que hablamos, debemos pensar doce minutos. El labio no debe tomar sino una dozava parte de lo que sabe la razón; el bruto no debe tomar sino el dozavo de lo que piensa el ángel. Todo aquel que no siga esta norma, podrá echárselas de docto y profundo, pero no pasará de ser un entendimiento superficial, vago, tornadizo, sin poner en cuenta lo incómodo. No habiendo libros que nos enseñen á formar la conducta en él trato del mundo; sobre todo, en el trato de nuestra familia; esto es, en el trato de nuestra conciencia, vamos á insertar algunos ligeros avisos. La EDUCACIÓN que adquirimos en los colegios, no es más que el vaso de la EDUCACIÓN que aprendemos después, como el cuerpo es el vaso del alma, como la flor es el vaso de los aromas. En este mundo hay deberes terribles que cumplir y se cumplen, pues hay que cumplir lo que debe cumplirse; pero evite el lector la costumbre de dar malas noticias, porque nada hay peor que tener la fama de ángel de la mala nueva. No hablemos nunca de nosotros mismos, procurando obrár de manera, que no temafnos el que hablen los demás. No digamos nunca: «yo soy honrado, yo soy modesto, yo soy leal,» porque la gente que lo oye, exclama en su interior: «cuando éste lo dice, es que necesita de su dicho.» Efectivamente; cuando el hombre es honrado, todo el mundo lo sabe; y si todo el mundo lo sabe, ¿para qué hacérselo saber? Si tenemos nuestro escudo de armas en el cóncepto de cada cual, ¿para qué escribir nuestra ejecutoria? Hay una regla de conducta, que es seguramente la que caracteriza y enaltece más al hombre educado: ser justo con el superior; franco, con sus iguales; respetuoso, con los inferiores; digno y mirado, con todo el mundo. Si tiene un momento de entereza, debe emplearla cuando está enfrente del poderoso, porque el poderoso la resiste sin menoscabo alguno; de donde resulta que nadie sale perjudicado ni deprimido. Si hay algún caso en que su energía decae, que sea con el débil, y así ayudará la misericordia de Dios, porque Dios tiene puesta la mano bajo la flaqueza de los débiles. ¡Ay! ¡Cuánto más grande, cuánto más fuerte no es la flaqueza que la hinchazón y que la vanidad! ¿Queréis estar arriba, muy arriba, arriba del todo? Situáos humildemente, sin que nadie os vea. Conviene no afrentar á nadie por defectos físicos que no dependen de su voluntad, de su inteligencia, de su poder, ni aun supuesta la eficacia heroica del sacrificio; lo cual ha sido causa de mil sucesos lastimoses. Por otra parte, ¿qué significa una joroba? Jorobado era Tyrteo; jorobado era Aristóteles; jorobado era Mirabeau; jorobado era también un Antonio Alcalá Galiano; y es indudable que esos cuatro jorobados valían tanto como cualquier ciudad. Nadie debe ofrecer lo que no es capaz de cumplir; nadie debe alumbrar para hacer más profundas las tinieblas; pero, al desengañar á otro, no ha de hacerse con una aspereza que pueda dar por resultado la desesperación, el encono, el despecho. ¡Cuántas veces no acude un desgraciado á extremos peligroses, quizá á catástrofes espantosas, llevado de una respuesta desabrida, tal vez de un gesto despiadado! Acerca de este punto, conservamos una memoria que nos desgarra el corazón. Un dicho imprudente costó la vida á un hombre que pudo ser un genio. Hablamos de un joven, autor de comedias, cuyo cadáver se encontró cerca de la Fuente Castellana. Si hay casos singulares en que la verdad hiere, no debemos decir la verdad; porque la verdad, cuando mata, se torna en homicidio. Si hay ocasiones y lances raros en que la ficción aprovecha, acudamos á la ficción; y esto no debe escandalizarnos, porque no hay nadie que no sea cómico en la gran comedia de la vida. En este sentido, puede afirmarse que no hay hogar sin su teatro, que no hay familia sin su sainete, que no hay casa sin su casa de Tócame-Roque; mejor dicho, que no hay hombre sin su Dón Ramón de la Cruz. Inventemos una criatura que diga la verdad á todo el mundo; la verdad escueta y desnuda, amarga, y terrible, como ella es. ¿Quién nose juntaría para expulsar al monstruo? ¿Quién tendría orejas y entrañas para oir la verdad? Aquí tratamos de la vida humana, tal como la encontramos en nuestrosiglo. El individuo más embustero de este mundo puede viviren la sociedad que nos circuye. Tendrá indudablemente fama de embustero, que es tener mala fama, pero cabe en la sociedad. Imaginemos un hombre verídico, absolutamente verídico, y morirá á pedradas en las calles públicas, como si se tratara de un perro rabioso. Este ejemplo nos dice que la verdad es una medicina fuerte y que se debe administrar á dosis posibles, con mucha prudencia, como se administran los remedios heroicos. Debemos ser muy parcos en tocar las cuestiones de patria, de provincia y de localidad, entre personas de patria, de provincia y de localidad diferentes. El que así obre, se economizará positivamente muchos contratiempos, Debemos ser muy parcos también en hablar de linajes, porque acontece, en punto á alcurnias, lo que en punto al cabello: cada cual cree que Dios le ha dado la mejor cabellera, aunque tenga la parte de arriba como la palma de la mano. No hay calva que no sea cabelluda, ni aventurero que no venga de Covadonga. Tampoco debemos preguntar por la edad que tiene cada uno: sobre todo en la sociedad de las mujeres que no son niñas, porque hemos de tener entendido que el insulto más grande, la ofensa más atroz que puede hacerse á una mujer, es la de obligarla á declarar que es vieja. Llamadla vivaracha, y tal vez se encoge de hombros, ó se mira al espejo, ó estudia un mohín; Hamadla picaruela, y os mirará como quien agradece una flor; llamadla ladina y escucharéis que exclama: ¡bah!; Ilamadla coqueta, y veréis como cierto espíritu malicioso, cierto primor indefinible, cierta expresión vaga—como la memoria de un sueño,—cierta galantería sutil, como el deseo que va envuelto en una mirada, dibuja en sus labios el anun
cio de una sonrisa que no tiene copia, la cual parece querer decir: «favor que usted me hace, caballero;» ó bien esto otro: «¡qué malo es usted!» ¡Coquetería! ¡Ya lo creo! Pues ¿quién no es coqueta desde que nace hasta que muere? Y en puridad sea dicho; una mujer sin un poquito de gazmoñería; esto es, sin un poquito mujeril, fuera un manjar insulso, como quien dice: un diablejo tonto. Pero hacedla saber que es una señora entrada en años; que es una señora, entrada en días, que tiene una cana, que tiene una arruga, que tiene una corcova, en fin, que es vieja... ¡Poder de Dios! El firmamento no caerá sobre vosotros, porque los estribos de la creación no dependen de su voluntad. Hay un odio mayor y más cruel que el odio de raza; el odio que la mujer tiene á la palabra vIEJA. ¿ Vieja? ¡Jesús! El mismo Calvario no sería un martirio tan horroroso. El animal padece la hidrofobia del agua, la mujer padece la hidrofobia del tiempo. Recordamos que una criada que servía á una señora sola, la cual vivía en Puerta de Moros, llamó vieja á su ama; el ama lo oye, arroja un grito, cae en síncope, la conducen al hospital, en donde, á los tres días, era difunta. Si la criada vuelve á pronunciar el vocablo vieja, aquella señora muere al día siguiente. Si vuelve á repetirlo, muere en el acto. La tal criada debió ir á galeras, por el delito claro y patente de haber asesinado á su señora. También recordamos que cierta dama de Madrid riñó con nosotros, porque no la Ilamábamos Juanita. ¡Una Juanita de setenta y seis años! Así se explica el hecho curioso de que no hay mujer que no se plante (es palabra del rito mujeriego, como si dijéramos, de casa). Conocemos á una señora que se ha plantado á los TREINTA Y OCHO... teniendo OCHENTA Y TRES. ¡De ochenta y tres ha robado á Dios cuarenta y cinco! Por consiguiente, hay que andarse con mucho pulso; hay que poner la lengua á buen recaudo, cuando se toque la cuestión tremebunda de la vejez. El menor indicio, la menor palabra, el menor gesto, la mirada más hábil, la alusión más remota, el símil más astuto, la más delicada comparación, es una falta imperdonable; una de esas faltas que, en negocios de Estado, se llama delito de lesa majestad; y que, en negocios mujeriles, debiera Ilamarse delito de lesa vejez. Debe también el hombre ser muy sobrio al afirmar lo que no ha estudiado, evitando la nota de ignorante; al juzgar á personas que no conoce, evitando la infamia de calumniador; al imputar faltas de que no tiene cabal conciencia, evitando la fea nota de juez liviano y rencoroso. Cuando tengamos necesidad de formular una acusación, conviene atenuar todo lo posible, porque puede haber intenciones ocultas, resortes escondidos, enigmas que el tiempo descifra después, cuando una sentencia de seres falibles está escrita con sangre. Y esa sangre del hombre no puede volver al corazón, de donde una mano inconsiderada la hizo brotar. En la alternativa de dejar impunes á mil criminales ó de culpar á un solo inocente, la moral está siempre al lado de la inocencia. Sócrates, bebiendo la cicuta con la sonrisa del justo en sus labios, es más formidable y terrible que el mayor foragido del mundo. Debemos mirar con prevención el adagio que dice: «Voz del pueblo, voz del cielo,» porque hay ocasiones en que la voz del pueblo es la voz de la tierra; y más de una vez, la voz del abismo. La Grecia dijo lo que creyó que debió decir, pero Temístocles hubo de tomar un veneno en Persia; y dijo Roma lo que tuvo por conveniente, pero Escipión muere olvidado en las soledades de la Campania; y dijo la Judea lo que estimó oportuno, pero Jesucristo sube la cuesta del Calvario. Ultimamente, el hombre educado no habla jamás de política y religión, sino entre personas de su íntima confianza, en el círculo de la familia, ó al discutir concienzudamente los principios políticos y las cuestiones religiosas. Fuera de estos casos de expansión privada ó de discusión pública y solemne, las disputas sobre tales materias son puntos vedados. Si se presentaran ante nuestros ojos, bajo una forma material, todas las tropelías, todas las violencias, todos los desmanes, todos los conflictos, de que ha sido causa la intemperancia en la manera de tratar aquellas cuestiones, el asombro se apoderaría de nuestro ánimo. Puede afirmarse que las víctimas bastarían para formar una nación. La historia conoce muchas épocas en que el hombre no podía profesar la creencia en un Ser Supremo, sin tener la cabeza pendiente de un hilo. Y ¡cuántas veces no se rompió el hilo de que estaba pendiente la cabeza! Y ¡cuántos hilos no se cortaron! Y ¡cuántas cabezas no cayeron! Excusado parece decir que aquellas cuestiones han desolado mil veces la tierra; aunque debe añadirse que el mundo ha mejorado inmensamente en este sentido. En nuestros tiempos, hay que dejar á cada uno su religión y su política, ó, como se decía en la Edad Media, su Dios, su rey y su dama, fundando en la tolerancia recíproca la concordia del mundo. Aun así y todo, el hablar de política y de religión, sin saber muy bien en dónde lo hacemos, es cosa expuesta á muchos peligros. 4. Cierto oficio. Por lo que se refiere á la manera de aprender á ser agradables en sociedad, no hay para qué hacer un misterio de un oficio tan claro y evidente. Digamos á un viejo que es un niño; digamos á un niño que es un viejo; digamos á una fea que es hermosa; á un tonto, que es un sabio; á cualquier esperpento, que tiene el encanto de hechizar al mundo, y seguramente conseguiremos la ventura de ser agradables; pero lo dicho nos conduce, no tanto al arte de ser discreto, como al oficio de hacer fortuna, asunto extraño al presente articulo; extraño también á nuestras aficiones, á nuestras teorías y á nuestras costumbres. 5. Otro paso. Supongamos que un hombre es un jugador. Admitido este hecho, es evidente que la falta de EDUCACIÓN consistirá en la pasión al juego. Supongamos que es un libertino. En este caso, la falta ó defecto de EDUCACIÓN consistirá en el libertinaje. Supongamos también que es un brio. En este caso, la falta de EDUCActó consistirá en la embriaguez. Apuradas las cosas; esto es, llevadas las cosas á su expresión última, hallamos que la EDUCACIÓN no consiste en las prácticas exteriores y superficiales de algunas reglas de cortesía, sino en la industria de hacernos bien quistos en el trato de gentes, la cual comprende una vasta esfera de cualidades y de acciones, porque lo mismo necesitamos del ademán que de la palabra, de la palabra que del entendimiento, del entendimiento que de la conciencia, de la conciencia que de la fantasía. Sí; de la fantasía también, también de la imaginación, puesto que la falta de EDUCACIÓN puede consistir en una imagen. Mucho vale el libro; mucho influye sin duda la enseñanza de la memoria; mucho educan las máximas y las doctrinas de los maestros; pero estad al cuidado de vosotros mismos: estad al cuidado de las propensiones del temperamento y de los impulsos de la inclinación, porque todo instinto tiene sus cuestas pendientes; y ¡es tan difícil no resbalar cuando se pone el pie en los declives del instinto! ¡Es tan difícil no deslizarse, cuando el hombre marcha sin precaución por las pendientes de su alma! Fiad mucho en la EDUCACIÓN de los tratados; pero no descuidéis la experiencia de cada día y el constante ejemplo de cada experiencia; no descuidéis las lecciones del mundo, escuela tremenda y sublime, porque es la escuela de los desengaños y de los dolores. En una palabra, no os neguéis á la realidad de lo que sucede á vuestros ojos; esa realidad, que es la geometría del hecho; esa realidad, que es la ley eterna del Creador; esa realidad ineludible; ese dogma santo que está en vosotros; que está en los demás hombres; que inunda la tierra; que llena los mares; que abarca el espacio; que arde en el sol; que alumbra en las estrellas de la noche. Los catecismos os dirán que las personas más educadas son aquellas que obran en sociedad de la manera más conveniente, por lo que hace á las ceremonias del trato. Nosotros no dudamos en afirmar que los sujetos más educados son aquellos que más creen en Dios; que más aman al hombre; que más practican y que más sienten la gloria del mérito; que más practican y que más sienten la emulación de la virtud. Esto quiere decir: «que más practican y que más sienten la ciencia de la vida.» Y esto vale tanto como si dijé
ramos: «que más practican y que más sienten la caridad.» En la civilización de nuestros días, la idea más alta, más trascendente, más fecunda de la EDUCACIÓN es moral y cristiana: «no quieras para otro lo que no quieras para tí;» «ama á tu prójimo como á tí mismo.» ¡Qué dolor! Al fin de mil ochocientos ochenta y un años de doctrina cristiana, hay todavía quien vuelve la espalda al Evangelio. Y nosotros decimos: dejad al mundo huérfano de aquella moral: ¿en dónde hallaréis la regla de la vida? ¿En dónde concebís la pureza de las costumbres? ¿En dónde están las leyes del honor, prendas inseparables de todos los nobles caracteres? Y sin esas leyes del honor, ¿qué es la humanidad sino una carne que puede llegar á ser dañina? Ante esa idea, que mata el espíritu; ante ese pensamiento que seca el corazón, ¿qué criatura no palidece? 6. Otro paso más. Una piedra negra despide la luz del diamante, en manos de un artífice; otra piedra se llama cabeza de Moisés, en una grande estatua; otra piedra se denomina arte maravilloso, en los frisos del Partenón. Por la enseñanza, el bruto se hace casi hombre; por la EDUCACIÓN, el hombre se hace casi ángel. Sentemos la hipótesis de que puede llevarse la EDUCACIÓN á todas las capas de la sociedad, sin excepción alguna, y nos encontraremos en el caso de que la anarquía no sería posible, aun cuando desapareciera el gobierno. El gobierno de cada cual supliría al gobierno de todos. No establecemos esta hipótesis como fundamento para sentar la posibilidad de un sistema político; no la establecemos para presentar un ideal del porvenir; sino como criterio para hacer ver la trascendencia y la importancia de la EDUCACIÓN en todas las esferas sociales. Aplicando de cierta manera un pensamiento de Leibnitz, nosotros proclamamos: «dadnos los medios de extender en toda la tierra la EDUCACIÓN, y haremos la conquista del género humano.» Los gobernantes que no dan importancia á este asunto, primer interés de todo pueblo, no merecen el nombre de gobernantes. ¡Ah! ¿Queréis evitar las revoluciones por fuera? Haced y dirigid las revoluciones por dentro. ¡Cuántas revueltas en todo el orbe conocido! ¡Cuántos trastornos! ¡Cuántos crímenes! ¡Cuánta perdición! ¡Cuántos ríos de sangre! ¡Cuántos ríos de lágrimas! ¿Tiene todo eso algún nombre? Sí; tiene un nombre; no más que uno: la barbarie. Y al ver esa barbarie en tantos pueblos desgraciados, ¿quién no llora por la humanidad? 7. Ultima fórmula. El poderío de las naciones se regulaba antiguamente por el prestigio de las teocracias, de las ejecutorias, de las riquezas, de las conquistas: hoy se regula por el prestigio de la EDUCACIÓN. Las naciones más educadas son actualmente las naciones más poderosas, más ricas, más felices, más grandes. ¿Por qué? Porque son las mejores. Todas las glorias y ventajas que nazcan de aquí, no son más que el premio de la conciencia con que Dios galardona los misterios sagrados de la virtud.
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