Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Prostitución

tomo 4 · página 434 · ver la página del original

Prostitución. Femenino. La acción y efecto de prostituir ó prostituirse. Tráfico vil y torpe de la impudicidad; en cuyo sentido se dice: «la estadística de la PROSTITUCIÓN es más escandalosa en las grandes ciudades.» I Metáfora. Abandono infame de las virtudes del sentimiento y de las leyes del honor; en cuyo sentido decimos: «la PROSTITUCIÓN de las conciencias, de la moral pública, de la justicia, de las leyes.» El descrédito, que es la consecuencia del abuso.

ETIMOLOGÍA. Prostituir: latín, prostitütio, la acción de exponer públicamente á la torpeza, en Arnobio; profanación, en Tertuliano; forma sustantiva abstracta de prostitũtus, prostituído: catalán, prostitució; francés, prostitution; italiano, prostituzione. Reseña historica.—Vamos á reseñar brevísimamente la PROSTITUCIÓN en sus principales manifestaciones y en los pueblos más famosos del mundo, considerándola como una de las grandes cuestiones de la humanidad. PRELIMINARES Se conocen cinco clases de PROSTITUCIÓN: la salvaje, propia del estado primitivo; la hospitalaria, ejercida con el extranjero; la religiosa ó sagrada, autorizada por el sacerdote, como manera de aumentar las riquezas del templo; la legal ó civil, protegida y organizada por el Estado, como arbitrio para aumentar las rentas del Tesoro público, ó como recurso de higiene; y la privada, que se considera como una herencia de familia. 1. PROSTITUCIÓN salvaje. La mujer, que no iba al monte para apoderarse de la fiera, en los ejercicios de la caza; que no iba á la guerra, para enseñorearse del botín del contrario; que no iba á la pesca entre las tempestades del mar, no tuvo otra industria que la belleza de su sexo para no morir en el abandono. Condenada simultáneamente por la debilidad y el privilegio de su propia naturaleza, tuvo que dar al hombre los atractivos de su amor con los encantos de su hermosura, sin que entrara en aque Ila sumisión terrible, ni el aliciente de las pasiones, ni la idealidad del deseo, ni el hechizo de la fantasía. Tratándose de la mujer en el estado primitivo, puede decirse que el tributo de su alimento fué el sacrificio de su virginidad. Considerada de este modo en el inmenso campo de la tradición y de la historia, la mujer es la víctima de todos los tiempos hasta llegar al pie del monte Calvario. ¡Y si no fuera más que hasta el pie del monte Calvario! 2. PROSTITUCIÓN hospitalaria. Significaba cierto cambio de conveniencias y de prestaciones con el extranjero, que se convierte repentinamente en amigo. Esta clase de PROSTITUCIÓN tenía en su abono el prestigio fanático de una gran parte de la antigüedad. La mujer de aquellas edades, en su comercio con los transeuntes, al darles las primicias de su pudor, corría la suerte de recibir los halagos de un dios ó de un genio, puesto que la India, el Egipto y la Grecia creían en el tránsito por la tierra de los dioses Brahma, Osiris y Júpiter. 3. PROSTITUCIÓN legal ó civil. Se establece y se pone en práctica como las demás industrias y oficios. Como ellos, tiene sus derechos y obligaciones, sus mercancías, sus tiendas, su parroquia; en fin, vende y gana, pues, como el comerciante, no tiene otro objeto que el cebo del luero. (Du FOUR.) 4. PROSTITUCIÓN religiosa ó sagrada.

Compra, al precio del pudor inmolado, los favores de un dios y la consagracion del sacerdote. La pRoS TITUCIÓN vino á ser desde entonces como una creencia vulgar, propia del culto de ciertos dioses y de ciertas diosas, que la ordenaban y aun la consagraban con solemnidades pomposas del rito; de donde vienen el tráfico vil en la misma puerta de los templos; los ídolos grotescos y monstruosos de la India, dueños del pudor de las vírgenes; y el nefando imperio de los sacerdotes gentiles, bajo los auspicios de impuras deidades. La PROSTITUCIÓN religiosa tiene concordancias inmensas en la historia de la humanidad, puesto que dió origen á los famosísimos misterios de Babilonia, de Menfis, de Eleusis y de Pafos. 5. PROSTITUCIÓN privada ó doméstica. Llámase así la que una hija recibe de sus padres, en el propio seno de la casa, en virtud de una perversión que se hereda como las joyas. Esta PROSTITUCIÓN, la más degradante para la humanidad y la más disolvente para la familia, es aún el gran vicio de las sociedades modernas, contra el cual no ha valido hasta hoy la moral salvadora del Evangelio. LA PROSTITUCIÓN EN LA HISTORIA. BABILONIA 1. «Los babilonios tienen la ley que copiamos: toda mujer nacida en el país está obligada, una vez en su vida, á ir al templo de Venus para entregarse en él á un extranjero. Muchas, orgullosas de sus riquezas, para no confundirse con las otras, se hacen llevar al templo en lujosos carros cubiertos, donde permanecen sentadas, teniendo á su espalda gran número de esclavos. La mayoría de las concurrentes se sientan en tierra en un sitio dependiente del templo de Venus, con una corona de flores; unas llegan, otras se retiran. En todos sentidos se ven sitios circunscritos por cuerdas extendidas. Los extranjeros se pasean por las calles intermedias y eligen á su gusto una de aquellas mujeres; cuando una ha tomado asiento en el lugar sagrado, no puede volver á su casa sin que algún extranjero le haya arrojado dinero en el regazo, y sin que haya tenido comercio con ella fuera del sagrado recinto.» (HERóDOTO, 440 años antes del Salvador.) 2. La PROSTITUCIÓN de las mujeres en Babilonia, no solamente estaba permitida por la ley, sino sancionada por la religión con una fiesta. (Ro LLÍN, Historia de los antiguos; Obras, tomo I1I, página 451.) CHIPRE Y FENICIA 1. La PROSTITUCIÓN sagrada en honor de Milita (Venus Urania), es un hecho de indudable verdad histórica en Fenicia y Chipre, por inverosímil y bárbaro que parezca. «Mujeres que llevan una cuerda á modo de cinto, se sientan en la orilla de los caminos públicos y queman perfumes.» 2. Aquel cinturón representa el pudor de la virgen consagrada á Venus, débil lazo que el amor rompe fácilmente.

(BARUCH, M. 6.) 3. La ofrenda que aquellas consagradas quemaban para tener propicia á la diosa, era, según unos, un panecillo de cebada ó trigo; según otros, un filtro que enardecía los sentidos y preparaba á la sensualidad y que se cree fuera el fruto perfumado del árbol del incienso. Alrededor del templo de Milita había un gran recinto formado de bosques, fuentes y jardines; era el campo de la PROSTITUCIÓN; y las mujeres que en él entraban, se hallaban en lugar sagrado, donde ni sus padres ni maridos podían turbar sus amorosos goces. 4. Ni Herodoto ni Strabon hablan de la parte que el sacerdote se reservaba en las piadosas ofrendas de las devotas de Milita; pero Baruch afirma que los sacerdotes babilonios eran hombres que nada rehusaban. 5. Según Quinto Curcio, los padres permitían que sus hijas se prostituyeran por el dinero de sus huéspedes, y los maridos no eran menos tolerantes. 6. En Chipre, en el segundo siglo, en tiempos de Justino, las jóvenes ciprias paseaban á lo largo de la playa y el producto de su PROSTITUCIÓN se iba guardando en una arca para reunir la dote, que luego aportaban á sus maridos, y que éstos aceptaban sin sonrojo. De Chipre, invadió las islas del Mediterráneo y los marinos fenicios la llevaron á Grecia é Italia con sus mercancías, prestándole cada pueblo nuevos rasgos de su

carácter y costumbres; así sucedia que en las colonias fenicias era puramente mercantil, y en Venecia Sicca y en el territorio de Cartago, el templo de Venus ó las Tiendas de las jóvenes, eran un lugar de PROSTITUCIÓN al que las hijas del país iban á ganar su dote con el producto de su cuerpo, las cuales se casaban ventajosamente después de tan infame iniciación. Se ve, pues, que la moral de los fenicios en nada se diferencia de la de los ciprios. (VALERIO MÁXIMO.) 7. Los templos de Venus se alzaban sobre grandes alturas, á la vista del mar, para indicar al navegante que allí estaba la mansión de la diosa, brindándole reposo y placer; pero el sacerdote no podía ver tranquilo que el producto de la PROSTITUCIÓN no fuera á sus manos, y, queriendo tomar parte en ella, la cubrió con el velo de la diosa que la protegía. San Agustin ha consignado que había tres Venus, más bien que una: la de las vírgenes, la de las casadas y la de las cortesanas: «diosa impura, á la que los fenicios, dice el santo, inmolaban el pudor de sus hijas antes de que casaran.» (Ciudad de Dios.) LOS LIDIOS 1. El culto de Milita se propagó, con la PROSTITUCIÓN que le acompañaba, por el Asia y el Africa, hasta el fondo del Egipto y la Persia, tomando la diosa un nombre diverso en cada país y afectando su culto diferentes formas, bajo las cuales reaparecía la PROSTITUCIÓN sagrada. Toda el Asia menor abrazó con entusiasmo un culto que divinizaba las pasiones sensuales, asociando Venus á Adonis. 2. Las lidias practicaban la PRO TITUCIÓN hasta encontrar marido, y aquella dote, tan inmoralmente adquirida, les daba el derecho de elegir esposo, habiendo contribuído aquellas mujeres á la construcción del sepulcro del rey Aliates, padre de Creso, con tanto oro como los artesanos y mercaderes reunidos. (HERODOTO.) 3. Los lidios, que llevaban en su ejército maravillosas mujeres, bailarinas y músicas, enseñaron á los persas á tocar la lira, la flauta, el salterio y el tambor; y á sus escandalosas orgías llevaron los antiguos persas á sus mujeres é hijas, que se presentaban coronadas de flores y descubiertas, llegando la promiscuidad á tai punto, que el banquete se trocaba en infame dicterion. (MACROBIO, ATENEO.) ARMENIA En Armenia se erigió un templo á Venus bajo el famoso nombre de Anaitis, alrededor del cual había una población consagrada á sus ritos, en la que sólo los extranjeros podían pedir hospitalidad, comprando por un presente los favores que se les brindaban, y la elegida les agasajaba con uno mayor al recibido. Los iniciados é iniciadas del templo pertenecían á las mejores familias y entraban por cierto tiempo al servicio de la diosa, según el voto de sus padres, dejando al salir á la diosa Anaitis, es decir, en manos de los sacerdotes, lo que habían ganado á costa de su pudor, de lo cual no tenían por qué avergonzarse, hallando pronto marido que iba á informarse al templo de los antecedentes religiosos de la joven sacerdotisa; y la que había acogido más extranjeros en su impúdico lecho, era la preferida. Las diferentes Venus se habían esparcido por toda la Siria, con su culto de PROSTITUCIÓN y ciertas variantes de ceremonial. Venus, bajo estos diversos nombres, deificaba la concepción femenina, la naturaleza hembra. Los hombres inventaron este culto, por lo cual las mujeres inventaron el de Adonis, reinando juntos ambos. El libertinaje más infame tenía lugar, á favor de los disfraces del hombre en mujer y de la mujer en hombre, en las fiestas nocturnas de la diosa, y el sacerdote regulaba por sí mismo la ceremonia al son de los sistros y panderas. EGIPTO 1. El Egipto adoptó de los fenicios la religión que, como la púrpura y el incienso, venía de Tiro y Sidón, si bien dejó el dogma por el culto, y como allí no había existido la pRoSTi TUCIóN hospitalaria, por odio de los egipcios á los extranjeros, ni la sagrada, vino la legal, autorizada, protegida y aun justificada por las leyes. 2. La egipcia, más codiciosa que la fenicia, y ardiente, como si llevara en su seno el sol etiópico, poseía incomparables talentos para inflamar y satisfacer á los hombres, llegando á ser las primeras cortesanas del mundo; y era natural que así sucediera, pues la mujer no es en todas partes sino el reflejo del hombre: los sabios egipcios educaron á la mujer, y el Egipto ha sido considerado entre los antiguos como la cuna de la ciencia y las artes. (ATENEO.) 3. La religión egipcia, como todas las antiguas, divinizó la naturaleza fecunda y generadora con los nombres de Osiris, el Sol, principio de la vida masculina; Isis ó la Luna, principio de la vida femenina. En las procesiones de Isis, después de la vaca de leche, las jóvenes consagradas, que se llamaban cistóforas, llevaban la ciste mística, ó canasta de junco, con panecillos redondos ó agujereados por el centro; y una sacerdotisa llevaba en el seno una urna de oro, en que se guardaba el falo, que era la adorable imagen de la divinidad suprema y el símbolo de los misterios más secretos, ó sea la parte del cuerpo de Osiris que no pudo hallar Isis cuando recogió conyugalmente los dispersos miembros de su esposo, muerto ó mutilado por el impío Tifón, hermano de la víctima. (APULEYO.) 4. En semejante culto, la PROSTITUCIÓN religiosa debió tener la latitud más amplia, si bien reservada al sacerdote, que hacía de ella una de sus rentas más saneadas y provechosas; sobre todo, en los primeros tiempos. El dios y la diosa habían delegado todos sus poderes en sus ministros, los cuales iniciaban en escandalosos desórdenes á sus neófitos de ambos sexos. (DUFOUR.) 5. Aquellos desórdenes consistían en la promiscuidad de hombres y mujeres y en el más brutal libertinaje. (SAN EPIFANIO.) 6. Ramsinito y Créops, reyes egipcios, entregaban á sus hijas por dinero. (CÉSAR CANTÚ, Historia universal.)

Realmente; la historia cuenta de Créops, bajo cuyo reinado se levantó la gran pirámide, que, hallándose apurado para concluirla, llegó á la extrema infamia de deshonrar á su propia hija, enviándola á un lugar de PROSTITUCIÓN, con la orden expresa de sacar á sus amantes determinada suma de dinero. Pero la figura que tenemos delante se va agrandando inmensamente en la historia del mundo. Pasemos á un lugar de la Tierra Santa, ateniéndonos con todo rigor al sentido canónico de la Sagrada Biblia. 1. «En tiempo de Noé, los ángeles descendieron á la tierra para conocer á las hijas de los hombres, teniendo de ellas hijos que vinieron á ser gigantes, los cuales no heredaron las virtudes de sus padres, pues la iniquidad iba en aumento; y el Señor, al ver tan corrompida y degenerada la especie humana, se arrepintió de haberla creado y resolvió aniquilarla, menos á Noé y á su familia. El diluvio renovó la faz de la tierra; pero los vicios y las pasiones se multiplicaron en los hombres, de tal suerte, que ni aun la hospitalidad se respetó en las malditas ciudades de Pentápolis. Cuando los dos ángeles que habían anunciado á Abraham que Sara, su anciana mujer, le daría un hijo, fueron á Sodoma y se hospedaron en casa de Loth para pasar allí la noche; los habitantes de la ciudad, del más joven al más viejo, rodearon la casa, diciéndole: —¿Dónde están los dos mancebos que han venido á visitarte? —Os ruego, hermanos,—contestó Loth,—que no les hagáis agravio ninguno; tengo dos hijas, que aun no han conocido á varón; yo os las entregaré para que las tratéis como queráis, con tal de que respetéis á estos mancebos acogidos al sagrado de mi casa.» (Biblia.) 2. De aquí se colige claramente la PROSTITUCIÓN repugnante del hombre, que trata de mancharse con el comercio impuro de su propio hermano, y la condescendencia excesiva del padre que, con el objeto de defender la

honra de sus huéspedes, ofrece la virginidad de sus hijas. 3. La mayoría de las meretrices de Judea eran extranjeras; sirias, egipcias y babilonias, las cuales sobresalían en el arte de enardecer los sentidos. Salomón las permitió establecerse en la ciudad; pero nunca se las ha Iló en Jerusalén, sino á lo largo de los caminos, donde levantaban sus tiendas, cubiertas de pieles ó de telas de vivos colores. (Biblia.) Moisés y Ezequiel. El mosaísmo condena terminantemente la sodomía; «no tendrás relaciones sexuales con un hombre, como con una mujer, porque es una abominación.» (Levítico, «No ofrecerás en el templo del Señor el lucro de la PROSTITUCIÓN, ni el precio del perro, cualquiera que sea el voto que hayas hecho, porque estas dos cosas son abominables delante de Dios.» (Deuteronomio.) Este pasaje, en que se habla de perros, hace referencia al hechosiguiente: los sacerdotes de los dioses moabitas Moloch y Baal-fegor eran hermosos jóvenes depilados de todo el cuerpo y ungidos de aceites olorosos, que hacían un comercio torpe en el santuario de Baal, á los que la Vulgata Ilama afeminados; y que no sólo se vendían como meretrices á los adoradores del dios, depositando en el altar el precio de su PROSTITUCIÓN, sino que además tenían perros amaestrados en tales ignominias, los mismos perros á que alude Moisés. Por consiguiente, no hay que poner en tela de juicio la verdad clara y terminante de aquel dato histórico. Hasta los perros han entrado en la PROSTITUCIÓN del hombre; y esto no ha sucedido en nuestros días. El culto de Milita tomó entre los hebreos el nombre de Moloch, cuyas profanaciones describe el profeta Ezequiel con una elocuencia aterradora. La Judea estaba plagada de parajes inmundos, de tiendas de libertinaje, plantadas en todos los caminos, y casas de inmoralidad con meretrices vestidas de seda, resplandecientes de alhajas é impregnadas de aromas; de tal suerte, que el Profeta hubo de exclamar, en una especie de arrobamiento de santa indignación: «Jerusalén, la gran prostituta, que se dió á los hijos de Egipto, hace presentes á sus amantes, en lugar de recibirlos de ellos.» (EZEQUIEL.) Abadias de Capadocia. En el artículo Esclavitud hemos hablado de ciertas abadías de Capadocia, las cuales tenían unos siervos sagrados, que eran los llamados hierodules. Las siervas de aquella religión singular ejercían también el oficio de meretrices á favor de las rentas del templo, hecho que presenta otro caso de PROSTITUCIÓN religiosa, cuyos detalles reservamos, porque la PROSTITUCIÓN de los antiguos ofrece pormenores en que las conveniencias del decoro no nos permiten entrar. Son de tal índole, que no bastan, para adivinarlos, ni las agudezas de la malicia, ni aun las malicias de la agudeza. Pero nos aguarda un teatro inmenso. GRECIA 1. La PROSTITUCIÓN se remonta al paganismo griego, en donde halló uno de sus grandes emporios. Los sacerdotes y los poetas, ora inventando, ora escribiendo las historias y anales de sus dioses, deificaron la sensualidad; es decir, el culto profano de la mujer, tal como Babilonia y Tiro lo habían establecido en Chipre, el cual, extendiéndose de isla en isla por el Archipiélago, invadió á Corinto, Atenas y todas las ciudades jónicas, per diendo un tanto de su origen caldeo y egipcio, por una civilización más alambicada, pero no menos corrompida, lo cual quiere decir que era más corrompida aún, puesto que tenía la nueva corrupción del aliño. 2. Había dos Venus: la una, muy antigua, hija de Urano, ó sea del Cielo, la cual nos da razón del nombre Urania; la otra, más joven, hija de Júpiter y de Dione, que es la famosa Venus Pándemos, Ilávòmpoc; de pan, todo, y demos, pueblo, dando así la idea de una diosa propia del país, nacional; la Venus griega. (PLATÓN.) 3. Cuando Solón erigió un templo á la diosa de la PROSTITUCIÓN, lo levantó enfrente de la estatua, cuya estructura licenciosa atraía multitud de prosélitos. Las famosas cortesanas de Atenas figuraban preferentemente en las fiestas y regocijos de Pándemos, que se celebraban el cuarto día de cada mes, dando lugar á no pocos excesos de ardor pagano. Durante aquellos días se daban á su industria en beneficio de la diosa, gastando en ofrendas lo que habían ganado bajo los auspicios del genio tutelar. Aquellas ofrendas consistían en cintos, peines, pinzas para arrancar el vello, alfileres y otros varios objetos menudos de oro y plata, que las mujeres de las clases honestas no podían aplicar á su uso. 4. Las leyendas sobre el origen de la diosa se referían y se interpretaban de distintos modos; aunque la creencia general veía en ella una hermosa siria, perdida en un naufragio y salvada por un pescador, quien se enamora de su belleza, como es de costumbre en tales casos. Su nombre es Derceto, divinidad asiria, adorada en Ascarón bajo la figura de una doncella, con el cuerpo y cola de pez, que es la misma A tergatis, adorada en la Jope de la Biblia, hoy Jaffa. Los latinos la denominaban Dercétis y Dercèto, traducción literal del griego Derhétis y Derkétõ (Asgxérie, Aspxéto). Bajo este nombre de Derceto significaba sus viajes á las costas de Siria con el pescador que la acogiera en su barca. Los sacerdotes de Derceto quisieron dar á la alegoría una forma más mística, é inventaron que, en las épocas contemporáneas al caos, cayó del cielo al Eufrates un huevo gigantesco; los peces lo sacaron á la orilla, lo incubaron y Venus salió de él. He aquí por qué las palomas y los peces estaban consagrados á Venus. Pormenores de la PROSTITUCIÓN en Grecia. 1. Las cortesanas no podían mezclarse sino privadamente en el culto de otras divinidades, celebrando en su casa, después de la vendimia, las aloenas, fiestas de Ceres y de Baco, que eran una cena licenciosa; en Eleusis tenían una sala exclusivamente para ellas, en la que, durante las ceremonias, las viejas cortesanas enseñaban á las jóvenes la ciencia de la Buena Diosa; y en las fiestas de Adonis, que atraían á muchos extranjeros, ejercían la PROSTITUCIÓN bajo los auspicios del dios en los bosques que rodeaban sus templos. Descartando estos hechos de su poética ficción, los famosos misterios de Eleusis no eran otra cosa que los misterios de la PROSTITUCIÓN sagrada en Grecia. 2. El Areópago hacía responsable á toda cortesana de las faltas que cometiera cada una de ellas, bastando el odio de un pretendiente despechado para perder á todas. Así aconteció que, cuando Eutías acusó á Friné, la célebre Bacchis escribía al abogado Hypérides, cuya habilidad la salvó: «Si tienes á bien publicar el discurso que pronunciaste en defensa de Friné, nos comprometemos todas á erigirte una estatua de oro en el sitio de Grecia que señales.» 3. La ley no excluía ninguna humillación á las cortesanas, las cuales, al serlo, perdían el título y los privilegios de ciudadanía, de cuyo oprobio participaban también sus hijos, no purificándose de aquella mancha nacional hasta haber servido con gloria á la república. Así era que aquellas desdichadas, en su mayoría, exponían á sus hijos en las calles, confiándolos al Estado.

Clases, caracteres, vestidos, hechos curiosos, vicio contra naturaleza. 1. Tratándose de Atenas, había tres clases de cortesanas: las dicteriadas, míseras esclavas de la PROSTITUCIÓN; las aulétrides (de aulẽtés, abhmtic, flautista) y las hetaíras (éraipa), amiga, compañera y meretriz. Las dicteriadas fueron las que Solón reunió en casas públicas. Las aulétrides (tañedoras de flauta) eran libres y acudían á los festines donde las llamaban. Las hetatras eran libres también, debiendo añadirse que, por su talento, su instrucción, su elegancia, su arte exquisito, sin hacer cuenta de los encantos de la hermosura, competían sin inferioridad con los hombres más sabios de Grecia, obstinándose algunas en conservar su título de ciudadanas, que el Areópago les arrancaba despiadadamente por un decreto.

2. Las hetatras no podían abandonar el territorio de la república sin el permiso de los arcontas, que no lo concedían en ningún caso sino mediante la seguridad de una próxima vuelta. El impuesto que pagaban al fisco era fabuloso; pero el Estado quiso acrecentarlo y lo arrendó á viles especuladores, que aumentaban las multas y las creaban á gusto y sabor de su codicia, siendo causa este abuso de que las cortesanas y los recaudadores estuvieran siempre en abiertas hostilidades. Por lo demás, admira realmente el poder, la influencia, el prestigio increible de las cortesanas de alto coturno entre los griegos. Más que reinas, fueron las deidades de aquellos siglos. Lamia, cuyo nombre pasó al latín como sinónimo de bruja, tenía un templo en Tebas; y otro, en Estinas; la cortesana de un grande héroe manda al Macedón que queme ciudades, y Alejandro las quema, de que fué ilustre ejemplo la gran Persépolis; Aspasia, la prodigiosa inteligencia de su siglo, la maestra de Sócrates, de Platón y de Alcibiades, se enseñorea absolutamente de Pericles, lo cual quiere decir que se enseñoreó de Pericles y de toda la Grecia; más aún, de casi todo el paganismo; Friné ofrece tesoros para reedificar á Tebas, su patria; inspira y avasalla á Praxiteles; se inmortaliza en las hermosas Venus del insigne escultor; deslumbra á sus jueces y asombra á Grecia en los juegos olímpicos con el esplendor de sus galas y la fascinación de su belleza. Fuera de Semíramis y de Cleopatra, tipos fabulosos de libertinaje, con que el Oriente asombró al mundo, en ninguna parte de la tierra ejerce la mujer liviana una fascinación semejante. Es la fascinación, volvemos á decirlo, en que la cortesana alucina al hombre con el sentimiento maravilloso de la divinidad, como si hubiese tomado algo de la poesía y de la escultura de los tiempos heróicos.

Efectivamente, la gran cortesana de Atenas, la gran cortesana de la historia, la hetaíra, parece tener cierto viso de Fidias y de Homero, entre líneas sutiles, contornos lejanos y apariencias sombrías, misteriosas imágenes que el entendimiento no sabe describir. Y aquellas cortesanas célebres; aquellas deidades de su patria, que habían visto á sus piés filósofos, poetas, oradores, artistas, magistrados y príncipes, como si fuesen diosas de la ciencia y del genio, iban á morir más de una vez entre las sombras de un dicterión infame, como aconteció á la infeliz Glycere, la amada de Menandro. ¡Ay! «Fué que la mujer, secuestrada de la sociedad por la virtud, entronizóse en ella por el vicio.» (MARÍA AMALIA VAZ DE CARBALHO, La mujer antigua y la mujer cristiana.) Sí; la virtud desterró á la mujer del mundo; y en ausencia de la virtud, el vicio se apoderó de ella y la hizo reinar á su modo. Por eso vemos que la mujer reina artificiosamente en la prostituta. Al leer con delicia las palabras que hemos copiado de la ilustre escritora portuguesa, no hemos podido dejar de exclamar en nuestro corazón: «¡qué gran verdad y qué hermosa frase!» La mujer cristiana vuelve por la mujer gentil; la mujer moderna vuelve por la mujer antigua; es decir, la mujer vuelve por la mujer. Este progreso es la primera de todas las conquistas.

Trajes. 1. Solón ordenó un traje á las esclavas que puso en el dicterión, rayado, de colores vivos, el mismo que trajeron de Oriente, y el Areópago decretó que usaran un traje florido; mas como cada una interpretó la orden á su antojo, se les prohibió los vestidos de un solo color, los tejidos preciosos, como la escarlata y los adornos de oro, para salir á la calle, si bien estas leyes cambiaban en cada ciudad; y las hetaíras, reinas de la Grecia, se burlaban de estos reglamentos, á que sólo las dicteriadas estaban sometidas Se teñían el pelo con azafrán, tornándole rubio por negro que fuera, para igualarse á las diosas, que los pintores y estatuarios representaban con cabellos de oro, obligando á san Clemente de Alejandría á decir: «que era una vergüenza para una mujer honesta teñir su cabellera de amarillo.» 2. El precio del dicterión debió variar según la tasa que el Senado imponía á los arrendatarios; véase, con todo, lo que dice el poeta Filemón á la puerta de uno de ellos: «Entrad, entrad, ciudadanos, las veréis como las crió la Naturaleza. No hay engaño. No hay sorpresa. Todo lo veréis. ¡Vaya la buena suerte! Cuando queráis, la puerta se os abrirá; no cuesta más que un óbolo, un óbolo nada más.

¡Entrad, entrad; ni dengues, ni repulgos; ninguna os esquivará; la que elijáis, esa os recibirá en sus brazos, cuando queráis y como queráis! Un óbolo nada más» (seis maravedises). 3. Aunque el dueño de estos lugares debía ser extranjero, los ciudadanos de Atenas los tenían y explotaban con un nombre fingido. Vicio contra naturaleza (comercio ilícito y obsceno del hombre con el hombre). Esta repugnante execración fué la plaga social de la Grecia antigua. En efecto, el vicio de la sodomía llegó á ser en Grecia una depravación tan general, que el mismo Sócrates, el sumo sacerdote de su siglo, no se vió libre de aquella nota infame. Una de las magnificas estatuas de Minerva Hygiea (la diosa de la salud), obra del gran artista Pirros, fué un voto de Pericles, á consecuencia de habérsele aparecido en sueños aquella diosa, con el fin de indicarle cierta medicina para salvar á uno de sus esclavos favoritos, que se hallaba en peligro de muerte. El esclavo enfermo no era otra cosa que el confidente íntimo de aquel personaje; y el lector discreto colige sin duda lo que queremos significar. La magnífica estatua de un Pirros era el voto impúdico de un Pericles, idealizado por la aparición de una Minerva. Un miserable esclavo, en el lecho de la agonía, tenía en torno suyo á un famoso escultor, á un orador insigne y á la diosa de Atenas; es decir, á la diosa del mundo griego, resumen y gloria del gentilismo. Hay que confesar que un vicio tan feo no presenta en ningún paraje del orbe un cuadro tan hermoso. Tal es el oficio del genio en la tierra: embellecerlo todo, hasta el impuro aliento de la deshonrada sodomía. Tamaña torpeza llegó á tomar proporciones tan amenazadoras, que Solón tuvo que acudir á la PROSTITUCIÓN de la mujer, como correctivo de la PROSTITUCIÓN del hombre. Y después de este ejemplo, ¿quién no ve en las mujeres degradadas otras tantas víctimas? El hombre hace la ley; el hombre gobierna la sociedad; el hombre educa á la mujer. Pues si el hombre es malo, ¿cómo la mujer ha de ser buena? No deificamos ni á los mártires; nos parece que en los pecados de la humanidad, pecan los hombres y las mujeres; pero el sacrificio de nuestras madres está retratado en la historia; retratado de un modo tal, que destila lágrimas y sangre. ¡Cuánta sangre! ¡Cuántas lágrimas! ESPARTA 1. Se atribuye á Licurgo la incontinencia de las mujeres espartanas, puesto que aquel legislador no remedió el mal, ni creyó oportuno vituperarlo.

(PLATÓN, Leyes, libro 1.) 2. En Esparta, para excitar las aprensiones de la imaginación, iban las doncellas casi en cueros y combatían desnudas en el teatro, sacrificando de este modo la más bella de las virtudes femeniles: el pudor. (CÉSAR CANTÚ, Historia universal.) Pero nos aguarda otro inmenso espectáculo; menos inmenso por la cultura; más inmenso aún por la desolación. Propiamente hablando, no es un gran espectáculo el que nos espera, sino una grande y terrible agonía, á que asisten llorando los manes latinos. ¡Roma! No fueron las mazas del Norte las que derribaron tus obeliscos, sino la corrupción de los tuyos. ¡Roma prostituta! No fueron ellos; fuiste tú. 1. El Egipto, la Fenicia y la Grecia colonizaron la Sicilia y la Italia, trayendo la PROSTITUCIÓN con aquellos dioses que cambiaban de clima, pero no de carácter, ni de vicios, ni de pasiones; y los vasos etruscos é italo-grecos hallados representan las mismas ofrendas que llevaban las vírgenes á los templos de Babilonia, Tiro, Bubata, Néucrates, Corinto y Atenas. La consagrada se sentaba junto á la estatua de la diosa, el extranjero ajustaba el precio de su pudor y ella lo depositaba en el altar, que se enriquecía con este comercio. La PROSTI TUCIÓN hospitalaria reinaba á la vez

en los bosques, y la legal, en las ciudades, y ¡la bestialidad y la sodomía eran los vicios ordinarios de aquellos pueblos indigenas ó exóticos! (Du FOUR.) 2. Las fiestas florales, debidas á la cortesana Flora, se celebraban en el circo, donde las cortesanas se presentaban envueltas en anchos velos, desnudas y ricamente adornadas, mostrando su desnudez en lascivas danzas, y precedidas de trompetas, hasta que llegaba otra turba de hombres, igualmente desnudos, y al són de las trompetas comenzaba una horrorosa escena de PROSTITUCIÓN, que obligó un día á abandonar el circo al severo Catón, envuelto en la toga, porque le indicaron que su presencia impedía celebrar los juegos. 3. Al limpiarse la cloaca construída por Tarquino, se halló una estatua, que se supuso de Venus, á la cual se levantó un templo con el nombre de Venus-cloacina, al que iban de noche las cortesanas para ofrecer á la diosa una parte de su PROSTITUCIÓN, si bien había templos levantados á Venus en los doce cuarteles de Roma, ceñidos de bosques y laureles, en los cuales se prostituían, no pudiendo hacerlo en el interior, á no ser que el sacrificador (el mancebo) fuera el mismo sacerdote. 4. La PROSTITUCIÓN legal se introdujo en Roma por mujeres extranjeras y se toleró durante el imperio, sometida á los reglamentos y al pago del impuesto llamado vectigal; y las cortesanas iban á los templos á buscar fortuna, dejando en el altar de Venus la parte de lucro que creían deberle. 5. El comercio contra natura, que los faunos del Lacio habían inventado, era á los ojos del legislador una forma tolerada de la PROSTITUCIÓN ó de la esclavitud: los hombres ingenuos ó libres no debían someterse á ella; pero los esclavos, los libertos ó los extranjeros podían disponer de sí mismos, alquilándose ó vendiéndose, sin que la ley tuviera que mezclarse en las condiciones de este perverso tráfico. 6. Las cortesanas romanas no tenían la instrucción y el talento que las griegas. Las flautistas y bailarinas fueron tan buscadas en Roma como en Grecia y Asia, trayéndolas de donde tenían escuelas, en que las formaban para el placer, para agradar al hombre, que cada día se mostraba más exigente, y sus nombres no se leían en los registros de los ediles ni en el repertorio de las cortesanas: se ajustaban por horas ó noches, para tocar ó danzar, y en su mayoría eran lesbias, jonias, sirias, egipcias, indias, nubias y de Cádiz, pues una piel negra, amarilla ó atezada convenía, como la más blanca, á las voluptuosas danzas jónicas ó bactriánicas. Como no pagaban el meretricium, ó tarifa de las cortesanas, el edil, cuando las sorprendía, las multaba, luego las mandaba azotar, y por último, las expulsaba, si bien regularmente salían por una puerta y entraban por otra. 7. Muchas romanas y romanos, de condición libre, se dedicaban secretamente al arte de la corrupción, siendo apellidados leno y lena; procultores, los que conducían las víctimas á la infamia; adductores, los que las procuraban, y tractatores, los que negociaban en este vil comercio. 8. En los lupanares, el mueblaje variaba; los había con una estera, una manta y una lámpara; en algunos, cojines y un camastro; en otros, paja tan sólo, como en una cuadra. El personal consistía en esclavos comprados, y el mismo dueño recibía, preparaba los rótulos, servía agua ó refrescos y guardaba las celdas ocupadas. El traje era una peluca blonda, pues sólo las romanas ingénuas ó libres podían usar el pelo largo y la vitta ó ancha cinta con que se levantaban los cabellos, ni tampoco la estola, larga túnica que usaban las matronas, por lo cual las rameras estaban desnudas ó cubiertas con un velo de seda transparente, ya en su celda ya á la puerta; y cuando una se sacrificaba por la primera vez, había grande fiesta en el lupanar. 9. La PROSTITUCIÓN legal, sometida á los ediles, se remonta al año de Roma 260. Los ediles las obligaban á confesar su profesión, solicitar el derecho de ser prostitutas, llamado licentia-stupri, y pagar el vectigal. Conocían su nombre de libertinaje y precio que fijaba, siendo multada la que no se inscribía; si bien no faltaba una lena ó leno que, siendo joven y bella, la pagase, reintegrándose luego con largueza en el lupanar. El edil perseguía á las vagabundas y cuidaba de la hora de abrir y cerrar los lupanares. 10. Las mujeres públicas de Roma, pervertidas por las costumbres de Grecia y Asia, se dividían en varias clases y tenían diferentes nombres, tales como lupa, loba, scortum, cuero, piel, aplicado afrentosamente á la ramera y al hombre deshonesto; méretrix, meretriz, «la que merece su salario, la que gana con su cuerpo,» la cual traficaba de noche; prostibulum, prostituta, aplicado primeramente á la mujer, como vemos en Plauto, y después al hombre, como se ve en Arnobio. La prostituta se diferenciaba de la meretriz, en que traficaba á toda hora, así de noche como de día, por cuyo motivo tenía peor fama. Así dice Plauto, en su comedia Cistellaria: «Entro en casa de una meretriz, porque estar en la calle es propio de una prostituta.» La mujer de partido se llamaba también togata, aludiendo á que llevaba un traje parecido al del hombre. Sobre estas varias clases de mujeres públicas, que podemos llamar vulgares, existia otra, semejante á la hetaira griega, la aristócrata de la PROSTITUCIÓN, denominada en plural las buenas mujeres, á quienes no se desdeñaban de acompañar y festejar en público los jóvenes libertinos de Roma. Estas buenas mujeres, que inspiraban las modas, las letras y las artes, no se hallaban en la hora nona con la cabeza envuelta en el palliolum, mantilla de mujer ó capa corta, ni escondida bajo el capuchón, buscando aventuras ó en dirección de los lupanares. Las hetaíras latinas se presentaban por la tarde en la Vía Sacra. punto de reunión de la licencia y del gran tono (como ahora se dice), ora á caballo, ora en vistosos carruajes, que ellas dirigían, ora recostadas en lujosas literas, en donde se mostraban casi desnudas, con un espejo de plata bruñida en la mano, seguidas de esclavos abisinios. Este fatal ejemplo fné imitado, en justo castigo de los que así enaltecían la PROSTITUCIÓN, por las matronas romanas, quienes, deseosas de arrebatar á sus maridos de los brazos de las concubinas, se presentaban en sus ricas literas en un traje no menos impúdico y escandaloso, sin embargo de ostentar la vitta y la púrpura de su estola, emblemas de las mujeres libres. «Desprecióse la toga de lana y la túnica cerrada, por la túnica abierta sobre el desnudo seno, y por el palio griego, de atrevida y provocativa forma. A este estado llegó la mujer romana: ¿por qué? Porque el hombre, el orgulloso patricio, le daba el ejemplo pintándose el rostro, empolvando su barba y ejercitándose en la ridícula perfección de estos adelantos.» (So FÍA TARTILÁN, La Roma del imperio y la Francia moderna.) 11. Un edil curul, Fabio Gargetio, erigió un templo á Venus con las multas impuestas á las damas romanas, culpables de haber violado la fe conyugal y la honestidad pública. (CÉSAR CANTÚ, Historia universal.) 12. La mujer prostituída, la infeliz que había caído una vez, sea por lo que fuere, no podía jamás borrar su falta, como tampoco la lena, el leno, ni cualquiera que traficase en este comercio, consentido y amparado por la ley, y tachado de infame por un Estado que hacía pesar sobre él una fabulosa contribución y cuyo producto no vacilaba en admitir, á pesar de que era el producto de la infamia. 13. La adúltera era arrojada á la PROSTITUCIÓN, y los verdugos la gozaban por turno á la vista de una desvergonzada chusma, que palmoteaba cuando el sonido de cada campanada anunciaba que alguna débil mujer acababa de ser nuevamente vencida y profanada en la más cobarde de todas las luchas. (RoDrÍqUEz SOLÍS, La Mujer defendida por la historia, la ciencia y la moral.) 14. Otra clase de PROSTITUCIÓN en Roma. Por más que nos repugne y nos amargue el corazón, tenemos que dar cuenta de un detalle, el cual nos agobia con un sentimiento de horror y de angustia. La PROSTITUCIÓN de los niños, en los lupanares de Roma, era más frecuente que la de las mismas mujeres públicas. (MARCIAL, CATULO, PETRONIO.) 15. Otro nombre del impuesto. El impuesto de las prostitutas se denomi

naba también aurum lustrale, oro lustral; es decir, oro purificador. Alejandro Severo conservó la gabela, que halló establecida al subir al trono; pero temiendo que el Erario público se manchase con el dinero de la PRO TITUCIÓN, ordenó que dicho dinero se tuviese aparte y se empleara especialmente en el reparo y limpieza de las cloacas de Roma. 16. Legislación después de Augusto. Así en Roma como en Bizancio, se expidieron leyes severísimas, hasta el extremo de ser bárbaras, bajo el reinado de Constantino, de los dos Teodosios y de Justiniano. Hacemos mención de aquellas leyes, porque sirvieron de modelo á la legislación de los reyes cristianos de la Edad media y aun del Renacimiento, contra la liviandad de las costumbres públicas. Y ¡qué mal probaron! Esto es natural, porque la barbarie no puede probar bien. Y ¡aquella barbarie que tan cruelmente afligía á la pobre mujer. permitió el vicio contra naturaleza, el más inmundo de todos los vicios, á los libertos y á los esclavos! Cuando se pervierte á la sociedad con la profanación, he y que afligirla luego con la crueldad: esto pasó en Roma; esto pasó en Bizancio; esto pasó en todas las naciones neolatinas; esto pasará siempre en todas partes. 17. Resultados históricos de la PRO TITUCIÓN romana. La perversión de los espíritus corría parejas con la perversión de las costumbres; y esto no pudo suceder de otra suerte, porque el espíritu no se separa de la conciencia. En donde se quema lo uno, se quema lo otro. Nerón declara que quiere casarse con una esclava sin honor, Actea, y un Senado vil proclama en el acto que aquella pobre esclava descendía por línea recta de los reyes de Pérgamo. La famosa tribuna rostrata, aquella tribuna adornada con los espolones de las naves tomadas á los anciates, no tiene ya tribunos; pero presenta prostitutas, como dice elocuentemente Castelar, en tanto que un Macrón entrega su mujer á Calígula. Así acabó la ciudad de Rómulo en la disolución fascinadora del imperio de Augusto; así murió, en brazos de matronas cortesanas é infieles, la insigne matrona romana, la madre de familia, noble y severa, de quien se dijo: «hiló lana, tejió lino y crió héroes para la patria y para la historia.» No fueron los bárbaros del Norte, volvemos á decir, los que aniquilaron al pueblo latino; fueron los bárbaros del pueblo latino los que se destruyeron con la terrible maza de su flaqueza. Los germanos no hicieron más que remover la fosa del enorme cadáver. ¡Ah! Cuando un pueblo muere, es que muere el alma de aquel pueblo. Roma murió, cuando murió el alma de Roma. Pero alarguemos un poco la vista por el ancho campo de la historia de la humanidad. ¡Cuánto nos falta que recorrer! Casi sentimos miedo al escribir estas palabras. PERSIA Las prostitutas son tan comunes, que en todas las ciudades tienen barrios, dedicados á ellas, y hasta su gobierno particular. Refiérese que hay en Ispahán hasta doce mil mujeres de partido, en tanto que el rey de Persia (el shah) tiene un cortejo de trescientas esposas y de otras tantas concubinas; esto es, seiscientas mujeres prostituídas al capricho de un bárbaro. Y ¿tendremos ánimo todavía para hablar de la PROSTITUCIÓN de la mujer? ¿Quién es el verdaderamente prostituido en esa jaula de concubinatos? Las mancebas del shah son ordinariamente georgianas y circasianas, que pasan por ser las mujeres más hermosas del mundo. Estas infelices esclavas, vendidas casi maquinalmente por sus padres, dan lugar á un comercio muy lucrativo; tanto más, cuanto que los turcos las compran á precios elevados para los harenes de Constantinopla. Pero nos aguarda el Japón, donde la liviandad de las costumbres tiene una gallardía y una donosura de que acaso no existe ejemplo en ninguna raza. JAPÓN 1. La ley japonesa trata muy mal á las mujeres, las cuales no pueden ser testigos, al propio tiempo que el marido puede repudiarlas libremente, dado el caso de no tener familia, sin que á la mujer asista derecho para reclamación de ninguna especie. Si esa mujer se prostituye luego, acosada por el abandono del que devoró su juventud y su belleza, ¿quién es la verdadera prostituta? Nosotros decimos que todo el mundo, menos la esposa desesperada. No se nos oculta que estas reflexiones fatigan al lector; pero hay que fijarse en estas menudencias para dar á los hechos su valor histórico y moral. 2. Independientemente de los lugares de PROSTITUCIÓN, el japonés puede tener en su domicilio, con sus legítimas esposas, cuantas concubinas desee; aunque la ley exige que la concubina muestre hacia la esposa la más completa sumisión. 3. Las hosterias del Japón, las tiendas en donde se despacha el te, y los figones, hierven de prostitutas, cuyas costumbres son las siguientes: al mediodía se muestran al público, sentándose á las puertas de sus casas, desde donde, con miradas amables, aire risueño, palabras corteses, gestos almibarados y otras artimañas del oficio, invitan á las bandadas de viajeros, que suelen pasar, para que entren en sus hosterías con preferencia á otras. En los lugares donde hay muchas casas de prostitutas, contiguas entre sí, aquellas mujeres mueven tal barullo, hablando y disputando todas juntas, que no hay manera de entenderse en semejante gallinero.

Realmente; aquella borrasca de mujeres furiosas es un gallinero alborotado. Esto ocurre particularmente en la isla llamada de Sinkín. Al escuchar aquella infernal gritería, cualquiera presume que van á armar un zipizape de padre y muy señor mío; mas no existe memoria de que los gritos den malos consejos á las manos de aquellas mujeres, diferenciándose de las prostitutas de otros países, las cuales no se hallan en gracia de Dios, cuando no representan el juguete cómico de tirarse á las greñas, de arrastrarse por los cabellos y de cruzarse las mejillas con media docena de frescas bofetadas, pasatiempo que tienen por cosa entretenida, bien empleada, gustosa y saludable. En cuanto á Nipón, que es otra isla muy famosa, puede asegurarse que no hay hostería en las aldeas de Akasaki y de Goy, que no sean parajes de liviandad, en donde se contienen de seiscientas á selecientas mujeres perdidas. Tal es la razón por que se les llama: «los grandes almacenes de las prostitutas del Japón;» y por chiste picante: «el molino común.» 4. Pero acerquémonos á un puerto, situado en las islas meridionales, único punto franqueado á los europeos, en donde Holanda ha podido conservar relaciones con los japoneses. Nos referimos á Nagasaki ó Naugasaki, de cuyo punto da noticias curiosas el viajero Kœmpfer. La parte de la población, en donde se hallan los burdeles, se llama Kasiematz; es decir: «barrio de prostitutas.» Este barrio, situado en una eminencia, contiene las casas más vistosas de la ciudad, habitadas todas por rameras, de mejor ó de peor estofa. Allí es donde las gentes pobres, cuyas hijas son las bellas del imperio, exceptuando la mujer de Miaco, que todavía les aventaja, pueden colocar á sus hijas para que sigan la carrera de la PROSTITUCIÓN (es una carrera), toda vez que sean bien formadas, salvo que oculten algún quebranto de la naturaleza ó cualquier alifafe por el estilo. Kasiematz es el barrio mejor provisto y el más famoso del Japón, después del de Miaco. El comercio de la corrupción es allí mucho más lucrativo que en parte alguna, ya por el gran número de extranjeros que afluye á dicho punto, puesto que Naugasaki es el único sitio en que se les permite morar, ya también á causa del genial avieso de sus habitantes, los cuales pasan por los más libertinos de todo el imperio japonés. Los padres y madres venden á sus hijas; por lo general, de diez á doce años, variando el precio de la venta según la edad, la educación y la hermosura de la candidata. 5. Cada proxeneta ó sostenedor de casa pública (rufián), llamado turangó, está autorizado para tener todas las que quepan en un edificio, variando el número desde 7 hasta 30. 6. Aquellas mujeres habitan hermosísimos cuartos, al propio tiempo que los rufianes ponen mucho ahinco

en enseñarlas á bailar, cantar, tocar instrumentos de música y escribir cartas. ¡Felices aquellas mnjeres, á quienes siquiera se enseña algún arte para encantar al hombre, en el terrible oficio que están obligadas á ejercer! Es la felicidad de la desgracia; pero es, al menos, cierta felicidad. Es la fortuna del infortunio; pero es, al menos, cierta fortuna. Entre las casas pintorescas del Kasiematz y las inmundas covachas de Londres, hay una enorme diferencia á favor del Asia. 7. Las viejas que reunen mayor experiencia, habilidad é ingenio (es decir, astucia, porque la astucia es el ingenio de la vieja), instruyen á las jóvenes, quienes les sirven cual si fuesen sus amas. Para mantenerlas y vestirlas con más ó menos lujo, se tienen en cuenta los progresos que hacen en lo que aprenden y el grado de solicitud con que son requeridas y festejadas por razón de sus gracias, de sus habilidades y de su belleza. Claro es que estos requisitos y melindres salen del bolsillo de los galanes, quienes tienen que pagar muy caro las complacencias y lisonjas de la prostituta. Alguien dice que tantos perejiles y requilorios pasan ya de castaño oscuro, recordando una historia fantástica, en la cual se habla de una mujer que empleó cien años en componerse y doscientos en condenarse. De aquí se infiere, aunque se trate de un cuento fantástico, que no sienta bien el excesivo adobo en la composición mujeril, pudiendo aplicarse el adagio que dice: «lo poco agrada y lo mucho enfada;» aunque es verdad que una ingeniosa chuchería no está de sobra en ninguna parte, porque el ingenio es una discreción tan encantadora, que hasta parece bien en una chuchería. Por otra parte, habiendo en este mundo tantas fruslerías desgarbadas, por no decir tontas, ¿quién tendrá corazón para desairar una discreta fruslería entre las mimosas futilidades de la mujer? Las prostitutas del Japón, si logran casarse después de haber pasado así su vida, se tienen por honradas en la opinión pública. La falta cometida se imputa á sus padres, ó á sus parientes, quienes las vendieron por cuestión de lucro, antes de que ellas tuviesen edad y razón para elegir un oficio cualquiera. Por otra parte, como están muy bien educadas, no es tarea dificil encontrar un marido. Hecha abstracción de la repugnancia que inspira en todas partes el maleamiento de las costumbres, debemos convenir en que la liviandad de los japoneses tiene un buen sentido que asombra. 8. En el Japón, como en la India, existe cierto número de prostitutas consagradas al servicio especial de los templos; particularmente, en los de Giwón. Esto demuestra que los casos de PROSTITUCIÓN religiosa son más generales de lo que parece á primera vista. 9. Hay en la PROSTITUCIÓN japonesa un detalle sumamente curioso, que no podemos omitir. Cada burdel tiene una mujer gastada en el libertinaje, la cual debe velar toda la noche en un chiribitil, próximo á la puerta de entrada, donde el transeunte, sea quien fuere, puede tener acceso con ella, mediante una pequeña retribución. Pero nos aguarda una PROSTITUCIÓN mucho más extensa, si no tan pulida y donosa. 1. Las jóvenes que se distinguen en punto á belleza, talento ó gracias, son' vendidas por sus mismos padres desde que cumplen los catorce años, para solaz de gentes riquísimas y poderosas. 2. El emperador tiene en su palacio de Pekín un número crecido de reinas, concubinas y eunucos, para su servicio privado. Estos eunucos son unos negros, á quienes se priva de todas las señales viriles por medio de ciertas ligaduras, impregnadas de un licor cáustico. El hombre más fuerte, á quien hacen eunuco, pierde en absoluto el timbre natural de su voz, que parece tornarse en el acento de una niña. No necesitamos decir el torpe oficio á que se destinan aquellos seres degradados, cuya abyección espanta. 3. Todos los grandes tienen harenes, proporcionados á sus posibles, y las mujeres que en ellos guardan son notabilísimas por sus alicientes; sobre todo, por sus piés diminutos. La moda inhumana de agarrotar sus piés para privarlas de poder andar, viene de los celos extremos de sus amos. Es verdad que los turcos y persas guardan á sus mujeres bajo cerrojos; pero siquiera no las estropean como los chinos. Las mujeres mandchúas son las únicas que mandan en sus piés, dejando que tomen el desarrollo natural, circunstancia que no les priva de ser muy sensuales, lo cual demuestra que la sensualidad y los piés no se miden por un rasero en las mujeres. De cualquier modo, pueden llamarse reinas, si no de otra cosa, de la planta baja. 4. En general, los chinos son muy dados al libertinaje; y así se ve que las personas ricas tienen harenes, á imitación del emperador y de los nobles; aunque esto no obsta para que frecuenten los lugares de PROSTITUCIÓN, multiplicadísimos en los arrabales de Pekin. Y no contentos todavía con todo este lujo de liviandad, tienen garitos habitados por sus mancebos, en donde satisfacen sus repugnantes aficiones contra naturaleza. 5. Cuando muere un emperador, todas sus mujeres, sin distinción de clases, quedan relegadas al olvido en una casa particular, que les hace oficios de sepultura, puesto que han de pasar allí el resto de sus días. Por esto sucede que, siempre que un nuevo emperador toma posesión, los grandes del imperio conducen á sus hijas más bellas, con el objeto de que el monarca escoja, en aquella almáciga de vírgenes, las mujeres con que ha de formarse el harén imperial. Otras son presentadas á los principes de la sangre, para que las tomen en calidad de concubinas, las cuales son consideradas allí bajo el mismo punto de vista moral que las mujeres de la Escritura. 6. Pero la ciudad que sostiene un número mayor de prostitutas, aun incluyéndose Pekín, es el puerto de Cantón. Allí se multiplican hasta lo infinito las desdichadas criaturas condenadas perpetuamente á la liviandad, sin deliberación por su parte, puesto que son esclavas. Este comercio de la esclavitud, aplicado á la PROSTITUCIÓN (las hidras y los mónstruos se juntan también en la naturaleza), da margen á un comercio muy lucrativo para los que se llaman infamemente los propietarios de aquellas infelices. Estas componen muchas categorías, la última de las cuales se destina á los arrabales inferiores. Otras pasan la vida á bordo de buques construidos de intento para servir de lupanares, en donde se encuentran habitaciones cómodas, extensas, limpísimas y aderezadas como conviene. Estos buques, que forman una especie de barrio elegante, se hallan reunidos á la entrada de uno de los numerosos canales que proyecta el Tigris, cuyo río atraviesa la inmensa ciudad, poblada acaso por más de dos millones de habitantes. Estas prostitutas son blanquísimas, de formas perfectas y están adornadas con tanto gusto como esplendidez y primorosa industria, la cual, como dijimos antes, no sienta mal del todo al mujeril remilgo, aguijón secreto de osadas malicias. Las de la clase superior, tienen una fisonomía dulce y graciosa, al par que son menos descaradas que las vulgares, pues el beneficio de la educación se manifiesta en todo, hasta en la infamia y en la desdicha de la inmoralidad. 7. En las grandes ciudades del Norte de la China sucede cou mucha frecuencia que las mujeres son entregadas á la PROSTITUCIÓN por sus más próximos parientes, y hasta por sus hermanos y sus maridos. En cuanto á los últimos, suelen transportarlas, durante la noche, al propio domicilio de los clientes, ora acompañándolas en literas, ora llevándolas á horcajadas sobre la nuca. Pero todavía no hemos llegado al gran emporio de la PROSTITUCIÓN. Al hacer el boceto de la India, procuraremos acudir á vocablos inofensivos para enmascarar la natural abominación de ciertos hechos, ya por respetos á la moral del público y de nuestros ilustrados lectores, ya por el decoro de nuestro nombre y de nuestro oficio. Sin embargo, hay ocasiones en que el escándalo no puede ocultarse detrás del velo del pudor, porque el idioma no presta recursos

para dar á la obscenidad una fórmula honesta, á no ser que desfiguremos la verdad histórica, cosa no permitida al escritor de buena ley. Suplicamos, pues, á nuestros benévolos lectores que, al pasar la vista por el siguiente cuadro, repugnante y escandaloso sobre toda ponderación, atribuyan la desnudez de su sentido y de su palabra á la índole del asunto, independiente de la eficacia de nuestra voluntad. Nada más fácil que servirnos de un velo para celar el rostro de una virgen; pero cuando no hay vírgenes, es inútil el velo. Las bayaderas, cortesanas célebres por sus incentivos y lascivas danzas, perpetúan en las pagodas de Brahma el culto impúdico de la voluptuosidad; en tanto que los indios, secuaces de aquel culto, tienen sus harenes como los otomanos, pues la poligamia se practica entre ellos; á lo menos, tratándose de los magnates. Amén de lo dicho, tienen el culto, llamado de Chiva; ó sea del Lin-gam, cuya palabra quiere decir falo, que los devotos de ambos sexos llevan en los cabellos y en los brazos, como si fuese un símbolo moral y religioso. Este Lin-gam, que también llevan suspendido de la garganta, á guisa de amuleto, es una pequeña reliquia, la cual representa lo que no se puede decir en lenguaje vulgar, por cuya razón han inventado los autores cristianos el medio púdico de expresarlo en latín, cuyo ardid seguiremos nosotros. El Lin-gam significa: verenda (las partes vergonzosas) utriusque sexus in actû copulationis. Hay dos líneas blancas que recuerdan: masculi liquorem seminalem, y una línea roja que indica: femine fluxum menstrum. Los lingamistas son muy numerosos en el Malabar y en Coromandel, de tal manera que componen la mitad de la población en una extensión de cien leguas de Norte á Sur. Estos sectarios singularísimos creen que el Lin gam es quien hace iguales á todos los hombres y tienen sacerdotes, llamados gourous, los cuales gozan de preeminencias extraordinarias. «Cuando un gouroz visita un distrito, cada uno de sus adeptos se disputa el honor de alojarle en su propia vivienda. Inmediatamente que ha hecho elección de las mujeres, según su beneplácito, merced y talante, á la antigua usanza, todos los varones salen de la casa en que está instalado el divino gourou, permaneciendo solo, día y noche, con las mujeres de sus patronos, las cuales se apresuran á satisfacer sus caprichos con voluptuosa emulación; sin que sus maridos se sientan inquietados por los celos... pero ¿qué decimos inquietados? Ni tocados siquiera á tres millas á la redonda. ¡Vaya unos maridos! ¡Vaya unas mujeres!. ¡Vaya unos gourous! Estos gourous tienen además mancebas especiales, calificadas de esposas de los dioses, distintas en su condición de las bailarinas de los templos, ó bayaderas; pero semejantes en la depravación de sus costumbres.» Las esposas de los dioses llevan grabadas en el muslo la marca del Lin-gam. Según el relato de los viajeros, parece ser que los dichos gourous no se hacen de pencas y que, después de todo, aun se lamen los labios; y otro viajero exclama: «¡quién fuera gourou!» Nosotros, por no apechugar con el desabrimiento de llevar un nombre tan aviesamente revesado, renunciamos sin duelo (¡bien lo sabe Dios!) á las pulpas y buenos bocados del oficio, porque nuestros lectores convendrán en que es cosa que viene cuesta arriba el oir decir á un cualquiera, hablando de nosotros: «ahí viene un gourou.» Los autores no saben decir cómo y cuándo pasó á la India esa parte de la civilización del Egipto; ó cómo y euandd pasóarl Egppto ea parte de la civilización de la India, pues no admite duda que el culto del Lin-gam y el culto del falo son la misma tradición religiosa; es decir, la divinización del principio macho, de donde se deriva una parte de los celebrados misterios de Menfis. En la misma comarca de la India, en el país llamado de Golconda, una de las más numerosas tribus de que el pueblo se compone, es de las mujeres prostitutas, las cuales se dividen en dos categorías: una, que se entrega solamente á los hombres de tribu superior; otra, que es cebo y pasto de todo el mundo. Las más hermosas jóvenes de aquella tribu están educadas con el objeto de sobresalir en sus malas artes. Las feas s- casan "con hombrs del vulgo, aconsejadas por la esperanza de tener hijas más favorecidas de la naturaleza, logrando de este modo equilibrar las condiciones. Según el viajero Tabernier, que refiere grandes curiosidades de aquellas tribus, las prostitutas de Golconda no deben bajar de veinte mil, y están obligadas á inscribir sus nombres en los registros del jefe de la policía, deroga, para tener derecho á ejercer su oficio. No pagan contribución al príncipe, rajah; pero cada viernes deben ir con su música y su intendente á danzar delante del palacio. Por la tarde, se exponen al público en las puertas de sus viviendas, mientras que por la noche encienden una lámpara, que es le señal de la mancehía. Los rufianes entran y salen para sus tratos, consumiendo con ellas, en largas proporciones, el exquisito licor del país, llamado tari. Pero, ¿en qué cosas estará pensando el rajah, al oir la música de las rameras? ¡También es capricho el empeñarse en que le den música! Pero no hemos terminado todavía. Islas del Gran Océano. En el archipiélago de las Navegantes, las doncellas son libres para disponer de sus hechizos, sin que el uso de sus favores las inhabilite para casarse luego. En todos los parajes del archipiélago de las Marianas y en el de Sandwich, donde abordó la tripulación de la Vrania, fué ofrecida á los extranjeros una de las hijas más hermosas de cada casa. En Nueva Zelandia, los del país venden la hermosura de sus hermanas y de sus hijas, á trueque de instrumentos de hierro que los europeos les llevan. Una vez que la mujer se casa, el matrimonio le exige ser fiel á su marido; pero en tanto que viven solteras, pueden prostituirse cuantas veces se les antoje. Las islas de Badack son famosas por la licencia de sus costumbres, así como la de Hogolén, dependiente del archipiélago de las Carolinas, en donde el adulterio se expía por medio de un simple presente hecho al marido. Además, la mujer puede repudiar á su esposo, cuando ha cesado de agradarle. En la isla de Goulay, otra del mismo grupo, el extranjero recibe en obsequio la mujer del patrón de la casa, cuyo préstamo dura todo el tiempo de la visita, cosa parecida á la de los gourous. En Taití, se ven piraguas llenas de jóvenes, absolutamente desnudas, incitando con su desnudez á los marineros de Europa, al par que los indígenas provocan á los europeos para que las sigan á tierra. En la isla de Pascuas, las mujeres se prostituyen á los marinos con lubricidad sin ejemplo, bien á la sombra de estatuas gigantescas, bien al aire libre. Por fin, en las islas de Nonkahiva y de Mendana, en donde la mujer reune notable belleza y gracejo, la codicia de obtener un regalo salva la valla de todo pudor. Los sexos se abandonan púhlicamente al impulsa de sus apetitos, al mismo tiempo que los espectadores aplauden aquella obscenidad ignominiosa con las mayores muestras de entusiasmo. Ahora se presenta ante nuestra vista un cuadro espantoso. Hacemos estas indicaciones, porque el mundo se ha convertido para nosotros en un vidrio mágico, y tenemos que ir anunciando á nuestros benévolos lectores las varias figuras que en él aparecen. La que se muestra en este instante, tiene una cara horrible. LA MUJER AFRICANA.—OTROS TIPOS La poligamia es general, lo cual significa que son generales el envilecumianto.y la abyeccio. de la mujer. de donde resulta la PROSTITUCIÓN más lastimosa, más permanente, más inevitable y más profunda. Para que nuestros ilustrados lectores cobren una idea de lo que influye la poligamia en la disposición y temperamento de las costumbres, vamos á citar un ejemplo de la PROSTITUCIÓN de Argelia. De las 37 mujeres indígenas, matriculadas en los registros de la policía, tratándose de una sola ciudad, 32 eran esposas repudiadas; es decir, mujeres legítimas, devoradas antes por la poligamia y vendidas después por la miseria á la PROSTITUCIÓN. Por consiguiente, en el número de las prostitutas indígenas, la poligamia representa algo más del 600 por 100; ó sea, más de seis por una,

cuyo dato estadístico aturde realmente. Y aquellas mujeres, desdoradas por la lujuria de sus maridos, de otro tiempo, y vendidas sacrílegamente á la deshonra, parecen vivir como si nada hubiera pasado. ¡Si al menos tuviesen sonrojo de mostrarse! ¡Si al menos escondiesen su afrenta bajo la gasa de su rubor! ¡Si al menos ocultasen sus lágrimas en el sudario de sus suspiros! Pero ¿qué reparo, qué decoro, qué dignidad han de tener aquellas mujeres, cuando la barbarie de la poligamia ha matado en ellas hasta el pesar del embrutecimiento? Cuando la sombra nos rodea por todas partes, no se ven los monstruos, ni aun los abismos. ¿Qué puede exigirse de aquellas desgraciadas, circuídas de perpétuas sombras? Pero pasemos al asunto del presente artículo. Los negros ricos tienen un número proporcionado de mujeres y de concubinas, mientras que los reyes y los caciques forman harenes, como en Turquía, Persia, China y Japón. En cuanto al vulgo, es cosa sabida que el negro dispone del honor de su hija y de su mujer, como si se tratara de una bagatela; y así lo ofrece sin reparo al extranjero que visita aquellos países. Los purrhas de Timani son corporaciones tan temidas como disolutas y escandalosas. En Wawa (Nigricia) los hombres alquilan á las esclavas más hermosas por cierto tanto cada noche. En Calumbolo, el adulterio es una especie de título de honor; de tal modo que, cuantos más amantes tienen las casadas, más queridas y agasajadas se ven de sus maridos. Las jóvenes de Lampo, aun siendo puras, reciben los halagos del hombre sin que la vergüenza virginal colore su semblante, como si hubiesen venido al mundo sin el sentimiento del rubor; es decir, sin la belleza de la mujer, porque no hay belleza si no es tímida y ruborosa. Y cuantas más historias galantes, y cuantas más graciosas afabilidades, y cuantos más olvidos amorosos entren en la vida de una doncella, más segura está de hallar marido. Dícese que en Cassange, al concertar los matrimonios, las mujeres se toman á prueba (¡Dios nos valga!); y dado el caso de no acomodar, se despiden. Añádese que en la grande isla de Madagascar se cumple dicha práctica tan al pie de la letra, en términos tan liberales y en proporciones tan holgadas, que la prueba en cuestión dura nada menos que ocho días. Allí no se puede decir: para muestra basta un botón, pues que aquellas gentes necesitan de ocho botones. En Fonta-Toro, el individuo es más ó menos considerado en relación directa del número de concubinas que puede sostener. En Soulina y Kouranko, las mujeres tienen el derecho de abandonar á los maridos para seguir á los amantes, una vez cumplida cierta formalidad. Entre los jalofs, los julis, las mandingas y otros pueblos de la Senegambia, las mujeres indígenas, culpables de adulterio, se venden como esclavas á los blancos; pero los hombres no tienen el menor reparo en dar sus hijas y sus hermanas á los europeos que lo deseen. Los de Juida consagran sus hijas más bellas al servicio de los fetiches; esto es, de los sacerdotes, quienes ordenan en ciertos casos una PROSTITUCIÓN general para calmar la cólera de sus divinidades. Estos sacrificios religiosos, sin contar las prostitutas ordinarias, se verifican particularmente en el reino de Achanti, cuyo soberano tiene un harén compuesto de 3.333 mujeres, cuyo número, que viene á ser una especie de cábala sagrada, no puede aumentarse ni disminuirse. ¡Vaya unos soberanos! ¡Vaya un reino de Achanti! ¡Vaya unos dioses! Hablando de Africa de un modo general, duelen las entrañas cuando se miran aquellas mujeres del vulgo, expósitas de la Providencia, borradas en el censo de la humanidad, con la frente baja, con los ojos tristes, con el seno abierto, perdida la conciencia de su ser, despojadas de su juventud, de su hermosura y de su pudor cuando todavía no tienen quince años; es decir, despojadas del enigma sagrado que han recibido del Hacedor Supremo. En muchas ciudades de Africa se ve á la mujer rebuscando en los muladares, en donde se sienta sin el menor escrúpulo confundiéndose con la inmundicia del animal. ¡Ay! Esa criatura que se confunde con el excremento de las bestias, no es la mujer: esa criatura, degradada tal vez desde los ocho años bajo aquellos soles que queman su frente, es un desecho de la creación, una llaga del mundo, el remordimiento insondable de nuestros vicios y de nuestras culpas, el anatema sin retorno del género humano. Al contemplar el horroroso sacrificio de aquellas vidas, la conciencia clama: «¡pobre mártir! ¡pobre mártir!» Mujer de Africa, vuelve tu semblante y escucha nuestra voz. Hay en este mundo un espíritu santo; hay en la tierra una caridad que va diciendo por todas partes, aunque tú no lo oyes: «¡oh mujer infeliz! ¡oh esclava de los desiertos africanos, bendita seas en tu martirio, en tu ignominia, en tu miseria y en tu dolor!» Esa caridad, que tú no conoces; ese espíritu santo que tú ignoras, se llama la Virgen María. Las generaciones cristianas de nuestros días exclaman sin cesar: «¡cuántos vicios! ¡cuánta impudicia! ¡cuánta relajación!» Sin embargo, examinemos lo que pasa en la tierra y comprenderemos que, en medio de la perversidad de nuestro siglo, para algún fin moral y religioso alumbró el sol diez y nueve siglos cristianos. Muy malos somos actualmente; pero no debió ser mejor la especie humana cuando el Creador del universo tuvo que enviar un diluvio para raer tanta maldad de la haz de la tierra, aniquilando las maravillas de su misma obra. Hemos dicho que la africana lleva el seno abierto. Y ¿para qué lo ha de tener oculto, cuando la esclava sabe que su existencia no puede inspirar la poesía de ningún misterio, ni aun del misterio del recato, que guarda el seno de las virgenes, de las esposas y de las madres? Hay que decirlo nuevamente: «¡pobre mujer!» La conquista de Africa tiene en su abono un gran derecho: el rescate de aquella esclava que se sienta en el muladar; pero nuestra Europa no tiene entrañas sino para ser ambiciosa, avara y cruel. ¡Qué insulto tan grande! ¡Qué profanación tan inmensa! ¡Qué responsabilidad tan abrumadora ante la justicia del Altísimo! Pero, en fin, nosotros creemos desquitarnos, repitiendo desde la soledad de nuestro dolor: «¡pobre esclava! ¡pobre mujer!» TIEMPOS MEDIOS 1. La reseña de la PROSTITUCIÓN en España ofrecerá á nuestros ilustrados lectores algunos ejemplos sobre las costumbres de la Edad media. En esta sección vamos á dar algunas noticias, que manifiestan las tendencias morales de aquellos tiempos y la condición de la mujer; sobre todo, en lo concerniente á un hecho curioso, rarísimo, increible, que algunos han considerado como una invención de las edades, casi como una calumnia de la historia. Pasemos por alto el Concilio de Flandes, convocado en el siglo vin, en donde se intentó discutir si la mujer tenía ó no tenía alma. Pasemos por alto la carta de Patrik, la cuarta, en que afirma con toda seriedad que la mujer debe ser mirada como simple esclava del hombre, anulando así los augustos misterios de la Redención. Hagamos caso omiso de la turbulencia de las cruzadas, en que más de una religiosa abandonó el silencio del claustro por el bullicio de los campamentos. No nos acordemos, si esto es posible, de aquellas mujeres que llevaban el pelo largo, para que sus maridos hiciesen presa en él, teniendo el derecho de maltratarlas, como más les pluguiese, toda vez que no resultasen mutiladas ó muertas. (El jurisconsulto BEAUMANDOIR y EMILIO GIRARDIN.) Olvidemos por un momento aquella barbarie en que la mujer libre, tenida en concepto de pecadora, era afligida según el antojo de sus parientes, como se acostumbraba en Luca, ó quemada viva, como acontecía en otras partes. Olvidemos también aquellos estatutos de Burdeos (bajo Luis el Pendenciero), los cuales ordenaban: «que si el marido mataba á su mujer en un momento de dolor ó en un arrebato de cólera, quedase á salvo de toda pena, siempre que confesara bajo juramento hallarse arrepentido.» No hagamos mención de aquella niña sierva, la cual, al cumplir 12 años, cuando apenas sus ojos se abrían á la luz, cuando su corazón no palpitaba aún para las esperanzas de la vida, cuando acaso dormía el sueño del olvido en la cuna de su inocencia, podía ser casada según la voluntad del padre, del señor ó del rey; de tal suer

te, que todos disponían de la virginidad de aquella criatura, menos la virgen. Dejemos á un lado estas locuras de aquella época y digamos algo sobre una locura mayor, el famoso derecho de pernada, el cual no es desgraciadamente una calumnia de la historia. 2. Este derecho, que también se llamó primicias, imponía al siervo recién desposado la imprescindible obligación de presentar á la desposada en el castillo, para que su señor le hiciera el obsequio de quedarse con ella y solazarse hasta el día siquiente, en el bien entendido que si la doncella no le agradaba y se la devolvía, negándole de esta manera sus buenos oficios (¡qué bochorno!), el esposo, afrentado por el repudio de su señor, tenía que pagar en el acto la cuantía que el señor fijaba, quedando el pobre hombre ofendido y multado todo en una pieza. Hay quien dice que el siervo debía desafiar á su señor, por haberle negado la gracia de infamarle. Y ¡cuántos pecheros no se divorciarían de sus mujeres, por el solo hecho de no agenciarles la merced y la honra de verse deshenrados por la señoría! 3. Sirvanse advertir nuestros ilustrados lectores que estas extravagancias no son cuentos del vulgo, puesto que los hombres de remensa, de que habla la historia de Cataluña, pagaban seis tributos, uno de los cuales consistía en la firma de espoli forsada, ó sea el dormir con la novia en la primera noche del matrimonio. 4. El derecho de pernada, inherente á las regalías del señorío, se practicaba, tanto por los seglares como por los clérigos, ora regulares, ora seculares. Así vemos que Juan de Borgoña, obispo de Cambray, oficiaba pontificalmente, servido por treinta y seis bastardos suyos. (RUIFFENBERG, Histoire du Toison d'Or.) 5. Este derecho ignominioso, borrón eterno de la barbarie de aquella época, fué abolido por Fernando V el Católico, en virtud de sentencia arbitral, pronunciada en Guadalupe, á 21 de Abril de 1486. Este solo hecho basta y sobra para hacer glorioso aquel gran reinado. ESPAÑA Escribir la historia de la PROSTITUCIÓN en los tiempos modernos, aun limitándola á los pueblos de Europa, es una tarea no conciliable con la índole de este DICCIONARIO. Por consiguiente, nos circunscribiremos á Londres y Paris, que resumen la vida de los demás pueblos europeos, exponiendo antes algunas noticias sobre la historia de la PROSTITUCIÓN en España. 1. Epoca romana. Los romanos, al crear la unidad española, con sus dioses, sus leyes, sus costumbres, sus usos, sus artes y sus vicios, como dice muy bien el insigne padre Mariana, trajeron sin duda la PROSTITUCIÓN á nuestro país. Así vemos que Scipión Emiliano, en el sitio de Numancia, arrojó del campamento á más de dos mil prostitutas, que en él se habían introducido. 2. Epoca goda. «A la mujer pública por primera vez le sean dados trescientos azotes, y por la segunda, otros tantos de cabo, dándola por esclava á algún mezquino (miserable), y destierro perpetuo del pueblo. »Si se probase que lo hacía por voluntad de sus padres para darles ganancia á ellos, reciba cada uno cien azotes; y si fuese esclava, la den trescientos azotes, la desuellen la frente, después la entreguen á su señor que la haga vivir distante del pueblo, ó que la venda para que nunca vuelva á él; y si no quisiere venderla y ella volviese é ahacet, ia ocihe.SB. dueño cincuenta azotes de cabo y la esclava la den á un mezquino.

»Igualmente, si se probase que ella lo hacía para dar ganancia á su señor, reciba éste la misma pena de azotes que la esclava. »El juez que por negligencia ó por soborno no pesquisiere esta causa ó la negare, le haga dar el señor cien azotes y además pague treinta sueldos á quien mandase el rey.» (Fuero Juzgo; sobre los Moires del siglo, siervas ó libres; ley de Recesvinto.) El mezquino, á quien debía darse la esclava, era un pobre, el cual la empleaba en trabajos penosos y serviles, sin permitirla que se presentase en la ciudad. Los azotes de cabo quieren decir que debían ser dados con cuerda. 3. Un decrete de Recaredo el Católico, rey de los visigodos, dado en 586, prohibía en absoluto la PROSTITUCIÓN; pero eso fué todo lo que logró el mandato: prohibirla; es decir, aumentarla. 4. Resumen de la época goda. La esclava ramera se castigaba con la pena de decalvación, la cual consistía en desollar la frente y parte de la cabeza con un hierro hecho ascua. Las rameras más escandalosas tenían la pena de destierro. La simple fornicación voluntaria, entre solteros, ingenuos ó libres, no recibía ningún castigo; mas no daba derecho alguno á la doncella para pedir la conveniente reparación moral al que la había deshonrado. En cuanto á las damas, usaban privilegiadamente un vestido corto y ajustado, que era el amiculum de los latinos, forma de amicire, cubrir. El amiculum venía á ser entre las españolas, lo que la vitta y la estola de púrpura entre las matronas romanas; es decir, menos un emblema de virtud que un símbolo de clase. 5. Epoca árabe. El libro del Sonna castigaba con azotes y destierro á las mujeres que pecasen carnalmente con un hombre. La poligamia estaba declarada útil y moral, puesto que el hombre podía tener simultáneamente cuatro esposas y un número crecido de concubinas. En cuanto á las esposas, podía repudiarlas sin alegar causa para ello. 6. Edad media. Matrimonio á juras, barraganta. Digamos ahora dos palabras sobre los tiempos medios, entendiendo por Edad media los cuatro siguientes períodos, de acuerdo con Michels.

Primero. Desde 395 hasta 752, en que cae Roma.

Segundo. Desde 752 hasta 1095, en que dominan el imperio de Carlomagno y el feudalismo.

Tercero. Desde 1095 hasta 1300, en que tienen lugar las cruzadas.

Cuarto. Desde 1300 hasta 1453, en que se forman varias repúblicas marítimas y se concentra el poder monárquico, marcando el término del castillo feudal, sobre cuyas ruinas parece fundarse la nueva vida del Renacimiento. Las mancebías eran frecuentes, de muy antiguo, en Andalucía, Cataluña y Valencia. (MELLADO, Enciclopedia moderna.) Además del matrimonio solemne, autorizaban ó toleraban los fueros, el matrimonio á juras, que era un casamiento legítimo, pero oculto y clandestino; y la barraganía, ó unión del soltero, clérigo ó lego con soltera (barragana), el cual no era un enlace vago y arbitrario, sino que se fundaba en un contrato de amistad y compañía, cuyas principales condiciones eran la permanencia y la fidelidad. Combatido este vicio, logróse, por fin, desterrarlo, pero en cambio empezó á crecer la PROSTITUCIÓN y á aumentarse las mancebías, hospederías y casas públicas. (J. A. ELÍAS, Atlas, historia de España.) 7. Espíritu de la legislación en punto á la liviandad de las costumbres. Prostitutas. Las Partidas tachan de infamia á las mujeres de mal vivir y no permiten que tales mujeres sean instituidas legatarias en perjuicio de parientes directos, ó colaterales del testador. La madre podía desheredar á su hija para castigarla por su extravío; pero perdía este derecho en el caso de haber sido cómplice de su mala conducta, ó si la misma madre fué liviana, recobrándolo, empero, cuando la contrición de sus pecados la volvía á una vida ejemplar. El padre tenía el mismo derecho que la madre, si bien limitado por la siguiente cláusula: «Otrossí: quando el padre quisiere casar á su fija è la dotasse, segund la riqueza quel oviesse, ó segund que perteneciesse a ella è a aquel con quien la quería casar; si ella contra la voluntad del padre, dixesse que non quería casar ó después de esto fiziese vida de mala mujer en putería, puédela ya el padre desheredar por tal razón. Pero si el padre alongasse el casamiento de su fija, de manera que ella pasasse de edad de veinte è cinco años, si después desto fiziesse ella yerro, ó enemiga de su cuerpo, ó se casasse contra voluntad de su padre, non podría él desheredarla por tal razón, porque semeja (parece) que él fué la culpa del yerro que ella fizo, porque tardó tanto que

non la casó.» (Partida I, título VII.) El mismo código autoriza ó permite el concubinato; aunque lo limita con relación á sujetos nobles, á quienes no tolera el que tomen por barraganas á mujeres de clase inferior ó de antecedentes sospechosos, tales como esclavas, manumisas, juglaresas, mozas de posada, mediadoras; y en general, toda mujer de condición vil y entregada al libertinaje, inclusas las hijas de tales mujeres. Por lo demás, Don Alfonso el Sabio templó el rigor y la crueldad de las leyes godas; y así vemos que las mujeres públicas encarceladas no se mezclaban con los hombres, sino que se las encerraba aparte; y que la cortesana, de cualquier condición que fuese, era dueña de su salario, cuya propiedad le correspondía por razón de su oficio. En este punto, el legislador se separa discretamente de las tradiciones del derecho romano, según el cual, la prostituta no era digna del favor de la ley. Así vemos también que, tratándose de una mujer honesta, prohibe reclamar la suma entregada al que anticipadamente hubiese pagado la fragilidad de aquella mujer, siempre que la misma se negara á cumplir sus ofertas: «dineros ó otras donas (donativos), dando algún home á alguna mujer que fuesse de buena fama con entención que fiziesse maldad de su cuerpo, magüer ella promete de fazer lo que demanda, è recibe los dineros ó las donas sobre esta razón (por aquel motivo); con todo esso si non quisiere fazer lo que prometió, non le puede el otro demandar lo que le había dado, nin ella es tenida de gelo tornar (ni ella está obligada á volvérselo). E esto es porque la torpedad avino también á él (alcanzó también á él) por dar aquellas donas, como á ella en recibirlas. E por ende, pues que la torpedad avino de ambas partes, mayor derecho ha (tiene) en la cosa que es dada sobre tal razón el que es tenedor (poseedor), que el otro que la dió.» (Partida V, titulo XIV.) Esta disposición se extiende á las mujeres de mala nota, sin que el legislador manifieste sobre el particular reserva alguna: «esso mesmo sería si alguno diesse dineros á alguna mala mujer porque yoguiesse (se juntase) con ella. Ca después que gelos oviesse dado, non gelos podría demandar, porque la torpedad vino de su parte tan solamente; por ende, non los deve cobrar. Ca como quier que la mujer faze gran yerro en yacer (acostarse) con los omes, non faze mal en tomar lo quel dan. E por ende, en recibirlo non viene la torpedad de parte della.» Esta doctrina, excesivamente sutil, del código alfonsino, parece estar tomada de la legislación de los romanos, los cuales distinguían cavilosamente el baldón del oficio de la legitimidad del salario, alegando que «la torpeza viene del que compra la culpa, no de quien la vende y recibe su precio: turpitudo versatur solius dantis.» En el mismo sentido decía el famoso jurisconsulto Ulpiano: «si el oficio de cortesana es vergonzoso, no por ello debe tacharse de vergonzosa la percepción de lo que se saca de este oficio.» La moral del cristianismo entiende que, á propósito de la culpa, lo mismo peca el que la compra que el que la vende; y si diferencia entre ellos pudiese haber, sería más culpable el que recibe el precio de la venta. Por fin, el código alfonsino prohibe que los sacerdotes reciban las ofrendas que pudiesen venir de tan impuro origen; pero permite emplear en limosnas el producto de la PROSTITUCIÓN; de donde resulta que las cortesanas arrepentidas pueden desquitarse de sus pecados por la caridad. (Partida I, título IX.) Esta moral, santa y piadosa, parece estar tomada de las palabras del profeta Isaías. Por lo que atañe á la prohibición de aceptar las ofrendas, viene sin duda del Deuteronomio, según hemos visto al hablar de Moisés. «El señor que prostituía á su sierva en casa ó lugar público, perdía sus derechos quedando ella libre y autorizados los jueces para protegerla.» (Partida IV, título XXII, ley 4.a)

8. Alcahuetes. «Alcahuetes son una manera de gente de que viene mucho mal á la tierra. Ca (porque) con sus palabras dañan á los que los creen è los traen al pecado de luxuria. E son cinco maneras de alcahuetes. La primera es de los villanos malos que guardan las putas, que están públicamente en la pudería, tomando su parte de lo que ellas ganan. La segunda es de los que anan (andan) por trujamanes alcahotando las mujeres que están en sus casas para los varones, por algo que dellos reciben. La tercera es cuando los omes tienen en sus casas captivas, ó otras moças asabiendas, para facer maldad con sus cuerpos, tomando dellas lo que assí ganaren. La cuarta es, cuando el ome es tan vil que es alcahuete de su mujer. La quinta es, cuando alguno consiente que alguna mujer casada ó otra de buen logar (de buen linaje), faga fornicio en su casa, por algo que le den, magüer non ande por trujamán entre ellos. E hace muy gran yerro destas cosas ó tales. Ca por la maldad de ellos muchas mujeres que son buenas se tornan malas. E aun las que oviesen començado á errar, fazense con el bollicio dellos peores. E demás yerran los alcahuetes en sí mesmos andando en estas malas fablas é fazen errar las mujeres, aduciéndolas á facer maldad de sus cuerpos è fincan (quedan) después deshonrradas por ende, è aun sin todo esto, levantan de por los fechos dellas peleas, è muchos desacuerdos é otrossí muertes de omes.» (Partida VII, título XII.) 9. Quiénes pueden acusar á los alcahuetes y sus penas. «A los alcahuetes puede accusar cada uno del pueblo ante los juzgadores de los logares do fazen estos yerros, è después que les fuese probada la alcahotería, si fueran villanos como desuso (arriba) diximos, deven los echar fuera de la villa á ellos è a las tales putas. E si alguno alogase (alquilase) sus casas asabiendas á mujeres malas, para fazer en ellas putería, deve perder las casas, è ser de la cámara del Rei, è demás debe pechar diez libras de oro. «Otrossí decimos que las que hay en sus captivas ó otras moças para fazer maldad de sus cuerpos por dineros que toman de la ganancia dellas, que si fueren captivas, deben ser forras (libres). E si fueren otras mujeres libres aquellas que assí criaron, è tomaren precio de la putería, que assí les fizieron fazer, deven las casar è darles dotes tanto de lo suyo aquel que las metió en fazer tal yerro, que puedan vivir, è si non quisieren ó non oviessen de que lo fazer, deven morir por ende.

»Otrossí, cualquier que alcahotasse á una mujer, dezimos que deve morir por ende. Essa mesma pena deve haver el que alcahotasse á otra mujer casada, o virgen, o religiosa, o biuda de buena fama, por algo que le diessen, ó le prometiessen dar. E lo que diximos en este título ha logar en las mujeres que se trabajan en fecho de alcahotería.» (Partida VII, título XII. 10. Modificación de las leyes sobre alcahuetería. Don Alfonso sustituyó después la pena de muerte por la inferida á los rufianes, la cual consistía: por la primera vez, en sufrir la vergüenza pública, seguida de diez años de galeras; y la segunda, en cien azotes y galeras perpetuas, exigiendo para tal castigo, que «el marido consienta por precio, ó que de otra cualquier manera la induzca y la traiga á maldad.» (Libro XII, título XXII, ley 3.a 11. Espiritu de los municipios en la materia de que se trata. Ordenanzas de Huesca. Las antiquísimas Ordenanzas de Huesca hacen mención de un magistrado, el padre de los huérfanos, cuyas principales funciones consistían en velar por las costumbres públicas, en perseguir la liviandad bajo todas sus manifestaciones y en expulsar de las ciudades á las mujeres de mala vida. Consta que el prior y los jurados de las ciudades municipales tenían en su abono los mismos derechos que aquel inspector de las costumbres. Este sistema prohibitivo dió sus resultados naturales; á la licencia pública sucedió la licencia privada, y la PROSTITUCIÓN clandestina tomó proporciones amenazadoras. 12. Ordenanzas de la casa pública de Sevilla. Una orden, dada en Toledo en 17 de Junio de 1502, mandó reunir las Ordenanzas de Sevilla en un solo volumen, cuyo trabajo se terminó en 1519; aunque las Ordenanzas no se imprimieron hasta 1526 y 27. Entre los 37 títulos de que constan, hay uno relativo á las mujeres barraganas y deshonestas, que daremos á conocer. Las Ordenanzas fueron confirmadas y ratificadas en Madrid por Felipe II, en 7 de Marzo de 1571, de acuerdo

con la revisión del Consejo municipal y del capítulo de la ciudad dicha, é impresas en la misma en 13 de Mayo de 1570. Las insertamos á continuación, traduciéndolas del bajo latin en que se publicaron: «El arrendador de la casa pública parecerá ante el corregidor ó cabildo del pueblo y, siendo hombre á propósito para el caso, jurará observar las leyes siguientes: 1.a Que no admitirá ninguna casada, ni hija alguna del pueblo, ni de negro ó negra. 2.a Que las admitidas entrarán sin débito alguno. 3.a Que se proveerán de comestibles de la plaza; pero que en caso de proveerlas el arrendador, no les lleve por esto más de la tasa ó posturas. 4.a Que de ocho en ocho días entrarán el médico y el cirujano á reconocer su limpieza, y que á este reconocimiento se sujetará á la novicia ó nueva inquilina. 5.a Que si estuviesen infectas, ó padeciesen otra enfermedad, ninguna se curará en la casa, sino que será conducida sin dilación al hospital. 6.a Que cada una dará todos los días al arrendador un real de plata por el hospedaje, cama y otros menesteres necesarios. 7.a Que la Semana Santa no ejercerán su oficio; y si alguna delinquiere, será azotada por las plazas públicas, con el arrendador, si éste lo había consentido. 8.a Que no usarán vestidos talares, ni sombrerillos, ni guantes, ni chapines; sino una mantilla para los hombros, corta y encarnada. (Era semejante al polliollum de las prostitutas romanas.) 9.a Que no llevarán hábitos de ninguna orden religiosa, ni almohadas, ni tapete á los templos, ni saldrán con pajes, ni tendrán criada que baje de cuarenta años. 10.a Que escritas estas leyes en una tabla, estarán patentes en la mancebía, para noticia de todos, y últimamente, que para velar su observancia, se nombrarán regidores, cuya comisión durará sólo cuatro meses.» Ahora llegamos á unas Ordenanzas famosísimas, cuya recopilación fué publicada en 1572; aunque debe notarse que lo concerniente á la PROSTITUCIÓN, se remonta al año de 1839 y forma el título 124 de la recopilación mencionada. 13. Documento notabilísimo. Entre todas las leyes, pragmáticas, ordenanzas, decretos, reglamentos y disposiciones expedidos acerca de la PROSTITUCIÓN, no hay un documento tan previsor, tan discreto, tan hábil; sobre todo, tan cristiano y prudente, como las Ordenanzas de los magistrados de Granada, modificadas humanitariamente por el Consejo de Carlos V en el primer tercio del siglo XVI. En ninguna otra parte se halla un sistema tan detallado y tan minucioso, sin ser prolijo; especialmente, sin ser trivial; ni una inteligencia tan oportuna, ni tan buenas noticias del asunto, á lo cual se añade un sentimiento profundísimo de la realidad física y de los estímulos morales. Aquellos hombres vieron la sociedad como ella es y la legislaron con intención sencilla, con espíritu franco, con ánimo ingénuo. Nada está descuidado allí, desde la silla del aposento hasta el rodapié de la cama; desde la vela de dos maravedís hasta la llave de la botica; desde la camisa hasta la cofia, que la prostituta se ha de tocar, ó hasta el cardo que ha de comer. Asombra la justicia valerosa y magnánima con que aquellos dignos magistrados procedieron á sus observaciones, al par que la clemencia del Consejo de Carlos V en modificar el rigor de las penas. La justicia de aquellos magistrados es tan humana, respecto de la mujer perdida, que tiene algo de misericordia y de amor. El documento célebre de que hablamos, es el conocido en la historia con el nombre de: Ordenanza del padre de la mancebía de Granada. Por padre y madre de la mancebía se entiende los amos de casa; esto es, los rufianes que hacen de ella una industria en provecho suyo. El rufián es lo que Quevedo, con mordacidad excesiva, llamaba: el tayta de las hienas brutas. La Ordenanza del padre de la mancebía de Granada es un escrito de tal precio, que no nos es dado prescindir de la obligación de copiarlo íntegro. Título 124. «Don Carlos, por la divina clemencia, emperador semper augusto, rey de Alemania, Doña Juana, su madre, y el mismo Don Carlos, por la gracia de Dios reyes de Castilla, de León, de las dos Sicilias, etcétera.—Por cuanto por parte del Consejo, justicia y veinticuatro caballeros, escuderos, oficiales y hombres buenos de la ciudad de Granada, nos fué hecha relación diciendo: que vista la desorden que se tenía en la mancebía de esta dicha ciudad, por la persona á cuyo cargo era, así en el mal tratamiento que hacía á las mujeres públicas que allí están, y eran á cargo, como por los excesivos precios que se le lleva por los mantenimientos y cosas que les daba, como cosas de comer, posada, camisas y otros artículos; y para remedio de lo cual habíades hecho ciertas Ordenanzas útiles y necesarias, y me suplicastes las mandásemos aprobar y confirmar para que de aquí adelante sean cumplidas y ejecutadas, y sobre ello proveyésemos como la nuestra merced fuese (como fuese de nuestro agrado); lo cual visto por los del nuestro Consejo y las dichas Ordenanzas, su tenor de las cuales es éste que sigue: En la muy noble y nombrada ciudad de Granada, en dos días del mes de Noviembre de mil quinientos y treinta y ocho años, los muy magníficos señores, Granada estando en su cabildo y ayuntamiento, según lo ha de uso y de costumbre de juntar, dijeron que son informados de la desorden que ha tenido el padre, que ahora es, de la I mancebía de esta ciudad, así de las malas viandas que da á comer á las mujeres que están y viven en la dicha mancebía, como en el excesivo precio que les ha llevado y lleva por la comida y posada que les da, y de otras cosas que el dicho padre hace en las mujeres de dicha mancebía, en deservicio de Dios Nuestro Señor, y en daño y perjuicio de dichas mujeres, y platicado sobre ello para lo proveer y remediar, acordaron y mandaron que el padre, que ahora es y de aquí adelante fuere de la dicha mancebía, tenga y guarde las Ordenanzas siguientes: Primeramente, ordenaron y mandaron que, de aquí adelante, el padre que es ó fuere de la mancebía, dé á cada una de las mujeres que allí residieren una botica (un aposento) con su cama, conviene á saber: dos bancos y un zarzo, y un hergón de paja, y un colchón de lana, y dos sábanas, una manta y una almohada, y un paramento de lienzos para delante la cama, y una silla y llave para la botica, y una vela cada noche de á dos maravedis; por todo lo cual debe llevar y lleve veinte maravedís cada un día, y no más, y es obligado de ocho á ocho días de les dar sábanas limpias y almohadas; y no lo haciendo y cumpliendo así, caiga é incurra en pena de dos mil maravedís por cada vez que lo contrario hiciere, aplicados en esta manera: la tercia parte para el que lo denunciare y acusare; la otra tercia parte para el juez que lo sentenciase, y la otra tercia parte para los propios de esta ciudad; esto por la primera vez, y por la segunda, la pena doblada, aplicada en la manera susodicha y más de pena de cien azotes, y que no pueda tener el dicho oficio.

Otrossí; dijeron que, por cuanto tienen relación y son informados que el padre de la mancebía da de comer á las dichas mujeres malas viandas en excesivos precios, en causa de lo cual adolecen (se ponen enfermas) ordenaron y mandaron que ahora y de aquí adelante sea obligado en cada un día de les dar á cada una dos libras de pan y una libreta de carne, la mitad carnero, y la otra mitad vaca ó puerco, y medio cuartillo de vino á cada comida; y según la calidad del tiempo, así de berzas como de nabos ó berengenas, lo que sea necesario, y les dé su fruta al principio del comer, y su ensalada, al cenar, y un rábano, y cuando no lo hubiese, cardo; todo lo cual les dé aderezado y guisado, por precio de veinticinco maravedís cada un día, so pena de dos mil maravedís, aplicados según y como está dicho, y por la segunda, la pena doblada.

Otrossí; ordenaron y mandaron que si las dichas mujeres, cada una de ellas, allende de la comida y cena quisieren traer para comer ave, ó cabrito, ú otra carne, que ellas lo pueden traer y enviar por ello á quien quisieren y bien tuvieren; y si quisieren que el dicho padre se lo traiga, no les puede llevar por se lo traer y guisarlo más de la quinta parte de lo

que costare, con tanto que no exceda la quinta parte de dos mil maravedís arriba, so la dicha pena.

Item; ordenaron y mandaron que los días de pescado les dé y les haya de dar seis maravedís de pescado ó huevos, con su fruta y ensalada, según está dicho, y más una cocina (menestra que se hace de garbanzos y espinacas, que ordinariamente se llama potaje), según la calidad del tiempo (según la estación), so la pena dicha.

Otrossí; ordenaron y mandaron que de aquí adelante el padre, ni la madre, no puedan alquilar ni vender á ninguna de las dichas mujeres ninguna ropa de paño ni de lienzo, so la dicha pena, y más, que si lo vendiese ó alquilase, que lo haya perdido.

Item; ordenaron y mandaron que, por cuanto son informados que las dichas mujeres, por razón de dar á sus rufianes ó á otras personas, se empeñan y obligan á algunas deudas al dicho padre y madre, ora por empréstito, ó por empeño, ó por otra manera, que no se les puede obligar ni obliguen, ni les sean obligadas á pagar más de hasta cantidad de cinco reales, y si se les prestase, ó fuere según dicho es, en más cantidad, incurra en la dicha pena de suso contenida, y haya perdido y pierda lo que así dieren, si no fuere para se curar de alguna enfermedad, y dada información de ello con dos testigos.

Otrossí; ordenaron y mandaron que de aquí adelante el dicho padre y madre no lleve dineros ningunos á las dichas mujeres para el mozo que tiene cuidado de abrir y cerrar las puertas; y si él quisiere tener mozos, que los pague de sus dineros.

Otrossí; ordenaron y mandaron que el dicho padre y madre abran la puerta de la dicha mancebía cuando saliera el sol, y la cierren cuando se cerrase la de Vivarrambla.

Otrossí; ordenaron y mandaron que las dichas mujeres y cada una libremente, y sin por ello dar ni pagar al padre de la dicha mancebía, pueda lavar sus camisas y otra cualquiera ropa blanca y dallo á lavar fuera á quien quisieren, y por bien tuvieren, y si quisieren que el padre ó la madre lo laven ó hagan lavar, que no les lleven ni puedan, más por una camisa colándola, ó enjabonándola, de cuatro maravedís, y un maravedís por un pañizuelo y una cofia, y una gorguera, y unas tonajas, so la dicha pena.

Otrossí; ordenaron y mandaron que de aquí adelante el padre ó madre, que son ó fueren de la casa de la dicha mancebía, no serían osados de recibir ni acojan en la dicha mancebía ninguna mujer de las que á ella vinieren á ganar, sin que primeramente lo haga saber á la justicia y diputados de esta dicha ciudad, para que manden al médico que la ciudad tuviere que la vea si está tocada de bubas, y si las tiene ó haya tenido, con juramento que sobre ello haga el tal médico, para que si se hallare que está tocada de las dichas bubas, ó las tiene, ó haya tenido, no se les consienta estar ni ganar en la dicha mancebía, so pena que si el dicho padre ó madre recibiera la tal mujer y la dejaren ganar, sin lo hacer saber á la dicha justicia y diputados, según dicho es, que pague por la primera vez quinientos maravedís de pena, y por la segunda, la pena doblada, y que esté treinta días en la cárcel, y por la tercera, la dicha pena y que sea desterrada de esta ciudad por tiempo de un año.

Otrossí; ordenaron y mandaron que de cualquier de las mujeres que vinieren á ganar á su dicha mancebía, que el médico viere si está sana, no le pueda llevar ni lleve más de doce maravedís, y el escribano cuatro maravedís, y que de la visitación que la justicia y diputados hicieren á las dichas mujeres, de las que estuvieren estantes en la dicha mancebía, no les lleve el médico más de seis maravedís, y el escribano cuatro maravedís.—Miguel Ruiz. Fué acordado que las debíamos confirmar por el tiempo que fuese nuestra voluntad, con tanto que las penas en cada una dellas contenidas solamente sean quinientos maravedís, y no otra pena de azotes, cárcel, ni destierro, ni otra cosa alguna de lo en ellas contenido, y con tanto que los maravedís que por la última Ordenanza se manda que se lleven á las mujeres por el médico y el escribano que las visitaren cuando vinieren á la mancebía, y de la visitación que la justicia y diputados les hicieren, no se pida ni lleve cosa alguna por razón de los susodichos á las dichas mujeres, y se pague al dicho médico y escribano de los propios de la dicha ciudad lo que justo fuera, y que debíamos dar esta nuestra carta en la dicha razón y Nos tuvímoslo por bien, por lo cual por el tiempo que nuestra merced y voluntad fuere, confirmamos y aprobamos las dichas Ordenanzas, que de suso (arriba) van incorporadas, para que lo en ellas contenido se guarde, cumpla y ejecute, con las moderaciones de penas y aditamento que de suso va declarado, y mandamos á los del nuestro Consejo, presidente y oidores de nuestras audiencias, alcaldes de nuestra casa y corte, chancillerías, y á otros jueces y justicias cualesquier, así de la ciudad de Granada, como de las otras ciudades, villas y lugares de los nuestros reinos y señorías, y á cada uno y cualquier de ellos en sus lugares y jurisdicciones, que guarden y cumplan y ejecuten, y hagan guardar, cumplir y ejecutar esta nuestra carta y lo en ella contenido, y contra el tenor y forma de ello no vayan, ni pasen, ni consientan ir, ni pasar en manera alguna, de lo cual mandamos dar esta nuestra carta, y sellada con nuestro sello. Dada en la villa de Madrid, á dos días del mes de Agosto, año del Señor mil y quinientos y treinta y nueve años.—Doctor Vivara.— Doctor del Corral.—Doctor Escudero.—Licenciado Merdo de Peñalosa. — Licenciado Alderete.— Licenciado Briceño. — Yo Rodrigo de Medina, escribano de cámara de sus cesáreas y católicas majestades, la fice escribir por su mandado, con acuerdo de los del Consejo.—Registrada, Martín de Bergara.—Martín Ortiz pro chanciller.» Pregón. «En la ciudad de Granada, en la plaza de Vivarrambla, á doce días del mes de Agosto de mil y quinientos y treinta y nueve años, por voz de Pedro Márquez, pregonero público, se pregonó esta provisión de sus majestades, de esta otra parte contenida, siendo testigos Alonso de Carrión Fiel, y Juan Rodríguez, y Pedro Mejía, y otra mucha gente que allí estaba, vecinos de Granada y forasteros. Y después de lo susodicho, en el mismo día, y mes, y año; á la puerta de la mancebía, que es extramuros de esta dicha ciudad, por voz de Martín Páramo, pregonero público, se pregonó la dicha provisión de sus majestades, estando presentes Martín Sánchez y su mujer, padre y madre de la dicha mancebía, siendo testigos Llorente de Espejo, y Juan de Yodar, y Morales Alvañir, y otra gente mucha que allí estaba. Pasaron ante mí, Diego Pérez de Avila, escribano de sus majestades, los dichos pregones.» Las Ordenanzas del padre de la mancebía de Granada marcan un señaladísimo progreso sobre todas las leyes de Europa, en materia de PROSTITUCIÓN, por la independencia, casi la personalidad, que garantiza á la mujer pública, por el alimento que designa, por la limpieza y el aseo de su persona, por la exención de la gabela que pagaba al médico y al escribano, del mismo modo que por la supresión de la bárbara pena de azotes, cárcel y destierro. En las Ordenanzas de que hablamos, parece que la prostituta se torna en mujer, cual si participara del beneficio de la Redención. 14. Espíritu de la Iglesia en este punto. La Iglesia negaba en ciertos casos la reconciliación, aun en el le cho de la agonía, á los que habían favorecido ó dado cebo al libertinaje. (Concilio de Elvira, canon XII.) A pesar de las graves penas lanzadas contra los alcahuetes, puede decirse que morían y se multiplicaban. 15. Quiénes pueden tener ó no tener barraganas. «El que no esté ordenado ni casado puede haber barragana sin pena temporal, no siendo ella virgen, menor de doce años..—El adelantado de alguna provincia, puede tener una concubina. Ninguno tenga muchas barraganas, pues las leyes disponen que una sola, y tal que se pueda casar con ella si quisiese.» (Tratado de legislación universal, tomo VIII.) «La manceba del clérigo puede ser presa por la justicia, aun en la misma casa de él, y condenada por la primera vez á pena de un marco de plata, que son ocho onzas, y destierro

de un año del pueblo; por la segunda, otro marco y destierro de dos años; por la tercera, otro marco, cien azotes y un año de destierro.» 16. Hubo una época en que las leyes toleraban á los eclesiásticos las barraganas ó concubinas. (ESCRICHE, Diccionario razonado de legislación y jurisprudencia.» 17. Pertodo histórico de la Edad media. «Domina generalmente en la sociedad una PROSTITUCIÓN desenfrenada, una codicia sórdida, una crueldad espantosa, una venganza inexorable. La PROSTITUCIÓN, no sólo es tolerada, sino organizada oficialmente: tiene en cada reino sus estatutos; en cada villa, su sucursal; en cada ciudad, su templo. Parte integrante de los ejércitos, les sigue en todas las campañas, les acompaña hasta la conquista de la Tierra Santa. Trae consigo los más asquerosos vicios; el incesto, la bestialidad, la sodomía; llega, como no había llegado nunca, á su más completo desarrollo. No satisfecha con esa libertad que le conceden las leyes, trata de organizarse en algunos puntos clandestinamente, y lleva entonces su impiedad hasta el punto de adoptar las mismas formas y la misma constitución interior de un monasterio. Explota la soledad y el aislamiento del claustro en favor de los adúlteros; entrega á una, que llama abadesa, la dirección de tan infames establecimientos; tiende mil lazos á la mujer y la corrompe; la corrompe hasta el extremo de que en algunas ciudades se le haya de prohibir que salga sola fuera de las murallas.» (PI Y MARGALL, Estudios sobre la Edad media.) En demostración de la verdad de esta pintura, tan erudita y hábil como exacta, cita el autor el siguiente decisivo texto: «Otrossí, por cuanto fué denunciado é dicho que en esta cibdad de Sevilla avía casas que se llamaban monesterios de malas mujeres que usaban mal de sus cuerpos en pecado de luxuria; é que tenían una mayoral á manera de abadesa; é aquella como encubiertamente é como manera de orden de luxuria alquilava á las mujeres malas que allí estavan para usar de esta maldad; é aun que algunas veces acaescía (por quanto estas tales malas mujeres que asy estavan ayuntadas por manera de colegio, facían sus luxurias é maldades más encubiertamente que las mundanas públicas) que algunas mujeres casadas et viudas onestas é virgenes que entraban en las tales casas; et que acaescía que facian ende algunos errores, lo cual es grand desservicio de Dios é cosa de mal enxienplo; et por la castidad en mi tiempo non podrie sofryr tal cosa: Ordeno é mando que de aquí adelante no se fagan tales ayuntamientos de mujeres; mas que las que no quisieran ser buenas é castas é quieran vender sus cuerpos que se pongan é estén en la mancebía pública é do están las otras mundanas públicas.» (Ordenanzas dadas por Don Juan II, año de I4II, artículo 31, archivo municipal de Sevilla; tabla 2, legajo 12, número 13.) 18. Orden de Enrique IV, dada en la ciudad de Ocaña, 1465. «Por ende mandamos que las mujeres públicas que se dan por dinero, no tengan rufianes pública ni secretamente, bajo pena de cien azotes por cada vez que fuese hallado y toda la ropa que tuviese vestida.» 19. La PROSTITUCIÓN convertida en privilegio. En cuanto á Andalucía, vemos que las rameras de Sevilla pagaban alquileres y tributos. (Decreto real de Salamanca, á de Noviembre de 1486.) La PROSTITUCIÓN, no sólo estaba autorizada, sino que el establecimiento y permanencia de las mancebías dieron origen á varios privilegios singularísimos, como el otorgado por los Reyes Católicos á Don Alfonso Yáñez Fajardo, jefe de la mesa de palacio, en virtud de cuyo privilegio era propietario exclusivo de las mancebías, ó casas públicas, de Málaga, Ronda, Marbella, Alhama, Granada, Baza, Guadix y Almuñécar. Al abrigo de la concesión obtenida por el tal Don Alfonso, fundóse la gran casa de Málaga, la cual contenía cien mujeres, habiéndose instalado en la calle de Doce Revueltas. En el solar de dicha casa fué donde, á fines del siglo pasado, se edificó un hospital. GARCÍA DE LEÑA, Conversaciones históricas de Málaga, 1792.) 20. Epoca posterior á la Reconquista, ó sea desde el siglo XV en adelante. En los reinos de Asturias, León y Castilla, las prostitutas eran abandonadas al escarnio público, de tal suerte que todo el mundo estaba autorizado para maltratarlas. Una ley del emperador Carlos V y de su madre Doña Juana, dada en Toledo, á 9 de Marzo de 1534, compuesta de 21 artículos, establece en el 13.°. «las mujeres públicas no traigan oro ni perlas, so pena de perder la ropa.» Sólo las mujeres públicas y de mal vivir podían usar los quarda-infantes, verdugados ó escotadas, que eran unas vestiduras que se usaban interiormente para poner huecas las basquiñas, haciendo oficios de miriñaque. Sólo ellas también podían llevar ciertos picos pardos en su traje, de donde viene la expresión familiar: irse de picos pardos, para dar á entender que alguno pierde el tiempo en distracciones deshonestas. 21. Fray Hernando de Talavera, siglo XVI. Este ilustre personaje, primer arzobispo de Granada, procuró, aun en tiempo de tantas guerras, quitar del todo la casa pública, recogiendo á veinte mujeres perdidas en una casa honrada. (In formación teológica y jurídica á Don Francisco de Contreras, Presidente de Castilla, acerca de la conveniencia de suprimir la casa pública de Granada, escrita por don Jerónimo Velázquez.) 22. Leyes de Felipe II. Las casas públicas ó lupanares existían en todos los lugares de España de alguna consideración, según Pellicer, en sus notas al Quijote (parte 2.a, capítulo XLVIII), por cuya razón Felipe II decretó algunas leyes hechas en Madrid por los años de 1571 y 1575, tomadas en su mayoría de las Ordenanzas del padre de la mancebía de Granada, las cuales sirvieron de modelo á las de la casa pública de Sevilla y otras varias. «El padre de la casa pública, antes de ser admitido al tal oficio, sea aprobado por el regimiento (ayuntamiento ó concejo), y jure guardar los siguientes artículos: No alquilar vestidos á las rameras, so pena de perderlo la primera vez, y ser azotado y desterrado la segunda; no admitir ninguna que esté adeudada, ni menos él prestarle dinero; si alguna quiere convertirse y dejar esa vida aunque esté adeudada, no la podrá impedir que se vaya; si quieren, compren la comida de la plaza y si la toman al padre, désela por el precio que estuviere tasado; haya médico ó cirujano que cada ocho días las visite y dé noticia de las inficionadas á los visitadores, á fin de que sean llevadas al hospital, no pudiendo curarlas el padre en la casa ningún mal; señale el regimiento dos regidores que visiten la casa y avisen al corregidor de cuanto ocurra, cambiándose el uno cada cuatro meses; no ejerzan su torpe vicio en Semana Santa so pena de azotes ellas y el padre, por consentirlo ó disimularlo; no usen mantos largos, guantes, sombreros ni chapines; sino para diferenciarse de las mujeres honestas traigan mantillos amarillos; no estén en la casa pública mujeres casadas ó que tengan padres en la mesma ciudad, ni mulatas; pónganse estos capítulos escritos en una tabla en la casa y en parte donde puedan ser vistos de todos.» Esta ley fué reproducida en 1575 por Felipe II, quien, ampliando las que anteriormente había dado con respecto al uso de trajes, ordenó en este mismo año lo siguiente: «Las mujeres públicas no traigan escapularios ni hábitos de religión, pena de perderlos y el manto, y la primera ropa que debajo del hábito trajese, se venda en almoneda y no se le deje por precio alguno, ni en otra manera, y sea pare la Cámara, obras pías y denunciador. No tengan por criadas mujeres de menos de cuarenta años, porque no las imiten, pena á ambas de un año de destierro, y el ama dará 2.000 maravedís que se aplicarán de la misma manera. No tengan escuderos, ni se acompañen con ellos, bajo la pena á ellas y ellos impuesta. No lleven á lugares sagrados almohada, cojín, alfombra, ni tapete, y sea del alguacil que lo tomare.» (Tratado de la legislación universal, tomo III.) «Ninguna puede andar en coche.» (Idem, tomo VII.) Parece ser que Felipe II ordenó, bajo penas graves, que las casas públicas estuviesen cerradas los domingos, vigilias, fiestas y cuatro témpo

ras. (JERÓNIMO VELÁZQUEZ, Información teológica y jurídica.) 23. Gabela de los rufianes. Acerca de la contribución que las casas públicas debían pagar á los concejos, no hay antecedentes conocidos; aun cuando el padre Mariana hace algunas indicaciones: «En España, por lo menos, alguna forma hay de tributo, pues en las ciudades y lugares el padre de las malas mujeres arrienda aquella infame casa por tres tanto ó cuatro tanto més de lo que vale y se alquilaría para vivienda común; la cual ganancia se aplica á los gastos públicos de la ciudad, ó también algunas veces lo lleva un particular, al cual por mercedes del rey se dió privilegio de edificar y tener la tal casa.» Estas noticias del historiador están de acuerdo con lo que sucedía en Italia, siglo xIV: «En el archivo de Massa Marítima, existe un contrato celebrado en 3 de Enero de 1384, por el cual el común vende una casa de PROSTITUCIÓN á Ana Tedesca, mujer pública, mediante el canon de ocho francos anuales, con la obligación de tenerla bien provista de rameras. En otro contrato, fecha 1.° de Noviembre 1370, y que se halla en el archivo diplomático de Florencia, el concejo de Montepulciano alquila por un año á Franceschina de Martino, natural de Milán, una casa de PROSTITUCIÓN en precio de cuarenta libras de Cortona, sin contar la contribución que se pagaba ordinariamente por las mujeres de mala vida.» (CANTÚ. Historia universal, tomo IV.) 24. Precio ó salario de la prostituta; maravilloso burdel de Valencia. Acerca de este punto curioso, encontramos algunos detalles en la descripción del maravilloso burdel de Valencia, hecha por el señor de Montigny, Antonio de Lalaing, quien visitó á España en 1511, figurando en el séquito de Felipe el Hermoso, rey de Castilla: «Después de cenar, los dos gentileshombres, en compañía de otros de la ciudad, fueron á ver el lugar de las mujeres de partido, que es grande como un pueblo y está cercado de paredes y cerrado por una sola puerta. Ante esta puerta se halla levantada una horca, para aquellos que cometieren alguna fechoría en el interior. A la entrada, un conserje recoge los bastones á los visitantes y se les dice que «si tienen á bien confiarle el dinero que lleven, se lo devolverá íntegro á la salida; mas si por acaso no acceden á ello y por la noche se lo roban, robado se queda.» Y en dicho lugar hay tres ó cuatro calles llenas de casitas, cada una de las cuales sirve de albergue á varias muchachas, ricamente vestidas de terciopelo y seda. Dichas mozas serán en conjunto unas trescientas, las cuales tienen sus aposentos aderezados con bastante primor. La tasa que allí rige es de cuatro dineros de su moneda (aunque en Castilla sólo se pagan cuatro maravedises), no pudiendo exigir mayor cantidad por una noche. Hay también varias tabernas y posadas. Por efecto del calor, no se puede ver este lugar tan bien de día, como de noche, al oscurecer, pues entonces las muchachas están sentadas en el umbral de sus puertas, con una hermosa lámpara colgante en el dintel, á fin de ser vistas. Dos médicos, diputados y pagados por la ciudad, visitan una vez cada semana á las mozuelas, para, en caso de encontrar á alguna atacada de enfermedad secreta, separarla inmediatamente de las demás. Si la que se encontrara enferma fuera hija de la ciudad, los señores de ésta tienen dispuesto sitio para curarla á sus expensas: mas si es forastera, se la envía donde la enferma prefiriese ir. He escrito lo que antecede, porque nunca había oido hablar de que hubiese tal policía en lugar tan vil. La policía era, en efecto, excelente y la organización de este singular establecimiento dejaba poco que desear. Todo él estaba ordenado de tal suerte, que los desórdenes se apaciguaban del modo más fácil. La autoridad local desplegaba la mayor pericia y diligencia en la buena disposición de aquel burdel modelo. Entre otros reglamentos relativos á la administración de aquella colonia de prostitutas, los jurados de Valencia publicaron, en 20 de Julio de 1552, un bando destinado á remediar los grandes abusos de autoridad que cometían los amos de casa (hostalers). Se les prohibió expresamente anticipar dinero á las mujeres públicas, á quienes de esta suerte empeñaban más y más en el vicio, pudiendo obligarlas á que volviesen al lugar público (lloch públich), no solamente cuando habían renunciado á la PROSTITUCIÓN, sino en Semana Santa ó en tiempo de jubileo. Hay que confesar que en ningún país sucedían las cosas con tanto orden. Bueno fuera saber si el uso de poner así el libertinaje en arriendo, era general en toda España. Careciendo de documentos que nos ilustren sobre este particular, pensamos que esta organización sólo se extendía á la región de España, reconquistada hacía poco tiempo á los moros, así como á ciertas ciudades del litoral y á las más considerables de Castilla y de Cataluña.

Notemos, de paso, la fuerza de la antigua costumbre, que persistía aún en aquella época, de percibir diezmos hasta del mismo libertinaje. La Iglesia no ponía en olvido sus regalías tradicionales y el clero no perdía nada con la fundación de tan singulares conventos.» Puede afirmarse que la prosperidad y riqueza de aque Ilos burdeles fueron la causa de su ruina, porque el lujo tomó tal fomento que la corrupción no tuvo fuerzas para sostener tal demasía. Ocurrió entonces con aquellas casas lo que ocurre hoy con ciertos teatros: los actores y actrices visten con tanta pompa, que llegará un día, si por ese camino se va, en que el teatro no será posible. Aquel lujo excesivo y escandaloso sirvió de fundamento á las leyes suntuarias de Felipe II (18 de Febrero de 1575), y Felipe III (3 de Enero de 1611). 25. Exposiciones y reseña hasta nuestros días. En el siglo XVII fueron en gran número las exposiciones dirigidas á los reyes pidiendo la supresión de las casas públicas, mereciendo especial mención la de Jerónimo Velázquez, en nombre de la Congregación del Espíritu Santo de Granada, y la de la A cademia de los Anhelantes de la imperial ciudad de Zaragoza, de las cuales vamos á transcribir algunos párrafos. Dice la primera, dirigida al presidente de Castilla, don Francisco de Contreras: «Conviene para la mayor gloria de Dios y bien de las almas, que V. Ilusma. mande quitar de todo el reino, especialmente de esta ciudad de Granada, las casas públicas de las malas mujeres, entendiéndose también las damas cortesanas, y las tusonas» (mujeres despreciables). En la segunda, que lleva por título: Discurso sobre si conviene ó no que se restituya la casa pública de Zaragoza, se lee: «Se teme que si se quita la casa pública, no estarán seguras casadas ni doncellas. Por mucho cuidado que se ponga en limpiar y purgar la ciudad de rameras, siempre quedará bastante número donde acudir los hombres más reciamente combatidos de esta pasión furiosa; y caso que se destierren las rameras, es claro que esos mismos se reducirán á tomar estado, ó si son casados, no buscarán fuera de sus propias casas el deleite del cuerpO» Tantas quejas debieron al fin encontrar eco; y la PROSTITUCIÓN, que, como se ha podido ver por los datos que hemos expuesto, llegó á ser tolerada primero, y autorizada más tarde, fué prohibida por la pragmática de Felipe IV, de 1623, que copiamos: «En ningún pueblo de España haya mancebia ni casa pública, donde las mujeres ganen con sus cuerpos: y á las justicias que las permitan, se condenase á privación de oficio y 50 maravedises para la Cámara, juez y denunciador.» (Novísima Recopilación, libro XII, título XXII, ley 7. Que semejante pragmática no tuvo eficaz cumplimiento, y que antes bien la PROSTITUCIÓN aumentaba de cada día, lo prueba el que el mismo rey Felipe IV, en el año 1661, teniendo en cuenta los escándalos y perjuicios que las prostitutas causaban á la honestidad pública, ordenó registraran sus casas; y cuantas se hallaran solteras y sin oficio, lo mismo en su palacio, plazuelas y calles públicas, fuesen conducidas á la galera por el tiempo que pareciera conveniente; y por si esto fuera poco, en la nota de dicha ley se repite lo mismo contra las mujeres mundanas que asisten á los paseos públicos causando nota y escándalo; lo cual parece indicar que ha de preceder escándalo para obrar contra ellas. En 1704, por auto acordado del 24 de Mayo, ordenó también el Consejo que los alcaldes recogiesen y pusie

sen en la Galera á las mujeres mundanas que asisten á los paseos públicos, causando nota y escándalo. En 1795, el célebre Cabarrús dirigió á Godoy la correspondencia que había tenido con Jovellanos en 1792, y en ella se encuentra una carta sobre sanidad pública, en la cual propone, entre otras cosas más razonables, el restablecimiento de las mancebías, relegándolas á un barrio con centinelas, guardias y patrullas; médicos bien dotados é incorruptibles, cuarentena á los inficionados de uno y otro sexo; admisión de las quejas de ellas y protección á las prostitutas en toda reclamación; un regidor especial encargado de estas casas; y la que después de curada dos veces, cayese otra tercera, enviarla á un hospital de las colonias. Cabarrús termina su proyecto con estas frases: «O conozco muy poco el pundonor inextinguible de nuestro carácter nacional, ó antes de un siglo este mal, que ya disminuye por los progresos de la limpieza y el arte, se extinguirá completamente.» En tiempo de Fernando VII, los autores del proyecto de ley orgánica de sanidad pública, pidieron á la Dirección general de Sanidad que ofreciera un premio al autor del mejor discurso para impedir el contagio tan general y funesto de la sífilis. Poco después, en 1822, apareció el proyecto de sanidad en las Cortes, intentando restablecer las mancebías; sólo el vocal y médico, Sr. García, puso un voto de protesta y excepción. (MELLADO, Enciclopedia moderna.) El Código penal de 1822, en su artículo 535 y siguientes, parece tendía á la tolerancia de las casas públicas de PROSTITUCIÓN, bajo la vigilancia y reglamentos de la policía. En nuestros días la PROSTITUCIÓN está, no sólo tolerada, sino reglamentada, con un servicio especial en los gobiernos civiles, que lleva por título: Sección de higiene, y las mujeres que se hallan dedicadas á este tráfico, tanto las amas como las huéspedas, sujetas al pago de una contribución; pudiendo añadir que la organización interior de estas casas es una copia de la ley de Felipe II, de 1571. (Ro DRÍGUEZ Sonís, La Mujer de fendida por la historia, la ciencia y la moral.) 26. Tiempos modernos.—Número de prostitutas. En un libro publicado hace pocos años por don Fernando de Vahillo, con el título de La PROSTITUCIÓN y las casas de juego, dedicado al ministro de la Gobernación, señor Ruíz Zorrilla, se afirma, con referencia á los datos suministrados por las oficinas del cuerpo de Higiene pública, que el número de prostitutas registradas ascendía al número de diez y siete mil. Y como no creemos exagerado el aumentar en otro tanto el número de las mujeres, que viven en Madrid de las multiplicadas artes del galanteo, resultan treinta y cuatro mil mujeres más ó menos prostituídas. (Ro DRÍGUEZ SOLÍS, La Mujer defendida por la historia, la ciencia y la moral.) 27. Mortandad de niños impúberes. La población de Madrid era en 1866, de 294.079 habitantes. Fallecieron 12.489. Esta cifra representa casi el á por 100, ó sea el 1 por 24. Los niños impúberes figuran en aquella cifra por el número de 6.817. Este nuevo guarismo representa algo más del cincuenta por ciento de la mortandad total, cuyo dato merece llamar la atención. Según la Gaceta, suelen morir cerca de las tres cuartas partes de niños impúberes, ó sea el setenta y cinco por ciento, una gran parte de cuya mortandad viene sin duda de la PROSTITUCIÓN. EL VIEJO LONDRES (Comprende esta reseña hasta 1855) Vamos á presentar el cuadro, verdaderamente desconsolador, de la proS TITUCIÓN de Londres hasta mediados del presente siglo, al cual seguirá el período de la reforma, iniciada en 1864. 1. Número de prostitutas. El doctor Ryan y M. Talbot, de acuerdo con los informes de la policía de la Cité, calculan en ochenta mil las prostitutas en la totalidad de la metrópoli, pudiendo añadirse otras tantas, las cuales, sin mostrarse como mujeres de partido, fomentan en otras esferas la liviandad de las costumbres. 2. Número de lunanares. Según Chadwich, en su informe oficial, que es un trabajo muy imperfecto, se calculan en 3.335. Según Talbot, no bajan de unos 5.000, puesto que en virtud de investigaciones personales, practicadas en 1835, consiguió descubrir, solamente en Lambeth, 1.176 lugares de aquella índole. Confirman el cálculo de Talbot las averiguaciones del doctor Ryan, quien asegura que en el barrio llamado Fleet ditch, casi todas las casas son nauseabundos lupanares. 3. Sobre la población de cada casa ó establecimiento. El reverendo R. Ainslie halló 22 casas en el vecindario de Lincoln’s Inn, las cuales contenían 150 mujeres, sin contar las niñas. En otro distinto, 22 casas estaban habitadas por 422 prostitutas. En el establecimiento de una célebre ama, María Aubry, cuyas habitaciones respiraban fastuosidad, había constantemente de 12 á 14 pupilas, que se relevaban continuamente con la más exquisita diligencia. Un individuo de la calle de Wentworth sostenía 8 casas, en donde se hallaron 200 albergados, entre ladrones y mujeres de mala vida. La casa de un tal John Jacobs mantenía siempre 14 muchachas de partido. Un agente de policía describe una casa de Ventworth street, en donde encontraron centenares de ladrones, hombres y mujeres, y á ó jóvenes de la vida airada. Independientemente de las casas organizadas en particular, existen magníficos salones, en que se reunen hasta 200 prostitutas lujosamente aderazadas, focos de corrupción en donde acude la juventud rica y elegante. En el West End de Londres hay gran número de tabernas, provistas de salones análogos, los cuales son, para sus dueños, manantiales de riqueza. En otros barrios de la metrópoli; particularmente, á lo largo de la orilla del Támesis, abundan los salones de otra especie, los denominados long-rooms (piezas largas), donde pueden caber 500 personas. Las prostitutas, puestas en filas, esperan allí á los marineros, que van á festejarlas. A más de esto, hay de 500 á 600 tabernas, donde se vende el gin palaces (aguardiente de jengibre), á las cuales concurren las prostitutas de la ínfima plebe, para embriagar á los incautos y despojarlos luego en sus garitos.

4. Edad. Imposible fuera determinar el número de jóvenes que se hacen prostitutas á la edad de 15, de 12 y hasta de 10 años. Sábese únicamente que su cifra es incalculable. Hay millares de esas desgraciadas que no tienen más de once á catorce años.

(TALBOT.) Según confesión de los autores, los dos tercios de las prostitutas en Londres no tienen 20 años cumplidos. Este cuadro de la PROSTITUCIÓN inglesa es verdaderamente desolador. 5. Promiscuidad de sexos, piscina de las costumbres. Lo que favorece, sobre todo, el desarrollo de la PROSTITUCIÓN en Londres, es el hábito, generalmente seguido en la clase pobre, de la mescolanza de sexos y edades en un mismo cuarto y en una misma cama. Muchas infelices mujeres, interrogadas sobre las causas que las habían llevado á su misera condición de prostitutas, no han vacilado en señalar tan peligrosa promiscuidad como causa única de su primera desmoralización. Y no sólo son hermanos y hermanas los que viven revueltos con sus padres y que, desde niños, crecen juntos en el olvido de toda castidad: primos, primas, aprendices y hasta inquilinos, ocupan una misma habitación, hacinándose por la noche en lechos insuficientes, sin contar que hay muchos ejemplos de matrimonios, ni siquiera allegados, que viven en asilo común. Esta promiscuidad perniciosa bajo todos conceptos, triste fruto de la pobreza en las clases bajas, es todavía más notable en el campo que en la ciudad, salvas algunas raras excepciones, entre las que se cuentan las comarcas más favorecidas de los distritos manufactureros del Lancashire, del Cheshire y del Warwickshire. (The great sin.) 6. Casos increíbles de la promiscuidad. 1° En un cuarto de Peter Street había una huéspeda que habitaba la parte central, cerca de la cocina: tres, de los cuatro ángulos de la estancia, estaban ocupados por tres familias con cuatro y cinco personas para un lecho; en el cuarto ángulo estaba una inquilina, una pobre inválida, la cual,

no pudiendo pagar toda la cama, tenía subarrendada la mitad. 2.° Un contramaestre dormía en el mismo cuarto y en el mismo lecho con su mujer y dos hijas mayores; una, de 20 años, y otra, de 22. En un cuarto contiguo, se amontonaban cada noche todos sus demás hijos, varones y hembras, alguno de los cuales no tenía menos de 16 años. 3.° Una madre, de 50 años de edad, y su hijo, de 21 cumplidos, no tenían más que una cama, al mismo tiempo que un inquilino ocupaba otra cama en la misma pieza. 4.° Una madre y su hija, en edad peligrosa, ocupaban un lecho en una cueva que les servía de dormitorio: á poca distancia de aquella cama, se acostaban tres marineros. 5.° En una misma estancia había tres lechos ocupados: uno, por un hombre con su mujer y un hijo; otro, por dos muchachas jóvenes; y el tercero, por dos adolescentes. 6.° En otra casa, un mismo lecho admitía al marido, á su mujer y á una hermana de la última. (General Sanitary report, 1842.) 7.° Un viudo dormía en el mismo aposento que su hijo y su hija, ya adultos. La hija tenía un hijo, que ella atribuía á su padre; el padre, á su hijo; y los vecinos, al hijo y al padre. (Report of Board of Health on cellar Dwvellings and common Lodginghouses in Lancashire.) Cuando la organización de la familia y de la sociedad hace imposible todo pudor, la mujer impúdica es de todo punto inocente. Ni la religión, ni la filosofía, ni el derecho, ni la moral, pueden dirigirle ningún cargo, porque la víctima tiene bastante con la terrible prueba del sacrificio. 7. Negligencia de los padres respecto de sus hijos; crímenes de conciencia y de familia. Millares de muchachas se pervierten á causa de una negligencia tan criminal, resultado forzoso del embrutecimiento y de la miseria. «Una joven de 14 años, dice el ilustre doctor Ryan, vino á implorar la protección de la asociación fundada para combatir la PROSTITUCIÓN de las jóvenes menores de edad. A los 12 años, yendo un día á la escuela dominical, la llevaron mañosamente á una casa de PROSTITUCIÓN, en donde fué tal la sugestión ejercida sobre su ánimo que, sin embargo de no abandonar el hogar paterno, había continuado durante dos años frecuentando aquel lugar de infamia. Multitud de niños, absolutamente abandonados, vagan por las calles de Londres, sin saber en dónde han de dormir, cuyas criaturas acaban las mas de las veces por ser presa de gente malvada. Otros niños, infinitamente más desamparados todavía, son objeto por parte de sus mismos padres de una solicitud más criminal y más odiosa que el abandono, puesto que el abandono mata; pero no mata con abyección y con vileza. En fin, descorramos el velo á estos arcanos tenebrosos; aunque tengamos que asistir á ellos con el alma vestida de luto. «Entre Spital-fields y Bethnal Green, en un camino, convertido hoy en una calle por el crecimiento de la población, se celebra un mercado de niños los lunes y los martes, de seis á siete de la mañana. Es un espacio abierto, en que los niños de siete ó más años, varones y hembras, van allí con el fin de arrendarse, por semanas ó meses, á todo el que quiera utilizarse de sus servicios. Los padres y las madres llevan á sus hijos al mercado público; los pregonan ó anuncian como vil mercancía; los exponen á vista de los transeuntes y permiten que gente extraña manosee sus cuerpos, como si se tratara de la venta de un animal. Por último, lo entregan, para ser explotado en una edad tan tierna, al primero que llegue, toda vez que sea el mejor postor, sin exigirle la más mínima garantía de buen trato, ni de buen ejemplo.» (LEON FAUCHER.) 8. Salario de la mujer; declaración de una viuda. Los trabajos de costura son tan poco retribuídos en Londres, que las jóvenes dedicadas á ellos, consiguen apenas ganar semanalmente de 14 á 19 reales, trabajando de 16 á 18 horas diarias. El trabajo de una bordadora no pasa casi nunca de 2 reales. Las costureras ganan 10 cuartos por coser una camisa; y 7 ú 8, por un pantalón. Para ello, han de levantarse entre cuatro y cinco de la mañana, en todas estaciones, bien para dedicarse á sus tareas, bien para ir á solicitar pedidos á los mercaderes. Trabajan sin descanso hasta media noche, en estancias mezquinas, donde se reunen hasta cinco ó seis para mayor economía de fuego y luz. De este modo envejecen antes de tiempo, cuando la tisis no viene á devorarlas. Pero ¿qué mayor tisis que aquella postración, aquella agonía y aquella miseria? (Extracto de Faucher.) «Mientras que mi marido vivió, decía en su declaración una prostituta de Londres, permanecí fiel; pero me faltó mi marido, y tan miserables nos llegamos á ver mi pobre hijo y yo, que no me quedó otro recurso que pedir á la PROSTITUCIÓN un harapo y un pedazo de pan; ese pedazo de pan y ese harapo, á que somos deudores de no haber muerto de frío y de hambre. Si hubiese podido subsistir con el producto de mi trabajo, no hubiera buscado en la calle los medios de vivir. Centenares de mujeres, casadas y no casadas, hacen lo que yo por igual motivo.» (Extracto del The great sin.) 9. Tráfico con la inocencia y el in fortunio; precio de una virgen. Tanta miseria y tanta abyección han dado origen á un tráfico incalificable, el cual se ejerce en grande escala, contribuyendo á su fomento y desarrollo la metrópoli y sus alrededores, el Reino Unido, el mundo entero. Allí hay una Bolsa para la mercancía viva. El precio de una virgen varía de 600 á 1.200 pesetas, en número redondo. «La opinión pública está lejos de sospechar hasta qué punto son frecuentadas las casas de PROSTITUCIÓN de Londres por sujetos pertenecientes á todas las clases y profesiones sociales, de uno y otro sexo » (The great sin.) En el número que lleva por epígrafe: reclutamiento de la PROSTITUCIÓN, verán nuestros benévolos lectores toda la transcendencia y toda la impiedad de aquel infame tráfico. 10. Matrimonios en Londres. Este estado de la moralidad pública es una de las causas de la diminución de casamientos, sin embargo del aumento de población; á lo menos, en el período de 1796 á 1845, cuyos datos estadísticos oficiales tenemos á la vista. Los matrimonios verificados, en la proporción de cien mil mujeres, son los que vamos á notar con expresión de épocas, dentro del período indicado; es decir, desde 1796 hasta 1845. 1.° Desde 1796 hasta 1805 hubo anualmente, 1.716 matrimonios. 2.° Desde 1806 hasta 1815, 1.637. 3.° Desde 1816 hasta 1825, 1.607. 4.° Desde 1826 hasta 1835, 1.588. 5.° Desde 1836 á 1845, 1.533. 11. Tráfico de los caseros; feudalismo de los rufianes. Muchos propietarios, entre los que se citan personajes muy influyentes, cuyas propiedades no reditúan más de setecientos á ochocientos francos anuales, alquilan sus casas hasta por cincuenta francos semanalmente, para convertirlas en burdeles del pueblo bajo, triplicando de este modo la renta. Tratándose ahora de un establecimiento de primer orden, el casero recibe una suma de 2.500 á 7.500 francos á guisa de propina; es decir, por razón de obsequio y agasajo. Puede decirse que es el feudalismo de la obscenidad; más claro, el obsequio personal de la rufianería. Pero llegamos á una materia sumamente importante, acerca de la cual llamamos toda la atención y todo el buen deseo de nuestros ilustrados lectores. 12. Instrucción de las prostitutas. En el número total de prostitutas arrestadas durante el transcurso de diez y ocho años, desde 1837 á 1854, había, por cada 10.000: 1.° Que no sabían leer ni escribir.... 3.498 2.°Que sabían únicameute leer, ó leer y escribir con imperfección.......................... 6.129 3.° Que leian y escribian correctamente............ 351 4.°Dotadas de instrucción superior. 22 TOTAL...... 10.000 Suplicamos de nuevo á nuestros ilustrados lectores que mediten unos instantes sobre ese cuadro interesantísimo que ofrece la estadística. En el número de diez mil mujeres, sólo veintidós habían recibido una educación esmerada. 13. Reclutamiento de la PROSTITUCIÓN; resortes ocultos; secretos nefandos. He aquí un extracto de lo que dicen sobre este punto Trébuchet y Poirat Duval: un sinnúmero de mujeres per

didas de Londres nacen prostitutas, lo cual sucede en todas partes, aunque no en la misma proporción. En tal caso se hallan las mujeres de padres ladrones y de madres encenagadas en el vicio, cuyas mujeres, habiendo respirado siempre una atmósfera impura, no tienen la menor idea de una vida laboriosa y honrada, buena y feliz. De estas desdichadas no se puede decir que cayeron, puesto que caen al nacer, habiendo hallado er la cuna del padre y de la madre el primer término de su perdición. Los focos de infamia son numerosísimos en Londres, y se encuentran especialmente en ciertos barrios, como Sant- Giles, las partes bajas de Vestminster, Wite-Capel y el inmenso arsenal de la Cité. La existencia de tales gentes se reduce á orgías sin cuento, durante el tiempo no consagrado al robo y á la obscenidad. Fuera de estos focos, el reclutamiento de la PROSTITUCIÓN se efectúa también por el influjo paternal; porque así como hay padres que alquilan á sus hijos, hay otros que los venden para lucrarse de su deshonra. «En uno de nuestros hospitales, dice W. Logan, encontré cinco niñas que padecían males secretos, cuya edad era la siguiente: la mayor tenía 13 años; la segunda, 12; la tercera, 11; la cuarta, 9 y la quinta, 8. Tres de ellas habían sido profanadas en casa de su madre, y no por niños.» El proceso del ama Leah Davis es verdaderamente escandaloso. La benéfica asociación instituída contra la PROSTITUCIÓN de las menores de edad acusó á Leah Davis de proveer su lupanar con niñas inocentes. De tal proceso resultó que aquella mujer era madre de trece hijas, habiéndolas prostituído á todas, puesto que las más eran mujeres de vida airada, mientras que las otras regentaban casas del oficio en diferentes barrios de Londres. Una desdichada, de edad de 15 años, ocurrida la muerte de su padre, fué vendida por su madrastra á una de las rufianas de la ciudad. El trato inhumano, de que era víctima, originó en breve una enfermedad peligrosa, por cuya razón tuvo que ir al hospital. La muchacha confió sus cuitas y afanes á la hermana que la asistía, gracias á cuya caridad y solicitud se le abrieron las puertas de un asilo de arrepentidas. Hay otras clases de prostitutas, que no cuestan mucho trabajo á los proveedores de la PROSTITUCIÓN, tales como las obreras, que suplen con aquel vergonzoso auxilio la insuficiencia de sus salarios; las mujeres casadas, las viudas y aun las solteras, que sostienen á sus familias con el producto de su deshonor. Estos cuatro grupos de mujeres públicas forman una parte considerable de la PROSTITUCIÓN de Londres; pero dista infinito de componer su totalidad asombrosa. Para satisfacer los pedidos del libertinaje, mónstruo que no se sacía, se ha organizado en Londres un vasto sistema de artimañas, de trapacerías y de lazos de toda especie; un comercio cuantioso de importación nacional y extranjera, que ha llegado á representar muchos millones; por último, una industria inmensa, la cual se ha establecido y desarrollado casi sin trabas, á ciencia y presencia de todo el mundo, con una actividad y un cinismo, de que no hay ejemplo en ninguna nación cristiana. El reclutamiento de las mujeres públicas, para las casas de primer orden, está confiado á numerosos y hábiles agentes, largamente remunerados, cuya mayoría frecuenta los círculos más aristocráticos de aquella sociedad. Algunos tienen la misión de viajar por el continente, con un plan de conducta eficacísimo. Al reclamo de un salario muy ventajoso, contratan para costureras, modistas, bordadoras y oficios análogos, á jóvenes incautas, robándolas de este modo á sus padres. Para asegurar el engaño, ganar el consentimiento de la familia y hacer imposible toda sospecha, depositan anticipadamente en manos de los padres el salario del primer trimestre. Las primicias de aquellas infelices muchachas se pagan en Londres á mu y alto precio.— Otros agentes, en particular del sexo femenino, establecen su cuartel general en los despachos de los coches públicos, tanto en Londres como en otras localidades de importancia. Allí acechan á las mujeres, que acuden á la capital para colocarse de ayas, de criadas ú obreras. Bajo pretexto de guiarlas por el laberinto de la metrópoli y de buscarles albergue económico, las acompañan, las obsequian, las alucinan á fuerza de atenciones; y una vez dueñas de la confianza de las víctimas, las conducen á los burdeles. «Un sinnúmero de muchachas que vienen, sobre todo, de los centros manufactureros, abandona sus casas, bien porque no tienen ocupación, bien porque se las trata mal, ó porque se ven atraídas por los proveedores de un comercio in fame. Aquellas infelices están perdidas para siempre, si no tienen la suerte de ser reclamadas inmediatamente por sus familias.

(THWAITES, administrador de socorros de la Cité.) A menudo sucede que una señorita, sin experiencia ni protección, cae en los lazos de los rufianes; y una vez cogida en las redes de su artificio, no hay poder humano que la salve, puesto que allí sucumbe de grado ó por fuerza. Si los medios de persuasión no bastan; si no bastan tampoco las caricias y los halagos; si la violencia y el terror son insuficientes, las drogas narcotizan el cerebro y la desdichada pertenece desde aquel instante al lupanar. Así acontece que el crimen se alía con el fraude en el reclutamiento de la PROSTITUCIÓN. Hay en este punto un detalle verdaderamente espantoso. Cuando una niña hermosa cae en la trampa, la llevan inmediatamente á un lupanar rico, en donde la violan por una suma considerable; hecho lo cual, sus verdugos la venden á un establecimiento de rango inferior, de donde resulta que va perdiendo en precio y en categoría lo que pierde en pudor é inocencia. Por consiguiente, á medida que su salud se altera, ó que su hermosura se marchita, desciende de escala en escala, hallándose á veces, en el transcurso de algunos días, entre las tinieblas de una mazmorra inmunda. Para procurarse el abasto que han menester, no hay trapacería á que no recurran los amos de casa. Con mucha frecuencia, se sirven de jóvenes de diez y seis á diez y ocho años, las cuales, paseando por la capital, traban conversación con otras muchachas que encuentran, las invitan á dar un paseo, las acompañan al teatro y concluyen por ofrecerles colocación. Una joven de diez y seis, que iba sola cada semana á una escuela dominical, se vió atraida y entregada de esta suerte á la disolución. A la hora en que acababa habitualmente la clase, la dejaron regresar á su casa. Algunos dulces y objetos infantiles de escaso valor, que le regalaron, la empeñaron á volver al mismo lupanar, siendo un manantial de lucro para los infames que sacrificaron su virtud. Una joven de quince años, dice el generoso y humano Talbot, habiendo leído en una vidriera: «que hacían falta obreras para chalecos,» entró y ofreció su trabajo, en cambio del cual le concedieron comida y casa. Pasados quince días, la patrona la sacó á la calle, la llevó á un lupanar, que ella dirigía; y allí, por condescendencia ó timidez, por ignorancia ó por candor, queriendo ó no queriendo, la hizo sentar plaza de prostituta. Y ¡cuántas de esas niñas, al verse perdidas para siempre, una vez pasado el terrible insomnio de la fascinación ó de la violencia; cuántas y cuántas de esas criaturas, volvemos á decir, no acaban por horrorizarse de sí propias, bajando al sepulcro con la nota de suicidas! Y el mundo dice con desprecio; tal vez con sarcasmo: «jes una suicida!» No; es una desgraciada, suicidada por la ley del mundo, que así martiriza á la mujer.

No; no es una suicida; es una víctima de nuestra crueldad, y de nuestros vicios. ¿Quién culpará á esa pobre niña, engañada y vendida de semejante modo? ¡Ay! ¡Quién sabe!... Pero dejemos este punto para otro lugar. 14. Condición de la prostituta vulgar de Londres. Antes del establecimiento de la policía actual, que tuvo lugar en 1828, las prostitutas no conocían freno; de tal modo que, llegada la noche, las calles de Londres eran punto menos que intransitables. Ahora se muestran en las ventanas, durante el día, tomando posturas indecentes, que son causa continua de escándalo. Por la noche, cantan, danzan y juegan casi en cueros, invadiendo las calles más oscuras y retiradas. «Las fatigas nocturnas, dentro y fuera de casa, las obligan á saturarse de aguardiente de jengibre; pero el gin no puede devolverles la vida y las fuerzas; y así acontece que, durante el

invierno, después de toda una noche de marchas continuas por las calles, con un viento glacial y nieve, algunas de aquéllas desdichadas, apenas vestidas, caen desplomadas ante los umbrales de las puertas, demasiado débiles para volverse á levantar, y demasiado miserables para abrigar en su interior semejante deseo.» (The great sin.) «En general, desde que una joven se pone el vestido, más ó menos lujoso, de la PROSTITUCIÓN, su vida se devora en una actividad sin ejemplo. Precisada á errar por las calles de día y de noche; vigilada de cerca, ya por el amo, ya por mujeres de su propio oficio, ya por niñas de ocho á diez años, destinadas á sucederles en su empleo, ni puede huir, ni permanecer inactiva. Es necesario de todo punto que lleve cada noche á la casa de PROSTITUCIÓN cierto número de visitantes; y si sus esfuerzos son inútiles, ó intenta evadirse, se ve sometida inexorablemente al trato más duro. Los medianeros, á quienes ningún freno detiene, no abrigan otra idea que la explotación hasta el último límite, de las mujeres que han de ser el origen de su fortuna. Ni la salud, ni la existencia de aquellas desgraciadas, les interesan en lo más mínimo, viendo en las prostitutas una mercancía, que nunca escasea y que es menester renovar á menudo. Así, pues, las muchachas que se traen á Londres á precio de oro, permanecen muy poco tiempo en las casas más ricas, en donde, una vez deslustradas, si así puede decirse, se consideran como desechos (stale), que es la palabra indigna de la rufianesca. Desde aquel instante, todo cuidado desaparece, cesa toda atención entre aquellas máscaras de hierro; y la mujer, que ayer fué un ídolo, es hoy arrojada á la calle, tal vez infestada de males vergonzosos.» Según Talbot, en el espacio de algunas horas, las jóvenes se ven obligadas á recibir á seis y siete hombres. Según el mismo autor, una soltera de 15 años tuvo que entregarse á doce hombres, durante una noche, ganando de este modo doce quineas (sobre trescientos francos), para el amo del establecimiento. Nosotros no nos atreveríamos á relatar tales atrocidades, aunque las viésemos; pero nos referimos á un venerable escritor inglés. La asociación fundada en Londres para el amparo de las solteras y de las menores de edad, obtuvo la condena de un sujeto, llamado David Romaine, de edad de 27 años, el cual, con su mujer é hijos, vivía á expensas de la PROSTITUCIÓN de tres criaturas (la que más, tenía 15 años), á quienes se encontró en su casa, reducidas á la situación más deplorable de abandono, abyección y miseria. En los domingos, por la noche, el proxeneta enviaba á una de ellas para que recorriese las calles, con el fin de atraer mancebos. Cuando éstos se hallaban reunidos en bastante número para que sus cuotas formaran la suma conveniente, les entregaban las dos restantes víctimas. Estas maniobras tenían lugar á ciencia y presencia de los agentes de policia, quienes pudieron contar algunas veces hasta doce jóvenes, reunidos allí expresamente para devorar en común á tres criaturas de trece á quince años. El Examiner del 14 de Octubre de 1843, que Faucher cita, contenía el siguiente relato: «los guardas del parque y los agentes de policía han conducido al despacho de Marlborough street á varias muchachas, que encontraron dormidas bajo los árboles de Hyde-Park y en los jardines de Kensington. Todas aquellas desdichadas, sin excepción alguna, aparecían en la mayor miseria, y talmente infectadas de ciertos males, que el magistrado, por humanidad, las envió á la cárcel, en donde encontrarían refugio y serían tratadas por los facultativos.» Según la declaración de los guardas, parece ser que, desde algunos meses atrás, una cincuentena de personas de ambos sexos no tenía más abrigo, durante la noche, que el que le ofrecían los árboles del parque y las troneras de las tapias. La mayor parte de aque Ilos individuos se componía de niñas de catorce á diez y siete años, traídas de provincias por soldados, que las sedujeron para abandonarlas después. Estas infortunadas criaturas se ven arrojadas de la humanidad desde los primeros albores de su vida, como si el sol no amaneciera para sus ojos, y viven por la noche amalgamadas en medio de los parques, donde material mente se pudren en el fango, en la miseria, en la enfermedad; y lo que es peor todavía, en el letargo del idiotismo, sueño espantoso de que no se despierta nunca. ¿Qué pensamiento abrigarán aquellas criaturas acerca de la Providencia divina? Pero ¿qué idea han de abrigar acerca del ente divino, aquellas pobres criaturas para quienes parece que no hay Dios? Según la creencia vulgar, casi todas las mujeres perdidas de Londres mueren de dolencias inmundas, en la crápula ó por el suicidio. Según otros, las más afortunadas se casan con obreros, empleados ó comerciantes al por menor, en tanto que las de la ínfima plebe suelen acabar por ser rufianas, por ir al destierro, por avecindarse en las cárceles, ó vivir con ladrones. Una niña, testigo presencial, declara: «las muchachas salen de aquellas madrigueras, á fin de procurarse algún recurso para los mancebos que con ellas viven. Si no pueden hallar dinero con el ejercicio de su industria, es menester que roben algo, so pena de llevar una soba. He visto á más de una apaleada por su cortejo, con los dientes rotos, echada en tierra, ciega por la sangre que manaba de sus heridas. En cuanto á los robos, el patrón los compra para revenderlos á los inquilinos. Por lo que atañe á la policía, nunca se la ha visto aparecer allí.» 15. Vida media de la mujer pública. Clarke, antiguo tesorero de la Cité de Londres, calcula que la vida media de las mujeres públicas de dicha ciudad es de cuatro años; según otros autores, de siete. 16. Mortalidad de las prostitutas. Se supone, aunque no hay datos estadísticos, que la mortalidad anual de las prostitutas vulgares de Londres no baja de ocho mil, ó sea un 10 por 100. 17. Males secretos.—I. Marina; interesantes datos estadísticos. En un período de siete años, tratándose de un efectivo de 21.493 hombres, se han registrado 2.880 casos de afecciones venéreas de toda índole, ó sea I por cada 7 individuos, lo cual supone un catorce por ciento.

II. Ejército; datos estadísticos, preciosos documentos del doctor Acton. El ejército inglés de guarnición en el Reino Unido, durante el período de siete años y tres meses, en un efectivo general de 44.611 hombres, ha dado: Ulceras....... 2.144 Blenorragia....................... 2.49 Sifilis primitiva. 1.415 Consecutiva.................. Caquexia sifilitica, fimosis, parafimosis y otros casos............

TOTAL...... 7.636 Resulta del cuadro, según observa el doctor Acton, que el número de individuos atacados representa el 181 por mil, lo cual equivale á I por 5, ó sea al veinte por ciento.

III. Marina mercante. Datos estadísticos de M. Busk, cirujano del buquelbggnito bel Deuadoayal, enfreennnch? Durante el período desde 1837 á 1841, ó sea cinco años, fueron admitidos en el servicio de cirugía los enfermos, que vamos á notar, con expresión de sifilíticos y no sifilíticos.

Admisiones..... 13.081 Casos quirúrgicos no venéreos....... 3.997 Venéreos............................. 3.703 Este número representa más del treinta por ciento de todos los casos quirúrgicos.

IV. Cálculo del sabio Holland. Este doctor calcula (The British and foreing medico-chir. Reviem, 1854) que el número de cincuenta mil mujeres de partido supone una población sifilítica de 1.652.000 individuos (un millón, seiscientos cincuenta y dos mil).

Para ello iece prasanta de fraccapcina del acceso carnal y las gradaciones respectivas en los medios de transmitirse la dolencia entre hombre y mujer. Supongamos ahora que todo el resto de la Gran Bretaña tiene menos PROSTITUCIÓN que la sola ciudad de Londres, cuya hipótesis es absurda. Calculando en 150 000 el número de prostitutas en todo el Reino-Unido, su población sifilítica no debe bajar de cinco millones, poco más ó menos (4.956.000), lo cual implica la proporción de un individuo sifilítico por cada seis no infectos, dando por sentado que la población de Inglaterra sea de 28 á 30.000.000. Si los cálculos del sabio Holland están ajustados á la verdad del hecho, la población

infecta representa el diezy seis por ciento de la población general. He aquí un resultado elocuentísimo de la desidia que consigo lleva el individualismo inglés, el cual no es otra cosa que el escepticismo de la conciencia y de las costumbres, practicado en política. 18. Robos á personas. Datos estadisticos, documentos de Guerry. Por cada diez mil individuos de los dos sexos, arrestados en Londres como ladrones, hay: Hombres y mujeres............ 5.926 Prostitutas....................... 4.074 TOTAL...... 10.000 En un gran número de raterías, cometidas por hombres y mujeres, entran las prostitutas como cómplices y acaparadoras, de donde se infiere que la mayoría de los robos de Londres, hechos á personas, corre á cargo de la PROSTITUCIÓN, ora directa, ora indirectamente. Pero no es el crimen, en sí mismo considerado, el que más deja ver la fealdad del mónstruo; sino la edad de los criminales. Esta edad patentiza que la PROSTITUCIÓN degrada la niñez y la juventud de una gran parte de la población; y esa juventud y esa niñez, así degradadas, aparecen luego en los homicidas, en los ladrones, en los rateros, en los encubridores, en los falsarios y en los vagabundos; también en los imbéciles, en los locos, en los suicidas. Veamos los datos de Faucher. En el distrito de la policía metropolitana (Metropolitan police), el cual no comprende la Cité, los delincuentes menores de veinte años aparecen en una proporción alarmante: NIÑOS Y JÓVENES ACUSADOS Menores de 10 años........ 1042 De 10 hasta 15.............. 2.163 de ó e en.................. 9.602 NIÑAS Y MUCHACHAS Menores de lo años........ De hasta 5.....9 es 5.218 DELITOS QUE MOTIVARON LA ACUSACIÓN Por rateros, encubridores y falsarios. 3.321 Por estado habitual de robo ó de desorden............... Vagabundos y rameras...551 Golpes, heridas, homicidio. 483 Robos calificados. 93 Pero pasemos á diseñar un cuadro horrible. 19. La PROSTITUCIÓN en relación con la seguridad pública.—Estadísticas del Tribunal del Crimen, de Londres; el tilburí; un perro dogo; acueducto; cadáveres. Según las estadísticas de dicho tribunal, cerca de los dos tercios de malhechores están en connivencia con los dueños de casas (burdeles), cuyos establecimientos son su morada favorita. Desde allí se esparcen por todos los barrios para ejercer su industria; allí se reunen también, ya para repartirse el botin, ya para concertar nuevos planes. En ellos encuentran una completa organización, lo cual les facilita poder sacar el mejor partido del producto de sus fechorías y un abrigo seguro contra las pesquisas de la autoridad. Nadie ignora que los agentes de la corrupción amaestran simultáneamente en el libertinaje y en el robo á las muchachas, de que se apoderan para sacrificarlas en provecho suyo. De aquí resulta que todas las mujeres de partido, pertenecientes á la clase vulgar, ó son ladronas, ó están de acuerdo con ladrones de oficio. Los ladrones hállanse á centenares en las cocinas de las casas amuebladas, ó bien en los salones de las tabernas, jugando á los dados y á las cartas. Las prostitutas están en el secreto de sus golpes de mano y de astucia, compartiendo á veces sus peligros; y habitualmente, sus ganancias. No hay casa de PROSTITUCIÓN de la ínfima plebe, que es la clase más numerosa, tanto en Londres como en Liverpool, Mánchester, Glascow y demás puntos importantes, que no sea al par una madriguera de malhechores, la cual tiene su método y su táctica para el mejor logro, cuyo método es el siguiente. Una mujer; generalmente, de aspecto repugnante, de una filiación ambigua, rufiana, ramera, medio bruja de los tiempos antiguos, esperpento de hoy, marimanta de siempre, se pone al acecho de algún incauto. Cuando imagina tenerlo en la red (jamás se engaña), lo lleva á una taberna, en donde lo emborracha de gin. El pobre paciente, casi perdida la razón, se deja arrastrar al través de un sinnúmero de tortuosas callejuelas, hasta que se ve en el fondo de un patio oscuro, desde donde pasa por ensalmo á una covacha de rateros, de la cual no sale sino desnudo y apaleado; hasta el punto de que algunas veces lo dejan por muerto, arrojándolo en seguida al arroyo. Esto no lo decimos nosotros, sino Trébuchet y Poirat Duval, de acuerdo con León Faucher, el doctor Rechelot é infinidad de autores ingleses. No hace mucho que el Tribunal del Crimen pronunció sentencia de deportación contra cuatro muchachas de Londres, menores de diez y siete años, las cuales figuraban conmo mectors cómples ar nn delit de aquella índole. Por lo general, el hombre de la clase baja que busca en Londres galanteos de cierta especie, está expuesto á lances pesados. Si accede á beber algún licor, le adormecen con sustancias narcóticas, despojándole completamente en su letargo. Si no quiere beber, ó si se resiste á pagar la cantidad que se le pide, se ve expuesto á la violencia de los rufianes, y más de una vez, asesinado. (DOCTOR RYAN, página 193.) «Dos jóvenes de la alta sociedad hallaron un día, en uno de los parques de Londres, á dos señoritas de finos ademanes, vestidas con lujo, las cuales guiaban un elegante tilburi. Estas dos señoritas de pega les invitaron á que las siguiesen á su casa, conduciéndoles á uno de los barrios de peor fama de la metrópoli. Después de una noche de orgía, los dos huéspedes se disponían á partir, cuando se les hizo saber que la cantidad satisfecha no era suficiente. Contestaron los jóvenes que no llevaban más dinero y que volverían en breve para saldar la diferencia. Empiezan las mujeres á dar voces, á las cuales acuden inmediatamente dos hombres de mala catadura, no sin traer con ellos un enorme dogo. Los recién venidos amenazaron matar á los señores, si no aprontaban el dinero, moviéndose una gazapera de más y mejor. En medio de estas zalagardas, el perrazo, que se conoce que no entendía de cumplidos, habia saltado àl muslo de uno de los huéspedes, dándole un mordisco con pérdida de sustancia. Sin embargo, los malhechores no lograron salir con la suya, porque los imprudentes libertinos tuvieron la suerte de escapar por una ventana, que daba á la calle. Reunióse un inmenso gentío, el cual, al venir en conocimiento de aquella brutal tentativa de asesinato, asaltó la casa con tal furia, que la puerta rodaba por el suelo cuando acudió la policía.» (DOCTOR RYAN, página 177.) En presencia de la irritante impasibilidad de los protectores asalariados de la seguridad de todos, nos vienen deseos de aplaudir la justicia expeditiva de la muchedumbre. (TRÉBUCHET Y POIRAT-DUVAL, tomo II, página 614.) El doctor Ryan cita sobre este punto hechos de tal índole, que nos guardaríamos muy bien de reproducirlos, cuando no emanaran de tan respetable autoridad: «en el barrio de Fleet dicth, donde casi todas las casas son lupanares de mala ralea, hay un gran acueducto que da al Támesis. Los rufianes, ó los mancebos de las prostitutas, arrojan á dicho acueducto los cadáveres de las víctimas, que son arrastrados á mucha distancia por la aguas del río; de manera que es imposible remontarse al origen del crimen, aun suponiendo que el cadáver al ser llevado por la corriente, atraiga la atención de la policía.» (TRÉBUCHET Y POIRAT-DUVAL, página 014.) 20 Rasg de generosida?. Una-uuchacha que, después de algunos años de infamia y de miseria, iba acabándose por momentos á consecuencia del deterioro de su salud, no tenía otros medios para subvenir á sus necesidades que los recursos de su triste oficio. Al mirarla en semejante estado, sus compañeras reunieron á escote cierta suma, sisándola del escaso producto de su deshonra, «para que la pobrecita (así decían ellas) no se viese obligada á morir en la profanación.» Con aquella suma lograron que su amiga pudiese pasar el poco tiempo que le restaba de existencia entregada al descanso y al arrepentimiento. (The great sin.) 21. Influencia religiosa. Una joven,

que vivía en la PROSTITUCIÓN durante el transcurso de dos años, tuvo curiosidad de ver una iglesia, de las que se hallan en la Cité, lo cual sucedía después de una noche de embriaguez y disolución. El predicador estaba en el púlpito y el asunto del sermón ó plática era: la vuelta del hijo pródigo. La impresión que sintió aquella desgraciada, al oir las palabras del sacerdote, fué tan profunda, que tomó al punto la resolución de volver á la vida de la honradez y del trabajo. Quince días hacía que imploraba la caridad de los transeuntes, durmiendo en un rincón, cuando fué recogida por el comité de la asociación que ampara á las solteras y menores de edad, el cual la colocó en un asilo de la metrópoli. 22. Una elocuencia que hace estremecer; la felicidad en un calabozo; historia de una niña. Se habla de las libertades individuales del Reino-Unido. Nosotros contestamos que eso no es libertad, sino precisamente lo contrario, porque lo contrario de la libertad es el libertinaje; ese libertinaje que lo gangrenaba hasta mediados de este siglo, que continúa gangrenándolo aún, porque la gangrena está en el fondo de su legislación. El individualismo exagerado de los ingleses hace en la sociedad lo que el egoísmo en la familia; mata el sentimiento de mutualidad, que nos une á todos; nos encastilla como en una alcazaba feudal; seca las fuentes del amor, que refrescan el alma, que refrescan la vida, y es más estéril que el aislamiento del salvaje. Hablamos de ese individualismo indiferente, apático, escéptico, cruel, el cual ha formado la sociedad en donde una huérfana, un alma generosa, un ángel caído, una niña enferma, perdida, turbada, tiene que romper el cristal de un escaparate para que la lleven á una mazmorra en que la mantengan y la curen. Para hallar piedad, tuvo que acudir á la cárcel. Y el que tiene caridad para el crimen, no tiene caridad para el infortunio. Aquella pobre niña era una historia que lloraba por las calles de Londres, y nadie la oyó: fué criminal, rompió los cristales de un mercader, y entonces la curaron y la asistieron. El delito es más que la virtud; un cristal es más que un dolor: tal es la obra del individualismo inglés. ¿En dónde está la misericordia de un pueblo cristiano? La misericordia no cabe en una sociedad inhumana, por la sencillísima razón de que no es sociedad. Estos vicios profundos vienen de que un pueblo no es, no puede ser individualista; y si serlo pudiera, que no puede serlo, lo sería en la época rudimentaria, en el primer período que debiéramos llamar fetiquista ó bárbaro. Al relacionarse y constituirse los hombres en una masa, dentro de un interés común y de un pensamiento general, el individualismo se quedó en la selva, si es verdad que en la misma selva pudo existir, que tampoco es verdad. En la misma selva, el individuo tuvo que juntarse con la individua para consumar el acto supremo de la existencia; la generación. Pero demos á esta materia alguna fórmula, para lo cual, consideremos al individuo en sí, por sí, para sí, colocándole en la soledad de un desierto, ó en el fondo de un bosque. Y tenemos que incomunicarlo de este modo, porque desde el momento en que se junta á una criatura de su misma naturaleza, deja de ser una entidad individual para convertirse en una entidad colectiva. El individuo, para serlo en realidad, tiene que estar solo, por cuya razón se llama individuo, indiviso; esto es, no dividido, no fraccionado. Aquel individuo, á quien hemos dejado en la soledad del desierto, verifica por sí todas las facultades que le pertenecen, en virtud de la ley de su naturaleza: ve, oye, huele, gusta, toca. anda, siente, imagina, quiere, cree, piensa. El individuo hace todo esto y nadie puede hacerlo sino él; pero realizada esta creación, que ejecuta sin auxilio de nadie, porque es la obra de su propio ser, el individuo cae en la nulidad más absoluta, de tal suerte que nada es, nada significa, nada hace, nada produce, viéndose condenado á consumir la vida entre la impotencia, la ansiedad, el olvido, la desesperación y la muerte. Y esto mismo pasa en los diversos ramos de la historia natural. Examinemos uno por uno todos los reinos de la naturaleza; revisemos piedra por piedra, animal por animal, planta por planta, y no hallaremos en el globo un solo individuo que deje memoria de su paso por la creación, si se exceptúa el rastro estampado en la tierra, que el viento deshace al día siguiente. El individuo de la historia natural es casi una abstracción del entendimiento, que sirve de base al método analítico. Si así puede decirse, es una especie de semi-ficción, que hace los oficios de antecedente en el procedimiento de la ciencia, como el supuesto de una hipótesis. Así vemos que nuestro individuo no tiene otro destino que compenetrarse en la familia, como la familia se compenetra en la ciudad; y la ciudad, en la provincia; y la provincia, en la nación; y la nación, en las demás naciones; y las demás naciones, en la especie humana, cuyos diversos organismos explican el derecho individual, el doméstico, el municipal, el provincial, el político, el internacional y el de gentes, corona y remate de todo el aparato social. Y lo mismo pasa en los tres reinos de la naturaleza. El destino infalible del individuo es fundirse en la especie, como el destino de la especie es fundirse en el género, del mismo modo que el destino del género es fundirse en las armonías de todo lo creado, arquitectura inmensa del Supremo Artífice. De aquí se deduce que es tan absurdo prescindir de la creación absoluta del individuo humano, al formular la idea colectiva de humanidad, como querer formar un sistema, sea el que fuere, con las verdades abselutas del individuo, cuyo término es la negación más acabada de serie ó de sistema. Pues si el individuo excluye el sistema, por la razón inalterable de sú propio ser, ¿cómo podrá hacerse un sistema individualista? Siendo el individuo el término contrario de sistema, de serie, de colectividad, es indiscutible que hacer un sistema del individuo, vale tanto como hacer un sistema de la contradicción. Y esa es la contradicción inevitable, tan inevitable como terrible, que palpita en el fondo de las instituciones y de las costumbres inglesas. El pueblo inglés ha de elegir en la siguiente alternativa: ó no tener costumbres para tener esas instituciones; ó no tener esas instituciones para tener costumbres,:Por qué no decirlo con lealtad? La sociedad humana no es el individuo; sino el, género humano. Vistas las consecuencias increíbles de la PROSTITUCIÓN en Londres hasta 1864, no hay otro recurso que exclamar: «el individualismo inglés, en el orden político, y su feudalismo en el orden civil, son un sistema desolador. Y ¡cuán amargos han de ser sus frutos! El que ponga en duda nuestras apreciaciones, estudie los decretos de 1864, de 1866, de 1869 y el acta de Setiembre de la Cámara de los Comunes, de que hablaremos más adelante, y allí verá que el Reino Unido, al querer reformar sus costumbres, ha tenido que barrenar inevitablemente sus instituciones. Pero vamos á la tremenda historia del ángel caído, asunto precioso de este número. Una hermosa niña de 16 años nos hizo el relato que va á leerse, teniendo las manos entumecidas y amoratadas por el frío: «soy huérfana; á los 10 años, me colocaron en casa de un tendero, en donde mi trabajo era penosísimo. Mi ama me trataba con la mayor dureza, hasta el extremo de darme golpes. Tres semanas haría que servía allí, cuando perdí á mi madre. Durante unos seis meses soporté el mal trato de mi señora, la cual, no sólo me pegaba con las manos, sino que también me sacudía con un bastón. Todo mi cuerpo era una pura cicatriz, por cuya razón decidí escaparme, y así lo hice. Desde la tienda me dirigí á casa de mistress'"*, dueña de un local amueblado á bajo precio. Yo ignoraba que hubiese casas como aquella; pero lo supe por unas muchachas en la Glasshouse, en donde había estado en busca de un asilo. Con ellas fuí á comprar un sueldo de café (5 céntimos de franco ó de peseta) y después me llevaron á la casa amueblada. Poseía yo entonces por todo capital tres chelines (al pie de 14 reales). Allí estuve cosa de un mes sin hacer nada malo, viviendo de mis tres chelines y de lo que pude sacar por el empeño de mis vestidos. En aquella casa se burlaban de mí y me incitaban á blasfemar.

¡Mirad, decían, á esa imbécil, que se hace la honrada! Durante aquel tiem

po, había visto acostarse juntos muchuchas y muchachos sin caer en malicia alguna. No sé leer ni escribir, porque mi madre era una pobre mujer; y harto desearía tenerla aún para refugiarme á su lado. Frecuentemente se verificaban en mi presencia, entre individuos casi niños, cosas que no puedo contaros y que me causaban rubor. Concluído el mes y despedida de la casa por no poder pagar, encontré á un joven, que me determinó á que fuese á vivir con él, aunque yo contaba escasamente doce años. Pasé tres meses en la misma casa amueblada, haciendo vida de matrimonio, sin embargo de que éramos dos niños. Al cabo de aquel tiempo, mi amante se vió condenado á seis meses por robo, cuyo percance me afligió en extremo, pues portábase bien conmigo, á pesar de haberme causado cierta dolencia. Hallándome desamparada, rompí unos cristales de St Paul’s Church yard, para que me llevaran á la cárcel y me curaran la enfermedad que padecía. Estuve presa un mes en el Compter, donde me echaron vivamente en cara mi mal estado de salud en una edad tan corta. Al salir de la cárcel, me dieron de limosna dos chelines y medio (casi 3 pesetas), viéndome precisada á corretear por las calles de Londres. De esta suerte he vivido durante tres años, ora teniendo mucho dinero, ora careciendo de todo, hartándome hoy, muriéndome de hambre mañana. Ni un solo instante he sido feliz en todo ese tiempo; pero no pudiendo obtener un certificado de buena conducta, era imposible abandonar tal género de vida. Durante los tres años, he vivido en una casa amueblada de Kent street, en la que sólo se albergaban ladrones y mujeres perdidas. He visto acostarse en el mismo cuarto hasta tres y cuatro docenas de chicos y chicas, por señas que las camas eran horriblemente sucias y estaban plagadas de asquerosos insectos. Muchas veces pasábamos hacinados toda la noche una docena de varones y hembras en un lecho común: unos, á los piés: otros, á la cabeza, revueltos todos. No debo entrar en pormenores... Después de los tres años de semejante vida, robé un trozo de carne en un puesto público para que me prendiesen, variando así de existencia. Me condenaron á un mes de prisión, terminado el cual, pasé dos días y una noche en la calle sin hacer nada malo. Entonces volví al mismo almacén de St Paul's Church yard y amenacé romper de nuevo los cristales de la vidriera. Esto lo hacía con la intención de que me encarcelaran, porque, en la cárcel, en la calma de la noche, me figuraba que todo había acabado para mí; consideraba cuán vergonzosa era mi existencia, hasta qué punto estaba resentida mi salud, y pensaba que valía más permanecer presa, que llevar tan degradante género de vida. Mis amenazas me valieron seis meses de retiro. A mi salida del encierro, rompí una lámpara, guiada por la misma intención, y me condenaron á quince días. Este fué mi último encarcelamiento. Desde entonces, he vivido de la manera que os he contado antes, habitando casas amuebladas y siendo testigo de las mismas escenas. Hoy día detesto más que nunca esa existencia infame y estoy resuelta á dedicarme á cualquier trabajo que mis fuerzas permitan.» (Extracto de MAYHEW, London Labour and London poor.) Una niña de 15 años renuncia á la alegría de la luz, para hallar un consuelo en la melancolía de la sombra. Nadie, ni filósofo, ni poeta, ha pintado con tanta ingenuidad el horror del vicio; nadie ha pintado con una elocuencia tan conmovedora el genio dichoso de la virtud. Nadie ha formulado una acusación tan terrible contra una sociedad desnaturalizada y caída, cuyas torpezas dan lugar al prodigio diabólico de que la sombra nos enamore, de que nos espante la luz. Y ¡aquella niña no sabía leer ni escribir! La obligaron á ser ramera; no la enseñaron á ser mujer. ¡Ay! Semejante monstruosidad, ¿qué ha de producir sino mónstruos? Al leer la historia que hemos referido, nuestros labios se imprimen con infinito amor en el papel donde está escrita, y veneramos la santa elocuencia de aquella inocente, profanada á los doce años, la cual se redime en sus amarguras entre las tinieblas de un calabozo. ¡Cuántas mujeres, herederas de un nombre ilustre, hijas de la fortuna y de la gloria, que viven y mueren sin lucha ni azares, son menos virtuosas en su espíritu que aquella infeliz prostituta! Prostituta y todo, oye nuestro acento. El mundo te desprecia; nosotros te llamamos hija de nuestra alma: «en las tinieblas de la cárcel, en el silencio de la noche, se me figuraba que todo había acabado para mí.» ¡Qué corazón tan animoso! ¡Qué virilidad tan inspirada y tan sublime! ¡Qué poesía tan hermosa! Después de un martirio tan grande y tan santo, llamadla prostituta. Después de ese martirio, que no tiene nombre, echad en cara á vuestras madres la PROSTITUCIÓN de la mujer. 23. Consideraciones. Inglaterra, la nación más rica del globo, es la que ofrece los espectáculos más repugnantes de inmoralidad, abyección y miseria, lo cual pone de manifiesto que el pueblo inglés está llamado á ser testigo y victima de las catástrofes más tremendas que registra la historia. Sin embargo, en esa misma sociedad, donde á propósito de ciertas clases, el ser humano se presenta como si fuese una criatura inferior al bruto, hay hombres generosos y mujeres alentadísimas, á cuyas virtudes ejemplares se debe el establecimiento de diversos asilos cristianos, destinados especialmente al rescate de las prostitutas; y decimos rescate, puesto que aquellas infelices deben considerarse como esclavas. Sí, son las esclavas de los vicios de todos. Los asilos, casas de refugio y de penitencia, conocidos en 1854, eran ocho, sin contar algunos de menos importancia: Magadolen hospital, fundado en 1758, Lock Asylum, en 1787; London female penitentiary, en 1807; Guardian Society, en 1812; Maritime penitent refuge, en 1829; British penîtent female refuge; Female mission; South London penitentiary. Los primeros cuatro establecimientos, según datos tan fidedignos como preciosos del ilustre Talbot, han arrancado á la disolución de Londres siete mil ochocientas noventa y tres mujeres, en un periodo relativamente corto. El ejemplo de aquellas mujeres redimidas viene á demostrar que no todas las que se arrastran en la PROSTITUCIÓN, son verdaderamente prostitutas. Ana Nightingale, abandonada de su marido, tenía á su cargo tres criaturas y hubo de ceder á su desgracia, aconsejada por el amor y agobiada por el sufrimiento de sus hijos, después de una lucha desesperada contra la miseria. Al cabo de tres meses de aquella vida insoportable para la infeliz madre de familia, se echó en brazos de la asociación, cuya beneficencia le procuró un modo honrado de vivir. Sarah Beaumont perdió á su madre, siendo muy niña, y sostenía á su padre con el producto de su infamia, cuando apenas había cumplido quince años. Sarah fué presa en compañía de otras muchachas, más jóvenes aún. Llevada ante el magistrado de Lambeth Street, pedía con ahinco que se le proporcionara algún medio para dejar aquella vida de tortura, por cuya razón la asociación benéfica la colocó bajo su amparo. Cuando el comité de la asociación visitó el albergue en que Sarah vivía con su padre, Dunk Street, Witechapel, encontró, por único ajuar, dos camas, arrinconadas en los ángulos de aquel zaquizamí. Las camas referidas consistían por junto en dos montones de virutas. En un montón dormía el padre; en otro, dormía la ramera. Pero ¿debe llamarse ramera á esa huérfana de 15 años, víctima del amor filial? Esa niña mártir, zes una ramera? Pues si se llama ramera á un mártir, ¿qué son los mártires en el mundo? También hay mujeres, que nos presentan el ejemplo de un valor heróico. Sarah Reeves, de edad de 18 años, que habitaba en Cavendish (Suffolk), fué llevada á Londres por una proveedora (rufiana) y conducida derechamente á una casa de PROSTITUCIÓN. La muchacha sospecha que se trataba de su deshonra y no consiente, insisten en ello; pero Sarah se niega sin articular un vocablo; sus verdugos acuden á la violencia y á la brutalidad; pero ella se opone con resolución y con energía; los violadores redoblan su fuerza y su furia; ella centuplica su virtud y su enojo; resiste, lucha, clama, infunde miedo á los asesinos de su honor y logra evadirse, rendida, descompuesta, pálida, temblorosa. En el mismo día se diri

ge á la asociación que tiene por objeto servir de amparo á las solteras y menores de edad. Por el momento se la colocó en el Workouse, casa de trabajo y asilo, por orden de Walker, magistrado de Lambeth Street. Visto el testimonio del reverendo E. Pemberton, cura de Beauchamp en San Pablo (Suffolk), sobre la virtud de la joven, procedió el comité de la asociación á procurarle en Londres una situación digna y honesta. Pero como Sarah Reeves manifestase que quería volver á su país, se le facilitaron medios para regresar á casa de su madre, en Cavendish, adonde llegó sana y salva. Convencido el reverendo E. Pemberton de los grandes bienes que una asociación semejante podía realizar, envió á su comité una ofrenda de 125 francos para acudir á sus buenas obras. Como dice Amancio Peratoner con expresión feliz, hemos presentado este ejemplo de triunfo y de alegría para dar descanso al corazón. Siga la sociedad inglesa por ese camino, puesto que el pueblo inglés no puede salvarse sino á precio de caridad, última y sublime santificación de la conciencia humana. EL NUEVO LONDRES (Comprende el periodo de la reforma hasta 1873.) Decreto de 1864. Leyes preventivas de los escándalos de la PROSTITUCIÓN y de la propagación de las en fermedades venéreas (contagions diseases acts.) Nuestros ilustrados lectores habrán advertido con cuánta rudeza hemos atacado el período del abandono, al hablar de la PROSTITUCIÓN de Londres. También observarán que, con el mismo fervor, aplaudiremos la solicitud de la reforma, porque no abrigamos otra pasión que aplaudir lo bueno, esté en donde esté, venga de donde venga. La desgracia nos ha enseñado muchas veces que la tarea de agrandar un poco, aunque sea muy poco, los ámbitos morales del mundo, vale infinitamente más que todas las conquistas del universo. Así sucede que, cuando se nos figura hallar un ensanche en los dominios de la vida moral, aplaudimos con entusiasmo. 1. Era preciso obrar. Las estadísticas médicas demostraban que las enfermedades sifilíticas causaban, al efectivo del ejército, una pérdida anual equivalente á siete días de servicio; y al efectivo de la armada, otra pérdida equivalente á la anulación continua de toda la tripulación de un bastimento de primer orden. Ante una situación tan amenazadora, no era ya posible que los poderes públicos permanecieran sordos á los clamores de los higienistas y á la reprobación unánime del público ilustrado. Por fin, en 29 de Julio de 1864, se dispuso un primer ensayo de ciertas medidas preventivas en virtud de una ley aplicable sólo á un número determinado de estaciones navales y militares (An act for the prevention of contagions diseases at certain naval and military stations). Casi en la misma época el Almirantazgo nombraba una comisión con el encargo de estudiar la patología y el tratamiento de las enfermedades venéreas, así como los medios de disminuir sus terribles efectos en los militares y en los marinos. Aquella docta comisión se componía de seis individuos, Skey, Kirkes, Cok, Quain, Spencer, Smith, secretario; de dos adjuntos, representantes del Consejo de Guerra, Wilkes y Graam Balfour, y de un representante de la marina, Donnot. Esta comisión presentó su informe á las dos Cámaras del Parlamento en 1868 por orden de su majestad. El decreto de 1864 fué ampliado por otro de 11 de Junio de 1866, al cual siguió otro de I1 de Agosto de 1869. Los artículos de los principales decretos, actualmente en vigor, son los siguientes: Artículo 12. No se autorizará el servicio de ningún hospital sin que se justifiquen previamente las medidas tomadas para la instrucción moral y religiosa de las mujeres públicas, á quienes se proponga servir de albergue. Artículo 15. Cuando el superintendente de policía participe á la justicia, bajo juramento, que hay la bastante presunción de que una mujer, residente en alguna de las plazas en donde el decreto tiene aplicación, ó en un radio de seis millas á la redonda de dicha plaza, el juez de paz puede intimar á dicha mujer una orden de comparecencia. Artículo 16. El juez puede ordenar que aquella mujer sea sometida á un examen sanitario periódico. La orden se comunicará al médico visitador, quien indicará la hora y el sitio de las visitas. Artículo 17. Las mujeres que se dedican á la PROSTITUCIÓN, pueden someterse por sí mismas á las visitas sanitarias periódicas, mediante un compromiso firmado por ellas y legalizado por el superintendente de policía. Artículo 20. Si resulta de la visita sanitaria que la mujer está atacada de enfermedad contagiosa, será conducida á un hospital (Lock hospital); y si á ello se niega, se le obligará por orden de la superintendencia de policía, la cual obra en virtud del certificado del médico. Artículo 25. Si la mujer sometida al tratamiento del hospital entiende hallarse buena, puede reclamar á la justicia y pedir un examen contradictorio, cuyo resultado favorable tendrá por efecto la libertad de la mujer. Artículo 28. Toda mujer sometida á las visitas sanitarias periódicas (por orden de la policía), la cual se ausente, repugne ó descuide presentarse á ellas, será considerada como incursa en el delito de infracción legal, sufriendo, en virtud de juicio sumario, la pena de prisión, acompañada ó no de trabajos forzados. En la misma pena incurrirá la que, hallándose en el hospital, sometida á un tratamiento, se evada, ó rehuse su obediencia á los reglamentos interiores. Artículo 33. Toda mujer sometida á las visitas sanitarias puede dirigir petición escrita á la autoridad judicial, en solicitud de que se le exima ó dispense. Artículo 34. La petición será acogida, si se ve que la demandante ha cesado de prostituirse, previa justificación de su buena conducta con antelación de tres meses. Artículo 35. Dicha exención no tiene efecto, si la mujer vuelve á la mala vida. Artículo 36. En las estaciones, donde el decreto tiene aplicación, los propietarios ó principales inquilinos de las casas, en el supuesto de que exciten ó favorezcan la PROSTITUCIÓN de una mujer, atacada de enfermedad contagiosa, serán culpables de infracción legal, incurriendo, como tales infractores, en una multa de 20 libras (sobre 2.000 reales), ó en un encarcelamiento de seis meses, sin perjuicio de las penas á que se hayan hecho merecedores por administrar casas de libertinaje.

2. Protesta. «Una vasta asociación, dice Amancio Peratoner, se ha formado entre las damas de la más alta aristocracia y de la clase media, bajo la denominación de: The ladies national association for the contagions diseasses acts. Esta asociación, autorizada por el ilustre nombre de miss Nightingale, celebra sus meetings en parajes públicos, predica en los templos, publica sus libros, sus folletos, sus tracts, y ha fundado un periódico, The Schield, «El Escudo,» destinado á mantener la agitación en los ánimos y á preparar la anulación de los decretos. Felizmente para la higiene pública y para el buen sentido de los hijos de Albión, la proposición presentada en nombre de dicha asociación para la abrogación de los decretos, fué desechada por la Cámara de los Comunes en Mayo de 1873, en tanto que las principales autoridades administrativas y médicas extienden con celo el beneficio de la nueva legislación á la población civil: esto es, á todo el Reino-Unido.» 3. Influencia de los decretos en la higiene de las guarniciones. Hay una Memoria presentada á la Cámara de los Comunes en 8 de Mayo de 1873, que la Cámara mandó imprimir y publicar con fecha 15 del propio mes y año. La Memoria contiene varias estadísticas médicas, las cuales presentan un cuadro general comparativo de las admisiones en el hospital, por sifilis primitiva y gonorrea, en 28 distritos militares, durante el transcurso de ocho años; ó sea desde 1865 á 1872, ambos inclusive; y otro cuadro general comparativo del número de enfermos permanentes en el hospital, por sífilis primitiva, en los mismos 28 distritos

militares, en el transcurso de cinco años; ó sea desde 1868 á 1872. Estos dos curiosísimos cuadros demuestran claramente que en 1864, antes de la adopción del primer decreto, las 28 estaciones enviaban al hospital, por cada 1.000 hombres de efectivo, la proporción de algo más de 108 enfermos (108,6), atacados de sífilis primitiva, y de 112 (112,5), atacados de gonorrea; mientras que, en 1872, las 14 estaciones, en donde los decretos tienen aplicación, han enviado al hospital en la proporción de 54 enfermos de sífilis primitiva (54,5) y de 104, atacados de gonorrea. Hallamos, pues, una relacion de 54 por 1.000 de efectivo, en la sífilis primitiva, y de más de 8 (8 5) en la gonorrea. Por lo que respecta al conjunto de los cinco años, la proporción de los sifilíticos constantes en el hospital, por cada 1.000 hombres efectivos, en las estaciones no sometidas á la acción de dichos decretos, ha sido doble que la de los enfermos de igual índole en las estaciones sometidas. (Servicio médico del ejército, 14 de Mayo de 1873; T. G. Lo GÁN, director general.) MOVIMIENTO DESDE 1864 á 1872 Número de enfermos en los distritos donde los decretos no tienen aplicacion.............................. 55.940 Distritos protegidos.. 44.139 TOTAL............ 100.079 4. Resultados parciales de los decretos tocante á la higiene. La mejoría de la higiene está en relación, como no puede menos de ser, con la mejoría de las costumbres. El número de mujeres enfermas, en la primera visita sanitaria, representaba casi el 37 por 100 (36-71) de las sometidas al examen. El número de las que habían sido ya registradas en 1.° de Diciembre de 1873, representaba poco más del 9 por 100 (9’19). En el primer caso, de 2.054 prostitutas, estaban enfermas 724. En el segundo, 201. En 12 de Marzo de 1870, cuando tuvo lugar en Darmouth el primer examen facultativo, de 8 mujeres sometidas á dicho examen, resultaron enfermas 6. En 31 de Diciembre de 1872, sólo una mujer fué al hospital para recibir un tratamiento antisifilítico. En cuanto á los soldados de la marina real de estación en Darmouth, no se había observado ningún caso de enfermedad venérea. (H. WINTERBOTHAM, Esq. m. p., W. Warris, comisario asistente.) Pero ensanchemos estos cálculos para que se comprenda mejor la inmensa diferencia de algunas cifras. En 1865 tuvieron lugar: Visitas sanitarias... 1.027 Mujeres halladas enfermas.... 783 Sanas.......................... 214 Las mujeres enfermas representan más del 78 por 100 (78 11) respecto de la? registradas 1866. Visitas sanitarias............. Mujeres enfermas............ 1.105 Sanas....................... El tanto por ciento ha bajado á casi el 66 112 (66/40), ó sea un 10 por 100 de ventaja. 1867. Visitas........................

Resulta, pues, que en el transcurso de ocho años, el tanto por ciento de las enfermas, respecto de las registradas facultativamente, ha bajado, de algo más de 76, á 7 "/, 5. Camas. Hay otro detalle importantísimo. Veamos cuál era el número de camas para las enfermas de venéreo en los hospitales de los distritos protegidos, en la época del abandono y en la época de la vigilancia. En 1864, 40. En 1.° de Diciembre de 1872, 646. «Por todas partes se va advirtiendo no sabemos qué nuevo espíritu de vida, como si otro amo entrase en la casa y fuese sembrando por donde quiera la salud, la limpieza y el orden.» 6. Instrucción moral y religiosa, impuesta por el decreto de 1866. Arrepentimiento y conversión de las prostitutas. Aunque los decretos hablan apenas de la posibilidad de la conversión de las prostitutas, la práctica no ha tardado en patentizar que importaba tener en cuenta sus prescripciones sobre este punto. Un capellán está agregado hoy á cada uno de los hospitales especiales. Las directoras suelen ser mujeres de elevada clase, virtuosas á toda prueba, dotadas de una excelente educación y de un buen discurso, así como de un celo ardiente en pro de la causa que han abrazado. El benéfico influjo de estos medios de acción sobre la conciencia de las prostitutas asistidas en los hospitales especiales, se ha manifestado de la manera más evidente. En realidad, los decretos apartan á la mujer perdida de la senda del mal. Habiendo exigido directa ó indirectamente la creación de una policía municipal y sanitaria, han purgado, tanto á las ciudades como á la población rural, de una multitud de miserables criaturas, ma 1.661 nantial perpetuo de corrupción en todos sentidos, cuyas desdichadas han sido recogidas en asilos piadosos, en donde se provee á sus necesidades, aun después de la curación de sus do 3.33 lencias, despertándose en sus corazo 3.39 nes buenos y levantados sentimientos. Esta resurrección moral es una consecuencia de que en el espíritu de aquellas mujeres ha penetrado la sim 10.868 patía humana, santo mensaje del 10.868 l amor, dulce consejo de la caridad. El artículo 12 del decreto de 1866, el cual ordena la enseñanza moral y religiosa en los hospitales especiales 31.28° I para las prostitutas enfermas, se ob 3.282 serva con el mayor rigor. En Aldershot, Colchester y Schorncliffe, las funciones clericales se confían á los capellanes agregados á los campamentos; en los demás puntos, al capellán de cárceles; y en todos los hospitales, los ministros de los diversos cultos están autorizados para visitar á las enfermas y ofrecerles los auxilios espirituales y temporales. En los hospitales especiales de Cork y de Kildare, destinados en parte á las prostitutas católicas, hay presbíteros agregados á capillas convenientemente dotadas por el Ministerio de la Guerra, y allí se celebra la misa generalmente cada domingo. En cuanto al servicio protestante de los hospitales mencionados, corre á cargo del ministro de la parroquia. A más de la instrucción moral y religiosa, se da á las enfermas una instrucción práctica, ó profesional, que pueden utilizar á su salida. En Chatham, la directora del hospital ha dispuesto una sala especial para una escuela, que dirige dos veces por semana. A esta escuela, que es libre, concurre un número de discípulas que varía de 10 á 20. Algunas señoras distinguidísimas de la ciudad, ó de sus alrededores, auxilian á la directora con un excelente concurso. Se han comprado diferentes máquinas de coser, con fondos del Ministerio de la Guerra, y las enfermas se ejercitan sin fatigarse, adquiriendo de esta manera un nuevo medio de ganarse la vida, verificada su salida del hospital. En el hospital Royal-A lbert de Devonport, cada semana, durante una tarde, las prostitutas aprenden á hacer vestidos para los niños pobres. En el momento de hacer trajes para criaturas inocentes, aquellas obreras no son prostitutas. Muchas veces nos lamentamos de que el cristianismo no ha creado todavía sus formas en la cristiandad; pero ¿quién no ve la moral cristiana en aquella PROSTITUCIÓN, que se pone al servicio de la inocencia? 7. Resultados de los decretos tocante á la liviandad de las costumbres públicas. El Parlamento inglés atribuye hoy la mayor importancia á todas las cuestiones morales, surgidas del estudio de la PROSTITUCIÓN, así como á los problemas higiénicos planteados con el objeto de evitar el contagio de las v 58

enfermedades venéreas. A este fin manda publicar todos los años estadísticas detalladas, ora por la policía, ora por el departamento de la Guerra, dando á conocer con este magnífico sistema el resultado de los decretos. La Memoria que presenta el conjunto de aquellas estadísticas hasta el 31 de Diciembre de 1872, mandada publicar por la Cámara de los Comunes, es un documento inapreciable para la historia, para la ciencia, para la población y para la moral de la nación inglesa. (5 de Abril de 1873.— Sir Jhon Pakington. — Wite hall-ploce, 8 de Febrero de 1873.) «Debo ante todo (dice el superintendente de la policía metropolitana) hacer constar que las mujeres públicas sometidas á la acción de los nuevos decretos en varias ciudades, se han presentado al examen facultativo con la mayor regularidad, y que no ha sido menester acudir á vías legales, sino en casos rarísimos. Tratándose de 6.356 mujeres, sólo en 20 casos ha sido necesaria la orden expresa del magistrado para hacer obligatoria la visita sanitaria. Todas las demás prostitutas, es decir, 6.336, han firmado voluntariamente su sumisión. El número de casos en que es menester recurrir á la autoridad judicial, ha disminuido en un 66 por 100 (próximamente, las dos terceras partes), durante el transcurso de un solo año. En cuanto al número de desapariciones después de firmar la sumisión voluntaria, se ha reducido á la mitad. Por lo que respecta á la diminución en el número de las prostitutas, son notables las siguientes cifras: Prostitutas menores de 17 años en 1866, tratándose de un solo distrito......... 337 En 1.° de Diciembre de 1872, en todos los distritos protegidos.................. Prostitutas menores de 18 años en 1866.. En 1.° de Diciembre de 1872........ 67 Para consuelo de nuestros ilustrados lectores y nuestro también, vamos á transcribir algunos pasajes de la Memoria. 1. Varias jóvenes, acompañadas de gentes peligrosas en malos lugares, han vuelto atrás en su camino por la simple amonestación de la policía que las espiaba. El temor de ser interpeladas, así como el de someterse á las disposiciones de los decretos, han bastado para evitar su perdición. 2. Cuatro jóvenes casadas, sorprendidas en los lupanares por la policía encargada particularmente de la aplicación de los decretos, se presentaron al día siguiente ante el inspector, anegadas en lágrimas, jurando por lo más sagrado que no volverían á caer en falta, y han cumplido religiosamente su promesa. 3. 131 mujeres, de 17 á 31 años, y 71 niñas, de 12 á 17, ya encenagadas en el vicio, han cambiado de vida; de tal suerte, que no ha sido preciso registrarlas. 4. Los soldados y los marineros embriagados no son ya objeto de las instigaciones obscenas de las mujeres públicas, lo cual indica un gran progreso en sus buenas costumbres. 5. En Cork, casi todas las inscritas en el registro pertenecen á la clase infima. En el transcurso de tres años, 124 han vuelto al seno de sus familias, ó han entrado en asilos de refugio, ó han abandonado el ejercicio de la PROSTITUCIÓN. En las 124 mujeres referidas no hemos contado 6, que volvieron á la vida pasada. 6. En Southampton y en Douvres, se ha reducido á la mitad el número de prostitutas condenadas por escándalo y desórdenes; ni se reproducen actualmente las contiendas nocturnas y las tumultuosas escenas de embriaguez, ni la mujer pública instiga al hombre por las calles, como acontecía anteriormente. 7. En el solo distrito de Plymouth y de Devonport, 56 jóvenes que empezaban ya á vivir de la PROSTITUCIÓN, se han encaminado á una existencia regular, merced á los avisos y exhortaciones de las personas encargadas de secundar el espíritu de los decretos. 8. En Plymouth, el inspector de policía supo que una niña de 13 años fué llevada á un burdel, mediante sugestión de una rufiana, la cual fué condenada á un año de prisión. En 11 de Marzo último, dos niñas, una, de 14 años, y otra, de 15, á quien la policía especial encontró en un burdel, fueron vueltas á los brazos de sus padres, agradecidos y llenos de gozo. En el mismo Plymouth, existían ciertos 'burdeles, donde varios jóvenes de 13 á 18 años, en número de 20 ó 30, se reunían en un gran salón y allí gastaban sus salarios de la semana, entregándose al más repugnante desorden con muchachas que acudían para prostituirse en común. Después de la publicación de los decretos, la policía metropolitana, organizada para el caso, hace imposibles aquellas escenas de disolución. 9. Comparemos el número de prostitutas que existía en varios puntos y en distintas épocas, las cuales comprenden un período anterior y posterior á la reforma de los decretos. 1865. En cuatro puntos de una población de 322.000 almas, había: prostitutas, 3.418. 1972. En diez y este grandes puertos, de una población de 750 almas, poco más ó menos, no se hallaron más que 2.290. Encontramos una ventaja, á favor de la moralidad pública, de algo más de un 130 por 100. 10. Número de prostitutas que rondaban por las calles de Londres en 31 de Diciembre de 1865, 2.613. De ellas, eran niñas menores de 17 años, 377. En 31 de Diciembre de 1872, el número de niñas se había reducido á 9. 11. En los hospitales especiales de Londres, Devonport, Postmout y Chatham, las prostitutas, que entran por primera vez, ó que dejan adivinar conatos de enmienda, son colocadas en salas aparte, de cuya suerte están al abrigo del contagio que pudieran comunicarles las prostitutas incorregibles. 12. En Aldershot, el médico designa por sí mismo á las que conceptúa susceptibles de buenos propósitos. 13. En los hospitales de menos importancia, en donde faltan medios de separación, el influjo directo y personal de la directora sobre las enfermas es mucho más sensible, atendido su corto número. Tanto en unos como en otros, son incesantes los estímulos que inducen á las prostitutas á cambiar de vida. 14. El artículo 104 de los reglamentos, impreso y expuesto en las salas, está concebido en esta forma: «toda enferma animada de un sincero deseo de reformar su vida, sin otro esfuerzo por su parte que manifestar sus buenos intentos, recibirá ayuda y asistencia para entrar en una casa de refugio, para volver al seno de su familia, ó para hallar una colocación á su salida del hospital.» 15. Las mismas prostitutas se explican hoy, según los recursos de su lógica, en qué consisten los cambios favorables de su proceder; antes se les trataba casi siempre con despego; acaso con odio; tal vez con crueldad; actualmente se han humanizado con el trato de la policía y con la cariñosa solicitud con que se las cuida en los hospitales especiales. En otros tiempos, se veían lanzadas de la sociedad como fieras; hoy sienten la emoción de su propia individualidad, cual si vinieran de nuevo á la vida. Esto quiere decir que el individuo solo es el bruto de la soledad, el bruto de su desamparo; esto es, el bárbaro de aquella barbarie, mientras que la mirada de muchos ojos suele hacer que nuestro semblante se ponga encarnado, como si el trato de las gentes viniera á inspirarnos el decoro del sentimiento personal, cierta dignidad de orgullo y de virtud, casi la virginidad del rubor. 16. Echemos ahora una ojeada hacia el número de prostitutas, salidas de los hospitales especiales en el transcurso de tres años, ora para entrar en casas de refugio, ora para volver al seno de la familia. 1870 á 1871 (31 de Abril à 31 de Marso). Mujeres que entraron en casas de refugio......... Vueltas á su familia....... 2 1871 à 1872. Refugio...................

Familia...............oo 234 TOTAL........ 1.428 En resumen, creo haber demostrado que las consecuencias morales de los decretos hacen buena la siguiente frase de un publicista: «estos decretos combaten los males causados por la PROSTITUCIÓN y arrancan un gran número de sus víctimas á la degradación y á la infamia.» (W. H. SLo- GETT, inspector de los hospitales especiales; 8 de Mayo de 1873.)

17. Setiembre de 1869. El Parlamento inglés, votó, en Setiembre de 1869, una policía de las costumbres, muy semejante al régimen francés. El acta de la Cámara de los Comunes, considerada fundadamente como una violación de las instituciones del Reino Unido, motivó una viva protesta, la cual ha organizado la federación británica y continental para la abolición de la PROSTITUCIÓN legal ó autorizada. Dicha federación cuenta ya con un órgano en Londres, sucursales en Alemania, Italia, Suiza y América. Esta revolución interior, aunque no salga de la esfera de los espíritus; es decir, aunque no anule el acta del Parlamento inglés, ha producido un movimiento de regeneración moral, conveniente en todas ocasiones, porque levanta y vigoriza las fuerzas esenciales de un pueblo. Dicha protesta se ha organizado bajo las ardientes inspiraciones de una dama venerabilísima, un ángel de este siglo, la abogada de nuestras madres, la heroína de la caridad, Josefina E. Butler. ¡Quiera Dios que sus nobles propósitos, en cuanto al rescate de la mujer por la virtud, por la piedad y por el trabajo, se vean cumplidos en toda la medida que su generoso pensamiento merece! Pero ¡qué lástima! Sus fervientes anhelos son un problema que no ha de resolver la presente generación. En cuanto á las libertades inglesas, contradictorias y ridículas en muchos casos, respondemos que no aceptamos la libertad individual para lo absurdo, lo obsceno, lo inicuo. Un pueblo no puede vivir, sin gangrenarse, en medio de la formidable anarquía que reinaba en Londres respecto de costumbres públicas. El acta de la Cámara de los Comunes, con más ó menos dificultades, entrañando más ó menos abusos, corresponde evidentemente á un fin social capitalísimo, cuyo fin se completará con la reforma, no de las costumbres, sino de las instituciones del pueblo inglés. PARÍS 1. Nombres de las casas de PROSTITUCIÓN. Parece ser que, hasta el tiempo de san Luis (1254), se adoptaron las denominaciones de los romanos, que las llamaban lupanaria y fornix. Después se llamaron bordeaux; luego, clapier, conejera; actualmente, maisons tolérées, casas toleradas. La palabra clapier aparece aún en una Ordenanza de 30 de Junio de 1395. 2. Nombre de las amas de casa. Primeramente se les dió el nombre de maquerelles (rufianas); luego, de baillives, bailesas; esto es, mujeres del baile, juez, posteriormente, de abbaisses, abadesas; supérieures, superioras; mamans, mamás, después el de maîtresses de maison, amas de casa. El nombre de dames de maison, señoras de casa, aparece ya en los registros de 1796. El nombre de abadesas, que hallamos en nuestros documentos antiguos, son las abadesas de Francia. 3. Varios nombres de las prostitutas. En los documentos de la Edad media aparece el nombre de ribaudes, lascivas; foles fammes, mujeres locas; ribaudes communes, rameras de todo el mundo, y foles fammes communes, en la Ordenanza de san Luis, de 1255; meretrice, meretriz; fille d’amour, muchacha de amor; fille du joie, muchacha de la alegría; femme galante, mujer galante; femme publique; femme du monde; prostituée; putaine y otros muchos nombres vulgares. Aparte de este tipo genérico, que comprende á la prostituta común, hay una familia particular, que abraza tres especialidades: la grisète, la lorète y la cocot, infinitamente modificada según los tiempos. Dis tintivos. Bajo san Luis (siglo XIII), la prostituta no se conocía por un distintivo, sino por un traje especial; pero aquella legislación cayó en desuso al poco tiempo de ser promulgada. La historia hace mención de tres señales, aplicadas á las mujeres de mal vivir, para distinguirlas de la mujer honesta; y más aun, para que sirviese de nota de infamia, como medio de contener la liviandad de las costumbres públicas. Las tres señales aludidas marcan tres períodos diferentes: bajo Juana I, bajo Carlos VI y bajo Enrique IV. Juana I. Esta reina de Nápoles, condesa de Provenza, dispuso que las prostitutas de Aviñón levasen un cordón ó cinta, de que hablaremos más adelante. Carlos VI. Este rey mandó que las prostitutas de la Casa de Tolosa, llevaran al brazo una liga de tela de color distinto que el traje, cuya formalidad cumplida, podían emplear el vestido y el capirote que quisieran, amén de los colores que más les agradaran.

(SABATIER, Legislación sobre mujeres públicas, página 113.) Enrique I V. El distintivo consistía en una placa dorada, que llevaban en la cintura, de donde viene el proverbio que dice: Más vale buena fama Que cintura dorada. (Bonne renommée Vaut mieux que ceinture dorée.) Reglamento de 1762. En un proyecto de organización presentada al lugarteniente de policía de 1762, se exigía que las mujeres de partido, así como sus amas, no pudiesen salir de los burdeles, ni presentarse en público, sin llevar al través de la caperuza ó del bonete una cinta de tres dedos de ancha y de un color particular, bajo pena de 50 libras de multa. Este proyecto no llegó á ser ley. Tres pasajes del documento de Juana I, reina de Nápoles. Este documento es curioso de todo punto: «En el año de 1347, á los ocho días del mes de Agosto, nuestra buena reina Juana ha concedido un paraje de liviandad de Aviñón y prohibe á todas las mujeres livianas que ronden por las calles de la ciudad, ordenando que sean encerradas en el lugar que se les destine; y á fin y efecto de que se distingan de las damas honestas, manda que lleven una cinta encarnada en el hombro izquierdo. Cuando una doncella haya caído en falta y quiera seguir en tan mal género de vida, el portoclavero la cogerá de un brazo y la llevará por las calles, al son de tambor, hasta dejarla en el paraje público de liviandad prohibiéndola que salga de allí, bajo pena de azotes por la primera vez; y de azotes y de extrañamiento, en el caso de reincidencia. Nuestra buena reina dispone que la casa de liviandad esté establecida en la calle del Puente Agujereado (Pont Troué), cerca del convento de los hermanos agustinos, hasta la puerta de San Pedro. Ningún hombre podrá visitar á las prostitutas sin el permiso de la abadesa, que los cónsules elegirán anualmente.» 4. Castigos y prohibiciones. — Siglo VIII. Digamos algo sobre castigos y prohibiciones, ya que tenemos las preciosas noticias de Sabatier (Legislación sobre prostitutas) y de La Mare (Tratado de la policía). Las Capitulares de Carlomagno, inspirándose con poca discreción en el espíritu grotesco de la Edad media, ó bien en la legislación romana, lo cual es más probable, fueron las leyes que dieron el ejemplo de una severidad excesiva; la cárcel, el azote y la exposición en la argolla, eran las penas pronunciadas contra las mujeres de partido, así como contra todos aquellos que las encubriesen ó les facilitasen un refugio. Los encubridores y los arrendadores de casas á las prostitutas, debían llevarlas sobre las espaldas hasta la plaza del mercado público, para sufrir allí la pena á que el inquilino estaba condenado. Algunas cuantas desvalidas fueron expuestas en la argolla y azotadas por mano del cómitre; pero nada se remedió, porque no es en casa de los verdugos donde se debe buscar remedio á los vicios sociales. Las Capitulares, no solamente no consiguieron nada; sino que agravaron la situación; y así se ve que, durante los cuatro siglos que siguieron á las leyes de Carlomagno, la licencia reinaba en todas partes, al mismo tiempo que la disolución más desenfrenada se había apoderado de todas las clases de la sociedad. (RABUTAUX, De la prostitución en Europa desde la antiquedad hasta fines del siglo XVI; Paris. 1851.) Siglo XIII. Vuelto san Luis de su expedición á Tierra Santa, su espíritu se aflige ante la profunda perturbación de sus Estados, causada por la demasía de las costumbres y publica una Ordenanza (1254), cuyo artículo 34 mandaba: que se expulsase á las meretrices, así de las ciudades como de los campos, encargando á los jueces que, hechas sin resultado las convenientes amonestaciones, se apoderaran de sus bienes, ya por sí, ya por delegación; de tal manera, que fuesen despojadas de todo, hasta del abrigo de pieles ó de la túnica

(usque ad tunicam, velad pellicium). También disponía: que aquel que alquilara á sabiendas una casa á las meretrices, perdería la casa alquilada (volumus quod ipsa domus incidat domino, a quô tenebitur in commissam). Esta Ordenanza no hizo otra cosa que agravar los males, que el piadoso monarca intentó prevenir. En 1256 expidió otra Ordenanza para la utilidad del reino, confirmando la de 1254. Esta Ordenanza agravó los males producidos por la anterior. Ultimamente, en 25 de Junio de 1269, expide otra Ordenanza, dada en Aiguesmortes, en la cual manda exterminar á las mujeres públicas, así dentro como fuera de las ciudades (exterminari precipimus tam in villis quam extra.) El desconcierto entonces no tuvo límites. Las rameras, viéndose perseguidas á sangre y fuego, dejaron sus trajes distintivos y se vistieron como las señoras honradas, confundiéndose de este modo prostitutas y nobles. Desde aquel punto y hora no fué ya posible entenderse, porque cada familia era un motin. Espantado el legislador de su misma obra, tuvo que mudar de política ante el abismo que se abría bajo sus piés; y así aconteció que aquel rey santo se vió en el trance de capitular con las rameras, marcando los lugares en que debían permanecer, lo cual valía tanto como reconocerlas y ampararlas. Y si san Luis se obstina en su propósito, santo y todo como era, la PROSTITUCIÓN le cava el trono. Siglo XIV. El preboste de París, con data de 13 de Junio de 1395, ordena: que las muchachas de la alegría (les filles du joie) no pudiesen estar en sus burdeles (clapiers) después de sonar le couvre-feu, que era una especie de Ave María que se tocaba á las siete, en verano; y á las seis, en invierno. Pocos años después de haber mandado san Luis exterminar á las prostitutas, ast en la ciudad como en despoblado, el preboste habla de lupanares, como cosa admitida y corriente. El mandamiento del preboste se cumplió á medias y concluyó en absoluto por no cumplirse. Aquel bando se renovó en 1415; pero tuvo la misma suerte que el de 1395. Volvió á renovarse en 1419; pero corrió parejas con el de 1415, hasta que el preboste, asendereado y mohino, hubo de dar al traste con el bando, permitiendo que las muchachas de la alegría estuviesen en los burdeles antes ó después del couvre-feu (cubre-fuego ó apaga-luces). Siglo XVII. La Ordenanza de 16 de Marzo de 1687 disponía: «que todas las rameras que se encontraran en Versalles y sus contornos, tuviesen las orejas cortadas.» (PARENT-DUCHATELET, tomo II, página 287.) Es muy posible que algunas rameras se quedasen desorejadas; pero nada decimos del resultado de aquella ley, porque ¿qué resultado puede tener la política de cortar orejas? Tal vez la prostituta ganó en el desmoche, pues si alguno no la quería, siendo orejuda, quizá se prendó de ella, viéndola mocha, pues ya dijo una desorejada que nunca falta en el mundo un desorejado, y cuenta que lo dijo en una lozana redondilla: «Discreto fué ¡por Satán! quien la oreja me cortó, que otras cosas faltarán; un desorejado, no.» Pues ¡también fué ocurrencia la de los antiguos, al legislar contra las cuitadas orejas de las prostitutas! Pero, entre todos los castigos impuestos con motivo de la PROSTITUCIÓN, hay uno, de que no existe ningún ejemplo en la historia de la humanidad, que se refiere en las Memorias de Joinville, quien acompañó á san Luis en su expedición á Ultramar. A propósito de Cesarea, dice que cierto caballero fué hallado en un burdel, lo cual dió margen á tal escándalo, que el Consejo hubo de reunirse para sentenciarle. Parte de la sentencia estaba concebida en estos términos: «y en el caso de que no se plegue á cumplir el anterior castigo, perderá caballo y arnés, siendo expulsado para siempre del servicio del rey.» El castigo impuesto consistía en la siguiente ceremonia: «la ramera, con quien se le halló en el lupanar, debía conducirle ante el ejército, en camisa, llevando una cuerda atada á los testículos, especificándose que un extremo de dicha cuerda estaría en manos de la prostituta.» Esto quiere decir, poco más ó menos, que la prostituta era la que tiraba por un extremo de la cuerda, á modo de ronzal. Queriendo evitar el ser impúdicos, cayeron, como ven nuestros ilustrados lectores, en el extremo de la impudicia, lo cual consiste en que todos los extremos se tocan. Lo muy frío quema como lo muy caliente, de donde se deduce que el castigo del caballero de Cesarea era muy caliente, ó muy frío. Respecto de París, se ordenó después que las rameras no estuviesen en las ventanas, porque excitaban á los transeuntes con miradas y actitudes lascivas, bajo pena de ser rapadas y expulsadas de la ciudad. A consecuencia de este mandato, no estuvieron en las ventanas; pero se pusieron detrás de los vidrios, lo cual Ilamaba mucho más la atención. Se mandó que los vidrios se cubriesen con una especie de visillo ó cortina; pero las prostitutas se pusieron entre el visillo y los cristales, lo cual aumentó mucho más el escándalo. Se mandó que los cristales se embadurnaran y se embadurnaron efectivamente; pero al tercer día, estaban limpios y relucientes como el oro. Se mandó también que las ventanas permaneciesen entreabiertas, y así estuvieron algunos dias; pero después se abrieron de par en par; y abiertas y todo, las prostitutas ejercían su oficio á ciencia y presencia de la vecindad y de los transeuntes. (TRÉBUCHET Y POIRATDUVAL, tomo II.) 5. Historia y tolerancia.—Siglo XI. En este siglo era tan general la PROSTITUCIÓN, que Guillermo III, obispo de Paris, tuvo que fundar el convento de las Hijas de Dios (Filles-Dieu), para acoger á las mujeres públicas que había convertido con sus predicaciones. Este fué el convento que san Luis dotó, dos siglos después, con fondos de su propio peculio, con el objeto de que pudiese contener á 200 arrepentidas. Siglos XIV y XV. En 1399, Carlos VI había expedido cédulas á favor de las prostitutas de la Casa de Tolosa, mediante las cuales les concedía la facultad de vestirse como quisieran, toda vez que llevaran, atada al brazo, una liga de tela de color distinto que el traje, según queda dicho en su lugar. Los capitulares ó regidores de aquella ciudad exponen al rey Carlos VII que, desde muy antiguo, poseían con buen derecho, y á justo título, un burdel (hospitium commune), en donde recibían todos los años, así de las muchachas de partido, como de los mancebos que las iban á visitar, un impuesto que se empleaba en utilidad y provecho de la población. En virtud de esta instancia, Carlos VII tomó bajo su protección, en 1424, la Casa de Tolosa, denominada el Castillo verde. Las Ordenanzas de san Luis, mandando exterminar á las prostitutas, produjeron un inmenso alboroto. Las provisiones de Carlos VII, dadas pocos años después, otorgando fueros á las prostitutas del burdel de Tolosa, no provocaron el menor murmullo. Siglo XV. El acta de las costumbres de Narbona nos hace ver que el cónsul y los habitantes de aquella ciudad tenían á su cargo la administración de todos los ramos de la policía, así como el derecho de tener una calle Caliente (rue Chaude); es decir, un lugar público de PROSTITUCIÓN. Un documento de los archivos de Estrasburgo demuestra que, á mediados del siglo xV (1455), el municipio de aquella ciudad recibía cierta gabela de las casas públicas ó lupanares, lo cual demuestra que los consentía. Fodéré afirma que un impuesto análogo existía en Malta por los años de 1783. (Diccionario de las ciencias médicas, tomo XLV, página 484.) Respecto de Francia, el Diccionario de Desessarts habla de la capitación que pagaban las casas públicas. (Diccionario universal de policia, París, 1786 6. Número de prostitutas en 1762. Según Restif de la Bretonne, en su pornógrafo (pornographe), el número de las mujeres públicas de Paris era de 20.000 próximamente. Según un documento manuscrito, que existe en la Prefectura de dicha ciudad, aquel número se elevaba á 25.000. Según tradición de la Prefectura de policía, el número de prostitutas, mancebas y entretenidas, antes de la Revolución, no bajaba de 30.000. Fouché, ministro de la policía general de la república, confirma el número an

terior en 23 de Mayo de 1802. Bajo la Restauración, las mujeres matriculadas daban á la policía el insignificante ingreso de 150.000 francos. Se supone que eran 20.000, cuando la población de París no excedía de 900.000 habitantes, menos de la mitad que hoy. Registro ó censo de las prostitutas. Desde Carlomagno, los reyes de Francia, hasta Luis XVI, dieron multitud de reglamentos contra las prostitutas; pero su registro no se principió hasta fines del siglo pasado, poco después de las Ordenanzas expedidas por el lugarteniente de policía, Lenoir. Bajo la Convención, se ordenó otro censo, que tuvo principio en 20 Ventoso, año VI (Marzo de 1796). Otro censo tuvo lugar en el año IX (1801). En 15 de Julio de 1816 se dispuso un registro general, que estuvo vigente hasta 1828, en cuya época se introdujeron grandes mejoras para la cabal organización de aquel servicio, que sirvieron de fundamento al sistema actual. 7. Mujeres inscritas. En 1812 se inscribieron 1.293. En 1832, 3.558. En 1854, 4 232. Población extranjera. Las naciones que suministraron mujeres á Paris en número mayor, fueron: Bélgica.................. 461 Suiza....................

España.................. 14 El número total de las extranjeras ascendía á 482, clasificadas del modo siguiente: Americanas..............

TOTAL.......... 482 8. Inscripción en el registro de policía en el espacio de diez y seis años. Se inscribieron 12.544. se presentaron por si mismas........ 7.38 Por las amas de casa.................. 4.436 Se inscribieron de oficio.............. 720 TOTAL........... 12.544 Pero nos acercamos á un asunto de grande interés. 9. Condición de las prostitutas. Entre las 840 familias que dieron mujeres al tráfico inmoral, hallamos las siguientes curiosidades: una tenía por padrino á un general; pero su padre era salchichero. Otra, hija de un notario, tuvo por padrino á un principe y por madrina, á una señorita de alto copete. Otra, llamada D..., era de una familia ilustre, circunstancia que concurría en otras tres. Aparte estas cuatro excepciones, la casi totalidad de las mujeres de partido procedía de la clase artesana; es decir, de la clase ignorante y pobre. Pero prosigamos con buena voluntad en esta interesante y humanitaria averiguación. 10. Clases artesanas que han dado más pábulo á la liviandad. Los oficios mecánicos, que se dedican á trabajos penosos, representan sobre la quinta parte, ó sea casi el 20 por 100 de la PROSTITUCIÓN general. Siguen las faenas del campo, con un 13 ó 14 por 100, ó sea la séptima parte, ocupando después el primer lugar los tejedores de toda especie, los carpinteros, picapedreros y albañiles. 11. Profesiones de los padres de las prostitutas. En el número de 2.504 padres de prostitutas, las diferentes profesiones representan el cuadro siguiente, de mayor á menor: Oficios rudos 511 Faenas del campo............

Carpinteros..................s.... Zapateros de toda especie.... Herreros y albéitares........

Criados....... Ventero Carniceros y salchicheros.... 53 Las profesiones que menos han dado son las siguientes: Vidrieros...................

Médicos, cirujanos, barberos. Personas ilustres............

Aduaneros................... 12. Cifra notable. En el número mencionado de 2.504 padres de mujeres perdidas, sólo se han encontrado un actor y un verdugo, que son las dos clases que han contribuido en menor escala á la liviandad pública. 13. Estado civil de las prostitutas. De 1.183 jóvenes prostitutas, acerca de cuyo origen se adquirieron noticias, 237 eran hijas naturales y expósitas. Por consiguiente, esta masa representa sobre un 25 por 100, ó sea la cuarta parte de la PROSTITUCIÓN, dato transcendente y precioso de todo punto, el cual demuestra que la familia es la custodia de la virtud, como es el asilo del amor. 14. Oficios que han dado más mujeres al trá fico inmoral, partiendo del número de 1.000 mujeres. Ocupa el primer lugar el ramo de criadas, que dió 81. Siguen ciertas costureras, dedicadas á hacer chalecos, que es lo que se llamó giletière, 52. Siguen las repeladoras (épileuses), 47. Ocupan el cuarto lugar las jornaleras, 45. Los oficios que han dado menos á la corrupción de las costumbres públicas, son: Encuadernadoras............... Comadres ó parteras........... Mujeres que sirven de modelo á los artistas.............. Asistentas (femmes de ménage). 1 Este cuadro revela una profunda verdad histórica, la cual consiste en demostrarnos que una de las más grandes causas de la PROSTITUCIÓN es la misma en todos los tiempos, porque la ley moral no se contradice: antes se llamó esclavitud; actualmente, se llama servidumbre, ó servicio; pero, ora se llame servicio, ora se llame servidumbre, siempre hallaremos que se trata de un oficio servil. Este antecedente pone de manifiesto que allí en donde termina la personalidad humana, termina también el albedrío de la conciencia, de donde resulta que la libertad es la fuente de la virtud. ¿Por qué? Porque sólo á beneficio de la libertad puede guardarse y precaverse el principal decoro de la mujer, la primera de sus virtudes, la única posible; el recato. Cuando el recato está en peligro, no hay honra segura en ninguna parte; y la verdad de esta opinión salta á la vista. Si la mujer no tiene libertad para recatarse ¿cómo se guarda? ¿cómo se defiende? Y si no se defiende ¿cómo no ser vencida? Cuando oigamos hablar de una doncella virtuosa; cuando oigamos hablar de una virgen casta, sea quien fuere, esté donde esté, lo único que debemos decir, es lo que sigue: que se recate; que esconda la mano, porque si la pone en el fuego, se quema. Será muy casta, muy ejemplar, muy virtuosa; pero se quema. Y ¿quién pretenderá que el fuego no queme? La mujer guarda su candor bajo el secreto del recato, como la rosa guarda su esencia bajo el broche del cáliz. Abierto el broche, se va el perfume de la rosa, como violado el secreto del recato, se va el perfume de la virgen. Pero vayamos á otro asunto, que no es menos vital. 15. Instrucción de las prostitutas. De 1470 jóvenes, nacidas y educadas en Paris, no pudieron firmar, porque no sabían............................ 2.332 Firmaron mal........................... 1.780 Firmaron bien.......................... 110 La instrucción de las 248 restantes no consta. Las subprefecturas del Sena, zona del Norte, presenta el significativo cuadro siguiente: De 1.819 jóvenes, procedentes de las cabezas de partido, no supieron firmar.. Firmaron mal........................... 1.052 Firmaron bien........................ Sin designación......................... Las subprefecturas de la misma zona han dado: Jóvenes que no supieron firmar....... 78 Que firmaron mal.................... Que firmaron bien..................... Sin designacion... Poblaciones rurales de la misma No supieron firmar.................oFirmaronien............. Sin designación......................... De 2.912 jóvenes, solamente 14 suieron firmar bien. Estos guarismos significan más que mil volúmenes y mil discursos.

Extranjeras. De 501 extranjeras, no supieron firmar.................. Sn Más del noventa y seis por ciento habían recibido una educación descuidada.

16. Edad. En 31 de Diciembre de 1831, estaban inscritas en la Prefectura 3.517 mujeres, cuya edad fluctúa entre 12 y 65 años. Notaremos varios períodos, para que se comprenda el influjo y el movimiento de las edades en los estímulos de la conciencia y en el desarrollo de las pasiones: De 12 años....... 1 De 23 años....... 240 i5............. En el cuadro anterior, el número de las prostitutas principia á descender después de los 23 años, cuya edad produjo el número máximo, ó sea 240. En la Prefectura se conserva el cuerdo de una prostituta de 80 ó 82 años. 17. Edad de las inscritas. De 10 años....... 2De 17 años....... M............. 51 En este cuadro, la edad de 20 a marca el máximum, ó sea 322. 18. Cabello. De 12.600 mujer llegadas á Paris de todas las ciu des y países, tenían el cabello: Castaño.......... 6.730 Oscuro.. 2.642 Rubio..................604 Negro.......... 1.486 Rojo.................. Sin calificación.......... 2 19. Ojos. De 12.454 mujeres procedentes de todas las ciudades y países, tenían los ojos: Pardos........... 4.612 De color más tomado... 3.520 Azules................ o... Sin calificación.... 20. Estatura. Entre las varias estaturas que constan en los documentos de policía, la menor es de l metro, á centímetros; la mayor de l metro, 85. (Archivos de la Prefectura de Paris.) 21. Casamientos. En tiempos de Parent-Duchatelet, que murió en 1836, solían casarse en París de 20 á 25 prostitutas anualmente, de las registradas en la Prefectura. Sus maridos no ignoraban la vida de las nuevas esposas. Pero nos espera una cuestión transcendental. . 22. Causas de la PROSTITUCIÓN. La) primera de todas las causas es la seducción, ora por amor, ora por interés, ora por respeto ó por autoridad, en cuyo último caso, el origen más general de la seducción es la servidumbre. Entre las mil y mil jóvenes inscritas durante el transcurso de diez años, fueron rarísimos los casos de virginidad, hasta el punto de que únicamente tres ó cuatro no habían sido ya desfloradas. (PARENT-DUCHA La segunda es la miseria, pues muchas jóvenes, abandonadas por sus familias, sin parientes ni amigos, se ven obligadas á recurrir al tráfico infame de su propio cuerpo para no perecer en el desamparo. Una de las muchachas que fueron á inscribirse en la Prefectura, estaba sin comer hacía tres días próximamente. Cuando esa mujer agoniza así ¿habrá quién le hable de pudor? ¿Qué es el pudor cuando una serpiente nos ahoga? Esto no se puede decir en materia de principios morales, porque el alma no tiene fin; pero en la práctica de la vida, tratándose de una pobre mujer, es una verdad incontrovertible. La tercera es la holgazanería, fomentada por el instinto y propensión al lujo; porque nay un gran numero de de jóvenes, pervertidas por el mal ejemplo, las cuales no piensan en otra cosa que en lucir galas sin trabajar. La cuarta es el abandono de los amantes, y la imposibilidad consiguiente de hallar casamiento, lo cual produce en el ánimo de la mujer el sonrojo, la desesperación y el fastidio. La quinta consiste en el mal trato de los amos, de las madrastras y de los parientes. La sexta proviene del contagio de malas compañías, ó del ejemplo peligroso que reciben en ciertos establecimientos, ora públicos, ora privados, ora en sus propias casas Cuando veamos á una prostituta, no tengamos que preguntar á nadie, n a ela hisma, de dónde viene; viene seguramente de alguna de las plagas, que hemos enumerado y que vamos á repetir, para que no se olviden: seducción, miseria, holgazanería, lujo, perfidia del amante ó del mancebo, tiranía en el trato, malas compañías, ejemplo pernicioso, todo lo cual va envuelto en la falta completa de educación moral y religiosa. 23. Cuadro sobre las causas de la prostitución. Parent-Duchatelet publica el siguiente curioso cuadro, partiendo de un grupo de 5.183 mujeres. 1.a Miscria absoluta, desnudez completa................... 1.441 2. Mancebas abandonadas por sus queridos.............. Muerte de los padres, expulsión de la casa paterna, abandono total. Mujeres llevadas á Paris y abandonadas por militares, comisionados, estudiantes, viajeros........ Criadas seducidas y abandonadas por sus amos..................... Mujeres que van de provincias para ocultar su deshonor y buscar recursos........... Mujeres que se prostituyen para sostener á sus padres ancianos y enfermos............ Huérfanas primogénitas que hacen lo propio para mantener y educar á sus hermanos, hermanas y aun sobrinos y sobrinas......... Viudas ó abandonadas, que acuden á la mala vida para ayudar á una familia numerosa....... La seducción comprende: 1.° Mancebas abandonadas, muchas de las cuales son antiguas sirvientas....................... 1.42 2.° Seducidas por militares, estudiantes, viajeros, muchas de las cuales son criadas................ 404 Por los amos....... 4.° Las que van á Paris para ocultar su deshonor, á consecuencia de seducciones anteriores........... 280 Toral............ 2.398 La seducción viene á representar próximamente de un 30 á 40 por 100 de la PROSTITUCIÓN total. Dejando aparte un orden de cosas más transcendente, que no toca al dominio de nuestros estudios, ni corresponde á la naturaleza de este Diccio NARIO, podemos decir que ya conocemos las causas generales; es decir, las causas más comunes de la liviandad pública. Y si esas causas no desaparecen ¿cómo queréis que desaparezcan los efectos? Si no curáis la llaga ¿cómo queréis sanar la úlcera? Dicho de otro modo: ¿cómo queréis que no brote el humo, cuando dejáis arder la hoguera de donde el humo brota? ¡PROSTITUCIÓN de las mujeres! Pero ¿quién nos ha dicho que es la PROSTITUCIÓN de la mujer? Precisamente la mujer es la que menos parte toma en la PROSTITUCIÓN de todos, la cual comprende por necesidad la PROSTITUCIÓN de ella misma. Supongamos por un momento que otro fuera el sacrificador. Dada esta hipótesis ¿qué ha de ser la mujer sino la criatura sacrificada? Vayamos al origen de la cuestión y veremos probablemente que dicha hipótesis es algo más que hipótesis. Muchos exclaman con generoso ahinco: «¡hay que extinguir la PROSTITUCIÓN de la mujer!» ¡Qué buena fe tan candorosa! 24. Opinión que las prostitutas tienen de sí mismas. Saben que obran mal, que merecen verse despreciadas, que no pueden ser venturosas y sufren en hartas ocasiones el peso horrible de su ignominia. Muchas prostitutas han ido al hospital á consecuencia de la sorpresa que han experimentado al encontrar, ora á un conocido, ora á un individuo de su familia. Una muchacha de provincias se volvió loca por haber hallado á un La¿ [paisaro suyo, queela cónocio cuando todavía no habia abandonado el sen 1.255 dero de la virtud. Parent-Duchatelet, con el intento de demostrar que la prostituta tiene horror de sus faltas y que este horror es el sentimiento más profundo y la necesidad más poderosa de su espíritu, refiere en su libro el caso siguiente: «una lechera, madre de familia, entró en la prisión de la Prefectura. Habiendo tomado confianza con las muchachas de mala vida que estaban allí, les hablaba con cierta libertad en el patio, lo cual bastó para que cayese en el desprecio de todas ellas. ¿Cómo esa mujer, exclamaban las prostitutas, se comunica con nosotras como si fuésemos mujeres honradas?» Una de ellas, hablan

do con un médico del establecimiento para reconocer la sanidad de las mujeres públicas (dispensaire, dispensario), le decía con toda la efusión de su alma: «yo procuro estar sobre mí para no aficionarme á ningún hombre, porque, al hacerle una caricia, me parecería que le manchaba con mi contacto.» (PARENT-DUCHATELET, tomo I, página 112.) Hallándome un dia en una sala del hospital, sin ser visto, continúa el mismo autor, oí que una muchacha prostituta prorrumpía en la siguiente exclamación, al contemplar la hermosura del cielo: «¡cuán bueno es Dios, que nos envía un tiempo tan hermoso! A fe que nos trata mucho mejor de lo que merecemos.» Y en toda la sala se oyó un grito unánime, que decía, «es verdad.» Este grito unánime, que equivalía á una espontánea confesión de sus culpas, era la voz conteste de prostitutas como ella. M. Periset, continúa Parent, me llamó la atención hacia una muchacha de mal vivir en el hospicio de la Salpêtrière. Aquella joven guardaba un silencio obstinado, cuando se hallaba delante de gente; pero, cuando creía estar sola, repetía con insistencia: «¡qué desgraciada soy, habiendo hecho abandono de mi pudor! ¿Cómo soportar el menosprecio de todo el mundo? ¿Cómo vivir en esta humillación eterna?» No hay nada comparable á esa opresión horrible del propio pecado. El porvenir de aquella mujer puede vaticinarse sin vacilación: el suicidio, la enfermedad ó la locura. Y ¿qué hace con aquella víctima una sociedad que se denomina cristiana? A propósito de esa mártir de su propia conciencia; ¿habrá quien ose hablarnos de la PROSTITUCIÓN de la mujer? 25. Un orgullo hijo del sentimiento de la propia abyección, que pudiera llamarse el orgullo de la desgracia. La prostituta, castigada tan cruelmente por su propia ignominia, no puede sufrir la menor afrenta de los demás, en cuyo sentido tiene un orgullo que no conoce límites, hasta el punto de confundirse con la demencia. Es la demencia de su condenación, de su remordimiento y de su desdicha. Un médico del hospital no entraba nunca en la sala de mujeres perdidas sin hacer ademán de destocarse, cuyo simple acto de cortesía fué suficiente para que reinase en aquella sala el orden más perfecto. Es que satisfacía el tremendo orgullo de aquellas mujeres abyectas: ¡el orgullo de la abyección, que hasta en la abyección entra el orgullo! 26. Sentimiento religioso. Las prostitutas abandonadas por sus familias desde su tierna infancia, apenas tienen noción, ni sentimiento, de la Divinidad, según el testimonio de las señoras pertenecientes á cofradías piadosas. Aquellas desgraciadas parecen vivir en el desamparo del bosque, como piedras caídas de las nubes. En cuanto á las demás, respetan al clero, veneran las iglesias y se dan con ahinco á ciertas prácticas del culto externo. Una muchacha, sintiéndose enferma repentinamente en una casa de mujeres perdidas, calle de Mortellerie, pidió los auxilios de un sacerdote. Tres de sus camaradas corrieron á la iglesia; pero cuando se supo el lugar en que se encontraba la enferma, se exigió que se trasladara á otra parte, lo cual se ejecutó inmediatamente con el concurso voluntario, hasta solícito, de la dueña de casa y de las jóvenes que allí había.—Otra prostituta recibió una cita para la iglesia de San Sulpicio, la cual no aceptó, manifestando que no era digna de pisar aquellos sagrados lugares, y que no lo haría en tanto que ejerciera su vil industria; aunque la ejercía obligada por la necesidad. Se ha observado que en las enfermerías de las prisiones no rehusan jamás los auxilios de la religión en su hora extrema; y todas convienen en que ellas harían lo mismo en el último trance.—Una muchacha prostituta, de la clase más infima de la sociedad, perdió á un niño, de resultas de una enfermedad larga, durante la cual no cesó un punto de hacer novenas á la Virgen del Buen Socorro, así como de poner cirios encendidos delante de su altar. No hace mucho, habiendo muerto una prostituta en su casa, todas sus camaradas se juntaron pocos días después para hacerle magníficas honras, pagando al mismo tiempo gran número de misas. Otro tanto acaeció con una joven, cuyas compañeras, vestidas de blanco, la condujeron á la iglesia y pusieron en torno de su cuerpo un número prodigioso de cirios.— ¿Se querrá creer? pregunta el autor antes citado. Una anciana prostituta, ama de burdel, asistía todos los domingos á la misa mayor de su parroquia, llevando en la mano un libro de horas canónicas, primorosamente encuadernado; oía con toda devoción la plática de san Germán de Auxerre, entre el cortejo más brillante de la corte de Carlos X, amén de tener en su alcoba un Crucifijo; y en su habitación particular, una imagen de la santa Virgen y muchas pinturas de santos.

(PARENT-DUCHATELET, páginas 116 Si ahora aplicásemos la fisiología á la ifnuencia del espiritu y á la naturaleza de las pasiones, llegaríamos á demostrar que, si bien en términos alterados y corrompidos, en la prostituta se hallan los dos caracteres más necesarios y universales de la vida de la mujer: la piedad y el amor; cuyos hechos tienen su explicación en los principios inalterables de la ciencia.

Realmente; la mujer, en virtud de la delicadeza de sus nervios, es más afectuosa que el hombre; y esto significa que es más creyente, porque el grado de intensidad en nuestro sentimiento, determina el grado de intensidad en nuestras creencias y esperanzas, pudiendo afirmarse que el ser que más siente, es en la misma proporción el que más adivina. Esto hace que debamos considerar á la mujer como la criatura sensible y religiosa por excelencia, lo cual consiste en que el sentimiento de lo presente nos lleva al sentimiento de lo futuro, creándose en la conciencia de la mujer una especie de doble existencia, que puede formularse en estos vocablos: amar y creer. Y esa especie de doble existencia, que encontramos en la mujer, parece reflejarse sin cesar en el espejo de su alma, aun en medio de todas las tormentas de la vida, también en medio de todos los desórdenes de la prostituta. Por esto sucede que la madre, el arca misteriosa de la familia, al amar á su hijo, hace dos cosas: ama á su hijo y cree en Dios; porque su hijo es su primer misterio; más claro, su primer símbolo religioso. ¡Simbolo sagrado, cuya cifra se escribe en la tierra, cuyo arcano se oculta en el cielo! Estos estudios ponen de manifiesto una verdad interesante en grado sumo á la moral de la familia: el hijo que maltrata á la madre, es un mónstruo que no tiene igual en la naturaleza; de tal suerte, que no hallará misericordia, ni ante la piedad de los hombres, ni ante la clemencia de Dios. 27. Fanatismo. Muchas prostitutas encargan misas para que su querido no caiga soldado, ó para que vuelva á sus caricias el amante esquivo. (PARENT-DUCHATELET.) 28. Preocupación. El viernes, considerado como día nefasto, es la preocupación general de la prostituta. No hay ninguna que vaya en viernes para ser registrada en la Prefectura de policía. 29. Rubor. Si un extranjero entra impensadamente en el depósito de la Prefectura ó en los dormitorios de la prisión, en el momento en que se visten, procuran cubrirse en el acto, ó se cruzan de brazos para ocultar el pecho. Si alguna de ellas, despojada de parte de sus vestidos, á causa de un estado de embriaguez, entra en el depósito de la Prefectura, no habrá fuerza humana que la obligue á comparecer de aquel modo ante el comisario respectivo, sino que pedirá lo que la falte á sus compañeras, las cuales se lo facilitarán de buen grado. Hay un gran número de prostitutas que se abochornan, cuando tienen que descubrirse en presencia de muchos; y que, por cierto movimiento instintivo, se cubren los ojos con ambas manos. No olvidaré jamás, continúa Parent-Duchatelet, lo que ví por mí propio, al asistir á las lecciones de Miguel Cullerie, hace veinte años al menos. Es indefinible la impresión que producían en el ánimo de las prostitutas el examen y la demostración de sus enfermedades ante un numeroso auditorio. Todas, sin excepción, aun las más licenciosas, se ponían encarnadas; querían ocultarse y consideraban como un suplicio aquella prueba. 30. Las prostitutas que tienen más partido. La mujer de mundo que ten

ga más partido, será indudablemente la más hermosa, la más modesta y mejor educada; pero aparte de estas cualidades especialísimas, que participan de los atractivos de la hermosura y de la virtud, hay rarezas que asombran. Entre las mujeres matriculadas en la Prefectura, había muchas cojas, bien por luxaciones no reducidas, bien por vicios de conformación; otra tenía que andar con el auxilio de muletas; una joven era contrahecha y jorobada; otra prostituta no podía dar un solo paso sin balancearse violentamente á izquierda y derecha, á causa de tener las piernas tan juntas, que las rodillas no podían separarse más de seis á siete pulgadas. Esto refiere Parent-Duchatelet con referencia á datos concretos y evidentes, á lo cual añaden Trébuchet y Poirat-Duval: «la deformidad en ciertos casos procura una ganancia más considerable que la misma belleza. Una muchacha, la menos dotada de alicientes fisicos, puso en boga la casa á que los artilleros concurrían, sostenida por la llamada mère de canoniers (madre de los artilleros). Aquella muchacha no reunía otros méritos que el tener una pierna de palo. No parece sino que el gusto tiene también su curiosidad ó su capricho, y estas extravagancias corresponden sin duda á la curiosidad ó al capricho del gusto. ¡Una pierna de palo fué la fortuna de la madre de los artilleros! Generalmente hablando, es más solicitada la prostituta que presenta alguna particularidad notable, como el tener barba ó mucho vello; el ser muy rubia, muy blanca ó muy morena, muy alta ó muy baja; muy delgada ó muy gruesa, muy alegre ó muy taciturna, de tal modo que llegue á herir la fantasía, despertadora de los sentidos, tentadora incansable de los deseos, vigilante astuto y terrible del corazón. Pero, entre todas las circunstancias referidas, ocupa el lugar preferente la de verse en estado de ser madre; es decir, la circunstancia de hallarse encinta. La mujer pública, durante el periodo del embarazo, es doblemente requerida y pagada, lo cual explica el hecho de que no quiere ir al hospital con la conveniente antelación, sino que, atraída por el cebo del lucro, espera la última hora; de donde resulta que hay casos en que se siente acometida de los dolores en la calle, en el mismo momento en que incita á los transeuntes para que la sigan á su casa. 31. Las prostitutas ¿desean ser madres? Muchos escritores lo niegan; otros lo afirman, y es muy posible que los últimos tengan razón. No puede negarse que cierto número de mujeres públicas ven su embarazo con indiferencia, tal vez con repugnancia; pero hay muchas que desean ser madres, como si quisieran recibir una caricia pura de un ser inocente. Y lo desearían con mayor conato, cuando supiesen que la maternidad es la suprema expiación que el cielo les envía en el primer beso de un hijo, instante sacrosanto en la vida de la mujer, el más sacrosanto en el orden de las cosas humanas. En su lugar veremos el motivo que dió por resultado un caso de locura. 32. Documentos extraños. En los archivos de la Prefectura se conservan documentos tan raros como los dos siguientes: 1.° Una dama pretende que se le permita establecer una casa de PRoS TITUCIÓN, en esta forma: «Señor prefecto, hace siete años que soy mujer galante y me he portado siempre con honor, probidad y decencia; debiendo advertir el señor prefecto que solamente por un arrebato de vivacidad (un coup de vivacité), pude caer en los achaques de tan mala vida.» (Fué un impetu de vivacidad, y hacía siete años que vivía en aquella suerte.) 2.° Otra dama de 82 años pide autorización para establecer una casa análoga á favor de una hija y de una nieta, alegando que debe procurarles medios de vivir, «puesto que se halla próxima á entregar su alma á Dios y á comparecer delante de la justicia eterna.» 33. Condición de la prostituta en casa de la dueña. La rufiana le da: 1.° Vestidos, cuyo valor no baja de dos mil reales, que pertenecen á la dueña, en el caso de que la prostituta mude de ama. 2.° Comida abundante, hasta exquisita, con vinos, licores, café y mil requisitos, que no se escasean. 3.° Cama excelente; muchas veces, magnífica. 4.° Habitación ricamente amueblada, teniendo á su disposición las criadas que necesite, ora para servirla á la mesa, ora para vestirla y aderezarla, ora, en fin, para acompañarla en sus excursiones. Fuera de esta asistencia esmeradísima y de un traje completo, que debe darle la rufiana en el caso de permanecer á su servicio durante tres meses, la prostituta no tiene otros gajes que los regalos con que las agasajan los que las visitan. A este propósito, Trébuchet y Poirat-Duval refieren el siguiente caso: «una muchacha, que reunía á un físico agradable algunas noticias de música y una sagacidad mucho mayor que las noticias musicales y el buen físico, manifestó á un individuo de su parroquia que, teniendo para comprar un piano, podría vivir de dar lecciones y dejar su afrentoso oficio. Aquel caballero, compadecido, le dió 1.000 francos, de lo cual, sabedora la rufiana, se apoderó de dicha cantidad, alegando que aquel caballero la había tenido á su disposición mucho más tiempo del que había pagado, por cuya razón aquellos 1.000 francos eran complemento de lo que había dado anteriormente. Como sucediese que la autoridad no estimase justa esta pretensión de la rufiana, acudió al arbitrio de decir que la pupila iba á la mitad de ganancias, perteneciéndole únicamente 500 francos. La autoridad no admitió tampoco este nuevo recurso de la dueña, que tuvo que dar la suma íntegra. La muchacha se gastó en unos cuantos días los 1.000 francos con su amante, lo cual no tiene nada de particular, si atendemos á que era trasquilador, y al poco tiempo volvió á la Prefectura para incribirse en casa de la misma dueña, en donde se asegura que ama y pupila estuvieron á partir un piñón. 34. Externas, pensionistas ó muchachas de cartilla. Además de las prostitutas comunes, que se denominan muchachas de número, hay otras llamadas muchachas de cartilla, á quienes la rufiana alquila casa, traje, sortijas, collares, joyas y cuantos menesteres necesita, cuidando tambien de su alimento. Tratándose de muchachas de cartilda de cierta clase, el presupuesto diario de sus gastos con relación á la dueña de casa, es el que sigue, poco más ó menos: Comida, de á á ó pesetas. Habitación desnuda, 3.

Amueblada, 4, 5, hasta 10, y aun más en ciertos casos. Un traje ordinario, 2. Una camisa, 12 cuartos. Un par de medias, 9. En cuanto á las joyas, el alquiler varía de guarismo infinitamente, según su valor. De cualquier modo, el gasto diario de una muchacha de cartilla de cierto coturno no baja de 20 á 25 pesetas por día. 35. Los hijos de las rufianas. Sus hijos se educan en provincias ó en el extranjero, cual si pertenecieran á familias de distinción, y no tienen noticias del tráfico vil de sus padres. Hay mujeres, hijas de dueñas, que llegan á casarse, ignorando su propio origen y la procedencia de sus dotes. En cuanto á los hijos, suelen poner pequeñas tiendas, confundiéndose con la multitud, sin dejar de merecer en el público la consideración que jamás se rehusa á la diligencia y á la probidad.

(PARENT-DUCHATELET, página 455 y 456). Las rufianas que no tienen hijos, suelen adoptar los de sus parientes, dándoles una educación superior á su clase. Otras adoptan á los hijos de las prostitutas que están en su casa, mencionándose el raro ejemplo de una dueña, que prodigaba sus cuidados al hijo de una criada suya, el cual era jiboso, contrahecho en todas sus partes, verdaderamente deforme. Otra aseguró cincuenta mil francos á un niño que su marido había tenido de una camarera, cuyo caso refiere Parent-Duchatelet (página 456). Hay ejemplos de que una hija hereda la degradación de su madre; pero son rarísimos. Por lo demás, toda rufiana necesita que alguna virtud la auxilie; aunque no sea sino en pago moral de su codicia, de su furia, de sus violencias, de su sed de venganza y de sus envidias devoradoras. Para perdonar á la rufiana, hidra insaciable de la honra de su propio sexo, es necesario que la caridad de Jesucristo nos haga el préstamo de su gracia divina.

No teniendo otra ayuda que la virtud del auxilio humano, no cabe en lo posible perdonar á ese mónstruo. 36. Rufianas; cuestión de provecho; cifras curiosas. Calcúlase que, en los establecimientos vulgares, cada prostituta debe producir á la dueña de diez á catorce pesetas por día. La entrada diaria de los establecimientos de cierta clase, no baja de quinientas á seiscientas pesetas. Hay casas en Paris, como la que había, hace años, acaso existe aún, en una travesía de la calle Chaussée d’Antin, perfectamente conocida en París, cuyo ingreso diario montaría sin duda á miles y miles de pesetas. Solamente la entrada en aquel infierno maravilloso del capricho humano, en que hacía oficios de rufiana una señora de alta nobleza, costaba diez duros. Al penetrar en aquel paraíso de la condenación, no se podía decir si era una extravagancia del entendimiento, un cariño de la fantasía, un apetito de la materia ó la sugestión del demonio. Circunscribiéndonos á las rufianas venturosas, vamos á dar cifras notables. 1.a Algunas se retiran con una renta de cinco á diez mil francos, lo cual supone un capital de 20.000 á 40.000 duros. 2.a Otras alcanzan veinte mil francos, representando un capital de 80.000 á 100.000 duros. 3.a Otras consiguen una renta de veinticinco, treinta, hasta cuarenta mil francos, cuya última cifra supone un capital de 4.000.000 de reales próximamente. 4.a Hay otras varias, cuya fortuna no puede tasarse; pero que alcanza proporciones verdaderamente fabulosas. Una dueña de la calle Mortellerie, cerca del cuartel del Ave María, ganó en pocos años para comprar tres casas en París y dotar en sesenta mil francos á su hija, la cual casó con uno de los oficiales de la Guardia imperial, que ostentaba en su pecho la condecoración de la Legión de Honor. Trébuchet y Poirat-Duval dicen acerca de este punto: «pudiéramos nombrar una hermosa aldea, en donde se encuentra una de las rufianas ricas, siendo la primera en asistir á los oficios de la parroquia, con la servidumbre de su casa y el cortejo galante de los que van á verla; en auxiliar largamente á los pobres y en encargarse de las cuestaciones para gentes menesterosas. Dicha rufiana, convertida en señora de primera tijera, se casó últimamente con un señor condecorado, hombre de buen linaje y excelentes maneras, yendo al pie del altar con vestido blanco y todo el lujo pudoroso de la virgen más casta.» El traspaso de una casa de PROSTITUCIÓN, calle de la Tannerie, verificado en 1835, valió á la propietaria doce mil duros; esto es, sesenta mil francos. Quince traspasos de esas casas produjeron al fisco sobre setenta mil reales, ó sea 17.786 francos. 37. Suerte reservada á las prostitutas. Desde 1.° de Enero de 1821 al 30 de Diciembre de 1827, fueron encausadas 603 mujeres públicas de las inscritas en los registros de la administración. Por robo................................. 47 vías de hecho.............— heridas graves causadas con cuchillo ultraje público al pudor...........— rebelión armada contra los agentes de la autoridad................... — haber favorecido la corrupción de niñas........................... gritos sediciosos............ emisión de moneda y billetes falsos. — in

TOTAL............ 603 Fueron condenadas, desde un mes á perpetuidad, 323. Hubo un período en que se borraron de los registros de la Prefectura 3.401 mujeres de partido por las causas siguientes: Pidieron pasaporte para establecerse en diversos paises.... Por envío á sus localidades y tomadas por sus parientes.................

Arrepentidas....................... Por casamiento......................... Por tener medios de subsistencia....... Reclamadas por hombres ricos, que vivian con ellas......................... Tomadas por sus maridos........... Por condenas judiciales......... Conducidas por la gendarmería........ Enfermedades graves.................

Muertas........................... 428 Resulta del cuadro anterior que el 30 por 100 permaneció en el mismo tráfico, y el 20, no tuvo otro destino que las cárceles, el hospital y el cementerio. Entre las enfermedades figuran: Casos de caducidad prematura.......... Ceguera............................... 15 Empeines generales...................... Ulceras en la lengua.................... Destrucción del velo del paladar........ El cuadro de las defunciones presenta los siguientes detalles: Murieron en el hospital.............. 26 En las enfermerías de la prisión......... En sus casas...........................

TOTAL.......... 428 Entre las muertas en sus domicilios se citan tres casos: Muertas repentinamente.............. Se suicidaron..................... Fueron asesinadas....................... Desde 1820 á 1828, ambos inclusives, ó sea en el espacio de nueve años, desaparecieron 5.433 mujeres de las inscritas en la Prefectura, sin que fuera posible averiguar su paradero, por más diligencias y pesquisas que se practicaron al notar la falta. Cierto número de dichas mujeres fué pareciendo en esta forma: Dentro del primer año.................. 1.418 segundo.................... tercero..................... cuarto................... quinto.................. sexto.................. séptimo.................. octavo.................

TOTAL........126 Resulta, pues, que parecieron 2.126, no habiéndose tenido la menor noticia de las 3.307 restantes. 38. Prevención (depósito). En 1854, entraron en la prevención 31.367 personas.

Hombres.............. 12.209 Las prostitutas figuraron en este número por casi la mitad, ó sea 5.756. 39 Visitas ó reconocimientos sanitarios, ora en el establecimiento de la Prefectura, llamado DISPENSARIO, ora en el depósito, ora en las casas de PROSTITUCIÓN. Desde 1812 á 1814. Número de visitas ó reconocimientos: En 1812.........................7. Desde 1893 á 1826 Visitas en ..................... Desde 1828 á 1832 Visitas en 18.................. Desde 1845 á 1850 Visitas en 1845................. Desde 1851 á 1854 Visitas en 1851...........o01 TOTAL....... 2.030.358 40. Contribución impuesta antiguamente á las prostitutas. La tasa (taxe) se estableció en Paris en tiempos del prefecto Dubois, aboliéndose en tiempos de Debelleyme, después de medio siglo de existencia. La tasa de las dueñas era de doce francos mensuales, así como la de las prostitutas independientes. Se ha dicho, por personas que hacen de la detractación una política, que las gabelas de la PROSTITUCIÓN (impuesto ó tasa, multas y depósito) daban millones y millones anuales á los prefectos, cuya especie es de todo punto absurda y calumniosa. Según los estados, que tenemos delante, dichas gabelas produjeron muy poco más de cien mil duros durante el transcurso de siete años; es decir, desde 1816 hasta 1822, ambos inclusive. FRANCOS isi7..........

TOTAL....... 580.671 Ahora, penetrando en las interioridades del asunto, nos vemos obligados á entrar en materias, en donde romo IV

hay palabras que sonarán mal en los oidos de nuestros ilustrados lectores, achaque que nosotros no podemos evitar, puesto que no tenemos el arbitrio de inventar una lengua. Nada más repugnante que hablar de úlceras y de tumores; pero no se puede negar que la moral del mundo esconde sus misterios hasta en el virus de una úlcera. Si es una señora la que nos favorece leyendo este artículo, le suplicamos que tenga la bondad de considerar como no escritos el número próximo y el que le sigue, en los cuales se tratan la fisiología y la patología de la prostituta, materias delicadas de suyo. 41. Fisiología de la prostituta. Las partes púdicas de la prostituta no experimentan ninguna alteración, lo cual produce de que la amplitud y la estrechez de la vagina son, por decirlo así, hechos congenitales que no se modifican. El clítoris no sufre tampoco ningún desarrollo extraordinario, según lo demuestran las repetidas observaciones de Parent-Duchatelet. Tratándose de la época en que dicho autor practicaba sus investigaciones sobre el particular, no se hallaron en todo París más que tres mujeres de partido, cuyo clítoris presentaba un desarrollo digno de notarse. El de una de ellas, tenía tres pulgadas (8 centímetros) de longitud y un grosor semejante al del dedo índice de un hombre. Atribuíase la anomalía de dicho órgano á dos circunstancias singularísimas, verdaderamente fenomenales: aquella muchacha, de 23 años, no tenía el menor indicio de protuberancia en el seno, ni tampoco útero, propiamente hablando. Hecha la exploración, ora por el recto, ora por el tacto de la vagina, se halló, en vez de útero, un tubérculo esférico sin abertura. Estas aberraciones naturales explican la indiferencia, completa y absoluta, de aquella mujer respecto de las pasiones sensuales. Para ella, el trato de los hombres y de las mujeres era perfectamente igual, habiéndose dado á la mala vida obligada por la miseria. Esta joven se hallaba en la cárcel de Madelonnottes y de ella habla Parent Duchatelet (página 209 y 210. Supuesto el vicio contra naturaleza, sobrevienen más ó menos pronto desórdenes locales, observados frecuentemente. Según Cullerier, la abertura del recto adquiere una disposición particular, tomando la forma de un embudo. La menstruación se altera al cabo de un modo profundo; de tal suerte, que no se regula después. «Todas las mujeres que renuncian á la mala vida y entran en el convento del Buen Pastor, van allí sin reglas normales; siendo de notar que la menstruación no se restablece durante el tiempo de su permanencia en aquella casa, sin embargo de la quietud de que disfrutan y del buen alimento que se les suministra.» La fecundidad de la prostituta es la misma que de las mujeres honradas, considerándolas fisiológicamente; es decir, prescindiendo de los desarreglos á que da margen su género de vida, como el desorden de la menstruación, las casi continuas excitaciones que experimentan los mil excesos que cometen, los cuales alteran el mecanismo funcional, si así puede decirse, no la aptitud originaria de la concepción. La opinión, harto general, que supone estériles, ó casi estériles, á las prostitutas, es contraria á la ciencia y al buen sentido, como se demuestra por un hecho incontrovertible. Cuando una joven de mal vivir abandona su infame tráfico y se casa, antes de verse inficionada por enfermedades peligrosas, los partos se suceden con regularidad, son perfectamente normales y las criaturas vienen al mundo en excelentes condiciones. Aun sin abandonar la PROSTITUCIÓN, hay muchas mujeres que tienen hasta 8, 9 y 10 hijos. Preguntadas 620 mujeres inscritas en la Prefectura sobre si tenían amantes y familia de ellos, no quisieron contestar á la anterior pregunta 217. Contestaron que no tenían amantes, ni habían tenido hijos, 213. Que tenían amantes y familia de ellos, 125. Que tenían amantes sin tener hijos, 31. Que tenían hijos sin tener amantes, 26. Que tenían hijos; pero que, siendo mujeres casadas, los atribuían á sus maridos, 8. El cuadro anterior pone de manifiesto que la fecundidad es mayor con el comercio de los amantes, que con el trato de personas desconocidas é indiferentes, cuyo dato demuestra el grande influjo de la voluntad, de la fantasía y de las pasiones en los fenómenos de la concepción. Las certificaciones de partos, existentes en la Prefectura respecto de las prostitutas inscritas, dan un resultado de 619 alumbramientos durante el período de doce años, desde 1817 hasta 1828, en la siguiente forma: 1817............. 381823............. e TOTAL...... 619 42. Patología de la prostituta. Cáncer del útero ó de la matriz. La cuestión de si el cáncer del útero es una enfermedad más propia de las mujeres públicas que de las mujeres honradas, ha dado lugar á tres discusiones memorables. La primera se suscitó en el seno de la Academia de Medicina, en 21 de Julio de 1831; las otras dos se verificaron en 1844 y 1854, según resulta del Boletín de dicha Academia (tomos XIYy XY). A pesar de aquellas sapientísimas discusiones, la cuestión ha quedado en pie, no habiéndose alegado razones tales, que hayan decidido la opinión de los hombres de ciencia. Parent-Duchatelet, en presencia de buenos datos, entiende que el cáncer del útero, una de las enfermedades más horribles que puedan afligir á la especie humana, suele presentarse en la mujer pública; pero que no debe considerarse como enfermedad propia de la pRoSTi TUCIÓN. Por el contrario, dicho cáncer es alguna vez la consecuencia de irritaciones, que producen afecciones orgánicas en el útero, de resultas de un celibato austero. Los médicos antiguos atestiguan que el cáncer del útero era enfermedad harto frecuente en las comunidades de monjas, en donde reinaban la severidad más estricta y la más perfecta virtud. Aquella espantosa enfermedad era el azote formidable con que la naturaleza castiga la infracción de sus leyes. 43. Dificultad del alumbramiento, malos partos, bondones, fetos con marcas de un instrumento perforante. La señora Legrand, directora de la Maternidad, decía á Parent-Duchatelet: «á este establecimiento vienen todos los años de á á ó mujeres públicas. Es sumamente raro que paran con felicidad, y la lentitud de la operación es tan grande, que hace siempre necesario el empleo del fórceps. Casi todos sus hijos mueren, sin contar que muchos nacen muertos, siendo gravisimos los accidentes que suceden á tales partos.» De 8 niños que nacen ordinariamente en la prisión de la Prefectura, por cada año, añade Parent-Duchatelet, á sucumben en los primeros quince días; y los otros 4, en el transcurso de los doce primeros meses. De 10, que nacieron en el hospital, 5 murieron en el instante del alumbramiento; y los otros 5, antes del restablecimiento de sus madres. La mortandad de las criaturas de la pRos TITUCIÓN es horrorosa, hasta el extremo de poder Ilamarse general. Una prostituta había dado dos veces á luz, presenciando la muerte de sus hijos. Viene un tercer parto y, al observar que la criatura moría también, la pobre muchacha perdió la razón. ¡Cuántas y cuán profundas llagas no deben existir en la sociedad de los hombres, para que sean posibles tantas desdichas y tantos pecados en la vida de la mujer! Pero aunque nuestro pecho palpite con fuerza, aunque sintamos escalofríos en las espaldas, aunque se ericen nuestros cabellos, prosigamos por el camino de tales desventuras, porque es necesario sondarlas para conocerlas. Los malos partos son muy frecuentes entre el séptimo y el octavo mes; los abortos son más frecuentes todavía en los meses primeros; y acerca de este punto capitalísimo hay detalles que hacen temblar. El académico Serres dice: «las pérdidas abundantes son raras en las prostitutas; pero las más jóvenes suelen retardarse en su costumbre, cuyos retardos terminan casi siempre por la expulsión de lo que ellas llaman un bondón» (el palo redondo con que se

cierra el agujero ó piquera de los toneles, que en Andalucía se llama bitoque, y en el resto de España, canilla). «Durante dos años, no atribuí valor alguno á dicha palabra; pero habiendo tenido que dirigir mis investigaciones hacia la embriología, examiné con mucho cuidado aquellas producciones y me fué facilísimo reconocer en ellas todos los caracteres del huevo humano. Así fué que, en un corto espacio de tiempo, pude reunir un gran número de bondones, abortados en una época que indicaba una concepción de cuatro á cinco semanas próximamente.» El sabio Velpeau, que reunió la colección más completa de fetos que tal vez existía en la tierra, recogió cinco, pertenecientes á prostitutas. De aquellos cinco fetos, tres presentaban las señales del instrumento perforante, que les había dado muerte cuando no vivían aún. Un instrumento perforante, guiado por la mano de hombre ó mujer, hiere á tres criaturas entre las sombras del claustro materno, en el sueño de aquellas vidas, en la sagrada soledad de la madre. Una madre se torna en asesino de su criatura en el seno de sus propias entrañas. ¿De qué horrible gangrena puede venir tan abominable execración? ¿Qué Gobierno, medianamente humano, no vuelve los ojos y el corazón hacia esta parte capitalísima de la organización social? Pero ¿piensan en tales asuntos los Gobiernos? ¡Ay mil veces! 44. Tumor que se presenta frecuentemente en las prostitutas. Este tumor, que parece ser el resultado de la obstrucción de los humores, por cuya razón no suele ser fibroso, se entumece en cada época menstrual, no causando á la enferma más que una molestia puramente mecánica, á causa del volumen. Está lleno ordinariamente de un líquido albuminoso muy espeso, ó de una sustancia melicérica; aunque hay otro tumor, desarrollado en paraje distinto, de la misma naturaleza que el ya mencionado; pero muy doloroso y de un desarrollo menos considerable. Estos tumores, irritados por la mala vida de la mujer pública, se inflaman con alguna frecuencia, cuya inflamación hace que revienten; pero se llenan al poco tiempo de la misma sustancia, ó producen fistulas repugnantes, que no se curan sino haciéndolas supurar, ó quitando el quisto que las forma. La hediondez de la materia, que contienen dichos tumores, es tan extremada, que el gran Dupuytren solía decir á Parent-Duchatelet: «no hay ningún líquido patológico, cuya fetidez pueda compararse á la de la sustancia contenida en tales tumores. Y esa fetidez no debe atribuirse á la presencia del aire atmosférico; sino que es inherente al líquido en cuestión.» Parent Duchatelet añade: «Cuando los cirujanos de la enfermería de la Prefectura estaban obligados á operar alguno de los tumores referidos, se valían de bisturís de mango muy largo, á fin de evitar el contacto de aquella materia, puesto que, sin tal precaución, un olor verdaderamente insoportable quedaba en la mano durante el transcurso de dos ó tres días, sin que hubiese medio posible de hacer que desapareciera.» 45. Abceso. Los abcesos comunes en las partes púdicas de la mujer de mundo son frecuentísimos; pero siguen una marcha aguda y terminan como de ordinario, sin que presenten un carácter particular respecto de los que padecen las mujeres honestas. Pero se ha observado que, cuando el abceso se desarrolla en el tabique recto-vaginal, cuya parte se adelgaza mucho en las prostitutas, se convierte en fístula, sumamente difícil de curar, hasta el punto de ser un achaque que suele acompañarlas toda la vida. Acontece en muchas ocasiones que dicha fístula se contrae, se estrecha y no sirve de obstáculo al ejercicio de la prostituta, lo cual viene á explicar el hecho increíble de que muchas mujeres continúan en su vil oficio sin embargo de tener fístulas. Según las observaciones practicadas en las enfermerías de las cárceles, las fístulas recto-vaginales coinciden casi siempre con la tisis. Amén de esta complicación gravísima, toman á veces tal incremento, que las enfermas se ven en el caso de abandonar la PROSTITUCIÓN, llamando á la puerta de un establecimiento piadoso para esperar en él la hora postrera. ¿Qué debe pensar, qué debe sentir, de qué se acordará aquella mujer, al atravesar los umbrales de la caridad pública? ¡Qué diferencia entre esa desgraciada, á quien los vicios de la sociedad entierran en vida, y la pastorcilla inocente, la cual, al mirarse sola en presencia de un hombre, siente en su semblante el fuego del rubor! ¡Qué diferencia entre la prostituta, que entrega su alma á Dios entre tinieblas, remordimientos y gemidos, y la pastorcilla que vive entre la verdura de los romerales, oyendo cantar á los pájaros, viendo salir el sol y juntando en u aliento el perfume del campo y el perfume de sus amores! ¡Oh dulces alegrías! ¡Cuán poco os ama el mundo! ¡Cuánto os codicia nuestro deseo! ¡Oh dulces alegrías de la inocencia y de la virtud! ¿Qué delicias del mundo pueden compararse á las esperanzas de vuestros gozos? Pero si aquella muchacha del bosque se hubiese hallado en las circunstancias en que se halló tal vez la prostituta de la ciudad, ¿qué hubiese sido de la muchacha de la selva? ¡Pobre pastorcilla! 46. Enajenación mental en las prostitutas. La ciencia debe á Parent-Duchatelet un documento preciosísimo de M. Esquirol, médico director de la casa de locos de Charenton, después de haberlo sido durante mucho tiempo de las locas de la Salpêtrière. Entraron en este establecimiento, en cinco años, desde 1811 á 1815, ciento cinco prostitutas, cuya cifra da un término medio de 21 por año. Este guarismo dista bastante de la realidad, debiendo suponerse que allí entraron otras tantas mujeres públicas, cuya procedencia y antecedentes no pudieron averiguarse. Por consecuencia, hay motivo para creer que el movimiento de la PROSTITUCIÓN de París en aquella casa de locas, no bajó de 40 por año. Ciñéndonos ahora al inapreciable documento que trae Parent Duchatelet, hallaremos que entraron en la Salpêtrière: AÑOS PROSTITUTAS..... is1 2 i............ 08............ 1 TOTAL............ 105 El quinquenio de 15 á 20 años, que es el período de la casi inocencia, no ha dado más que 4. El de 25 á 30, que es el período de las pasiones y del conocimiento, ha dado 26, cifra máxima. Desde 45 en adelante, hay un descenso sumamente notable, en relación con el embotamiento de la sensibilidad, con la degradación de la conciencia y con la segunda naturaleza de la costumbre. Así sucede que la edad de 16 años y de 62 presentan el mismo resultado: en la Salpêtrière entraron, desde 1811 hasta 1815, una muchacha de 16 años y una vieja de 62. 47. Causas de la locura. Desconocidas en................ Arrebatos por el abandono ó infidelidad de sus amantes........................ Disgustos graves................... Abuso del vino....................

TOTAL............ 1US Resulta, pues, que la pasión es la que ha producido más casos de locura, viniendo después en proporciones semejantes los pesares profundos, la demasía en el beber y la miseria. 48. Naturaleza del delirio en las 105 locas mencionadas.

TOTAL............ 105 Casos singulares. Leuret cuenta la historia de una muchacha prostituta, arrepentida, la cual perdió el juicio durante su estancia en el asilo del

Buen Pastor (Fragments psycologiques sur la folie, París, 1834; articulo Hallucination, página 141). Esquirol trae el hecho curiosísimo de la famosa Théroigne Méricourt (Enfermedades mentales bajo el punto de vista médico, higiénico, estadístico y médico-legal; Paris, 1827, tomo 1). 49. Enfermedades venéreas. En 1850, el hospital de San Lázaro tenía 500 prostitutas enfermas; la mayoría, de sífilis. 50. Movimiento de entradas en San Lázaro durante 1853 y 1854.

Sifilis. Año de 1853. Prostitutas de Paris... Circunscripción de Paris (baunieu)........o.... 1.004 Afecciones psóricas y del útero........ 62 Afecciones psóricas, ó sea afecciones de la piel y del te. 40 Años: 1853. Total de entradas.......... 1.564 51. Hospital de Lourcine. La inmensa mayoría de las enfermas de este hospital pertenece á la PROSTITUCIÓN clandestina ó fraudulenta. Según documentos oficiales, que tenemos á la vista, el movimiento desde 1845 á 1855 presenta una cifra notable. catosaturs a TOTAL....... 1..... 17.026 Este guarismo da un término medio anual de 1.550. En 1855 figuran á sifilíticas de 60 á 70 años. Por el contrario, un número considerable de los 17.026 enfermos, que anotamos anteriormente, eran niñas menores de 16. Para comprender la transcendencia de este asunto gravísimo, bastará decir que las criaturas existentes en el hospital de Lourcine desde 1835 á 1844, diez años, fueron 1.698.

Niños..... Pero no es esto lo que más preocupa y aflige á las buenas almas. En 1854 y 1855, 145 niños, ora nacidos en el hospital de Lourcine, ora de edad de uno á dos años, fueron tratados como sifilíticos. De esas infelices criaturas perecieron 30; 20, en 1854, y 10, en 1855. Para no estremecerse ante la agonía de esas criaturas, fuera necesario tener las entrañas de bronce. Casi al mismo tiempo que la vida, les damos la deshonra, la miseria y la muerte. ¡Cuánto mejor no hubiera sido para esos pobres niños del hospital el haberlos dejado eternamente en las sombras del caos! A lo menos, el caos no afrenta, el caos no mata, el caos no devora. ¡Arcano formidable de nuestros vicios! De tal modo corrompemos el ser, que lo hacemos peor que la nada. Pero ¿es cierto que esto acontece? Sí, es cierto. Y ¿no nos morimos de bochorno? No, no nos morimos. 52. Otra cifra. Según los cuadros que tenemos delante, las enfermedades venéreas tratadas en el hospital del Mediodía hasta 1836; y en el Lourcine, hasta 1855, ofrecen el movimiento que vamos á notar, por períodos de diez y once años. 1804 Á 1814............. 12.942 1815 .42 1845 à 1855 (once años).. 15.376 TOTAL...... 74.559 53. Proporción de la sí filis y la sarna entre las prostitutas, en número dado: Años. 1812. Casos de sifilis.............. 27 De sarna.................... 1813. Sífilis.......................

TOTALES.. ES.) Las dos enfermedades mencionadas son las más generales y frecuentes en la PROSTITUCIÓN. 54. Di ficultad del diagnóstico en las enfermedades venéreas. De los casos de sífilis que se ofrecieron en el transcurso de ocho años, los médicos, á pesar de su grande experiencia, no formularon diagnóstico respecto de 886 mujeres, con cuyo motivo fué necesario someterlas á observación: NÚMERO DIAS DE OBSERVACIÓN DE MUJERES A dos días............ — tres................ — cuatro............... A cinco.............. — seis................ — ciato............... — ocho............... — nueve.............. — diez................ — once. — doce................ — dieciseis............ ET 886 55. Enfermedades más generales y comunes en las prostitutas, excepción hecha de la sí filis y de la sarna. Según certificación de los hospitales y declaración de los médicos, el número de prostitutas enfermas gravemente, desde 1821 á 1828, fué de mil ciento sesenta y tres, asistidas: En el hospital.......... 743 A domicilio...... 392 En las casas de Salud....... 28 Las 392, tratadas á domicilio, sentan el siguiente cuadro de en medades: Heridas, contusiones y consecuencias de golpes....................... Tisis inminente, catarros y otras afecciones de pecho..................

Gastritis, anginas y otras lesiones del canal digestivo caracteriadas........................o erl Pérdidas y afecciones del útero.........

Erisipelas, otitis, erupciones y neurosis diversas.:............................. Pneumonias y pleuresias agudas........ Reumatismos articulares...........

Apoplegíasos veses. Obstrucción carcinomatosa de los riñones.......................... Resulta del anterior cuadro, que las heridas y contusiones, la tisis y catarros con las afecciones del útero, se elevan á 218 casos, el 60 por 100 próximamente del cuadro general de las enfermedades padecidas. 56. Tiempos modernos. Tratándose del Paris actual, es indudable que su PROSTITUCIÓN debe correr parejas con la de Londres, puesto que recibe el doble alimento de una inmensa población flotante. Confirma este cálculo el dato increible de que en París nacen todos los años setenta y dos mil criaturas que no son de legítimo matrimonio, lo cual supone una población aventurera de más de 100.000 almas (120.000, según Du Camps). De las 72.000 criaturas en cuestión, 8.000 no ven la luz del día, propiamente hablando, puesto que son ahogadas en el momento de nacer. Esto es verdad; mas conviene decir que es mentira, para que las generaciones venideras no se escandalicen de nuestras maldades. Y aquella criatura, á quien se ahoga en el momento de venir al mundo, busca indudablemente el néctar de la vida en el seno de una mujer; aquel angelito se vuelve sin duda hacia el regazo de la madre; y allí se le asesina antes de conocerla, antes de amarla, antes de recibir la santa primicia del sentimiento maternal. Pero ¡ay! Aquella madre. ¿mata á su hijo por capricho, ó por gusto? ¡Qué horror! Aquella mujer, sola, perdida, desesperada, obra en un momento de abandono, que es más terrible que la misma demencia. Aun así y todo, la condenamos; pero tenemos que decir que aquella mujer desatentada no es una madre; sino una loca. La condenamos hasta en su locura, porque el asesinato de un ángel no tiene perdón en la tierra; pero debemos exclamar llorando: ¡quién sabe los secretos horribles que aquella loca pudiera alegar ante la justicia de Dios y del mundo! Las Facultades de Medicina andan averiguando de dónde viene que el número de muertos excede en París al de los nacidos. Está de sobra que los sabios se hilvanen los sesos averiguando aquellas causas, las cuales son claras y patentes como la luz del sol.

Primera. La tisis que se desarrolla con los bailes obscenos del vulgo, cuyos bailes no son otra cosa que inpre-mundos burdeles enmascarados, fer Segunda. Los estragos que hace la sífilis; sobre todo, en la infancia.

Tercera. Los abortos y malos partos; unos, violentos; otros, provocados por los desarreglos de una mala vida, ii Cuarta. Los millares de criaturas que las alcantarillas conducen al Sena. Quinta, que es la más grave. La existencia de un aparato cuyo uso se extiende de una manera que da miedo, el cual esteriliza la generación, haciendo imposibles los resultados naturales del matrimonio. Un marido dice con el mayor reposo: «yo no he de tener más que uno, dos ó tres hijos,» por ejemplo; y así sucede. Si —se le pregunta: ¿por qué no quiere

usted tener mucha familia?» contesta con el mismo aplomo: «eso no conviene á mis negocios;» ca ne convient pas à mes affaires; de donde resulta que, por no convenir á sus negocios el tener muchos hijos, se torna en asesino oculto de su descendencia, haciéndose reo de verdaderos infanticidios, contra la religión, contra la moral y contra la ley. Aquí es en donde encontramos nosotros la disolución de París; aquí es donde hallamos la depravación de aquella magnífica y hermosa ciudad. La relajación del baile indecente y la abyección de las infelices del bulevar, no son otra cosa que la liviandad de ciertas clases, la cual no gangrena las entrañas de un pueblo, mientras que la existencia del infame aparato referido, aplicado á la vida matrimonial, significa la perversión de los sentimientos de padre, la perversión humana en el sagrado de la familia, bajo el punto de vista social, y la profanación escandalosa de un sacramento, bajo el punto de vista dogmático. En cuanto al nombre del aparato obsceno, no queremos manchar nuestra pluma, ni nuestra alma, con vocablo tan torpe. Pero volvamos al asunto; aunque en realidad no hemos salido de su anchurosa demarcación. La PROSTITUCIÓN de Paris presenta infinitas variedades, según los barrios, la educación, los temperamentos, las condiciones y los gustos, desde los saraos borrascosos de los extremos de la ciudad, hasta el Castillo de las flores, el Baile de Mabille y el palco de la Grande Opera. Entre las anteriores distancias, que son inmensas, ¡cuántas brillantes supercherías! ¡cuántos primorosos afeites! ¡cuántos tipos indescriptibles! ¡cuántas transformaciones maravillosas! En fin, ¡cuántos postizos encantadores! ¡cuántas mentiras repugnantes! Sobre todo, ¡qué industria tan terrible! ¡qué astucia tan audaz! ¡qué comercio tan asombroso! Esta aglomeración de mujeres de todas calañas forma una red interminable, que circuye á Paris y lo envuelve en todas direcciones, semejante á la fibra anatómica que se atraviesa y se confunde en todos los tejidos del cuerpo humano. Entre las diversas especies de esa enorme familia, hay dos tipos, que deben estudiarse con curiosidad, porque son dos marcadas é interesantes fisonomías de aquel pueblo; la ramera vulgar, la de los bulevares, y la cocot, la prostituta de los estrados. La ramera vulgar se distingue en que lleva encogida la enagua exterior; generalmente, negra, dejando ver tres ó cuatro dedos de enagua blanca. Durante la noche, frecuenta los bailes de candil; ronda por las calles y plazas; se apodera de las travesías; toma las avenidas de las callejuelas y se posesiona, es decir, se instala, en lo que pudiéramos llamar su vivienda; y mejor aún, su gran teatro; el bulevar. Allí acomete sin misericordia á todo el que pasa, rico y pobre, joven y viejo, negro y blanco, cristiano y judío; se coge á su brazo sin melindre y empieza á convencerle, diciéndole palabras análogas á las que siguen: «véngase usted conmigo, pues tengo que decirle cosas muy agradables:» venez avec moi, car j’ai à vous dire des choses très agréables. Para desasirse de aquellas mujeres, no hay mejor medio que contestarles: «no tengo dinero:» je n’ai pas d’argent. Al escuchar esta respuesta desoladora, dejan marchar al invadido, atacando con doble furor al nuevo transeunte. Es seguro que no hay mujer de los bulevares que no fume y beba tanto como el hombre. Esta ramera se manifiesta tan á las claras, que apenas deja que presentir, por cuya razón es poco peligrosa. Decimos esto, porque el hombre no se enamora tanto de la realidad que ve, como del misterio que adivina. La infeliz ramera que describimos, es una mujer que ha perdido casi completamente la poesía de su misterio. En cuanto á la cocot, tiene otra historia, otro sistema, otra medida. Viene á ser como la sucesora de la loreto, del propio modo que la loreto era la sucesora de la griseta, como la griseta fué la sucesora de la ribande del antiguo clapier. Esta rarísima mujer (la cocot) es una princesa, cuyos estados se han dividido entre varios señores, sin perder, no obstante, los fueros propios de su señorío. Un pretendiente le paga la casa y la leña para el invierno; otro, la modista; otro, el tocador con sus multiplicados adminículos, cuyo ramo es un tanto importante, atendida la multitud de afeites y aromas; otro, paga el colegio, bien de su hijo, bien de su hija, si los tiene; otro, paga las romerías y los espectáculos; otro, en fin, le da el dinero que necesita para sus atenciones. Hay mujer de estas que tiene seis y siete licitadores en la subasta de sus caricias; pero cada uno recibe su consigna y su hora, sin que se produzcan contradicciones ni conflictos. La cocot se levanta tarde, entra en el baño, la peinan, la visten, la perfuman y sale hueca y pavoneándose, como si se ufanara de sí propia. Lleva zapatilla bordada, muy pulida, muy cuca; media muy ceñida y muy blanca; ligas de seda astutamente caprichosas; bajos lujosos; rica bata con escotaduras complacientes, para dejar ver las riquezas de forma entre las fáciles ilusiones del seno femenil. Los placeres tienen también su parte fantástica, que es la parte imaginativa del deseo. y la cocot es una maga del placer. Nada falta allí para completar el embeleso de los sentidos; es decir, la fantasmagoría teatral de las pasiones sensuales, en relación íntima y directa con la tentación del deleite. Todo está previsto, todo está dispuesto para producir su efecto dramático; de tal suerte, que no se descuida ningún pormenor, ni el cambiante de los espejos, ni el temple suave de la atmósfera, ni el grado de luz, ni la combinación de los colores, ni cierta elocuencia silenciosa, la más amorosa de las elocuencias, que hasta los hechizos del silencio vienen á ser cómplices de nuestras locuras. La cocot tiene una cultura tan refinada, tan prodigiosa, que hace las veces de un gran talento. Aquella mujer comprende sin duda que, en la oculta máquina del corazón humano, la maravilla puede tanto como el amor, puesto que, apurado el sentido de las cosas, el amor no es más que la maravilla del sentimiento. No falta cocot que ha logrado hacer una gran fortuna; aunque tenemos que rectificar esta frase bárbara. Esa dama postiza que deslumbra á sus varios cortejos con las galas de su esplendor, es la miseria que se disfraza con adornos y joyas; pero es la miseria. Ninguna mujer puede ser rica en este mundo, sino la que sabe guardar la hermosa presea que le ha dado el cielo; el tesoro de su pudor; aunque sea entre harapos, aunque sea entre gemidos, aunque sea entre lágrimas. ¡Modestia divina! ¡Con cuántos rigores te martiriza la humanidad! Pero todo es en vano: no te destruyen; te avaloran: no te matan; te santifican, porque tu virtud sale más perfecta del humo de los sacrificios, como el oro brota más puro del fondo enrojecido del crisol. CUESTIÓN GRAVÍSIMA 1. Extinción. La historia del mundo tiene también su memorial de agravios; y la PROSTITUCIÓN es uno de los grandes agravios de la historia. Vamos á hacer una pregunta, á la cual debe contestarse sin gazmoñería; es decir, con honradez y con franqueza. ¿Puede extinguirse la PRoSTI TUCIÓN en el presente estado de cosas? No; no puede extinguirse. Jamás, en ningún país del universo, hallaréis pureza de costumbres donde existan las causas de la corrupción, como jamás, en ninguna parte del globo, hallaréis un torrente, donde, en virtud de leyes naturales, debe haber un volcán. Esto, más que una verdad filosófica, es un axioma matemático. No puede extinguirse la PROSTITUCIÓN, volvemos á decir, dado el medio social que la lleva en sus propias entrañas.

Efectivamente, en una sociedad organizada y dispuesta por clases, habrá siempre la clase de las prostitutas, como habrá la clase de las casadas, de las solteras, de las viudas, de las ricas, de las pobres, de las obreras, de las sirvientes, de las artistas, de las literatas. Siempre habrá quien vive de su cuerpo, como habrá quien viva de sus manos, de su servicio, de su familia, de su herencia, de su talento ó de su arte. Una vez supuesto el medio social en que vive el género humano, en todos los tiempos, en todos los países, habrá mujeres que estén dispuestas á dar al hombre los encantos de su hermosura, de su juventud y de su rubor, á trueque de ser libres, de campar por sus propios respetos, de hacerse las señoras, de vestir galas sin trabajar; y mucho más aún, obli

gadas por los infinitos motivos de violencia con que la sociedad aflige á miles y miles de desgraciadas. El moralista podrá pensar lo que le venga en mientes, mirando la vida desde el fondo de su retiro; pero las cosas sucederán según los principios inmutables que gobiernan al mundo. Después del Altísimo, todo puede engañarse, menos esa prudencia infalible. Vamos á servirnos de un ejemplo sencillo para dar á este asunto el sentimiento de la realidad, por más que sea triste. Trasladémonos á una aldea y no hallaremos una sola mujer de partido. ¿Hay allí costumbres más puras que en las ciudades? No hemos pensado sobre el particular; pero sabemos perfectamente que lo que allí hay, es menos oro. Supongamos ahora que aquella aldea tiene un río y que, por razón de comercio ó de industria, van dos ó tres barquitas forasteras con diez ó doce marineros. Al cabo de un mes, en la aldea se habla de una mujer de mala nota. Supongamos que van después otras tantas barquitas con igual número de tripulantes. Al mes siguiente, en la aldea se habla de dos mujeres que inspiran sospechas á la opinión. Supongamos, por último, que acuden allí otras cuantas barquitas con nueva gente. Transcurridas algunas semanas, en la aldea se habla sin embozo de una casa de mujeres públicas. Repitamos este procedimiento de un modo indefinido, y llegaremos hasta formar un Constantinopla, gran bazar de la PROSTITUCIÓN en Oriente, ó un Nápoles, donde las prostitutas se han enseñoreado de un barrio enorme; ó un Marsella, en que se les destina una buena parte de la ciudad; ó un Liverpool, en donde no es posible transitar por las calles contiguas al puerto. Aquello no es una población, sino un hervidero, un remolino; en fin, una granizada de mujeres frenéticas, jadeantes, locas. Las unas, nos cogen por detrás; las otras, se ponen delante; ésta nos tira del lado derecho; aquélla nos agarra del izquierdo, como si quisieran hacer de nuestro cuerpo un lote; pero no es esto lo más grave. Como acierten á empujar un hombre metiéndole en algún portal de sus casas, lo llevan en vilo á sus madrigueras, sin darle tiempo para que haga la señal de la cruz. Es una especie de grotesca prestidigitación, la cual suele tomar un desenlace trágico. Dada la presente organización de las sociedades humanas, cada población tiene la liviandad que puede sostener; en tales términos, que si la aldea, de que hablamos antes, llegara á reunir los tesoros y los habitantes de Londres, la aldea tendría tanta PROSTITUCIÓN como la metrópoli del Reino-Unido. Si esa gran metrópoli aglomerase doble cantidad de riqueza y de población, á Londres iría doble número de prostitutas, porque es evidente que las mujeres se van aumentando á proporción que van llegando las barquitas. Pero examinemos esta cuestión bajo un punto de vista diferente, si no tan práctico, más transcendental y más profundo. ¿Queréis extinguir la pRos TITUCIóN? Nada más fácil, nada más sencillo, nada más natural, nada más lógico: extinguid antes el presidio y la degradación de las leyes prohibitivas, hijas del monopolio; el privilegio de la propiedad, que hace inútiles las fuerzas vivas y productoras; la gestión absorbente del fisco, que agota las fuerzas de la riqueza pública; los desfalcos y los errores de la Administración, que envuelven la ruina de un gran número de familias laboriosas y honradas: extinguid la brutalidad del violador, la falsedad y la perfidia del amante, la seducción del amo, la soberbia del ama, el abandono de la familia, la crueldad del padre, la tiranía de la madrastra, el peligro del celibato, la inmoralidad del cuartel, el instinto del lujo, la epidemia del mal ejemplo, la insuficiencia de los jornales, la falta de trabajo, la orfandad absoluta, la desnudez, el hambre, el frío, los horrores de la miseria, el idiotismo de la ignorancia, el fantasma de la abyección. Extinguid todo eso y habréis extinguido una gran parte de la liviandad pública; al menos, de la liviandad de la mujer. Hay quien exclama sin cesar: «pero ¿por qué no puede desaparecer la inmoralidad de la PROSTITUCIÓN?» Y nosotros decimos: pero ¿por qué no puede desaparecer la inmoralidad de la perfidia, de la seducción, del celibato, del lujo, de la sodomía, del onanismo, de la embriaguez, de la pereza? Y no hablamos de falsificaciones, robos, incendios, asesinatos, porque aquí se trata de vicios, no de crímenes. «¿Por qué no acaban las prostitutas?» Y nosotros volvemos á decir: ¿por qué no acaban las viruelas, la sífilis, el vómito negro, y la fiebre amarilla? Infinitas mujeres se ven colocadas en una situación extrema, en que no ven más que tres sombras: la desesperación, el suicidio, la liviandad. Y ante esos tres espectros, ¿qué hace la mujer? Sobre todo, ¿qué hace una mujer, la cual no tiene acaso la menor noticia de la humanidad y de Dics? ¿Le diremos que se suicide? ¿Le diremos tal vez que sea mártir? Y ella podrá decirnos: mártir, ¿de qué causa, de qué santidad, de qué justicia, de qué gloria, de qué religión? En una palabra: mártir, ¿de quién? A propósito de muchas desgraciadas, no debe hablarse de virtudes, porque las víctimas no pueden tener más que gemidos. ¡Ah! Pretendemos que las mujeres no se prostituyan; queremos que se extinga la PROSTITUCIÓN de las mujeres. ¿Y quién extingue las bárbaras leyes que han prostituído á nuestra compañera? ¡PROSTITUCIÓN de la mujer! ¿Y la PROSTITUCIÓN del hombre? ¿Y la PROSTITUCIÓN de la sociedad en todas sus esferas? Cabarrús decía: «dentro de un siglo se habrá extinguido el mal.» No sabemos á qué mal se refiere; no comprendemos lo que aquel hombre ilustre quiso significar en aquella frase. Si el mal de que habla, es la PROSTITUCIÓN, conviene decir que Cabarrús no estudió la PROSTITUCIÓN en todo el orbe; no vió los vicios de que procede; no vió los achaques que la engendran; no comprendió que la historia de la liviandad pública es la inmensa historia de las sociedades humanas, la cual comprende, como es necesario que comprenda, la historia del hombre y la historia crucificada de la mujer. El insigne conde, en vez de estudiar profundamente la cuestión, se dejó llevar de la bondad de su pensamiento, de la hermosura de sus esperanzas, de los nobles y briosos alientos de su corazón. Hoy estamos cogiendo con la mano ese siglo, de que nos hablaba Cabarrús, y la situación es la siguiente: en tiempo del conde tenía Madrid, poco más ó menos, ocho mil mujeres galantes; actualmente tiene treinta y cuatro mil. lo cual quiere decir que se han triplicado; y esto ha sucedido, porque Madrid se ha triplicado en riqueza y en población. Si esta población y esta riqueza se duplicaran en lo futuro, Madrid no tendría, como tiene hoy, treinta y cuatro mil; sino el guarismo correspondiente al nuevo desarrollo; esto es, sesenta y ocho mil, según el ejemplo de las barquitas. Pero demos de gracia que la PROSTITUCIÓN queda prohibida por completo. Dado este caso, es evidente que no tendremos la denominada PROSTITUCIÓN legal; pero tendremos la clandestina con todos sus excesos, con todos sus delirios, con todas sus aberraciones, con todas sus crápulas, con todas sus deformidades. No tendremos la casa pública; pero tendremos, como tenían en Sevilla y en otras ciudades, monasterios con sus abadesas y sus virgenes, donde la lujuria ocultaba sus abominaciones tras el velo sagrado de la religión. Nadie ignora cómo puede librarse de la PROSTITUCIÓN legal; pero nadie sabe cómo ponerse á buen recaudo de la clandestina, serpiente que ahoga sin hacer ruido; esa PROSTITUCIÓN formidable, que está en los paseos, en los teatros, en los cafés, en las tertulias, en los bailes, en las recepciones, en las casas, en los palacios, en las iglesias, en todas partes; esa PROSTITUCIÓN que nos adereza la comida; que nos la sirve á nuestra mesa; que nos hace la cama; que duerme con nosotros y que envenena hasta nuestro sueño. ¡Cuántos padres no miran á sus hijas, adorando en ellas el hermoso hechizo de la virginidad y del candor! ¡Ay! Esa niña pura, en el concepto de su padre, es un alma divina contaminada en un cuerpo humano. Esa niña, inocente ayer, vaso de perfume, esencia de amor, dulce promesa de felicidad, es un cáliz del cielo manchado en la tierra. Citaremos un caso; aunque no llegó á realizarse. Un hombre opulento de los Estados Unidos de América encargó á una rufiana que le conquistase una niña inocente. La rufiana le envió recado de que estaba

servido. El caballero se presenta allí y encuentra á una hija suya, joven de corta edad, casi una niña.—¿Qué haces aquí?—le pregunta absorto su padre.—He venido á ver una preciosa colección de cuadros.—La niña dijo la verdad, porque la rufiana, que era una mujer de cierto coturno, la convenció de que fuese á su casa, para que admirase una magnífica colección de pinturas. Una vez allí, la seducción y la violencia hubiesen hecho lo demás. Este caso de PROSTITUCIÓN clandestina es mucho más grave que mil casos de la PROSTITUCIÓN matriculada en el registro del gobierno civil. ¿Por qué? Porque mil casos de la pRos TITUCIÓN vigilada no causarán un solo divorcio, mientras que un caso de la clandestina puede destruir la ventura de la confianza, los lazos del amor, la religión de la familia; es decir, todo el fundamento y toda la razón de la sociedad. La historia lo enseña y no es posible que la historia se engañe. Prohibida la liviandad pública, se convierte en liviandad privada. Vedada la inmoralidad permitida, pasa á ser necesariamente inmoralidad fraudulenta. Antes teníamos la corrupción; ahora tenemos la corrupción y el fraude. ¿Qué es lo que se quiere? 2. Otro arqumento. «Ya que no cabe por el pronto extinguirla, conviene vedarla.» La historia contesta que los tiempos de más prohibiciones marcan las épocas de más desenfreno, de más confusión, de más angustia, puesto que, á la disolución de siempre, se juntó el tumulto de entonces, como hemos visto en otro lugar. Por lo tanto, lo único que consiguieron, fué añadir el sobresalto del tumulto.

Realmente; ni la injusticia del Areópago; ni el encono de la legislación romana; ni la barbarie de las leyes godas; ni la inclemencia de las Capitulares de Carlomagno; ni la nota de infamia, pronunciada por las Partidas; ni la confiscación y la muerte de las Ordenanzas de San Luis; ni la persecución de los municipios; ni la severidad de los Concilios y de los cánones; ni la ignominia de verse rapadas, desorejadas, azotadas por las calles más públicas y expuestas en la argolla, fueron parte para remediar el desborde de la liviandad durante el transcurso de tantos siglos. Todo ese cúmulo de maquinaciones, de afrentas y de injurias, no evitó el mal, lo cual quiere decir que lo agravó, porque cuando un medicamento no cura, irrita; y cuando irrita, agrava. A propósito de las prohibiciones imposibles, se debe decir: «no curan el cáncer; pero lo enconan.» Santo Domingo, en 1200; san Vicente de Ferrer, en 1412, y san Ignacio de Loyola, en 1556, agotan los recursos de su elocuencia, de su inspiración y de su fe, arrancando á la liviandad un gran número de mujeres, que se arrepintieron. Pero aque Ilos santos gloriosos vuelven las espaldas y la multitud de las pecadoras hizo olvidar el número de las arrepentidas. Sobre la lava del volcán precipitaron un torrente; pero el cráter vomitó fuego de sus entrañas y el torrente tuvo que convertirse en lava del volcán. Consiguen desterrar el matrimonio á juras; combaten la barraganía en el siglo XIII; pero la barragana muda de nombre y penetra al punto en las mancebías, en las hospederías y en los burdeles. Don Alfonso persigue la alcahuetería con pena de horca; pero se convence de la ineficacia de aquel rigor pagano y tacha su ley. Se acude á los castigos más extremos; pero el Consejo de Carlos V borra el extrañamiento, la cárcel y el azote. Felipe IV, tres años después de subir al trono, en la mocedad de su fanatismo, expide la famosa pragmática de 10 de Febrero de 1623 (ley VII) aboliendo la PROSTITUCIÓN. ¡Inocencia increíble! ¡Candidez venerable! Al fin de treinta y ocho años de inobservancia; al fin de treinta y ocho años de nulidad y de impotencia, no encontrando ya tierra firme, en donde revolverse contra el fantasma, el cual lo cercaba por todas partes, hasta en los corredores de su palacio, tuvo que ceñirse á decretar, por pragmática de I1 de Junio de 1661 (ley VIII) «el recogimiento de las mujeres malas de la corte y su reclusión en la galera;» pero ni la galera, ni los muchos asilos abiertos á las pecadoras arrepentidas, pudieron alcanzar otra cosa que dar á conocer la extensión del mal; es decir, la profundidad del abismo. A la galera fueron algunas mujeres desechadas, las que ocasionan menos daño, mientras que rebosaban por todas partes la liviandad más peligrosa y más temible. Sentimos lástima, cuando leemos algunos informes como el de la Academia de los Anhelantes de Zaragoza: «y caso que se destierren las rameras, es claro que los hombres más reciamente combatidos de esta pasión furiosa, se reducirán á tomar estado; ó si son casados, no buscarán fuera de su casa el deleite del cuerpo.» De aquí resulta que, al decir una ley: «que no haya rameras,» las rameras desaparecen, se evaporan, se tornan en santas, se hacen virgenes, la sociedad se transfigura, no sabemos en gracia de qué espíritu, en tanto que el marido se mete en su casa, haciendo vida de santo varón; es decir, estando de cuclillas al lado de su esposa, viendo como le cose los calcetines. ¡Qué olvido de la historia en todos los pueblos! ¡Qué desconocimiento de la humanidad! ¡Qué inexperiencia de la vida! Tendremos que decirlo de una vez: ¡qué ignorancia tan infantil! El legislador es muy dueño de proclamar: «mando que no haya prostitutas,» como es muy dueño de decir: «mando que no haya pobres, que no haya ebrios, que no haya locos;» pero esas leyes imposibles correrán la suerte de la que estableciera: «mando que no haya hombres.» Para acabar con la liviandad pública, en la parte que esto puede hacerse, no hay que articular un solo vocablo: arrancad las causas, las infinitas y profundas causas de la PROSTITUCIÓN, y la PROSTITUCIÓN desaparecerá, sin que sea menester decir en los autos de buen gobierno: «mando que no haya prostitutas.» Por razón análoga acontece que nadie duda de la solidez de la tierra, sin que sea preciso que una ley proclame: «mando que la tierra sea sólida.» Lo que es, es; lo que no es, no es, digan ó no digan las leyes lo que estimen del caso. 3. «Ya que no es posible extinguirla, ni prohibirla sin hacerla peor, lo mejor fuera abandonarla.» Imposible parece que haya personas ilustradas, ilustradas en grado sumo, las cuales discurren todavía de semejante modo. Al escuchar ciertas exclamaciones, no parece sino que el desborde de las costumbres públicas es una plaga de nuestro país y de nuestra época. No, señores; no es una plaga de nuestra época ni de nuestro país. La PROSTITUCIÓN existía mucho antes que la historia del mundo, en términos infinitamente más escandalosos. Moisés tuvo que tolerarla en el pueblo escogido del Señor; el rey Salomón la toleró también en la ciudad santa; es decir, en la misma Jerusalén; sus profanaciones cercaron los altares de la cristiandad y la tiara de nuestros primeros pontífices; nuestras leyes permitieron las barraganas á los clérigos, y la Iglesia misma cobró sus diezmos de la PROSTITUCIÓN. Procuremos conocer el mal; procuremos sondarlo con intento puro y fervoroso; concurramos todos á levantar la conciencia pública con el sentimiento de la verdad y de la virtud; pero no hay motivo para poner el grito en el cielo. Comparado lo que sucede hoy con lo que sucedía en otras épocas, no hay razón ninguna para espantarse. ¿Quién se atreverá actualmente á describir el culto de Cocito? Pero entremos en el detalle de la cuestión, siquiera sea de un modo somero, porque la cuestión no merece más. Muchos dicen: «si se deben organizar las prostitutas, también deberían organizarse los incendiarios, los ladrones, los asesinos.» En primer lugar, se nos figura que no se trata de casos idénticos, puesto que los ladrones, los asesinos y los incendiarios son criminales, que tienen marcadas sus penas en el código. Si esos criminales se presentaran ante el gobernador de la provincia, para ser registrados, es evidente que los entregaría al juez para que procediese con arreglo á derecho. Por otra parte, aquellos delincuentes no están en relación con la sanidad pública, cuyo ramo tiene una Dirección general en el Ministerio de la Gobernación del reino, hallándose bajo el inmediato resorte de su acción administrativa. Pero supongamos que los incendiarios, los ladrones y los asesinos pudieran presentarse ante el gobernador sin ser entregados á los jueces. Cuando constasen á la autoriridad el nombre y apellido de esos delincuentes; cuaudo supiera la calle

y número de la vivienda de todos ellos; cuando pudiera someterlos á la constante vigilancia de una policía activa y discreta, ¿se cometerían los robos, los asesinatos y los incendios que se cometen hoy, agitándose en el misterio y en la sombra? Dando otra versión al asunto, hallaremos que abandonar la PROSTITUCIÓN es tan criminal y tan absurdo como abandonar la voracidad de los incendios y el contagio de las epidemias. ¿No tenemos preservativos para la peste y bombas para el fuego? Pues ¿por qué no hemos de tener otras bombas para un incendio que devora nuestra población, y otros preservativos para una epidemia que contamina nuestras costumbres? Si hay fundamento para abandonar el contagio de la corrupción pública, debe haberlo igualmente para abandonar la propagación de las llamas, ó el contagio de la fiebre amarilla; de donde resulta que debe permitirse que la epidemia devore á una ciudad y que el fuego queme á todo el mundo. Pero dejemos estas trivialidades para echar una sola ojeada hacia la historia. Oigamos los frecuentisimos informes de los inspectores generales de casas amuebladas en la capital de un pueblo rico y culto, en aquellos tiempos de lastimosa decadencia en que las rameras de portal eran las señoras absolutas de un vulgo indecente, en medio de un abandono horrible, Primer in forme. «Calle tal, número tal. Esta casa se hace notar por su increible desaseo. Es un foco completo de infección, en donde no viven más que ladrones, contrabandistas, vagabundos y prostitutas. No cabe en lo posible entrar en dicha casa, sin exponerse á sufrir la asfixia.» Segundo informe. «Calle tal, número tal. El patio de esta casa, que no tiene más que cuatro piés cuadrados y está completamente lleno de basura, da á las habitaciones atestadas de gentes, mientras que las letrinas, practicadas en el último piso, dejan caer las materias fecales en la escalera, la cual está inundada hasta el entresuelo. Muchos gabinetes no tienen más salida que la puerta que se comunica con aquella escalera asquerosa y sirven de guarida á los ladrones, rateros, amancebados, tunantas andorreras y cuanto abyecto y vil puede concebirse en el trato de hombres y mujeres.» Tercer informe. «Calle del Foburgo, número tal. Todos los pisos de esta casa están ocupados por traperos, mendigos, tañedores de órgano, rameras ambulantes, saltimbanquis y amancebados. Toda esta población se acuesta sobre harapos, que va recogiendo por las calles y cuyo depósito tiene atestado el entresuelo.» Ultimo in forme. «Calle... número... Es la madriguera de las gentes más degradadas que pueden existir en sociedad. Aquí no se recibe sino á ladrones, cumplidos de presidio, mendigos, vagabundos, fulleros, raterillos de toda calaña y mujeres perdidas que andan vagando de zoca en colodra. La inmundicia asoma en todas partes; las ventanas tienen, por vidrios, pegotes de papel; las habitaciones están infestadas, pues las basuras de cada piso, que se echan en los comunes, caen ya sobre la escalera.» En aquellos tiempos, en que la ley no se contaminaba con el roce de las prostitutas, fué necesario levantar un muro ó pared en torno de una casa, á fin de aislarla completamente, para que no escandalizase á los vecinos. Allí reñían, blasfemaban y se mataban unos á otros como fieras. También había en aquellos tiempos (hablamos de Paris) unas casuchas, que eran más bien montones de cascote ó ruinas, en donde bullían los insectos más nauseabundos entre abominaciones, de que la decencia no nos permite hablar. Y también había establecimientos singulares, en que se daba á los aficionados ciertos espectáculos de su gusto, que se presenciaban desde unos escondites dispuestos para el caso. Un comerciante de Paris, que solía frecuentar uno de dichos establecimientos, tuvo la mala idea de concurrir un día; pero no bien se había sentado en el fondo de su escondrijo, cuando ve al marido de su única hija, á la que amaba con pasión, ejecutar un acto infame con un individuo tan desgraciado y tan infame como él. Aquel caballero perdió el sentido, rompió en convulsiones, y en peligro de muerte fué llevado á su casa, donde espiró á los pocos días. ¿Para qué proseguir esta tremenda historia? Repitamos ahora la fórmula anterior con criterio distinto: «puesto que no hay medio de extinguirla, dada la existencia de los vicios sociales que la producen fatalmente; puesto que el prohibirla es hacerla peor, no hay más recurso que organizarla y disponerla en los mejores términos, para que cause el menos mal posible á la salud, á la población y á la moral pública.» Pero aun tenemos que contestar algo á dos objeciones extrañas. 4. «La PROSTITUCIÓN vigilada, se dice, es depresiva á la mujer, puesto que atenta contra su libertad individual.» Un marinero viene de un punto sospechoso y se le incomunica durante el período de la cuarentena. Por consiguiente, un individuo, bueno y sano, se ve encerrado en un lazareto por la sola sospecha de la infección, al mismo tiempo que una mujer infecta de un virus contagioso, debe andar suelta por donde le plazca, escudada por su libertad individual. La opinión que hemos apuntado, no merece objetarse. Si la libertad se aplicara al abuso, resultaría la libertad del incendiario, del asesino, del ladrón. La libertad no se concibe, sino tratándose del uso, de la afirmación, del principio; puro, indivisible, necesario, como la esencia; puro, indivisible, necesario, como Dios. Nadie tiene la libertad absurda y bárbara de envenenar á sus semejantes con un virus mortífero. La libertad individual de la mujer debe guardarse para cosas lícitas y honestas, no para gangrenar al mundo con una plaga. 5. «Pero es una afrenta para la sociedad, se añade, la tolerancia de la inmoralidad pública.» ¡Cosa rara! La sociedad no tiene por qué ni para qué afrentarse de la liviandad de las costumbres, cuando la sociedad la engendra y la lleva en su seno. Por lo que respecta á nuestro país, nada ha creado, nada ha definido, nada ha hecho, sino implantar el régimen establecido en otras partes, siguiendo el impulso de las naciones que caminan al frente de la civilización de nuestra época. ¿Puede España alegar derechos de primacía intelectual y moral respecto de aquellas naciones, cual si la Providencia hubiese vinculado en nosotros los privilegios de la ciencia y de la honestidad? Sabido es que hay ocasiones en que la humanidad se engaña; nadie ignora que un solo hombre suele tener razón contra el género humano; pero en la cuestión de que se trata, ¿dónde está el genio que puede decir hoy: «yo sé más que los pueblos cultos de toda Europa?» Se habla de afrenta. ¡Ah! Descuidad la PROSTITUCIÓN, abandonadla, cerrad la Inclusa, y tropezaréis en las calles con fetos humanos, mordidos por los perros. ¿Qué mayor afrenta que esa carnicería humana, la cual nos obliga á que pronunciemos con horror un nombre sagrado, cuya memoria nos hace llorar? ¿Qué mayor afrenta que el horrorizarnos de la santa piedad que nos acarició en su seno; esa piedad santa que todos llamamos nuestra madre? 6. Resumen. El estudio de esta importantísima cuestión viene á demostrarnos: Primero. Que la liviandad de las costumbres no es la liviandad de la mujer, sino la liviandad de todo el mundo, testamento terrible de infinitos vicios heredados.

Segundo. Que, para corregir las costumbres, hay que corregir muchos hechos que se relacionan con la vida social, política, moral y dogmática de las naciones.

Tercero. Que, refiriendonos á las mujeres de una manera general (sin poner á contribución teorías de cierta indole, que no caben en este libro) hay que ilustrarlas, hay que enaltecerlas por la conciencia de su ser, hay que darles la nueva vida de la educación moral y religiosa, hay que dignificarlas, dando más precio á las obras de su talento, de su diligencia ó de sus manos; hay que respetarlas y atenderlas por parte de todos, no con la hipocresía de llamarla señora, cuando quizá se la trata como á una sierva; no con la vana ceremonia de decirla: beso á usted los piés, cuando tal vez se le abofetea el rostro; no con esas tradiciones ridículas de aquellos tiempos de mi rey, mi Dios y mi dama, sino con sentimientos de humanidad

y de veneración; aunque no sea más que como tributo que pagamos á su eterno martirio. En fin, hay que rescatarlas por la familia, por el amor, por la sobriedad, por la economía y por el trabajo ¿Basta decirlo? No. Es menester hacerlo; pero semejante tarea no es del resorte del escritor. El escritor, no pudiendo verificarlo, cumple con exponerlo, invocando en su corazón los genios benéficos que han de trabajar por la santa causa de la mujer durante el transcurso de generaciones y generaciones. ¡Cómo! ¿No es la obra de hoy? ¿No es la empresa de un día? ¡Qué fe tan inocente y tan dichosa! 7. Gabela. La administración pública tiene la obligación imprescindible de evitar á los administrados todos los males que les puedan amenazar, sean los que fueren; y los gastos que esta vigilancia ocasione, deben correr á cargo de la nación, única interesada en ello. Si la ramera es la encargada de pagar ciertos gastos referentes á la higiene de todos, hallaremos que la enfermedad y la corrupción son las que pagan la vigilancia de la salud y de la moral pública. A cualquiera se ocurre que no deja de ser cosa extraña el que las mujeres perdidas se tornen en patronas de la moral y salud del público. El Estado, al recibir dinero de la disolución de una clase, se convierte hasta cierto punto en un rufián. Propiamente hablando, se prostituye de algún modo, puesto que cobra de la PROSTITUCIÓN. La gabela impuesta á las mujeres de partido, es evidentemente injusta; y sobre injusta, baja y torpe. Desautoriza, como la usurpación, y afrenta, como la ignominia. Así hemos visto que uno de los emperadores romanos, no satisfecho de la procedencia de la sisa impuesta á las mujeres de partido, la destinó exclusivamente para la limpia de las cloacas. También vemos que los jurisconsultos antiguos opinaban que la Iglesia no debía recibir diezmos de la liviandad pública, cuyo dictamen está conforme con la prohibición de Moisés. En esta doctrina se funda Don Alfonso para prohibir en las Partidas que el sacerdote admita ofrendas de tan impuro origen. Por último, según hemos visto en otro lugar, el Consejo de Carlos V suprime la gabela de las visitas en las Ordenanzas del padre de la mancebía de Granada. CONCLUSIÓN 1. Martirio de todas las edades en todos los pueblos. No queremos dejar en pie una cuestión transcendentalísima. Hemos dicho que la mujer es la que menos parte toma en la liviandad de las costumbres, por lo que toca á las causas tradicionales que han engendrado necesariamente la PROSTITUCIÓN en todos los pueblos y en todos los siglos, y debemos justificar nuestras palabras, que más de un autor calificará de atrevidas. Abramos al azar los fastos del mundo y hallaremos millares de ejemplos, como los que vamos á notar, circunscribiéndonos á un reducido número de casos. No damos al asunto mayor ensanche, porque nadie ignora que no cabe en empresa humana el formular acabadamente este terrible proceso histórico. Sírvanse atender nuestros benévolos lectores: 1. Tanto en Asiria, como en otros pueblos orientales, reunían anualmente en un mismo lugar á todas las doncellas, poniéndolas en venta alternativamente á voz de pregonero, dando principio por las más hermosas.

(BASTUs, Memorandum anual y perpetuo.) 2. Los brahmanes tenían la costumbre de deshonrar á las doncellas en cuevas ó criptas, dando á tales festines el carácter de una bacanal religiosa. 3. El indio mataba á su mujer, cuando ya no servía á sus pasiones ó á sus menesteres y dependencias; y al morir él, su favorita era quemada. Aún hoy, las vírgenes se ofrecen, como un tributo, al dios de la pagoda; y al hablar de dios, se habla del sacerdote. 4. Antes de Moisés, la esposa era despedida de la casa sin fórmula alguna. Durante el mosaísmo, el esposo tuvo que ir á casa del escriba para que le diese el llamado libelo de repudio. El marido ponía el libelo en manos de la esposa, la cual tenía que abandonar aquellas paredes, dejando su alma en el rincón donde dormía un niño, cuya criatura no sabía que en aquel momento se quedaba sin madre. Y aquella esposa, así despedida, así afrentada, miraría luego su antigua vivienda, diciendo en su interior: «allí está mi niño, allí está mi huérfano.» Y al pronunciar estos vocablos, baja la frente y llora. 5. El bosniano robaba á las mujeres ó las compraba en el mercado público. 6. El persa podía matar á su mujer, si por acaso le desobedecía tres veces; pero como á los hombres tocaba definir los casos de desobediencia, resulta que podía matarla cuando se le antojase. 7. Los parthos sacrificaban impunemente á sus esposas, hermanas é hijas. 8. El antiguo árabe degollaba á las niñas en el momento de nacer, si entendía que sobraban mujeres en la tribu. 9. El labriego chino puede vender á sus mujeres, ó jugarlas, y las unce al yugo con el asno. 10. El tártaro amarraba á la mujer con una cadena, lo mismo que al perro. 11. El mogol compra á la mujer por cierto número de ganado, como si se tratara de un animal de más valor. 12. Para la culta Grecia, la mujer no era más que la esclava del hombre. 13. Según dice César Cantú (Historia universal, tomo III), en la ciudad Eterna, el padre de familia tenía el derecho de vida y muerte sobre sus hijos, pudiendo matarlos, venderlos ó exponerlos en el Velabrum, especie de mercado de frutas, del que eran sacados para horribles industrias, cuando no para arrojarlos en la cloaca Múxima. Al Velabrum acudían una especie de traperos que recogían á las niñas, para comerciar más tarde con sus gracias, y á los niños, para hacer de ellos abyectos gladiadores: otros los dedicaban á la hechicería, y á los ocho años los enterraban con la cabeza fuera, poniéndoles cerca manjares que no podían tocar con la boca, dejándoles morir de hambre, porque el hígado y el corazón de los fallecidos de este modo, decían tener grandes virtudes, y hasta el poder de hacer milagros. Los esclavos podían ser muertos impunemente por su amo, que los prostituía para traficar con la hermosura de sus hijas; la esclavitud se trasmitía de padres á hijos, y los cautivos ó prisioneros eran vendidos públicamente, cuando no obligados á combatir como gladiadores en la candente arena del circo, para distraer á sus señores en sangrientos juegos que duraron seiscientos años. Toda ciudad tenía un mercado de esclavos en que se exponían públicamente desnudos, sin distinción de sexo ni edad, y su unión se verificaba por orden del dueño, que no vacilaba en entregar la hija al padre y la hermana, al hermano.

(ARAUJO, El Amor y el matrimonio.) 14. Entre los romanos, en la decadencia del imperio, se daba muerte á las mujeres más hermosas, como si fueran bestias salvajes, con el fin de animar las orgías del emperador, y sus cadáveres se arrojaban al día siguiente con una corona de adormideras. (CÉSAR CANTÚ.) 15. El galo tenía derecho de vida y muerte sobre su esposa é hijos. Cuando moría un magnate de un modo inopinado, sus mujeres sufrían el tormento, amén de ser quemadas vivas, después de horrorosos suplicios, si se concebían sospechas de crimen. 16. Los germanos tomaban mujeres en virtud de cierta tarifa, según vemos en las leyes bárbaras. 17. Entre los longobardos, el tutor (mandualdo) vendía la mujer al marido. Si alguno mataba á una mujer, que no hubiese llegado á la edad núbil, quedaba quito de toda pena, mediante el pago de doscientos sueldos. Si era apta para la generación, debía abonar el triple; es decir, seiscientos. 18. Los francos tenían un arancel, que tasaba el precio de la muerte dada á las mujeres. Si era estéril.................. 8.000 dineros. Si había tenido hijos......... 21.000 Si estaba encinta.............. 28.000 (CÉSAR CANTÚ.) 19. Entre los ripuarios, el homicidio de las mujeres se tasaba en setecientos sueldos. 20. Entre los bárbaros, el que ro

baba á una doncella libre, ora de su casa, ora de la screona (habitación subterránea), quedaba impune mediante el abono de unos 1.500 dineros. 21. Para el laponés, es una gloria que el forastero acepte el donativo de ser partícipe en las delicias conyugales. 22. Entre los arresios se observa una poligamia sin límites, ó sea la comunidad de mujeres. 23. En el imperio de Annam (Asia) basta romper una monedita de cobre, para divorciarse de la esposa. 24. En Oriente existen lugares destinados á iniciar á las jóvenes en todos los secretos de la PROSTITUCIÓN, al propio tiempo que en los bazares, donde están expuestas al público, hay ciertos catálogos que hacen la relación de sus primores y de sus gracias. 25. Al otro extremo de Constantinopla, casi en el fango de la playa, en un mundo de lepra y de fiebre, existe el mercado de esclavos, de doncellas y niños, robados al interior del Africa. (LABRA, Turquía y el tratado de Paris.) 26. En otras partes se paga el impuesto con mujeres. 27. En nuestro siglo, las vírgenes griegas fueron arrebatadas por los turcos y vendidas en almonedas públicas, después de haber probado las dulzuras y la libertad de la vida cristiana. Aquellas jóvenes se vieron obligadas á llorar para siempre en el fondo de los serrallos, sin otro consuelo que dar el último gemido á la memoria de su patria, de su familia y de su religión. 28. En Marruecos, en el mercado de Janafá (Zoco), donde acampó la embajada española en ó de Abril de 1877, los circunstantes pudieron contemplar horrorizados la siguiente escena: los ganaderos y propietarios de los esclavos vendían públicamente sus caballos, mulas y borricos; y entre ellos, en pujas de á duro, de á peseta y hasta de real, feriaban simultáneamente á la infeliz esclava, la cual, transida de dolor, anegada en llanto amarguísimo, rogaba en balde á su nuevo amo que comprase también al pobre hijo de sus entrañas, aquel hijo inocente, que daba gritos desgarradores al separarlo de su madre. Hemos escrito el nombre amo, en lugar de escribir el vocablo verdugo. Ante este cuadro, imperfectísimo por cierto, quisiéramos saber quién tiene bríos para responder á la pregunta que hemos formulado varias veces: «¿en dónde está, en dónde existe, en dónde asoma, la PROSTITUCIÓN de la mujer? ¿Qué pretendemos de esa mujer á quien se rapa, á quien se azota, á quien se expulsa, á quien se desoreja, á quien se descuella como á un carnero, á quien se profana, á quien se compra, á quien se vende, á quien se tortura, á quien se quema, á quien se asesina, á quien se ata como á un perro, á quien se unce al yugo como á un asno? ¿Queremos encima que sea pura, cándida, ruborosa, buena y feliz? ¡Martirio sin igual! ¡sacrificio increible! Y nosotros que, en el olvido de las cosas terrenas, en los descampados del desierto, en las inmensidades del mar, entre ruinas y soledades, entre abismos y cataratas, hemos sentido la emoción de la vida en la fantasía de un ser amado, en la aparición de una criatura incomparablemente hermosa, en el sueño divino de una virgen, tenemos el derecho de exclamar: una mujer nos llevó en sus entrañas; nos dió su sangre alimentándonos en su casto seno; nos inspiró con su caridad, su amor y su fe; y hoy, al ver su infortunio en la historia de la familia humana, embalsamamos nuestro corazón con el incienso de sus penas, en tanto que nuestra santa madre nos mira y se sonríe desde el cielo, enviándonos la esencia de su vida en el aroma de un suspiro. ¿Para qué más? Pero ni aun así te pagamos ¡oh madre del alma! 2. ¡Mujer israelita! Tú, que bajas la frente y lloras al recibir de un hombre ingrato el infame libelo de repudio, la historia, cercada hoy de remordimientos, levanta de la tierra el cendal de tus lágrimas, despedazado y roto bajo la pisada de tantos siglos. Acaso tu pueblo te llamó pobre; quizá tu ley te llamó esclava; tal vez tu marido te llamó fea; y sin embargo eres una hermosura de la humanidad que sirve de dechado á los grandes artistas, inspiración eterna de todos los genios; una hermosura que renace como el astro amanece; la hermosura de todas las razas y de todas las épocas; la hermosura sublible de la madre. Perdona á los bárbaros que te expulsaron de tu casa, arrancándote á los clamores de tus hijos. ¡Desgraciado del que es cruel, porque aborrece! ¡Feliz del que llora, porque ama! ¡Vuelve tu semblante, mujer de la Biblia, aunque esté surcado por las profundas cicatrices de antiguos agravios y dolores! Una mujer pura, una concepción ideal, una santa virgen, llorará después en un monte de la Judea y te hará buena con la lágrima de sus ojos, porque está escrito que todos hemos de lavar nuestra vida con la lágrima del Calvario; es decir, con la lágrima de la madre. 3. Cuando nuestras miradas se extienden por toda la tierra; cuando somos testigos del indefinible espectáculo que la PROSTITUCIÓN ofrece en el mundo, el entendimiento se aturde, la imaginación se atribula, se aprieta el corazón y se intimida la voluntad. Pero en medio de una existencia tan horrorosa, no tenemos motivo para desesperarnos, porque el astro de la virtud brilla cada día con nuevos resplandores en el horizonte de la conciencia. ¡Oh mujer africana! Al atravesar tus desiertos, pones la planta indiferente sobre la fosa de la que te dió el ser, sin pensar que pisas los restos de una pobre esclava. Sobre su sepulcro, que cubre la arena de tus soledades, debiera escribirse el siguiente epitafio: «Y bajas á la tumba eternamente En medio de dos soles confundida: El sol del cielo, que quemó tu frente, Y el sol del mundo, que quemó tu vida.»

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El texto de Barcia (1880-1883) es de dominio público. El troceado, esta página y sus datos son CC BY 4.0, Karb and Sil. Cítese: «Prostitución», en Roque Barcia, Primer diccionario general etimológico (1880-1883), Biblioteca Wordkers, https://biblioteca.wordkers.com/d/barcia/prostitucion.