Roque Barcia · 1880-1883
Acordar
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Acordar. Activo. Determinar ó resolver de común acuerdo ó por mayoría de votos alguna cosa, como se estila en los tribunales y juntas. Resolver, determinar una cosa antes de mandarla. Dícese más comunmente del rey cuando resuelve alguna cosa que ha de autorizar después con su rúbrica. I Hacer memoria á otro de alguna cosa. Usase también como recíproco.
Anticuado. DESPERTAR. ] Piatura. Disponer todos los objetos de un cuadro de modo que no disuenen unos de otros en cuanto al colorido y claro oscuro. Neutro. Concordar, conformar, convenir una cosa con otra. ! Caer en cuenta. I Anticuado. Volver en su acuerdo ó juicio. Hállase algunas veces usado como verbo activo. [ Recíproco. Ponerse de acuerdo. Tomar acuerdo ó deliberación premeditada. Música. Poner acordes los instrumentos, templarlos.
ETIMOLOGÍA. Italiano acordare; de ac, por ad, cerca, y cordare, forma verbal del latín cordem; acusativo de cor, cordis, el corazón, porque el corazón, esto es, la sangre, era el alma de los antiguos: francés del siglo XI, acorder: moderno, accorder; provenzal y catalán, acordar; burguiñón, écodai. Menage deriva acordar del latín corda, cuerda, aludiendo al concierto-de los sonidos ó de los instrumentos de cuerda, error gravísimo que apenas se concibe en un hombre de la erudición de Ménage. 1. «El latín concordare tiene el mismo sentido que nuestro acordar, como se ve en Ovidio: concordant carmina nervis.» (LITTRÉ.) 2. El corazón, en sentido recto, es la entraña ó el órgano principal del cuerpo, y de ahí el que ciertos filósofos de la antigüedad lo considerasen como la residencia de la vida y del alma, y algunos como el alma misma. Aun hoy día, la filosofía popular considera el corazón como el asiento de las pasiones, del valor, de la sensibilidad.
(MONLAU.) Lo que hoy entendemos por alma no fué otra cosa que la sangre para muchas gentes y naciones, lo cual aconteció desde los tiempos más remotos, esto es, desde las teocracias iniciales. Así nos explicamos sin violencia la prohibición de comer sangre y ciertas carnes de animales, como vemos en las religiones semíticas, cuyas prácticas se conservan aún entre los hebreos y los árabes. Esta especie de filosofía medio tradicional y medio religiosa, se apoderó del politeismo griego y romano. Entre los latinos, especialmente, puede asegurarse que se enseñoreó de las más grandes inteligencias, ejerciendo un poderoso influjo en las ideas, en las costumbres y en el idioma, hasta la caida del imperio. La palabra del Salvador, la predicación de los apóstoles y la propaganda de los santos padres de la Iglesia griega y latina modificaron aquellas creencias, inspiraron otros pensamientos, y la sangre perdió su antiguo señorío en todos los pueblos que abrazaron la doctrina cristiana. Cicerón dice que, para algunos filósofos, el corazón y el ánimo significan ld-uisaide, ue donde ienen las voces latinas concordes, excordes, vecordes: aliis COR ipsum ANIMUS videtur; ex QuO EXCORDES, VECORDES, CONCORDESQUE dicuntur.
Efectivamente, el latín excors, insensato, simple, se compone de ex, fuera, y cor, cordis, corazón: «fuera de corazón,» como decimos hoy: «fuera de razón ó de juicio,» lo cual hace evidente que el corazón era la razón y el juicio para el siglo que inventó esa palabra. Virgilio dice: «vomita sangre encarnada, purpúrea,» y designa la sangre con el nombre de anima: purpuream vomit ille ANIMAM. (Eneida YI, 349. Horacio habla de las «vanas imágenes de la sangre (quien dice sangre, dice corazón) como si hablase de las vanas imágenes de la fantasía ó del espíritu:» non vane redeat SANGUIS imagini, Libro I, Oda 24.) Opina Monlau, contestando á una etimología equivocada del doctor Rosal, que las citas de los autores anteriores pueden ser expresiones figuradas. Nosotros creemos firmemente que no hay tal figura en las expresio nes de Virgilio, de Horacio y Cicerón, y nos maravilla que una persona tan conocedora y tan erudita en estas materias, cuyo voto nos es tan apreciado y respetable, no haya visto lo que pasaba en la antigüedad. Los versos de la Eneida, en que Virgilio llama ánima á la sangre, no contienen ninguna frase metafórica, sino que expresan lisa y llanamente la filosofía de aquel siglo, la creencia del autor de los versos, que era la creencia de los estoicos, de los epicúreos y de muchos sabios, así griegos como latinos, entre los cuales figura Empédocles. Este filósofo es de parecer que el alma, por la cual entendía la vida y el espíritu, no era otra cosa que la sangre contenida en el corazón. Y siguiendo este parecer, dice Barrul, escribió Virgilio, que no sólo era un gran poeta, sino un sabio hablista, los versos de la Eneida, en que llaman ánima á la sangre. Y no sólo lo dijo en la Eneida, sino en las Geórgicas, y de un modo más formulado, más extenso y más convencido. Y á la misma filosofía, á la misma creencia de aquel siglo alude Marcial, cuando, para expresar la idea de prudencia, se vale de la palabra corazón (et cor solus habes). Y á la misma filosofía, á la misma escuela, porque una escuela de la gentilidad era la teoría de Empédocles, se refiere Ovidio cuando dice: «dioses inmortales, ya que no quisisteis que Posthumio hiciese la guerra prósperamente, etc., en cuyo ejemplo se vale de la locución si vobis no fuit cordi, para significar ya que no habeis querido, ó ya que no quisisteis, atribuyendo al corazón el acto interior de la voluntad. El decir: puesto que no os vino al corazón, es decir: puesto que vuestro corazón no quiso; y esto equivale á si se dijera: puesto que no quiso vuestra alma. En realidad llama alma al corazón; es decir, á la sangre, porque alma es la voluntad, alma y muy alma es el albedrío. Y á la misma filosofía estóica alude otro autor latino, que conocía muy bien el Sr. Monlau, cuando dice: «ya veis que el movimiento empieza á formarse en el corazón, y que parte primeramente de la voluntad, la cual lo transmite á los miembros y á todo el organismo.—Y sin embargo, esa antigüedad griega y latina, heredera de las profundas teorías de Platón, reconocía la inmortalidad del alma humana; y apenas habrá un hecho histórico en cuya prueba puedan alegarse demostraciones más evidentes. Las almas no mueren, dice Ovidio, de un modo absoluto en sus metamorfosis: morte carent anime.— Debajo de la luna, dice Cicerón, no existe nada que no sea mortal y transitorio, si se exceptúan los ánimos, con que la liberalidad de los dioses ha enaltecido al hombre.—Virgilio no es más terminante en este punto, pero es más elocuente y armonioso. El gentilismo no ha creado nada tan sublime como aquellas palabras de la Eneida cuando habla el poeta de cierto espíritu que alimenta al cielo, á la tierra y á las llanuras líquidas del mar; cœlum ac terras, camposque liquentes... SPIRITUS intus alit.—Al oir los versos de Virgi. lio, nos parece escuchar á un apóstol cristiano. ¡Tan cierto es que el hombre de todos los tiempos, inspirado por la metafísica de su origen, siente en su existencia la eternidad de su propio espíritu, como siente el arcano divino de su propio genio! Derivación. Latín cor, cordis, el corazón, la sangre: italiano, accordare; francés, accorder; catalán, acordar.
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