Roque Barcia · 1880-1883
Méjico
tomo 3 · página 686 · ver la página del original
Méjico. Masculino. Geogra fía. Vasta región, enclavada en la parte más meridional de la América del Norte. 1. Situación y límites.—Se encuentra comprendida entre los 14° 30' y los 32° 42' de latitud septentrional y los 83° 4-113° 25 de longitud occidental del meridiano de París; confinando: al Norte y Nordeste, con los Estados unidos; al Este, con el golfo de MÉnco; al Sudeste, con el mar de las Antillas y Guatemala, y al Sur y al Oeste, con el Grande Océano.
2. Area.—Esta república, que en otro tiempo llegó á igualar en extensión á la de los Estados Unidos, mide actualmente 4.440 kilómetros de largo, de Noroeste á Sudeste; 2.131 de ancho, entre la Sabina y la costa occidental de la Vieja California; y sobre 1.983.382 kilómetros cuadrados de superficie. 3. Costas y puertos.—La costa del golfo de MÉnco y mar de las Antillas tiene un desarrollo de 3.150 kilómetros y se presenta casi completamente baja y como sembrada de lagunas; propiamente hablando, carece de puertos, si se exceptúa el de Vera Cruz, que no es otra cosa que un mal fondeadero, y por el cual se hace la mayor parte del comercio de MÉICO; la costa del Grande Océano es más elevada y de mayor extensión que la precedente: tiene 7.154 kilómetros de longitud y ofrece magníficos puertos, como el de San Francisco, San Blas y Acapulco. 4. A ccidentes y naturaleza del terreno.— Este territorio se halla dividido por una gran cadena de montañas que, por la cordillera de Guatemala, se une á los Andes de la América meridional; dirígese primero al Sur, bajo los nombres de Sierra Verde, Sierra de las Grullas, Sierra de los Mimbres, Sierra de Acha, Sierra de Carcay y Sierra Madre; y luego, al Sudeste, conservando esta última denominación, que, al Sur de 19° paralelo, cambia por la de cordillera de Anahuac. Al Norte de Guanajuato proyecta dos ramales: la más oriental se dirige al Nordeste, para perderse en el Nueco León: la más occidental se prolonga al Noroeste hasta el río Gila, en donde forma las montañas de la Pimeria-A lta. «En general—dice M. de Humboldt—la llanura mejicana está tan poco interrumpida por los valles, su pendiente es tan uniforme y tan suave que, hasta la ciudad de Durango, situada á 622 kilómetros de Músico, el suelo queda constantemente elevado de 1.700 á 2.000 metros sobre el nivel del Océano vecino.» Según este célebre geógrafo, la loma misma de las montañas forma la meseta ó llanura mejicana y los carruajes pueden circular desde MÉJICO hasta Santa Fe, en el Nurvo MÉNco, sobre una longitud de más de 2.220 kilómetros. Hacia el NuEvo MÉnco y los orígenes del río Colorado, el terreno desciende visiblemente. La parte más notable de esta llanura es el valle de MÉnco ó de Tenochtitlán, en la cual se eleva la ciudad de aquel nombre. Ocupa ésta un espacio de 4.655 kilómetros cuadrados; se halla rodeada de un muro de elevadas montañas, entre las que se distinguen el Popocatepec, de 5.400 metros de altura, y el Iztaccihuatl, de 4.910. Las cumbres más altas de las restantes son el Citlaltepec ó pico de Orizaba, de 5.295 metros; el Nevado de Toluca, de 4.619, y el Nauhcampatepec ó Cofre de Perote, de 4.088. Las rocas porfidicas, amigdaloides y los basaltos forman principalmente la constitución geológica de la cadena de MÉnco. Los volcanes no son raros; casi todas las cordilleras americanas presentan cráteres. Se cuentan cinco montes ignescentes en actividad: el pico de Orizaba, el Popocatepec y los montes de Tustla, de Colima y de Jorullo, situados todos hacia el 19° paralelo. Los temblores de tierra son bastante frecuentes sobre la costa del Grande Océano y en los alrededores de MénICO. 5. Ríos y lagos.—Los ríos más notables de esta comarca, tanto por la longitud de sus cursos como por el caudal de sus aguas, son el Bravo del Norte y el Colorado; pudiendo aún mencionarse el Tigre, el Santander y el Tampico, afluentes del golfo de MÉHCO, y el Hiagus, el Tololotlán, el Tlascala y el río Verde, tributarios del Grande Océano. Entre sus principales lagos, se citan: el de Chapala, en el Estado de Guadalajara; los del valle de MÉJICO, los del Caimán y de Parras, hacia el centro del país; y el Timpanogos, lago desconocido todavía de la parte septentrional.
6. Clima.—Bajo el punto de vista climatológico, el país que nos ocupa puede dividirse en tres regiones, á saber: las playas de los dos mares, denominadas tierras calientes; los valles intermedios, conocidos bajo el nombre de tierras templadas, y la gran meseta, cuyo interior aparece desnudo de toda vegetación y que comprende lo que se llama tierras frías. La primera región, ó sea tierras calientes, está situada en las llanuras, bajo un clima abrasador, y participa de todas las ventajas é inconvenientes de la zona tórrida; su temperatura media es de — 26° centígrados: en la región templada, cuya altura mide de 1.200 a 1.500 metros, el clima es constantemente benigno, la primavera, perpetua, y la vegetación se manifiesta extraordinariamente vigorosa; pero el cielo aparece siempre cubierto de nubes, y el aire sumamente húmedo; la temperatura es de ★ 18° á — 20°; en la región fría, cuya meseta tiene 2.200 metros de elevación, el aire es seco y la vegetación, no obstante la benignidad de su invierno, menos lozana que en Eu
ropa; el termómetro oscila entre—Il' —13° centígrados. Resumiendo: el clima es templado en la parte septentrional, y cálido en la meridional; sano en el interior, é insalubre en las costas, en donde todos los años se deploran los terribles desastres causados por el vómito negro y las fiebres intermitentes.
7. Vegetación.—El suelo mejicano participa de la variedad de su clima, ofreciéndose, en unas comarcas, árido y estéril, y en otras, rico y fecundo en toda clase de productos pertenecientes así á la zona templada como á la tórrida. La región cálida da en abundancia la caña de azúcar, el añil, el algodón y los plátanos; varias especies de palmeras, el amaranto globuloso, palo campeche, el banano y otra infinidad de frutas y de plantas; la región templada, desde 400 á 2.200 metros, presenta el pimentero, la aralia, el albohol, la verónica de Jalapa, la globularia mejicana, el madroño, el laurel de Cervantes, cuatro variedades de encinas mejicanas y el tejo de las montañas; en la región fría, desde 2.200 á 4.700 metros de altura, se distinguen el roble, la valeriana, la salvia cardenal, el madroño de hojas de mirto, el mojera y la rosa, y el fresal mejicanos. Sobre los límites mismos de las nieves perpetuas se ven nacer la arenaria bryoides; el cniscus nivalis y la chelone gentianoide. Los bosques se hallan poblados de encinas, pinos, cipreses, abedules, fresnos, avellanos, cedros, ébanos, palo campeche ó tintorio, anacardos, palmeras, tamarindos, acacias y el bambuc ó el junco de Indias. 8. Producciones agrícolas.—Las principales plantas alimenticias son: el plátano, la yuca, cuya raíz da la fécula de este nombre: el maiz ó thlaolli, principal alimento de los hombres y de la mayor parte de los animales domésticos; el trigo, el centeno y demás cereales de Europa sólo se cultivan en la llanura de la región templada; en la fría, se cosechan la patata, el tropcolum esculentum y el chenopodium quinoa, cuyo grano constituye un alimento tan sano como agradable. Las diferentes especies de ambrosías, que los mejicanos llaman chilli, producen un fruto tan necesario para los indígenas como lo es la sal para los europeos. MÉnIco posee toda clase de hortalizas y árboles frutales de Europa: la meseta central produce, con extraordinariaabundancia, cerezas, ciruelas, albérchigos, albaricoques, higos, uvas, melones, manzanas y peras; los parajes más cálidos, la piña de Indias, el albaricoque de las Antillas, la guayaba y otros frutos. Los naranjos y limoneros se encuentran hasta la llanura central. El maguey, variedad de la pita americana, que se cría en las regiones elevadas, suministra el pulque, bebida que los naturales prefieren al vino. El cultivo de la vid es bastante general. Casi toda la vainilla que se consume en Europa, se extrae de los bosques de Vera-Cruz y de Oaxaca, en cuyos puntos crece también la zarzaparrilla, objeto de una considerable exportación. La jalapa nace, particularmente, en los alrededores de la ciudad de Xalapa ó Jalapa, de la cual toma su nombre; algunas comarcas de Méjico producen excelentes tabacos.
9. Zoología.—Entre los animales indígenas más conocidos, merecen citarse: el jaguar, el cuguardo, la ardilla llamada de MEnco, la ardilla estriada, el coedou (especie de puerco espín), el oso y el ciervo mejicanos, el bisonte, el lobo sin pelo y el buey de una clase particular. La raza de los caballos, muchos de los cuales viven en estado salvaje, es bien formada y vigorosa; la de los mulos, excelente; el ganado lanar y boyal, considérablè, particularmente en la costá oriental y en el Estado de Durango. En punto á aves, encuéntranse en MEJICO muchas especies de águilas y de buitres, el cuclillo, el cuervo, el ruiseñor de Virginia, de plumas de escarlata, el pájaro-mosca y otras muchas acuáticas. Entre los insectos, se ven diferentes clases de orugas, abejas y cochinillas. 10. Pesca.—Las dos más importantes de esta vasta comarca, son la de los cachalotes (especie de ballenas), y la de las perlas, sobre las costas del Grande Océano y de Tehuantepec. 11. Minerales. — MEnico goza de una gran reputación por sus ricos y preciosos metales: sus montañas encierran numerosas é inagotables minas de oro, plata, cobre, estaño, plomo, hierro, zinc, mercurio, antimonio, arsénico, hulla y sal gema. Las de plata son abundantes; particularmente, en Guanaxuato, Zacatecas, Sombrerete, Durango, Catorce y Charcas. Su producto medio está evaluado anualmente en 2.000.000 de marcos; el de las minas de oro, en 4.000. El valor total del numerario de oro y plata, acuñado en las casas de la moneda de MÉncO, desde 1521 hasta 1822, ó sea en un espacio de 331 años, así como el valor de los objetos fabricados con aquellos metales durante el mismo periodo, se elevaron á 18.514.560.488 pesetas (setenta y tres mil cincuenta y ocho millones de reales, en números redondos: 73.058.241.952). Si se deducen de esta suma las 583.185.488 pesetas por el oro y la plata en circulación, así en monedas como en objetos destinados al servicio del culto y en todos los demás usos privados y públicos, se tendrá: que el valor total del oro y de la plata, extraidos de MEnco en la época citada, se elevó á 17.931.375.000 pesetas (setenta y un mil, setecientos veinticinco millones de reales: 71.725.000.000). 12. Tndustria.—Las manufacturas mejicanas, que habían experimentado una sensible disminución, con motivo de las guerras y desórdenes interiores que desgarraban el país desde que se emancipó de España, empezaron á tomar nuevo vuelo á mediados del presente siglo; las de algodón y lana, llegaron á ser bastante numerosas en los Estados de La Puebla y Querétaro, al par que la estampación de las telas había obtenido notables progresos. En el puerto de Tehuantepec, los indígenas teñían de púrpura el algodón frotándole contra la capa del múrice (nombre que se da á ciertos mariscos que crían la púrpura), cuyo color avivaban empapándole en agua de mar, que en aquellos parajes es riquisima en muriato de sosa. La fabricación de paños era también de alguna consideración; la de géneros de seda, casi nula. En Guadalajara y en Querétaro existían algunos molinos de papel y gran elaboración de cigarros. La sosa, que se encuentra en abundancia sobre la meseta á 2.000 ó 2.400 metros de altura, alimentaba multitud de fábricas de jabón; y el nitrato de potasa y el azufre, que es general en el interior del país, las de pólvora. Las platerías suministraban infinidad de artículos al comercio; y las obras ejecutadas por los indígenas, en madera, hueso y cera, para entretenimiento de los niños, eran de una perfección muy notable. 13. Comercio.—El comercio mejicano se hacía en el interior por medio de bestias de carga; el exterior, paticularmente con Inglaterra, Estados Unidos y Francia, era considerable. Las exportaciones consistían, principalmente, en oro y plata, ya en lingotes, ya labrados; vainilla, cacao y otros productos de su suelo; las importaciones, en paños, sederías, telas de lino y de algodón, blancas y estampadas; porcelana, objetos de bisutería, relojería y quincalleria; papeles blancos y pintados; aguardientes, vinos, licores, armas, mercurio, hierro, acero y otros muchos artículos de las industrias europeas. 14. Constitución y gobierno.—En la época á que venimos refiriéndonos, la Constitución del Estado mejicano era ya democrática. El poder legislativo estaba confiado á un Congreso general, compuesto de una Camara de diputados y de un Senado; el ejecutivo, á un presidente, elegido por cuatro años, y á un vicepresidente. La justicia se hallaba administrada por un Tribunal Supremo, audiencias territoriales y juzgados de distrito. La confederación se componía de 21 Estados, del distrito federal de Me- co y de tres territorios, es decir, de provincias que no tenían gobierno interior independiente y eran administradas en provecho de la unión federal. Cada uno de los Estados tenia su gobierno particular y sus tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, separados, como en los Estados Unidos del Norte. El distrito federal era el asiento de los poderes supremos de la confederación. 15. Administración.—La de la república mejicana estaba dividida entre cuatro ministerios: el de Hacienda, al cual eran anejos el comercio y la agricultura; el de Relaciones, que comprendía el interior y negocios ex
tranjeros; el de Justicia, de quien dependían los asuntos eclesiásticos, y finalmente, el de Guerra y Marina. 16. Rentas y deuda públicas.—Las rentas del Estado se elevaban, en 1892, á 40.870.000 pesos. La deuda nacional, en 30 de Julio de 1891, ascendía á 125.000.000 de pesos; los intereses anuales por la Deuda interior y exterior á 6.600.000. 17. Ejército y armada.— El ejército permanente, comprendidas las milicias, era de 8.000 hombres: en casos de urgencia, la recluta se verificaba por medio de levas, como en la marina inglesa, y su efectivo podía aumentarse según las necesidades. La marina contaba un navío, tres fragatas y varios buques menores. 18. Población.—La cifra exacta de la población de Menico es desconocida: una estadística oficial de 1793 la hacía subir á 5.200.000 habitantes: en 1895 se la calculaba en 11.020.968, divididos en esta forma: indígenas, 4.187.968; españoles, 9.093.984; raza mezclada, 4.739.016. 19. Carácter.—Los mejicanos son generalmente afables, vivos, ingeniosos y muy aptos para las ciencias y las artes. Bajo el punto de vista de la imaginación y del sentimiento, considerado como pueblo poeta, reune el espiritu de la concepción á un exquisito sentimiento de la forma, en cuyas felices disposiciones influye sin duda la hermosura de la naturaleza monumental, como si la estética del hombre participara de la sublime estética de Dios. En donde todo ríe, la humanidad ríe también, y ya se sabe que el canto del poeta es el canto de la humanidad. Por lo demás, se achaca al mejicano el ser apasionado en demasía, teniendo que luchar entre los dos extremos de la pasión: la volubilidad de las imágenes, de las ilusiones, de los deseos, y la pertinacia inexorable de las ambiciones. En ninguna parte del globo ha improvisado la ambición tantos héroes. Puede decirse que allí consigue la ambición lo que en otras partes consigue el genio. En cuanto á la mujer, la mejicana es un gran tipo de esa dulzura tierna y delicada, consorcio indefinible de belleza y candor, sueño misterioso de la vida, en que no sabemos si el vaticinio nos da la emoción del deleite, ó si el deleite nos da la emoción del vaticinio. La mujer mejicana, como la mujer de toda América, es un perfecto dechado de madre. 2). División política.— Este país, que, bajo el efimero imperio de Maximiliano, contaba 50 departamentos repartidos entre 3 divisiones militares, se halla actualmente dividido en los 27 Estados, dos territorios y el distrito federal siguientes: — ESTADoS: MÚSICO, Michoacán, Querétaro, Aquas Calientes, Zacatecas, Xalisco, Cinaloa, Sonora, Guanazuato, Guerrero, Chihuahua, Durango, Coahuila, Nuevo León, San Luis de Potosí, Tamaulipas, Vera Cruz, La Puebla, Ouxaca, Chiapa, Pucatín, Tabasco, Colima, Hidalgo, Morelos, Tlascala y Campeche, cuyas capitales respectivas, son: Toluca, Morelia ó Valladolid, Querétaro, Aguas-Calientes, Zacatecas, Guadalaxara, Culiacán, Urés, Guanaxuato, Tixtlán, Chihuahua, Durango, Saltillo, Monterrey, San Luis de Potosí, Victoria, Vera-Cruz, La Puebla, Oaxaca, San Cristóbal, Mérida, San Juan Bautista, Colima, Pachuca, Cuernavaca, Tlascala y Campeche.— Territorios: Baja California y Tepic. —Distrito federal: MÉJICO. 21. MÉJICO.—Capital de la república, una de las más regulares yhermosas del mundo, situada junto á la margen occidental del lago Tezcuco, en medio de la extensa llanura de Anahuac, á los 19° 25/ 45" de latitud Norte, y 95° 55 14 de longitud Oeste, con 400.000 habitantes. Dista 220 kilómetros del golfo de MÉnco y 261 del Grande Océano. Es residencia del presidente, de las administraciones centrales, de un arzobispado metropolitano y de los consulados de Francia, España y otras potencias. Posee una universidad, biblioteca, escuela de minas, observatorio, museo de mineralogía, seminario, colegios de San Ildefonso y de San Gregorio, Academia de Bellas Artes, escuela de Medicina, sociedad para el progreso de las artes y de la agricultura, jardín botánico, imprenta nacional, establecida en 1550; casa de moneda, con 20 máquinas, que daban en otro tiempo 80.000 pesos fuertes, 6400. 000 pesetas, y que en la actualidad producen sobre 3.000.000 cada año. Su industria se halla representada por manufacturas de cigarros del Estado, de telas de algodón pintadas, tejidos, tabacos y jabones; fabricación importante de pasamanería de oro y plata; bisutería y platería; objetos de madera, hueso y cera; construcción de coches y guarniciones. El comercio exporta maderas tintóreas, especias, pieles, cacao, café, cochinilla, añil, cobre, jalapa, zarzaparrilla y vainilla, é importa armas, bebidas, particularmente aguardientes, artículos de París, modas, papel vidriado, cristales, perfumería, tejidos de todas clases, porcelana, sedas teñidas y objetos menudos. Esta ciudad afecta la forma de un cuadro: su interior es verdaderamente magnífico; sus casas, pintadas de bellísimos frescos; sus calles, tiradas á cordel, espaciosas y adornadas de suntuosos edificios y monumentos; algunas de ellas tienen más de dos millas de longitud; las principales arrancan de los cuatro puntos cardinales y desembocan en la plaza Mayor, que es anchísima y está decorada con la estatua de Carlos IV: Al frente de los monumentos y edificios en que más resalta la magnificencia, figuran: la catedral, considerada como la mejor de América; el palacio del Gobierno, la universidad, la casa de la moneda, el colegio de minería y varias iglesias y conventos, por la riqueza de sus porcelanas y metales preciosos. Son igualmente dignos de mención el museo de antigüedades mejicanas, los cuadros y jeroglíficos que se conservan en los archivos; algunos establecimientos científicos y literarios, el teatro, los hospitales, la alameda, los paseos y los deliciosos campos de las cercanías. La tomó Hernán Cortés á Motezuma en 1521 y perteneció á España, con todo el territorio, hasta 1810. Asiento del Gobierno desde la ruptura con la metrópoli; teatro de terribles motines populares en un país constantemente agitado y devorado porla anarquía, MÉJICO vino siendo hasta 1865, bajo las instituciones republicanas, la capital de un distrito federal, que comprendía la ciudad y su jurisdicción, y cohtaba 327.112 habitantes. Este distrito federal fué reemplazado, cuando tuvo lugar el establecimiento del imperio, por un departamento llamado Valle de MÉJICO, que tenía la misma extensión. Constituído de nuevo en distrito federal, forma un territorio del Estado de MÉJICO, el cual ocupa una superficie de 20.300 kilómetros cuadrados, que pueblan 430.000 habitantes. 22. Poblaciones.—Las ciudades y capitales de Estado más importantes, son: Guadalajara: capital de Jalisco, ciudad grande y hermosa, bellísimamente situada, con 95.581 habitantes, universidad, buenos edificios, silla episcopal, establecimientos literarios y ricas minas de oro y plata en sus alrededores; sus rectas y anchas calles, sus espaciosas y siméticas plazas, sus lindísimas fuentes, que alimenta un acueducto de cerca decatorce millas de longitud; el elegante aspecto de sus casas y palacios y su armónico y agradable conjunto, colocan á esta población entre las primeras de América.—Puebla: ciudad vastísima y la más industrial de MÉJICO, asentada sobre una de las llanuras más altas de la meseta de Anahuac, en terreno perfectamente cultivado, con 120.000 almas y numerosas fábricas: sus calles son rectas, y sus plazas anchurosas; los ornamentos de sus templos rivalizan en riqueza con los de las iglesias de MÉJICO; su industria y su comercio se encuentran en el estado más floreciente.—Guanaxuato: ciudad populosa, edificada en el sitio donde desembocan todas las gargantas que conducen á las minas de plata más abundantes del globo, y cuyo producto ha sido el primer elemento de su riqueza; la denominada Valenciana es la más honda de toda la tierra, pues su profundidad mide sobre 580 metros: la población tiene sobre 52.112 habitantes y entre sus edificios se distingue la alhóndiga, vasto local destinado á depósito de todos los géneros comerciales y de consumo para el vecindario.—Merida: ciudad notable, aunque de corta extensión, capital del Yucatán, situada en una árida llanura en la península de este nombre, á 44 kilómetros Sur de la costa del golfo de Meco: es residencia de un gobernador, asiento de un obispado y de un tribunal de justicia, y cuenta sobre
60.000 habitantes, colegio, hospital, fabricas de indianas, de curtidos, buen palacio, elegante catedral y algún comercio.—Oaxaca: otra de las ciudades más hermosas de la república, capital del Estado de su nombre y residencia de un arzobispo; levántase sobre la orilla izquierda del río Verde, en un delicioso valle cubierto de jardines y plantaciones de nogales, bajo un clima de los más benignos y apacibles; circunstancia que, unida á la longevidad de sus habitantes, ha dado gran fama á la población. Sus calles son largas, rectas y bien empedradas; sus casas, de dos pisos, están construídas de piedra de talla y de un color verde, que les da cierto aspecto de frescura verdaderamente singular; entre los edificios públicos, sólidos y bien decorados, se destacan el seminario, el palacio episcopal, la catedral, varias iglesias y acueductos. Oaxaca es población de unos 28.713 habitantes.—Querétaro: capital del Estado de su nombre, colocada á los 20° 36' 39" de latitud Norte, y 96° 25' 29" de longitud Oeste, distante 75 kilómetros Noroeste de Ménco: es la ciudad más bella de la república, después de su capital, por su agradable posición, sus edificios, grandes plazas y magnífico acueducto, formado por una linea de arcos muy elevados; sus calles, á imitación de las de Ménco, se cruzan en ángulos rectos y desembocan en tres plazas principales. Esta población, memorable por la catástrofe de Maximiliano I, es también una de las más ricas é industriosas de aquella región: contiene sobre 40.000 almas, colegio, biblioteca, fábricas de paños, de cigarros, cuerdas, cueros y papel.— Valladolid: capital del Estado de Michoacán, situada á los 19° 42' de latitud Norte, y 97° 7 15" de longitud Oeste, en uno de los términos más deliciosos de la comarca: es ciudad episcopal, bien edificada y provista de aguas por hermosos acueductos, y encierra 35.000 habitantes, una catedral y un seminario, dignos de ser visitados.—Saz Luis de Potosí: capital de una división militar y del Estado de su nombre, enclavada á los 22° 2' de latitud Norte y 97° 10 de longitud Oeste; con 60.000 habitantes, comprendidos sus vastos arrabales: es ciudad de corta extensión, pero su elegante plaza, sus anchas y rectas calles, sus lindas fuentes, notables edificios, preciosas iglesias, riquisimos conventos, hermosa situación é infatigable actividad de su comercio, la colocan entre las primeras poblaciones de Mésco.— Zacatecas: capital del Estado de su nombre, situada á los 23° de latitud Norte, y 97° 50 de longitud Oeste, con 41.086 habitantes, obispado, colegio, fábricas de pólvora y de algodón: es ciudad sumamente importante por las abundantes minas de plata que se explotan en sus alrededores, y su casa-moneda está considerada como la segunda del territorio mejicano.— Pera-Cruz: capital del Estado del mismo nombre, sede episcopal y plaza fuerte, situada sóbre el golfo de Ménico, á los 199 12 de latitud Norte y 90° 4' de longitud Oeste, con 24.000 habitantes, á 372 kilómetros Este de distancia de la capital de la república. La ciudad presenta regular aspecto, pero está construída sobre una playa árida y pantanosa, rodeada de colinas de movediza arena, bastante elevadas, que interceptan la circulación del aire por tierra: estas circunstancias, unidas al calor excesivo que se experimenta desde Mayo á Septiembre, hacen de su clima uno de los más malsanos que se conocen: la fiebre amarilla es endémica en la población y causa en ella periódicamente estragos considerables. El puerto de Vera-Cruz, poco vastó y protundo, se halla deténdido por los cañones de sus dos reductos, y viene á servir como de escala en donde se depositan los cargamentos destinados al interior, y principalmente, para MEnico. Los buques de guerra encuentran un buen fondeadero en la isla de Sacrificios, próxima al mencionado puerto, cuya entrada les está prohibida: los buques, amenazados por los vientos del Norte, que son los más temibles para las embarcaciones que surcan aquellas aguas, no tienen otro abrigo que el islote en que se encuentra la ciudadela de San Juan de Ulloa, la cual domina la ciudad, al mismo tiempo que defiende el puerto. Este fuerte, el mejor y más notable de la república, fué tomdao po -b. lnimata franéés Baudin, en 1838. La ciudad es también capital de una prefectura maritima y forma parte, con el departamento, de la división militar de Puebla, desde el año 1869. Su comercio más importante consiste en la exportación de oro, plata, vainilla, pieles y tabaco. A pesar de los inconvenientes que dejamos apuntados y de la escasez de agua, pues la única corriente que baña su suelo es un arroyo cenagoso denominado el Tenoya, que corre cerca y hacia el Sudeste de la población, ésta ha sido durante siglos la primera plaza mercantil de MénIco; bajo la dominación de los reyes de España, fué casi exclusivamente la única que recibía todos los géneros del interior, para cambiarlos por los de Europa. En el territorio de Vera-Cruz abordó Hernán Cortés, el Viernes Santo de 1519, para intentar la conquista de Ménico. En 1823, los insurgentes tomaron la ciudad á los españoles; en 1832, estalló en ella la revolución dirigida por el general Santa-Ana; las tropas de los Estados Unidos se apoderaron de la población en 1847, y los franceses en 1862.— Durango: ciudad episcopal, fundada en 1551 por Alonso Pacheco, y capital del Estado de su nombre, situada en la Sierra-Madre, á 3.282 metros sobre el nivel del mar, con 32.000 habitantes, establecimientos científicos, minas de plata y fábrica de moneda. 23. Arquitectura.—MEnco es uno de los países en donde se encuentra mayor número de monumentos del arte primitivo americano. La llanura de Anahuac ofrece algunos que son anteriores á la llegada de los aztecas; figurando entre ellos, principalmente, las pirámides, llamadas teocailis, destinadas á un objeto religioso. En el valle de Ménco, en San Juan de Teotihuacán, hay dos de aquéllas, de desigual magnitud, denominadas aún hoy mismo por los indígenas Casadel Sol y de la Luna, á los cuales estaban consagrados. Se subía en otro tiempo á la cumbre de cada una de ellas por una grande escalera que formaban anchas piedras de talla: coronábanlas pequeños altares, con cúpulas de madera y estatuas colosales, cubiertas de hojas de oro, distinguiéndose cuatro pisos, subdivididos en pequeñas gradas de un metro de elevación. Al rededor de aquellas dos grandes pirámides y terminando sus cuatro frentes, aparecen dispuestos en pasadizos algunos centenares de pequeños teocallis, de 9 á 10 metros de altura, dedicados, según se dice, á las estrellas: se cree que sirvieron de sepultura á los jefes de tribu. Más al Oriente, en medio de una selva inmediata al golfo de Ménico, se eleva la pirámide de Papautla, descubierta hacia fines del siglo último: de forma más atrevida que las precedentes, pero construída como ellas de piedras de talla, llegó á contar seis y quizás siete pisos; se halla adornada de esculturas jeroglíficas, presentando una serie de pequeños nichos dispuestos simétricamente, cuyo nombre, según M. de Humboldt, sería una alusión á los 318 signos del calendario de lotoltecos. Mide 18 metros de elevación, sobre 25 de ancho en la base: tres escaleras conducen á su cima. La pirámide de Cholula, llamada Montaña hecha por mano de hombre, se parece de lejos á una colina natural, cubierta de una espesa vegetación: cuenta cuatro pisos y está construída de lechos de ladrillo, alternados con lechos de arcilla: sus frentes se hallan orientados exactamente según los puntos cardinales. La base tiene 450 metros de lado; la altura, 56, como la mayor de las pirámides de Teotihuacán. En el interior existían algunas cavidades considerables, sirviendo de sepultura. Sobre la plataforma, que presentuna superficie de 4.200 metros cuadrados, se elevaba, en tiempo de los aztecas, un pequeño altar dedicado al dios del aire: los españoles le sustituyeron por una iglesia, bajo la invocación de Nuestra Señora de los Remedios, rodeada de cipreses. El monumento de Xochicalco, que se denomina Casa de las flores, pertenece á la arquitectura militar: es una colina aislada, de 117 metros de elevación, que ha recibido de los hombres una forma cónica bastante regular; se halla circuida de un ancho foso y de plataforma, de cerca de 9.000 metros cuadrados, defendida por un muro de piedras de talla y adornada de figuras de
relieve. En cuanto á los aztecas, no se puede juzgar de su arquitectura sino por los relatos de los conquistadores españoles: la naturaleza de los materiales que aquéllos empleaban explica la ruina de sus construcciones cuando aún los españoles no habían destruído por completo la mayor parte de las ciudades mejicanas. Las viviendas de los pobres se edificaban con cañas ó ladrillos sin cocer, cubiertos de una especie de césped, sobre el cual se fijaban hojas de áloe cortadas en forma de tejas; no tenían más que un departamento, en el que habitaban confundidos todos los individuos de una familia. En las ciudades, cada casa tenía su pequeño oratorio y una sala de baño. Las habitaciones de los grandes se construían de piedras bermejas, porosas, frágiles, ligeras, unidas por una argamasa de cal, terminando en un techo plano á modo de terraza. En la construcción de los palacios y los templos se empleaban los mismos materiales. 24. Pintura.— Los mejicanos han empleado el arte pictórico, ya para representar los dioses, los reyes, los grandes hombres, los animales y las plantas; ya con un objeto puramente topografico y corográfico, para dar la imagen de una provincia, de un litoral, de una ciudad, de un río; ya, en fin, como medio de expresar simbólicamente el pensamiento. El dibujo aparece en todas partes extremadamente incorrecto; los colores, vivos y chillones, dispuestos convenientemente para establecer los contrastes más pronunciados; los personajes tienen generalmente el cuerpo ancho, rechoncho y muy corto, la cabeza enormemente gruesa, los dedos de los piés muy largos. Las cabezas están dibujadas de perfil, pero el ojo es el de una figura de frente. Es el arte en su primepa infancia. Si algunas pinturas menos informes se encuentran, pertenecen á épocas posteriores á la conquista española. (Véase LEÓN DE ROSNY, Collection d’anciennes peintures mexicaines, París, 1855, en cuarto, y atlas en folio.) Como monumento de la industriosa paciencia de los aztecas, se citan esos mosaicos hechos de plumas, que excitan la admiración y que se estimaban en un precio muy elevado. Estas plumas recibían mil variadas formas y se unían tan perfectamente, por medio de un jugo gomoso, que todo el cuadro aparecía como un lecho de pintura, viva, brillante y matizada, notabilísima, principalmente por la degradación de las tintas. Admira la perfección de aquel arte cuando se piensa los pocos progresos que la pintura, propiamente dicha, había aún alcanzado. Bajo la dominación española continuó aquélla practicándose, hasta el siglo XVIII, en que desapareció por completo. 25. Escultura.—La escultura mejicana participa de la barbarie de la pintura: es el mismo sistema de dibujo. Los relieves menos imperfectos son los que decoran las pirámides de Papantla y de Xochicalco. ¿Cómo se explica que el arte se conservara tan grosero en un pueblo que parecía ocuparse de él con interés, puesto que multiplicaba los ídolos, las estatuas, las piedras esculpidas? «El carácter de la figura humana, dice M. de Humboldt, desaparecía bajo el peso de los ropajes, de los cascos de cabezas de animales carniceros y de las serpientes que enroscaban el cuerpo. Un respeto religioso á los signos hacía que cada ídolo tuviese su tipo individual, del que no era permitido separarse. Así el culto perpetuaba la incorrección de las formas y el pueblo se acostumbraba á aquella reunión de partes monstruosas, dispuestas, sin embargo, según las ideas sistemáticas. La astrología y la manera compnizadud uesggnar grancanrenré las divisiones del tiempo, eran la principal causa de esos desvaríos de la imaginación. Cada acontecimiento parecía influído al mismo tiempo por los jeroglíficos que presidían al día, á la semidécada ó al año. De aquí la idea de pintar los signos y de crear esos seres puramente fantásticos, que se encuentran tantas veces repetidos en los monumentos que han llegado hasta nosotros.» Se ha traído de MÉnico un considerable número de vasos de tierra cocida, pintados y barnizados, los cuales ofrecen grande analogía con los de los antiguos egipcios. 26. Música.—A pesar de la civilización relativamente avanzada de los mejicanos cuando su país fué conquistado por los españoles, nada se encontró entre ellos que mereciese el nombre de música. Sus principales instrumentos eran dos tambores: el huehnetl y el teponaztli. El primero era un cilindro de madera, de un metro de alto, esculpido y pintado en los costados, y cubierto por una piel de gamo bien extendida, la cual se hería con los dedos; componíase el segundo de un cilindro también de madera, con dos hendiduras paralelas en el centro, sobre las cuales se golpeaba con unos pequeños palillos. Los restantes se componían de trompas, nácaras ó caracoles marinos; flautas, que producían un sonido agudo, y un instrumento llamado ajacaztli, del que se servían los bailarines. 27. Lenguas. — Los habitantes de Ménco que forman la población blanca, descendiente de los antiguos conquistadores españoles, hablan el castellano, mezclado todavía de términos tomados á las lenguas indígenas. Los mulatos y los negros se sirven del mismo idioma, con ciertas palabras que, no siendo españolas ni indigenas, no pueden provenir sino de las lenguas africanas, importadas á América por los primeros esclávos. Los mejicanos primitivos, en opinión del jesuíta Clavijero, el cual vivía á mediados del siglo XVIII, no hablaban menos de 35 idiomas diferentes; á principios del presente siglo, Alejandro de Humboldt citaba quince de aquéllos, de que aún se conservan gramáticas y diccionarios. La lengua indígena más esparcida es el azteco ó mejicano, propiamente dicho. Esta lengua, cuyo centro es la llanura de Anahuac, se halla extendida, no solamente en Ménco, sino también en otros Estados de la América central, hasta el lago de Nicaragua; sin embargo, su vasto dominio se halla limitado y dividido por el de otras lenguas. Desígnase aquélla con el simple calificativo de nahuatl (claro, sonoro). Pobre en elementos fonéticos, carece de las articulaciones b, d, f, 9, r, s, j, Il, n; pero, en cambio, posee otras en abundancia, particucularmente, t, z, ch, l, tz: la articulación l no se encuentra jamás en principio de dicción. La repetición frecuente de las sílabas tli, itl, tla, al da cierta monotonía y rudeza á la pronunciación. El acento prosódico carga sobre la penúltima de las polisilabas. Estas polisilabas, nombres propios ú otros, muy largas y numerosas, están formadas por la reunión de varias radicales significativas, que acompañan algunas veces partículas expletivas. No es raro encontrar algunas de aquéllas de diez y doce sílabas; sin embargo, parece que semejantes palabras no se encuentran en la lengua hablada, constituyendo especies de definiciones por las cuales los mejicanos traducían, en vista de la pregunta de los misioneros cristianos, ciertas ideas para las que no habían tenido jamás expresiones particulares. En azteco no hay géneros para los objetos inanimados: el plural de los nombres de objetos inanimados se forma por la adición de la palabra miec (mucho); el de los nombres de seres animados, por la repetición de la silaba inicial y la terminación tin. Los cuatro primeros nombres de número sirven, por su combinación con los que expresan 5, 10 y 15, para formar todos los demás. Los aumentativos y diminutivos son muy numerosos. El comparativo se expresa con el auxilio de partículas: no se conocen los términos superlativos. De todo sustantivo ó adjetivo se puede hacer un verbo; todo verbo puede á su vez convertirse en sustantivo por medio de una inflexión particular. Las relaciones de los nombres se expresan, no por preposiciones, sino por posposiciones ó sufijos. Según el rango de las personas á quienes se refieren, ó con quienes se habla, la frase se alarga con partículas ceremoniosas, que se añaden á los verbos, á los adverbios y á los nombres. La lengua azteca ha sufrido, desde el descubrimiento de la América, importantes modificaciones. Desde el siglo XVI, los mejicanos no comprendían más que los himnos antiguos con que ellos acompañaban sus danzas sagradas. Su lengua ha recibido del español las preposiciones del uso más ordinario.
(Véanse: ANDRÉS DE OLMOS, Ars et vocabularium mexicanum, Ménico, 1555, en 4.°; ALONSO DE MOLINA, Vocabulario americano, 1555, y Arte de la lengua
mexicana, 1571; A. DEL RINCÓN, Arte de la lengua mexicana, 1595, en 8."; PEDRO DE ARENAS, Vocabulario de las lenguas castellana y mexicana, 1611, en 12.°; DIEGO DE GUALDA GUZMÁN, Grammática de la lengua mexicana, 1643, en 8.°; HORACIO CAROCHI, Ars copiose lingue mexicanc, 1645, en 4.°; A. DE VETANCOURT, Arte de la lengua mexicana, 1673, en 4.°; A. VÁZQUEZ GASTELU, Arte de la lengua mexicana, Puebla, 1689, en 4.°; MANUEL PÉREZ, Arte de la lengua mexicana, 1717, en 8.°; CARLOS DE TAPIA CENTENO, Arte novíssima de la lengua mexicana, 1753, en 4.°; ALDAMA Y GUEVARA, Arte de la lengua mexicana, 1754, en 12.; IGNACIO PAREDES, Arte de la lengua mexicana, 1759; RAFAEL SANDOVAL, Arte de la lengua mexicana, 1810.) 28. Literatura.— Los aztecas son, de todos los pueblos de MÉncO, los únicos que poseen una literatura. Antes de la conquista española, y cuando todavía se ignoraba el arte de la escritura, conservaban y transmitían los mejicanos gráficamente sus conocimientos, ó los recuerdos de los sucesos, con el auxilio de nudos hechos á unas cuerdas de diferentes colores. Más tarde, hacia el siglo vi ó vii de nuestra era, emplearon ya signos jeroglíficos, representaciones pintadas ó esculpidas. Los primeros viajeros que visitaron este país después de la expedición de Hernán Cortés, hablan de libros mejicanos muy diversos, de anales históricos, de rituales sacerdotales, de calendarios, de escritos astrológicos y geográficos. El fanatismo español hizo la guerra á aquellos monumentos de una civilización pagana, los cuales fueron casi todos destruidos por Juan de Zumárraga, primer arzobispo de MÉMCO. Es cierto que en 1553 se estableció en la ciudad que describimos una cátedra para la interpretación de los jeroglíficos mejicanos; pero esta ciencia había perecido desde los comienzos del siguiente siglo, y los indígenas mismos no se hallaban en estado de comprender y de explicar sus antiguos caracteres de escritura. En nuestros días, la explicación de aquellos jeroglíficos ha sido emprendida con verdadero ardor por A. de Humboldt y por Prescott: estos sabios piensan que los aztecas han hecho uso principalmente de caracteres representativos, pero que, sin embargo, sus jeroglíficos, como los del antiguo Egipto, son con frecuencia simbólicos, y cuando se trata de transcribir nombres de personas ó de lugares, verdaderamente fonéticos. En este último caso, se leen, en general, de derecha á izquierda, y de abajo á arriba. En cuanto á los jeroglíficos no fonéticos, no hay regla fija: la manera en que aparecen trazados es el mejor guía que puede seguirse para la lectura, pues las líneas de escritura forman contornos muy caprichosos. Uno de los manuscritos mejicanos de la biblioteca real de Dresde, y otro de la biblioteca imperial de París, presentan un tipo completamente distinto de los demás: los caracteres, colocados por lo regular los unos al lado de los otros, é interrumpidos tan sólo de espacio en espacio por una especie de viñetas, están considerados como convencionales y fonéticos. Los grandes depósitos bibliográficos de Europa, tales como el Escorial, el Vaticano, las bibliotecas de Bolonia, de Dresde, de Oxford y de París, poseen cierto número de manuscritos mejicanos. En la biblioteca imperial se ve, entre otros, un ritual, un libro de astrología y una historia de MÉnco, desde 1197 á 1561, y en la biblioteca del Cuerpo legislativo, un calendario. El autor español Clavijero hace un pomposo elogio de los talentos oratorios y del genio poético de los aztecas. Desde muy corta edad se acostumbraba baids-jóvenes uescinaoòs a’ids enrpajadas, á pronunciar discursos sobre asuntos políticos. Como los procesos se juzgaban sumariamente, el arte del bien decir era inútil á los pleitistas. Los poetas cantaban las maravillas de los cielos y de la tierra, los deberes de los hombres y la gloria de los vencedores y de los reyes. Las representaciones escénicas pertenecían al género más grosero: en ellas se veían ciegos tropezar con sordos; cojos, andar á gatas; jorobados, volverse aún más contrahechos; enanos, marchar sobre las puntas de los pies; ó bien los actores se disfrazaban de animales de todas especies. Excusado parece decir que en estas miserables farsas, el diálogo debía ser del peor género. El lier mejicano más afiogadloe que-se hace mención, lleva por título: Teomoxtli, y fué redactado entre los toltecos, hacia el año 660, por el astrólogo Huetmatzín: es una historia del cielo y de la tierra, y una narración de las primeras emigraciones de los pueblos. Pero el autor más celebrado es Nezahualcojotl, rey de Tezcuco en el siglo xV, apellidado por los españoles el Solón de la América: redactó leyes, fundó una especie de academia bajo el título de Consejo de música, y compuso algunos himnos religiosos y varias elegías, de cuyo texto primitivo parece que existe una traducción española. Entre los escritores mejicanos del siglo XVI, después de la conquista de Hernán Cortés, pueden caccionrsee: Domingo Shimarlaris Fernando de Alvarado Tezozomoc, Cristóbal del Castillo y Zapala; la historia del país fué particularmente estudiada por aquella época. Posteriormente, la actividad literaria fué debilitándose hasta concluir por no escribirse en azteco más que libros de instrucción religiosa. 29. Religión.— Todo lo que se sabe de la religión mejicana ha sido transmitido por los autores españoles del siglo XVI, quienes escribieron en una época en que las huellas de la antigua civilización de MEnco no habían aún desaparecido por completo. Los mejicanos creían en un Dios Supremo, creador y soberano del universo; debajo de éste, se colocaban 13 grandes dioses y más de 200 de menos importancia. Los más venerados eran Huitzilopotchli, dios de la guerra, y el Quetzalcoalt, dios del aire, los cuales habían enseñado á los hombres el cultivo, el trabajo de los metales y el arte de gobernar. Numerosas leyendas sobre la vida de los dioses recuerdan las metamórfosis narradas por los poetas griegos y latinos relativas á los habitantes del Olimpo. Otras ofrecen una analogía notable con las tradiciones bíblicas: de este modo conocían los mejicanos el dogma de un pecado original, del cual se purificaban por el bautismo, y consideraban al género humano como arrojado, en castigo, sobre la tierra; el diluvio universal y la historia de la torre de Babel les eran conocidos, con circunstancias parecidas á las que se encuentran en la Biblia. Sus dogmas y sus prácticas presentan ciertos puntos de contacto con los del cristianismo: en una ceremonia semejante á la de la comunión, los sacerdotes distribuían á los fieles los fragmentos de una imagen de Dios, que se comía como su propia carne; tenian una especie de confesión y una absolución religiosa, y finalmente, figuraba la cruz entre los objetos del culto. Los mejicanos, considerando la estancia del hombre sobre la tierra como una expiación, creían que todos los seres tenían necesidad de ser rescatados y que la Divinidad se aplacaba con sangre: de aqui el uso de los sacrificios humanos.
Concebíanse, en la vida futura tres estados, que podrían compararse al Paraíso, al purgatorio y al infierno de los cristianos; pero su infierno no tenía torturas fisicas, y el castigo de los condenados consistia únicamente en penas morales, ó sea en remordimientos. Creían también los mejicanos que el mundo había experimentado cuatro catástrofes, en las cuales había perecido todo; y para conjurar un quinto cataclismo, celebraban hacia el solsticio de invierno, que coincidía con el término de un año, una fiesta conmemorativa del fin y de la renovación del mundo, entregándose durante cinco días á manifestaciones de desesperación: entonces se destruían las pequeñas imágenes de los dioses que adornaban las casas, como los lares de los romanos, y se dejaba consumir el fuego sagrado que ardía en los templos; á estas manifestaciones seguían luego doce días de fiesta para dar gracias á los dioses por haber dejado aún con vida al género humano. Los sacerdotes formaban un cuerpo numeroso, rico y potente, al que se reservaba el monopolio de la enseñanza: estaban gobernados por dos grandes sacerdotes electivos, los cuales marchaban inmediatamente después del jefe del Estado. Existían además varios clérigos investidos de ciertas funciones, pero que no tomaban parte en los sacrificios.—En la actualidad, el Estado profesa la religión católica, con libertad de todos los demás cultos: al frente del clero figuran
cinco árzobispos y veinte obispos. 30. Edificios religiosos. — No hace muchos años contaba Ménco: 1.073 parroquias, 157 misiones, 149 conventos de religiosos y 57 de monjas, cuya situación ha debido sufrir un cambio notable. 31. Numismática.— Los mejicanos se servían en sus cambios de sacos de cacao, cada uno de los cuales contenía 24.000 granos, y de pequeños fardos de tela de algodón. Empleaban también, como moneda, el polvo de oro, encerrado en los cañones de las plumas de aves acuáticas, los cuales eran sumamente transparentes, para que pudieran apreciarse la calidad y espesor de los granos de aquel precioso metal. En algunas provincias, la moneda corriente consistía en piezas de cobre, á las que se daba la forma de una T. En los alrededores de Tasco se usaban pequeñísimas piezas de estaño fundidas. 32. Historia.— La vasta región que describimos, había sido ya ocupada por diferentes pueblos antes de la llegada de los europeos. Los primitivos habitantes de este pais parecen haber sido los toltecos, los cuales, diezmados por una epidemia, viéronse reemplazados por los chichimecos y los aztecas. Estos últimos, sometidos por los colhues, recobraron al poco tiempo su libertad y fundaron la ciudad de MÉnco, que vino á ser la residencia de sus reyes, cuya soberanía fué extendiéndose en breve sobre todo el territorio mejicano. El gobierno era monárquico electivo: el Estado cobraba sus impuestos regulares. Descubrimientos importantísimos hechos en el país por la arqueología durante estos últimos tiempos, atestiguan, de perfecto acuerdo con las tradiciones, que los mejicanos, principalmente los aztecas, habían alcanzado un grado de civilización notable antes de la conquista de los españoles: conocían las matemáticas, la mecánica, las artes industriales, la arquitectura, la escultura y la pintura; construían caminos y canales; empleaban en la fabricación del vidriado excelentes procedimientos, y habían llegado en sus conocimientos astronómicos casi tan lejos como los antiguos egipcios. Las antigüedades mejicanas, que se conservan de aquella época, son todavía numerosas. Reinaba en MÉJICO Motezuma, cuyo imperio se extendía hasta las fronteras de Guatemala y del Yucatán cuando Hernán Cortés, puesto al frente de una pequeña expedición española, invadió aquel territorio y, en menos de dos años, desde 1519 á 1521, logró dominar con su valor, prudencia, y la ventaja de las armas de fuego, el Estado más poderoso de América, al cual dió el nombre de Nueva España. Los nuevos conquistadores, particularmente los frailes, que habían sido enviados á aquellas regionés para convertir á los mejicanos, cometieron todas las atrocidades que la concupiscencia y el fanatismo pudieron inventar: la Inquisición fué establecida, y bajo esta presión terrible y bárbara, la civilización anterior y el espíritu nacional desaparecieron por completo hasta el punto de que los pueblos fueron aniquilándose por sí mismos, diezmados por los suplicios y los insoportables trabajos. Carlos V, accediendo á las reclamaciones de Las Casas, garantizó á los indios la libertad personal, determinando los tributos y los servicios á que aquéllos debían quedar sujetos. La suerte de los agricultores, tratados como siervos pegados á la tierra, no mejoró, sin embargo, hasta el siglo XVII. Por otra parte, la explotación del país conquistado se limitó durante largo tiempo á la busca de los metales preciosos, cuyo producto sobrepujó á toda esperanza. La considerable cantidad de oro y de plata que en el siglo xVI extrajo España de América, contribuyó no poco á la gran preponderancia que aquella potencia alcanzó por entonces en Europa. Desde la conquista de Hernán Cortés, Ménco había permanecido tranquilo bajo el poder de los monarcas españoles, gobernado por virreyes; pero el advenimiento de José Bonaparte al trono de España, en 1808, dió origen á un conflicto entre los indios y los españoles: dos años después germinaba la idea de independencia, que ya se había manifestado en las demás colonias españolas. Cierto cura, Ilamado Hidalgo, se había puesto á la cabeza de un pequeño grupo de indígenas, que muy luego llegó á formar un ejército numeroso, enarboló el estandarte de la rebelión y se dirigió contra las tropas del soberano de España, apoderándose y saqueando á Guanaxuato; pero, batidos en diferentes encuentros, fueron reducidos á la obediencia en 1811, terminando aquella primera tentativa con la muerte de Hidalgo y la dispersión de los suyos. Los ensayos que con el mismo objeto intentaron, Morelos, en 1815, y Mina, en 1816, obtuvieron idénticos resultados. Las insurrecciones habían sido enérgicamente reprimidas, pero la idea de independencia existía latente en el país: en 1821, el coronel español Agustin Itúrbide, acusado de exacción por el Gobierno, presentó la dimisión de su empleo y se puso al frente de los independientes: batió dos veces al virrey Apodaca, se apoderó de Mánico, organizó un gobierno provisional, reunió Cortes y se hizo proclamar emperador en 1822, bajo el nombre de Agustín I. Destituído éste al año siguiente, Vitoria, á la sazón presidente del Congreso, organizó, sobre el modelo de la unión angloamericana, los Estados Unidos mejicanos, cuya independencia quedó asegurada con la victoria de Tampico, alcanzada en 1829. La revolución había terminado: la nueva república formó alianzas con los Estados Unidos del Norte, Inglaterra y Colombia, y fué reconocida por el Papa. No bien Méjico había conquistado su independencia, cuando se vió envuelto en continuas revoluciones y discordias intestinas. que desgarraron el país. A Vitoria sucedió Pedraza, en 1828; el presidente Guerrero consiguió, en este mismo año, restablecer por un instante la calma; pero fué muy luego depuesto, fusilado y sustituído por Bustamanté en 1829. En 1832, el general Santa Ana se insurreccionó en Vera-Cruz y obtuvo la presidencia de la república. merced al apoyo que le prestara el partido democrático. La lucha entre los partidarios del sistema federativo y los de la república unitaria, quedó establecida; á las discordias civiles se unieron las sublevaciones militares, y no se vieron desde entonces más que levantamientos provocados por los generales que se disputaban el poder. En 1836, volvió Bustamante á alcanzar el gobierno; en 1838, con motivo de una diferencia entre Francia y los Estados Unidos mejicanos, bombardearon los franceses á San Juan de Ulloa y se apoderaron de Vera Cruz. Paredes obtuvo la presidencia de la república en 1841; Santa Ana se hizo proclamar dictador, en 1843. El fanatismo de los mejicanos llegó al extremo de colocar en una urna, y sobre la cúspide de un obelisco, la pierna que el dictador perdiera en una batalla; pero llegada tambien para él la hora de la caida, los monumentos alzados en su honor, la confianza en su genio, su poderosa influencia, todo, en fin, quedó reducido á la nada, y su nombre fué confundido y olvidado entre los muchos que, desde entonces, hahin srdd objetóue entusiismo primero, y de odio después, para la opinión del pueblo mejicano. A los frecuentes cambios de presidentes y de sistemas de gobierno siguieron más tarde nuevos desastres y el desmembramiento del territorio. La emancipación é incorporación de Tejas á los Estados Unidos produjo una guerra entre éstos y Méjico, el cual vió batidas sus tropas y tomadas Santa Fe, Matamoros, Monterrey, Tabasco, Tampico y hasta la capital misma por los ejércitos de la Unión. En virtud del tratado de Guadalupe, Munico tuvo que ceder á la confederación anglo-americana el territorio de la parte oriental del Río del Norte, la Nueva California y el Nuevo MÉnico. a desorganización del naís alcanzaba su último extremo; las ciudades marítimas reformaron sus tarifas de aduanas, sin consultar siquiera al poder central; las provincias del Norte eran devastadas por los indios é invadidas por los aventureros de todas las naciones; algunos Estados se declaraban independientes; la ruina de la Hacienda llegaba á su colmo, y los extranjeros se veian sometidos á lasexacciones del Tesoro. Los años de 1854 y 1855 presenciaron la revolución de Acapulco, la expedición del conde Raousset-Boulbon, una nueva dictadura y la caida de Santa Ana, reelegido en Enero de 1855; Carreras reemplazó á Santa Ana, en Agosto siguiente, el cual fué desposcido en
Septiembre por Alvarez, quien, en Diciembre, declinó el cargo en favor de Comonfort. Este último se vió arrojado en Enero de 1858, ocupando Zuloaga la presidencia hasta Enero de 1859, en que fué sustituido por Miramón. Juárez había establecido, desde 1858, un contragobierno en Vera-Oruz, que aquél intentó en vano destruir y que ocasionó su caída: en Enero de 1861 era reconocido Juárez como único presidente de la república. Su conducta política con España, Inglaterra y Francia llevó á estas naciones, en Enero de 1862, á una intervención armada; en Abril siguiente se manifestaron algunos disentimientos entre los tres jefes, representantes de las potencias coaligadas, y la Francia quedó sola para mantener la intervención. El general Lorencey, jefe de las tropas francesas expedicionarias, fué derrotado delante de Puebla y sustituído luego por Forey, quien se apoderó de aquella población y ocupó á MÉJICO, en Mayo de 1863.
Finalmente, en 1864 quedó establecido el imperio en favor de Maximiliano de Austria, el cual fué fusilado por Juárez en 1867. 33. Resultas.—A consecuencia de las profundas y continuas perturbaciones que han hecho de aquella república un país devorado por la anarquía, el país quedó reducido á un lastimoso estado de desconcierto y de miseria. Su fértil suelo se hallaba abandonado casi en absoluto, de tal manera que sus ciudades estaban separadas por páramos inmensos. Cuando el estado social de un país ha recibido tales heridas, inútil sería manifestar que las artes; las ciencias, la industria y el comercio no pueden alcanzar un período de conveniente desarrollo. Si ahora hablásemos del día de hoy, creemos que la suerte de MÉnico dista infinito de lo que fuera de desear. En cuanto al porvenir, hacemos al cielo votos fervientes por que los horrores de la política no esterilicen las maravillas de la creación, las cuales deberían hacer de MÉJICO el pueblo más rico, floreciente y hermoso del mundo. Todo consiste en que el hombre no mate lo que ha hecho la Providencia. Efectivamente, la desgracia de MÉJICO no es otra cosa que la rebeldía del hombre contra Dios.
ETIMOLOGÍA. 1. Los aztecas Ilamaron á Menco Tenochtitlán. 2. Oviedo escribe Temusticán ó Temisticás, y Acosta, con más corrección etimológica, Tenoztitlán, cuyo vocablo significa: «Tunal en piedra;» esto es, «higuera chumba nacida en un peñasco.» Así dice Valbuena que la ciudad Es un parto feliz de la fortuna, Y sus armas un águila engrifada Sobre las anchas hojas de una tuna. 3. El nombre de Ménico viene de Meritlo ó Mexí, nombre de un caudillo de cierta gente boreal, adoradora del dios Vitzilipúztli, la cual invadió y se apoderó del territorio en los comienzos del siglo xIIt de nuestra era. Reseña arqueológica.—Vamos á tocar una cuestión sumamente difícil, asunto de gran curiosidad y de interminables polémicas en el mundo sin fin de los eruditos. Nos referimos á la antigüedad de los monumentos mejicanos, heraldos perpetuos de su famosa civilización. Hay quien ve en las tradiciones de MÉnico la cuna del arte, la matriz del género humano, poniendo en olvido que la noción de lo bello y de lo sublime es patrimonio de todas las razas, como los dogmas de la Providencia y las maravillas del universo. Después de recorrer el globo que habitamos, el hombre se para y se pregunta: «¿En dónde no se hallan, mejor ó peor expresados, los enigmas de la inspiración? ¿en dónde no se encuentra, mejor ó peor formulada, la metafisica del espíritu con toda su pompa de fantasías y de imágenes?» Esto vale tanto como decir: «¿En dónde no se halla la humanidad? ¿en dónde no hallamos el éter de la atmósfera?» En una palabra: ¿dónde no es hermosa la luz de la estrella; aunque fuese una luz fingida? Pero entremos en el pormenor del asunto. Algunos eruditos opinan que la civilización mejicana es anterior á la más antigua cultura de Oriente, cuya interpretación histórica no tiene en su abono ningún monumento decisivo. Es innegable que el arte azteco nos presenta caracteres muy semejantes al del antiguo Egipto, entendiendo por arte del antiguo Egipto el arte faraónico; es decir, aquel que principió y desarrolló sus formas gigantescas bajo las antiguas dinastías egipcias, exceptuando las dinastías extranjeras, implantadas por la usurpación de los conquistadores, como la de los hiksos, la de los persas y la de los lágidas. El arte azteco y el faradsico son semejantes, porque son igualmente primitivos; y lo propio sucedería respecto de otro arte cualquiera que apareciese al mismo tiempo, ora fuese en las tradiciones indianas, ora en las antigüedades etíopes, ora en las llanuras de Sennaar, ora en las construcciones pelásgicas, como las murallas colosales, verdaderamente monstruosas, de la acrópolis de Balbeck. Esta semejanza del arte mejicano, comparado con el arte egipcio, no se origina de un trueque imposible de civilización; tampoco es el resultado de una emigración inconcebible de pensamientos y de costumbres; sino la consecuencia inevitable de unas mismas leyes, las cuales, reinando en los diversos órdenes de la vida, no podían dejar de reinar en los procedimientos de la estética. Aquí hay una esfera que nos rodea en todas direcciones; de tal suerte que, por donde quiera que vayamos, no podemos salir del círculo. Los monumentos mejicanos nos dan una idea, casi cabal, de las estatuas egipcias del Louvre y del Cairo, de la grande esfinge de Ghizé, de la vieja pirámide de Menfis y de los colosos de Kar I nak. Lo mismo en el uno que en el lotro arte, la pintura no figuró como creación separada, como belleza propia, sino como ornato de los jeroglíficos, de las estatuas, de las esfinges, de los colosos, de los sepulcros, de las momias, añadiendo generalmente á la grandeza de la forma la poesía del color. Si así puede decirse, la pintura, como la escultura, era un atributo de la piedra. El arte azteco, á semejanza del faraónico, también á semejanza del pelásgico, busca en la inmovilidad del mármol lo que no puede hallar en la sabiduría del buril; busca en la severidad de la linea lo que no puede hallar en la dulzura y en la pureza del contorno; busca en la penetrante rectitud del perfil lo que no puede hallar en las profundidades del misterio; busca en la majestad de la proporción lo que no sabe hallar en la majestad de la sombra; por último, busca en la revelación de la materia lo que no sabe hallar en la revelación del espíritu. Por eso acontece que el arte azteco no es tan delicado, ni tan gracioso, como el árabe, ni tan ideal como el griego, ni tan preciso como el romano, ni tan patético como el gótico, ni tan variado, tan pintoresco, tan brillante, como el bizantino; pero es más grandioso, más imponente, más colosal. ¿En qué consiste esta rareza que nos parece inexplicable? Consiste en que el arte primero imitó la ley natural; esa ley natural que hace de una esfinge un portento, que hace de un monstruo una divinidad con cuernos de cabra, que hace un prodigio de la extensión, que hace un genio de la magnitud; ese genio que vive en la bóveda de los cielos, en los desiertos de la Libia, en las soledades del mar. Consiste en que no cabe poner en duda la unidad del arte, como la unidad de la historia, como la unidad de los tiempos, como la unidad de la especie humana, que es la unidad de la naturaleza; y para decirlo en términos más propios, la unidad de Dios. El arte azteco imitó el arte de la naturaleza en las antigüedades mejicanas, como lo imitó el arte faraónico en las antigüedades egipcias, de donde procede la semejanza del arte faraónico y del azteco, sin que ninguno de los dos pueda vincular en su raza el juro histórico de ancianidad.
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