Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Leonidas

tomo 3 · página 376 · ver la página del original

Leonidas. Rey de Esparta, de la dinastía de los agidas, que sucedió á Cleomenes en 491 antes de Jesucristo, por matrimonio con su hija Gorgo, y murió gloriosamente en 480. La política absorbente y conquistadora de la Persia, que aspiraba á la dominación universal, habíala llevado á sojuzgar á casi todos los países del Asia y gran parte del Africa. En tiempo de Ciro, había llegado á apoderarse de las colonias griegas del Asia menor, y en el reinado de Darío Histaspes, de la Tracia y la Macedonia. Grecia era un pueblo de corta extensión territorial y además dividido en multitud de pequeños Estados, no sólo independientes entre sí, sino también hostiles y rivales, lo cual debilitaba notablemente sus fuerzas.

Persia, que tenía la conciencia de su poder, no dejaba de contar tampoco con aquella debilidad. Después de grandes preparativos, á que le alentaba la sublevación de Mileto y otras ciudades jonias, envió Darío á su yerno Mardonio al frente de una armada y un ejército de tierra, mientras sus enviados recorrian las ciudades griegas intimándoles la rendición. Pero el ejército de tierra fué tan valerosamente rechazado por los tracios, que Mardonio tuvo que volver al Asia, en tanto que la escuadra era deshecha por una espantosa borrasca al doblar el promontorio Athos. Sin embargo, Darío, lejos de desmayar, envió un nuevo ejército, mandado por sus mejores generales, Datis y Astafernes, y guiado por el traidor Hippias, se apoderó fácilmente de la isla de Eubea, desembarcando en el continente, no lejos de Atenas. Los habitantes de esta ciudad, en vista del inminente peligro, pidieron auxilio á Esparta, que se lo negó, bajo el pretexto de que su religión les vedaba salir á pelear antes del plenilunio. Las demás ciudades se intimidaron, y sólo Platea mandó un contingente de 1.000 combatientes, los cuales se unieron á los 10.000 de que Atenas disponía, y que, puestos á las órdenes de Milciades, salieron en busca de los persas. El ejército de éste era diez veces mayor que el suyo. Sin embargo, las llanuras de Maratón fueron teatro de una de las más gloriosas victorias para los griegos, que consiguieron la completa derrota del invasor; pero Darío, irritado por el desastre de Maratón, disponía nuevas tropas cuando le sorprendió la muerte. Su hijo y sucesor, Jerjes, fué el heredero de su pensamiento. Sin tregua, continuó los preparativos comenzados por su padre, y después de aliarse con los cartagineses, que le ofrecieron sus naves, levantó uno de los ejércitos más poderosos de que hace mención la historia. Cincuenta y seis pueblos diversos concurrieron á él. Indios, vestidos de algodón; etíopes, cubiertos de pieles; baluscos negros de la Gedrosia; tribus nómadas de la Mongolia y de la Bucaria; cazadores salvajes, como los sagartianos, armados sólo de lazos de cuero; medos y bactrianos de ostentosos trajes; lidios, con sus carros de cuatro caballos; árabes, cabalgando en camellos; marineros fenicios, griegos asiáticos y una turba de vagabundos, mujeres y eunucos, que hacían subir aquella masa á unos 5.000.000, le daban un ejército hábil para la lucha de 1.700.000 infantes y 4.000 caballos. Al pasar revista á aquella poderosa hueste, Jerjes no había podido menos de preguntarse: «¿Osarán los griegos oponerse al paso de tantos guerreros?» Pero apenas formulada la pregunta, él mismo se dió la respuesta: «Ciertamente, lo harán. Los lacedemonios son libres, pero obedientes á la ley, y la suya les manda vencer ó morir.» Y con efecto, mientras él pasaba á Europa, por un puente de barcas colocado sobre el Helesponto, y atravesaba la Tracia, la Macedonia, la Tesalia y la Beocia, los Estados griegos, unidos por el peligro, convinieron en que el rey de Esparta, LEONIDAS, saliera al encuentro del ejército invasor. Entre la Tesalia y la Lócrida se estrecha una garganta llamada las Termópilas, rodeada por un lado de horrendos precipicios y de los despeñaderos del monte ŒEta: al Levante, de cenagosas lagunas, y tan estrecha en ciertos puntos, que no podían pasar por ella dos carros de frente. Su exclusiva defensa era una muralla que los focenses habían fabricado allí para contener las correrías de los tesalios. La empresa, no sólo era peligrosa, sino temeraria. LEONIDAS y sus lacedemonios lo comprendían así; de tal modo que, antes de dejar su patria, celebraron sus propios funerales con suntuosos banquetes y solemnes juegos. Al final de ellos, la mujer de LEONIDAS preguntó al valeroso caudillo: «¿Qué encargo me dejas?,—«El de casarte con un valiente digno de mí, y que te haga madre de hijos dignos de ambos,» contestó lacónicamente. En tanto, Jerjes, que en doce meses de camino no había visto un solo enemigo, cuando supo que los espartanos le esperaban, envió mensajeros para intimarles á que depusieran las armas.— «Ven á tomarlas,»—le contestó LEONIDAS. Sin embargo, creyendo Jerjes que aquel arrojo cedería al fin, les concedió una tregua de cuatro días. Al quinto, uno de los centinelas avanzados del ejército lacedemonio fué á decir á su general: «Ya tenemos á los persas encima.»—«Antes bien, contestó LEo

NIDAS, los tenemos debajo.» Y como quiera que vieron que daba las órdenes para resistir, alguno hubo de objetarle: «Ve que son tantos los enemigos, que si todos disparan á un tiempo sus flechas, formarán una nube que oscurecerá el sol.»—«Mejor; así pelearemos á la sombra»—respondió, según unos historiadores, el mismo LEONIDAS, y según otros, su general Diócenes. Pocos momentos después, la lucha estaba empeñada. Los persas en algunos días no pudieron adelantar un solo paso. Los lacedemonios, alentados por aquella resistencia que, dada su inferioridad numérica, era ya una verdadera victoria, esperaban ver huir muy pronto al enemigo. Pero contaban sólo con su valor, y la traición vino á disipar sus esperanzas. Un traidor, un griego, llamado Efialtes, desertó de su campo, llegó á la tienda de Jerjes y le ofreció mostrarle un paso por el cual le sería fácil conseguir la victoria. Jerjes le tomó por guia, y poco después los persas aparecieron á espaldas de los griegos. LE NIDAS comprendió entonces que había llegado el momento de morir. Licenció á todos los aliados y sólo con trescientos espartanos se dispuso á cumplir con el deber que le imponían las leyes de su patria. Hecho esto, convocó en un banquete á todos los suyos.—«Esta noche os convido á cenar con Plutón,» exclamó apurando su copa; y dejando la mesa del festín y amparado por las sombras, llegó á la tienda de Jerjes, que éste había abandonado ya, y él y los suyos hicieron tal carnicería en los enemigos, que no parecía sino que, habiéndose propuesto acabar con todos ellos, esperaban como término la victoria, en vez de la muerte. Por fin, vendidos por los tebanos y descubiertos por el dia, sucumbieron. Todos quedaron sobre el campo; uno solo sobrevivió para llevar la triste nueva á su patria. En el mismo sitio donde fueron voluntariamente inmolados aquellos héroes, se levantó después, para inmortalizar su memoria, un monumento con esta inscripción del poeta Simónides: «Viajero, ve á decir á Esparta que hemos muerto aquí por obedecer sus santas leyes.» Cuando Lacedemonia recibió la nueva, sólo dijo, por boca de sus magistrados: «Mis hijos han cumplido con su deber.» Forzado el paso de las Termópilas, penetraron los vencedores en el corazón de la Grecia, sometiendo la Beocia y el Atica. Pero bien pronto aquellas glorias se desvanecieron. Los triunfos navales de Salamina y Mykala, al par que la batalla de Platea, hicieron huir á Jerjes, perdida la esperanza de someter á los griegos. Tal fué el fin de las famosas guerras médicas. El desastre de las Termópilas vino á ser el prólogo que dió por resultado la más imperecedera de las victorias. La sangre de LEONIDAS y de sus trescientos lacedemonios no había sido estéril. Nunca lo es la sangre de los pueblos libres! ETIMOLOOIA. Latín Leõnidas. Rey de los espartanos, muerto heroicamente en el desfiladero de las Termópilas, en donde se salvaron las libertades griegas.

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