Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Rios

tomo 4 · página 718 · ver la página del original

Rios. Masculino plural. Apellido de familia.

ETIMOLOGÍA. Río. Rios y Rosas (ANTONIO DE LOS). Hombre político español y uno de los oradores más fogosos y elocuentes de nuestra tribuna parlamentaria. Dedicado al foro en sus primeros años, no entró en la vida política hasta el reinado de Isabel II. Elegido diputado á Cortes en 1837, fué nombrado consejero de Estado en 1843; pero su violenta oposición al Gabinete provocó bien pronto su separación de aquel alto cuerpo. En las Cortes del bienio de 1854 á 1856, sostuvo en las Cortes á O'Donnell contra Espartero, y fué después uno de los más caracterizados politicos que formaron la unión liberal. En 1856 se encargó de la cartera de Gobernación, y en 1863 fué elegido presidente del Congreso. Los acontecimientos de 1868 le llevaron al destierro, volviendo á España después del levantamiento de 29 de Setiembre. En aquella época desempeñaba la presidencia del Consejo de Estado, puesto á que renunció poco antes del destierro de los más caracterizados políticos de tendencias liberales.

Reseña.—1. Un día, cuando el Congreso de diputados se trasladó al teatro de Oriente, un orador pidió la palabra, concedida la cual, principió lentamente su discurso. Apenas entrado en materia, el presidente le llamó al orden: el orador prosigue. El presidente le llama al orden segunda vez: el orador no se detiene. Se le llamó por la vez tercera: el orador continúa impasible, como si fuese una estatua de hierro. El presidente clama, la Mesa se agita, el Congreso murmura; pero la cólera del orador sofocaba el murmullo del Congreso, el clamoreo de la presidencia, el estrépito de la campanilla, de tal suerte, que la sesión tuvo que levantarse, en medio de un tumulto y de una confusión, de que no hay ejemplo tal vez en Parlamento alguno. El orador era RíOS Y ROSAS. 2. De aquella sesión salió un desafío, en que González Brabo fué herido gravemente. 3. El personaje de estos apuntes se casó con una señora muy rica. Siendo grande en su modo de vivir, á proporción que era grande en su alma, su señora, hablándole en el seno de la confianza y de la familia, hubo de decirle en cierta ocasión: «ANTONIO, conviene que tires un poco de las riendas; esto es demasiado.» Nuestro personaje no durmió en su casa aquella noche. Mediaron parientes y amigos; influyeron, rogaron; volvieron á influir y rogar; pero todas sus súplicas fueron inútiles, respondiendo á ellas con el tono maquinal del autómata: «Me lo dijo una vez; no me lo dirá dos;» y así fué en efecto. Ajustó sus gastos, ora al sueldo del cargo que desempeñaba, ora á la cesantía de ministro, y su señora no le vió más. La rigidez de su intención y de su palabra era la misma rigidez

de su complexión y de su oratoria. Nuestro personaje no se contradijo á sabiendas en ningún caso, ni en ninguna faz de su vida, como si fuese, por un secreto de su organización, una existencia realmente armónica, un tipo verdaderamente frenológico. 4. En las postrimerías del Gobierno de González Brabo, es decir, en los días vecinos á la revolución de Setiembre, la policía fué á prenderle en su casa. Oyó que llamaban; pero, como tuviese noticia del hecho, no respondió y mandó al criado que no abriese la puerta. La policía volvió á llamar; no contestó tampoco. Llamó nuevamente sin resultado, hasta que tuvo que abrir la puerta violentamente, llevando al insigne tribuno preso por las calles de una manera poco decorosa. Aquella prisión violenta hizo más daño al Gobierno de entonces que las hostilidades de todo un ejército enemigo. La venganza es siempre una derrota, aunque venga de los Gobiernos, y ya se sabe que la derrota, para el que proscribe, es el triunfo para el proscrito. Así se comprende que la batalla de Alcolea estaba perdida mucho tiempo antes de ser librada. No se perdió en un puente de Andalucía: se perdió en los subterráneos de la política de Madrid. 5. Ríos v RoSaS era más bien de una estatura alta; fornido; de color tomado; de ojo pequeño, concentrado, ardiente; de ceja corrida; de frente anchurosa y no muy elevada. Tenía la nuca como clavada entre los hombros y andaba de un modo mecánico, cual si el movimiento de su organismo se viese encadenado por la atracción vertiginosa de su cerebro, explicándose así la fuerza indomable de su voluntad. 6. Su voz era vibrante y rápida; su ademán, enérgico y nervioso; sus pausas, muy marcadas, solemnes, punto menos que aterradoras. Puede decirse que en la suprema autoridad de su silencio consistía el gran resorte de su arte. Sí: Ríos Y ROSAS, callando, era más formidable que diciendo. 7. Inmediatamente que entraba en calor, parecía retorcerse como una culebra, enseñoreándose en absoluto del escaño, el cual sufría sus rudos ataques, en tanto que sus compañeros de asiento tenían que abandonarlo, por medida de precaución, temerosos de un airado ademán. 8. Cuando escuchaba á un orador en el Parlamento, ponía los codos encima del banco, que tenía delante, y hundía el rostro en ambas manos, de tal suerte que no se veía más que los ojos, parte de la frente y el último perfil de la oreja 9. En la discusión motivada por los desórdenes de la noche de san Daniel, llamó al Gobierno miserable, cuyo vocablo lanzó sobre el Congreso con el mismo empuje con que se arroja una saeta, mientras que sus ojos chispeaban como los del león ensangrentado. 10. Es verdad que aún tenemos el orador de la armonía, de la imagen, de la belleza, y nos referimos á Castelar; el orador de la grandilocuencia erudita, y hablamos de Cánovas del Castillo; el orador de la inspiración, de la elegancia, de la sobriedad decorosa, del punto retórico, y aludimos á Cristino Martos, modelo de oradores; pero en Rios y RoSas acabó el orador del ímpetu, de la soberbia. de la ira, del sentimiento desesperado, de la pasión heróica. Esto quiere decir que aun tenemos en Castelar el orador de la epopeya; en Cánovas, el de la historia; en Cristino Martos, el del estrado; pero en Ríos y Rosas dobló la frente el orador del cataclismo. Si la tempestad, con todos sus magníficos horrores, pudiese tener una elocuencia, nadie, fuera de nuestro personaje, pudo ser la elocuencia de la tempestad. Al verle agitarse en el banco, trémulo, pálido, furioso, describiendo en el aire con ambas manos la figura del círculo; al contemplarle arrebatado y fuera de sí, mientras que las columnas del Parlamento parecian temblar á los torrentes de su voz, el arte inmenso de la palabra se representaba en nuestra fantasía como un poder terrible, no pudiendo decir si aquel prestigio fascinador era el genio divino de humanas catástrofes, ó bien el genio humano de una catástrofe divina. No hablamos por lo que nos han dicho, puesto que somos testigos presenciales, sin poner en cuenta que nos honramos con la amistad íntima y generosa del grande hombre de esta biografía, á cuyas glorias tributamos enternecidos este humilde homenaje. 11. La Real Academia Española le admitió en su seno.

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