Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Calderón

página 698 · ver la página del original

Calderón. Masculino aumentativo de caldera. La figura que denota el millar. Entre impresores esta figura T, con que distinguían los párrafos, ó señalaban los pliegos que iban fuera de la obra principal. Música. La nota ó signo que advierte la suspensión de los demás instrumentos para que el que canta ó toca ejecute de fantasía lo que quiera, ETIMOLOGÍA. Caldera: catalán, calderó, calderona, calderassa; francés, chaudron; italiano, calderone, calderatto. Calderón de la Barca (PEDRO). Célebre poeta dramático español, y uno de los primeros ingenios de las edades modernas; nació en 1600 y murió en 1687. Compuso comedias á los quince años, tomó parte en las campañas de Flandes é Italia, recibió la merced del hábito de Santiago, y escribió una comedia titulada Certamen de amor y celos, encargada para unas fiestas y representada en el estanque del Retiro, en un teatro dispuesto sobre barcos. A los cincuenta y un años abrazó el estado eclesiástico y fué nombrado capellán del rey con una pensión en Sicilia, debiéndose á su inspiración religiosa los célebres Autos Sacramentales. Se ha criticado su estilo censurándole de ampuloso; pero este y otros defectos eran reputados bellezas en su tiempo. Dicese que llegan á 1.500 sus producciones, entre las cuales citaremos como más notables: El Alcalde de Zalamea, El Principe constante, La Vida es sueño, Las Armas de la hermosura, El Médico de su honra, Casa con dos puertas, El Mágico prodigioso, La Niña de Gómez Arias, El Secreto á voces, etc. (SALA, Personajes célebres.) Los Autos Sacramentales, en que da entendimiento y lengua, figura y color, realidad y poesía á multitud de seres ideales, en cuanto abarca la in mensa creación del espíritu, es una de las obras más difíciles, más extensas, más portentosas con que ha enriquecido la erudición universal el ingenio de un hombre. No conocemos ningún autor que haya dado un ensanche mayor á la vida en tantas y tan variadas esferas. El gran poeta, fundador del teatro inglés, no tiene en el mundo más que un rival; un rival formidable: el español CALDERÓN DE LA BARCA. Por fin, Madrid se ha hecho justicia, elevando una estatua á su ilustre hijo enfrente del teatro Español. Con piedra ó sin piedra, la fama del vate fuera inmortal del mismo modo; pero los fastos de la humanidad tienen también su fuero interior, porque no hay espíritu sin moral y sin dogma, y conviene que las naciones den gracias á la Providencia por el donativo de los genios. Tal vez podrá decirse que quien deja la vida, tiene bastante con la eternidad de la muerte, que es la estatua que á todos nos levanta Dios; pero si la lengua de los mármoles no da nada al que muere, glorifica al que vive.—Al hablar del autor cuyo nombre honra el presente artículo, no es posible dejar de hablar de los Autos Sacramentales. 1. Reseña histórica.—«Son los Autos Sacramentales, como viene á indicarlo su propio nombre, obras dramáticas en un acto, escritas en loor del misterio de la Eucaristía. Sin datos para determinar exactamente la fecha en que empezaron á producirse, pensamos que hubo de suceder mucho antes de que promediara el décimosexto siglo, juzgando por las señas de antigüedad que lleva el auto, hasta hoy inédito, de Moselina.

Sábese, de todos modos, que en 1551 se dió á la estampa La danza de la muerte, dirigida á loor del Santísimo Sacramento, por Juan de Pedraza, y clasificada por un sabio crítico alemán entre los autos sacramentales. Los dramas sacramentales, de que ya nos toca hablar, nacieron y alcanzaron su completo desarrollo en el transcurso de los dos siglos XVI y XVII, subdivididos en tres distintas épocas, que corresponden (si tales expresiones se nos permiten) á la infancia, la adolescencia y la virilidad de aquel généro de poesía. Juan de Timoneda, autor dramático, lírico y prosista, compilador, refundidor y librero, descuella entre los poetas eucarísticos de la primera época, precedido por el fundidor Juan de Pedraza, y á mayor distancia todavía por Gil Vicente, cuyo auto de San Martín no tiene con la festividad del Corpus más enlace que haber sido compuesto para representarse en ella. Acompaña á los tres poetas nombrados una turba de escritores anónimos de obras hasta hoy inéditas, entre los cuales se puede sospechar que figurase Vasco Díaz Tanco, y que en su mayor parte serían probablemente sacerdotes. Lope de Vega, cortando la serie de los poetas de autos viejos, se coloca á la cabeza de los de su época, juntamente con Tirso de Molina y el maestro Valdivielso, digno de especial mención por no haber ejercitado su delicada pluma en otro género de composiciones dramáticas que las sacramentales. En su rededor se agrupan los doctores Mirademuesca, Godínez y Pérez de Montalbán, Luis Vélez de Guevara, Rojas, don Lope Liaño y algunos otros, entre los más famosos contemporáneos del Fénix de los ingenios.

Ultimamente, el drama del Corpus cambia otra vez al valiente impulso que le comunica Calderón, dominando sin rival, por espacio de treinta años, en la escena eucarística de la capital de la monarquía. En su tiempo escribieron también autos don Agustin Moreto y varios poetas de los indicados antes. De los que sucedieron á Calderón, cerca ya de su fin el siglo xVII, sólo deben nombrarse Zamora y Bances Candamo. Quien pretenda en los tiempos que corren, trabar conocimiento con los poetas sacramentales, sentirá lo primero, al pasar la vista por sus anticuadas obras, un impulso de extrañeza tan profunda como no se la habrán inspirado los monumentos literarios más característicos de otras edades y naciones. Pareceráse á quien ve un baile sin oir la música, ó á quien contempla un objeto arqueológico, cuya preciosa materia revela la importancia que tuvo, pero cuyo fin y aplicaciones no se comprenden. Y es que en efecto los autos del Cor

pus, ingenuos desahogos del sentimiento religioso dirigidos al pueblo, trabajados sin hacer cuenta con la prosperidad, y predestinados á nacer y morir dentro de nuestras fronteras, son hoy, más que recuerdos poéticos, pedazos aun palpitantes del corazón de aquella antigua sociedad española, tan distinta entre todas por su literatura y costumbres, por su vida y política, desde Carlos I hasta Carlos II, desde Juan de la Encina hasta Zamora y Cañizares, desde la rebelión de Lutero hasta los malogrados tratos de Bossuet, Leibnitz y Spínola, para anular la obra de aquel heresiarca. Entre nuestros sentimientos, ideas y costumbres, y los sentimientos, costumbres é ideas de nuestros antecesores de hace doscientos años, ha abierto el tiempo un insondable abismo. Profunda y totalmente adheridos á la época en que se escribieron, nada menos requerían los Autos sacramentales que una transformación completa en el espíritu de sus modernos lectores, para no embargarlos con extraña suspensión, cualquiera que fuese, por otra parte, su especie literaria. Pero tenían además, por ley indeclinable de su existencia, una inaudita aspiración: tenían que exponer dramáticamente el misterio de la Eucaristía; cosa capaz de destruir por sí sola toda semejanza posible entre estas singulares obras y cualesquiera otras producciones del ingenio. Concíbense los dramas de historia y de moral cristiana, conocidos desde la Edad media con los nombres de misterios y moralidades; pero nunca se había acometido, ni se ha vuelto á emprender, la tarea de reducir los mismos dogmas de la fe al estado de fábula representable. Caminos nunca trillados había que escoger para sujetar á tales manifestaciones uno de los más abstractos y levantados lemas que dan pábulo á místicos arrobos y especulaciones escolásticas: raros términos medios, para fundir en uno dos cosas tan distintas en naturaleza como la teología y el teatro. Agréguese que los dramaturgos del Corpus prescindieron constantemente de la parte histórica de su asunto, huyendo con religiosa timidez de copiar en las tablas el grande acto de la última Cena; y al imaginar cuán fuera de los términos comunes debió llevarlos su insólito propósito, se comprenderá la sorpresa del lector, á quien pondría involuntario asombro en todo caso— como antaño á los infernales jueces que aplacaba Orfeo con su lira— Si no lo dulce del canto, La novedad del intento. Más sólo acabará de figurarse el original aspecto que ofrecen los autos quien tome además en cuenta los resultados que debía producir la inevitable multiplicación de aquellas composiciones, periódicamente demandadas en todos los lugares importantes de la Península. Si esfuerzos de inventiva se necesitaban para adaptar á una obra teatral el misterio eucarístico, ¿cuán ruda faena no sería fundar en tan extraordinario asunto un drama tras otro, y otro después, y otros muchos tras este? Por pasmoso tendríamos al ingenio que acertase á variar una docena de veces, en otros tantos poemas dramáticos, la pintura de un mismo carácter, de una pasión, de un acontecimiento histórico de los más á propósito para la escena: pues, ¿qué diremos de Calderón, que habiendo recibido tan manoseado ya su dificilísimo tema, escribió él solo más de ochenta autos sacramentales? Sucedió lo que era forzoso: reunidas hoy las obras de este linaje, que salieron á luz desparramadas por la extensión de siglos enteros, producen al pronto tanta confusión como sorpresa, confunden por sus mutuas analogías, y sorprenden por la originalidad de su especie; porque constreñidos los poetas de la necesidad. que año tras año se les venía encima, tan pronto apelaban, para salir de su apuro, á la memoria como al ingenio, recurriendo unas veces á resortes cien veces usados, y escapando en otras ocasiones por las veredas más sinuosas y los pasos más inaccesibles.

Venzamos, sin embargo, la primera impresión del vago estupor que causan estos dramas, para enterarnos de sus rasgos más característicos, como el viajero que, habiendo encontrado en su ruta curiosos monumentos de una época ya fenecida, comenzase á dar en torno de ellos investigadoras vueltas, después de haberse detenido un instante á contemplar su conjunto. Cuando se pone serena ya la vista en la superficie de los autos del Corpus, infunden con sus desigualdades literarias y su severo aspecto religioso, y aun semiteológico, con su rara estructura y su ornamentación arcaica, profusa y abigarrada, una sensación semejante á la que despiertan ciertos edificios de la Edad media cuajados en su frente de grotescas estatuas de hombres y animales, mientras que guardan el zaguán graves imágenes de santos, y allá sobre la cúspide se levanta gigantesca la cruz de Cristo. Sencillas sobre toda ponderación en sus primeros años; dotadas de mil caprichosas formas en vida de Lope de Vega; engrandecidas por Calderón en su plan, en su idioma y en su pomposo aparato escénico, ofrecen entre sí no pocas diferencias las representaciones eucarísticas de aquellas diversas épocas; pero convienen en no haber sido ningún auto sacramental lo que, por el nombre genérico de drama, se ha designado en antiguos ó modernos tiempos. ¿Cómo lo habían de ser? Préstase admirablemente la institución del Corpus á arrebatos líricos, á científicas meditaciones, á composiciones didácticas, encomiásticas, ascéticas, morales; adáptase quizás á toda expresión del pensamiento, menos á la rectamente llamada expresión dramática. Sin más tema que un hecho sobrenatural é invisible, sin personajes humanos que al argumento fuesen inherentes, sin nada sensible, real, de que disponer, no cabe idear obras dialogadas, no ya dotadas del suficiente interés escénico, pero ni siquiera de contornos bien definidos. Querer ajustar cosa tan vaga y aérea á las leyes ordinarias de un poema dramático, la más objetiva y restricta de cuantas manifestaciones literarias se conocen, parece tan descabellada empresa como empeñarse en dar figura al ruido ó encadenar el viento. No era ya poca dificultad apoderarse de aquel implacable asunto, hasta encerrarle, bien ó mal, en una composición representable. Para salvarse del perpetuo sobrenaturalísimo á que se verían condenados, hicieron algunos esfuerzos los poetas de autos. Urdieron al principio fábulas eucarísticas con personajes reales y argumento de toda verosimilitud, el cual consiste en presentar á los interlocutores explicando y loando el misterio de la última Cena. Pero con diálogos expositivos y apologéticos no se ha creado nunca interés en las tablas, y es inútil decir que por este camino no llegaron los autos á convertirse en dramas verdaderos. Poetas eminentes de años posteriores tantearon otra vía, buscando en las historias asuntos naturales y propios de la escena, como, por ejemplo, la vida de varones y heroínas ilustres por su devoción al Sacramento; mas no prodigaron tales pruebas, quizá por haber visto, al revés de sus predecesores, que á fuerza de dramatizar los autos, podrían quitarles su carácter de obras eucarísticas. Era, en efecto, imposible evitar que se olvidase el auditorio del acto sobrehumano, inspirador de aquellas composiciones, reconcentrando toda su atención en los protagonistas y lances de la historia cuya representación se le ofrecía.» 2. Junta del Corpus.—«Mucho antes de llegar el dia de la fiesta, comenzaba Madrid á prepararse, entendiendo activamente en ello la Junta del Corpus, compuesta del corregidor y dos regidores de la villa, con un secretario, que lo era del Ayuntamiento. Presidíala un individuo del Consejo y Cámara real, á quien sucesivamente encontramos designado con los nombres de comisario, protector y superintendente de las fiestas del Santísimo Sacramento, título que prevaleció en la segunda mitad del siglo. La constitución de esta Junta la armaba de grandes y expeditas facultades para el cumplimiento de su popularísimo encargo; por medio de los dos regidores se hallaba en continuo contacto con el Ayuntamiento, cuyos acuerdos le eran muchas veces necesarios para sus urgencias metálicas y otras atenciones; el corregidor poseía atribuciones ejecutivas no menos importantes, y de las cuales hacía principalmente uso contra la indisciplinada familia de los cómicos; y, en fin, el protector ó

superintendente, sobre la preeminente acción que en todos sentidos ejercía por este solo título, disfrutaba la ventaja de poder hacer con los consejeros de Castilla lo que con la municipalidad los regidores; esto es, granjearse prontamente la benevolencia, siempre que se hicieran precisas en lo relativo á las fiestas del Corpus, la venia ó la corporación de aquel alto cuerpo. Así se hallaba la Junta en rápidas y próximas relaciones con cuantas personas importasen á la consecución de sus fines; con el más humilde vecino de Madrid, lo mismo que con las autoridades de las provincias, con los ministros y aun con la persona misma del monarca, cuyos decretos le transmitía el Consejo. No era, por cierto, inútil esta vigorosa autoridad de que gozaban los encargados del festejo, si habían de cumplir á satisfacción su cometido. De otra manera hubieran tropezado con dificultades invencibles, suscitadas por la complicación y disparidad de sus atenciones. Estas tenían por principal objeto, preparar todo lo relativo á la fiesta de los carros ó autos; pero aun había otras de varia índole que aumentaban su responsabilidad y sus facultades. Entre las últimas, figuraban las preocupaciones de danzas, gigantones y gigantillas que habían de acompañar á la procesión, así como la tarasca, monstruosa figura que se renovaba todos los años, y acabó por hacerse asunto de un certamen, en que era preferido el artífice que presentaba el modelo más vistoso y sorprendente. Agregábase á estas incumbencias, el disponer lo necesario para la decorosa colocación de la custodia á la puerta de la iglesia de Santa María; para los toldos y atajos de calles; para la carrera de la procesión y para otras muchas cosas que con la fiesta puramente religiosa estaban relacionadas; sin embargo, en esta parte de la tarea, tocaba la principal al Ayuntamiento, al clero, y aun á los ministros cuando, mediando circunstancias extraordinarias, como en la venida del príncipe de Gales á Madrid, había empeño en hacer alarde de toda la augusta pompa á que pueden llegar las solemnidades católicas. Por lo que, respecto á los autos, tenía la Junta que ajustar las compañías más á propósito; la construcción y pintura de los carros, carrillos, tablados de representación y tendidos para los espectadores; entenderse con poetas y músicos; examinar los poemas; adjudicar premios, castigos y ayudas de costa á los representantes, y proveer, en suma, á todas las necesidades de la fiesta, entre las cuales no era la menor disponer en qué sitios y á qué horas habían de hacerse las representaciones para que nadie quedara quejoso. Justo es que, al dar idea de estos preparativos, empecemos por los que les suministraban sólida base, esto es, por los poetas.» 3. Lo que ganaban los poetas.—«Al comenzar el siglo, era obligación de los autores de compañías buscar y adquirir á su costa las composiciones que habían de representarse, sin que la Junta tuviese que entender en más que examinarlas y autorizarlas con su pase, para lo cual era cláusula de la contrata que habían de ser representadas ocho días después de Pascua de Resurrección. Sucedió una vez que Lope de Vega se descuidase en concluir dos autos que á Alonso Riquelme tenía prometidos; y al espirar el plazo, pagó el recitante las culpas del poeta, siendo encerrado en la cárcel pública, por vía de apremio; encierro que, por lo demás debió de hacer brevisimo el excelente corazón de Lope, ayudado de su fecundo ingenio. Para remediar, sin duda, estos y otros inconvenientes, comenzó la Junta á elegir por sí propia los escritores y entenderse directamente con ellos, aunque el pagarlos corriese siempre por cuenta de las compañías; mas tardó poco en darles, sobre esta paga, una ligera ayuda de costa, como lo acredita una tristísima carta inédita de Vélez de Guevara, que apremiado por su miseria á los sesenta años de edad, pide adelantado aquel auxilio. Cuando se enseñoreó de la escena sagrada don Pedro Calderón, después de haber dictado leyes al teatro profano, el respeto que universalmente se le tributaba mejoró considerablemente los que hoy se llamarían derechos de propiedad: establecida fijamente la cantidad que habían de aprontarle los comediantes, se descontaba del precio de la contrata de éstos para que pasase de las arcas del Ayuntamiento á manos del poeta, y simultáneamente se elevó á proporciones respetables para aquellos tiempos la remuneración municipal, que en toda aquella época fué conocida con el decorosísimo nombre de ayuda de costa. No pretendían entonces los literatos y poetas que el escribir fuese un oficio. y como ellos no lo pretendían, nadie lo creía tampoco. Fué el reinado de Calderón en la escena sacra tan sereno como toda su vida, y al fallecer, entregó consolidado á sus sucesores el orden de cosas establecido en su tiempo. Para los pocos autos nuevos que á la escena salieron mientras hubo fiestas de carros, se observaron las mismas reglas; en los demás años se repitieron obras de Calderón, y la Junta del Corpus dió frecuentes testimonios de la veneración que á su memoria profesaba, ya pagando 1.100 reales por una copia del Jardín de falerina, ya remunerando personas que, al representarse otras composiciones de aquel ingenio, entendiesen celosamente en su dirección de escena, ya, en fin (¡gran prueba del espíritu que á todos animaba en aquel tiempo!), dando en sufragios de misas al alma de Calderón, el ayuda de costa que «por su gran desvelo y cuidado en escribir autos sacramentales» le hubieran destinado, á estar vivo. En la adquisición de loas, mojigangas, músicas y entremeses (que al acercarse el siglo á su término, fueron trocando su nombre por el de sainetes), hubo idénticas vicisitudes que en los autos, á que servían de ornamento todas aquellas breves composiciones. Pagábase, al concluir el siglo, 100 rs. por cada loa, 300 por un entremés y mojiganga, 1.100 rs. por la música de dos autos, y de 200 á 400 por un sainete. No conocemos la cantidad con que, en los principios, retribuirían á cada poeta las compañías de recitantes; en tiempo de Calderón ascendía á 700 rs. por auto. El ayuda de costa era de 400 rs. en 1633, fecha de la carta de Vélez de Guevara; doce años más adelante, cuando, al parecer, se estrenaban, aun en el día del Corpus, cuatro composiciones, abonaron por todo gasto de esta clase 300 ducados, correspondiendo, por lo tanto, á cada obra 325 rs.; poco después percibe Calderón el mismo total por dos solos autos; sube luego la suma á 400 ducados, tomando en cuenta las molestias que el asistir á los ensayos le ocasionaba, teniendo su habitual residencia en Toledo, trasládale por fin á la corte la real benevolencia, y continúa hasta su muerte recibiendo aquella remuneración, ó lo que es lo mismo, 2.200 rs. por auto, que con los 700 abonados por los comediantes, suman 2.900 rs., cantidad máxima con que se ha retribuido una composición de esta especie. 4. Lo que ganaban los actores.— «Los comediantes se ajustaban por años; pero formaba cláusula aparte en el concierto ó ajuste la paga extraordinaria que habían de recibir por trabajar en ciertas fiestas principales, asegurándoles el autor (empresario) algunas de ellas, ó lo que es lo mismo, comprometiéndose á pagar de su bolsillo, si no encontraba poblaciones con que contratarse. En una escritura que tenemos á la vista, se obliga Diego Ruiz á que representen y bailen su mujer y su hija, fuera de Madrid, por el precio de ocho reales diarios para todos tres, teniendo derecho á una cabalgadura para sus viajes, y á que se les den los vestidos que no sean de dama. Es también condición que se les aseguren las fiestas del Corpus y de Nuestra Señora de Agosto; que por la primera cobrarán mil cuatrocientos reales; por las de la Virgen de Agosto y Setiembre, á veinte ducados; y á diez y seis por las fiestas ordinarias.—Son curiosas las dos memorias que insertamos á continuación. 1.a «Memoria de la compañta de Manuel de Vallejo, deste año de 1663, con una rúbrica al final. Manuel de Vallejo, canta y representa. María de Riquelme, baila y representa. Miguel Jiménez, baila y representa. Bernarda Teloy (su mujer), canta, baila y representa. Damián Arias de Peñafiel, representa.

María Margarita, canta, baila y representa. Jerónimo de Ayala, representa. María Jiménez (su mujer), canta, baila y representa. Andrés de Albadia, canta con arpa contraltos. Francisca de la Concepción (su mujer), canta con arpa, baila y representa. Pedro de Balcacer, representa y baila. Su mujer, María de Balcacer, canta, baila y representa. Pedro García de Salinas, baila y representa graciosos. Francisco de Salas, representa. Francisco Rodriguez, baila y representa. Marco Antonio, canta bajos, baila y representa. Agustin de Molina, canta contraltos y representa. Música à diez; cinco mujeres y cinco hombres, con dos arpas. Bailes à doce; seis mujeres y seis hombres.» 2.a «Companta de Antonio de Escamilla deste año de 1661.

Mujeres. 1. María de Quiñones, primera dama. 2. Luisa Romero, segunda dama. 3. Manuela de Escamilla, tercera dama. Mariana de Borja, cuarta dama. 5. Micaela Osorio, quinta dama.

Hombres. 1. Alonso de Olmedo, primer galán. Juan González, segundo galán. Francisco Vallejo, tercer galán.

Gracioso, Antonio de Escamilla. Mateo de Godoy, barba. Blas de Polope, segundo barba. Juan Antonio, cuarto galán. José Melocotón, músico.

Capiscol, arpista. 10. Melchor, apuntador. 11. Juan de Ayora, cobrador. 12. Cristóbal, quardarropa. 5. La muestra de los carros.—«Ocho ó quince dias antes de la fiesta, tenía lugar un ensayo general, conocido en aquellos tiempos con el nombre de muestras de los carros. Tenía esta función por objeto oficial el que la Junta de Autos y el vicario eclesiástico, como más interesados en que alcanzara el espectáculo toda la perfección posible, pudieran estudiar su efecto, así desde el punto de vista religioso como desde el puramente escénico. El mismo lugar privilegiado que ocupaban las autoridades, se otorgó al poeta, cuando éste tuvo por nombre CALDERÓN DE LA BARCA. La muestra se verificaba al amanecer. Cuál fuese la razón de esta singular costumbre, costaría hoy trabajo averiguarlo. Lo más probable es que se temiese llamar todavía mayor concurso de gente, señalando una hora más cómoda. Desde las primeras horas de la noche acudían los espectadores, por esquivar sin duda los inconvenientes de atravesar más tarde el descampado. Tras de este singularísimo preliminar, y enmendadas durante los días subsiguientes los defectos advertidos en la muestra, rayaba por fin la deseada aurora.» «Rayaba la aurora, saludándola en los más humildes como en los más importantes lugares, campanas y esquilones de oratorios, ermitas, parroquias y catedrales, que anunciaban; unos, con solemne compás; otros, con alborozados repiquetes, ser llegada la hora de que completase todo morador de España la obra empezaba por los comisarios del Corpus. Hasta en aldeas de tan poco entidad que desaparecen, ó poco menos, ante las pesquisas de economistas y geógrafos, habíanse allegado lentamente todo el año limosnas para la festividad de la Eucaristía, ó se cobraban sisas especiales, ó se reunían cantidades á escote por el vecindario. Barcelona, Sevilla, Valencia, Valladolid, Granada, Lisboa y cuantas famosas ciudades eran orgullo y gala de nuestra monarquía, rivalizaban en demostraciones de inequívoco júbilo; y Madrid, más pobre en verdad que otras muchas de sus hermanas, veíase tan obligado como ellas, sobre todo, desde que la erigió definitivamente Felipe III en metrópoli del imperio español. No hay, pues, que encarecer la buena voluntad con que respondería la gente madrileña á aquella estrepitosa alborada que la enviaba la Iglesia desde todos sus campanarios. Completa la villa sus preparativos, dándoles el último retoque; y hecho esto, dirigíanse en seguida, vulgo y particulares, á la fiesta puramente religiosa, la cual duraba, por lo menos, toda la mañana.» 6. Fiestas que precedían á la representación del auto.— «Entoldadas y atajadas las calles, enarenado el suelo, y tal vez cubierto de flores, levantados de trecho en trecho altares con vistosos frontales y doseles, vestidos con los magníficos tapices del alcázar las casas á él más próximas, y ornadas las demás del paso con sedas y telas de oro, brocateles, terciopelos, colchas y paños de la India, dirigíase el rey, asistido de todos sus consejos y tribunales, al templo de Santa María, donde con espléndido aparato se celebraba la misa, oficiando de pontifical el nuncio apostólico ó algún prelado de estos reinos. Presenciaban las ilustres corporaciones del concurso el santo sacrificio, repartiéndose por separado en capillas hechas al intento con cancelas; los predicadores y capellanes reales ocupaban con los grandes de España lo principal del templo; y á la izquierda, junto al alta mayor, tenían su sitial el monarca y el príncipe heredero, á quienes, en llegando el ofertorio, servía con prolijo ceremonial velas y hachetas la villa de Madrid, representada por sus regidores comisarios. Mientras esto acaecía, atareábanse en ordenar la procesión el mayordomo de semana y el aparejador de las obras de palacio, afluyendo á los alrededores de la iglesia las muchas corporaciones y personas de viso, que aun sin haber cabido dentro, debían tomar parte en la ceremonia. Bullían de un lado á otro danzantes y ministriles; excitaba la curiosidad con su monstruosa figura, anualmente reproducida, la simbólica tarasca; y no era raro que la muchedumbre, absorta en su contemplación, se agitase de pronto y se apartara respetuosa, abriendo calle á la reina ó á los infantes, que por no ser costumbre llevar la procesión hacia donde estaba el regio alcázar, trasladábanse para verla á algún edificio público del tránsito, ó más frecuentemente todavía, á la morada de alguno de sus fieles servidores. No sería bien describir por menudo todas las circunstancias que en las procesiones del Corpus concurrían durante el tiempo á que nos referimos, ya que aspiramos sólo á sugerir alguna idea del espontáneo y general regocijo con que celebraban aquella festividad nuestros mayores. Quien desee enterarse cumplidamente, debe leer las relaciones contemporáneas de algunas fiestas en que, por razones particulares, se desplegó mayor pompa, como las que se hicieron en Madrid cuando vino el príncipe de Gales, y en Lisboa, cuando estuvo allí Felipe III. Compendiándolas en breves apuntes, diremos que, comenzada en Madrid la procesión inmediatamente después de la misa, duró hasta las tres de la tarde, sin recorrer más trayecto que el de Santa María la Real, por el alcázar á la calle de Santiago y puerta de Guadalajara, hasta entrar de nuevo en la iglesia. Todas las corporaciones religiosas, civiles y militares que á la sazón existían en la corte, concurrieron á aquella ceremonia. Deseando herir la imaginación del príncipe inglés, que, asomado al entresuelo de una torre del alcázar, contemplaba taciturno los alardes del culto católico, desfilaron sucesivamente á su vista los niños acogidos en las casas de caridad, los hermanos de treinta y seis cofradías, los clérigos de catorce parroquias, los cofrades del hospital general, el Tribunal del Santo Oficio, precedido de ciento cuarenta familiares, notarios, comisarios, consultores, secretarios y calificadores, mi! setecientos religiosos regulares, doscientos cincuenta caballeros de Alcántara, Calatrava y Montesa, cuatrocientos ochenta sacerdotes del clero secular, todos los Consejos Supremos, el Ayuntamiento de Madrid, veinticuatro capellanes de honor, los predicadores y mayordomos del rey, los grandes de España, y, por último, Felipe IV, llevando un poco adelante á su hermano el infante Don Carlos, y á diestra y siniestra, aunque algo retraídos por el respeto, á los cardenales Zapata y Espínola, que con el nuncio de Su Santidad, los embajadores, el Conde-Duque, el capellán mayor de palacio y otros siete obispos cerraban aquella majestuosa comitiva. La variedad de trajes y distintivos con que se daban á conocer

los diversos grupos, hacía perceptible el órden observado al señalarles puesto; pendones, cruces, estandartes, guiones, mangas y ciriales llevados en alto, anunciaban de léjos el lugar que á todos correspondía: contrastaba el pobre traje pardo de los niños doctrinos con las azules telas que vestían y las flores de que se coronaban los desamparados; la sencilla ropa de los padres de la Compañía con los graves hábitos dominicano y benedictino; las lustrosas sobrepellices de los clérigos con las atildadas ropillas de los mayordomos de hermandad; la jerga de los frailes descalzos con las brillantes casullas de los sacerdotes que llevaban las andas; las varas de los ministros con los bastones de los mayordomos, y los variados colores de las guardias española, alemana y de archeros, con la inmaculada blancura de los mantos en que iban pomposamente envueltos los caballeros de las órdenes militares. Vestido el rey de noguerado bordado de oro, con el collar del Toison por los hombros, y de diamantes toda la botonadura, probaba en su adorno y continente el afan de mostrarse soberano católico, uniéndose á las demostraciones de alegría con que celebraban en noble competencia todas las clases del Estado la institucion del pan eucarístico, el cual, entre nubes de incienso, al son de las músicas de la capilla real, puesto en su relicario de oro y diamantes, á dos haces, dentro de una custodia de plata que pesaba catorce arrobas, atravesó pausadamente á vista de los heréticos insulares que en palacio se hospedaban, no sin que doblasen ante él la rodilla, así el duque de Buckinghan, como el mismo infeliz príncipe que, alejado siempre del gremio de la Iglesia, murió muerte miserable años adelante, convirtiéndose para él las gradas del trono en escalones de cadalso. Y no ha de tomarse lo dicho como la más notable muestra de nuestras antiguas procesiones del Córpus: prodigios fueron harto superiores los que llevó á cabo la piedad portuguesa en 1619. Estimulado al doble el celo religioso de los habitantes de Lisboa con saber que había de entrar en aquella ciudad rebozado el rey, pudo abandonarse á ostentosas y características demostraciones con mayor holgura que á la que Madrid concedía la presencia de los huéspedes de Felipe IV. Sobre tener cabida en la ceremonia un concurso innumerable, en que figuraban veintidos gremios, cuarenta y dos cofradías, novecientos hermanos del Sacramento, mil ochocientos frailes de todas religiones, y más de tres mil clérigos con sobrepellices, capas y casullas, salieron tambien á formar parte de aquella comitiva triunfal algunas reliquias tenidas por el pueblo en singular veneracion, y hasta ciento diez imágenes de santos, capitaneadas por efigies de la Madre de Dios y san Jorge, á quien precedían sesenta caballos encubertados, y seguían quinientos lacayos en traje moruno, y doscientos pajes con sendas cadenas de oro cargadas de riquísimas estofas y de joyas de tan alto valor, que el de alguna excedía de cincuenta mil ducados; iban en los carros triunfales grupos de figuras que representaban escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Pregonaban la vida de Cristo, levantadas sobre la muchedumbre, doscientas ochenta cruces de oro y plata; y á competencia aderezados por los gremios de hortelanos y toneleros, marchaban delante otros vistosos carros, hechosseis de ellos á manera de florestas, con frondosos árboles y frescas corrientes, poblados aquéllos de fruta y distribuidas éstas en sorprendentes saltos y surtidores. A tan pomposo aparato prestaba mayor animacion la algazara que por todas partes se oía, de mil varios sonidos compuesta. Acordes músicas encomendadas á cuatro coros de la capilla real, mezclábanse en el aire con las alegres notas de cuarenta cuadrillas que iban de trecho en trecho ejecutando bien ensayadas danzas; oíanse más cerca de la custodia los graves compases, á cuyo son bailaban personas adornadas de vestidura real, como delante del Arca el Rey Profeta; á otra parte resonaba penetrante estrépito de timbales y clarines; mezclábase apacible un concierto de voces é instrumentos entre el ruido de las chirimías tañidas en cada carro para divulgar su llegada; muchedumbre de aves llevadas en descomunales pajareras unían sus trinos al clamor de alborozados muchacnòs que entonapàn ioores de la Inmaculada Concepcion ó danzaban en honra del Sacramento; y contestando á las salvas de mosquetería, hechas por las tropas que seguían la procesion, daban respuesta digna á todo aquel formidable estruendo los canones del castillo de Santa Barbola y de las muchas naves que á la sazon ocupaban el rio. En Madrid, ni sucedió, ni apénas se hubiera creido posible que dejaran de salir aquel dia los monarcas, sirviendo públicamente al Rey de reyes, á no estar aquejados de grave dolencia, precursora por lo comun de su fallecimiento. Entónces mismo, si lo toleraban sus fuerzas, presenciaban desde lugar adecuado el triunfo de la Eucaristía, como lo verificó Felipe III, trasladándose un año al palacio recien labrado en la calle Mayor, frente á Santa María, por el duque de Uceda; el cual, en opulenta muestra de gratitud, apercibía para la real familia un almuerzo compuesto de doscientos diferentes manjares. Mas cuando la enfermedad del ney era tan grande que no le permitía abandonar su cámara, torcíase el camino de la procesion de modo que pasara frente á los balcones de palacio, desde donde la vió Felipe. IV poco ántes de morir. Con estos regios estímulos encendíanse todos en celo. Concordes entre sí la Iglesia y el trono, y en íntimo contacto con su grey, buscábanse en aquella fausta ocasion, hasta confundir con la alegría universal su propio regocijo. La vía pública, solar de pordioseros, gozaba aquel dia honores de catedral y fueros de palacio. Allí acudían con sus deslumbradoras pompas magnates y prelados; y el más humilde cofrade de una congregacion devota infería de indicios inequívocos que real y verdaderamente eran hermanos suyos los príncipes eclesiásticos y seculares que, á pié y descubiertos, iban, como él, alumbrando á Dios. Ancianos constituidos en dignidad daban ejemplo al pueblo, soportando gustosos el cansancio inevitable en tan prolija ceremonia. Un año cundía de labio en labio que estando la reina á ver la fiesta en la cárcel de Villa, había concedido la libertad á cuantos presos allí se guardaban. Hablábase otro año de la rara devocion del cardenal Barberini, que renovando el uso comun, llevó en sus propias manos expuesta la custodia á vista del pueblo de Madrid, no sin asombrar á todos por la constancia y recogimiento con que en tan larga carrera mantuvo puestos sus ojos en la santa forma.

Ponderábase, en fin, la piedad del monarca, que sorprendido por una tempestad en la procesion de 1652, mandó seguir adelante, y acompañó, sombrero en mano, al Sacramento; con cuyo motivo se cantaba de él: Al Rey de los reyes sigue Su siervo el rey, con que muestra Que de tanta fe al calor Enjugar el agua intenta. De los efectos prácticos que producía esta cordial union de príncipes y súbditos en nombre del sentimiento religioso, subsisten significativas muestras. En una procesion del Córpus rompió cierto desenfadado labriego las filas de la tropa, y echándose por tierra, detuvo al rey Felipe IV, no para pedirle mercedes personales, sino para encargarle á voces mirase por su reino, porque estaba perdido. Vasallos tan fiados en su buena estrella que osaran acercarse al príncipe con semejante recaudo, no los había por entónces fuera de España, ni reyes que, al oirlo á gritos y en medio de la calle, hubieran dejado de temblar de ira ó de miedo. Pero en la católica España, el indiscreto consejero se marchó en libertad, y el rey continnó descuidado su camino.» (EUGENIO PRDRAZA.) Hemos insertado todos estos antecedentes para suministrar á nuestros lectores una nocion cumplida del asunto, porque la presente generacion no tiene ideas apropiadas acerca de la índole, de la tendencia y de la importancia de los Autos Sacramentales. Muchos entienden, sin que excluyamos de este número á más de un erudito, que los Autos Sacramentales fueron un género de literatura que pasó por nuestro país sin dejar rastro alguno en nuestras tradiciones, en nuestros sentimientos y en nuestras costumbres, cuya opinion dista infi

nito de la verdad. Cuando se estudian con cuidado los fastos del mundo, obsérvase que cada pueblo, según las edades que atraviesa y según la moral que anima á esas edades, se dirige á realizar, ora un pensamiento, ora una intención, ora un propósito, ora una empresa, ora una esperanza, ora una fe. Por esto acontece que hay períodos en que un pueblo busca la ciencia, otros en que se posesiona del arte, otros en que aspira á las riquezas del comercio, á las ventajas de las industrias y á la actividad de los oficios; otros en que parece alucinarse con la confusión de las guerras y con el estruendo de las batallas; otros en que no ve más que la religión, como si cansado de vivir en la tierra, intentara trasladarse al cielo; como si cansado de hablar con el hombre, pretendiera entablar un coloquio con Dios; de la propia manera que hay períodos en que un pueblo, ornando sus sienes con el ciprés de sus tristezas ó con el laurel de sus glorias, vive en absoluto para la poesía; como si quisiera agrandar el presente con el fantasma del pasado; como si maltratado por la realidad, quisiera hallar una alegría en la vaguedad del augurio; como si herido y lastimado por la luz, quisiera dormir un instante en el misterio de la sombra; ó como, si soñando en el delirio de sus penas, quisiera arrancar un consuelo del llanto que cae de sus ojos, que nada es extraño ni peregrino en los mundos de la fantasía; ni la locura de los deseos, ni la metafísica de los dolores, ni la corona de las lágrimas. Y todos esos flúidos de una atmósfera que no se ve; todas esas corrientes de una vida secreta, de una vida profunda; todos esos arcanos de un arcano mayor, corren á confundirse en un espíritu universal, en una esfera grande. Esta esfera grande, este espíritu universal, se llama la historia. Pudiera decirse que la humanidad es una epopeya infinita, en que se varía incesantemente de cantor, pero sin variar de canto; en que se muda continuamente de poeta, pero sin mudar de poesía. Pues bien; lo que denominamos Autos Sacramentales fueron el alma de una generación, la empresa de una edad, la pasión del siglo XVII. DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, situado en su tiempo: DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, incomprensible, nebuloso, como la profundidad del abismo; DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, religioso y sublime, como los resplandores del cielo en las horas sagradas de la tarde: DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, retumbando en todas las conciencias, como el eco de las montañas va á retumbar en el cóncavo de los valles, iluminados por los últimos rayos del sol: DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, repetimos, no es un poeta; es el poeta de aquel poema colosal: no es un rey; es el rey de aquel reinado inmenso. Propiamente hablando, es la segunda parte de una parte primera, porque la creación nos dice que lo segundo viene siempre de lo primero. Esta enorme revolución de la literatura patria, que á ninguna literatura de este mundo tiene que envidiar, ni por lo mártir, ni por lo gloriosa, fué concebida y alimentada por dos genios. El uno, inspira; el otro, formula: el uno, revela; el otro, escribe: uno, da la fe; otro, da el Auto. El primero de estos dos genios españoles se denomina Teresa de Jesús; el segundo, lleva por nombre PEDRO CALDERÓN DE LA Á CALDERÓN Sirva tu memoria clara De pregón y testimonio A tu ciencia noble y rara: ¡On, poeta! yo te amara Aunque fueras un demonio, No vale humano denuedo Al pensar en tu ceniza: Tu grandeza me da miedo; Tu grandeza me horroriza, Que es cuanto decirte puedo. Mi infancia que te leyó, Sintió por ti un gran cariño: Admirándote, lloró, Y un gran nombre resonó En el corazón de un niño. Nuevamente te leía, Nuevamente te admiraba, Nuevamente á leer volvía, Y nuevamente sentía El afán con que te amaba. Tras el niño que te amó, Llegó el hombre de consejo: Más tarde el vieio llegó. Y un gran nombre resonó En el corazón de un viejo. El ser que mi vida abarca Como reliquia en un arca, Como imagen en retablo; El hombre de quien te hablo Es CALDERÓN DE LA BARCA. ¡Feliz tú que tanto aciertas! ¡Feliz tú, genio profundo, A quien Dios abre sus puertas! Tú que duermes en el mundo, Tú que en la muerte despiertas. ¡Dichosa vida, en verdad, Que á doble esfera extendida Encuentra «sueño en la vida» Y vida en la eternidad! ¡Adiós, sombra bendecida! (INÉDITO. Manuscrito de FELIPE ASDEU.) Calderón (Roprico). Hombre de estado español, favorito del duque de Lerma, marqués de Siete Iglesias y conde de la Oliva; nació en Amberes y fué hijo de Rodrigo Calderón, capitán español, y de María Sandellín, flamenca; su padre le hizo entrar de paje en casa del duque de Lerma, que le protegió; le casó con doña Inés de Vargas, señora de la Oliva, le colmó de honores, haciéndole capitán de la guardia alemana, caballero del hábito de Santiago, y por último, ministro. Después de la caida del duque de Lerma, se le formó causa por varios crímenes, acusándole, entre otros, de haber envenenado á la reina Margarita, y después de dos años de proceso fué condenado á muerte y ejecutado en Madrid el dia 21 de Octubre de 1621. (SALA, Personajes célebres.)

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El texto de Barcia (1880-1883) es de dominio público. El troceado, esta página y sus datos son CC BY 4.0, Karb and Sil. Cítese: «Calderón», en Roque Barcia, Primer diccionario general etimológico (1880-1883), Biblioteca Wordkers, https://biblioteca.wordkers.com/d/barcia/calderon.