Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Juardoso

tomo 3 · página 264 · ver la página del original

Juardoso. Adjetivo. Se aplica al paño que tiene juarda. Juárez (BENITO.) Hombre de Estado americano y presidente de la república de Méjico, en los momentos tal vez más difíciles por que ha atravesado el que fué imperio de Motezuma. Nació en el pueblo de Ixtlán, en el Estado de Oaxaca, en 1805. Sus padres, de condición humilde, pertenecían á esa raza indígena pura, que tan abatida y menospreciada se veía entonces. Pobre y sin apoyo, tuvo durante su juventud que luchar con miles de obstáculos; pero su terquedad le hizo triunfar de ellos, consiguiendo el título de doctor en derecho de la u niversidad de Méjico y conquistándose una justa reputación en el foro, en los años que ejerció como abogado. Tomando parte después en los asuntos públicos, inauguró su carrera política como gobernador del Estado de Oaxaca. En 1856, fué nombrado representante de su provincia en el Congreso; y al año siguiente, elegido presidente del Tribunal Supremo de Justicia, título que le aseguraba, en caso de interinidad, la vicepresidencia de la república. Después de la caida del Gabinete Comonfort y de su reemplazo por el del general Zuloaga, JUÁREZ, que estaba al frente del partido constitucional, protestó en nombre de la Constitución de 1857; rehusó reconocer el nuevo poder y llegó á establecer un gobierno en Veracruz. La guerra civil dió comienzo. La suerte de las armas fué por el pronto contraria á los partidarios de JUÁREZ, á quienes el general Miramón, comandante en jefe del ejército del Norte, batió en varios encuentros; pero estos desastres, compensados por otra parte con las victorias del ejército del Este, no dieron un resultado decisivo, gracias á la incapacidad del presidente Zuloaga. Después de la sedición militar que derrocó á éste (23 de Diciembre, 1858) y que colocó en su puesto á Miramón, JUÁREZ rechazó con altivez toda proposición de arreglo. Miramón quiso atacarle en Veracruz; pero el partido constitucional tomó en Méjico una actitud sobrado amenazadora para que el joven general se atreviera á insistir en sus planes. Intentó atraerse las simpatías del país por actos de liberalismo; pero en aquel momento (Abril de 1859) JUÁREZ obtuvo una considerable ventaja, puesto que el Gabinete de Wáshington había reconocido su poder. Miramón protestó, pero su rival no tardó un punto en aprovecharse de la sanción oficial, que acababa de recibir, y decretó actos tan importantes como la institución del matrimonio civil; puso en ejecución una línea férrea entre Veracruz y la capital y confiscó los bienes del clero. Entretanto, la guerra continuaba sin resultados decisivos para ninguno de los dos bandos. En Marzo de 1861, Miramón puso sitio á Veracruz; pero J, no sólo resistió el ataque, sino que rehusó ventajosas proposiciones de paz. Rehabilitado por mar, dejó á los sitiadores consumirse bajo los muros de la ciudad, y obligándolos á levantar el sitio, aprovechó su debilidad para tomar la ofensiva, y, á fin del año, logró ver á Miramón reducido al valle de Méjico. El 22 de Diciembre, su lugarteniente Ortega dispersaba el último ejército de su adversario en la batalla de San Miguelito y aseguraba, al fin, el triunfo al partido constitucional. Hecho esto, y mientras que el general Miramón huía á Europa (I1 de Enero, 1862), JUÁREZ entraba en Méjico, formaba su Gabinete, destituía á todos los empleados del antiguo Gobierno ponía en vigor las leyes relativas a los bienes del clero y despedía con las formas más expeditivas á los representantes de las potencias extranjeras que habían demostrado sus simpatías al general Miramón. Reconocido por Inglaterra en el mes de Febrero, y por Francia, algunas semanas después, trató de afianzar su poder, haciéndose reelegir presidente (11 de Junio, 1861); pero no por eso logró comprimir los desórdenes interiores, ni satisfacer las reclamaciones de las naciones extranjeras. Reducido á sostenerse por medio de la fuerza, después de romper sus relaciones con España, no temió (17 de Julio) faltar á sus compromisos con Francia é Inglaterra, suspendiendo por dos años el pago de las indemnizaciones pactadas anteriormente. Esta violación de los tratados fué seguida de una coalición entre las tres potencias europeas, vejadas en sus intereses, y bien pronto una expedición franco-anglo-española desembarcó en Méjico. El Congreso dió plenos poderes á JUÁREZ para resistir á la intervención de los aliados, en cuya virtud hizo un Ilamamiento á las armas á la nación entera (26 de Septiembre, 1861). Descontento de haber visto fracasar los preliminares de la paz (19 de Febrero, 1862), mandó fusilar al general Robles (23 de Marzo) y exigió que los franceses le entregaran al general Almonte, que estaba bajo su protección. Rechazada esta demanda, rotas las conferencias entabladas en Orizaba (6 de Abril), la guerra dió comienzo con Francia, por haber quedado satisfechas Inglaterra y España. No se sabe cómo el ejército francés, después de haber sido derrotado ante la formidable defensa de Puebla, se vió obligado á retroceder en medio de las mayores privaciones para esperar refuerzos; pero ello es lo cierto que este primer triunfo exaltó grandemente las ideas y esperanzas de JUÁREZ. Sin embargo, las fuerzas del Gobierno mejicano no podían ser bastantes á contrarrestar los poderosos refuerzos venidos de Francia, lo cual motivó que el año de 1863 no fuese otra cosa para JUÁREZ que una serie no interrumpida de descalabros y desventuras, en los cuales no tuvo otro amparo que la perseverancia de su carácter y el aliento de su corazón. Después de evacuar la capital, se retiró á Cuernavacas; luego, á San Luis de Potosí, en donde procuró reorganizar su gobierno y eligió al general Doblado para presidente de ministros, teniendo, por último, que retirarse y establecerse en Zacatecas. Cuando el nuevo imperio de Maximiliano parecía á punto de consolidarse con las victorias del ejército francés, JUÁREZ tuvo el gran desconsuelo de verse abandonado de sus más valiosos secuaces, como Urnaga y Doblado, que se adhirieron al imperio, en Julio y Agosto de 1864. González Ortega y Negrete resisten aun, fieles á la causa nacional; pero graves desastres sufridos en las márgenes del río Nazas,

cuyo desbordamiento aumenta sus pérdidas, acabaron por dispersar sus armas en el mes de Septiembre. Ya no hay posible contra la monarquía otra cosa que el plan de guerrillas, y JUÁREZ decide sostenerse hasta el fin. Perseguido de cerca, tiene que refugiarse en Tejas; pero reaparece poco después. Alentado por el apoyo y prestigio moral de la Unión del Norte, y más aún por las inspiraciones de su fe, espera un momento, que considera decisivo, y el momento llegó. El cuerpo expedicionario francés, creyendo asegurada la monarquía, abandona á Méjico; pero apenas se embarca, JUÁREZ toma la ofensiva. En los primeros días de 1866, los republicanos se apoderan de Bagdad; se hacen dueños de Alamar, en la provincia de Sinaloa, y, al mando de Escobedo, el principal sostén de JUÁREZ, obligan á la villa de Matamoros á rendirse después de una serie de sangrientos combates (24 de Junio de 1866). Al fin del año, el poder constitucional de JUÁREZ toca á su término legal, y su competidor, González Ortega, se declara presidente de la república en manifiesto fechado en Nueva Orleans. Pero la suerte se declara en favor del primero y su competidor es hecho prisionero en la frontera de Tejas por orden del Gobierno de los Estados-Unidos, que reconocen á JUÁREZ como presidente y le envían, en calidad de representantes oficiales, á M. Campbell y al general Sherman. Ortega logra, sin embargo, penetrar en Méjico; pero cae en manos de sus adversarios y la autoridad de JUÁREZ queda consolidada (Enero de 1867). Entretanto, el emperador Maximiliano se ve precisado á abandonar la capital para refugiarse en Querétaro; pero bien pronto los juaristas asedian la ciudad, al mando de Escobedo, y el 15 de Mayo, después de una lucha de las más vivas, se apoderan de ella. En medio de la general exacerbación de los odios del partido triunfante, JUAREZ hace comparecer á Maximiliano ante un consejo de guerra que, el 19 de Junio, le condena á muerte en unión de los generales Miramón y Mejía. Algunos días después de la ejecución de la sentencia, Méjico y Veracruz se rinden á discreción á las tropas del presidente JUÁREZ; trata desde entonces á los gobiernos extranjeros de potencia á potencia; rehusa entregar á Austria los restos de Maximiliano, mientras que no sean reclamados oficialmente, y no consiente en entrar en relaciones comerciales con las naciones europeas en tanto que no reconozcan su gobierno. Al mismo tiempo, convocaba, en virtud de las restablecidas leyes republicanas, el congreso nacional, al cual proponía en su mensaje un conjunto de reformas liberales, que fueron saludadas con el aplauso del país. En el mes de Octubre era reelegido presidente de la república mejicana y prestaba de nuevo juramento en 25 de Diciembre de 1867. Sin embargo, á pesar del entusiasmo del partido republicano hacia su jefe, diversas tentativas de revuelta tuvieron lugar en Jalapa; y, sobre todo, en el Yucatán; pero todas fueron sofocadas en breve término. El general Ortega, que había fomentado muchas de ellas, acabó por abdicar de sus pretensiones en favor de su rival, y un decreto de amnistía, concedido á los partidarios del emperador Maximiliano (Abril de 1869), acabó de asegurar á JUÁREZ en el poder.—Querétaro fué teatro del triunfo de JUAREZ, y, sin embargo, es la sombra de su vida. Allí se habían encontrado dos hombres esclavos de su deber. Maximiliano, el emperador que lleva su hidalguía hasta el punto de arrostrar la muerte antes de dejar el puesto en que se le había colocado, se encuentra prisionero del indomable indio de los bosques, que lo había arrostrado todo por la independencia de su país. La república, triunfando del imperio, tenía un difícil problema que resolver: la vida del emperador. JUÁREZ fué el destinado á resolverlo en hora menguada. Perdonar es señal de valor; deshacerse de un contrario vencido por su mala fortuna, es un olvido lamentable. Podrá argüirse que la opinión pública lo hizo, ó que lo hizo un consejo de guerra, lo cual vale tanto como pretender escudarse con la triste política de excusas embozadas. JUÁREZ acudió á un consejo de guerra para derivar la responsabilidad del atentado; pero la historia no se deja engañar así. La historia sabe perfectamente que el consejo de guerra era él. Por consiguiente, hay que decirlo con honrada franqueza: quien mató al emperador Maximiliano fué el presidente JUÁREZ. No admite duda que el personaje de esta biografía tuvo en su abono ciertas razones; pero la sangre del desgraciado príncipe es un estigma eterno. Entre el que sacrifica y el sacrificado, nosotros nos arrodillamos sin vacilar con quien se arrodilla para morir. El que mata, antes que á nadie, se mata á sí propio: el que muere en una hora de terrible infortunio, puede morir con alma entera. Venga la muerte; pero que nos halle con nuestra alma. Antes que JUÁREZ, antes que Méjico, antes que todo el mundo, es un sentimiento de humanidad. Aparte la sombra, que se cierne sobre el sepulcro de nuestro personaje, el repúblico mejicano, el patricio insigne, es uno de esos genios poderosos á quienes Dios concede la gracia de reproducirse de su sombra.

Finalmente, nuestro personaje no es un individuo; es su patria. Murió en 1872. Si hay un mundo más allá de esta vida, en donde el hombre pueda arrodillarse para pedir perdón, JUÁREZ se debe arrodillar delante de su víctima, como su víctima se arrodilló delante de una cruz. Las lágrimas de un pueblo, que venera su sepultura, dicen bien claro que Beniro JUÁREZ, el héroe de su pueblo y de su raza, pudo engañarse, quemado por la fiebre del patriotismo; pero que su noble memoria estará siempre muy por encima de las bajas calumnias con que el odio ha intentado mancharla. Juárez de Toledo (JUANA). Española célebre por su valor, que vivía á fines del siglo XV. Fué esposa de Juan de Rivera, general de los Reyes Católicos; defendió el paso de Montemayor, contra el rey de Portugal, y despreció con altivez las proposiciones que la hizo el monarca lusitano para atraerla á su partido.

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