Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Juana

tomo 3 · página 261 · ver la página del original

Juana. Reina de León y de Castilla, segunda mujer de Fernando III el Santo. Era hija de Simón, conde de Dammartín, y biznieta de Luis VII de Francia. Se había tratado de casarla con el rey de Inglaterra, Enrique III, y aun estaban concluídas las negociaciones; pero no llegó á efectuarse la boda por haberse descubierto que existían entre los contrayentes vínculos de parentesco. Casada con Fernando de Castilla, en 1237, le acompañó en todas sus expediciones militares, se retiró luego á Francia y murió en 1278. Juana de Castro. Esposa ilegítima de Pedro I de Castilla. Era hija de Pedro de Castro, caballero de Galicia, y viuda de Diego de Haro, señor de Vizcaya. Enamorado de ella el rey, que estaba ya casado con Blanca de Borbón y con María de Padilla, la pretendió por esposa, y aunque ella rechazó las proposiciones del monarca, éste halló medio de engañarla y se casó con ella en 1353, abandonándola al día siguiente. JUANA vivió después en Dueñas hasta su muerte, ocurrida en 1374. Juana de Portugal. Reina de Castilla y de León, nacida en 1439 y muerta en 1475. Era hija de Eduardo, rey de Portugal, y de Leonor de Aragén, y casó con Enrique IV de Castilla, que se había divorciado de su primera esposa, Blanca de Navarra, en 1453. Tuvo de aquel matrimonio á la infanta Juana, llamada la Beltraneja, porque la voz pública atribuía su paternidad al favorito D. Beltrán de la Cueva. Algunas turbulencias que estallaron contra el privado, obligaron á la reina á retirarse de la corte y á vivir en el castillo de Alaejos, donde se dice que tuvo amores con Pedro de Castellá, sobrino del arzobispo de Sevilla. Posteriormente volvió á reunirse á su marido y murió seis años después que él. Juana Manuel. Reina de Castilla y de León, hija del infante Don Juan Manuel y biznieta del rey Don Fernando III. Nació en 1333; casó con Enrique de Trastamara, quien después reinó con el nombre de Enrique II; estuvo presa de orden del rey Don Pedro; huyó á Francia con su esposo, y después que éste dió muerte á su hermano, en Montiel, fué proclamada reina, muriendo en Salamanca en 1381 y siendo enterrada en la capilla de los Reyes moros de Toledo.

Juana, infanta de Castilla, Ilamada la Beltraneja. Era hija de Enrique IV, el Impotente, y de Juana de Portugal, y nació en 1642. Las relaciones amorosas de la reina con don Beltrán de la Cueva hicieron se creyese á Juana hija del favorito, lo cual dió motivo á una liga para excluirla de la herencia del trono y para dar la sucesión al infante Don Alonso, hermano del rey. Muerto aquel príncipe en Cardeñosa, según algunos suponen, víctima de un envenenamiento, los confederados obligaron á reconocer por sucesora á su hermana Isabel. El marqués de Villena, para conciliar ambos partidos, propuso la mano de Isabel á Alfonso V de Portugal, y la de JUANA al príncipe Juan, heredero de aquél; pero Isabel se negó terminantemente. Prometida JUANA después al príncipe de Guiena, quedó también sin efecto el matrimonio por negarse las Cortes á sancionarlo. Luego que murió Enrique IV, Alonso de Portugal se decidió á tomar por esposa á JUANA, y al efecto entró en Castilla, proclamando su futuro matrimonio, y tomó el título de rey en unión con aquélla, intimando á Fernando é Isabel á restituir la corona; hasta que, vencido en la batalla de Toro, se retiró, pidió auxilios á Luis XI de Francia para ayudar á JUANA á conquistar su reino, y no obteniendo resultado, desistió de todo empeño é hizo la paz con los Reyes Católicos. JUANA entonces entró en un monasterio de Coimbra, donde, á pesar de sus votos, fué solicitada posteriormente en matrimonio por Francisco Febo, rey de Navarra, hijo de Gastón de Foix y de Magdalena de Francia, hija de Luis XI. Mas tarde lo fué también por el mismo Fernando V, viudo ya de Isabel, el cual, por medio de aquel matrimonio y alegando luego los derechos de JUANA á la sucesion de Enrique IV, esperaba despojar á su yerno Felipe el Hermoso, que gobernaba en Castilla á nombre de su esposa Juana la Loca. JUANA continuó en Portugal, llamándose reina, y murió

en 1530, en el palacio de Lisboa, á la edad de 69 años. Juana Enriquez. Reina de Navarra y de Aragón, que nació por los años de 1425 y murió en 1468. Era hija de D. Fadrique Enríquez, señor de Medina de Rioseco, conde de Melgar y almirante de Castilla, y se casó en 1444 con Don Juan II, rey de Navarra, y después, de Aragón, viudo entonces de Blanca, hija de Carlos III el Noble. Tomó gran ascendiente sobre su marido, especialmente después del nacimiento de Fernando, que luego fué el Rey Católico. Le hizo desheredar á su hijo mayor, habido en su primer matrimonio, el príncipe de Viana, que se había sublevado, reclamando para sí el título de rey de Navarra. Habiéndole hecho prisionero, se sublevó en su favor Cataluña, por lo que se vió obligada á ponerle en libertad; pero la muerte del desdichado príncipe, acurrida de allí á poco tiempo, hace suponer que le mandara envenenar. Esto aumentó el furor de la insurrección, y JUANA se vió sitiada en Gerona; pero llamó en su auxilio á Gastón de Foix, que la socorrió. Combatió contra Juan, duque de Lorena, que disputaba la Cataluña á su marido, y murió en el sitio de Rosas. Juana la Loca. Reina de Castilla, hija de los Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel, que nació en Toledo en 1479 y murió en Tordesillas en 1555. Se casó en 1496 con el archiduque de Austria, Felipe el Hermoso, á quien acompañó á Bruselas, donde dió á luz á Carlos V. Volvió á España con el archiduque en 1502, Ilamada por la reina madre, que quería cederle la corona, é hizo reconocer sus derechos y los de su esposo en las Cortes de Aragón y de Castilla. Habiendo vuelto Felipe á los Países Bajos, huyendo del carácter irritable y del excesivo amor de su esposa, se quedó ésta en España con su madre; y de las muestras de dolor que hizo por aquella separación, empezaron algunos á tomar pretexto para creerla víctima de una enagenación mental, que tal vez no reconocía otra causa que los violentos celos que tenia de su marido. Un segundo alumbramiento, cuyo fruto fué el príncipe Fernando, no mitigó aquel triste estado, y JUANA, poseida de un verdadero frenesí, corrió á Flandes á reunirse con su esposo. Poco después acaeció la muerte de Isabel la Católica, y entonces JUANA se embarcó de nuevo con Felipe en dirección á España y llegó á la peninsula en 1506, después de tres meses de estancia en Inglaterra, donde les habían arrojado las tempestades. Tomó Felipe las riendas del gobierno bajo pretexto de la incapacidad de JUANA, queriendo ocupar el trono exclusivamente hasta que fuera mayor de edad su hijo; pero los castellanos se opusieron á sus designios, reconociéndola por soberana en las Cortes de Valladolid, y á su hijo por heredero de Castilla y León. La muerte prematura de Felipe llenó de tal amargura el pecho de JUANA, que pocos fueron ya los que dudaron de su falta de razón al verla entregada á las extravagancias más caprichosas. Recorriendo media España tras del cadáver de su esposo, del que no quería separarse jamás, se estableció en Tordesillas, donde dió sepultura á los restos del que tanto había amado, y allí vivió cuarenta y siete años sin perder de vista el sepulcro un solo instante. Juana de Arco. Heroína lorenesa conocida con el nombre de la Doncella de Orleáns, y que contribuyó poderosamente á levantar el espiritu nacional de la Francia para terminar la guerra de los cien años, arrojando del reino á los ingleses que le habían invadido, llegando á hacerse casi por completo dueños del reino. Según los últimos datos, nació en Domremy (Baja Lorena) en 1409 y era hiju de Santiago de Arco y de Isabel Romée. Su infancia y su juventud, pasadas en el campo, donde se dedicaba á guardar ganado, tuvieron por espectáculo todos los males de la guerra, haciendo que su imaginación, impresionada por la vergüenza de la ocupación inglesa, por las miserias de las discordias civiles y el interés novelesco que despertaba el delfín Carlos, la hicieran creer que el cielo la deparaba una misión sobrenatural. A la exaltación de su mente, acosada por místicos ensueños, en que oía clara y distintamente voces divinas, no tardó en unirse la credulidad popular, que, esperando ver realizadas sus más legitimas aspiraciones, acabaron por impulsarla á seguir una senda que había de hallar por término el martirio. Después de una larga lucha, se dedicó á aceptar el papel á que, según ella, la destinaba el cielo. Entonces tenía 18 años, y un tío suyo, Andrés Laxart, que había sido el primero en convencerse de su misión, la condujo á Vaucouleurs, y la presentó á Baudricourt, gobernador de la plaza. Este la envió á Chinón, donde el rey Carlos VII tenía su corte. Allí Ilegó el 24 de Febrero de 1429, fué introducida en la cámara real, y sin haber visto jamás al monarca, le señaló entre la multitud de cortesanos entre quienes se había ocultado; le habló, según se dice, de secretos de él solo conocidos, y le prometió hacer levantar el sitio de Orleáns, último baluarte de la monarquía francesa, y consagrarle en Reims. Ante aquella resolucion, el pueblo se dejó convencer y la corte no se mostró más rehacia. En su consecuencia, se armó y equipó á JUANA; los más antiguos generales tuvieron que sufrir el ascendiente de una mujer, y los soldados, arrastrados por el fanatismo, se dejaron guiar por ella.

Afortunadamente, aquel entusiasmo no fué perdido, puesto que el 29 de Abril JUANA entraba en Orleáns; el á de Mayo de 1429, el ejército tomaba posesión de la plaza, y el 8, Orleáns se encontraba libre. La inspirada campesina se abrió en seguida paso hasta Reims, por medio de la batalla de Patay, y el 13 de Julio cumplía la última parte de su promesa, haciendo consagrar á Carlos VII. Entonces JUANA creyó su misión cumplida y quiso retirarse; pero se la retuvo á su pesar. Perdida ya la confianza en el apoyo sobrenatural que creía tener hasta allí en su ayuda, sufrió una derrota delante de París, acudió al socorro de Compiegne, sitiado por los burguiñones, y penetró en la plaza; pero habiendo hecho una salida el 24 de Mayo de 1430, no pudo volver á entrar en la ciudad por haber caido prisionera del bastardo de Wandomme. Juan de Luxemburgo, que mandaba el ejército sitiador, se hizo cargo de ella y la vendió en 10.000 libras á los ingleses con asentimiento del duque de Borgoña, su aliado. Los ingleses decidieron que fuera juzgada como nigromántica y hereje, y un largo é inicuo proceso se comenzó en Rouen. El obispo de Beauvais, Pedro Cauchon, que debía su silla episcopal al rey de Inglaterra, Enrique V, fué nombrado para presidir el tribunal infame. Se trató de envolver á JUANA en una red de sutilezas teológicas; se la quiso persuadir, por lo menos, á que confesara que el demonio la inspiraba; pero ella mostró durante sus interrogatorios una sangre fría, una inteligencia, una elevación de sentimientos, una elocuencia sencilla y persuasiva y hasta una ironía superior á su pericia militar, que desvanecieron aquella esperanza. Entonces se puso en juego la astucia para hallarle culpable, firmó ingenuamente una declaración distinta de la que había prestado, y después de habérsela condenado á prisión perpetua con la prohibición de usar otros vestidos que los de su sexo, se le quitó durante la noche su traje de mujer. Sorprendida con la armadura que la habían dejado y con la cual, por pudor, se cubrió á la aproximación de los guardias, fué condenada como relapsa á ser quemada viva en la plaza del Mercado Viejo, ejecutándose tan bárbara sentencia el 31 de Mayo de 1431. Veinticinco años después, Carlos VII, con el concurso del papa Calixto III, hizo revisar el proceso y rehabilitó la memoria de JUANA, ennobleciendo á su familia con el título de Lys y eximiéndola de cargas y tributos. Todos los años se celebra en Orleáns con una procesión cívica el aniversario de la libertad del territorio. El 8 de Mayo de 1855 se inauguró en una de las plazas de la ciudad una hermosa estatua ecuestre, obra del escultor Foyatier; Rouen había levantado, desde hacía largo tiempo, un monumento de escaso mérito á la heroína; y en Domremy se sustituyó, en 1856, con una estatua de bronce, el busto colocado en 1820. La poesía se ha inspirado muchas veces en la casta y noble figura de la Doncella de Orleans. Chapelain la ridiculizó sin intención de hacerlo. Voltaire come

tió la falta imperdonable de querer befarse de ella en un poema burlesco; pero al mismo tiempo Schiller la idealizaba magníficamente en uno de sus mejores dramas. Entre los poetas franceses modernos, ha habido muchos que la han cantado; pero aunque algunos han rayado á gran altura en inspiración y en elegancia, ninguno ha podido rivalizar con la patética sencillez de la historia. M. Jules Quicherat ha publicado en la colección de la Academia de la Historia de Francia el texto auténtico del proceso de JUANA DE ARCO, de su sentencia y de su rehabilitación. La historia completa de la Doncella de Orleáns, por Lebrún des Charmets, 1817 (4 volúmenes en 8.°), aunque no está al nivel de la ciencia histórica actual, es digna de tenerse en cuenta. Entre los trabajos más recientes, deben citarse los de Michelet, Renzi, Vallet de Viriville, resumidos en una Vida de JUANA DE ARCO, publicada en 1854 por M. A. Desjardins.

Lamartine, en El Civilizador, consagró á JUaNA DE Anco una elocuente biografia.

Reseña. — Cuando la Doncella de Orleáns dejaba su prisión, con la frente erguida, en el dia del auto, dijo tranquilamente al oido del obispo de Beauvais: «Por tí voy á la hoguera.» ¿Cómo cayeron aquellas palabras de la víctima en el corazón del obispo? Unicamente la justicia divina lo puede comprender. Esta razón es una de las más grandes pruebas de que existe un Hacedor Supremo. Realmente hay muchas cosas en este mundo que sólo las puede comprender la justicia de Dios. JUANA DE ARCO, tú moriste en el fuego, para vivir siempre en el amor del mundo: ¡ay de los que mueren en la conciencia, para morir después en la eternidad! ¡Venturosa JUANA DE ARcO! ¡Desgracido obispo de Beauvais! Juana (LA PAPISA). ¿Existió, entre el pontificado de León IV y el de Benedicto III, un papa de nombre Juan VIII que ha sido borrado de la lista de los sucesores de san Pedro? ¿Era este papa una mujer? A esta doble pregunta se ha contestado de dos maneras diametralmente opuestas. Mientras unos, creyendo que de ello dependía el prestigio del pontificado, se han obstinado en responder negativamente, otros, haciendo un arma de la resolución de este problema histórico, han afirmado los hechos con no menos obstinación. A nuestro juicio, no sólo ha habido apasionamiento por una parte y por otra, sino que para ambas el trabajo ha sido estéril. Ni el honor de la Iglesia pierde nada con que el sacro Colegio se dejara sorprender un día por un impostor, ni nada tampoco ganan los que creen que hechos de esta naturaleza hacen perder su importancia al pontificado. El único interés que debe existir, para el historiador imparcial y justo, es el prestigio de la verdad, razón y asiento de la historia. Pongamos á nuestros ilustrados lectores en algunos antecedentes. Nótase que en el siglo pasado nadie creía ya en la leyenda de la PAPISA JUANA, cuyo movimiento principió al declinar el siglo xI. En efecto, Florimond de Boemond escribió un libro titulado: El error popular de la PaPISA JUANA (1587), obra que dió comienzo á la reacción contra la opinión admitida hasta entonces universalmente. Numerosos escritores sostuvieron después la tesis anterior, y lo que es más curioso, los autores de la protesta, que debían tener un interés mayor en desprestigiar al papado, fueron los que atacaron con mayor ardor la leyenda de la PAPISa JUANA, Ilevados indudablemente de una convicción sincera y profunda, porque no debemos suponer que entrara en sus intentos el hacer alarde de generosidad histórica. Todos estos trabajos tienen por complemento los escritos del cardenal Baronio, cuyo erudito, con el fin de desembarazarse de las dificultades y marañas de la cuestión, procuró removerla en su fondo. El cardenal dice que las debilidades del verdadero Juan VIII fueron causa de que muchos le comparasen á una mujer, en donde la vulgar malicia, que siempre se tuerce hacia lo malo, encontró asunto para dar ser á la leyenda de la PAPISA JUANA. Nuestra tarea queda reducida á dar conocimiento de los datos anteriores al siglo XVI, por suponer que son los menos conocidos. El fundamento de la leyenda de nuestro personaje consiste en suponer que hubo un Juan VIII, sucesor de León IV, cuyo pretendido papa era una inglesa que, después de hacer grandes estudios en Atenas, había ido á fijar su residencia en Roma, ocultando su sexo verdadero, y donde la reputación extraordinaria de sus talentos la había hecho elegir papa en 855, á la muerte de León IV. Más tarde, habiendo quedado en cinta de resultas de sus relaciones con uno de sus servidores, al atravesar un día el trayecto que media entre el Coliseo y la iglesia de San Clemente, yendo en pública y solemne procesión, había dado á luz una niña, y á consecuencia de la vergüenza que tal acto la produjera, había muerto allí mismo. Platina añade, como cosa dudosa, pero generalmente admitida, que, desde este escandaloso accidente, siempre que se entronizaba un papa, se le hacía sentar en una silla horadada, colocada en la capilla de Letrán, en la que el sacro Colegio se aseguraba de que no había error de sexo. Voluntariamente hemos omitido en nuestro relato todas las circunstancias dramáticas con que revisten el hecho ciertos historiadores, haciendo á JUANa monja desde la edad de 22 años, suponiendo que después huyó á Grecia en compañía de un joven fraile, por quien había concebido una violenta pasión, y otros numerosos episodios que entran más en el terreno de la novela que en el de la historia. Sin embargo, el episodio principal necesita una explicación, y ya que no podemos darla cumplida, vamos, por lo menos, á examinar los testimonios en que se apoya.

Anastasio, bibliotecario del Vaticano y contemporáneo de JUANA, ha reconocido el hecho en su Liber pontificalis. Es cierto que la mención de este pontificado ha sido suprimida en las diversas reimpresiones que del libro de Anastasio se han hecho; pero existe en la edición primitiva, que es del año 1602. Después de Anastasio, se encuentra entre los testigos de la existencia de la PAPISA JUANA una gran laguna, que se explica por el escaso número de escritores que existía en aquella época y por la infinidad de manuscritos perdidos en una larga serie de guerras y revoluciones. La primera mención que encontramos, se refiere al siglo xI y pertenece á Marianus Scotus, del cual transcribimos las siguientes palabras: «A León IV sucedió una mujer, JUANA, por espacio de dos años, cinco meses y cuatro dias.» En el siglo xII, Othón de Frinsingen, en sus Crónicas; Godofredo de Viterbo, en su Panteón, y Martín de Polonia, capellan de Clemente IV, en el siglo XIII, no son menos explícitos. Desde entonces, es inútil acumular testimonios, que se multiplican de una manera verdaderamente abrumadora. El hecho de la existencia de la PAPISA JUANA es universalmente adoptado, de tal modo que, hasta fines del siglo XVI, no se puede hallar un solo escritor que lo contradiga. Entre los que lo afirman, nos basta citar, á causa de su autoridad especialísima, los nombres de san Antonino de Florencia, de Ranulfo, de Bernardo Guy, de Gerson, de Piccolomini (más tarde, Pio II) y de Fulgosio. Al lado de estos testimonios escritos, no faltan tampoco algunos hechos materiales. Teodorico de Nimes, secretario de diversos papas, había visto en Roma un grupo representando á JUANA y á su hija, cuyo hecho atestigua san Antonino, y graves historiadores aseguran que Sixto V hizo arrojar al Tiber aquel singular monumento. En el siglo XV, la basílica de Siena poseía una colección de bustos de todos los papas; el de JUANA figuraba en ella con esta inscripción: Joanes VIII, femina (Juan VIII, mujer). Mabillón y Launoi lo vieron, y éste último, irritado sin duda por contradicciones mal fundadas, dice «que sería preciso ser ciego para no verlo.» Baronio decidió al papa Clemente VIII á suprimir este busto escandaloso. Fauchet y Mabillón vieron asimismo la famosa silla horadada, ideada por Benedicto III, para impedir un nuevo error. Por último, si fuera preciso invocar la autoridad de la Iglesia misma en favor de la existencia de la PAPISA JUANA, encontraríamos en las actas del Concilio de Constanza una omisión tan significativa, que tiene casi el valor de una confesión terminante. El Concilio, que procesó á Juan de Huss con el firme propósito de condenarle, y que le hizo sufrir un largo y minucioso interrogatorio acerca de sus errores, no pen

só jamás en emitir una opinión formal sobre la existencia de JUANA. Vamos á terminar con un antecedente que no debe omitirse. Godofredo de Viterbo afirma que el nombre de la PAPISA JUANA fué suprimido en el catálogo de los sumos pontífices. Contra estas noticias, que parecen irrefutables, hay el testimonio de Hincmar de Reims, contemporáneo de JUANA, quien asegura de una manera terminante «que habiendo enviado (el emperador Lotario) diputados á Roma, para obtener un privilegio, supieron en el camino la muerte de León IV, y que, cuando llegaron á Roma, Benedicto III ocupaba la silla pontifical,» cuyo hecho supone que no pudo tener lugar el pontificado de la PAPISA JUANA. En cuanto á nosotros, sin decir que sí, sin decir que no, opinamos que la existencia de la PapiSA JUANA fué universalmente creida hasta fines del siglo XVI, y que la leyenda ó la realidad de dicho personaje es un punto histórico, si no inexplicable, inexplicado.

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El texto de Barcia (1880-1883) es de dominio público. El troceado, esta página y sus datos son CC BY 4.0, Karb and Sil. Cítese: «Juana», en Roque Barcia, Primer diccionario general etimológico (1880-1883), Biblioteca Wordkers, https://biblioteca.wordkers.com/d/barcia/juana-2.