Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Judios

tomo 3 · página 269 · ver la página del original

Judios (Los). Masculino plural. En el artículo Jupfo nos limitamos á definir dicha palabra y á suministrar algunas nociones elementales. Aquí nos proponemos presentar en cierto conjunto la existencia del judaismo, dando alguna noticia de su origen, de sus cambios históricos, de sus transformaciones políticas, de sus adversidades, de sus divisiones, de sus cismas, de su ortodoxia, de sus persecuciones, de su población, de sus caracteres, de sus letras. Nos parece que nuestros benévolos lectores no llevarán á mal la presente reseña, puesto que su estudio compendiado ahorra el sacrificio de mucho tiempo, el gasto y la consulta de no pocos libros. La raza judía no tiene solamente la importancia general de la historia; sino también el interés particularísimo de un pueblo indefinible, el cual se presenta ante la evocación de diez y nueve siglos como una inmensa sombra del Calvario, entre misterios sacrosantos y augustas promesas que adora nuestra fe.

Historia. — 1. Pueblo célebre del Asia, salido de la raza semítica, designado también con el nombre de pueblo de Dios, por haber sido escogido para recibir y conservar en deposito sagrado todas las verdades religiosas. 2. Primero se llamaron hebreos, de Heber, uno de los antepasados de Abraham; y después, israelitas, de la palabra Israel, sobrenombre dado á Jacob. Los Jupíos (tocègtot, iudœoi) no recibieron esta denominación hasta la cautividad de Babilonia, por razón de que los habitantes del reino de Judá fueron los últimos sometidos á la dominación extranjera. 3. La historia de la nacionalidad judía puede dividirse en cuatro períodos: 1.°, desde la promesa ó Ilamamiento de Abraham hasta la salida de Egipto; 2.°, desde la salida de Egipto hasta el establecimiento de los reyes;

3.a, desde el establecimiento de los reyes hasta la vuelta de la cautividad de Babilonia; y 4.°, desde la vuelta de la cautividad de Babilonia hasta la ruina de Jerusalen por Adriano. 4. El primer período comprende desde 1996 á 1645 antes de Jesucristo. El origen del pueblo hebreo se remonta á la vocación de Abraham, que, para corresponder al Ilamamiento de Dios, abandonó la Caldea, hacia el año 1999 antes del divino Mesías, y fué á habitar la tierra de Canaán, donde debía fijarse después toda la nación de que fué origen. A la muerte de Abraham, con quien había principiado el gobierno patriarcal, este poder pasó á su hijo Isaac, quien le transmitió á Jacob, uno de sus hijos, al cual confirió todos sus derechos, con la bendición paternal. Después de haber marchado y casado en la Mesopotamia, Jacob, que durante su viaje había recibido el nombre glorioso de Israel, volvió al país de Canaán, donde fué padre de doce hijos, diez de los cuales estaban destinados, con dos hijos de José, á ser jefes de las tribus del pueblo de Dios. Jacob, llamado á Egipto, donde su hijo José había sido nombrado primer ministro de Faraón, se estableció en la tierra de Gessén con toda su familia, compuesta entonces de setenta personas (1729 antes de Jesucristo). Sus descendientes se multiplicaron tanto, que los reyes de Egipto, temerosos de su número, les sometieron á la servidumbre y á las faenas más penosas, terminando por decretar la muerte de sus hijos varones. Pero Moisés, salvado milagrosamente de las aguas para llegar á ser el libertador de su nación, puso fin á su esclavitud, haciéndola salir de Egipto, después de haber operado varios portentos, con el fin de dar á conocer la misión que de Dios había recibido. 5. El segundo período comprende desde 1645 á 1080 antes del Redentor. Bajo la conducta de Moisés, los israelitas se pusieron en camino hacia el país de sus antepasados, que Ilamaban tierra de promisión, y principiaron por acampar á orillas del mar Rojo, en donde todavía se conservan los pozos, llamados salobres, con cuyas aguas saciaron su sed los fugitivos, mediante el milagro de Moisés, que refiere la santa Biblia. Despues atravesaron dicho mar, cuyas aguas sepultaron completamente al ejército egipcio que los perseguía. Llegados al desierto, pasaron cuarenta años en medio de las vicisitudes de la vida nómada y recibieron de Dios, al pie del Sinaí, esa ley admirable que se contiene en el Decálogo y en el Levítico, la cual debía ser su código religioso, político y civil. A Moisés, que murió en 1605, sucedió Josué en el mando de los israelitas. Más feliz que su antecesor, que no había hecho más que entrever la tierra prometida, como figura de la esperanza, condujo allí á su pueblo, y después de haber combatido á las naciones enemigas que le disputaban la conquista, partió las tierras y las ciudades entre las doce tribus. Con el establecimiento definitivo de los israelitas en el país de Canaán, comenzó verdaderamente su nacionalidad (1580). El gobierno de Josué que, como el de Moisés, se distinguió por su carácter completamente teocrático y guerrero, fué reemplazado momentáneamente por el de Caleb y el de los antiguos, hasta la época en que los israelitas cayeron en la molicie y en la idolatría, siendo sometidos á diferentes servidumbres. Entonces aparecieron los jueces, que, designados por Dios ó escogidos por el pueblo, cumplieron la dificil misión de gobernar las tribus indóciles, cuya mayor parte había tenido la suerte de salvarse de la dominación extranjera. La administración de los jueces, que no fué sino una continua alternativa de derrotas y triunfos, comenzó en Otoniel (1554) y terminó en Samuel (1080), á quien el pueblo, cansado ya de la judicatura, pidió el establecimiento del poder real. 6. El tercer período comprende desde 1080 á 536. Saúl, elegido y consagrado rey por orden de Dios, en cuyo nombre continuaba ejerciéndose el nuevo poder, se separó del camino que debió seguir y la corona pasó á David, quien, á sus altas cualidades, unió el honor de ser jefe de la familia de donde salió luego el Mesías (1040 á 1001). Salomón, hijo de este príncipe, heredó los talentos políticos y el genio literario de David, y por sus conquistas, unidas á las de sus predecesores, extendió hasta el Eufrates y el mar Rojo los límites de su reino, que elevó al mayor grado de prosperidad (1001 á 962). Pero bajo el reinado tiránico de su hijo, se promovió un cisma entre las doce tribus, dos de las cuales, que permanecieron fieles á Roboam, formaron el reino de Judá, mientras que las otras diez constituyeron el de Israel, en que Jeroboam fué reconocido como jefe (962). Esta separación violenta, dividiendo un pueblo que no había formado hasta entonces más que una gran familia, así política como religiosa, ocasionó entre los dos Estados rivales una larga serie de guerras, que prepararon la caída común. Aunque Jerusalén, capital del reino de Judá, fué el centro del culto tributado al verdadero Dios, los príncipes que reinaron siguieron frecuentemente el ejemplo de los reyes de Israel, entregándose á la impiedad y á la idolatría. En vano algunos, como Josafat y Ecequías, intentaron sacar á la nación de su abatimiento moral; pero Acab y Atalía encontraron muchos más imitadores que los piadosos reyes, y el castigo, anunciado mucho antes por los profetas, intimidó á los dos reinos de Israel y de Judá. El primero de estos Estados fué destruido, en 718 antes de Jesucristo, por el rey de Asiria, Salmanasar, quien, después de haber tomado á Samaria, la capital, llevó á Nínive cautivos á sus habitantes. Un siglo después, Nabucodonosor II, rey de Babilonia, invadió también el reino de Judá y se hizo dueño de Jerusalén, en tiempos de Joakhim (606); después, bajo Sedecías, habiendo vuelto á tomar esta ciudad, la arruinó por completo con su templo y redujo á la esclavitud á la mayor parte de sus habitantes (587). Conducidos los Jupíos á Babilonia, vivieron allí setenta años en el cautiverio (606 á 536) hasta la época en que Ciro, conquistador de Babilonia, les permitió regresar á su patria y levantar de nuevo á Jerusalén. 7. El cuarto período comprende desde 536 antes de Jesucristo, á 535 de nuestra era. Llegado al país, que después se llamó Judea, el pueblo JUpío, bajo la dirección de Zorobabel, de Esdras y de Nehemías, se ocupó de reconstituir su religión y su nacionalidad. El templo volvió á alzarse sobre sus ruinas, y el nuevo Estado, dividido en cuatro provincias principales, formó una especie de república teocrática, á cuya cabeza estuvo un gran sacerdote, asistido por un Sanhedría ó Consejo de 27 ancianos. La paz y la prosperidad que la Judea gozó bajo los reyes de Persia, fueron turbadas por la irresistible invasión del grande Alejandro (332), tocando luego en suerte á uno de sus sucesores, Ptolomeo, rey de Egipto (320), de cuyo poder pasó al dominio del rey de Siria, Seleuco Nicator (300). Vuelta muy pronto á poder de los reyes de Egipto, acabó (203) por volver al de los seleucidas, que, so pretexto de religión, hicieron sufrir á sus habitantes las persecuciones más crueles y tomaron varias veces á Jerusalén y su templo. Para librarse de un yugo que había llegado á ser intolerable, los suptos se sublevaron bajo la conducta de Matatías y de sus hijos, los cnales, asegurando la independencia de su patria, merecieron el glorioso sobrenombre de Macabeos (169). En recompensa de sus servicios, los Macabeos obtuvieron el privilegio de perpetuar en su familia el poder soberano, que ejercieron bajo el título de grandes pontí fices hasta el advenimiento de Aristóbulo I, que tomó el dictado de rey (107). Varios príncipes, como los de la raza asmonea, le habían dejado la sucesión, cuando los romanos, aprovechándose de la rivalidad de Hircano II y de Aristóbulo II, intervinieron violentamente en los negocios del país y destronaron luego á Antígono, qué fué condenado á muerte por orden de Marco Antonio. Con este príncipe terminó el reinado de los asmoneos (371), y un rey extranjero, Herodes el Idumeo, fué impuesto á los supfos por la política romana, cuyos intereses había servido con valor. Después de Herodes, en cuyo reinado se verificó el nacimiento del Salvador del mundo, dividido su reino en cuatro tetrarquías, bajo los nombres de Judea, Galilea, Iturea y Batanea, fué repartido entre sus hijos;

pero muy pronto los romanos, por el envio de procuratores encargados de administrar el país, acabaron de establecer completamente su dominación. Las concusiones de estos gobernadores, entre quienes se distinguieron Poncio Pilatos y Gesio Floro, excitaron varios levantamientos; y para castigar una de aquellas rebeliones (65), Vespasiano invadió la Judea y principió contra Jerusalén el famoso cerco, que dejó para continuar á su hijo Tito. Después de una resistencia de las más obstinadas, durante la cual la lucha de las facciones interiores se unió á los ataques de los extranjeros, la ciudad fué tomada por asalto (70); el templo, presa de las llamas; y la mayor parte de los habitantes, condenada á la muerte ó á la esclavitud. Repoblada otra vez la ciudad santa, una nueva sedición, dirigida por el impostor Barchochiebas, atrajo sobre ella la venganza de Adriano V(135); y destruyéndola completamente, ordenó la matanza de 500.000 vupíos, dispersando el resto de la población por los diversos puntos del imperio. Con este suceso termina la historia de la nacionalidad de un pueblo que, desde entonces, no ha tenido ni gobierno ni patria; y que, extendido por toda la tierra, vivió en medio de los demás pueblos, pasando por las más terribles vicisitudes. 8. Mientras que cierto número de familias judías iban á llevar su religión á muchas comarcas del Asia, particularmente, á orillas del Eufrates, otra parte de aquella nación, establecida en Occidente, principió á sufrir los efectos de una intolerancia de que ella había dado un ejemplo espantoso en la cumbre del Gólgota. La Sagrada Escritura lo había dicho: «quien cava un hoyo, cae en el hoyo que cava;» y la raza judía, cumpliendo la sentencia de los libros sagrados, había caido en el hoyo insondable de su iniquidad y de su desventura. En efecto, los Jupíos, objeto de aversión para los cristianos, cuya religión había llegado á ser la de todo el imperio, fueron molestados desde el reinado de Constantino, cuyas hostilidades, más ó menos pasivas, se convirtieron en verdaderas persecuciones bajo los reinados de los emperadores Justiniano y Heraclio. Despojados de sus derechos por los emperadores de Oriente; proscritos por los principes visigodos de España, su suerte mejoró cuando las conquistas del islamismo fueron al país que habitaban. Los califas del Cairo y de Córdoba les permitieron entregarse al comercio; y en contacto con el genio de los árabes de España, cultivaron con éxito las ciencias y las artes. 9. Tratados poco favorablemente en los diferentes Estados de la cristiandad; sobre todo, á partir de las cruzadas, sufrieron las vejaciones más duras, ora por parte de las poblaciones cristianas, ora por parte de los gobiernos. Puestos fuera del derecho común; secuestrados, por decirlo así, en cuarteles aislados que habitaban; Ilevando en su vestido marcas distintivas y humillantes, eran frecuentemente condenados, bajo los más frivolos pretextos, á enormes multas y á destierros crueles. 10. Así se ve que en 1255 fueron sometidos en Inglaterra á una contribución de 5.000 marcos de plata; y expulsados después (1290) del reino por orden de Eduardo I. 11. En Alemania fueron propiedad personal de los emperadores y de los príncipes, y en más de una ocasión, vendidos, ó desterrados de Viena, por Matías Corvino, sin volver allí hasta el reinado de Fernando I. 12. En cuanto á España, donde los JUpfos habían gozado de una larga prosperidad, la Inquisición los expulsó (1592); y una multitud de familias proscritas marchó á refugiarse á Holanda y á las principales ciudades marítimas de Italia. 13. Después de haber estado en Francia tolerados durante largo tiempo, fueron objeto de las prevenciones populares y víctimas de dos decretos de destierro (1306 y 1395); pero volvieron á entrar después (1550), y las ciudades de Burdeos y Bayona les fueron abiertas. A fines del siglo XVIII, Francia dió el primer ejemplo de la emancipación de los Jupfos. Exentos desde 1784 del impuesto de capitación, á que se hallaban sujetos, fueron (1791) llamados, por un decreto de la Asamblea constituyente, á gozar de la igualdad civil y política; y desde esta época, asimilados por la ley á todos los demás ciudadanos, pudieron distinguirse en las diferentes carreras sociales. 14. Otros Estados, aun mejorando la condición de los supíos, los tuvieron mucho tiempo sometidos á ciertas prohibiciones: así vemos que en Roma no podían habitar más que un cuartel cerrado, llamado Chetto; en Alemania, les fué prohibido ejercer tal ó cual profesión, mientras que en Inglaterra gozaron de gran libertad y se les abrieron, aunque no sin dificultades, las puertas del Parlamento. A decir verdad, las puertas del Parlamento inglés no se abrieron tanto á los jupíos, como á las enormes riquezas de una familia de aquella raza, uno de cuyos individuos tuvo la fortuna de ser el primer diputado en la Cámara de los Comunes. Por lo que toca á Rusia, Portugal y España, sabido es que las fronteras de dichos países fueron infranqueables para los individuos de la raza en cuestión, mientras que la Suecia no les permitió establecerse en todas las ciudades hasta el año de 1854, cuya especie de privilegio ó gracia fué objeto de una ley. 15. El número de Jupíos diseminados por las cinco partes del mundo, se calcula en más de 7.000.000, cuya mitad vive en Europa. Es curioso notar que sólo la Rusia viene á tener el 40 "/, de la total población judía; el Austria, el 14; la Prusia y todo el resto de Alemania, poco más del 1/, °/,, mientras que la cifra es menor en Francia que en Alemania y Prusia en la proporción de I á 8. Este cuadro estadístico demuestra que el mayor ó menor número de Jupíos está en relación directa con el mayor ó menor grado de civilización de los pueblos en donde residen. He aquí el guarismo de la población judía en las naciones de que hemos hablado: Rusia, dos millones ochocientos mil (2.800.000); Austria, un millón trescientos setenta y cincomil (1.375.000)

Prusia, trescientos cuarenta mil ochocientos (340.800); resto de Alemania, ochenta mil (80.000); Francia, cincuenta mil (50.000). 16. Religión.— Aunque confundidos con todos los pueblos de la tierra, permanecen fieles á la religión de sus padres. El judaísmo, llamado también mosaísmo, porque Dios lo reveló á Moisés, tiene por bases los principios religiosos contenidos en el Antiguo Testamento, como la creencia en un solo Dios (Jehovak, el Señor), la inmortalidad del alma y el juicio final. Por lo demás, los iupfos no reconocen la divinidad de Jesucristo y esperan siempre la venida de un Mesías, que asegurará á su nación todo el imperio de la tierra. En cuanto al culto, las funciones diversas prescritas por el legislador, estaban primitivamente confiadas á los levitas, ó miembros de la tribu de Leví. La celebración del sábado, de la pascua y otras fiestas; observancia del ayuno, abstinencia de las viandas prohibidas continuamente, fueron practicadas siempre por los Jupfos; el hebreo es la lengua litúrgica, y durante las ceremonias que practican en sus sinagogas bajo la dirección de sacerdotes, llamados rabinos, llevan ordinariamente thepilius, con sentencias sacadas de los libros sagrados. Sin embargo de su aparente unidad, la religión judaica no ha dejado de verse atacada por el espíritu de secta, desde la profunda división que en ella produjo el famoso cisma de Samaria. Después de volver de la cautividad, los samaritanos acabaron de alterar el antiguo culto, mezclando algunas ceremonias del paganismo asirio y erigiendo sobre el monte Garizin un templo rival del de Jerusalén (435 años antes de Jesucristo). Otras sectas, esencialmente diferentes en principios y costumbres, se hicieron notar entre los supfos, tales como las de los fariseos, los saduceos, los terapeutas y los essenios. Cuando se consumó por Adriano la dispersión de los Jupíos, cierto número de doctores continuó entregado á los estudios teológicos de las escuelas fundadas en Tiberiade y Asora, cerca de Babilonia; y uno de ellos, el rabino Judá, compuso, bajo el título de Mischna, una colección de tradiciones y de leyes orales que, con la Gemara ó comentario del rabino Asser, forma lo que se llama el Talmud. Esta vasta colección, terminada en el siglo vi, vino á ser para la mayor parte de los supíos el fundamento de sus creencias religio

sas; pero rehusando los disidentes reconocerle autoridad alguna, se dió el nombre de talmudistas á aquellos que seguían el Talmud, por oposición á los carattas que, sin admitir más que el texto de la Biblia, rechazaban todo comentario á los libros sagrados. En Francia, desde que el gran Sanhedrín, convocado en 1806, reconoció la compatibilidad de las leyes civiles del país con las prescripciones religiosas de los Jupios, estos últimos no dependen del Consejo superior, llamado Consistorio israelita, más que en lo relativo al culto. En otros Estados, los rabinos son jueces y sacerdotes de su nación. 17. Los Jupfos, originarios de la Caldea, tuvieron al principio, á ejemplo de su fundador Abraham, vida pastoril y se distinguieron por costumbres completamente patriarcales. Después de haber sido nómadas durante su estancia en el desierto, se fijaron en su suelo propio, una vez dueños de la tierra prometida; y merced á sus progresos en la agricultura, esta región llegó á ser una de las más fértiles del Asia. Poco dados á las ciencias, se entregaron con fortuna al comercio; y más adelante su espíritu mercantil se desenvolvió de tal suerte, que en la Edad media concentraron en sus manos el monopolio de todos los negocios, principalmente, de la banca, y muchas veces, de la usura. Las narraciones de los libros santos que, al hablar de este pueblo, revelan su inclinación á la superstición, á la idolatría y á las insurrecciones, atestiguan que tampoco estuvieron exentos de otros vicios. Los Jupfos modernos han conservado cierta resignación tradicional, al verse vejados ú oprimidos; aunque hay quien dice que aquella paciencia procede más de servilismo y de abyección, que de elevación de sentimientos y grandeza de alma. Pero lo que caracteriza verdaderamente al Jupío, es la avaricia, sorda, dura, insaciable, universal, hasta el punto de buscar con el mismo ahinco un miserable ochavo que una onza de oro. Como él conciba que su interés le llama, hará las concesiones más bajas y viles, aun tratándose de los objetos de su cariño, de su amor, de su honra, si es verdad que una ansia tan extrema puede tener honra, cariño y amor. El supío cuenta el dinero con suma prontitud, como nadie en el mundo; marcha muy aprisa, como si temiera que le van á pedir; mira furtivamente, para que no sorprendan en sus ojos el astuto secreto de sus cábalas; camina con la cabeza inclinada al suelo, encorvando un poco la nuca, como si imaginase que lleva sobre las espaldas un talego de oro. El sabio que inventó, á modo de ídolo, el becerro de metal dorado, se hizo dueño indudablemente de la raza judía. ¿Se habrá dado el caso de que haya muerto un solo Jupío, desde que el mundo existe, sin tener encima alguna moneda? Nos parece que no. Excusado fuera decir que todos estimamos nuestros intereses, quién más, quién menos, y es natural que así suceda; pero el vupío no los estima, los idolatra. El Jupfo está enamorado del dinero como el hombre está enamorado de la mujer; de modo que tiene para una moneda hasta ternura, hasta ilusiones, hasta suspiros, hasta lágrimas. Hay que conocer de esta manera á la raza judía, para comprender que el Iscariote vendiese al Redentor por treinta dineros. En fin, el día en que un Jupío no hace un negocio, se le antoja que se halla en gracia del espíritu malo y siente la furia de un poseído. Otro hecho concurre á formar el carácter del raro individuo que aquí se describe; una fidelidad estricta en atenerse á ciertos usos de su nación, conservando el aire oriental y la costumbre de enlazarse exclusivamente con las mujeres de su raza, en las cuales hallamos tipos encantadores, de íntimo misterio, de ilusión vaga y poderosa, hermosos recuerdos de las mujeres de la Biblia, sombras fantásticas de las vírgenes de Sión. Mas conviene advertir que la mujer judía no tiene tanto hechizo en ninguna parte, como en las poblaciones de Africa. La hebrea africana es indudablemente una de las mujeres más ideales y fascinadoras de la humanidad. Aunque el lector discreto plegue sus labios con el frunce sutil de una sonrisa maliciosa, casi se nos figura que estamos más por las judías que por los Jupíos. 18. Literatura.— La lengua primitiva de los hebreos, mezcla confusa de muchos idiomas semíticos, se alteró durante la cautividad de Babilonia y se cambió en lengua siro-caldea, que llegó á ser el idioma rabínico empleado en la Edad media. En el hebreo puro se compusieron los libros sagrados, desde Moisés hasta los profetas; en cuanto á las demás partes del Antiguo Testamento, algunas fueron redactadas en caldeo; y otras, en griego, lengua en que se hizo la célebre versión llamada de los Setenta. Después del Antiguo Testamento, en donde se encuentran esos admirables modelos de literatura sagrada, superiores á cuanto el genio ha podido crear, los Jupios citan, entre el número de sus composiciones nacionales, leyendas, poemas históricos, obras morales y colecciones genealógicas. Bajo la dominación de los sucesores de Alejandro, sus relaciones con los griegos les llevaron á estudiar la filosofía; y más tarde, entre otros sistemas, el gnosticismo halló entre ellos muchos partidarios. Es indudable que se entregaron al absurdo de las ciencias ocultas, como la cábala y la astrología; pero tampoco puede negarse que en toda la Edad media cultivaron con éxito la Medicina y las matemáticas; y los sabios Aben-Ezra y Maimónide fueron célebres por sus escritos. En los tiempos modernos, los trabajos de Mendelssohn, de Desau y de Wereli, de Hamburgo, reanimaron, por decirlo así, la literatura rabínica, que en nuestros días ha tenido importantes publicaciones en Alemania y Francia, donde M. Cahén, conocido ya por sus Archives israelites, ha dado una excelente traducción de la Biblia, según el texto hebreo. Entre otras varias celebridades de nuestra época, debemos citar los nombres famosísimos de dos compositores de música: Meyerbeer y Haydn. 19. Representación social de los upíos en nuestro tiempo.—Puede decirse que los papeles se han trocado de un modo absoluto. Los Jupíos son actualmente barones, diputados, caballeros, capitalistas, principes de las grandes ciudades, verdaderos reyes de los reyes de Europa. El espiritu de tolerancia, que es dogma práctico de la caridad, les abrió el sepulcro en que vivían. Ellos no creen en aquel espíritu, alma sublime del Evangelio; pero aquel espíritu los ha resucitado. 20. Bibliogra fía. —Como complemento de esta leve reseña, recomendamos á nuestros ilustrados lectores las obras de Toray, Boissy y de Moldenhauer, sobre la historia de los Iupíos de Inglaterra, Francia y de España; las Memoires sur l’état des juifs, por Wav; Depping, Les juifs dans le moyen âge; Beugenot, Les judifs de l’Occident; y la excelente obra que en nuestros días publicó, sobre El estado y condición social de los judíos en España, el señor don José Amador de los Ríos, á cuyo glorioso recuerdo tributamos este humilde y ferviente homenaje.

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El texto de Barcia (1880-1883) es de dominio público. El troceado, esta página y sus datos son CC BY 4.0, Karb and Sil. Cítese: «Judios», en Roque Barcia, Primer diccionario general etimológico (1880-1883), Biblioteca Wordkers, https://biblioteca.wordkers.com/d/barcia/judios.