Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Tácitamente

tomo 5 · página 9 · ver la página del original

Tácitamente. Adverbio de modo.

Secretamente, con silencio y sin ruido. Sin expresion ó declaracion formal.

ETIMOLOGÍA. Tácita y el sufijo adverbial mente: latin, tácttè; catalan y provenzal, tácitament; francés antiguo, taisiblement, taisanment; moderno, tacitement; italiano, tacitamente. Tácito (C. CoRNELIO). Célebre y profundo historiador latino, que nació en Interamna, hoy Terni, hácia mediados del siglo 1 de Jesucristo, y murió el año 130 ó 134. Sus talentos y su mérito le elevaron á las primeras dignidades del imperio. Vespasiano y Tito le dieron empleos considerables: fué pretor en el reinado de Domiciano, y últimamente, cónsul. Vivió en íntima amistad con Plinio el Jóven, y estaba reputado como el orador más eminente de su época. De todos sus escritos sólo nos quedan: los Anales, desde la muerte de Augusto hasta la de Neron, obra dividida en 16 libros, de los cuales faltan el 7.°, 8.°, 9.° y 10.°; una Historia en cinco libros, el último de los cuales está incompleto; La Vida de Agrícola y un tratado De sitû, moribus et populis Germanie. Muchos le atribuyen tambien el diálogo: De oratoribus sive de causis corrupte eloquentie, aunque otros hacen autor de esta última obra á Quintiliano. (DE MIGUEL Y MORANReseña.—1. Descendía de una familia ecuestre, suponiéndosele hijo de un procurador de la Galia belga, llamado Cornelio Vero Tácito. 2. En su juventud siguió la carrera del foro y cultivó la poesía, dedicándose al estudio de los grandes escritores; particularmente, de Tucídides, y siguiendo las máximas de las filosofía estóica. 3. Bajo el imperio de Vespasiano se cree que se distinguió en las armas; pero luégo volvió á su antigua profesion, siendo nombrado cuestor y caballero y entrando, por último, en el Senado. 4. En el reinado de Tito fué edil; pretor, en el de Domiciano, y cónsul perpetuo, desde el año 97, ocupando el solio imperial Nerva, en sustitutucion de Virgilio Rufo. 5. Antes de esta última época había contraido matrimonio con una hija de Agrícola, contándose el año 88 en el número de los quendecenviros, ó depositarios de los libros sibilinos. 6. El año 89 salió de Roma en compañía de su esposa, creyéndose, aunque sin datos positivos, que fuera á encargarse del gobierno de alguna provincia. 7. A la muerte de su suegro, Agrícola, acaecida el 93, no había regresado aún; pero el 99 estaba ya en Roma, donde se encargó, en union de su amigo Plinio el Jóven, de sostener la acusacion del Africa contra el procónsul Mario Prisco, digno émulo de Verres. 8. Ni de sus discursos oratorios, ni de un libro de poesías, que se dice escribió, han llegado vestigios hasta nosotros, quedando sólo las cuatro obras históricas siguientes: 1.a, la Vida de Agrícola, escrita el año 97 ó 98; 2.a, un libro acerca de las costumbres de los germanos, cuadro cuya verdad hace creer que Tácrro debió pasar una parte de su juventud en las orillas del Rhin; 3.a, las Historias, relato de acontecimientos contemporáneos, dividido en 20 libros y abrazando un espacio de 28 años, desde Galba á la muerte de Domiciano. De esta obra no se conservan más que los cuatro primeros libros y el principio del quinto (Galba, Othon, Vëtni) y Vespasiano hasta la guerra de Civilis); y 4.a, los Anales, narraciones históricas desde Augusto á Neron, en 16 libros, de los cuales tenemos los cuatro primeros, la segunda mitad del 5.°, el 6.°, el 11, 12, 13, 14, 15 y el 16 incompleto. 9. Sin duda alguna reservaba para otra obra los reinados de Neron y Trajano; pero se cree que no llegara nunca á realizar su proyecto. 10. Táciro es ante todo un escritor moralista; pero moralista inflexible que, erigido en juez, no vacila un punto en llamar á la barra á los Césares y, haciendo el más detenido exámen de sus crímenes y de sus miserias, los condena sin apelacion y los expone en la picota á las miradas de la posteridad. 11. Como espíritu á la vez elevado y positivo, siente la nostalgia de la pureza de costumbres de la república; pero reconoce la necesidad del reinado de Augusto. Entretanto, su pluma es un látigo que flagela, un escalpelo que deshace los músculos fibra á fibra; más aún, un hierro candente que se marca de un modo indeleble en la espalda de todo tirano. 12. Al lado de Juvenal, el poeta que acusa, se alza TÁCITO, el historiador que castiga. Al recorrer las páginas de ese colosal alegato contra el imperio, que se llama los Anales, se le ve sentado en la silla curul del genio, dispuesto siempre á fulminar sentencias terribles, miéntras que los Césares doblegan su frente coronada, temorosos de que caiga sobre ellos el tremendo azote de su crítica. 13. Arte.—El estilo de Táciro, lleno de movimiento y de energía, tiene una rapidez y una concision que hacen olvidar todos sus defectos. Es acaso el autor, en quien la sobriedad se reviste de una oratoria más viva y más patética, hasta el punto de convertirse en una sobriedad verdaderamente magnífica. 14. Método.—No procede jamás por el método de la disertacion, sino por el de la exposicion de cuadros, de donde resulta que, más que narrador, es el pintor del acontecimiento, que expone. Así sucede que desarrolla un pensamiento en toda su escala, grabándolo en el ánimo y enseñoreándose del espíritu de sus lectores. 15. Decadencia de sus tiempos.—El influjo de la época en que escribía, no deja de manifestarse en su literatura. Las irregularidades gramaticales, las frases cortadas, las locuciones un tanto viciosas, y, sobre todo, ese sistemático desden hácia la lógica de la forma, propio de los tiempos de decadencia, no pueden encubrirse con las galas de la narracion, ni con la brillantez de los períodos. 16. Juicio.—TÁciro ha tenido en los tiempos modernos entusiastas admiradores, críticos sobrado severos y detractores encarnizados. Entre los primeros se distinguen Tillemont, La Blettière, Thomas, Chenier y La Harpe; entre los segundos, descuellan Rollin, Voltaire y Mably; y entre los últimos, se destacan en primera línea Budé y Linguet. 17. Bibliogra fía.—Las mejores ediciones de TÁciro son: la de Ernesti (Leipzig, 1801), reproducida con notas de M. Nandet en la Biblioteca latina de Lemaire (1820); la de Bekker (Leipzig, 1831); la de Walther (Haya, 1832-33); la de Ruperto (Hannover, 1834-39); la de Dœderlein (Haya, 1841-47); la de Orelly (Zurich, 1848), y la de Ritter (Cambridge, 18. Las principales traducciones francesas son: la de Perrot d’Ablancourt (1651); la de Amelot de la Houssaye (1690); la de Bleterie (1768); la de Dotteville (1772-1799); la de Dureau de la Malle (1790-1808); la de Burnouf (1827-33), la más correcta de todas, y la de Panckoucke, en la Biblioteca latino-francesa (1827-38).

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