Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Paor

tomo 4 · página 48 · ver la página del original

Paor. Masculino anticuado. PAPapa.

Masculino. El sumo pontifice romano, vicario de Cristo, sucesor de san Pedro en el gobierno universal de la Iglesia católica, de la cual es cabeza visible. Diósele este nombre, que significa padre, por serlo universal de todos los fieles. Antiqüedades. Este nombre se dió á los prestes de la Iglesia griega. El protopapa era un preste de rango superior, que seguía en categoría al obispo. ] Historia. En Rusia, estos mismos prestes se llaman popes y protopopes, nombres alterados que recuerdan su origen griego.

ETIMOLOGÍA. Latin pãpa, pappa, papas y pappas, padre, sacerdote, obispo, prelado; simétrico de pappus, anciano, abuelo, que es el griego Tárroc (páppos): italiano y catalán, papa; francés, pape.

I. Reseña filológica. — Del griego pappas, padre. Nombre que en otro tiempo se daba á todos los obispos, y que desde Gregorio VII se da exclusivamente al obispo de Roma, al sumo pontífice romano, vicario de Cristo, sucesor de san Pedro, en el gobierno de la Iglesia católica y padre universal de todos los fieles. El griego pappas era palabra reverencial y de honor (dice Rosal) de los hijos á los padres, y así el griego llamó al abuelo pappos. (MONLAU.)

II. Reseña histórica.—1. El PApA es el jefe visible de la Iglesia católica, vicario de Jesucristo; y hasta 1870, ha sido soberano temporal de Roma y de parte de Italia. 2. Este nombre, derivado del griego pappos, que significa padre; que indistintamente se dió al principio á todos los obispos, y con preferencia, desde el siglo vi, al sucesor de san Pedro en la silla episcopal de Roma, no se aplicó desde Gregorio VII (1073 á 1085) más que al sumo pontífice romano. 3. Se le llama también Santo Padre, Santísimo Padre, Vuestra Santidad; y él se daba, desde Gregorio el Grande (590 á 604) el título de servus servorum Dei, «siervo de los siervos de Dios.» Así se ven encabezados muchos documentos pontificios, donde dicha frase constituye lo que se llama una fórmula inicial. 4. El PAPA, como jefe espiritual, de derecho divino, gobierna solamente la Iglesia; mantiene la unidad y la integridad del dogma; emite, para este fin, decretos de doctrina (bulas, breves, encíclicas); y es de fe divina que, por una gracia especial de que no gozan las otras sedes, en sus decisiones dogmáticas no puede caer en la herejía, como es de hecho que, después de diez y ocho siglos, ninguno ha incurrido en ella. 5. El PAPA, cuando lo considera necesario, convoca y preside, por sí ó por sus legados, los concilios ecuménicos, que son como las asambleas generales de la Iglesia, y que no pueden ser considerados como tales concilios sin la presencia ó el asentimiento del jefe de ella; y aun los teólogos que admiten una excepción para tiempos de cisma, no dejan de estimar como incontestable este principio. 6. Él PAPA modifica ú abroga, según las épocas, las reglas disciplinarias impuestas, así á los clérigos, como á los láicos. 7. De acuerdo con los Gobiernos católicos, determina en los concordatos la situación del clero en cada país; y particularmente, sus relaciones con el Estado; nombra los cardenales, instituye los obispos, erige ó trasfiere los obispados, crea ó suprime las órdenes religiosas, dirige las misiones, pronuncia las canonizaciones, concede dispensas é indulgencias, y su autoridad se relaciona con cuanto atañe á la alta disciplina. 8. Aunque ocupe el segundo lugar el poder temporal del PAPA, y no sea, por decirlo así, más que una envoltura de la institución de que el pontificado es la esencia, tiene su razón de ser, según los autores, en la naturaleza de la misma institución; y añaden que, sin serle indispensable, puesto que en los primeros siglos no fué conocido, parece necesario á la independencia de sus decisiones, que deben quedar libres de toda influencia extraña y de toda presión popular; á la dignidad de sus relaciones con los diversos soberanos; á la unidad de la Iglesia, que podría romperse en el país donde residiese el PAPA; y, en fin, á la acción de la Santa Sede sobre el mundo entero para la propagación del cristianismo y los intereses de la Iglesia y de la civilización. El holandés Adriano VI (1522 á 1523) es el último extranjero que ha reinado en Roma; y ya antes, desde el siglo vIII, en que habían llegado á ser príncipes temporales, hubo pocos pontífices de fuera de Italia, pues sólo se cuentan: 7, alemanes; 14, franceses; 2, saboyanos; 2, españoles; un inglés y un portugués. 9. La elección de los PAPAS se hacía, en sus primeros tiempos, como la de los demás obispos: por el concurso de éstos, del clero y de los fieles de Roma. Dependiente de los emperadores griegos, á partir de la segunda mitad del siglo vi; algo más libre bajo los emperadores francos del IX, que sólo enviaban sus diputados para contener las turbulencias romanas y las violencias de los señores italianos; entregada en el x y la primera parte del xi á los caprichos del populacho, y, sobre todo, á las ambiciones de la aristocracia, que produjeron la anarquía más escandalosa; sometida luego á la influencia irresistible de los emperadores alemanes, señores absolutos del pontificado, la elección de los PAPAS no fué libre y regular hasta un decreto de Nicolás II (1059). Este decreto reservó á los cardenales la elección del pontífice, solamente consentida por el resto del clero y del pueblo, no dejando el derecho de confirmarla más que á aquellos emperadores á quienes la Santa Sede lo hubiere concedido personalmente, y ordenando á los cardenales-obispos reunirse para este fin fuera de Roma, aunque con un pequeño número de clérigos y laicos, si el desorden de la ciudad no dejase la libertad necesaria para proceder dignamente á la elección. 10. Con el objeto de prevenir las turbulencias y los desórdenes, que eran frecuentes en tales ocasiones, Alejandro III (1160) dió exclusivamente á los cardenales el derecho de elegir el soberano pontífice; y el undécimo concilio general de Roma confirmó (1179) esta decisión, exigiendo las dos terceras partes de votos. 11. En 1274, en el décimocuarto concilio general que Gregorio X hizo reunir en Lyon, se decidió, para evitar las intrigas y los interregnos largos, que los cardenales, desde la muerte de un PAPA hasta la elección de su sucesor, serían encerrados en un conclave. (Véase esta palabra.) 12. Hoy, por lo general, solamente los cardenales son elegibles; y desde fines del siglo xiv, no ha habido más que una excepción de esta regla, casi siempre aplicada en los tres siglos precedentes. 13. Una vez elegidos los PAPAS, cambian ordinariamente su nombre; Adriano III (884 á 885) fué el primero que dió el ejemplo de esta costumbre. 14. La insignia principal de los PAPAS es la tiara, además de las llaves de san Pedro, simbolo del poder de atar y desatar que el Salvador concedió al Principe de los Apóstoles; porque las llaves son, en la Escritura, el símbolo y la imagen de la soberanía. 15. Al estudiar la historia de los PAPAS, el primer punto que debe tratarse es el que se refiere á la Iglesia,

fundada y perseguida, ó sea desde san Pedro hasta el edicto de Milán (313). 16. Por la palabra divina, y cambiando el nombre del pescador Simón en Pedro, se formó la piedra de fundación de la Iglesia (en hebreo, céphas), con el viaje de san Pedro á Roma, bajo el reinado de Claudio (hacia el año 42), y su martirio en tiempos de Nerón (hacia el año 66), cuyo importante acontecimiento marca el principio de la grande historia de los PAPAS. 17. Desde aquella época memorable hay una serie de testimonios, los cuales demuestran que sus sucesores fueron reconocidos universalmente como tales jefes de la cristiandad, al propio tiempo que la supremacía pontifical se ejercía y se practicaba desde los primeros siglos, aunque los lazos de la jerarquía no eran tan fuertes como lo llegaron á ser en tiempos posteriores. 18. Mientras que la Iglesia fué perseguida, ó sea hasta el edicto de Milán, la historia del papado no fué otra cosa que un verdadero martirologio. Durante el transcurso de aquellos tres siglos, en que reinaron 33 PAPAS, las crónicas pontificales han podido inscribir los nombres de 28 mártires, muchos de los cuales consumaron el sacrificio de su vida, en tanto que los otros demostraban, en los tormentos y las persecuciones, la santa firmeza de su fe. 19. Después de este período sangriento, debe estudiarse la unidad religiosa del antiguo mundo romano y del mundo bárbaro, la separación del imperio griego y de la Iglesia romana y el nacimiento del poder temporal de la Santa Sede; ó sea desde el edicto de Milán hasta el advenimiento de Nicolás II (1058). En tanto que los concilios generales condenaban las herejías de estos primeros siglos (las de Arrio. Macedonio, Pelagio, Nestorio, Eutiques y otros), los PAPAS, por su acción personal, ó por la de los obispos, unían al catolicismo los pueblos nuevos, arrianos ó idólatras, que se habían separado del imperio romano, al que reemplazaban en la escena del mundo, fundando así el cimiento de la futura unidad de la Iglesia. 20. Entre aquellos pueblos, los germanos merecen citarse en primer lugar. La Santa Sede había tenido ya motivo para regocijarse por la conversión de los francos (496); por la vuelta de los burgondes á la ortodoxia (517), de los suevos (551) y de los visigodos (587), cuando san Gregorio I el Grande unió también á los lombardos (571 y siguientes), y envió misioneros que llevasen el cristianismo á los anglosajones (596 á 597); así como bajo los auspicios de Sergio I y de san Gregorio II, san Clemente (Willifrod) y san Bonifacio (Winfrid) fueron sucesivamente á convertir la Frisa y la Germania (690 á 719). Posteriormente, en los siglos ixy X, se verificó la vuelta de los escandinavos, en tiempos de Gregorio IV y de Nicolás I, que secundaron con grandes creces los esfuerzos de su apóstol san Anschaire; los eslavos, bajo Adriano II, Juan VIII, Juan XIII, los primeros de los cuales apoyaron con todo su valor la misión del griego Metodio, en Moravia y en Bohemia; y el tercero, de acuerdo con los duques de Bohemia y de Polonia (Boleslas II el Piadoso, Micesislas), fundó los obispados de Praga y de Posen; de los húngaros, bajo Silvestre II, que aplaudiendo el celo religioso del duque Esteban, le dió el título de rey, á que agregó después el de santo. 21. Desgraciadamente, mientras que los bárbaros tendían al centro de la unidad, el imperio griego se aislaba en el cisma. El antiguo rencor que, desde el siglo Iv, animaba á la Iglesia de Oriente contra la de Roma, la había separado cada vez más de la silla pontificia. No contento con el rango que daba al obispo de Constantinopla la declaración del segundo concilio general, que le reconocía el primer lugar, después del de Roma (381), Juan el Joven había tomado á fines del siglo vi el título de obispo universal, y su sucesor, Ciriaco, no le había renunciado sino á duras penas. El patriarca intruso, Focio, fué más lejos: depuesto por Nicolás I, en 863, excomulgó al papa, en 867, y dirigió contra la Iglesia romana la acusación de herejía que, caída con su autor (886), pero resucitada después por Miguel Celulario, ocasionó un cisma formal, en 1054. 22. En este período fué (hacia mediados del siglo vin) cuando la Santa Sede adquirió definitivamente el poder temporal sobre la Italia central; pero, en medio de la decadencia carlovingia y de la anarquía feudal, este poder, lejos de proteger al pontífice, no hizo más que excitar los recelos de las grandes familias romanas ó italianas; y de aquí provino una serie de escándalos, en los siglos X y XI, «como si Dios hubiese querido demostrar que, no á causas temporales y contingentes debe su existencia la Santa Sede, sino á las promesas y al espíritu de su divino fundador.» 23. En 1046, la intervención del emperador Enrique III puso término al escándalo que daba á Roma y á la cristiandad la presencia simultánea de tres PApAS (Gregorio VI, Silvestre III y Juan XX); pero esto no sirvió sino para poner en cierto modo á la Santa Sede bajo el arbitrio de los emperadores alemanes, pudiendo decirse que trocó el cisma de los herejes por el cisma de los tiranos. 24. El período que sigue á estos hechos, comprende la lucha del papado contra el imperio, por la independencia de la Iglesia, de la Santa Sede y de Italia; período en que la Iglesia intenta añadir á la unidad religiosa la política, y que abarca desde el advenimiento de Nicolás Il hasta la traslación de la silla pontificia á Avignón (1058 á 1390). 25. Libre de la dependencia del imperio, por el decreto de Nicolás II (1050), el papado, en tiempo de san Gregorio VII (1073 á 1085), quiso también hacer libre á la Iglesia, más ó menos sometida al poder temporal y llena por esta razón de prelados dudosos. De aquí nació la famosa querella de las investiduras, que terminó por dar al clero la libertad que deseaba su reformador (1122). 26. Gregorio VII se atrevió á más: después de haber disputado á los príncipes el derecho de investidura religiosa y también su derecho más legítimo de confirmar en lo temporal á los obispos y á los abades, quiso organizar politicamente la Europa católica en un solo cuerpo, bajo la autoridad de la Santa Sede, coucibió la idea de hacer de la cristiandad una gran familia de pueblos hermanos, dependientes todos del PAPA, padre común, árbitro supremo, colocado por encima de los reyes y las naciones, el cual uniría al arma espiritual de la excomunión el arma temporal de la deposición contra los príncipes, y «cuya palabra impondría la moderación y el buen ejemplo á los soberanos; la sumisión, á los súbditos; la paz y la concordia, á todos.» (M. WALLÓN.) Este ideal, dice el mismo autor, harto elevado para los pueblos y para los PAPAS, «que son hombres y no ángeles,» no se podía realizar. 27. Las ideas de Gregorio VII fueron adoptadas y defendidas con la mayor energía por sus sucesores (Inocencio III y Bonifacio VIII) y la Santa Sede fué de hecho el poder que dirigió á Europa. Impeliendo á los pueblos á las cruzadas, retardó tres siglos y medio la invasión inminente de los turcos, que hubiera sido más fatal en la Edad media que en el siglo XV. 28. Como testimonio de su respeto á la Santa Sede y para asegurar el apoyo de Roma, muchos soberanos, desde Gregorio VII—tales como Godofredo de Bouillón, rey de Jerusalén (1099); Pedro II de Aragón (1204); Enrique II, Juan-sin-Tierra y Enrique III de Inglaterra (1172, 1213, 1216)—rindieron homenaje á los sucesores de san Pedro, como otros lo habían hecho antes y después de su pontificado, á saber: Roberto Guiscardo, duque de los normandos de Italia (1059); Demetrio, rey de Dalmacia (1076), y antes tal vez, España y Hungría. Pero, lejos de poder hacer reconocer su supremacía política sobre la Europa entera, los príncipes opusieron muchas veces á los PAPAS una resistencia tenaz y sus concesiones mismas suscitaron, como sucedió en Aragón, vivas protestas entre los súbditos de aquellos que las habían hecho. Más felices fueron cuando, jefes de los güelfos, en el siglo xII con Alejandro III, en el xIII, con Gregorio IX é Inocencio IV, pudieron defender contra los emperadores su independencia, defendiendo al par la de Italia. Las ciudades lombardas, con

federadas bajo su patronato, quedaron dueñas de sí mismas, y la casa de Hohenstauffen se extinguió, vencida por su enérgica oposición. 29. Sigue á este período el de la decadencia de la autoridad pontificia en los negocios europeos, y á él corresponden los Papas de Avignón, el gran cisma y la reforma; ó lo que es lo mismo, comprende desde la traslación de la Santa Sede á Avignón (1309), hasta el advenimiento de Paulo IV (1555). Las pretensiones del pontificado á la dominación de las coronas le habían hecho perder su legítima y saludable influencia en sus relaciones con el mundo cristiano. Al conservarlas, el papado parecía reconocerlas, así como, al trasladarse á Avignón, parecía colocarse bajo la dependencia de la Francia. 30. Un año después de su vuelta á Roma, fueron nombrados dos PAPAS (Urbano VI y Clemente VII) casi á un mismo tiempo. El pontífice legitimo quedó en Italia y el antipapa volvió á Provenza. Esta doble elección arrojó á la cristiandad, durante las tres cuartas partes de un siglo (1378 á 1449) en un cisma fatal, movido por ambos PAPAS, que se excomulgaban mútuamente. A esto se agregó la división entre la Santa Sede y los concilios, que querían tomar bajo su dirección la disciplina de la Iglesia. 31. Estas luchas fatales, en el seno mismo del santuario, no eran á propósito para dar á la Santa Sede la dirección del mundo cristiano; y cuando Pío II llamó en balde á la Europa contra los turcos, dueños entonces de Constantinopla, pudo ver con dolor que el tiempo de las cruzadas había terminado. Alejandro VI no trató de otra cosa que de reconquistar su autoridad en los Estados de la Iglesia, más como rey que como soberano pontífice, valiéndose de medios que menoscabaron el prestigio moral de la Santa Sede. Julio II, á despecho de su patriotismo y de su actividad belicosa, «no pudo libertar á Italia del dominio de los extranjeros más que aliándose, tan pronto con unos como con otros, y arrojando á los bárbaros con ayuda de los bárbaros.» 32. Entonces fué, en tiempo de León X, excesivamente confiado y adormecido en medio de las maravillas del arte del siglo XVI, cuando Lutero, Calvino, Zwinglio y Enrique VIII desmembraron la Europa católica, que los papas habían formado, y desgajaron sucesivamente de Roma (1517 y siguientes) la Alemania del Norte, los Estados escandinavos, parte de Suiza, la Holanda, la Escocia y la Inglaterra. 33. Con los PAPAS de la segunda mitad del siglo XVI se realizan en la Iglesia grandes reformas. El Concilio de Trento, convocado por Paulo III, al mismo tiempo que condenaba en nombre de la antigua fe todas las herejías recientes; que decretaba reglas de disciplina, las cuales tendían á aumentar la ciencia y á corregir las costumbres del clero (1545 á 1563), fortificó la unidad católica, imponiendo á los obispos, que lo componían, la solemne promesa de sumisión al soberano pontífice; y bajo el punto de vista religioso, el poder de la Santa Sede «salió de esta asamblea más fuerte que nunca.» 34. Entonces se realizó en la Iglesia una reforma verdadera y regular, bajo una serie de PApAS de vida austera y piedad profunda, tales como Paulo IV, Pío IV, Pío V y Sixto V. En un tiempo en que todos los partidos eran implacables con sus adversarios; en que la pena de muerte por el crimen de herejía se aplicaba en todas las confesiones; en que el luterano Melanchthon, á pesar de su dulzura, felicitaba á Calvino por haber hecho quemar á Miguel Servet (1553), como Bercer (1531) lo había declarado digno de tan horrible pena; en que Enrique VIII, autor del cisma anglicano, condenaba al fuego á todo eclesiástico, y á la prisión perpetua y á la confiscación á todo laico que sostenían opiniones contrarias á las suyas, los soberanos pontífices creyeron á veces necesario el descartarse de los principios de san Gregorio el Grande, que, pidiendo como el Psalmista «un sacrificio voluntario,» no quería otra acción, contra los no creyentes, que «la dulzura, la bondad, las advertencias y la persuasión» (mansuetudine, benignitate, admonendo, suadendo), y no veía «en las amenazas y en el terror más que un medio imprudente de repdaros y espantlos» (ne quos dulcedo predicationis..... ad credendum invitare poterat, minis el terroribus repelluntur). (Epístola I, 35.) 35. En aquel tiempo, sin embargo, como casi siempre hasta hoy, los pa PAS estaban fuera de su época. La Inquisición española, tribunal real, más político en el fondo que religioso, y á la que, desde su origen, Sixto IV se había mostrado poco favorable y había en vano recomendado la indulgencia (1482 á 1483), inmolaba miles de víctimas, y la Santa Sede recibía y acogía sin cesar las apelaciones de sus juicios. En Roma, el tribunal supremo, por el cual, desde 1542, había reemplazado Paulo IV antes de ser PAPA, la antigua Inquicion domimicana, que halva caido en descrédito, condenó á muy pocos herejes con pena capital, amén de que la Santa Sede se convirtió por aquella época en defensora de toda Europa contra los turcos, por cuya razón las naves del sumo pontífice contribuyeron en la jornada de Lepanto á una victoria útil y gloriosa (1571). 36. Encerrado el papado desde entonces en sus atribuciones religiosas, se contentó con anatematizar los errores nuevos, como el jansenismo del siglo XVII; con censurar los actos de los Gobiernos del XVIII, que impedían el ejercicio de su supremacía y conducían al cisma, como la constitución civil del clero en Francia; con hacer que el Gobierno de Francia, á principios de nuestro siglo, restableciese el culto católico, proscrito por la revolución, y con intervenir, siempre que ha sido necesario, y defender calurosamente, en las grandes cuestiones sociales, los derechos de la humanidad y de la justicia. 37. En el siglo vI, sin atacar abiertamente una de las formas de la propiedad de aquella época, san Gregorio el Grande, con toda la Iglesia primitiva, recomendaba la libertad de los esclavos, proclamando en la libertad una ley de naturaleza con estas magníficas palabras: ab initiô natura liberos protulit; «la Naturaleza los hizo libres desde la hora de nacer.» ¡Qué página tan grande en la historia de un hombre! Después la Sant Sede trto ue enddrzar la servidumbre, declarando, con Alejandro III (1167): «que todos los cristianos debían estar exentos de ella;» con Clemente IV (1226); «que la Naturaleza ha hecho libres á todos los hombres» (humanum genus omne libertale donavit), y que solamente la locura humana ha hecho diferentes á los que Dios creó iguales (humana imprudentia impares esse voluit quos Deus coœgnaverat). 38. Digamos, para terminar lo relativo á los desvelos de la Santa Sede contra la esclavitud, que Paulo III, al verla renacer en el siglo XVI, condenó la opinión que pretendía legitimar esta iniquidad, poniendo á los indios al nivel de las bestias, y sostuvV . aque tran earaentre hombres, capaces como tales de abrazar la religión cristiana y de participar de todas las bendiciones.» En nuestros días, Gregorio XVI ha prohibido severamente practicar, favorecer y también sostener con la palabra el «comercio inhumano» de la trata de negros. Véase (M. WaLLóN, Histoire de ’Esclavage dans l’antiquité, Introduction.) 39. Nos proponemos dar una lista cronológica de los PAPAS; pero necesitamos hacer antes algunas advertencias. Hay cierta incertidumbre acerca de los primeros sucesores de san Pedro. De las antiguas listas, hay unas, como las de los griegos (san Ireneo y Eusebio), en que aparece san Anacleto vates que San Cementa; tnts, como las de Africa (san Optato, san Agustín), en que le colocan después. San Jerónimo, en su versión de Eusebio, le llama san Cleto, nombre que también le dan san Epifanio y el canon de la misa, al sucesor de san Clemente. En fin, los diversos catálogos romanos hacen de san Cleto y san Anacleto dos personajes, antes y después de san Clemente, y los dos últimos dan la nación, el lugar del nacimiento y el padre del uno y del otro; san Cleto fué romano y su padre se llamó Emiliano; san Anacleto fué griego, nacido en Atenas, y su padre se llamó Antíoco. En la imposibilidad de aceptar estas diversas listas, puede ser preciso, á pesar de la autori

dad de los antiguos benedictinos, admitir, con Baronio y los benedictinos nuevos (DOM GUÉRANGER, Origines de lPEglise romaine) que: «cuando se trata de los sucesos de la Iglesia romana, conviene más referirse á sus hijos que á sus extraños.» La lista de los primeros PAPAS, adoptando la cronología del precioso Arte de verificar las fechas, es la siguiente: san Pedro, 42 á 66; san Lino, san Anacleto y san Clemente. 40. Sigue ahora el cuadro cronológico de los sumos pontífices, á partir del año 100 de la era cristiana.

Telesforo.. o . .pops. o.

Novaciano, antipapa, 251.

S. * . . i o. Vacante de la Santa Sede.....

Félix, administrador durante el destierro de san Libero, y que á veces se ha colocado en el número de los PAPAS......... . .

Ursino, antipapa, 366 á 367. i

S. la.. Agapito I. S Silvestre, 536, desterrado en 537, murió en 538.

Vigilo, nombrado durante el destierro de Silvestre. Pelagio I..... Juan III. Benito I (Bonose).. . . . Pelagio ...

S. Gregorio 1 el Grande...... . .

S. Eugenio I, elegido durante la cautividad de S. Martín......

Esteban, elegido, pero no consagrado, muerto á los tres das.. I.

Constantino, antipapa 77 Esteban III.. Adriano I.

Zósimo, antipapa, 824.

I. —PAPAS RESIDENTES EN ROMA Bonifacio IX... Inocencio VII.. Gregorio XII. (Depuesto por el Concilio de Pisa, en 1409, no envía su abdicación al de Constantinopla hasta 1415.) Martin V, elegido en Constanza, en 1417, por los cardenales unidos á seis prelados de cada nación.. 9991003 Eugenio IV.. 2—a Félix V, antipapa, 1439 Nicolás V. 14471455 II.-ANTIPAPAS RESIDENTES EN AVIGNON Y DESPUS EN ESPAÑA (1409) Clemente VII. Benito XIII. 105-106Clemente VIII, 1425, abdica.

III.-PAPAS NOMBRADOS POR EL CONCILIO Alejandro V. Juan XIII (Depuesto en 1415 por el Con

cilio de Constanza, reconoce á Martin V por verdadero PAPA en 1419.) Calixto III. II... o I... . . . . .. Benito XIV............. Clemente XIV.

PioVI. Po VII. León XII... Pío VII.. Gregorio XVI............. 1831—1846 Pío IX. León XII. PAPA REINANTE. 1878 42. Como datos bibliográficos, que creemos necesarios para tan importante asunto, citaremos los principales escritos, historias ó tratados que se pueden consultar: BOSSUET, Sermón sur l’unité de l’Eglise; FLEURY, Histoire ecclésiastique; FRAYSSINOUS, Les vrais principes sur les libertés de l'Eglise gallicane; DE MAISTRE, Du pape; De l'Eylise gallicane dans ses rapports avec le souverain pontife; L. DE MASLATRIE, Chronologie historique des papes, des conciles genéraux, etc. RANKE, Histoire de la papauté pendant les xVI* et xVII siècles; F. WALTER, Manuel de droit ecclesiastique; GOSSELIN, Sur le pouvoir du pape au moyen âge; Anzog, Histoire universelle de l'Eglise; MoR. DURÁN LOUP, Sur la souverainete temporale du pape; M. WALLÓN, Leçon d’ouverture ú la Sorbonne, y Joun Milex, Histoire des Etats du pape. 43. Resumen.—«Es verdad que algunos funestísimos errores atribularon al orbe católico; es verdad que las vestiduras del pontificado destilaban sangre de la cristiandad en momentos de angustia extrema, en que parecía insuficiente la divina verdad de dogmas venerandos; pero ello es lo cierto que el pontificado, durante los siglos más bárbaros de la Edad media, fué la única arca de la religión; el único asilo de la ciencia y del arte; la única regla del derecho; la única salvaguardia de la moral; el único có digo contra las demasías de los opresores y el clamor único contra las vejaciones de los oprimidos. Aun hoy, después que el sol de tantas edades 158—ha quemado su frente, la revelación 117destella todavía en la cátedra de San Pedro la noble majestad de su historia y los días sagrados de su origen.» 2. Papa. Femenino. PUCHES. ( Fa-151miliar. Cualquier especie de comida. Las sopas blandas que se dan á los niños; y por extensión se dice de cua 1534-15491 lesquiera sopas muy blandas.

|TIMOLOGÍA. Latín pãpa, pappa, voz de los niños que piden de comer.

Reseña.—Los latinos tenían también el verbo papäre y pappare, comer la papa ó sopa; y extensivamente, 1590- 1591Icomer. cos..qe no se necesite, masca. (PLAUTO): PAPPARE minutum poscere, pedir papilla. (PERSIO FLACO.)

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El texto de Barcia (1880-1883) es de dominio público. El troceado, esta página y sus datos son CC BY 4.0, Karb and Sil. Cítese: «Paor», en Roque Barcia, Primer diccionario general etimológico (1880-1883), Biblioteca Wordkers, https://biblioteca.wordkers.com/d/barcia/paor.