Roque Barcia · 1880-1883
Italia
tomo 3 · página 186 · ver la página del original
Italia. Femenino. Geogra fía. Extensa península de la Europa meridional. 1. Situación astronómica.—Se encuentra comprendida entre los 36 40-46° 39 de latitud septentrional y 10° 10-22° 10' de longitud oriental del meridiano de Madrid.
2. Confines.— Los ramales de los Alpes la separan: al Norte, de la Francia, de la Suiza y de la Alemania; al Este se halla limitada por el Adriático y el canal de Otranto; al Sur, por el mar Jónico y el Mediterráneo, y al Oeste, por el golfo de Génova y el mar Tirreno.
3. Territorio.— Este reino, tal cual sparece hoy constituido, comprende la península itálica, las islas de Cerdeña y de Sicilia, y los archipiélagos Toscano y de Lípari.
4. Configuración. — La península italiana presenta la forma perfecta de una gran bota de montar, cuya espuela termina en el monte Gargano. 5. Super ficie y población.—El mayor largo de esta porción de Europa mide 1.300 kilómetros; su ancho, 500, algunos de sus estrechos, 60; la superficie total, 296.323 kilómetros cuadrados, que pueblan 29.943.607 habitantes.
6. Costas.—Las del Adriático tienen 1.043 kilómetros de desarrollo; están formadas de aluvión, cubiertas de aguazales y son muy poco sinuosas, pues únicamente ofrecen dos hendiduras ó entradas notables: el golfo de Venecia, en la extremidad septentrional, y el de Manfredonia, determinado por el vasto promontorio del monte Gargano; la del mar Jónico, de 843 kilómetros de longitud, presenta el golfo de Tarento y el de Squillace; la occidental, del antiguo reino de Nápoles, en el mar Tirreno, mide 1.110 kilómetros y en ella se encuentran los golfos de Gioja, Santa Eufemia, Policastro, Salerno, Nápoles y Gaeta; en la del Mediterráneo, de 555 kilómetros de extensión, se ve el gran golfo de Génova. 7. Cabos é islas.— Los cabos más salientes, que forman la extremidad de la península italiana, llevan los nombres de Nau, Cavallo, de Leuca, de las Columnas, Stilo, Spartivento y dell’Armi; siguen á éstos después los del Vaticano, Licosa, Campanella y Circeo.—Todas las islas que dependen geográficamente de ITALIA están situadas en el Mediterráneo, excepto el pequeño archipiélago de Trementi, que se halla en el Adriático, los islotes del golfo de Tarento y las rocas vecinas del cabo Nau, sobre una de las cuales colocaron los antiguos la morada de Calipso. Las tres más importantes de estas islas, son: la Sicilia, la Cerdeña y la Córcega. 8. Orogra fía.— A dos se reducen las principales cordilleras de montañas que cruzan este territorio: la de los Alpes y la de los Apeninos.—La primera se extiende, trazando un semicírculo irregular, desde el golfo de Génova hasta el Adriático; rodea casi por completo la región septentrional de la ITALIA, determinando este límite y separándola del resto del continente, y, tomando distintos nombres, cambia de rumbo en algunas partes, subdividiéndose en grandes eslabones que le dan una extensión inmensa. Entre los Apeninos y el monte Viso, se llama Alpes Marítimos, entre el Viso y el monte Cenis, Alpes Cotios; entre el Cenis y el monte Blanco, Alpes Griegos; entre el Blanco y monte Rosa, Alpes Penninos; entre el Rosa y el monte San Gotardo, Alpes Lepontinos; y más al Oriente, Alpes Réticos, Carsicos, Julianos y Dináricos. Los Alpe Nóricos son un ramal que, dirigiéndose hacia el Noroeste, termina en el Danubio, cerca de la capital de Austria. Esta cordillera presenta las cumbres más elevadas del continente: el monte Blanco, el Rosa, el Ortler, el Sylvio, el Ginebra, el Iserán, el Viso y el grande de San Bernardo.—La segunda, ó sea la de los Apeninos, se desprende de la anterior en el monte Cassino, al Noroeste del golfo de Génova, atraviesa toda la peninsula de Norte á Sur, costeando aquel golfo, y se bifurca, hacia la parte meridional, en dos ramales que, tomando direcciones opuestas, concluyen, al Oriente, en el cabo de Leuca, y al Mediodía, en el estrecho de Messina. Los diferentes eslabones que, apoyados en esta gran cadena, se prolongan hasta el Mediterráneo y el Adriático, forman distintos sistemas que toman los nombres de A penino Septentrional, A penino Central, Sub-A penino Toscano, Sub A penino Romano, Apenino Meridional y Apenino Vesubiano. Las cimas más altas de esta cordillera son: el Cono, el Velino, el monte de la Sibila, el Gargano y el Vesubio.—En los Apeninos, como en los Alpes, las comunicaciones se verifican por los estrechos desfiladeros que ofrecen las montañas. Los pasos de Tende, del monte Ginebra, del monte Cenis, del pequeño y grande San Bernardo y del Simplón, son los más célebres de los Alpes; las gargantas de la Bocchetta, de Pontemoli, de la Pietra-Mala y algunas otras del Apenino Meridional, las más notables de los Apeninos.—Entre las montañas de segundo orden, se cuentan: la Golganera, en Toscana, y los montes Massico, Bárbara, Capua y Santo-Angelo, en Nápoles. 9. Hidrogra fla.—Los rios de este país, poco caudalosos á causa de la corta extensión que tiene la península de Oriente á Occidente, forman tres vertientes notables: la oriental, que envía sus aguas al Adriático; la meridional, al mar Jónico, y la occidental, al Mediterráneo. El más importante de todos los de la vertiente oriental, es el Po: nace en el monte Viso, en los confines de Francia; baña á Carignano y Turin, riega el antiguo reino Lombardo-Véneto y desagua en el Adriático, después de recibir, à derecha é izquierda, numerosos afluentes: el Adige sale del Tirol, pasa por Trento, Verona y Legnano, y se divide en varios brazos cerca de su desembocadura; el Metauro y Tronto fecundizan los antiguos Estados pontificios; el Pescara, Ofanto y otros menos caudalosos corren por el territorio de Nápoles. En el mar Jónico se vierten el Bradano, Basento y el Giarretta, que pasa por Sicilia. En el Mediterráneo desembocan, entre otros, el Var, que sirve de limites entre Francia y la Cerdeña; el Magra, que corre por los territorios de Módena y Toscana; el Tiber, que cruza los que fueron Estados del Papa, y el Chiana, que se bifurca en el Arne. Los lagos son infinitos y pintorescos, aunque de mediana extensión, distinguiéndose el de Ginebra, que se halla en los confines de la Suiza; el Trasimeno, en cuyas cercanías alcanzó Aníbal uno de sus más gloriosos triunfos; el Como, que da nacimiento al río Adda, y el Mayor, en donde tiene su origen el Tesino. Los de Lesina, Verano, Salpi, Concacchio y Castiglioxe comunican con el mar y están clasificados en el número de las lagunas. 10. Climatología.— La dulzura, la apacibilidad del clima de ITALIA, singularmente en las comarcas meridionales y en la isla de Sicilia, es proverbial: en las regiones del Norte, bastante desapacible. En los Alpes, el frío que se experimenta es tan extenso como el del Norte del Báltico: en los Apeninos y en la llanura del Po desciende algunas veces á—10° centígrados, mientras que, en la Calabria, el descenso apenas alcanza á O°, elevándose frecuentemente á— 35°. En los Estados romanos y en la Toscana, los calores llegan á hacerse insoportables. El clima, aunque cálido en general, es saludable, excepto en las lagunas del Po, en los arrozales de la Lombardía, en las maremmas de Siena y de Pisa, en los aguazales Pontinos de Roma y en las costas del mar Tirreno, á causa de los vapores palúdicos que exhalan sus terrenos pantanosos. Todo el litoral comprendido entre el Arno y el Volturno es conocido bajo el nombre de Maremmas, en cuya especie de campiñas, situadas sobre la orilla del mar, es donde la vegetación se muestra más súbita y activa. Sus desiertos, que ocupan una grande extensión del territorio, se ven de golpe cubiertos de riquísima mies, la cual desaparece con la misma celeridad para dar cabida á inmensas praderas tapizadas de césped, en donde pacen numerosos rebaños, que los pastores guardan montados á caballo y lanza en mano. En ITALIA no se conocen más que tres estaciones: un estío caluroso, un invierno breve y una primavera agradabilísima. Los árboles florecen en Enero y Febrero; el verano empieza en Abril ó Mayo, y las lluvias en Octubre y Noviembre. 11. Geología. — Las rocas esquistosas, micáceas, graniticas, tálcicas, amfibólicas y calizas, constituyen principalmente el centro de los Alpes italianos. Sobre sus pendientes se encuentran fragmentos de cantos rodados, y en los depósitos intermedios, en donde se hallan las rocas del centro, restos orgánicos y numerosas calizas grises y negruzcas. Estas calizas forman todas las montañas que se elevan sobre el Adriático. Terrenos intermedios, mezclados con una gran cantidad de gramaca (arena) y rocas serpentinosas y calizas constituyen el Apenino, desde los Alpes hasta las Calabrias. Sobre las vertientes de esta cadena se ven calizas compactas, grises y blancas, sostenidas por varios depósitos de espejuelo que encierran considerables bancos de azufre. Las capas superiores del Apenino están compuestas de terrenos terciarios que contienen mul
titud de conchas fósiles; en las Calabrias, presentan el granito, el gneis, mica y algunos depósitos secundarios. Los terrenos volcánicos forman los grupos de Santa Fiora, al Mediodía de la Toscana, de Viterbo y de Roma, en los antiguos Estados pontificios; de Santa Agata, de Roca-Monfina y de Nápoles, en el antiguo reino de las Dos Sicilias. Al Este se encuentra el del monte Volturno, y al Sur el del Vesubio, único cráter en actividad en el continente italiano. 12. Miseralogta.—ITALIA posee grandes riquezas minerales, particularmente en mármoles, que son hermosos y abundantes. En los Alpes se encuentran los del Vicentín; en el Apenino, el verde de mar de la Bocchetta; el portor (especie de mármol negro con vetas amarillas) del cabo Venero, el estatuario de Carrara, el jaspe de Barga, los verdes de Florencia y de Prato, el negro de Pistoja, el lapislázuli, el amarillo de Siena y el brocatel (mármol jaspeado) de Piombino. En los terrenos volcánicos existen varios criaderos de hulla; en Volterra, magnífico alabastro; en el valle de Aosta, pórfidos y cristales de roca; y en Toscana, ágatas, calcedonias y otras piedras preciosas. El alumbre y el azufre son comunes á todas las comarcas: la pucelana y la sal gema abundan en los Estados romanos y en los alrededores de Nápoles, sobre todo en Puzzoli. Se cuentan además algunas vetas de oro y varios filones de plata, cobre, hierro, plomo, mercurio, zinc, vitriolo, arsénico y antimonios. En cuanto á las aguas minerales, frías y termales, son renombradas las de Acqui, Aix, San Gervasio y Oleggio, de los Estados sardos; las de Luca y San Julián, del antiguo ducado de Toscana, y los infinitos manantiales gaseosos que se encuentran en los alrededores de Nápoles. 13. Flora.—El suelo de ITALIA presenta una gran variedad de plantas alpinas y tropicales. La Lombardía produce abundante grano y posee numerosos arrozales; el lino de la Toscana es renombrado, y en los territorios de Niza, Génova y Luca se cultiva toda clase de frutas exquisitas. El olivo, el naranjo, el limonero, la higuera, la palma y el alfóncigo cubren las provincias meridionales de los Estados romanos; el algodonero, la caña de azúcar, el tabaco, el regaliz, el azafrán, la rubia, el maná y otras resinas abundan en la parte Sur del antiguo reino de Nápoles. La vid da en casi todas las comarcas excelentes vinos: en las regiones superiores de los Alpes se elevan el abedul, el tejo, el alerce, ó cedro del Líbano, y abeto. El haya no alcanza un desarrollo arriba de 1’760 metros de altura; la encina, 1’110, y el castaño, 0’800. ITALIA está, por lo general, poco poblada de árboles; sin embargo, en los parajes del Mediodía se encuentran hermosos grupos de cipreses, de áloes y de moreras. En el monte Gargano se encuentran algunos bosques frondosísimos, y en la Calabria se cita, como notable, el de Sila. 14. Fauna.—En las montañas y en las selvas viven el oso, el jabalí, el lobo, el tejón, el puerco espín, el zorro, el hurón, el lince, el lirón, la marmota, el ciervo, el corzo, la gamuza, el macho cabrío y mucha caza menor. El águila y el buitre se ciernen sobre las cumbres de los Alpes; infinitas especies de pájaros pueblan las risueñas campiñas de ITALIA, y su ornitología ha sido objeto de un trabajo notable de S. A. Ch. L. Bonaparte, príncipe de Musignano. Los reptiles venenosos y los insectos peligrosísimos son también numerosos: entre los primeros, se citan la vibora y el áspid; entre los segundos, el escorpión, la tarántula y la cantárida. La cría de abejas y de gusanos de seda es importante. Las costas, los ríos y los lagos abundan en pescados de diferentes clases; el mar Tirreno suministra gran cantidad de atunes, anchoas y sardinas; la costa calabresa, jibias, almejas y corales. El ganado vacuno, lanar y cabrío es numeroso y de hermosa raza; las cabras y los carneros, muy estimados; los cerdos, sabrosísimos, particularmente los de la Calabria. Los caballos, si se exceptúan los de las Dos Sicilias, no gozan de gran fama; pero, en cambio, las mulas y los asnos son excelentes y utilísimos para el servicio de los transportes. 15. Agricultura.—La variedad del clima y la feracidad del suelo de ITALIA bastarían á hacer de este delicioso país uno de los más productivos de Europa, si el importante ramo de la agricultura no se hallara aún tan atrasado, especialmente en las comarcas del centro y del Mediodía, y en los antiguos dominios de la Iglesia, convertidos en desiertos pestilentes. Sin embargo, á pesar de estas circunstancias desfavorables, las producciones agrícolas son abundantísimas, y no sólo satisfacen las necesidades de la población, sino que dejan un sobrante que es objeto de una considerable exportación. Los bien regados campos de la Lombardía y de la Toscana dan anualmente de cuatro á cinco cosechas; las Ilanuras piamontesas y lombardas, arroz en grande escala; las maremmas, exuberancia de granos. El cultivo del maíz, vino, aceite, frutas, agrios, azafrán y otros artículos es casi general en ITALIA. La cosecha de cereales está evaluada en 65.000.000 de hectólitros; la del vino, en 20.000.000; la del aceite, en 1.552.000. El valor total de los productos agrícolas excede de 3.000 mi Ilones de pesetas. 16. Industria.—La ITALIA, que en la Edad media se hallaba á la cabeza de la industria manufacturera, figura hoy después de Inglaterra, Francia y Alemania. Esto no obstante, muchas de sus comarcas constituyen otros tantos centros fabriles de alguna consideración, distinguiéndose: en los tejidos de seda, Turín, Génova, Luca, Nápoles, Palermo, Catania, Ancona, Florencia, Pésaro y Bolonia; en terciopelos negros, Génova; en guantes de hilo, Palermo; en flores artificiales, Génova, Turin, Bolonia y Roma; en guantes de pieles, Nápoles, Génova, Roma y Luca; en curtidos, Rieti, Ancona, Roma, Génova, Solfra y Arpino; en papel, Luca, Pescia, Colla, Génova, Fabrino, Turin y Fibrino; en esencias y azúcar piedra, Florencia, Niza, Nápoles, Reggio, Roma y Palermo; en instrumentos de óptica, Módena y Turin; en bisutería, Roma, Bolonia, Florencia, Turin y Nápoles; en ratinas (especie de tejidos de lana), el Piamonte; en jabones, Nápoles y Liorna; en vitriolo, Viterbo; en aceites, Toscana y Nápoles; en quincallería, Turin, Génova, Varallo, Pistoja y Campobusto; en hierros, el Piamonte y la Calabria; en cristales, Crévola; en porcelanas, Florencia y Turin; en loza, Faenza, Pésaro y Pinerolo; en obras de barro cocido, Florencia; de alabastro, Volterra y Castelvetrano; de mármoles, Carrara y Dussardo; en paños, Mondovi, Savigliano, Turin, Pinerolo, Voltri, Borzonasca, Arpino, Nápoles y Estados romanos; en cererías, Liorna, Florencia, Roma y Nápoles; en cuerdas de guitarra, Nápoles y Roma; en sombreros de paja, Toscana, Nápoles, Génova y Turin; en obras de coral, Génova, Nápoles, Liorna, Pisa, Castelvetrano y Catania; de ágata y de ámbar, Catania; en perlas falsas, Roma; en mosaicos, Florencia.—La industria manufacturera de ITALIA cuenta ya sobre 377 sociedades, las cuales reunen un capital de 1.500 millones de pesetas próximamente. 17. Comercio.—El de este país, si bien no se halla en el estado próspero y floreciente que alcanzara en los siglos XII, XIII, XIV y XV, es todavía bastante considerable. Los principales artículos de exportación consisten: en seda, aceite, granos, sal, cáñamo, frutas secas y en almíbares, naranjas, limones, vinos, vinagres, rosoli, esencias, jabones, quesos, lana, caballos, coral en bruto y labrado, mármol, alumbre, azufre, pucelana, perlas falsas, papel, pergaminos, tejidos de seda, terciopelos, guantes de pieles, brocados de oro y plata, triaca, y un considerable número de objetos para el culto, de bellas artes, mosaicos, cuadros y esculturas. En los de importación, figuran: géneros coloniales, pescados salados, algodón, telas, paños, quincallería de hierro, vinos de Francia y una infinidad de objetos de manufacturas extranjeras, especialmente de modas.—La pesca del atún, de la anguila, de las anchoas y sardinas; los bancos artificiales de ostras del lago de Fúsaro y las carnes saladas, son objeto de un importante tráfico en el interior. 18. Movimiento marîtimo mercantil. —Durante el año de 1889, entraron en los diferentes puertos de ITALIA sobre 116.790 buques nacionales y extranjeros, aforados en 20.906.315
toneladas.—El comercio exterior fué, aproximadamente, de 1.006 millones de pesetas, las exportaciones, y de 1.441 las importaciones; total, 2.447. 19. Marina mercante.—La del país que se describe, cuenta 6.442 barcos de vela, aforados en 612.225 toneladas, y 279 vapores, en 182.249.— La población naval mercante asciende á 193.400 marineros. 20. Establecimientos de crédito.— Comprenden éstos: el Banco de Ira LIA, formado, en 1864, de la reunión de los antiguos bancos Sardo y Toscano, el cual cuenta once establecimientos principales, de que dependen numerosas sucursales; el Banco de las Dos Sicilias, fundado en el siglo XVI, reorganizado en 1863, y que conserva en el Mediodía una grande importancia; la Caja del Comercio y de la Industria, y más de 150 de ahorros. 21. Canales y puertos.—La ITALIA posee un considerable número de trabajos hidráulicos notables, y la parte septentrional, sobre todo, es un modelo por su excelente sistema de riegos. El antiguo reino Lombardo-Véneto se halla cruzado de canales de toda especie: sólo en Venecia se cuentan 243, muchos de ellos navegables. En las demás comarcas de la península, particularmente en Cerdeña, Módena y los Estados romanos, son más los de riego que los navegables; entre estos últimos, se citan los de Pisa, Cento y Tassoni; el que pone á Ferrara en comunicación con el Po di Maestro y el de Módena á Panato. Entre los grandes canales de riego y de desagüe del Norte del país figuran el de Ivrea, Cagliano y Botto, los cuales forman, con sus numerosos brazos, el sistema de riego de las fértiles provincias de Vercelli, Biella y Casala. Los antiguos ducados de Toscana y Módena y las legaciones de Ferrara, Rávena y Bolonia se encuentran igualmente surcados de canales; y como notables, son dignos de mención los de la Venaria, Caluso, Chiana y Ombrona.
Finalmente, el más famoso de todos, por su antigüedad, es el pequeño canal de Castel-Gandolfo, en los antiguos Estados del Papa, que data de cuatro siglos antes de nuestra era.— Los mejores puertos son los de Génova, Nápoles, Venecia, Liorna, Palermo, Civita-Vecchia, Ancona y Messina. 22. Carreteras y ferrocarriles.—Entre las vías de comunicación terrestre, que ponen á la ITALIA en contacto directo con las demás comarcas de Europa, merecen consignarse: los soberbios caminos del monte Cenis y del Simplón; los que fueron abiertos por el Spliegen, Stelvio, la Cortina y la Ponteba, en la ITALIA austriaca; los de San Gotardo, en la ITALIA suiza; y en el interior, el de Génova á Liorna, el de Cagliari á Sassián, el de Turín á Génova, de Génova á Niza, de Liorna á Grossero, el de la Calabria y el que conduce á Brindis. Estas carreteras ó caminos ordinarios ocupan una extensión de 90.221 kilómetros. —Las vias férreas forman un vasto sistema, cuyos centros se hallan en Roma, Florencia, Turín, Nápoles y Verona; de los cuales parten las líneas de Venecia á Verona y Milán; de Verona á Mantua, de Milán á Carmelata, de Turín á Génova, de Alejandría á Arona, de Mortara á Vigevano, de Turin á Susa, de Turin á Pignerolo, de Turin á Coni, de Florencia á Liorna, de Pisa á Luca, de Roma á Frascati y á Monte-Cattini; de Florencia á Pistoja ó Pistoia, y de Nápoles á Novara. Todas estas líneas han ido mejorando y prolongándose singularmente: en 1889 contaba ya ITALIA con 13.063 kilómetros de ferrocarriles. 23. Causas principales de progreso.— El considerable aumento que, en los últimos años, han experimentado las riquezas del suelo de este país, débese principalmente á los progresos de la libertad política, á la supresión de las aduanas interiores, producto de la unidad italiana; á los tratados de comercio, concluidos en las condiciones del libre cambio, con la mayor parte de las potencias europeas; y, finalmente, al notable desarrollo de las instituciones de crédito y vías de comunicación, que dejamos ligeramente apuntadas. 24. Gobierno.—La forma de gobierno de la nueva ITALIA es monárquica constitucional. El rey gobierna por sus ministros, con el concurso de dos Cámaras: hay un Senado vitalicio, ombrado p el monarca y un Congreso de los Diputados, que elige la nación, cada cinco años, por sufragio restringido. El censo electoral no excede de 40 francos.—Constituyen el Gabinete nueve ministros: Interior, Negocios extranjeros, Culto y la Justicia, Guerra, Hacienda, Instrucción pública, Obras públicas, Marina y Agricultura, Industria y Comercio. Los ministros están auxiliados por secretarios y directores generales. Un Consejo de Estado y un Tribunal de Cuentas completan la organización superior administrativa. 25. Dicision política.—Hasta hace poco tiempo, la península italiana estuvo dividida en diversos territorios, regidos por soberanos independiantes, amén de a hallaban bajo el dominio del imperio austriaco. Hoy lleva la denominación exclusiva de reino de ITALIA, puesto que el territorio de las legaciones pontificias fué incorporado á la unidad nacional en el último movimiento. La monarquia italiana se divide en 69 provincias, repartidas en los 8 países siguientes:—I. Lombardía, 15 provincias: Alejandría, Bérgamo, Brescia, Cagliari, Como, Cremona, Coni, Génova, Milán, Puerto-Mauricio, Novara, Pavía, Sassari, Sondrio y Turín.
I. Venecia, 9 provincias: Belluno, Mantua, Padua, Rovigo, Treviso, Udina, Venecia, Verona y Vicenza.— III. Emilia, 9 provincias: Bolonia, Ferrara, Forli, Massa-Carrara, Médena, Parma, Plasencia, Rávena y Reggio de Emilia.—IV. Marcas y Ombría, 5 provincias: Ancona, Ascoli, Macerata, Perusa y Pesaro.—V. Toscana, 7 provincias: Arezzo, Florencia, Grosseto, Liorna, Luca, Pisa y Siena.
— VI. Territorio napolitano, 16 provincias: Chieti (antigua Abruzzo citerior), Teramo (primer Abruzzo ulterior), Aquila (segundo Abruzzo ulterior), Potenza (antigua Basilicata), Benavento, Cosenza, (Calabria citerior), Reggio (primera Calabria ulterior), Catanzaro (segunda Calabria ulterior), Foggia (antiguo Capitanato), Campo-Basso (antigua Molisa), Nápoles, Salerno (antiguo Principado citerior), Avellino (Principado ulterior), Bari, Caserta (antigua Tierra de Labor), y Lecca (Tierra de Otranto).—VII. Ila de Sicilia, 7 povincias: Caltanisetta, Catania, Girgenti, Messina, Siracusa, Palermo y Trápani.—VIII. Lo que se llamó Territorio romano está hoy reducido solamente á la provincia de Roma, ó Latio, que comprende los distritos de Roma, Viterbo, Civita-Vecchia, Velletri y Frosinone.—Estas provincias se hallan subdivididas en distritos; los distritos, en cantones, y los cantones, en municipios. 26. Organización admiaistratira.— Cada una de las mencionadas provincias se encuentra administrada por un prefecto ó gobernador, asistido por un consejo de gobierno, ó de prefectura, formado de cinco individuos, y de un Consejo provincial, compuesto de 20 á 60 miembros, los cuales nombran una diputación provincial de cuatro individuos para que los representen en el intervalo de sus sesiones, que no exceden de quince al año. Los distritos están gobernados por subprefectos. Los términos municipales cuentan un Consejo comunal, formado de 15 á 60 miembros, el cual celebra dos sesiones al año y elige anualmente una Junta municipal, compuesta de un alcalde, que nombra el rey cada tres años, y de 2 á 8 asesores ó adjuntos. 27. Organización judicial.—La justicia está representada: por jueces de paz en los cantones; por tribunales de primera instancia en los distritos; por 24 tribunales de apelación, en Roma, Turin, Génova, Casal, Milan, rrescia, Bolonia, Parma, Ancona, Florencia, Luca, Nápoles, Trani, Catanzaro, Aquila, Palermo, Messina, Catania, Cagliari, Venecia, Macerata, Perusa, Modena y Potenza; y finalmente, por cuatro tribunales de casación, en Turin, Florencia, Nápoles y Palermo. 28. Cultos. — La religion general y dominante en ITALIA es la católica, con tolerancia de todas las demás. Los griegos profesan su rito; los individuos de origen germánico, el luteranismo y el calvinismo; en las grandes ciudades y plazas de comercio existen algunos judíos. El catolicismo cuenta 260 diócesis, repartidas en 213 obispados y 47 arzobispados. 29. Instrucción pública.— La del
país que nos ocupa, ha experimentado de algunos años á esta parte un extraordinario desarrollo. Se distinguen tres clases de enseñanza: la superior, que se da en las universidades; los colegios de instrucción superior, y las escuelas especiales. Las universidades, en número de 20, se hallan establecidas: en Nápoles, Pavía, Turin, Pisa, Mödena, Padua, Bolonia, Catania, Palermo, Parma, Génova, Siena, Cagliari, Messina y Sassari; Ferrara, Perusa, Urbino, Macerata y Camerino. Las quince primeras están sostenidas por el Estado; las cinco restantes, por las provincias ó municipios. La escuela superior de Roma (antigua universidad transformada en 1870), y el Instituto superior de Florencia, creado en 1859, reunen todos los ramos de la enseñanza. En esta ciudad existen, además: una escuela práctica de medicina y cirugía y un museo de ciencias fisicas y naturales; en Milán, una escuela de ingenieros, y en Pisa, otra normal preparatoria para los profesores destinados á la enseñanza secundaria. Esta se da en 87 liceos, 250 gimnasios (colegios comunales)y 147 institutos técnicos (escuelas profesionales). La instrucción primaria comprende: 30.321 colegios elementales; 21 preparatorios para institutores; 18 para institutrices, y 3.576 escuelas de noche y de domingo. El presupuesto de la enseñanza pública, que en 1858 importaba 5.487.000 liras, por todos los Estados de ITALIA, se elevó, en 1873, á 19.377.000. 30. Fuerzas militares.—Constituyen éstas el ejército activo, con las reservas y la guardia nacional movilizada y la marina. 31. Ejército.—En 1890, el ejército italiano contaba 2.852.323 hombres, de los cuales servían en activo 262.247 con 14.211 oficiales.—El contingente anual es de 100.000 hombres; la duración del servicio de doce años: tres, en el ejército activo, y los nueve restantes en la reserva. 32. Marina.— En el referido año de 1890, componían la armada italiana 252 buques, clasificados en esta forma: 12 buques de combate de primera clase acorazados, 3 de segunda acorazados también, 10 de segunda no acorazados, 19 de tercera clase, 5 transportes de primera, 7 de segunda, 5 de tercera, ó buques escuela, 5 para la defensa de costas, 50 torpederos de alta mar, 59 para el servicio de costas y otros varios, con un total de 242.368 toneladas, 628 cañones y 18.250 hombres de tripulación. 33. Organizacion militar.—El reino está dividido en cinco comandancias de cuerpos de ejército: Roma, Milán, Verona, Nápoles y Palermo; y éstas en 16 subdivisiones militares territoriales: Verona, Padua, Milán, Roma, Turin, Alejandría, Génova, Bolonia, Florencia, Perusa, Nápoles, Chieti, Bari, Salerno, Palermo y Messina. 34. Escuelas y establecimientos militares.— Las principales escuelas que cuenta el ejército de ITALIA, son: la Academia de Turin, para las armas especiales; una escuela de aplicación á Estado Mayor; las dos escuelas de infantería, de Ivrea y de Módena; la escuela de caballería de Pignerolo; la escuela normal de los bersaglieri, en Liorna, y los colegios militares de Milán, Asti, Florencia, Parma, Nápoles y Palermo, en donde se forman los alumnos para la Academia de Turin. Entre los establecimientos figuran: los talleres generales para la preparación del material, en Turín, Florencia y Nápoles; las fundiciones de cañones en Nápoles, Parma y Turin; las fábricas de armas, en Turin, Brescia y Torre-Annunciata, cerca de Nápoles; fábricas de pólvora, en Fossano (Piamonte) y en Scafati (provincia de Avelino); un laboratorio pirotécnico, en Turin, y una fábrica de pontones, en Pavía. 35. Organización marítima militar.— Las costas de la peninsula é islas itálicas se hallan divididas, como las nuestras, en tres departamentos: el del Norte, en la Spezzia, que comprende las costas del mar Tirreno hasta el Tévere con la isla de Cerdeña; el del Sur, en Nápoles, que abraza la Sicilia y las costas occidentales y meridionales de las provincias napolitanas hasta el canal de Otranto; y el del Adriático, para todas las costas de este mar, en Venecia. Al frente de cada uno de estos departamentos, se encuentra un prefecto de marina. 36. Escuelas y establecimientos marttimos.—La armada italiana posee dos escuelas de marina: una, en Génova, y otra, en Nápoles. Al frente de los establecimientos marítimos aparecen: los arsenales, situados en Génova, Spezzia, Porto-Ferrajo, Nápoles, Palermo y Ancona, y los talleres de construcción, en Génova, Varignano (en el golfo de Spezzia), Liorna y Castella-mare. 37. Presupvestos y deuda.—El presupuesto total de ingresos, de 1891, ascendió á 1.830.248.142 liras ó pesetas; el de gastos, á 1.872.133.271. La deuda estaba representada, en 9.° de Junio de 1890, por 578.984.932 pesetas de intereses. 38. Poblaciones principales.—Entre las numerosas ciudades que cuenta este reino, merecen mención particular, Roma, capital de la monarquía, cuya descripción haremos en su lugar respectivo. Florencia (véase en la letra correspondiente). — Nápoles, capital que fué del antiguo reino de las Dos Sicilias, considerada como una de las ciudades más agradables del mundo, asentada sobre el golfo de su nombre, con 491.314 habitantes, clima apacible, suelo feracísimo, buenos palacios, suntuosas iglesias, hermosas fuentes, dilatados paseos, magníficos teatros, excelente universidad, precioso museo, numerosos establecimientos científicos y literarios y una rica biblioteca en manuscritos antiguos; puerto cómodo y seguro; industria extensa y variada; comercio activo y pintorescos alrededores, sembrados de recuerdos venerables de sus pasados tiempos.—Palermo, capital de toda Sicilia, situada sobre la costa septentrional de esta isla, en el fondo del golfo de su nombre: es ciudad grande y fuerte, con 206.000 habitantes, buenos edificios, calles anchas y rectas, plazas anchurosas y adornadas de estatuas, que recuerdan la dominación española; universidad, jardín botánico, monumentos artísticos, establecimientos literarios y de beneficencia; dos puertos, abundante campiña, varias fabricas, mucho comercio y alrededores igualmente fértiles y deliciosos.—Miláz, ciudad importante, llamada la Grande, con 12 kilómetros de circuito y una de las más bellas de toda ITALIA, capital de la Lombardía y de la provincia de su nombre: se encuentra situada en un risueño valle, regado por el Olona, sobre la orilla izquierda de este río; es residencia de las primeras autoridades del país, de un tribunal de casación y de un arzobispado, ilustrado por san Ambrosio y san Carlos Borromeo, y cuenta 321.839 habitantes, grandiosos edificios, riquísimas bibliotecas, liceos, gimnasios, colegios de internos, escuela militar, politécnica, elemental, de veterinaria, de química, de bellas artes, de música, de sordomudos y otros varios establecimientos de instrucción; archivos, museos de pinturas y de medallas, gabinete de historia natural, jardín botánico, observatorio astronómico, vasta industria, extenso comercio y notables monumentos, entre los que sobresalen la catedral (il Duomo), inmenso bosque de capiteles, verdadera maravilla del arte; la basílica de san Ambrosio, el palacio del Senado, el palacio real de Ciencias y Artes y el famoso teatro de la Escala.—Turín, capital del antiguo reino de Cerdeña y del nuevo de ITALIA hasta el año 1864; se halla colocada en medio de una llanura, perfectamente regada por el Po y el Doria, con 252.800 almas, espaciosas calles, grandiosos edificios, universidad, academia, liceo, teatros, buen arsenal, floreciente industria y notable ciudadela, de la que se conservan importantes fortificaciones que hacen de la ciudad una excelente plaza de armas.—Génova, ciudad bellisima, capital que fué de la antigua y poderosa república de Génova; se encuentra situada, en forma de anfiteatro, sobre el golfo de su nombre, con 179.500 habitantes, soberbios paseos, calles magníficamente adornadas de edificios de mármol pulido, establecimientos literarios y de beneficencia, universidad, fábricas de tejidos de seda, algodón, paños, cintas, papel, pastas, esencias, jabón y flores artificiales; vasto arsenal con grandes astilleros de construcción para la marina de guerra, fundiciones de cañones y puerto militar de los más mercantiles del reino.— Venecia, ciudad célebre, rica y de las más hermosas de Europa; enclavada en el Adriático y edificada so
bre estacas, en el centro de un inmenso lago que lleva su nombre: forma sobre 70 islotes, divididos por 149 canales, enlazados por 450 puentes, y surcados por 9.000 góndolas negras, que dan á esta población singular un aspecto sorprendente y maravilloso: sus calles son generalmente estrechas, las plazas anchurosas; cuenta sobre 132.800 almas, una biblioteca con más de 600.000 volúmenes é infinidad de manuscritos preciosos; rico museo; varios establecimientos literarios y soberbios edificios y monumentos de arte, como el palacio ducal, la iglesia de San Marcos, el arsenal y el campanario (il campanile), que vienen á ser otros tantos testimonios de su pasada grandeza.—Liorna, ciudad lindísima, situada á orillas del Mediterráneo, y una de las plazas mercantiles más concurridas de ITALIA, con 97.000 almas, buen lazareto, escala principal de vapores y puerto franco de considerable comercio, defendido por excelentes fortificaciones, perfectamente combinadas.— Bolonia, ciudad arzobispal, grande, industriosa, mercantil y la más importante, después de Roma: se halla enclavada en el canal de su nombre, entre el Reno y el Savena, en una deliciosa campiña, con 75.000 habitantes, notables iglesias, palacios, casa de moneda, instituto, museo, biblioteca, teatros, una torre oblicua y una universidad ilustre, que fué muy concurrida en la Edad media y está considerada como la más antigua de Europa.—Messina, ciudad episcopal, grande y hermosa, fundada por los antiguos mesenios y capital de la provincia de su nombre, admirablemente situada, en forma de anfiteatro, sobre la margen oriental del puerto; está bien construida, cercada de murallas y perfectamente defendida por una ciudadela de construcción moderna y por los fuertes de San Salvador y de la Linterna: encierra 130.000 habitantes, notables edificios, buenas calles, un lindo paseo, llamado del Corso, una ancha plaza, en la que se admiran una fuente y la estatua ecuestre de Carlos II; preciosa catedral; un famoso faro, colocado sobre una elevadísima torre, para que sirva de guía á los navegantes, y el primer puerto militar y mercantil de la ITALIA meridional, escala de los vapores de la línea de Nápoles á Palermo.—Catania, ciudad igualmente grande y hermosa, con 60.000 almas, sede arzobispal, universidad, establecimientos científicos, jardín botánico, buenos edificios, extensa industria, puerto de mucho comercio en granos, y en cuyas inmediaciones se levanta el Etna ó Mongibello, cuyos torrentes de lava han cubierto frecuentemente sus famosos monumentos.— Verona, ciudad magnífica, bien edificada, con 70.000 habitantes, sociedad de ciencias, academias de agricultura, escultura, pintura, comercio y artes; museo, arsenal, numerosos monumentos antiguos y modernos, y plaza fuerte sobre el Adige, que, con Legnano, situada sobre el mismo río, y Mantua y Peschiera, sobre el Mincio, forma lo que se llama el cuadrilátero, posición estratégica de las más ventajosas de Europa.— Ancona, ciudad episcopal, construida en forma de anfiteatro en la pendiente de una colina que se extiende sobre el Adriático, con 29.000 almas, plaza fuerte, puerto franco, con un soberbio muelle de más de 650 metros de largo, dos arcos de triunfo, mucho comercio en granos, seda, lana y cera, y estación de los vapores de Trieste y de Levante.—Padua, ciudad fuerte, colocada sobre el Bacchiglione, á 35 kilómetros Oeste de Venecia, y notable por su universidad, fundada en 1228 é ilustrada por sus profesores Galileo y Guglielmini, y por discipulos como el Dante, Petrarca y Tasso: encierra sobre 74.000 habitantes, buenos edificios y maravillas de arte, como el palacio de Justicia, la catedral, las iglesias de San Antonio y San Justino y el monumento de Petrarca; academias de ciencias, literatura y artes, nutridas bibliotecas, jardín botánico, museo, observatorio, y es patria además de san Antonio y de Tito Livio.—Alejandría, ciudad lindísima, edificada sobre el Tanaro, en la confluencia de este río con el Bórmida, de 56.000 almas: sus admirables fortificaciones, construidas durante la dominación de los franceses, hacen de Alejandría una de las plazas más fuertes de ITALIA, famosa por los sitios que ha sufrido y en cuyas inmediaciones, poco fértiles, se extiende hacia el Sudeste una espaciosa llanura en la que se levanta la pequeña villa de Marengo, célebre por la batalla que, en 1800, ganó Bonaparte á los austriacos.—Parma, capital que fué del antiguo ducado de su nombre, ciudad deleitosa, rodeada de muros y defendida por una ciudadela, y residencia de los tribunales civil y criminal y de un obispado: contiene 47.000 almas, hermosos paseos, calles anchas y rectas, escuela militar, colegios eclesiásticos de Marta Luisa y de benedictinos, de bellas artes, de canto, de sordomudos, colección de estampas, galería de cuadros, museo de antigüedades, jardín botánico, teatros, fábricas de paños y de lienzos, y una universidad fundada en 1423, suprimida en 1532 y restablecida en 1854, que comprende las facultades de teología, de derecho, medicina, fisica, matemáticas, filosofia y letras.—Plasencia, ciudad fuerte, colocada sobre la ribera derecha del Po, á 53 kilómetros Noroeste de Parma, con 35.000 almas, escuelas de jurisprudencia, de pintura y de escultura, ciudadela y un hermoso puente sobre el Trebia.— Módena, población bellísima, capital que fué del ducado de igual nombre, situada entre el Sechio y el Panaro, y residencia actual de un tribunal de apelacion, de un obispado y de una sinagoga, con 60.000 habitantes, excelentes edificios, establecimientos de instrucción, sociedad italiana de ciencias, escuelas de veterinaria, militar y de ingenieros, magnífico palacio ducal, espaciosos cuarteles y una catedral construida de mármol, con torre elevadísima, llamada Ghirlandisa.—Cagliari, capital de la extensa isla de Cerdeña, silla arzobispal y puerto de mar, en el golfo del mismo nombre, con buen castillo, universidad, vasto comercio y 38.600 habitantes.— Trápani, antigua Drepanum, ciudad fortificada y capital de la provincia de su nombre, fundada sobre el Mediterráneo, en la extremidad oriental de la isla de Sicilia, á 81 kilómetros de Palermo, con 38.231 almas, obispado, colegio real, fabricación de objetos de coral, puerto de mucho tráfico en granos, numerosa marina mercante y varias ruinas antiguas, entre las que se distingue un templo de Venus. — Foggia, capital del antiguo Capitanato, hoy de la provincia de su nombre, con 40.283 habitantes, hospicio, escuela de economía rural, seminario, biblioteca y extraordinario comercio en granos y almendras.— Ferrara, ciudad grande, capital de su provincia y plaza fuerte sobre un brazo del Po. con 75.553 almas, silla arzobispal, suntuosas iglesias, magníficos edificios, buena universidad, archivo famoso, mucha industria, floreciente comercio y un hermoso canal de navegación hasta el Adriático, que la pone en comunicación con el Pò di Maestro.—Pisa, ciudad arzobispal y capital de la provincia del mismo nombre, con 38.000 almas, observatorio astronómico, célebre universidad, notables baños, llamados de San Julián, magníficos puentes sobre el Arno y una preciosa torre oblicua.—Luca, ciudad fortificada, capital del antiguo ducado de su nombre, y actualmente, de una de las provincias de ITALIA; edificada sobre el Sechio, en el centro de una campiña cultivada como un jardin, con 68.000 habitantes, arzobispado, tribunales, establecimientos de ciencias, artes, letras y bibliotecas con buenos manuscritos.—Siena, ciudad arzobispal, grande y hermosa, capital de provincia, situada á 60 kilómetres de Florencia, sobre tres colinas, en sitio delicioso, con 25.000 almas y numerosos edificios que recuerdan su antigua opulencia.—Tarento, ciudad de la, provincia da Lecce,con 27.000 habitantes, buen puerto en el golfo de su nombre, rada importante, vastas salinas, manufacturas de algodón, telas, muselinas, regular comercio y abundante cosecha de exquisitos vinos en las cercanías.—Savona, ciudad de la provincia de Génova, con 30.300 habitantes, puerto sobre el golfo de este nombre, sede episcopal, plaza fuerte, fábricas de fundición, de cristales, loza, jabón, áncoras, papel, lienzo y blondas, y gran comercio de géneros coloniales.—Girgenti, capital de su provincia, situada en una colina, con 22.000 almas, restos de monumentos antiguos, puerto muy concurrido, algunas fortificaciones, gran cosecha de cercales y ricas minas de
azufre en sus contornos.—Siracusa, antigua metrópoli de la Sicilia, capital hoy de la provincia de su nombre, con 27.000 almas, puerto sobre la extremidad oriental de la isla, en el Mediterráneo, sede arzobispal, colegio real, seminario y muchos recuerdos históricos.— Mantua, patria de Virgilio, capital de la provincia de igual nombre, situada sobre un lago que forma el río Mincio, con 30.000 habitantes, grandiosos edificios y una de las plazas más formidables de Europa.—Reggio, antigua RHEGIUM Julii, capital de la provincia de su nombre en el estrecho de Messina, con 19.000 almas, considerada como la población más rica del reino por el comercio y la industria de sus moradores.— Rúvena, capital también de su provincia, asentada entre el Montono y el Ronco, circuída de terrenos pantanosos que emponzoñan la atmósfera, con 60.334 almas, edificios antiguos, calles estrechas, que dan á la población cierto aspecto sombrío, tribunal de comercio, galería de cuadros, museos, templos, en uno de los cuales se conservan las cenizas del Dante, y varias antigüedades que recuerdan que fué el principal apostadero de la marina de los Césares y capital de los exarcas.—Niza, actualmente incorporada á Francia, era la capital de los Alpes marítimos, situada á 18 kilómetros de la desembocadura del Var, con 88.300 habitantes, bellos edificios, biblioteca, liceo, escuela de hidrografía, puerto franco, abundante pesca, deliciosos alrededores y un clima cuya benignidad atrae todos los inviernos á considerable número de forasteros. 39. Etnografía.—Los habitantes de algunas comarcas de ITALIA, particularmente del antiguo reino de Cerdeña, son fuertes, laboriosos, activos y emprendedores; los de otras, como los antiguos Estados pontificios y reino de Nápoles, débiles de carácter, flojos, fanáticos, y más inclinados á la vida artística que á los azares y estruendo de la guerra. Los italianos se distinguen, generalmente hablando, por su natural aptitud para las bellas artes; ITALIA ha marchado siempre á la vanguardia de la civilización, y de este país clásico han salido en todas épocas los genios más privilegiados en la música, la pintura, la escultura, la arquitectura y el grabado. 40. Arquitectvra.—El arte arquitectónico italiano puede decirse que data del siglo Iy de nuestra era, pues representa el momento histórico en que se derrumba el poderoso imperio romano y en que el cristianismo, extendiendo el dominio de su dogma, ofrece á los artistas nuevos manantiales de inspiración. Los monumentos de la antigüedad permanecen todavía en pie, como otros tantos ejemplos vivientes, y las tradiciones del arte pagano se perpetúan de continuo en las escuelas; pero el gusto, pervertido por un largo comercio con el Oriente, se manifiesta extraño á las reglas severísimas de la sencillez y de la belleza; se trabaja activamente, pero sin estudios reposados y profundos y sin otras miras que la ganancia. De aquí resulta que las exigencias de la vida fastuosa, como los caprichos de la imaginación desordenada, producen naturalmente una exuberancia de detalles y de adornos tras los cuales desaparecen por completo las grandes formas. Los monumentos antiguos van á perecer también al par que los verdaderos principios del arte. En tiempos de Teodosio no quedaban ya en Roma más que el bautisterio de San Juan de Letrán y el mausoleo de Santa Constancia, que se remontan á la época de Constantino; se juzgó necesario reedificar la mayor parte de los monumentos degradados ó destruídos; pero los primeros emperadores cristianos, lo mismo que los bárbaros, procedentes de la Germania, en el siglo v, continuaron la obra de destrucción: Constantino, Teodosio y Honorio mandaron cerrar ó demoler los edificios consagrados al paganismo. Salida de las catacumbas, adonde la persecución la había llevado en busca de un asilo, la nueva religión no podía producir de un solo golpe un arte nuevo. Empezó, pues, por apropiar á sus necesidades algunas de las construcciones aun existentes: las basílicas romanas quedaron convertidas en templos cristianos, pudiendo decirse que, hasta el sigloix, tal fué el único plan que se adoptó para la construcción de todas las iglesias del Occidente. Constantino mandó erigir en Roma, con las columnas y los restos de los monumentos paganos, las basílicas del Salvador, ó de San Juan de Letrán, de San Pedro, de San Pablo, de Santa Cruz, de San Andrés, de San Lorenzo, de Santa Inés y de los Santos Marcelino y Pedro; estas iglesias primitivas, obras precoces de un arte imperfecto, casi rudimentario, debieron ser reconstruidas por Teodosio ó por los papas de los siglos v y vi. Más tarde se edificaron, entre otras, Santa María la Mayor, Santa Agata, Santa Bibiana, San Pancracio, San Sabino, Santa Práxedes, San Silvestre, Santa María Araceli y San Clemente, imitaciones todas de la basílica. Bajo Valentiniano III, la ciudad de Rávena, en la cual residieron la mayor parte de los emperadores de Occidente, vió levantarse la basílica Mayor, Santa Agata, San Francisco, San Juan y la capilla sepulcral de los santos Nazario y Celso. Las únicas modificaciones importantes que se introdujeron en el estilo de la arquitectura, fueron: 1.°, la sustitución de la bóveda en el arquitrabe, que prevalecía precedentemente sobre las columnas; 2.°, la prolongación de la parte transversal de la basílica, necesaria para formar la cruz; 3.°, la construcción, en las afueras é inmediato á la basílica, de un bautisterio, en donde se confería el bautismo. Estas mismas reglas arquitectónicas fueron observadas durante la dominación de los ostrogodos. El gran Teodorico, educado en Bizancio, donde había cobrado afición á las artes, hizo edificar en Rávena la basílica de San Apolinar, la de Hércules, la de San Teodoro, el bautisterio de Santa María-in-Cosmedino, un palacio y un mausoleo, cuya cúpula estaba formada de una sola piedra de Istria, y que parece ser hoy la iglesia de Santa María-della-Rotonda. Símaco nos ha conservado el nombre del arquitecto Daniel, director de las obras de estos monumentos. Otro arquitecto, Aloisius, fué el encargado de restaurar los edificios de Roma. En Pavía, en Monza y en Nápoles se levantaron varias iglesias, palacios y baños; y cuando Cassiodoro, uno de los ministros de Teodorico, se retiró del mundo, fundó el célebre monasterio del Monte Cassino. Amalasunta, hija de Teodorico, continuó ornando á Rávena; y á su reinado pertenecen la iglesia de San Vital y el bautisterio de San Juan, construidos en estilo bizantino. Aunque en la historia de las artes se haya empleado la denominación de estilo lombardo, los lombar dos, que ocuparon la ITALIA septentrional desde 568 hasta 774, no llegaron á tener en arquitectura un estilo que les fuera propio. Salidos de los bosques de la Germania é ignorando los primeros elementos de la construcción, no pudieron menos que adoptar el arte de los vencidos, esto es, el arte romano degenerado. Los monumentos, bastante raros, de este período, se reconocen en sus formas bajas y redondas; en las columnas cortas, que descansan sobre un simple pedrusco; en los capiteles cónicos, adornados de follajes y de animales; en las bóvedas de albañilería, que reemplazan los techos de maderaje; en una grosera ornamentación de columnatas y de arcos, unidos al muro; en los cabos ó cordones que marcan exteriormente los pisos, y en las ventanas estrechas, como las saeteras ó torrecillas. En las leyes de los lombardos se ve que Como fué la ciudad que suministró entonces los mejores arquitectos y picapedreros. Hasta el siglo xI, los italianos, ya por efecto de su hábito, ya por antipatía contra los griegos, ya por rigidez de los papas en no dejar que se alterara sensiblemente el tipo primitivo de la basílica, tuvieron que atenerse al estilo latino. Pero las relaciones comerciales de Amalfi, de Pisa, de Génova, de Ancona y de Venecia con el imperio de Oriente, trajeron una alianza del elemento latino con el bizantino, de donde resultó un nuevo estilo, denominado romano, romano-bizantino y, algunas veces, lombardo de la seguada época. Por el contacto de Europa con el Asia durante las cruzadas, recibió el nuevo estilo, sobre todo en Venecia y en Sicilia, el sello fantástico y maravilloso de los orientales, singularmente en la ornamentación. Otros cambios experimentó también la arquitectura: se prolongó más aún la parte transversal que
formaba la cruz latina y se adornaron de capillas sus extremidades; se agrandó la bóveda; se elevó más ó menos el coro; se ensanchó la cripta, en donde se depositaban las reliquias, que vino á formar como una pequeña iglesia subterránea; las naves colaterales de la basilica, extendiéndose hasta más allá de los brazos de la cruz, tomaron la forma abovedada; una cúpula se levantó en el punto de intersección de la nave principal y de los brazos de las cruces; los techos de vigas horizontales fueron sustituídos por los techos abovedados en madera, y los pilares, por columnas; las formas de sus capiteles variaron hasta el infinito y los zócalos se elevaron sensiblemente; las ventanas se aumentaron, se hicieron más anchas y frecuentemente duplicadas; las puartas se decoraron de esculturas; sobre los edificios de mediana importancia se levantaron torres de campanario, mientras que las catedrales conservaban, como excepción, sus cúpulas aisladas; los arcos de bóveda simulados sólo sirvieron para marcar los pisos sobre los muros exteriores; la fachada principal se adornó de un gran rosetón calado ó de una anchisima ventana circular; los edificios tomaron de dia en día mayor elevación, apoyando sus muros en estribos exteriores. Las piedras de diferentes colores, empleadas en la construcción, caprichosamente combinadas con el ladrillo, ofrecían á la vista una variedad agradable. En el número de los monumentos de este período, que se extiende hasta el siglo XIII, están comprendidos los de San Ambrosio de Milán; San Zenón, San Fermo y San Antonio de Verona; San Esteban de Bolonia; San Ciriaco y Santa María de Ancona, y Santa María de Monza; las catedrales de Parma, de Plasencia, de Módena, de Como, de Mantua, de Cremona, de Ferrara y de Pisa; las ermitas de Padua; San Miguel de Pavía; San Miguel de Florencia y Santa María de Bérgamo; las iglesias de Santa María la Mayor, San Francisco, San Juan y San Pablo, en Roma. Las torres anejas á los monasterios datan también de esta época: las más notables son las de San Juan de Letrán y de San Pablo, en Roma; y la de San Zenon, en Verona. La arquitectura civil siguió el mismo movimiento de la arquitectura religiosa. En todas las ciudades selevantaron palacios públicos, en los cuales se observan principios comunes de construcción; es un cuadrado que rodea un patio interior, cuyo pórtico forma el piso bajo, sobre el cual se encuentran los departamentos destinados para las juntas ó sesiones, alumbrados por grandes ventanas, mientras que algunas estatuas adornan ordinariamente el frontispicio. Como las rivalidades de las poblaciones entre sí, ó de los partidos de una misma ciudad, engendraran luchas frecuentes y sangrientas, los edificios municipales, y aun las viviendas de los ricos propietarios, se fortificaron y almenaron de una manera conveniente para resistir un verdadero sitio. Tales son los antiguos castillos de Florencia, de Verona, de Vicenza, el palacio ducal de Ferrara y el castillo Delle Torri, en Turin. A pesar de la multitud de monumentos elevados en ITALIA durante el período romano, son contados los nombres de los arquitectos que han llegado hasta nosotros. En Pisa hizo Buschetto la cúpula; Deotisalvi, el bautisterio; Bonanno, la torre ó campanario perpendicular; Nicolás y Andrea construyeron San Michel-in Borgo, el campo santo y el cimborio de San Nicolás. Al primero se le deben también el palacio de los Anziani, en Pisa; la Trinidad, en Florencia, y San Antonio de Padua. Giudetto levantó la fachada de San Martin, en Luca; Marchione d' Arezzo, las catedrales de Pistoia y de Volterra; la parroquia de Arezzo y la torre de los Conti, en Roma; Egidio de Milán, el palacio de Eccelín; Leonardo Boccalecca, el salón ó palacio comunal de Padua; Lorenzo Mactani, la media naranja de Orvieto; Agustín y Agnalo de Siena, el palacio de la ciudad de este nombre; el fraile Ristoro di Cambio, la iglesia de Santa María Nueva, en Florencia; Arzolfo di Lapo, la catedral, y el religioso Juan, el puente de la Carraja en la misma población. En Roma se distinguió la familia de los Cosmatos, llamada así de su jefe Cosma; eran todos habilísimos en el arte de las incrustaciones en mosaico, y, como arquitectos, dejaron las tribunas de San Lorenzo, de Santa María Araceli y de San Cesáreo, el claustro de Subiaco y el pórtico de la catedral de Civita-Castellana. Dos de sus discipulos, Pedro y Juan, construyeron los monasterios de San Juan de Letrán y de San Pablo, en Roma. A fines del siglo xin se ve aparecer por primera vez el estilo ojival, que los italianos llamaron gótico ó alemán, y aun bárbaro, porque fué importado por los alemanes procedentes de aquella raza. Pero este nuevo estilo se empleó como ornamentación, más bien que como sistema arquitectónico. Mientras que las fachadas y puertas principales afectaban la forma ojival y se adornaban algunas veces de cimbalillos, conservábanse en el interior de las iglesias el arco, las bóvedas de arista, las columnas redondas, los capiteles y las cornisas, debiendo notarse que la cúpula no se sustituyó en ningún caso por el campanario y la aguja. Dos edificios únicamente fueron concebidos y ejecutados en el estilo puramente ojival: la iglesia superior de San Francisco, en Assisse, y la catedral de Milán, cuyas dos obras se atribuyen á los arquitectos alemanes Jacobo y Enrique de Galmodia. Los edificios en que se empleó el estilo oji val simplemente mezclado con el estilo romano, son: el campo santo, Santa-María-della-Spina de Pisa, San Anastasio y la catedral de Verona, San Antonio de Padua, las iglesias catedrales de Florencia, d’Arezzo, de Siena, de Orvieto y San Juan de Nápoles.
Giotto, más conocido como pintor, levantó la media naranja de Florencia; Andrés Orcagna fué el arquitecto de la Loggia dei Lanzi de la misma ciudad. Con el siglo xIi empezó una edad nueva para el arte italiano, el cual supo romper las trabas que impedían todo movimiento á la escuela romanobizantina. Los modelos antiguos, que lograron salvarse de la destrucción de los hombres y del tiempo, fueron estudiados con verdadero ardor. En este período, que ha recibido el nombre de Renacimiento, no pudieron adoptarse las divisiones y las disposiciones arquitectónicas de los edificios grecoromanos, puesto que el plan de los monumentos modernos era el resultado de necesidades desconocidas en las sociedades paganas; pero se volvió á la antigüedad en cuanto á las proporciones, delineaciones y ornato. El estilo del Renacimiento fué, más que un sistema nuevo de arquitectura, una nueva forma de ornamentación, iniciada por Brunelleschi, natural de Florencia, y autor de la cúpula de la catedral, de las iglesias del Santo Espíritu y de San Lorenzo, y del palacio Pitti, en aquella ciudad. La alianza del arte antiguo y del estilo romano, y algunas veces también de la ojiva, que se observa en las obras de aquel grande arquitecto, se distingue igualmente en los trabajos de sus discípulos é imitadores, tales como el palacio Ricardi, el de Tornabuoni y el de Cafareggi, en Florencia; y ei castillo de la Faggiuola, por Michelozzi; el palacio Strozzi, en la misma ciudad, por Benito Majano y Cronaca; los palacios levantados en Siena y en Urbino por Francisco de Giorgio y por Rosellini; las iglesias de San Agustín y de Santa María del Pueblo, en Roma, por Pintelli; los pórticos interiores del palacio llamado de Venecia, en la ciudad de este nombre, por Julián Majano, y el grande hospital de Milán, por Antonio Filarete. La llegada de los griegos fugitivos de Constantinopla, en 1453, dió nuevo impulso al gusto por lo antiguo, y no pasó mucho tiempo sin que desaparecieran por completo las últimas huellas de los estilos de la Edad media. Hacia esta misma época se encontraron los libros de Vitrubio, los cuales, estudiados y comentados, vinieron á ser el único código de la arquitectura. Alberti escribió su grande obra De re edificatorià según los preceptos del autor latino, que él puso en práctica en el palacio Ruecellai y en el coro de la Anunciada, en Florencia, y en las iglesias de San Andrés, en Mantua, y de San Francisco, en Rímini. De la Toscana, el estilo del Renacimiento se extendió á todas partes. En Venecia, donde los monumentos de estilo bizantino se hallaban cubiertos de adornos de un gusto puramente oriental, el arte antiguo no pudo conservar más que la sencillez y la pureza de sus líneas, y las obras concebidas según sus principios, ofrecieron
igualmente una gran riqueza decorativa. La imitación de lo antiguo empezó á manifestarse de una manera ostensible en las construcciones dirigidas por una célebre familia de arquitectos, los Lombardi: Pedro Lombardi levantó los templos de Santa María de los Milagros y de Santa María Madre de Dios; los palacios Contarini, Vendramino y Comer, y los monumentos de Zem y Mocenigo; Martin Lombardi hizo la escuela ó cofradía de San Marcos y la fachada de San Zacarías; Moro Lombardi, la iglesia de San Miguel de Murano. A esta misma escuela pertenecieron: Bergamasco, arquitecto de la capilla Emiliana y del palacio de los Camarlengos; Riccio, autor de la escalera de los Gigantes y de la fachada interior del palacio de los Dux, y Scarpagnino, á quien se debe la fachada de la escuela de San Roque.—Contra este lujo de ornamentación de la arquitectura veneciana, partió de la Lombardía una protesta vivísima, que tuvo por principal órgano á Lazzari Bramante. En el claustro de San Ambrosio, en el Lazareto, en el palacio Castiglioni, en la iglesia de Santa María de los Angeles y otras, se observa todavía una mezcla del estilo romano y del estilo del Renacimiento; pero los monumentos que aquel arquitecto hizo en Roma, el palacio de la Chancillería, el de Giraud, el patio del Vaticano en su forma primitiva y la iglesia de San Pedro, tal cual él la concibió, son la expresión más acabada del estilo clásico italiano en toda su sobriedad y belleza. Entre los discípulos ó émulos de Bramante, se cuentan: Peruzzi, que edificó en Roma la Farnesina y los palacios Chigi y Mássimo; Rafael, de quien se tiene en la misma ciudad los palacios Berti y Vidoni, y en Florencia los de Gandolfini y Uguccioni; Sangallo, director del palacio Farnesio, en Roma; Ligorio, arquitecto de la ciudad Pía, en la misma población, y Serlio, que fué á Francia á trabajar en los palacios del Louvre y de Fontainebleau.—Sin embargo, un nuevo elemento, el pintoresco, iba á introducirse en la arquitectura y á alterar su pureza. Hasta aqui, los edificios, creados con un objeto de utilidad ó para un destino importante, habían ostentado el sello de la grandeza y de la sencillez: ahora, con el propósito de satisfacer el gusto de los principes y de los señores por el lujo, los arquitectos van á dedicarse á buscar formas, combinaciones y efectos que agraden á la vista. Miguel Algel, con toda la autoridad de su genio, consagró esta introducción del elemento pintoresco, de que ya habían dado ejemplo los artistas venecianos: San Pedro de Roma y su inmensa cúpula, la decoración exterior del Capitolio, el claustro de Santa María de los Angeles y la biblioteca Lauretana, en Florencia, son sus principales obras. Después de él, algunos talentos superiores, Julio Romano, en Mantua; Fontana, en Roma; Sansovino, Scamozzi y Da Ponte, en Venecia, sostuvieron el sistema pintoresco, el cual, no obstante, privado del soplo poderoso de Miguel Angel, que lo había animado, dejaba entrever una próxima decadencia. En vano Vignole, Alersi, Ammanati, San-Micheli y Palladio, ateniéndose á los preceptos antiguos y á la escuela de Bramante, protestaron contra la invasión del pintoresco. El siglo XVII no tuvo otro ideal que buscar la pompa y la riqueza, desplegándose un lujo de adornos verdaderamente deslumbrador; de aquí lo que los críticos italianos llamaban el estilo de los maquinistas.—Después de esto, se quiso encarecer y aumentar el valor de lo que existía, y cayendo el arte en la extravagancia, se llegó al estilo estrambótico. Las estrías de las columnas fueron adornadas; los capiteles, los arquitrabes, las cornisas y los frisos se recargaron de volutas, de follajes, de adornos, de festones y molduras, bajo los cuales desapareció la linea recta. Carlo Maderno, que terminó las obras de San Pedro de Roma, fué uno de los iniciadores de esta arquitectura corrompida. Lorenzo Bemini, que levantó la columnata, el baldaquino ó palio, y la cátedra de San Pedro, en Roma; la grande escalera del Vaticano y el palacio Barberini, llevó más allá todavía el lujo y la grandiosidad en el ornato. Ponzio y Ramaldi, en Roma; Buontalenti, Parigi, Nigetti y Silvani, en Florencia; Mida y Mangoni, en Milan, y Victoria y Champagna, en Venecia, siguieron el mismo camino.—Lo que produjo el siglo XVIII, no merece en realidad el nombre de arte: los arquitectos italianos apenas hicieron otra cosa que imitar servilmente á los extranjeros. Ivara y Vanvitelli, autor del castillo de Caserta, quiso traer la arquitectura á sus verdaderos principios; pero sus nobles esfuerzos fueron completamente estériles. En cambio, Piranesi y Milizia alcanzaron más tarde lo que Vanvitelli no pudo conseguir, y entonces se formó una escuela digna de este nombre: la del marqués Cagnola, Simonetti, Campesi y Stem, á quienes Milán, Roma y Nápoles son deudores de sus recientes edificios.— Para más datos, puede verse: Sarnelli, Antica basilicografia, Nápoles, 1702; J. Blaeu, Nuevo teatro de Italia, en holandés, Amsterdam, 1704, 4 volúmenes en folio; Burmann, Thesaurus antiquitatum Italie; Séroux d'Agnicourt, Histoire de l’ art par les monuments, París, 1809-23, 6 volúmenes en folio; Cordero, Della italiana architettura durante la dominazione longobarda, Brescia, 1829; Kinght, La arquitectura eclesiástica de la Italia, en inglés; L. Taylor y D. Cresy, Arquitectura de la Edad media en Italia, en inglés, Londres, 1829, en 4.°; Selvático, Della architettura et della scultura di Venecia, Venecia, 1847; Letarouilly, Les Edifices de Rome moderne, Paris, 1840 y 1855, 3 volúmenes en folio de planchas y un volumen en 4.° de texto. 41. Escultura.—En el último siglo del imperio romano, la escultura, aun cuando recordaba la composición, el adorno, el ajuste y la expresión de las obras más antiguas, revelaba, sin embargo, una gran ignorancia en la ejecución. Los bajo relieves del arco de Constantino, en Roma, los sarcófagos de la emperatriz Helena, de Santa Constanza, de Junius Bassus, de Probus Anicius y de Olybrius, y los demás monumentos del mismo género que se conservan en el museo del Vaticano, demuestran la falta de habilidad práctica de los artistas. El cristianismo era, digámoslo así, demasiado joven todavía para crear tipos nuevos: después de haber derribado muchos ídolos del paganismo, los cristianos que se dedicaron á las bellas artes, se circunscribieron á imitar los modelos que habían escapado á la destrucción; únicamente, bajo la influencia de ideas morales más austeras, se veló lo desnudo y se celaron más las formas. La escultura se empleó, desde un principio, en decorar las basílicas cristianas. La mayor parte de las estatuas se hacía entonces en metales preciosos: el bibliotecario Anastasio menciona un considerable número de ellas, las cuales fueron dadas por los emperadores á los papas, ó ejecutadas á expensas de estos últimos; pero ninguna ha llegado hasta nosotros, pues todas desaparecieron en los saqueos de Roma por los bárbaros. En cuanto á las cruces, patenas, vasos sagrados, incensarios, candeleros y lámparas con ornamentos y figuras, que también existían, sólo han podido conservarse algunas raras reliquias en el Tesoro de Roma. Las estatuas ecuestres de Teodorico el Grande, fundidas en Roma, en Rávena, en Nápoles y en Pavia, prueban que el arte del fundidor se conservaba todavía en el siglo vi, ó cuando menos que había recibido nuevo impulso bajo la dominación de los godos. Pero las obras más notables de estos primeros siglos de la ITALIA cristiana, fueron hechas en marfil: tales son, entre otras, los dípticos, los báculos y las sillas episcopales, las cubiertas de los evangelios, los altares portátiles y los relicarios. Hasta la época de la invasión normanda, apenas había pasado la escultura al interior de las basílicas, ya porque las estatuas en materias preciosas no podían ser expuestas por fuera, bien por no recordar á la muchedumbre, recientemente convertida, el culto de los ídolos. Bajo los lombardos, empezaron á decorarse de esculturas las puertas principales de los templos: las estatuas de Rolando y de Oliveros que se ven en la catedral de Verona, datan de esta época, y ellas atestiguan la barbarie de los artistas, como igualmente los bajo relieves de la Puerta Romana, en Milán, no obstante haber sido ejecutadas dos siglos más tarde. Sólo bajo la influencia del gusto bizantino entró la escultura en una vía de progreso. Desde fines del siglo IX, un artista lombardo, Volvinus, adornó
en plata el célebre altar de la iglesia de San Ambrosio, en Milán. En el siglo XI, las puertas de bronce esculpidas, que se llevaron de Grecia para decorar los pórticos de los templos de San Marcos en Venecia, de San Pablo en Roma, y de la catedral de Nápoles, sirvieron de modelo para las puertas de las catedrales de Amalfi y de Benevento, y después, para las de Pisa, ejecutadas en 1180 por Romano, y las del bautisterio de San Juan de Letrán, en Roma, construidas, en 1203, por Pedro y Huberto de Plasencia. Los nombres de los demás artistas del siglo xni que se han conservado, son: Guillermo, autor de los bajo relieves de la catedral de Módena; Nicolás de Jicarolo, que decoró á San Zenón de Verona y la catedral de Ferrara; Antelani, qae trabajó en Parma; Roberto, en Pisa; Biduino, en Luca, y Gruamonti, en Pistoia. Sus obras revelan cierta elevación de ideas, pero la ejecución es todavía bárbara. En el siglo xIi, Nicolás de Pisa, escultor y arquitecto á la vez, dió nueva direccion á los estudios. Discípulo de maestros griegos, que trabajaban en la catedral de su patria, siguió en un principio su estilo; pero, admirado de la belleza de ciertas esculturas antiguas, que habían sido trasladadas de Grecia por los pisanos, meditó sobre sus modelos, adoptó los principios que enseñaban y condujo el arte al estudio de la naturaleza. Las esculturas de las cátedras de Pisa y de Siena, así como las del sepulcro de Santo Domingo, en Bolonia, demuestran los progresos que había realizado.— Andrés de Pisa hizo, en el siglo siguiente, una de las puertas del bautisterio de Florencia; y entre sus discípulos ó imitadores, esculpieron: Andrés Orcagna, el altar de oro de San Miguel; Massuccio, los sepulcros del rey Roberto y de la reina Sancha, en Nápoles; Alberto di Arnaldo, la Madona del Bigallo, en Florencia; Lamberti, la de la Misericordia, de Arezzo; Lanfrani, el sepulcro de los Pépoli, en Bolonia; Bononi da Campione, el de Can della Scala, en Verona; Balduccio, el de San Pedro mártir, en Milán; Calendario, los capiteles adornados de estatuas del palacio ducal, en Venecia. En la misma época, Cione, padre de Orcagna, su discípulo Leonardo, Pedro de Florencia, Giulio de Pisa y Jacobo de Ognabene hicieron el altar de la catedral de Pistoia y el del bautisterio de Florencia, dos obras notabilísimas en platería. Cuando llegó el Renacimiento, la escultura se desarrolló rápidamente por el estudio de la antigüedad y adquirió esa habilidad de ejecución práctica que faltó á la edad precedente. En Siena se formó una escuela, bajo la dirección de Jacobo della Quercia, llamado della Fonte á causa de la fuente Gaja (alegre, encantadora) que ejecutó en aquella población, y del cual se conservan también bellísimas obras en Luca y en Bolonia; de esta escuela salieron excelentes artistas, como Mateo de Luca, Nicolás del Arca, Vecchietto, Nicolás di Piero y otros. Sin embargo, la ciudad de Florencia produjo escultores más notables todavía. Lorenzo Ghiberti hizo las dos famosas puertas en bronce del bautisterio, en cuyos bajo relieves supo reunir, á la sencillez y elevación del pensamiento, la nobleza del adorno, la hermosura de la forma, la pureza de la ejecución y el efecto dramático de los contrastes pintorescos. Ejecutó también varias estatuas en bronce para la iglesia de Oro de San Miguel; los sepulcros de San Zenobio y de San Proto; algunos bajo relieves para la iglesia de San Juan de Siena, y diversas obras de platería que se han perdido, cuya delicadeza y gusto encomia Vasari. Donato ó Donatello fué quien mejor imprimió á la escuela florentina, y aun á toda la escultura italiana, ese carácter de naturalidad que ha conservado después. Preocupado exclusivamente con la idea de la verdad y de la imitación exacta de la naturaleza, se olvidó que la belleza es una de las condiciones esencialisimas del arte, y descendió hasta el realismo. Sus obras se distinguen, más que por la energía y la nobleza del pensamiento, por la expresión profunda de las formas, revelando una gran ciencia anatómica, una rara habilidad de ejecución y un cabal conocimiento de los efectos de las pasiones sobre el organismo. El alma no se había visto nunca tan bien retratada en el cuerpo, lo cual significa que supo dar ser á una escultura trascendental y sabia, á cuyo título merece el claro renombre de escultor filósofo. Sus principales obras son, en Florencia, las estatuas de san Pedro, de san Marcos, de san Gregorio, de Judith, de David, y varios bajo relieves en San Lorenzo y en la catedral; en Padua, la estatua ecuestre de Gattamelata y otros bajo relieves en la catedral. A Lucas della Robbia se debe un lugar distinguido por sus esculturas en barro cocido y barnizado, en las que la pureza del gusto y un estilo casi antiguo se unen á la ingenuidad y sencillez de la Edad media. Después de Ghiberti, de Donato y de Lucas della Robbia, siguen el arquitecto Brunelleschi, de quien se tiene un hermoso Crucifijo de madera en Santa María-Novella; Filarete, que esculpió las puertas de San Pedro en Roma; Antonio Rossellini, autor de los sepulcros del cardenal de Portugal, en San Miniato, y de María de Aragón, en Nápoles; Bernardo Rossellini, su hermano, y Benito Majano, los cuales hicieron respectivamente los mausoleos de Marzupini y de Strozzi, en Florencia; Andrés Verrochio, de quien posee Venecia la estatua de Colleoni; Andrés Sansovino, cuya producción más notable es su bellísimo grupo de santa Ana, la Virgen y el Niño Jesús, que se encuentra en San Agustin de Roma; Vellano, Juan de Pisa, Bertoldo y Nanni di Banco, discípulos de Donatello; Desiderio de Settignano, Agustin de Guccio, Minio de Fiésole y los hermanos de la Robbia, imitadores del estilo de Ghiberti; y, finalmente, Rusticci, Baccio de Montelupo y Benito de Rovezzano. En Roma fué donde se distinguió Paolo Romano, autor de las estatuas en plata de los apóstoles, fundidas por los alemanes durante el saqueo de la ciudad en 1527; y en Nápoles, se dieron á conocer Andrés Ciccione, que hizo el sepulcro de Ladislao, y Aniello Fiore, cuyas obras se admiran en la iglesia de Santo Domingo. Los progresos de la escultura fueron más lentos en la ITALIA septentrional, desprovista casi por completo de monumentos antiguos; sin embargo, pueden citarse, en Venecia, dos familias de escultores: la de los Bon (Juan, Pantaleón y Bartolomé), cuyo buril sencillo y natural recuerda aún las tradiciones de la escuela bizantina, y la de los Lombardi, célebres también como arquitectos, los cuales experimentaron más la influencia de los modelos antiguos. La escultura de ornamento llegó á ser una rama importantísima del arte. En el número de los artistas célebres que á ella se dedicaron, figuran, además de los citados Ghiberti, Brunelleschi y Lucas della Robbia, que habían empezado por ser simples plateros, en Lombardía, Riccio Briosco, de quien conserva Padua el magnífico candelabro de san Antonio; Alejandro Leopardi, autor de los pedestales en bronce de la plaza de San Marcos, en Venecia, y Basti, Bambaja, Brambilla y Agrate, cuyos trabajos enriquecen la hermosa Cartuja de Pavía. La platería tomó igualmente un desarrollo considerable: Leonardo di Ser Giovanni, Bartoluccio Ghiberti, Verrochio, Cennini, Pollajuolo, y principalmente, Benvenuto Cellini, supieron elevarla á un alto grado de perfección. El último de estos notables artistas dejó también varias obras de estatuaria muy celebradas, tales como el Perseo de la Loggia de los Lanzi, en Florencia, y la Ninfa de Fontainebleau.—Como ya lo había hecho para las formas arquitectónicas, el genio portentoso de Miguel Angel, elevándose algunas veces sobre las reglas de la escultura, empleó la forma humana en creaciones colosales, en las que el estilo y la expresión presentan un carácter en cierto modo sobrehumano; sus obras más encomiadas son: las estatuas de la Mañana, del Medio día, de la Tarde y de la Noche, en el sepulcro de los Medicis; la estatua de Lorenzo de Médicis, conocida con el nombre de Pensiero (Pensamiento); el Moisés del mausoleo de Julio II, en Roma, y las dos figuras de esclavos que posee el museo del Louvre. El Baco y el David, que se ven en Florencia; Nuestra Señora de la Piedad, en el templo de San Pedro, en Roma; el Cristo de la iglesia de la Minerva y el Angel de Santo Domingo, de Bolonia, son obras que este insigne artista ejecutó en su juventud; menos grandiosas, pero más humanas. Los discípulos más ilustres
que tuvo Miguel Angel, fueron: Montorsoli, Montelupo, Guillermo della Porta, autor del sepulcro de Pio III, en San Pedro de Roma; Amanati, que hizo la fuente de la plaza del Gran Duque, en Florencia, y Danti y Bandini. Miguel Angel tuvo también un rival, Baccio Bandinelli, el cual decoró de estatuas y de bajo relieves el coro de la catedral de Florencia, obras cuya exageración, falsa grandeza y pésimo gusto, contribuyeron poderosamente á la decadencia de la escultura italiana. En efecto; á partir del siglo XVII, los escultores, separándose del buen camino, buscan, más que la gracia y la belleza de la línea, la expresión y el efecto pintoresco. El Bernin ostentó, lo mismo en la escultura que en la arquitectura, un carácter teatral y afectado: no hay nada más pomposo que las estatuas de Constantino y de Longino, en San Pedro de Roma; nada más expresivo que la figura de santa Bibiana, ni nada más sensual que la de santa Teresa, en la iglesia de la Victoria. Todo el cuidado de los artistas de entonces era dar al mármol la flexibilidad de la carne y de las telas. Mocchi, Baggi, Bolgi, Ferrata y Aspetti, Baratta, Fansega y Algardi tomaron á Bernin por modelo; Cioli, Foggini, Mosca, Scaha y Lorenzetto, rindieron menos culto á la extravagancia. Las obras de Juan de Bolonia fueron igualmente concebidas y ejecutadas en mejor estilo, como lo prueban su Rapto de las sabinas, en Florencia; el Mercurio, de Bolonia, y la fuente de Baboli. Stéfano Maderno fué también uno de los que protestaron, aunque vanamente, contra los errores del arte.—La decadencia continuó todavía durante el siglo XVIII, en cuya época aparecen Rusconi y Pompeo Battoni como los únicos escultores dignos de mención. Hacia fines del siglo, el veneciano Canova intentó regenerar la estatuaria, llevándola al estudio de la antigüedad; pero sus obras no son otra cosa que imitaciones pálidas, sin energia, en las que la gracia ocupa el lugar de la verdadera belleza. Entre sus discípulos se citan á Antonio de Este, famoso por sus bustos y sus relieves; Giuseppe de Fabris, autor de los monumentos del Tasso y de León X; C. Tadolini, G. Jinelli, los dos Ferrari, y principalmente, Bartolini y Pompeo Marchesi, que figuran en primer lugar. Fuera de esta escuela, los únicos que han adquirido cierta reputación, son Cayetano Monte, B. Comolli, Sangiorgio, Putti, Pampaloni y Pérsico. Finalmente, el dinamarqués Thorwaldsen, durante el tiempo que permaneció en ITALIA, formó, entre otros discípulos, á Galli, Bemoní y Tenerani.—Citaremos, como uno de los autores que mejor tratan esta materia, á Cicognara, St ria della Scultura, Florencia, 1813-18 tres volúmenes en folio. 42. Grabado.—Los primeros grabadoresitalianos eran dibujantes originales, como Boticelli, Andrea Mantegna y Pollajuolo, los cuales reproducían con el buril sus propias concepciones con una corrección y firmeza de dibujo verdaderamente admirables. Pero á partir de Marco Antonio Raimondi, la escuela de los grabadores sobre metal se consagró á popularizar las obras de los grandes pintores, circunstancia que la puso en excelentes condiciones de progreso. Raimondi, discípulo de Rafael, reprodujo, bajo su dirección, los dibujos de los cartones de su maestro, y contribuyó de esta manera á popularizarlos: se hizo luego jefe de escuela y dejó numerosos discípulos, entre otros, Agustin de Venecia, Marco de Rávena, Vico de Parma, Buonasone de Bolonia y los Ghisi, notables todos por un dibujo generalmente correcto y un buril preciso, ajustado, pero seco. Ugo da Carpi llegó á dar tres y cuatro tonos al grabado en camafeo. Valpato y Rafael Morghen, á pesar de su reputación, fueron grabadores monótonos, que no supieron tomar el carácter de sus modelos, y á cuya feliz elección debieron principalmente su renombre. Los Mü Iler, no obstante su origen germánico, pertenecen á la escuela italiana, y sus Virgenes son obras muy notables.—En la actualidad, la escuela italiana sigue las tradiciones de la escuela francesa, de la cual ha tomado la facilidad y la brillantez. Entre sus grabadores más distinguidos figuran: M. Toschi, autor de la Entrada de Enrique IV en París; Mercuri, á quien se debe Los segadores en las lagunas Pontinas, y M. Calamatta, el cual ha grabado el Voto de Luis XIII. 43. Pintura.—Los monumentos más antiguos de la pintura cristiana se encuentran en las catacumbas de Roma; pero no hay motivos para afirmar que esos monumentos sean anteriores al siglo v. Ninguno de los escritores de las edades precedentes habla de pinturas existentes en las catacumbas, y el poeta Prudencio, que es el primero que menciona una representación del martirio de san Hipólito, no indica el lugar en donde se hallaba colocada. En una carta dirigida por Adriano I á Carlo Magno, se ve que el papa Celestino I (424-432) hizo adornar de pinturas el cementerio de Santa Priscila. Por lo tanto, es verosímil que, hasta después del triunfo del cristianismo, no se decoraran los lugares en donde habían sido enterrados sus primeros santos y sus mártires. En las catacumbas de los santos Marcelino y Pedro, de san Calixto y de santa Inés, reputadas por las más antiguas, los artistas cristianos han pintado el Cristo bajo las figuras simbólicas de Orfeo, de Moisés, de Tobías, de Daniel, de Jonás y del Buen Pastor; hállanse también varias imágenes rodeadas de coronas de laurel; Jesús, en medio de sus apóstoles; la Virgen y el Cristo; la Comida de las agapas; los jóvenes hebreos en la hornaza, y otras escenas del Antiguo Testamento. El estilo de estas obras es bárbaro, aunque demuestra una imitación de los modelos de la antigüedad pagana. Por lo demás, las pinturas decorativas de las catacumbas han sido hechas en diferentes épocas, y probablemente hacia fines del siglo vi.— Las de San Ponciano y de San Valentin presentan figuras menos paganas; los adornos son más austeros y los asuntos de invención, más recientes, como El Bautismo de Cristo, La Cracifición y Los santos ermitaños coronados por la Divinidad. — Las pinturas fueron igualmente ejecutadas en los templos: san Paulino, obispo de Nola, adornó con ellas la Basilica de San Félix; Prudencio habla de una pintura de san Casiano en la iglesia de Imola; el papa Simaco hizo pintar La Confesion de san Pedro, y León I, los retratos de los 46 primeros papas en la basílica de San Pablo. Las pinturas que cubrían las paredes de los edificios sagrados y de los palacios han desaparecido casi por completo, pues las que se conservan en la iglesia de los santos Nazario y Celso, en Verona, son del siglo vi ú vin.—Durante el mismo período, el mosaico fué con frecuencia preferido á la pintura propiamente dicha: estas obras, aparte de su mayor solidez y duración, presentan las figuras colocadas sobre un fondo de oro, que aumenta la riqueza del trabajo y exige menos estudio para la ejecución. Los mosaicos de Santa María la Mayor y del bautisterio de San Juan de Letrán, del siglo v, y los de los santos Cosme y Damián, del siglo vI, están ejecutados en el estilo latino y son sin duda obra de maestros italianos. Los mosaicos de Santa Inés, de Santa Práxedes y de San Clemente, en Roma; de San Vital, en Rávena; de San Marcos, en Venecia; de San Ambrosio, en Milán; de San Pedro, en Pavía; y de San Esteban, en Nápoles, pertenecen á los siglos vii al XI.—La pintura sobre manuscritos ha dejado también algunas obras. El Virgilio del siglo y que posee la biblioteca del Vaticano, contiene varias miniaturas que ofrecen, respecto de las pinturas de las catacumbas, un parecido notable. En el Terencio del siglo Ix, que conserva la misma colección, la imitación de lo antiguo es mucho menos sensible y más incorrecto el dibujo.—Los trastornos politicos de ITALIA, la insuficiencia de los artistas y le severidad de la arquitectura romana, que se prestaba menos que la basílica primitiva á la decoración pictórica, habían hecho caer la pintura en la barbarie, cuando en el siglo xI vino á operarse un verdadero renacimiento bajo la influencia del arte bizantino. Se estableció en Roma una escuela griega, y cierto número de artistas siguió las prácticas de aquel arte, pero dulcificando la austeridad con la gracia. Dichos artistas fueron Guido, Barabuoi y Diotisalvi. Mino de Turrita, oriundo también de Siena, decoró en Roma parte de Santa María la Mayor y restauró el mosaico de San Juan de Letrán. Gaddo Gaddi, hábil mosaista,
trabajó en Florencia y en Roma, y sus obras, como las de Mino, ofrecen una mezcla del estilo latino con el griego. Giunta de Pisa fué quien mejor dió á sus figuras la expresión humana, en el siglo XIII.—Bajo la direccion de Apolonio, uno de los maestros extranjeros que ornaban de mosaicos la iglesir de San Marcos de Venecia, hizo Cimabue sus primeros estudios. Pero el ejemplo de Nicolás de Pisa, el cual regeneraba la escultura por el estudio y la interpretación de la naturaleza, le hizo abandonar los procedimientos tradicionales. Los progresos que llevó á cabo en el arte excitaron la admiracion de los contemporáneos, en tales términos que su Madoza de Santa María Novella, considerada como la maravilla de sus tiempos, fué llevada procesionalmente por los florentinos. La ejecución dista mucho de ser acabada, pero la concepción no carece de originalidad y de grandeza. En Assise existen también algunas de sus pinturas. Con Cimabue empezó el verdadero estilo italiano y lo que se llama escuela florentina. Giotto, su discipulo, le aventajó en gracia: la expresión se hizo en él más humana, más verdadera; las formas llegaron á ser más correctas, el ropaje más natural, y los escorzos empezaron entonces á estudiarse. Hubo durante el siglo XIV una escuela giottesca, compuesta de los discipulos de Giotto, Stéfano de Florencia. Tadeo Gaddi, Simón Memmi, Cavallini, Capanna, Laurati, Giottino, Simón de Nápoles, Juan de Milán, Menabuoi de Padua, Guillermo de Forli, Antonio de Venecia y Angiolo Gaddi.—Otros artistas, como Buffalmacco, los Orcagna y Traini, permanecieron fieles al estilo antiguo, del cual conservaron las tradiciones típicas. Los artistas de dos escuelas rivales desplegaron á porfía sus talentos en la decoración del campo santo, en Pisa, único monumento de la pintura al fresco.—La escuela de Giotto, no sólo prosperó en Toscana, sino que se extendió igualmente á Lombardía, en donde llegó á contar entre sus miembros á Stefano y Jaime de Verona, Guisto, Juan Miretto, Altichiero y Jaime Avanzi. Por la misma época, la escuela de Siena, representada por Simone de Martino, continuaba distinguiéndose por la dulzura del estilo, el cual degeneró luego rápidamente hasta debilitarse y extinguirse. Los pintores á quienes se ha dado el nombre de miniaturistas, entre los que figuran Oderigi d’Agubbio, Franco de Bolonia, Vital delle Madone, Pianello Lippo Dalmasio, Gentile de Fabriano, Guido Palmemeci y Fra Angélico de Fiésole, se inspiraron en su talento; es la misma manera de pintar con tintas débiles; el mismo cuidado en evitar todo rasgo demasiado saliente de la vida real y de espiritualizar la naturaleza humana.— Con el siglo xV se manifestó, en la pintura italiana, una tendencia cada día más pronunciada á reproducir la naturaleza en toda su verdad; á romper las trabas impuestas hasta entonces al arte por las exigencias del estilo religioso, y á abarcar, con una libertad ilimitada, todos los asuntos, así profanos como sagrados. El dominio del arte iba á engrandecerse: forma, expresión, disposición, adornos, modelado, claro-oscuro, colorido, todo debía ser objeto de un cuidadoso examen. Tres pintores de la escuela florentina ejercieron una grande influencia sobre este nuevo desenvolvimiento de la pintura en el camino de la naturalidad: Paolo Uccello, el cual aplicó á su arte los principios de la perspectiva lineal; Massolnio, con quien la ejecución práctica obtuvo notables progresos, y Massaccio, sobre todos, quien, desembarazándose de los últimos restos del arte tradicional, inauguró lo que podría llamarse estilo dramático. Después de éste, se puede mencionar á Filippo Lippi, el primero que representó en los cuadros paisajes de cierta importancia; á Botticelli, Baldoninetti, Andrés del Cartagno, Benozzo Gonzali, Roselli, Ghirlandajo y Pollajuolo, cuyas pinturas se distinguen por la ciencia anatómica, y á Luca Signorelli, Fra Bartolomeo y otros. Una costumbre común á todos estos pintores, fué la introducción en sus obras de retratos de contemporáneos. El naturalismo llegó igualmente á practicarse en Lombardía, y si no se le encuentra aún en la escuela de la cual formaron parte Joppa, Civerchio, Revilacqua, Fossano y Montorfano, inspiró al menos la de Padua, fundada por Squarcione y Andrea Montegna: de aquí se extendió á los Estados venecianos con Parentino, Pizzolo y Buono; á Bolonia, con Lorenzo Costa; á Ombría, con Fiorenzo di Lorenzo; á Parma, con los hermanos Mazzuoli; á Lodi, con los hermanos Piazza, y á Milan, con Bramantino y Borgognone. Sin embargo, hubo en Ombria, particularmente en Perusa, una escuela que, adoptando completamente los progresos que hacía la pintura en la ejecución práctica, conservó las tradiciones del estilo religioso, sin dejarlas alterarse al contacto de las ideas antiguas y paganas, y que puede considerársela como nacida de la escuela de Siena y de los miniaturistas del siglo XIV. Daspués de haber contado entre sus maestros á Tadeo Bartolo, de Siena; Martinelli, Antonio de Foligno, Besonfigli y Nicolás Alunno, adquirió nuevo brillo con Pinturicchio y Pedro Vannuchi, llamado el Perugino, el cual tuvo á su vez por discipulo á Luigi l’Ingegno, Manni, San Giorgio, Pacchiarotto y últimamente á Rafael Sanzio, que los eclipsó á todos. Bolonia tenía también, en Francesco Francia, un jefe de escuela, el cual se aproximaba bastante á los artistas de Perusa por el sentimiento piadoso y la delicadeza de la ejecución. Aparte de los progresos del naturalismo en el arte, el siglo xy vió operar otra revolución, cuya señal dió la escuela veneciana, que había permanecido fiel más tiempo que las otras á la pintura bizantina. Antonello de Messina, poseedor del secreto por el cual Juan de Bruges había hecho más fácil el empleo de la pintura al óleo, lo introdujo en Venecia por los años de 1450, en tanto que el Dominico lo daba á conocer en Florencia. Este género de pintura fué adoptado en todas partes para los cuadros de caballete; pero los primeros que se sirvieron de él para reemplazar el fresco en las grandes composiciones, fueron los artistas venecianos. Juan Bellini y su hermano Gentile dieron á la escuela veneciana esa superioridad de colorido que tanto la ha distinguido siempre. Entre sus discípulos ó émulos, se citan á Cima de Conegliano, Basaiti, Buonconsiglio, Marescalco, Previtali, Penacchi, Catena, Bissolo, Santa Croce, Rocco Darcone, Juan de Udine, Cariano de Bérgamo, Pellegrino de San Daniele, Carpaccio, Mansueti, Lazzaro Sebastiani, Liberale, Francesco Morone, Girolamo dai Libri y Montagna de Vicenza. Cualquiera que fuese el mérito de estos pintores, todos ellos quedaron muy por debajo de los artistas que condujeron el arte al último extremo de la perfección, como Leonardo de Vinci, Miguel Angel, Rafael, el Giorgione, el Tiziano y el Correggio, jefe de la escuela de Parma, llamado el Divino. Por la circunstancia de haber nacido hacia fines del siglo xV, se les designó por sus discípulos con el nombre de Cinquecentisti, esto es, autores del décimoquinto siglo. Leonardo de Vinci, después de haber estudiado en Florencia con Verrocchio, llevó á la escuela milanesa nueva y fecunda vida. Puede afirmarse que ningún artista realizó tan cumplidamente como él la idea que se tenía de la antigua pintura: ciencia de la perspectiva y de la luz, estudio minucioso de la forma, arte del modelado, anchura del dibujo, suavidad exquisita de pincel, profundidad de expresión; no le faltó más que el genio creador de Miguel Angel ó de Rafael para ser el pintor más grande de los tiempos modernos. Sin hablar de la famosa Cena de Milán, fresco admirable, considerado como su obra maestra y del cual apenas quedan restos hoy día, pueden citarse los lienzos que posee el museo del Louvre; la Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana, y ese retrato de Mona Lisa, célebre bajo el nombre de la Joconda, pintado, según las expresiones de Vasari, «de una manera capaz de hacer estremecer al artista más vigoroso.» Después de Leonardo de Vinci, la escuela milanesa fué representada en el siglo XVI por Bernardino Luini, Melzi, Salaino, Marco d’Oggione, Cesare da Cesto, Salario, Beltraffio, Gaudenzio, Ferrari, Razzi, apellidado el Sodoma, y Becca fumi. Miguel Angel se abrió un camino independiente. Apenas dejó más que una obra de pintura, el asombroso fresco del Juicio final que adorna la bóveda de la capilla Sixtina de Roma, pues los cuadros que se le atribuyen fueron
ejecutados por sus discípulos según sus dibujos. El calor de su composición, su conocimiento profundo de la anatomia, la valentia de sus contornos y de sus escorzos, le dieron, como en la arquitectura y la escultura, una originalidad poderosa, llevada hasta la exageración por sus imitadores. Si se exceptúan á Daniel de Valtena y Sebastián del Piombo, demasiado conocedores para reproducir las faltas del maestro, no se encuentran, después de él, más que pintores que cayeron en la hinchazón y en la falsedad, como Vasari, Rossi, Naldini, los Zuccari. Vanni, el caballero de Arpino, Fontana, Cesi, Semini y Cambiaso. En la pintura de retrato, Angello Allori, llamado Broncino (tostado ó quemado del sol), y su sobrino Alessandro, pertenecen á una misma escuela. Hay que exceptuar á Andrea del Sarto, cuya pintura se aproxima á la escuela naturalista, aunque suavizada por una gran sencillez y una extremada finura de dibujo y de expresión. Fueron sus discípulos Franciabigio, el Pontormo y el Rosso.— Rafael Sanzio, apellidado el Divino, es el verdadero jefe de la escuela romana. Reunió las cualidades de los otros maestros, si no en el mismo grado de perfección y de autoridad, en una medida que hizo de él el primero de los pintores, según el juicio de su época: aunque más que juicio, pudiera llamarse sentimiento. Habiendo tenido por maestro al Perugino, según queda manifestado, tomó de la escuela ombriana esa expresión piadosa, ese donaire recogido y casto, esa dulzura indefinible, esos contornos sutilísimos, envueltos en un aura que nos fascina, cuyo género se adaptaba tan admirablemente á la naturaleza de su inspiración. Rafael tuvo indudablemente la concepción más alta y sublime de la grandeza ideal de la naturaleza humana, y su genio maravilloso se refleja en todas sus obras, sin debilitarse nunca, con la misma belleza, pura, misteriosa, solemne. De entre sus grandes creaciones citaremos solamente: El Pasmo de Sicilia, La Disputa del Santísimo Sacramento; La Escuela de Atenas; La Trans fiquración; Las Sibilas; El Triunfo de Galatea; Las Bodas de Psyché; La Batalla de Constantino; La Virgen de Foligno; La Madona de Sixto V; La Sacra Familia, del Louvre, y los retratos de Julio II y de la Fornarina. Hasta aquí hemos seguido las ideas de los tiempos del gran pintor, aquellos tiempos que lo divinizaron, porque Rafael no era el maestro, sino el Dios de Roma y sus discípulos. Los modernos, sin mermar en nada el inmenso renombre que le pertenece, pues la fama tiene también su juro de heredad, no ven en Urbino el primer genio de la pintura italiana, subordinándolo á los dos maestros que pintaron los célebres cartones de los Médicis. Rafael de Urbino se formó mediante la industria de su diligencia, en tanto que los dos maestros de los cartones se crearon por su propia virtud, cual si la inspiración divina se hubiese reflejado en el maravilloso panorama de su genio. Realmente, Rafael estudió el ideal clásico de Leonardo de Vinci, la magnífica audacia de los frescos de Miguel Angel, el color magistral de Fra Bartolomeo, la naturalidad de los antiguos florentinos, la antigüedad en las colecciones de Roma; y de todos los caracteres, de todas las formas, de todas las bellezas, que supo trastornar, acomodándolas á su imagen y semejanza, resultó el milagro de su escuela; es decir, cierto conjunto armonioso, sorprendente, fascinador. Cuando se estudian las dos épocas de la pintura de Rafael, se ve claramente que es un discípulo de los grandes cartones de Florencia, lo cual significa que viene de los dos maestros verdaderamente reformadores y originalísimos, Leonardo de Vinci y Miguel Angel. Para convencernos de esta verdad, basta examinar los frescos de Urbino en la basílica del Vaticano, pertenecientes al primer período de su arte, y el fresco que se halla en la pared derecha de los corredores por donde se va á la capilla de Sixto V, el cual representa el famoso incendio de il Borg0, en que un hijo salva á su padre anciano, llevándole sobre las espaldas entre torrentes de llamas rojizas y de humo negro. En los frescos de la basílica de San Pedro admiramos la corrección propia de Urbino, limpia, brillante, angelical; pero desnuda de la majestad de la proporción y del prestigio de la fuerza creadora. En el fresco del célebre incendio del barrio de Transtévere, encontramos ya la noble osadía, la imponente grandeza, el generoso ímpetu, el alma creadora y potente, que Urbino tomó de otra parte. Por último, en los frescos del Vaticano, Rafael pintó con sus propios pinceles: en el fresco de il Borgo, pintó con el pincel del monstruo que ha inmortalizado la capilla Sixtina. Los mejores maestros de la escuela romana, después de Rafael, fueron Julio Romano, el Primaticio, Niccolo dell’ Abbate, Francisco Penni, Perino del Vaga, Polidoro de Caravagio, Andrea Sabbatini, Pellegrino, Benvenuto Tisi, llamado il Garofalo, Giacomone de Faenza, Timoteo Viti y los Campi. Giorgione y Ticiano, discípulos de Juan Bellini, dieron á la escuela veneciana todo su brillo. Los retratos del uno son notables por su color y su verdad: el otro, admirable como pintor de historia y también de retratos, y considerado como el primer gran maestro que el paisaje ha contado, poseyó en grado sumo la fuerza y la armonía del color, que constituyen el carácter propio de su hermosa escuela. A éstos siguieron después Palma el Viejo, Bonifacio, Lorenzo Lotto, Schiavione, Paris, Bordone, Pordenone, Moroni, Romanino-Maganza, Brusasorci, Moro, Moretto, Farinata, Campagnola, Zelotti, Savoldo, y, finalmente, Tintoretto y Pablo Veronese, maestro á su vez de Cagliari, de Palma el Joven y de los Bassanos. En cuanto á Correggio, si bien pecó bajo el punto de vista de la pureza y gravedad del estilo, sobresalió en cambio por la anchura del modelado, la distribución de la luz y de las sombras, la calidad del tono, la excelencia del empaste y la solidez de la pintura. El arte del Correggio era el resultado de un instinto y de un sentimiento particulares, que no podían formularse en doctrinas, por cuya razón no llegó á constituir una escuela. Sus obras, sin embargo, excitaron el entusiasmo general, y de aquí el que tuviera muchos imitadores; entre ellos, Francisco Mazzuoli, apellidado el Pannegianino, y Schidone de Módena, en quien la dulzura degeneró en morbidez, el sentimiento en afección, y la facilidad en licencia. Después de esta edad gloriosa de la pintura italiana, empezó la decadencia en el siglo XVII. Tres hermanos, Luis, Aníbal y Agustin Carracci, intentaron atajarla; hiciéronse jefes de una escuela llamada ecléctica, en la cual se procuró reunir, como en un haz, las cualidades intuitivas de los maestros precedentes. De esta escuela salieron Tiarini, Cavedoni, Spada, Massari y Salvi, eclipsados luego por algunos de sus compañeros, los cuales contaron á su vez discípulos distinguidos: el gran Guido Reni, maestro de Cagnacci, de Semeuza, de Canuti y d’Elisabeth Sirani; Barbieri, apellidado el Guerchino (el tuerto); Albano, maestro de Mola y de Andrés Sacchi, y el llamado Dominiquino, Domenico Lampuri, cuya Confesión de san Gregorio es hoy rival de la Trans formación y de Nuestra Señora de Foligno, los dos cuadros maestros de Rafael. A pesar de los nobles esfuerzos de los hermanos Carracci, los pintores adoptaron el estilo decorativo y teatral, que les valió el sobrenombre de maguinistas, tomando frecuentemente por modelo la naturaleza más vulgar. Al frente de ellos figuraba Miguel Angel de Caravagio, quien tuvo por principales discípulos á Lafranco, Pedro de Cortona, Carlos Maratta, Antonio Canaletto y Carlos Cignain. Estos mismos principios fueron aplicados á la escuela napolitana, la que, hasta la llegada de Penni y de Polidoro de Caravagio, sólo había producido á Colantonio del Fiore y Antonio Salario, conocido con el nombre de el Zingaro (el gitano). Rivera, llamado el Espagnoletto; Preti, apellidadoil Calabresse; Salvador Rosa, Luca Giordano y Solimene, están señalados como los representantes más famosos que tuvo aquella escuela.— El estilo de los maguinistas fué importado á Venecia por Turchi y Basseti, á Verona, por Salmeggia, Tiépolo y Ricci. Otro pintor, el Barocho, puso en moda la gracia melindrosa y el sentimentalismo, que fueron también los caracteres de Carlos Dolci.—En el siglo XVIII, sólo figura Pompeo Battoni, afiliado á la escuela ecléctica. Después de esta época, Appiani, en Mi
lán; Benvenuti, en Florencia, y Camuccini, en Roma, experimentaron más ó menos la influencia de la escuela francesa de David y se les puede considerar, por sus grandes decoraciones al fresco, como unidos á la escuela de los maquinistas. Merecen citarse, por último, el pintor francés Fabre, establecido en Florencia, cuyos paisajes no son menos notables que sus cuadros históricos; Hayez y Pelagio, pintores de historia, en Milán; Migliara, pintor de arquitectura; Ermini, autor, en Florencia, de lindísimas miniaturas, y Sabbatini, muy elogiado por sus dibujos hechos á pluma.—Para más cabal conocimiento de la historia de la pintura italiana, puede verse: Vasari, La Vita de pittori, Florencia, 1550, en folio, traducida al francés por Jeanron y Léclanché, Paris, 1840, 10 volúmenes en 8.°; Lanzi, Histoire de la peinture en Italie, traducida al francés por M.me Dieudé, Paris, 1824, 5 volúmenes en 8.°; Artaud, Considerations sur l' etat de la peinture en Italie dans les quatre siècles qui ont précédé celui de Raphael, Paris, 1808 y 1812, en 8."; Andy, Histoire de la peinture en Italie, Paris, 1817, en 12.6, Bourbet, Histoire de la peinture en Italie, Paris, 1817; G.-T. James, The Italian schools of painting, Londres, 1820, en 8.°; W. Ottley, Histoire de la peinture italienne, Paris, 1834, en 8.°; Rossini, Storia della pittura italiana, Pisa, 1840; J. Coindet, Histoire de la peinture en Italie, Paris, un volumen en 12.°; De Stendhal, Histoire de la peinture en Italie, nueva edición, Paris, 1860, en 12. 44. Música.—En los primeros siglos que siguieron á la caida del imperio romano, la música italiana estaba reducida al canto llano, en sus dos formas sucesivas, denominadas: Canto ambrosiano y Canto gregoriano; su escala, imperfecta y reducida, servía igualmente para las composiciones del género profano. No ha sido posible hasta ahora determinar en qué proporción empleó el arte cristiano los elementos de la música hebraica y de la música griega. Tampoco ha podido fijarse con exactitud la época en que fueron empleados los instrumentos en el servicio divino: según general opinión, el uso del órgano en la Iglesia romana data del año 670. Desde esta fecha hasta el siglo xI, los hechos relativos á la música italiana son rarísimos. A Gui d’Arezzo, monje benedictino, muerto en 1050, se le atribuyen grandes reformas en el sistema musical; creó el diapasón moderno, convirtiendo en un hexacordo los tetracordos de los griegos; dió á las notas los nombres con que hoy se les designa; imaginó el espacio y estableció el uso y la distinción de las llaves. Forkel ha combatido victoriosamente esta tradición; pero no por ello queda menos demostrado que Gui d’Arezzo coleccionara los preceptos de música, poco extendidos entonces, de sus antecesores y contemporáneos, y que introdujera un nuevo método para la enseñanza del canto. Las guerras de que fué teatro la ITALIA durante la Edad media, detuvieron los progresos del arte musical, y para hallar nuevos indicios, hay que remontarse á fines del siglo XIII. Dante elogia á un músico llamado Casella, y un amigo del mismo poeta, Scocchetti, puso en música algunos de sus versos. Por esta época, Marchetto de Padua, comentador de Francón de Colonia, escribió un Lucidarium musice plane y un Pomœrium musice mensurate, insertos por Gilberto en su colección de los Scriptores eclesiastici de musicà sacrâ (tomo III).—En el siglo xIV, un florentino, Francesco Landino, apellidado Cieco (el ciego), fué muy celebrado, no solamente como compositor, sino como organista, y algunas de sus obras se encuentran en un manuscrito de la Biblioteca imperial de Paris. En 1310, una sociedad de músicos ejecutó en Florencia los Landi spirituali. Boccacio nos representa á los personajes de su Decamerón tocando la viola y el laúd, como acompañamiento de canto y danza; de donde se puede inferir que la música se cultivaba ya por las gentes del vulgo. También habla de un tal Minuccio d’Arezzo, como excelente tocador de viola y cantor consumado. Finalmente, existe una bula del papa Juan XXII, en 1322, en la que se prohibían las semibreves, las mínimas, las armontas bárbaras y todos los adornos que habían alterado la pureza primitiva del canto eclesiástico.— Durante el siglo XV, varios artistas de la escuela galo-belga vinieron á dar impulso al genio italiano. La capilla del Papa y las de las otras cortes de ITALIA reclutaron varios compositores y cantores flamencos, franceses, españoles y alemanes. Juan Tinctor partió de Bélgica, por los años de 1450, para fundar una escuela en Nápoles; un alemán, Enrique Isaak, fué el primero que, hacia 1475, escribió en Florencia los Cantos carnavalescos. Entre los italianos, en quienes el ejemplo de los extranjeros excitó la emulación, se cita un famoso organista de Florencia, Antonio degli organi. El pintor Leonardo de Vinci fué músico y tocaba diferentes instrumentos; el duque Luis Sforza fundó en 1483 una escuela pública de música, en Milán; Prosdocimo de Beldemandis, natural de Padua, es autor de unos tratados sobre la música acompasada y sobre el contrapunto; Francisco Gaforio, de Lodi, abrió en Mantua, en Verona y en Milán varios cursos públicos sobre la música, mientras que en sus obras: Theorica musica, Practica musice, De harmonia musicorum instrumentorum, se halla completamente expuesto el sistema musical de la época. Con el siglo xVI empezó un período brillante para el arte italiano. Octavio Petrucci de Fossombrone inventó, en 1503, los caracteres para la impresión de la música y, desde entonces, las obras de los compositores contaron con este medio de propaganda. En Nápoles se fundaron tres escuelas: la de Santa Marta di Loretto, en 1537; la Pietà dei Turchini y Sant' Onofrio, en 1583, y la de I poveri di Giesu Christo, en 1589. En Roma, en Florencia, en Verona y en Milán, florecieron otros establecimientos de la misma clase. Los géneros de composición se distinguen los unos de los otros, pero todos se cultivaron con buen éxito. A Palestrina, discípulo del francés Goudinel y sucesor de Animuccia, como maestro de capilla de San Pedro, en Roma, se le apellidó el Creador de la música de iglesia moderna, sus composiciones, si bien carecen á veces de melodía, se distinguer, en cambio, por la claridad y majestad del estilo, la sencillez en la modulación y la observancia severa de las reglas de la armonía. Fué jefe de la escuela romana y contó entre sus discípulos é imitadores á los hermanos Juan María y Bernardo Nanini, Felice Anerio, Antonio Cifra y Ruggiero Giovanelli. La escuela lombarda se hizo igualmente famosa y contó, además de su jefe Costanzo Porta, á Pietro Ponzio, de Parma; á Orazio Vecchi, de Milán, y á Paolo Cima. Rocco Rodio fué la principal gloria de la escuela napolitana, en tanto que la veneciana, fundada por el flamenco Willaert, tuvo por representantes á Giovanni Croce, Giovanni Feretti, Mateo Asola, Andrea Gabrieli, Giovanni Gabrieli, sobrino del anterior, y Antonio Sartorio. A este mismo siglo corresponde una nueva forma de composición sagrada: el oratorio. La música profana tomó vuelos al mismo tiempo que la música religiosa. Las melodías populares napolitanas, conocidas con los nombres de aria, canzonetta y villanella, estuvieron en moda en toda Europa, como lo habían estado en la Edad media los cantos de los trovadores. Diferentes sociedades de aficionados cantaban madrigales, compuestos para varias voces y en un estilo fugato, sobre versos de Petrarca, de Ariosto ó del Tasso, por Animuccia, Palestrina y Luca Marenzio, de la escuela romana; el príncipe Gesualdo, de la escuela napolitana; José Caimo y Giacomo Gastoldi, de la escuela lombarda, y Costanzo Festa y Antonio Biffi, de la escuela veneciana. Hacia 1583, tomó nacimiento en la corte de los duques de Ferrara y en Venecia una nueva especie de música, la música concertante, cuya introducción se atribuye á Annibale Melone, compositor de la escuela romana. Finalmente, en 1590, fué considerablemente perfeccionado el sistema de la armonía por Claudio Monteverde, discípulo de la escuela veneciana. Otros varios escritores contribuyeron también á los progresos del arte, particularmente, Pedro Aarón, Luis Fogliani, Juan María Lanfranco, el padre Angel de Picitón, Nicolás Vicentino, el abad Aiguino, Juan María Artusi, Vicente Galileo (padre del matemático), Orazio Tigrini, Hercule Bottrigari, el padre Valerio Bona, el padre Ludovico Zacconi y Zar
loni, que fué el más notable de todos. El siglo XVI presenció el estreno de un género nuevo, el género dramático, destinado á adquirir en las edades sucesivas una importancia y una superioridad incontestable. La aplicación de la música á los dramas era sin duda más antigua, puesto que en 1440, según unos, ó en 1480, según otros, se había ya representado en Roma una Conversión de san Pablo con música de Francisco Baverini; en 1475, un drama de Angel Politién, titulado Orfeo; y aun se añade que, desde el año 1300, se recitaban en verso las acciones heroicas de los grandes capitanes al compás de la música. Pero estos anuncios del arte no eran más que ensayos informes. Alfonso della Viola, maestro de capilla en Ferrara, pasa por el primero que unió el canto á la declamación en las representaciones escénicas, y no cabe ya duda ninguna de que la pieza más antigua que apareció en forma de ópera es el Orbeccho, de Giraldi Cinthio, tragedia que aquél puso en música y que fué representada en Ferrara en 1541. Claudio Merula, Orazio Vecchi y Emilio del Cavaliere hicieron también algunas tentativas del mismo género; pero todas ellas no eran más que especies de monólogos, compuestos en estilo de madrigales y cantados por varias voces, sin acompañamiento de ningún instrumento. Con la Dafne, de Peri, representada en Florencia en 1597, y en la cual la declamación hablada fué sustituida por el recitado ó declamación lírica, se dió un gran paso hacia adelante. El brillante éxito de esta innovación fué consagrado por la Furidice, de Peri y de Julio Caccini, cuyo estreno tuvo lugar en Florencia en 1600, con motivo del matrimonio de Enrique IV con Maria de Médicis, y por la Ariadna y el Orfeo, de Monteverde, en 1607. Es digno de notarse que por este tiempo empezaron á emplearse algunos instrumentos de orquesta. El drama lirico permaneció estacionario durante los primeros años del siglo XVII. Francesco Cavalli, maestro de capilla en Florencia, intentó, en su ópera de Jasón (1649) poner la expresión de sus arias en armonía con la situación de los personajes, mientras que Carissimi dió más gracia al recitado, más movimiento, variedad y elegancia á los acompañamientos de bajo; una forma más regular á los oratorios, y puso en moda la instrumentación de orquesta en la música de los templos. Alejandro Scarlatti separó del recitado el aria, la cual se confundia frecuentemente con él, y creó la sinfonía. La construcción de teatros permanentes y públicos permitió multiplicar las representaciones, que, hasta entonces, habían tenido lugar en los salones particulares. Dominico Mazzocchi, músico de la escuela romana, se distinguió en la composición de los madrigales; Gregorio Allegri, Valentini, Bernabei, Benévoli, Perti y Stéfani, en la música sagrada; Colonna, en el oratorio. Horacio Benévoli, maestro de capilla del Vaticano, perfeccionó la ciencia del contrapunto, en tanto que la cantata, destinada á reemplazar al madrigal, fué cultivada felizmente por Carissimi, Stradella, Scarlatti, Cesti, Ludovico Rossi, Bassani, Latti y Gasparini. La música instrumental marchaba á la par con la vocal. Dos familias de guitarristas, de Cremona, perfeccionaron en sumo grado la fabricación de los violones. Una escuela de violón, fundada por Corelli, produjo, entre otros tocadores distinguidos, á Francesco Geminiani, los hermanos Somis, de Turín; Albinoni, de Venecia; José Torrelli, de Verona; José Valentini, Marietto, de Nápoles; Pedro Locatelli, de Bergamo, y Veracini, de Florencia. Un célebre músico de Ferrara, Frescobaldi, organista del Vaticano, inventó una nueva manera de tocar el órgano, la cual consistía en ligar y sostener los sonidos, representando y reproduciendo alternativamente algunos temas ú objetos de imitación. La ciudad de Bolonia se distinguió entre las demás por sus escuelas musicales, hasta el punto de que tres sociedades se formaron en ella en pocos años: la de los Floridi, fundada en 1615 por Adrián Banchieri, la de los Filomusi y la de los Filoschici, establecidas en 1622 y 1633 por Jerónimo Giacobbi, las cuales quedaron refundidas en la A cademia filarmónica, creada en 1666 por Vicente Carrati. Entre los autores de obras teóricas, se citan á Lemmo Rossi, Lorenzo Penna, Scipión Ceretto, Esteban Bernardi, Camilo Anglería, Juan María Buononcini, Angelo Berardi, el padre Daniel Bartoli y, sobre todos, J.-B. Doni. El siglo XVIII fué, sin disputa, la época más notable y fecunda de la música italiana. Maestros renombrados conservaron escuelas de las que salieron grandes talentos en todos los géneros: los Fedi y Amadori, en Roma; Pistocchi, en Bolonia; Redi, en Florencia; Brivio, en Milán; Peli, en Módena, y Gizzi, Pórpora, Leo, Durante, Feo, Sala, Fenaroli y Tritto, en Nápoles. En ningún otro tiempo se ha practicado el arte del canto de una manera tan brillante: la escuela romana dió á Bernacchi, Pasi, Fabri, Guarducci, Ausani, Crescentini, la Gabrielli y la Catalani; la escuela napolitana fué ilustrada por Farinelli, Caffarelli, Gizzielli, Millico, Aprile, Matucci y la Mingotti; á la escuela lombarda pertenecen Appiano, Salimbeni, Monticelli, Guadagni, Giovanne Paita, Carlo Scalzi, Aug. Fontana, Ottani, David, Marchesi, Viganoni, la Viscontina y la Grassini; Porporino y la Bordini se formaron en Venecia; Manzuoli y la Tramontini, en Florencia. Los escritos teóricos se multiplicaron y entre sus autores figuran Zacharia Tevo, el padre Martini, el padre Sacchi, el conde Algarotti, el padre Paolucci, el caballero Planelli, Signorelli, J.-B. Mancini, Manfredini, el padre Valotti, el canónigo Belli y el padre Sabbatini. Con todos estos elementos, los recursos se aumentaron y el trabajo de la composición llegó á ser más rico y abundante. La música sagrada contó entre sus tesoros las obras de Ottavio Pittoni, de Pórpora, de Leo, de Durante, los Stabat de Pergolese y de Boccherini, los Salmos de Marcelo y una infinidad de piezas escritas por Fioroni, Saludini, Mei, San Martini, Santarelli, Bertoni, Casali, los PP. Martini y Valotti, Zanotti, Vignoli, Ottani y Orsini. La poesía del drama lírico, notablemente perfeccionada por Metastasio, excitaba sin violencia la inspiración de los músicos. Tres generaciones de compositores dramáticos vinieron sucediéndose en progreso constante en el transcurso de nn mismo siglo. Pertenecen á la primera: Porpora; Leonardo Vinci, el cual supo dar á las arias mayor desarrollo y una forma más regular; Pergolese, llamado el Divino, cuyas melodias, Ilenas de expresión, aunque poco celebradas en su tiempo, excitaron después de su muerte el más frenético entusiasmo; Logroseino, á quien los napolitanos llamaban el Dios de la ópera bufa; Pistorini, dotado de un talento flexible, y Galuppi, uno de los mejores compositores para la ópera cómica. En la segunda generación figuran: Jommelli, cuya música de cámara y de iglesia, como la de sus obras teatrales, se distingue por la originalidad de las ideas, la sencillez admirable de las melodías y la riqueza de la armonia; Piccinni, músico de una gran fecundidad, el cual fijó la forma del dúo; Sar ti, dulce y elegante en sus melodías, aunque poco profundo, y Sacchini, tan elogiado en Francia por la pureza y la expresión de sus cantos como por la facilidad y riqueza de sus acompañamientos. Tres maestros, por último, aventajaron todavía á sus predecesores: Guglielmi, Paisiello y Cimarosa, cuyas composiciones, consideradas como obras maestras de canto, Ilevan impreso el sello de la más profunda originalidad.—En la música instrumental, el siglo xvI produjo también artistas distinguidisimos. José Tartini, célebre por la invención de un sistema de armonia, formó una escuela de violón, en la que enseñó el nuevo modo de manejar ó conducir el arco, que él había aprendido de su maestro Veracini: contó entre sus discípulos á Nardini, Morigi, Ferrari, Capuzzi, Celestini y Pugnati, maestro á su vez de Viotti y de Bruní. Alejandro Rolla se dió á conocer por su talento en la viola y en el violón; Antonio Lolli figura igualmente entre los violinistas; y los hermanos Alejandro y Jerónimo Berozzi alcanzaron una gran reputación: el uno, en el fagot, y el otro, en el óboe.— Los últimos años del siglo xIII y los primeros del xiX forman un período intermedio, que se prolonga hasta la aparición de Rossini, durante el cual los compositores se concretaron á imitar los modelos de la edad precedente
y á perfeccionar los procedimientos; sin que se noten en todo ese tiempo progresos sensibles bajo el punto de vista de la invencion. Los unos, fueron á establecerse y hacer representar sus obras en el extranjero: Salieri y Righini, en Alemania; Bernardo Mengozzi, Bernardo Porta, Della María, Spontoni, Cherubini, Paër y Carafa, en Francia. Los otros, que permanecieron en ITALIA, quedaron eclipsados con la llegada del nuevo compositor, figurando entre ellos: Narzolini, músico gracioso, aunque falto de nervio; Vicenzo Federici, el cual escribía para los teatros de Londres y de ITALIA; Francisco Mosca, de un talento limitado, y á quien se atribuye el primer empleo del crescendo; Francisco Gnecco, cuyo estilo es incorrecto, débil y trivial; Zingarelli, director del conservatorio de Nápoles; Simón Mayr ó Mayer, imitador de Mozart; Fioravanti, nombrado maestro de capilla en Roma; los hermanos Orgitano, notables por la originalidad de sus cantinelas; Francisco Morlacchi, músico bastante fecundo y estimado, y Carlos Coccia, director de la ópera italiana en Lisboa y en Londres.—A este período se refieren dos grandes fundaciones: la del Liceo musical (1805), en donde enseñó el padre Mattei, y la del Conservatorio de Milán, á cuyo frente figuró Asioli como primer director.— Mucha parte de la gloria de ITALIA durante el sigloxix, reside en el genio brillante y fecundo de Rossini, cuyas obras maestras alcanzaron un éxito asombroso en el mundoentero. En 1813 dió Tancredo y La Italiana en Argel; en 1816, El Barbero de Sevilla y el Otelo; en 1817, La Gazza ladra y La Cenerentola; en 1818, Mosé in Egitto; en 1819, La Donna del lago; en 1824, Semíramis; en 1827, El sitio de Corinto, que no es más que un Maometto retocado para la escena francesa; en 1828, El Conde Ory, y en 1829, Guillermo Tell. La popularidad de esta música no puede ser comparada con ninguna otra de tiempos anteriores, encontrándose en ella un caudal prodigioso de cantos felices, de inspiraciones dramáticas y de melodías elegantes, que encantan el oido y conmueven el corazón. En las óperas de los antiguos maestros abundan los recitados, las arias y los duos: de los primeros usó Rossini pocas veces en sus obras, amenizándolos con riquísimos dibujos de orquesta; dió más movimiento á la acción, mayor importancia á los cuerpos corales y no dejó nunca que el interés se debilitara en el intervalo de las piezas. Todos los medios materiales empleados por los precedentes compositores, tales como la variedad de ritmos, los duos, los concertantes, el crescendo, los diversos géneros de modulaciones y de acompañamientos, supo Rossini apropiárselos hábilmente; estos medios, infecundos sin duda en las manos de las medianías, recibieron nueva vida con la fecundidad, la gracia y el calor de sus inspiraciones. Las obras de Rossini encontraron intérpretes dignísimos, como Veluti, Rubini, Zozzari, Galli, Lablanche, A. Nourrit, Duprez, la Pasaroni y Pasta. Los demás compositores italianos del siglo xix no hicieron otra cosa que seguir el sendero trazado por Rossini é imitar sus cantos, las formas y la instrumentación, entre los cuales se cuentan: Pacini, Vaccaj, Valentini, Persiani, Balducci, Aspa, Petrelli, Ricci, Raimondi, Bonfichi, Sapienza, Coppola, Costamagna, Negri, Nini, Lillo y Casamorata. Por encima de estos compositores debemos colocar al famoso maestro Mercadante; y por encima de Mercadante y al nivel de Rossini, á los inmortales Donizetti, nacido en 1798, lauro hermosísimo de sus tiempos, y Bellini, nacido en 1802, gloria eterna de nuestro siglo, incomparable en una dulzura, que él supo convertir en encanto. Si el arte consiste en un embeleso, en un éxtasis, en un hechizo, Bellini es superior á todos; á Rossini también. Cuando Rossini oyó La Extranjera, que fué una de las primeras obras de Bellini, exclamó: «Este principia por donde nosotros concluimos.» Las principales obras del fecundo y magnífico Donizetti son: Ana Bolena, El Elixir de amor, Lucrecia Borgia, Gemma de Vergy, Marino Faliero, Belisario, La Hija del Regimiento, Don Pascual, la Linda de Chamounix, Marta de Rohán, La Favorita, Los Mártires y Lucia de Lammermoor, cuyos nombres bastan para hacer latir nuestro pecho y alucinar nuestra fantasía. Entre las óperas más célebres de Bellini, deben citarse: El Pirata, La Extranjera, Montescos y Capeletos, Beatriz de Tenda, La Sonámbula, Los Puritanos y la Norma, la perpetua desesperación de los músicos, cuya ópera no es más ni menos que una melodía. Los afortunados intérpretes de Bellini fueron: Rubieri, Tamburini, Meric-Lalanda, la Pasta y la Malibrán, la última de las cuales interpretó el alma del músico con el interés de un doble genio, porque era el interés del genio y del amor. Si fuera permitido establecer comparaciones entre talentos de la suprema alcurnia, pudiéramos decir que Rossini es el poeta sabio; Donizetti, el ángel; Bellini, el querube. Rossini nos hace ver un mundo; Donizetti nos abre las puertas del Paraiso; Bellini nos conduce al cielo. Cuando veamos que alguna criatura llora, oyendo cantar, no preguntemos quién es el autor de aquel canto. El interior de Vicente Bellini es un alma poblada de seres divinos. Murió cuando no habia cumplido 32 años. ¡Qué dolor tan grande para el arte! Es decir, ¡qué dolor tan grande para todos! Pero debemos consolarnos: «Si buena flor se nos fué, Buen aroma nos dejó.» El compositor más nombrado después fué José Verdi, notabilisimo por sus progresos en materia de instrumentación y de interés dramático. Rossini decía que todo lo malo de Verdi era suyo, mientras que lo bueno era copiado. Le aborrecía en tales términos que, hallándose una vez en Bolonia, si mal no recordamos, abandonó inmediatamente la ciudad porque allí se representaba el Rigoletto. Sin embargo, Verdi causó cierta revolución en la música de su siglo y muchos le llaman: el rey de la escena. En la música religiosa puede citarse al abate Baini, compositor y cantor de la capilla pontifical, y á Terciani, maestro de capilla de San Juan de Letrán. En la música instrumental, se distinguieron el organista Parisi y los violinistas Polledro y Rovelli, que el maravilloso talento de Paganini hizo olvidar. Paganini era una especie de semidiós del violin, convertido por aquel gran genio en arca misteriosa de la música. 45. Lenqua.—El italiano es uno de los idiomas neo-latinos, el cual ha sido considerado, en su más elevado origen, como una duodécima forma del antiguo latín. En efecto, el latín primitivo, siguiendo la ley general de las lenguas, fué continuamente perdiendo las formas complicadas de sus declinaciones y conjugaciones, para adoptar las más claras y analíticas; al lado, pues, del latín literario, fijado por los escritores de genio y hablado por las clases instruidas de la sociedad romana, existía una lengua menos correcta, aunque igualmente lógica, llamada lengua rústica y lenqua de los campos, que era la de los campesinos, la de la plebe y la de los soldados. Desde el siglo u de la era cristiana, se encuentran señales de esta lengua en las inscripciones de las catacumbas, en las cuales veiase ya uno de los caracteres principales que había de ofrecer luego el italiano: la supresión de las declinaciones, y la tendencia hacia una terminación única de los sustantivos. Con el tiempo, y bajo la influencia de los cataclismos históricos, esta lengua popular acabó por sustituir al antiguo latín en el lenguaje ordinario. El primer monumento escrito en este nuevo idioma, que puede ya llamarse italiano, data del año 1135; es una inscripción en verso grabada sobre una piedra de la bóveda de la catedral de Ferrara; pero, desde el siglo ix y aun el viii, se encuentran también vestigios de la nueva lengua en los nombres propios de hombres y de lugares que contienen las actas privadas ó públicas. Los caracteres de este italiano antiguo, que ha conservado el italiano moderno, consisten: 1.°, en una terminación invariable ó casi invariable, sustituida á las desinencias variadas de la declinación latina, y que fué, generalmente, la del ablativo latino singular: así, se dice genitore, domino, en vez de genitoris, genitorem, domini, dominum; 2.°, el italiano descompuso las formas complicadas por las cuales el antiguo latin marcaba los diversos tiempos del verbo, por medio de verbos auxiliares, como ser ó estar, haber ó tener, hacer, ir y venir; 3.°, la supresión de los casos, que determinaban oxo hi a
las relaciones bajo las cuales concebía la inteligencia los objetos exteriores, trajo el uso de voces particulares (preposiciones) para continuar marcando las relaciones expresadas: liber Petri viene á ser il libro di Pietro. El antiguo adjetivo del latin ille, illa, empleado ya por el mismo Cicerón con el genitivo de un modo determinado, vino á ser como el compañero inseparable del sustantivo, y formó la especie particular de vocablos Ilamada artículo: il, lo, la, egli. La inmensa mayoría de las palabras italianas es incontestablemente de origen latino; sin embargo, la ITALIA llegó á verse durante largo tiempo tan perturbada por las invasiones, que puede decirse que su lengua tiene una fisonomía menos latina que el español. El italiano ha conservado un considerable número de voces pertenecientes á las lenguas de los pueblos que precedieron á los latinos, tales como el ilírico, el etrusco, el ombriano, el osco y el sabino; ha tomado algunas expresiones á las razas conquistadoras, galos, germanos y eslavos, y recibido otras varias de los sarracenos y de los poseedores griegos de la baja ITALIA. Más armonioso, aunque menos sonoro que el español, el italiano tiene de nuestra lengua la abundancia y la sencillez; sencillez que está unida al origen democrático de la lengua, la cual se formó en las poderosas repúblicas de Pisa, de Florencia, Génova, Venecia y Pavía. Por otra parte, el gran número de genios diferentes que han escrito en esta hermosa lengua, la han adaptado á todos los tonos, desde el más trivial hasta el más sublime. Aquí debe notarse un fenómeno curiosisimo, el cual demuestra que las lenguas se subordinan en su formación y desarrollo á ciertas leyes de una filosofia que pudiera llamarse histórica. Realmente, en las alternativas del idioma italiano se ven reflejadas punto por punto las distintas fases de la vida política de aquella gran nación. Así sucede que la lengua aparece sencilla, concisa, viril, en progreso constante, mientras que el pueblo de aquellas repúblicas, desplegando toda su energía, todo su valor, todas sus virtudes, conservó en sus costumbres la sencillez y la rudeza de la sobriedad. Por el contrario, la lengua italiana perdió sin duda la fuerza nativa de su origen, la virtud de las primeras razas, cuando las costumbres se corrompieron, cuando los hombres se afeminaron, cuando la nación, caída del antiguo trono, no tuvo aliento para defender el sagrado depósito de su independencia. Al caer el pueblo cayó su palabra, como cayó su historia, como cayó su literatura, como cayó también su hermoso arte. El italiano se halla muy lejos de ser hablado con la igual pureza en toda la península, pues existen numerosos dialectos, muy separados del italiano clásico, que tienen su origen en la invasión y la conquista. Los más incorrectos son el lombardo, el vencciano, y particularmente, el napolitano de los calabreses y de los abruzos. El toscano de Florencia es el italiano más puro, castizo, entonado y armonioso, notándose que, en boca del pueblo romano, toma un acento particularísimo de nobleza y de melodía. Así se dice, á guisa de proverbio: «habla toscana en lengua romana.» En efecto, oir el toscano á una mujer educada de Roma, es como oir la vibración de un arpa ó el canto de un ave. No parece sino que el italiano clásico es el dialecto toscano, elevado á la categoría de lengua nacional, en virtud de cierta cultura que la historia explicará un día. Sin embargo, hay una opinión que considera el italiano literario como formado indistintamente de todos los dialectos de ITALIA, el cual ha conservado lo que cada uno de ellos tenía de más perfecto. Esta opinión, que es la del Dante, ha tomado recientemente cierto crédito en el reino de ITALIA. ¡Lástima ciertamente que de un idioma tan hermoso hayan hecho una simple solfa, esqueleto deforme de la lengua madre! El que tenga necesidad de adquirir ideas más extensas sobre este punto, puede consultar las obras siguientes: Accarisio, Grammatica volgare, Bologna, 1536; Scipio Lentulus, Italicæ gramatica præcepta ac ratio, Nápoles, 1568; Nouvelle methode de M. M. de Port Royal pour apprendre la langue italienne, Paris, 1660; Veneroni, Le maître italien, Ams., 1691; Corticelli, Regole ed osservazioni della linqua toscana rifdattadà matada-, Bologna.,1745; Soave, Grammatica ragionata della linqua italiana, Parma, 1772; Luneau de Boisgermain, Cours de lanque italienne, Paris, 1783; Barberi, Grammaire des grammaires italiennes, Paris, 1819; Martelli, Grammaire italienne élémentaire, Paris, 1826; Cerutti, Grammatica filosofica della linqua italiana, Roma, 1839; Accarisio, Vocabolario ed ortogra fia della lingua volgare, Cento, 1543; Il vocabolario degli academici della Crusca, Venecia, 1612; Antonini, Dizionario italiano, latino è francese, 1735; Alberti di Villanova, Dictionnaire italien français, Paris, 1825; Bonavilla, Vocabolario etimologico, Milán, 1825; Tomaseo, Nuovo Dizionario dei sinonimi della lingua italiana, Florencia, 1830, Dizionario della linqua italiana, Bolonia, 1819-26; Vocabolario universale italiano, Nápoles, 1829-40.— Jr. Alunno, Le richezze della linqua italiana, Venecia, 1543; Giambullari, || Gelo, cioè ragionamenti della prima origine della toscana lingua, Florencia, 1546; Persio, Discorso intorno alla conformità della lingua italiana con la greca, Bolonia, 1592; Buonmattei, Della lingua toscana libri II, Florencia, 1643; F. de Diano, Fiume dell' origine della linqua italiana è latina, Venecia, 1626; Oct. Ferrari, Origines linguæ italicæ, París, 1676; Galeani, Dell' uso è de pregi della lingua italiana, Turin, 1791; Tozzelli Mazzoni, Origine della linqua italiana, Bolonia, 1831; Romani, Ope Ire sopra la lingua italiana, Milan, 1825; Castiglia, Studii della lingue iteliana, Palermo, 1836. 46. Literatura.— La historia de la literatura italiana puede dividirse en cinco períodos: el I.°, que se extiende hasta el siglo XIV, abraza la reaparición de las letras en ITALIA despues de la invasión de los bárbaros, y los primeros ensayos de los poetas bajo la influencia de los modelos provenzales; el 2.a, que aparece dominado por tres grandes figuras: el Dante, Petrarca y Boccacio; el 3.°, que comprende la segunda mitad del siglo XV, todo el XVI, que es la edad del Renacimiento, y encierra lo que se llama el siglo de León X; el 4.°, que se compone del siglo XVII, durante el cual la ITALIA, á pesar de su decadencia, obró sobre las literaturas vecinas, y del XVIII, en que experimentó la influencia francesa; y el 5.°, que comprende la edad contemporánea. Primer pertodo.—La literatura italiana no procede inmediatamente de la literatura latina, pues las letras romanas, que se hallaban en decadencia casi desde la época de los emperadores, fueron declinando hasta Constantino, el cual, abandonando á Roma por Bizancio, dió el golpe mortal á las letras y á las artes en toda ITALIA. A partir del triunfo de la religión cristiana bajo aquel emperador, la literatura eclesiástica fué la única que suministró obras notables: aunque la invasión de los bárbaros aniquiló toda cultura moral, y, si bien introdujo un elemento nuevo en el agotado suelo de la vieja ITALIA, su esterilidad continuó todavía durante mucho tiempo. Sin embargo, el estado de este pais bajo los reyes godos y lombardos no llegó á ser tan desesperado como podría creerse; los vencedores tomaron algo de la civilización de las naciones conquistadas, y basta citar á Teodorico para demostrar que los monarcas godos consideraron como un alto honor el proteger las letras. En la época de Carlo Magno hallábase la ITALIA más civilizada que los demás países de Europa, por cuya razón vemos que aquel príncipe se empeña en atraer á su corte á literatos y artistas italianos; entre otros, á Teodulfo, godo de origen, obispo que fué de Orleáns. Con los sucesores de Carlo Magno vuelve el reinado de las tinieblas, que es el reinado de la escolástica. Los únicos estudios de estas edades remotas son la jurisprudencia y la teología; las miserables disputas de escuela absorben todavía á los pocos talentos que se ocupan de aquellas ciencias; las palabras sustituyen á los conceptos; la sutileza y el sofisma, á la ingenuidad y sencillez de los mejores siglos. El pontificado de Gregorio VII (1073-1085) vió aparecer los primeros vislumbres del renacimiento de la literatura en ITALIA. Este Papa dió orden á los obispos para que conservaran cerca de su Iglesia una escuela destinada á la enseñanza de las letras, al mismo tiempo que la condesa Matilde fundaba la universi
dad de Bolonia, en donde se estudiaba el Código de Justiniano. Todas las notabilidades de esta época son hombres de iglesia, y los dos más célebres, nacidos en ITALIA, pasaron su vida lejos de su país. Fueron éstos Lafranco, de Pavía, que hizo del monasterio de Bec, en Normandía, una escuela famosa, y combatió enérgicamente la herejía de Beranger; y san Anselmo de Aosta, su discípulo, monje, como él, de Bec y arzobispo de Cantorbery.—El siglo xiI hizo entrar en la civilización europea un elemento nuevo: las cruzadas habían establecido comunicaciones entre Constantinopla é ITALIA, y los obispos italianos, enviados frecuentemente como embajadores cerca del imperio de Oriente, tuvieron ocasión de iniciarse en el conocimiento de la lengua y de la literatura de los griegos. Desgraciadamente, la Iglesia y la ITALIA eran objeto de repetidos trastornos; las elecciones de los papas ocasionaban conflictos, que los emperadores de Alemania resolvían; varios antipapas provocaron cismas; Arnaldo de Brescia intentó establecer en Roma una república, que el papa Adriano IV no pudo destruir sino con el auxilio del emperador Federico Barbarroja. Durante estas turbulencias, las letras languidecían é ITALIA no llegó á producir otro hombre célebre que Pedro Lombardo, llamado el Maestro de las sentencias. Esta fué la época de la grande autoridad de Aristóteles; las letras se hallaban reunidas á la gramática, y la dialéctica y las disputas de los realistas y de los nominales invadían las escuelas todas. El italiano no existía aún; y si algún idioma vulgar se hablaba comunmente, no se escribia, pues el latín, que habia pasado al estado de lengua muerta, era la lengua única de los autores. Las producciones más notables de este período son las crónicas locales. Pisa, Génova y Milán tenían su historiador oficial, el cual narraba los acontecimientos, de que él mismo era testigo, con parcialidad, sin duda, pero no sin curiosidad é interés. En tanto que el italiano se elaboraba lenta y oscuramente, existían ya en el Mediodía de la Francia una lengua completamente formada y una escuela de poesía floreciente. Los trovadores, llamados á ITALIA, tuvieron allí sus imitadores y secuaces. El primer italiano que se dió á conocer como poeta provenzal, fué Alberto Malaspina, hacia fines del siglo xII. Citanse también á Sordello, de Mantua, á quien Dante ha consagrado, en su Purgatorio, algunos de sus más hermosos versos; á Lafranco Cicala, de Génova; á Bartolomeo Zosri, de Venecia; á Lambertini, de Bolonia; á Lanfranchi, de Pisa, y otros. Pero la influencia de los trovadores, no sólo produjo en ITALIA poetas provenzales, sino que hizo nacer los primeros poetas italianos, que se sirvieron de la lengua de su país. A partir del año 1220, Federico II tuvo en Sicilia una corte brillante, en la que se cultivó la poesía nacional, cuya escuela llegó á ser tan célebre, que, según el Dante, dábase en su tiempo á toda obra en verso el nombre de siciliana. A esta misma escuela pertenecieron también Ciullo de Alcamo, Federico II, su canciller Pedro de las Viñas, Jacobo de Sentino, los dos Colonna (Guido y Odo), Ramieri y Rugiero de Palermo. De 1250 á 1270, se formó en Bolonia otra nueva escuela de poesía, cuyo jefe fué Guido Guinicelli. Cuando se comparan las obras de este autor con las de sus antecesores, se encuentra en ellas más arte en el conjunto, más imaginación y rasgos ingeniosos en los detalles, mayor elevación de sentimientos y de ideas, así como un lenguaje más flexible, más limado y original; pero en sus piezas, salvo raras excepciones, se nota tambien el gusto y el sistema provenzal, puesto que todas ellas versan sobre el amor caballeresco. A la escuela de Bolonia pertenece igualmente Guidotto, notable por su exquisita sensibilidad. Brunetto Latini, el maestro de Dante, compuso algunos versos amorosos; cultivó con preferencia la ciencia, la filosofia y la literatura, y se dice que tradujo al italiano la Retórica y varios fragmentos de las arengas de Cicerón, sentando de este modo los principios de gusto y de composición literaria más generales y elevados que los dominantes hasta entonces. La principal obra de Brunetto, intitulada El Tesoro, es un resumen de toda la ciencia de su tiempo, que logró adquirir en sus numerosos viajes. Por el doble efecto de los preceptos y de los ejemplos de Brunetto Latini, la tendencia hacia los estudios y las especulaciones filosóficas se generalizó, reflejándose hasta en la nueva escuela de poesía que acababa de formarse en Florencia, la cual se cuidaba, más que de expresar el amor, de definirlo sutilmente en el sentido de las opiniones de Aristóteles. Guido Cavalcanti, poeta de esta escuela, compuso algunas baladas y canciones, en las que introdujo inoportunamente sus disertaciones filosóficas y recuerdos de la antigüedad. Segundo periodo.—Junto á los manes de muchos siglos desgraciados; sobre las tumbas de cien generaciones despedazadas; entre cien osamentas de edades perdidas, hay un hombre puesto de pie, con los brazos cruzados, de mirada tranquila, de frente inspirada, de corazón ardiente, de fe profunda, de pensamiento poderoso, de inspiración sublime; está pálido, silencioso, inmoble, como la figura de la eternidad: es el Dante. ¡Espectáculo portentoso! Un solo poeta, el judío errante de su siglo, el alma de los gibelinos de su nación, pone la controversia sobre la urna veneranda de las tradiciones; pone un libro sobre la omnipotencia del pontificado; es el germen oculto de formidables guerras religiosas y muda de un golpe la faz del mundo. ¡Si! Aquel hombre quemado en efigie, el hereje de aquellas edades, crea con sus dolores un nuevo espíritu y anima con él el esqueleto del presente y el fantasma inmenso del porvenir. Aquel peregrino que recorre las ciudades de ITALIA con un niño en el hombro, casi implorando la caridad pública, impera hoy en todas partes como profeta de los tiempos, como apóstol de las conciencias, como rey de la historia. ¡Bien haya el cielo que así dispone invisiblemente las cosas de la tierra! ¡Oh Ser altísimo y augusto! ¿Quién será capaz de sondar con su ciencia los abismos de tu sabiduría? Ya que no sabemos comprenderte, es preciso sentirte y adorarte.—Dante inauguró magnífica y brillantemente una civilización nueva. Aparte del poemo épico (La Divina Comedia), por el cual es generalmente conocido, dejó otras varias obras importantes. La primera es la Vita nuona (Vida nueva), que escribió en 1291, á la edad de 21 años. Bajo este título coleccionó todas las poesías que había dedicado á Beatriz, muerta después de uno ó dos años, y las unió entre si por sus comentarios históricos ó psicológicos, en donde consignó todo lo que su memoria le recordara acerca de las causas que le habían estimulado á componer aquellas poesías y las impresiones bajo las cuales habían sido escritas.—El tratado latino De Floquio vulgari (De la lengua y de la elocuencia vulgar), se halla dividido en dos partes. La primera está consagrada á la historia de los dialectos italianos: Dante los clasifica con método y sienta algunas afirmaciones curiosas. Según él, el dialecto en el cual escribían los poetas del siglo XIII, no era el dialecto particular de ninguna de las provincias, ni de las ciudades de ITALIA, sino un dialecto de corte, un dialecto ideal, modelo formado indistintamente de lo más perfecto de los dialectos locales, y al que da el nombre de dialecto cardinal ó ilustre. En la segunda parte del tratado de la elocuencia vulgar, ha establecido los principios de una hipótesis sobre la poesía. Después de ocuparse de ésta, en general, trata de su forma y de sus diversos estilos, que son el trágico, el cómico y el elegiaco; pero toma estos términos en un sentido completamente distinto de su sentido clásico y escolar. Por trágico, entiende el estilo noble y elevado; por cómico, el estilo bajo y medio; por elegíaco, el estilo bajo, con exclusión completa de otro, sin entrar en explicaciones particulares relativamente á estos dos últimos estilos, el elegíaco y el cómico; y en cuanto al trágico, sólo encuentra tres asuntos que le convengan: el valor guerrero, el amor y la virtud. Una tercera obra de Dante, El Banquete (Il convito), es un comentario cientifico y filosófico de 14 canciones de las más bellas que hasta entonces había escrito. Finalmente, se tiene de él un tratado latino, De monarchid, escrito para sostener el partido del emperador Enrique VII. En esta obra, divi
dida en tres partes, examina: l.°, si la monarquía universal es necesaria á la felicidad del común de los hombres; 2.°, si el pueblo romano había tenido el derecho de ejercer esta monarquía; 3.°, si la autoridad del monarca procede ó depende de Dios ó de otro ministro ó vicario de Dios. Resueltas afirmativamente las dos primeras cuestiones, en la tercera se ciñe principalmente á demostrar que el emperador es independiente del poder del Papa; sostiene que los soberanos dependen directamente de Dios, y tiende á no reconocer la autoridad del Papa fuera de lo espiritual. La fama de Dante dominó su siglo, pero sería injusto pasar en silencio el movimiento literario de entonces. Era aquélla la época en que Roberto de Anjou, rey de Nápoles y conde de Provenza, protegía á los sabios y aun tuvo la noble emulación de igualarles. La mayoría de los príncipes de ITALIA, y, á ejemplo de éstos, los ciudadanos ricos, tuvieron á gloria el proteger á los escritores y á los artistas, los cuales quizás no hayan alcanzado nunca mayor protección ni más honores que en aquella época. Las universidades de Bolonia y de Padua contribuyeron poderosamente á propagar y extender el gusto de las letras en ITALIA, y sus profesores eran, en su mayor parte, hombres de talento reconocido, como Pedro de Albano y Cecco de Ascoli Cino de Pistoia, profesor de jurisprudencia, era igualmente conocido como poeta, y hasta el mismo Petrarca le dispensó el honor de imitarle. La historia, que es el género en que más se han distinguido los italianos, empezó á tener sus intérpretes: Dino Compagni, florentino, escribió una Crónica que se extiende desde 1280 á 1312; Juan Villani redactó también, si no con más latitud y talento, con cierta especie de dignidad, aunque en estilo débil, una historia de Florencia, desde su fundación hasta el año de 1343; obra que Mateo Villani, su hermano, y Felipe, hijo de Mateo, continuaron hasta 1364, y que ha sido colocada entre los libros clásicos italianos. Venecia tuvo tambien su historiador, el dux Andrés Dándolo, cuyo libro, escrito en latín, comprende desde los primeros años de la era cristiana hasta mediados del siglo XIV. Albertino Mussato, de Padua, cronista y poeta, dejó escrita una historia intitulada Augusta, que contiene, en 16 libros, la vida del emperador Enrique VII. En otros ocho libros relata los acontecimientos que sobrevinieron á la muerte de este príncipe, hasta 1317; tres libros en versos heroicos, en que se ocupa del sitio de Padua por Can Grande de la Scala, y otro en prosa, en que describe las revueltas y disturbios que desgarraron á dicha ciudad y que la hicieron pasar al dominio de los señores de Verona. Las poesías de Mussato, epístolas, elegías y églogas, están escritas en latín, y en un estilo abundante y fácil. Compuso además dos tragedias, en la misma lengua, las primeras que han sido escritas en ITALIA: Eccelinus, cuyo protagonista es el famoso Ezzelino, y Achilles, que tiene por asunto la muerte de Aquiles.—Petrarca comparte con Dante la gloria de haber formado la poesía italiana. Sus obras latinas, en las cuales fundaba toda la esperanza de su renombre, y que han sido completamente olvidadas, no carecen de mérito. Cicerón y Virgilio fueron los dos modelos que se propuso en su prosa y en sus versos. Entre sus mejores obras se citan: un Tratado de la una y de la otra fortuna, en el que se desarrolla la idea filosófica de que es frecuentemente más dificil de sostener la buena que la mala fortuna; otros tratados De la vida solitaria y sobre el ocio de los religiosos; un tratado Del menosprecio del mundo, en forma de diálogo entre el autor y san Agustín; un escrito singularmente original, intitulado: De su propia ignorancia y de la de muchos otros, en contestación á algunos jóvenes que le habían tratado de ignorante porque no participaba de su exclusiva admiración por Aristóteles; un poema no terminado, el A frica, en honor de Escipión el A fricano; doce églogas, algunas de las cuales son verdaderas sátiras contra los papas y los abusos de la Iglesia, y una correspondencia sostenida con todos los grandes hombres de entonces, y en la cual se encuentra la historia política y literaria de la época. El Canzoniere (El Cancionero), colección de poesías en lengua vulgar, y que, por esta razón, la consideraba Petrarca casi como un error de su entendimiento, fué, sin embargo, lo que le elevó á la categoría de uno de los primeros poetas de ITALIA. Uno solo es el asunto que llena por completo aquella serie de pequeños poemas: la pasión absolutamente platónica que Petrarca sentía por Laura de Noves, dama tan virtuosa como bella; pero la monotonía del asunto desaparece ante el brillante colorido de las imágenes y la magia encantadora del estilo. Dante y Petrarca, genios igualmente privilegiados, representan dos caracteres completamente opuestos. En Petrarca todo es suave, todo es culto, brillante, delicado, como el rostro de Laura; mientras que en Dante asoma casi siempre la rudeza sublime del patricio, la bárbara sublimidad del héroe. Petrarca es el rayo de una estre Ila; Dante es el rayo de una tempestad.—Boccacio es para la prosa lo que Dante y Petrarca para la poesía: sus escritos son el tipo del lenguaje castizo y elegante; su estilo, pintoresco y gracioso; libre en sus arranques, pero siempre correcto en sus términos, ha quedado como modelo de los prosistas italianos. La principal obra de Boccacio, el Decamerón, ha sido muy estimada en todas partes. Entre las producciones latinas, citaremos: un Tratado de la genealogía de los dioses, en el cual ha reunido todo lo que sus estudios le habian enseñado sobre el sistema mitológico de los antiguos; un pequeño tratado sobre las montañas, bosques, fuentes, lagos, ríos, estanques y los diferentes nombres del mar, el cual pudo ser muy útil en aquellos tiempos para el estudio de la geografía antigua, cuyas nociones eran entonces tan confusas como las de la mitología; un Tratado de las desdichas de los hombres y de las mujeres ilustres; un libro De las mujeres célebres; diez y seis églogas que versan casi todas sobre hechos particulares, ó sobre asuntos de la historia de su época, dificiles de comprender por la dureza y oscuridad del estilo. Boccacio compuso varios sonetos y poesías amorosas en lengua vulgar, los cuales arrojó al fuego cuando llegó á conocer los versos de Petrarca, conservando sólo los grandes poemas. Se le debe la gloria de haber inventado la ottaza rima, forma poética que fué desde luego adoptada por todos los épicos italianos, excepto el poeta Trissino. La Théseida fué el primer poema en que Boccacio, renunciando á sus sueños y fantasías, desarrolló, á ejemplo de los antiguos poetas, una accion interesante, hábilmente enlazada y sostenida. El Filostrato, poema dividido en diez partes, tiene por asunto el amor de Troile, hijo de Príamo, por Chryseis, la traición de ésta y la desesperación del amante engañado. La Academia de la Crusca ha incluido esta producción en el número de las que ejercen autoridad en la lengua italiana. El Filocapo, que parece ser su primera obra en prosa italiana, es una novela de caballería con todas las aventuras é inverosimilitudes propias del género; la Fiammetta, novela también, dividida en siete libros, aparece escrita en estilo más natural: la heroína, que no es otra que la primera María de Nápoles, refiere en ella sus amores con Pánfilo, quien representa á Boccacio. El Corbaccio, ó Laberinto d’amore, es una sátira violenta y frecuentemente cínica contra una viuda á quien Boccacio había pretendido y de la cual había sido desdeñado. Citaremos, por último, el Ameto ó Admeto, especie de pastoral en prosa y verso, primer ensayo de una invención nueva, y el Urbano, pequeña novela, en la que figura como protagonista el emperador Federico Barbarroja. El hábito adquirido en este género de literatura hizo que Boccacio, al componer su Origene, vita è costumi di Dante A lighieri, escribiese, más que una historia, una novela, pasando ligeramente sobre las acciones, los infortunios y las obras del gran poeta, y ocupándose largamente de sus amores. Las lecciones que dió Boccacio en sus postreros años acerca de La Divina Comedia, las cuales se extienden hasta el 17.° canto del In fierno, están consideradas como el primer modelo italiano de la prosa didáctica. En la segunda mitad del siglo xiy se echó de ver el poderoso impulso dado por Dante, Petrarca y Boccacio, causas evidentes
de aquella grande actividad intelectual. Las universidades suministraban hombres notables en todos los ramos del humano saber. Luis Marsigli, Luis Donato y otros muchos ocupaban dignamente las cátedras de teología. La astrología, ciencia quimérica, pero muy estimada en la Edad media, era cultivada por Andolone del Nero, Genois y Tomás de Pisano; Pablo el Geómetra no se limitó á las vanas investigaciones de la astrologia; Pedro Crescenzio escribió sobre la agricultura; y la jurisprudencia, cultivada en todos los tiempos con buen éxito en la universidad de Bolonia, recibió un nuevo impulso con las obras y la enseñanza de Bartoli, autor de los tratados De los guelfos y de los gibelinos, De la administración de la república, De la tiranta y otros. Pedro Villani escribió las Vidas de los hombres ilustres de Florencia y alcanzó la gloria de ser elegido, en 1401, para reemplazar á Boccacio en la interpretacion de La Divina Comedia, que comentaba por entonces Benvenuto de Imola, autor de una Historia de los emperadores. Marino Sanuto dejó una narración notable de sus viajes á Oriente. El número de los versificadores llegó á ser mayor todavia, y entre ellos figuran varias mujeres. Santa Catalina de Sena se hizo célebre por la pureza y vivacidad de su estilo; Federico Frezzi intentó imitar en su Quadriregio, ó Quadrirengo, La Divina Comedia de Dante; Buonacorso de Montemagno casi llegó á igualar á Petrarca en sus poesías. En 1378, dió á luz Giovanni Fiorentino, bajo el título de || Pecorone (El Necio), una colección de cuentos superiores á los de Sacchetti y que pueden figurar dignamente al lado de los de Boccacio. De esta colección, conocida en toda la Europa de la Edad media, tomó Shakespeare algunos detalles que aparecen en sus obras; particularmente, en la Historia del mercader de Venccia. Tercer pertodo.—Hemos llegado al siglo de la erudición. Estimulados por algunos príncipes literatos, como los Medicis, determinaron los sabios despertar de nuevo el gusto por la antigüedad; descubriéronse numerosos manuscritos, y los que ya se conocían, fueron explicados. La mayor parte de los hombres que ilustraron este periodo, procedían de las escuelas de dos célebres gramáticos: Juan de Rávena y el erudito griego Manuel Chrysolares. Guarino de Verona, discípulo de Juan de Rávena, se dirigió á Constantinopla con el objeto único de aprender el griego en la escuela de Chrysolares. De regreso de sus viajes, en donde había recogido manuscritos preciosos, fué profesor alternativamente en Verona, en Padua, Bolonia, Venecia y Ferrara. Sus principales obras son traducciones latinas de algunas vidas y varias obras morales de Plutarco, y sobre todo, de la Geografia de Strabón; escribió la vida de Aristóteles y la de Platón, y compuso una gramática griega y otra latina. Juan Aurispa fué igualmente profesor en las principales ciudades de ITALIA, estudió el griego en Constantinopla y explicó y multiplicó las copias de las poesías de Calímaco, de Pindaro y de Opiano; así como las obras de Platón, de Plotino y de Jenofonte. Leonardo Bruni, discipulo de Juan de Rávena, secretario apostólico y más tarde canciller de la república de Florencia, dejó un gran número de traducciones de los autores griegos y Padres de la Iglesia; una Historia de Florencia, que abraza desde su origen hasta el año de 1404; unas Memorias ó Comentarios sobre los acontecimientos públicos de su tiempo, y las biografías de Dante y de Petrarca. Poggio-Bracciolini gozó de alguna autoridad en la literatura, y fué uno de los que mayores servicios prestaron en esta época. Encontró muchos manuscritos en los monasterios de Francia y Alemania; entre otros, de Quintiliano, Vitrubio, una obra de Lactancio y varios discursos de Cicerón; además compuso algunos tratados filosóficos notables: Del azote de los príncipes; De las vicisitudes; De la fortuna; De la hipocresta, y una Historia de Florencia, desde 1350 hasta 1455. Poggio sostuvo grandes polémicas con los eruditos contemporáneos, habiendo sido su adversario más célebre Filelfo, quien estudió en Constantinopla, fué catedrático en Bolonia y Florencia, dejó diferentes traducciones latinas de la Retórica de Aristóteles, de los tratados de Hipócrates, de las Vidas de Plutarco, de la Ciropedia de Jenofonte, amén de componer algunos tratados filosóficos; Diálogos sobre el modelo del Banquete de Platón, sátiras y epístolas curiosas para la historia de su siglo, y unas poesías latinas que le valieron la corona poética de manos del rey de Nápoles. En el siglo xv tuvo principio la emigración de los griegos á ITALIA, que tanto contribuyó al renacimiento de las letras. Se puso en moda el estudio de la ciencia, que dió margen á frecuentes y apasionadas polémicas, y se inauguraron las disputas sobre Aristóteles y Platón. Pero los hombres de este siglo de la erudición no se limitaron al examen de los antiguos, al estudio de sus lenguas y á la interpretación de sus obras maestras, sino también á la investigación de las antigüedades, de las medallas y de los monumentos de toda especie. Pomponius Leto ó Lætus exploró las antigüedades de Roma con próspera fortuna y dejó varios tratados sobre las leyes y las costumbres de los antiguos romanos, más una historia de los emperadores. El historiador más célebre de aquellos tiempos fué Eneas Sylvius Piccolomini, el cual llegó á ser Papa bajo el nombre de Pio II; escribió unos Comentarios en doce libros sobre los acontecimientos en ITALIA, hasta su época; diversos opúsculos filosóficos y algunos tratados de gramática y de filosofia. La literatura italiana es riquísima en historiadores, á lo cual ha contribuido poderosamente el fraccionamiento del territorio. Sambellico y Bernardo Giustianini escribieron en este mismo siglo la historia de Venecia; Vergerio, la de los príncipes de Carrara; Juan Simonetta, la de Francisco Sforza; Bernardino Corio, la de Milán; Giorgio Stella, la de Génova. La mayor parte de estas obras fueron escritas en latín, salvo la de Nápoles, de Pandolfo Collenuccio, que aparece en lengua italiana. El desbordamiento de los poetas latinos fué en este siglo mucho mayor todavía que en el precedente; pero sería inútil hacer la enumeración de sus composiciones, faltas de genio, en su mayoría, y completamente olvidadas. La poesía italiana no estaba, sin embargo, desatendida: el ejemplo dado por Lorenzo de Médicis vino á estimular á los poetas. Las canciones, las églogas y las poesias morales de este príncipe se hicieron notables por la elegancia del estilo y la energía de los pensamientos. Sigue á éste, Policiano, autor de La Conjuración de los Pazzi y de las Misceláneas, sabio universal, filósofo, por seguir la corriente de su tiempo, y poeta por naturaleza, cuyo numen empezó á manifestarse, desde la edad de quince años, con la publicación de varios epigramas y epistolas. Sannazar expresó sus sentimientos patrióticos en unos sonetos bellisimos y armoniosos: su pastoral de la Arcadia, á pesar de la pobreza del asunto, alcanzó, sólo en el siglo XVI, hasta 60 ediciones. Los demás poetas italianos de la misma época quedaron muy por debajo de los precedentes. El siglo XVI representa la grande época de la literatura italiana. Los eruditos del siglo xV habían preparado inmensos materiales á la generación siguiente, y los herederos, al recogerla, se mostraron dignos de la herencia de sus gloriosos antepasados. La epopeya caballeresca, que produjo obras magistrales, está inspirada en la Crónica de Carlo Magno y en los Doce pares, atribuida al arzobispo Turpino. Cada autor, sirviéndose de este nombre para hacer pasar sus historias más increibles, introdujo en ellas, sin ningún escrúpulo, las invenciones y los caracteres que su fantasía le suministrara. La familia de Carlo Magno fué modificandose á capricho de cada autor, y casi siempre encontró medio de asimilar á aquel grande emperador la familia del pequeño príncipe italiano que le protegía. Todos estos poemas se parecen en la identidad de fórmulas, en la incoherencia del estilo y en la profusión de los detalles; el autor empieza cada canto con una súplica y lo termina interpelando á sus lectores, frecuentemente para obtener su benevolencia. A los poemas de Carlo Magno y de los Doce pares, siguieron después otros, tomados de asuntos antiguos, particularmente de la Iliada y de la Odisea. Tales son, entre otros, la Destrucción de Troya, el Aquiles, el Eneas
y el Ulises de Dolce, todas imitaciones insulsas del sublime Homero. Bernardo Tasso, padre del gran poeta del mismo nombre, fué enviado á España en 1535 por Ferrante Sanseverino, príncipe de Salerno, donde conoció el Amadís de Gaula, de Montalvo, y compuso sobre los principales episodios de esta novela su poema de A madigi di Francia, el cual es una imitación libre del original, sin otra modificación importante que la adición de dos personajes: Alidor, hermano de Oriano, y Miranda, hermana de Amadís. El estilo es correcto, la versificación pura, noble y agradable. Este poema ocupa el segundo lugar en la epopeya romántica y sólo cede la supremacia á Rolando Furioso.—El Tasso compuso á los 18 años un poema épico en doce cantos, cuyo héroe es Reinaldo, hijo de Aymón y primo de Rolando: su amor por la bella Clarisa, sus primeros hechos de armas, llevados á cabo para obtenerla, los obstáculos que separan á los dos amantes, y, finalmente, su unión, constituyen el asunto, el nudo y el desenlace de este poema de pocos conocido. En el ocaso de su vida, refundió el Tasso su mejor obra en este género, la Jerusalén libertada, en un segundo poema intitulado Jerusalen conquistada, que prefirió al primero. Por la misma época escribió Los Siete días, poema sobre la creación del mundo, obra no terminada, en la que se encuentran trozos de una gran belleza. La gloria del Tasso eclipsó la de todos los poetas de su tiempo.—El arte dramático se formó en ITALIA antes que en los demás paises de Europa. En el siglo XIV, tenían ya los italianos algunas tragedias regulares; en el XV, aparecieron La Catinia, de Polentone; El Anfitrión y El José, de Collenuccio; y en el XVI, las representaciones dramáticas constituían la principal diversión de todas las cortes, inclusa la de Roma. León X hizo representar á sus expensas la tragedia de Sophonisbo, que Trissino le había dedicado. Este poeta se distinguió por su imitación servil del teatro griego y por la introducción de los versos libres en las composiciones dramáticas, que él empleaba alternándolos frecuentemente con los rimados. Sophonisbo marca un progreso sensible en la tragedia italiana, al par que revela el gran talento de su autor. El buen éxito de esta obra fué general, así en ITALIA como en Francia, en donde llegó á traducirse repetidas veces. El florentino Ruccellayo, siguiendo el ejemplo de Trissino, eligió para su primera obra, intitulada Rosamunda, un asunto histórico, el cual dispuso en la forma de los griegos, empleando los coros y los versos libres para el diálogo. Su Orestes no es otra cosa que la Ifigenia en Tauride, imitada, si no traducida, de Eurípides.— Martelli, autor de Tullia, tomó su asunto de Tito Livio: esta pieza, á pesar de sus defectos y del carácter odioso de su heroína, ha sido considerada por los italianos como una de las primeras entre las tragedias que señalaron en ITALIA el renacimiento del arte.—La comedia no había existido en este país antes del siglo XVI, sino bajo la forma de farsa ó de pantomima. En esta época se recurrió de nuevo á los modelos antiguos. Las comedias de Plauto y de Terencio fueron estudiadas y aun representadas, ya traducidas, ya en latín; y en esta escuela se formó una pléyade de autores cómicos, los cuales llegaron á hacerse tan notables por su talento como por su inmoralidad. El cardenal Bibbiena fué el primero de aquellos que hizo representar ante León X su obra titulada La Calandria, cuyo asunto no nos atrevemos á reseñar por respetos al público y á nuestro libro. Maquiavelo compuso la Clithia, comedia imitada de la Casina de Plauto, igualmente libre, y una traducción de la Adriana de Terencio.— Juan María Cecchi fué uno de los mejores y el más fecundo de los autores cómicos de su siglo; dejó impresas diez comedias, tomadas, en su mayor parte, de los citados escritores Plauto y Terencio. En la lista de los poetas cómicos, se encuentran incluídos casi todos los nombres célebres de aquella época: Anníbal Caro, el famoso traductor de la Eneida; Guarini, autor del drama bucólico || Pastorfido; Berni, Firenzuola, Caporali y Tausillo, quienes siguieron las huellas trazadas por Aretino, autor de El Mariscal, La Cortesana, El Hipócrita, La Tarántula y El Filósofo; y Gelli y Beolco, llamado el Ruzzante, el cual llegó á adquirir una celebridad extraordinaria por sus farsas de Carnaval.—La poesía didáctica, para la cual se tomó siempre á Virgilio por modelo, nos ofrece: el poema de la Agricultura, por Alemanni; el de las A bejas, por Ruccellayo; varios sobre la Navegacion, por Baldi, y uno sobre la Caza, por Scandianese y por Valvasone. Entre las poetisas que alcanzaron alguna fama, figuran: Victoria Colonna, Verónica Gambara, Gaspara Stampa y Laura Terracina.—El siglo xVI vió aparecer la herejía de Lutero y la de Calvino, de donde resultó que ningún teólogo se consideró dispensado de combatirlas según sus fuerzas; algunos de ellos lo hicieron con gran talento, distinguiéndose los cardenales Bellarmino y Baronius. El primero compuso varias obras de controversia, propiamente dichas; el segundo, consagró sa laboriosa erudición á escribir los Anales eclesiásticos, trabajo inmenso, que revela un talento vasto y profundo, para el cual tuvo necesidad de investigaciones verdaderamente prodigiosas.—Las universidades continuaron durante esta época en un estado floreciente. Los derechos civil y canónico, estudios favoritos de la Edad media, no habían sido abandonados, y el de las lenguas antiguas se hallaba más en boga que nunca. Varias imprentas, magníficamente establecidas, multiplicaban las obras maestras de la antigüedad: las lenguas orientales, principalmente el hebreo, eran cuidadosamente estudiadas, como el griego y el latín; una imprenta provista de caracteres orientales se fundó en Roma; las antigüedades eran igualmente consultadas, las inscripciones reproducidas, mientras que algunos sabios anticuarios, como Sigonius, Pannini y Valeriano, interrogaban constantemente los monumentos romanos, griegos y egipcios, y fueron los verdaderos fundadores de este importante ramo de la ciencia histórica.— Maquiavelo está considerado como el escritor político más grande de su siglo. Aparte de su famoso tratado del Príncipe, escribió una Historia de Florencia, varios discursos sobre el Arte de la querra y sobre Tito Livio, en los que se admiran la profundidad de sus pensamientos y un estilo nervioso y elegante. La reputación de Maquiavelo eclipsó de tal modo la de los escritores políticos de su época, que apenas son conocidos los nombres de Gianotto, de Contarini y del mismo veneciano Paruta, cuyos excelentes Discursos políticos, que forman dos libros, le aseguran un buen lugar entre los publicistas italianos.—La historia fué uno de los géneros que más se cultivaron en el siglo XVI. Pablo Jove es quizás el más conocido de los escritores que trataron de la historia general. La Historia de mi tiempo fué la primera obra que emprendió, la última que dió á luz, y la que le valió más elogios y críticas. Aparte de ésta, dejó también las Vidas de Alfonso I, duque de Ferrara, de Gonzalo de Córdoba, de León X, del marqués de Pescara, del cardenal Pompeyo Colonna, y una descripción de la Gran Bretaña y de Moscovia. Todas sus obras, excepto un Comentario sobre la guerra de los turcos, fueron escritas en latin. Venecia tuvo también sus historiadores: el más célebre entre ellos fué Pablo Paruta. Su profundo conocimiento de los negocios públicos y de las relaciones exteriores de su país, dieron á su Historia una grande autoridad y un extraordinario interés.—El cardenal Guido Bentivoglio compuso una Historia de las guerras de Flandes, muy superior á la que, sobre el mismo asunto, publicó en latín el padre Estrada, jesuíta. En el siglo XVI se hicieron los italianos los historiógrafos de los pueblos extranjeros. Paulo Emilio fué llamado á Francia por Luis XII, cuya hospitalidad le recompensó escribiendo una Historia de Francia, que excitó la envidia y la admiración de los eruditos franceses. Polidoro Virgilio publicó tambien la Historia de Inglaterra; Davanzati Bostichi, la Historia del cisma de Inglaterra, y Lucio Marineo, la Historia de España. En el género de los cuentos populares, encontramos de nuevo á Maquiavelo. Su Belphegor, sátira dirigida contra las mujeres, en general, y la suya, en particular, está escrito, como todas sus obras, en un estilo
brillante y con una elegancia que le ha valido el ser colocada en el número de los textos de la lengua.—Firenzuola y el Lasca han dejado igualmente algunos Cuentos encantadores, notables por la originalidad de la invención y la pureza del estilo.—Entre las novelas pueden citarse la Finela, de Nicolás Franco, y las creaciones fantásticas de varios autores, menos elegantes que caprichosos, tales como los Discursos de los animales (Discorsi degli amimali) de Firenzuola; Los antojos del tonelero, y la Circe, de J.-B. Gelli.—Casi todas las obras didácticas de este siglo fueron escritas en forma de diálogo. Entre ellas figuran: los A solani, de Bembo, y el Escolazo, de Varchi, sobre la lengua vulgar; pero las más celebradas de todas las de este género han sido los Diúlogos, de Speroni, y El Cortesano, de Castiglione.—A Aretino se le debe la primera colección de Cartas, escritas sobre diversos asuntos, que aquel autor trató con su licencia acostumbrada. Su ejemplo fué imitado y la ITALIA se vió materialmente inundada de epístolas. Las colecciones más famosas son las de Caro, Tolomei, Fracastor y Bonfadio. Cuarto pertodo.—Con el siglo xVII se hizo sensible la decadencia de esta literatura. En la poesía lirica debemos mencionar à Gabriel Chiabrera, el cual, abandonando la senda trazada por Petrarca, imitó á los griegos, principalmente á Pindaro y Anacreonte.
J.-B. Marini, el gran corruptor de la poesía italiana, adquirió una reputación inmensa en toda la Europa, en donde extendió su deplorable sistema poético. Dotado de verdadero talento y de una facilidad maravillosa, puso todas sus brillantes facultades poéticas al servicio de una imaginación desenfrenada. Marini dejó escritos un considerable número de madrigales y de sonetos; pero la composición que le dió mayor celebridad fué El A donis, la cual no es otra cosa que un resumen de las cualidades y de los defectos de su autor. Marini tuvo muchos imitadores; algunos poetas, tales como Fulvio Testi, Benito Menzini y Francisco Redi, conservaron, sin embargo, las tradiciones del buen gusto y de la sencillez. Pero el poeta más levantado, más moral y más patriótico de todos los de ITALIA, fué Vicente Filicaya, quien elevó la poesía lírica á su mayor grado de perfección. Escribió varias canciones para celebrar las victorias de los cristianos sobre los turcos, que habían sitiado á Viena; pero la que más se admira, es la que compuso para Juan Sobieski, rey de Polonia. En la poesía didáctica, Baldi, sabio matemático y autor de algunas églogas imitadas de Virgilio, escribió, en versos sciolti (sueltos) y excelente estilo, un poema de La Navegación, sembrado de episodios interesantes. Después de esta obra, se citan La Sereida, de Alejandro Tesauro; el poema latino de Benito Rogacci en el que, bajo el título de Eutino, se trata de la filosofía moral, y el Arte poética de Menzini, escrito en tersa rima, en el cual se ocupa el autor principalmente de la lengua y de la versificación italianas. A fines del siglo XVI dió Caporali el ejemplo del estilo satírico en su Viaje al Parnaso, á quien imitó luego Chiabrera en sus Sermoni, tomando á Horacio por modelo. Ludovico Adimari explotó el asunto, siempre fecundo, de la crítica de las mujeres; y Salvador Rosa, pintor y poeta al mismo tiempo, compuso algunas sátiras, que se hicieron populares, y afrontó con noble valentía los vicios de su época. En la comedia, J. B. Porta, natural de Nápoles, discípulo de Plauto y de Terencio, reunía, á una gran riqueza de invención, un estilo noble, patético ó festivo, según las situaciones en que colocaba á los personajes. Sus mejores piezas son: El Colérico, Los hermanos rivales, La Hermana y El Moro. Buonaroti el Joven, sobrino del gran Miguel Angel, tuvo la singular idea de dar cinco comedias seguidas sobre el mismo plan: esta obra, que lleva por título La Feria, dura cinco días y cada jornada comprende cinco actos. Su mérito principal consiste en la pureza del lenguaje. La invención del drama puesto en música, llamado ópera, data de principios del siglo XVII. Daphne fué el primero que se representó en Florencia en 1594. Rinuccini mejoró este nuevo género é hizo representar la Furydice, en aquella misma población, y la Ariana, en Mantua. La introduccion de la ópera desterró del teatro italiano la verdadera targedia. En este siglo aparecieron, en el género histórico, la Historia de Nápoles, por Capecelatro, y las obras de Leti, menos estimadas que numerosas. En 1690 se fundó en Roma, en el palacio Corsini, que habitaba la reina Cristina de Suecia, la famosa A cademia de los Arcades, sociedad compuesta de sabios y de literatos, á cuyo frente se hallaban Gravina y Crescimbeni. Los principales títulos de gloria de estos dos jefes fueron sus trabajos de crítica sobre la lengua italiana. Gravina escribió: La Razon poética y un Tratado de la tragedia; Crescimbeni, un Tratado sobre la belleza de la poesta italiana. La Biblioteca de la elocuencia italiana, de monseñor Fontanini; los diversos escritos de Apóstol Zeno y del marqués Maffei, y la Perfecta poesía, de Muratori, son guías seguros y de una importancia indiscutible para el estudio de la literatura de ITALIA. La influencia de la escuela filosófica de Francia se hizo sentir, no sólo en las ideas, sino tambien en el estilo, puesto que los autores italianos tomaron de la escuela de Voltaire esa elegante precisión y esos giros felices que caracterizan la escuela del siglo VIIu, y su tendencia á la imitación los condujo hasta el neologismo. José Baretti, el cual había viajado mucho tiempo por Francia, y particularmente por Inglaterra, fué uno de los primeros propagadores de las ideas filosóficas. Vico fundó en ITALIA la filosofia de la historia; el abate Genovesi, que siguió y amplió las teorías de Vico, procuró elevar á su nación al nivel de las que acababan de precederla en la carrera cientifica, y publicó las Meditaciones filosóficas, imitadas de Descartes, y las Lecciones de comercio, justamente estimadas.—El jesuíta Javier Bettinelli se hizo discípulo ardiente de Voltaire; Melchor Cesaratti prestó un gran servicio á las letras con la publicación de su Ensayo sobre la filosofía de las lenquas; y, finalmente, Francisco de Alberti merece citarse con admiración por su colosal empresa del Diccionario universal, crítico, enciclopédico.—Las ideas filosóficas del siglo xVInI hicieron también su revolución en la historia, introduciendo en ella un espíritu de crítica mucho más severo. Piedro Giannone, en una Historia civil del reino de Nápoles, obra más erudita que industriosa, se hizo notable por sus atrevidas observaciones; Luis Antonio Muratori, en un estilo más natural que aliñado y correcto, redactó los Anales de ITALIA, en los que incluyó los resultados de sus numerosas investigaciones criticas; Carlos Denina hizo, en un estilo noble y atildado, la Historia de las revoluciones de ITALIA, á la que siguió después la Historia de las revoluciones de A lemania; y Pedro Verri, por último, escribió una Historia de Milán, su patria, tan interesante como instructiva.—El éxito infeliz que alcanzaran los ensayos intentados desde Ariosto y el Tasso en el género épico, no desanimó á los italianos. Antonio Caraccio compuso un poema, bajo el título de El imperio vengado, en el que ensalza á los príncipes de Occidente que se aliaron para restablecer el imperio de Oriente, mostrándose débil imitador del Tasso.—Los traductores fueron más dichosos: la traducción de la Eneida de Beverini es superior á la de Anibal Caro; Cornelio Bentivoglio publicó la traduccion de la Tebaida de Staco, y el abad Cesarotti, una versión de los poemas atribuidos á Ossian, considerada generalmente como verdadera obra maestra, y una traducción menos feliz de la Ilíada.— La tragedia, abandonada completamente por la ópera, hizo grandes esfuerzos por levantarse de su lecho de muerte. Los primeros escritores que emprendieron de nuevo la senda abandonada, fueron Delfino Martelli y el marqués Maffei, cuyo Merope causó una revolución en el arte dramático. El autor se propuso en esta obra interesar á sus compatriotas, dando á la tragedia una nueva forma, que reunía lo natural y lo patético de los griegos y el movimiento y la regularidad de los franceses, sin otro objetivo que el amor maternal. El éxito que obtuvo Merope fué extraordinario, no sólo en ITALIA, sino en Francia, en donde Voltaire la censuró para imitarla luego.—Entre los ensayos de este género intentados por otros escritores, de
ben citarse las tragedias cristianas de Anibal Marchese y del padre Rianchi; las notables Virginia y Bruto, que Javier Pausuti tomó de la historia romana, y las producciones de Antonio Conti, escritas en estilo severo y con un verdadero sentimiento de la antigüedad. Gigli y Jagiuoli se esforzaron igualmente por inspirar á los italianos el gusto de la sencillez y regularidad de las obras francesas.—Victor Alfieri entró en la carrera literaria con un plan de reforma perfectamente combinado, siendo su objeto batallar contra lo que él llamaba la corrupción del teatro italiano y la molicie metastásica. Su sistema poético tenía por fin, no sólo restablecer el gusto literario de los italianos, sino devolverles, inspirarles, el sentimiento de la libertad. Con este espíritu compuso principalmente Virginia, La Conjuración de los Pazzi, Timoleón, Los dos Brutos, Agis y Don Carlos, entre otras no menos notables producciones. Alfieri, escribiendo para la reforma moral y poética de su siglo, debió formarse todo un sistema dramático; sujetó su estilo, en cuanto le fué posible, á la sencillez enérgica de Dante, y, en sus esfuerzos hacia lo grandioso, no siempre logró evitar la rudeza; se creó una versificación vigorosa, limpia, brillante; simplificó la acción trágica y desarrolló los caracteres á expensas de los acontecimientos. Pero, sin que dejemos de admirar la elevación de los sentimientos que expresa, se le puede tachar el haber recargado de sombras sus hermosos cuadros, y el haber hecho demasiado repulsivos á sus traidores, lo cual constituye siempre un defecto bajo el punto de vista del arte y del conocimiento del corazón humano. La noble tentativa del inmortal Alfieri, censurada severamente en un principio, acabó por obtener la aprobación general y constituir una escuela famosa, en la que llegó á formarse toda una generación de poetas.—La comedia había sido igualmente abandonada por la ópera en el siglo XVII, y todos los literatos que florecieron en los comienzos del siglo xVIII comprendieron la necesidad de restablecerla y regularizarla. A este objeto, Jerónimo Gigli tradujo al italiano El Hipócrita, de Molière, y Los Litigantes, de Racine, dando de este modo á sus compatriotas una idea de lo que debía ser la buena comedia. El marqués Maffei publicó Las Ceremonias y El Raguet, en la última de las cuales, particularmente, trató de poner en ridículo á los italianos que desnaturalizaban su idioma introduciendo en él locuciones francesas. Julio César Becelli atacó á los pedantes de su tiempo en Los Falsos sabios, El A bogado y Los Poetas cómicos. Riccoboni intentó resucitar la antigua comedia nacional, en tanto que el marqués de Liveri, atendiendo particularmente á los efectos escénicos, dió á la escena mayor animación, dispuso los personajes por grupos, haciendoles contribuir, de una manera hábil é ingeniosa, al efecto general. Todas estas reformas parciales prepararon el camino á Goldoni. Dotado de un talento seguro, vigoroso y original, no menos que de una facilidad extraordinaria, dió al teatro 150obras, en las que se observa una admirable variedad de intrigas, de caracteres y de situaciones. Su estilo no es del todo correcto, amén de que sus producciones se resisten algunas veces de la precipitación con que fueron escritas; pero, en cambio, no puede negársele un estro poético singular, un profundo conocimiento de los resortes de la escena y del carácter italiano. El gran Goldoni dió dos empresas á su patria: el teatro cómico de su tiempo y la gloria de un nombre ilustre. Sus mejores comedias son: La Joven honrada, La Buena mujer, El Café, El Caballero y la dama, Pamela, El Amante militar, El Abogado veneciano y El Verdugo benéfico, la última de las cuales fué escrita para el teatro francés.— El soneto, composición métrica muy estimada en ITAIIA, fué cultivado en el siglo XVIII por J.-B. Cotta, Julián Camani y Onofrio Minzoni, los cuales se consagraron á perfeccionar este pequeño y difícil poema. Frugoni escribió, no sólo sonetos, sino odas, églogas, epístolas y sátiras, en cuyos géneros demostró una imaginación riquísima y una gran soltura de expresión. Angel Mazza, último poeta lírico, hizo hablar á su musa el lenguaje de la filosofía. J. Carlos Passeroni y Lorenzo Pignotti se ejercitaron en el apólogo, en el cual el jesuita Roberti desplegó alguna invención; Bertola sobrepujó frecuentemente á sus antecesores en la sencillez y en la gracia; P. Rolli, aparte de un considerable número de traducciones, compuso varias cantatas muy estimadas; y Spolverini dejó un poema didáctico sobre el Cultivo del arroz. Entre los poetas satíricos, mencionaremos á G. Gasti, autor de Los Animales parlantes.—La ITALIA, tan rica en historietas versificadas, ha carecido en todo tiempo de novelas en prosa. La única producción notable de este género es El Congreso de Citeres, del conde Algarotti, especie de sátira contra las mujeres. El conde Alejandro Versi, erudito muy versado en la historia antigua, publicó una Vida de Fróstrato, que dijo haber descubierto en un viejo manuscrito, y Las A venturas de Safo, en que procuró imitar la elegante sencillez de los griegos. Pero la obra á la cual debe principalmente su reputación, es la de Las Noches romanas, que se componen de una serie de conversaciones que el autor supone haber tenido con las sombras de los antiguos romanos más ilustres; especialmente, con Cicerón, de cuyo asunto, originalísimo entonces, deduce algunas comparaciones ingeniosas entre las instituciones de la antigua Roma y las de la ITALIA moderna. Lo que más distinguió á este escritor fué la gracia y la naturalidad de su estilo, formado en la escuela de los grandes prosistas italianos. Quinto y último pertodo.—Los trastornos que la revolución francesa produjo en ITALIA, el espíritu militar y las ideas liberales que despertó, y, por consecuencia, las aspiraciones á la unidad política, se reflejaron sensiblemente en la literatura patria. En la lengua, el partido de los puristas manifestó una tendencia marcadísima á purgarla de toda locución francesa, remontándose al origen nacional de Dante y de otros escritores antiguos. En la poesia, se entabló una lucha empeñada entre los clásicos, que habían permanecido fieles á la tradición mitológica, y los románticos, á quienes las literaturas inglesa y alemana habían abierto nuevos horizontes. Los puristas llegaron, por fin, al logro de sus deseos; pero los estados sucesivos de opresión y de revuelta, de decaimiento y de sobreexcitación política, por los cuales ha venido pasando ITALIA hasta nuestros dias, no han dejado á los espíritus la calma necesaria para ocuparse seriamente de tales cuestiones, y la contienda entre clásicos y románticos no ha quedado terminada aún. Al frente de los puristas aparece Antonio Cesari, el cual Ilevó hasta el extremo su predilección por la lengua del siglo xIV, cuyo sistema verdaderamente exclusivo exageró Pellegrino Farini. Vincenzo Monti se manifestó también purista y clásico, pero con más gusto y talento, así como su yerno Giulio Perticari, profundamente versado en el conocimiento de las antigüedades italianas. Sin mezclarse para nada en las luchas políticas, como los otros escritores, Giuseppe Parini logró formarse, en sus poesías, un estilo enérgico, original. Hugo Foscolo escribió algunas tragedias, imitadas de las de Alfieri; pero no contribuyeron tanto á su reputación como sus últimas cartas de Jacobo Ortis, imitación del Werther de Gœthe, y otros trabajos sobre Dante, Petrarca y Boccacio. Las obras dramáticas de Silvio Pellico, conocido por el precioso libro intitulado: Mis prisiones; las de Maroncelli, de Luigi Scevola, de Cesare della Valle, de Francesco della Valle y de Cosenza, son bastante endebles. Al lado de los románticos se ha colocado á Alejandro Manzoni, el cual, en dos tragedias, || Conte de Carmagnola y Adelchi, abrió nuevas sendas al arte dramático italiano y tuvo por imitadores á Tebaldo Fores, Cristoforis, Rossini y Carlo Marenco, quienes llevaron al teatro los grandes acontecimientos que tuvieron lugar en ITALIA durante la Edad media. Otros varios poetas dieron modestamente el nombre de dramas á sus tragedias, tales como Giuseppe Revere, Antonio Gigliani, Felice Turatti y Giacinto Battaglia. Los dramas históricos de Giovanne Sabbatini, más que obras dramáticas, son escenas históricas. En la comedia, Gerardo del Testa se ha conquistado un lugar distinguido; Gerardo de
Rossi es muy estimado por su estilo satírico y mordaz; Alberto Nata sobresale en la delineación de los caracteres, y el conde Giraud por la extensión y la eficacia del sentimiento. La obra más notable, en el género épico, es la de Tommaso Grossi, I Lombardi alla prima crociata, en 15 cantos; Florio y Arici son autores de una especie de epopeya romántica intitulada: La Destrucción de Jerusalén. Silvio Pellico ha publicado varias poesías bajo el título de Antiche; Costa, un poema sobre el descubrimiento de América; Domenico Biorci, La Pace d’Adrianopoli, y Giovanni de Martino, La Grecia regenerata, cuyos dos últimos poemas están inspirados en el renacimiento político de la Grecia. En el número de los poetas líricos, figuran: Clem. Bondi, G. Fantoni, A. Paradisi, Ger. de Rossi, G. Meli, Monti, Silvio Pellico, Manzoni, el conde Leopardi, Luigi Carrero, Giovanni Bercheto, Agostino Cagnoli, Giovanni Prati, Giuseppe Guisti, Brofferio, Giovanni Marchetti y otros muchos. Un florentino, Angelo d’Elci, ha merecido por sus sátiras el sobrenombre de Juvenal italiano. La novela ha tomado una extensión considerable, cuyo primer impulso partió del genio de Manzoni con sus Promessi sposi (Los Desposados), cuadro brillantísimo de las costumbres y de la historia del siglo xVII en el Norte de ITALIA. A esta obra, siguen después: La Monaca di Monza y Luisa Strozzi, por Rossini; L’Ettore Fierramosca y el Niccolo de Lappi, por Mássimo d’Azeglio, y el Marco Visconti de Grossi. Figuran también como novelistas distinguidos Varese, Bazzoni, Falconetti, Lanzetti, Guerazzi, Sacchi, Marocco, Zorci, Vigna, el príncipe de Santa-Rosa, Bataglia y Ranieri. La historia se cultiva en el presente siglo con tanto cuidado como acierto. Entre las investigaciones doctas deben mencionarse, en primer término, las de Micali, La ITALIA antes de la dominación romana, y de Garzetti. Pero todos estos trabajos, muy apreciables sin disputa, desaparecen ante el gran monumento histórico que coloca á ITALIA á la cabeza de los pueblos cultos en este género, el más importante de las buenas letras: la Historia universal de César Cantú, esfuerzo milagroso de la erudición de un solo hombre. El autor que da cima á una obra tamaña, se nos representa en la imaginación casi tan grande como la humanidad. Si el generoso pueblo italiano no levanta una piedra á esa Historia, puede afirmarse que ya no hay piedras en ITALIA. Césare Balbo, Luigi Barti, Giuseppe Compagnoni y Ant. Coppi se hallan igualmente ocupados en la historia general de ITALIA, en tanto que la historia especial de las provincias y de las ciudades ha sido objeto de numerosos trabajos, entre los cuales se citan: la Historia de Nápoles, por Pagano; las Visperas sicilianas, de Amasi; las Tablas cronológicas de la historia de Florencia, por Reumont; la Historia de Toscana, por Lorenzo Pignotti; la Historia de Milán, por Piettro Custodi; la Historia de Pisa, por Bonaini; la Historia de Génova, por Carlo Varese y por Girolamo Serra; la Historia de la Sicilia, por Giuseppe Alessi; la Historia de la revolución de Nápoles, por Cuoco; la Historia moderna de Nápoles, por Colleta; la Historia de la Sicilia, por Piettro Lanza, príncipe de Scordia; la Historia de ITALIA, por Carlo Botta, autor también de una Historia de la querra de la independencia de los Estados-Unidos de A mérica. Finalmente, el conde Pompeo Litta ha publicado Las Familias célebres de ITALIA; y Lanzi, Cicognara, Giuseppe Bossi, Fumigalli, Ferrario, Inghirami, Rossini y Visconti se han ocupado de la historia de las bellas artes. Sobre la literatura italiana, pueden verse las siguientes obras: Alacci, Poeta antichi, Nápoles, 1661; Crescimbeni, Storia della volgar poesía, 1698; Muratori, Della perfetta poesía italiana, Módena, 1726, dos volúmenes en 4.°; Quadrio, Storia è regione d’ogni poesta, Bolonia, 1739; Gimma, Idea della storia dell' ITALIA letterata, Nápoles, 1723, dos volúmenes en 4.°; Mazzuchelli, Gli scrittori d’ITA LIA, Brescia, 1753; Tiraboschi, Storia della letteratura italiana fino all' anno 1770, Módena, 1777-81, 14 volúmenes en 4.°; Corniani, I secoli della letteratura italiana, Brescia, 1818, 9 volúmenes en 8.°, con una continuación por Ticozi, Milán, 1832-33, dos volúmenes en 8.°; G. Maffei, Storia della letteratura italiana fino al secolo XIX, Milán, 1834, cuatro volúmenes en 8.°; Ugoni, Della letteratura italiana nella seconda metà del secolo XVIII. Brescia, 1820 y 21, tres volúmenes en 8."; Ambrosoli, Manuale della letteratura italiana, Milán, 1831-33, cuatro volúmenes en 8.°; Ginguené, Histoire de la littérature italienne, continuada por Salfi, Paris, 1811 á 1835, 13 volúmenes en 8.°, Salfi, Resumé de l’histoire de la litterature italienne, Paris, 1826, dos volúmenes en 8.°; Sismondi, De la littérature du midi de l’ Kurope, Paris, 1829, cuatro volúmenes en 8.°; Riccoboni, Histoire du théâtre italien, Paris, 1727, dos volúmenes en 8.°; Rannucci, Manuale della letteratura del primo secolo, Florencia, 1837; Cimorelli, Origine è progresi delle belle lettereitaliane, Milán, 1845; Giudici, Compendio della storia della letteratura italiana, Florencia, 1851; Rathery, Influence de l' Italie sur les lettres françaises, Paris, 1853, en8. 47. ITALIA antigua y sus divisiones sucesivas hasta nuestros días.—Las antiguas divisiones generales, anteriores á la república romana, son poco conocidas. En el siglo vi antes de la era cristiana se hallaba dividida en Galia cisalpina, ITALIA propiamente dicha, y Grande Grecia. Bajo el imperio se dividió en once regiones: Galia cisalpina, Liguria, Venetia, Etruria, Ombría, Sabina, Latium, Samnium, Apulia, Lucania y Brutium. En la división del imperio romano, en 337, la ITALIA entera formó una de las prefecturas del imperio de Occidente, dividida en cuatro diócesis y proconsulados. Después de la caida de este poderoso imperio, en 570, quedó de nuevo dividida en posesiones lombardas, que abarcaban toda su parte septentrional, una sección de su parte central (contaban 36 condados), y en provincias del imperio de Oriente, que comprendían el exarcado de Rávena y la Pentápola. En el siglo ix, formó Carlo Magno un reino de ITALIA con la Lombardía y las provincias de aquende los Alpes, cediendo después á los pontífices el exarcado de Rávena y la Pentápola. A partir del siglox, hasta el XII, quedó la ITALIA fraccionada en una multitud de pequeños ducados y condados independientes, en incesante guerra los unos con los otros. En el siglo xii se erigieron en repúblicas todas las ciudades marítimas, como Venecia, Génova, Pisa, Amalfi y Nápoles, mientras que en Lombardía cierto número de ciudades libres constituyeron una confederación llamada Liga lombarda, á cuyo frente aparecieron Milán y Pavía. Hasta la revolución francesa, vino la ITALIA siendo objeto de otras varias divisiones y sufriendo la dominación, ya de los emperadores de Alemania, ya de los papas ó de otras potencias. Antes de 1789, presentaba el siguiente grupo: el reino de Cerdeña, la república de Génova, la de Venecia, los ducados de Módena, de Toscana, los Estados de la Iglesia y el reino de Nápoles. En 1797, la parte de la ITALIA conquistada por la Francia formó la república cisalpina, comprendiendo el Milanesado, la Lombardía, los ducados de Módena, de Massa-Carrara y tres legaciones de los Estados de la Iglesia. En 1805, la república cisalpina, unida al imperio francés, tomó el nombre de reino de ITALIA, que, extendiéndose por diversas partes del territorio, llegó á contar 24 departamentos: Agona, Olona, Lavio, Adda, Petio, Mella, Alto-Po, Mincio, Adige, Alto-Adige, Bacchiglione, Brenta, Adriática, Pavía, Tagliamento, Passariano, Crostolo, Panaro, Reno, Bajo-Po, Rubicona, Metauro, Musona y Tronto. En 1808, el ducado de Toscana formó los departamentos del Mediterráneo, Arno y Ombrona; los Estados del Papa componían ya los de Trasimena y Roma, en tanto que el reino de Nápoles dependía del imperio francés. Desde 1815, la ITALIA, salvas ligeras modificaciones, vino conservando las divisiones politicas siguientes: el reino de Cerdeña, que se dividía en principado del Piamonte, ducado de Génova, ducado de Saboya é isla de Cerdeña.— Los cuatro ducados italianos de Parma, Módena, Luca y Toscana, que se subdividían: el primero, en Parma, Plasencia y Guastala; el segundo, en Módena, Reggio y Mirandola; el tercero, en Luca; y el cuarto, en Florencia, Siena y Pisa.—Los Estados Pontificios se dividían en 30 provincias.— El reino de Nápoles, en cinco regiones,
á saber: los Abruzos, Apulia, Tierra de Labor, las Calabrias y la isla de Cerdeña.—Llegada la hora de llevar á cabo la anhelada unidad italiana y de constituir un Estado poderoso, el reino de Cerdeña sirvió de núcleo á su formación, al cual fueron anexionándose sucesivamente los ducados de Parma, de Módena, de Toscana y otros pequeños territorios; todo el reino de Nápoles ó de las Dos Sicilias; las provincias que se hallaban aún bajo el dominio del Austria y los Estados de la Iglesia. Hoy la ITALIA es de los italianos, y su territorio, como ya hemos consignado en otro lugar de este artículo, comprende, además de las islas de Cerdeña y de Sicilia, y de los archipiélagos Toscano y de Lipari, toda la península itálica, excepto el cantón suizo del Tessino y el Tirol italiano, situados al Mediodía de los Alpes. 48. Historia.—La ITALIA se llamó primitivamente Saturnia (la Saturnla de Justino), nombre que le vino de Suturno, el cual, según tradiciones fabulosas, habíase refugiado en esta comarca, cerca del rey Jano, á quien enseñó el uso de las letras y de la agricultura. Hacia los años de 1710 antes de Jesucristo, recibió la denominación de Enotria (la Gnotria de Servio), de Œnõtrus, fundador de una colonia de arcadios; recibiendo, por último, la de ITALIA, de Italus, uno de los sucesores de ŒEnõtrus. Por esta misma época, edificó Eneas en este país la ciudad de Lavinio (el Lavinlum de Tito Livio). Tales son las primeras tradiciones latinas que encontramos de la región que se describe.—En su origen estuvo poblada de aborígenes, liburnos, oscos, pelasgos y sículos, después de los cuales fueron estableciéndose sucesivamente los helenos, los etruscos y los celtas. Estos últimos llegaron 150 años después de la fundación de Roma, en el momento mismo en que el poder del pueblo etrusco se hallaba en todo su apogeo. Transcurrido un siglo, tres naciones se dividieron el dominio de esta península: los galos al Norte, los romanos en el centro, y los samnitas al Mediodía. Pero Roma, que era la llamada á reinar sola en este vasto territorio, sometió sucesivamente á los samnitas y á los galos é hizo de ITALIA una provincia romana, 42 años antes de nuestra era. Esta comarca sufrió entonces todas las vicisitudes del imperio romano, y á la destrucción de éste se vió desgarrada por los bárbaros, quienes se habían arrojado sobre su fértil suelo, pasando alternativamente á poder de los hérulos, de los godos y de los lombardos. Estos últimos se dividieron el país con el imperio de Oriente y fundaron en él una monarquía que duró dos siglos, la cual fué destruida por Carlo Magno. El poder temporal de los papas empezó á establecerse; pero hasta Gregorio VII permaneció dependiente del poderoso imperio de Alemania. Por esta misma época se posesionaron los normandos de la parte meridional de ITALIA, y, en 1130, tomó Rogero II el título de rey de las Dos Sicilias. La guerra de los güelfos y gibelinos trajo luego la expulsión de los normandos, de donde resultó que las ciudades lombardas y toscanas, erigidas nuevamente en repúblicas, se vieron libres de señores del otro lado de los Alpes. Una infinidad de pequeños Estados se repartió después la ITALIA, la cual vino siendo teatro de continuas revueltas y de las discordias civiles más desastrosas. Las Visperas Sicilianas, en 1282, separaron á Nápoles de la Sicilia; Milán, constituído en metrópoli de un ducado, pasaba, de las manos de los Visconti, á las de los Sforza; Amadeo II daba á la Saboya, en 1383, una grande importancia; la casa de Este reinaba en Ferrara; los Gonzaga, en Mantua; los Médicis comenzaban ya á dominar en la Toscana; los Dux de Venecia ensanchaban el territorio de esta república, mientras que los pontifices, arrojados de ITALIA hacía mucho tiempo, fijaban nuevamente su residencia en Roma. Francia y España se disputaron entonces el dominio de esta comarca, la cual, después de haber intentado avasallarla Carlos VIII, Luis XII y Francisco I, pasó, por último, á formar parte de la corona de España. El reino de las Dos Sicilias fué conquistado en 1505; el ducado de Milán, una de sus provincias, en 1540, acabando por ejercer su preponderancia en toda la península durante dos siglos, excepto Venecia, que supo conservar su independencia. En el siglo XVIuI, pasó el Milanesado á poder del Austria; los Estados de Parma y de las Dos Sicilias, al de dos príncipes de la casa de Borbón, y España perdió toda su influencia en ITALIA. Las guerras de la revolución y el imperio francés cambiaron completamente la faz de este pais: la Saboya, el Piamonte, el Milanesado, la Lombardía, Génova, los Estados romanos, Nápoles, el Tirol, toda la ITALIA, excepto la Cerdeña y la Sicilia, cayó bajo la dominación francesa, prolongándose ésta hasta la caída de Napoleón. El acta del Congreso de Viena, en 1815, restituyó al Papa sus Estados; al Austria, el Milanesado y Venecia; á la casa de Saboya, la Saboya, el Piamonte, Génova y Niza; dos príncipes austriacos obtuvieron la Toscana y Módena; María Luisa, el ducado de Parma; y después de los Cien días, regresó á Nápoles Fernando IV, cuyo soberano se había retirado á Sicilia durante la ocupación francesa. En 1848, Venecia y el Milanesado se sublevaron contra el poder del Austria; Roma arrojó al Papa y se constituyó en república, cuyo ejemplo siguió la Toscana. Un año después, los ejércitos austriacos se posesionaban del reino Lombardo Véneto y de la Toscana, mientras que los de Francia restablecían la autoridad pontifical en Roma. 49. Opresión austriaca.—El poder del Austria en la península itálica llegó á ser omnipotente desde 1849 hasta 1859: en Módena y en Florencia, bajo el reinado de los archiduques; en Parma, bajo Carlos III de Borbón; en Nápoles, bajo Fernando II; y en Roma, combatiendo la reforma que reclamaba la Francia, logró ocupar, durante diez años, las Marcas y las Romanías. Por los tratados parciales firmados con los pequeños príncipes del centro, obtuvo el derecho de intervenir por la fuerza en las revoluciones populares y de ocupar el país militarmente en caso de guerra, como defensa avanzada de sus propias posesiones; inquietando á la Cerdeña, por su extensión sobre el Apenino, al mismo tiempo que aniquilaba el reino Lombardo-Véneto con impuestos y requerimientos militares. Pero su influencia fué disminuyendo en Europa, en donde se había enajenado las simpatías de las grandes potencias: de la Prusia, debilitando su importancia en Alemania (1850-52); de la Rusia, pagándola con ingratitudes en la guerra de Oriente; de la Francia y del Reino Unido, no tomando ninguna parte activa en la guerra, á pesar de sus promesas y oponiendo todos los obstáculos posibles á la constitución de los Principados Unidos y á la libre navegación del Danubio. La Cerdeña, por el contrario, se había engrandecido por la parte gloriosa que tomó en la guerra de Oriente, por la consolidación del régimen constitucional, por el refugio que ofreció á todos los proscriptos de la península y por la habilidad, audacia ó astucia con que su ministro, M. de Cavour, señaló á la Europa entera, en el Congreso de Paris, las usurpaciones del Austria y la situación deplorable del pueblo italiano. Este es el lugar de hacer presente que el Austria hizo cuanto supo, y más, para malquistarse la opinion de Europa y del mundo: 1.°, á principios de 1859, reunió más de 200.000 soldados en el reino Lombardo-Véneto, postrando las fuerzas y la vida de aquel país; 2.°, obligó á la Cerdeña á que acudiese en defensa de su opresión; 3.°, rechazó las ideas propuestas por las grandes potencias continentales acerca de la urgencia de un Congreso y de un desarme general; 4.°, intimó á la Cerdeña un desarme en el preciso término de tres días, amenazándola con una invasión inmediata en caso contrario. La usurpación y el despotismo tienen también su frenesí; y debemos creer, aun cuando sea poco caritativo, que el Austria se encontraba en el período frenético. No fué la suerte de las armas la que arrojó al Austria del territorio italiano, sino el absurdo de su sistema; lo cual hace evidente que las naciones, antes de caer en sus ejércitos, caen en su politica; y antes de caer en su política, caen en su espíritu, en su conducta, en su sentimiento moral. El Austria cayó en el territorio porque antes había caido en la conciencia.
50. La querra de la independencia.— La Cerdeña fué auxiliada y sostenida por la Francia, la cual no podía ver impasible extenderse la infuencia austriaca más allá de los límites fijados por los tratados de 1815 y amenazar los Alpes.— El general austriaco Gyulay pasó el Tessino el 29 de Abril y destruyó en diez dias la provincia de Novara, en tanto que los franceses acudian, por Susa y por Génova, en socorro de los piamonteses. La victoria del general Forey en Montebello, en 20 de Mayo, inauguró brillantemente la campaña; la victoria de los piamonteses en Palestro, el 30 y 31 de Mayo; la gran batalla de Magenta, en á de Junio, ganada por Napoleón III; la de Marignán, 8 de Junio, por el general Baraguay d’Hilliers, y los progresos de Garibaldi, que en el Norte había avanzado victorioso hasta Bérgamo, hicieron perder á los austriacos en medio mes toda la Lombardia. En 24 de Junio, intentaron recuperarla con una fuerza de 220.000 hombres en la jornada de Solferino, la cual duró diez y seis horas y abrió á les aliados victoriosos la entrada del cuadrilátero de plazas fuertes. Pero la agitación que se propagaba por toda la ITALIA, principalmente en los Estados pontificios, por el levantamiento de las Romanías y de Perusa; las amenazas de una guerra en el Rhin, lanzadas por la mayor parte de los principes alemanes afectos al Austria, obligaron á Napoleón á detenerse y á concluir con Francisco José la paz de Villafranca, en I1 de Julio, que fué confirmada por el tratado firmado en Zurich, entre Francia, Cerdeña y Austria, el 10 de Noviembre. Esta última potencia vió pasar á la Cerdeña la Lombardía, desde Tessino hasta Mincio, pero conservó sus plazas fuertes del cuadrilátero.— El partido liberal italiano, sostenido y alentado por las promesas de Inglaterra, hizo nacer en toda ITALIA la idea de la unidad política, bajo la casa de Saboya, contra lo estipulado en los tratados de Villafranca y de Zurich, los cuales creaban una confederación italiana, en la que entraban: el Austria, los principes restaurados de Parma, de Módena y de Toscana; el Papa y el rey de Nápoles. Desde principios de la guerra, el gran duque de Toscana se vió forzado á huir de Florencia, en 27 de Abril, cuyo país quedó bajo la protección de Víctor Manuel. Parma y Módena sigueron la misma conducta, así que partieron sus soberanos y otro tanto hicieron los romanos tan luego como el Austria hubo retirado sus tropas el 8, 11 y 12 de Junio. Los Estados del centro, á cuyo delegado llamó el Gobierno sardo, procedieron entonces al nombramiento de los gobernadores provisionales: Ricasoli lo fué de Florencia, en 1.° de Agosto; Farini, de Módena y de Parma, en 27 de Julio y 18 de Agosto; y Cipriani, de Bolonia, en 2 de este último mes. Estos tres gobernadores formaron una liga militar defensiva, y, bajo su protección, sin la presencia de un solo soldado piamontés, las Asambleas de aquellas cuatro provincias votaron la prescripción de los derechos de sus antiguos soberanos y se anexionaron á la Cerdeña. Victor Manuel, ligado por los compromisos de Villafranca, aceptó aquellos votos y ofreció sostenerlos ante las potencias de Europa, pero sin aceptar definitivamente las ofertas que se le hacían. Las Asambleas nombraron entonces al príncipe de Carignán, primo del rey, regente de la ITALIA central; pero habiéndose éste negado á aceptar el cargo, fué elegido Buoncompagni gobernador general de la Liga, que quedó dividida en dos Estados distintos: la Toscana, bajo el gobierno de Ricasoli; y Parma, Módena y la Romanía, que se unieron, bajo la autoridad de Farini, y tomaron el nombre de Gobierno real de la Emilia. Aboliendo las aduanas entre los Estados de la Liga y la Cerdeña; adoptando las leyes civiles del Estatuto sardo, prepararon los Estados del centro la union politica, realizada al fin por un segundo voto de las Asambleas y por la aceptación del rey de Cerdeña, quien, en cambio de este engrandecimiento, consentido por Francia, cedió á esta potencia la Saboya y Niza por el tratado de Turin, de 24 de Mayo de 1860.—Una campaña de dos meses, emprendida por dos ejércitos formidables, había libertado á la ITALIA septentrional; el centro debía su independencia á la habilidad de sus hombres de Estado, pero quedaba intacta todavía la parte Sud del territorio. Fernando II, rey de las Dos Sicilias, había muerto el 22 de Mayo de 1859; y su hijo, Francisco II, perseverando en la política de su padre, continuaba la opresión violenta en el interior y la alianza estrecha con la Austria en el extranjero. El á de Abril de 1860, estalló en Sicilia una revolución; Palermo, Messina y Catania se sublevaron; pero estrechados en el interior de las ciudades, retiráronse los insurrectos al interior de la isla, en donde fueron auxiliados por Garibaldi, quien no cesaba de agitar al país, á pesar de la desaprobación ostensible del gobierno de Turin. El 10 de Mayo desembarcó Garibaldi en Marsala, al frente de una partida de 2.000 hombres; tomó la dictadura de la isla en nombre de Victor Manuel, organizó el día 14 un gobierno provisional, batió dos veces, el 15 y el 16, á las tropas reales y se apoderó de Palermo, que fué bombardeado, el 27, por la armada napolitana. Estos reveses obligaron á Francisco II, en 26 de Junio, á ofrecer al país una Constitución y una alianza con la Cerdeña; pero ya era tarde.
Garibaldi, después de haberse apoderado de Messina el 28 de Julio, pasó á Reggio y marchó sobre Nápoles (en donde entró el 7 de Septiembre), cuyo ejército real, medio desorganizado, sólo opuso una débil resistencia. Francisco II se retiró á Capua y se encerró, por último, en Gaeta, después de haber visto á su ejército deshecho en las orillas del Volturno. Al mismo tiempo, las tropas pontificias, que, bajo las órdenes del general francés Lamoricière y auxiliadas por las napolitanas, habían conseguido detener los movimientos de Garibaldi, se vieron sorprendidas por la invasión de los piamonteses en las Marcas y la Ombría; batidas por ellos en Castelfidardo, el 18 de Septiembre, vióse Lamoricière forzado á refugiarse en Ancona, en donde, atacado simultáneamente por mar y por tierra, tuvo que capitular algunos dias después. Dueños los piamonteses de las Marcas y de la Ombría, entraron en el reino de Nápoles y batieron en Isernia á los napolitanos. Consultadas las provincias por medio del sufragio universal, proclamaron todos por rey á Victor Manuel, el cual hizo en Nápoles su entrada solemne el 7 de Noviembre, aceptando el 22 la anexión á su reino de las Marcas y de la Ombría. El joven rey de Nápoles, sitiado por los piamonteses, se defendió en Gaeta con bríos heroicos durante cuatro meses; pero, obligado á ceder ante fuerza mayor, abandonó la ciudad y se retiró á Roma, el 13 de Febrero de 1861. A la toma de Gaeta siguió luego la apertura del primer Parlamento italiano, el cual proclamó á Victor Manuel rey de ITALIA, el 17 de Marzo. La muerte prematura de M. de Cavour, acaecida el 5 de Junio, el fraccionamiento de los partidos políticos, el estado de la Hacienda y el bandolerismo que imperaba en las provincias napolitanas, hicieron dificilísimos los comienzos del nuevo reinado.
Faltábanle, para abarcar toda la península, Roma y Venecia, la cual conservó el Austria hasta 1866. A principios del citado año, la guerra entre el Austria y la Prusia parecía inminente, mientras que ITALIA, aliándose con esta última potencia, declaró la guerra en 18 de Junio. La armada italiana, que había franqueado el Mincio el 23, se vió rechazada más allá de este río por la victoria que el archiduque Alberto obtuvo sobre ella en Custozza al siguiente día; y el 20 de Julio, la flota de ITALIA, mandada por el almirante Persano, quedó deshecha en Lissa, sobre las costas de Dalmacia, por el almirante austriaco Tegethoff. Sin embargo, las victorias de los prusianos en Bohemia fueron la salvación de la unidad italiana. En á de Julio reclamaba Francisco José la mediación de Napoleón III, cediéndole Venecia; el 25 quedó concluida una suspensión de armas entre ITALIA y Austria, á la que siguió la paz firmada en Viena el 3 de Octubre, siendo incorporada Venecia al reino de ITALIA. En cuanto á Roma, aquella potencia, en virtud de un convenio ajustado con Francia el 15 de Septiembre de 1864, se comprometió á no atentar contra el territorio pontificio; á establecer en la frontera de este Estado una fuerza militar capaz de impedir toda
invasión de los voluntarios; tomar á su cargo una parte de la deuda romana, proporcional á la importancia de las provincias pontificias anexionadas á la corona, y trasladar el gobierno de Turin á la ciudad de Florencia, la cual fué declarada oficialmente capital del reino el 26 de Abril de 1865. La Francia, en cambio de estas concesiones, se obligaba á evacuar á Roma en el término de dos años. En e ecto, el 12 de Diciembre de 1866 abandonaba el territorio romano el último cuerpo de tropas francesas; y el Papa, para la mejor defensa de sus Estados, había organizado un ejército de voluntarios franceses, belgas, austriacos y suizos. Las deserciones de algunos de estos soldados, particularmente las del cuerpo francés denominado legión de Antibes, motivaron que el ministro de la Guerra de Francia llamase á la obediencia á sus soldados enviando á Roma á uno de sus generales. Quejóse ITALIA de estas medidas, considerándolas como una infracción del convenio de 15 de Septiembre, y en el verano de 1867, numerosos voluntarios garibaldinos intentaron franquear la frontera romana. En el mes de Octubre, la invadió Garibaldi con algunos millares de hombres y marchó sobre Roma, en donde esperaba ser secundado, pero la capital permaneció inalterable. Un cuerpo de ejército francés partió de Tolón, contribuyendo con las tropas pontificias á la derrota de Garibaldi en Mentana, y desde este momento empezó la segunda ocupación francesa. El general Failly abandonó á Roma el 2 de Diciembre, dejando una división en Civita-Vecchia. El Gobierno italiano, después de haber desarmado á los voluntarios que sobrevivieron al desastre de Mentana, y de prender al mismo Garibaldi, activó las negociaciones relativas á los intereses de la deuda pontificia, la cual quedó fijada en 17.000.000 anuales, que debían satisfacerse al Papa por mediación de Francia, y reclamó á ésta que retirase sus tropas de ITALIA; y á Pio IX, que otorgase un indulto á los condenados politicos. Estas reclamaciones fueron desatendidas, y la irritación que produjo subió de punto cuando se tuvo noticia de la reunión del Concilio del Vaticano, cuyas doctrinas se consideraban como una amenaza contra las instituciones civiles y políticas de los Estados. Así que, tan luego como Francia, al experimentar sus primeros reveses en su guerra contra la Prusia, tuvo necesidad de retirar sus tropas de los Estados pontificios, el ó de Agosto de 1870, el territorio papal fué inmediatamente invadido por el ejército italiano, el cual, con el apoyo del partido nacional, entró casi sin resistencia en la ciudad de Roma el 21 de Septiembre. 51. Nueva ITALIA.—El 2 de Octubre del citado año de 1870, un plebiscito, expresado por 133.680 votos afirmativos contra 1.507 negativos, reclamó la incorporación de los Estados pontificios al reino de ITALIA, la cual quedó decretada el 8 y ratificada el 21 y 29 de Diciembre por las Cámaras italianas. Roma fué declarada capital; y una ley, llamada de garantías, votada por el Parlamento, determinaba las relaciones entre el Estado italiano y el soberano pontífice. En virtud de esta ley, el Papa conserva todos los privilegios honoríficos de la soberanía; una pensión anual de 3.225.000 francos, consignada en los presupuestos italianos, para sostenimiento de la corte pontificia; los palacios del Vaticano y de Santa María la Mayor, con todas sus dependencias; la ciudad de Castel-Gandolfo y aquellos puntos en que el Papa reside aún temporalmente, los cuales se hallan excluidos de la jurisdicción del Estado. Las legaciones de la Santa Sede y los ministros acreditados cerca del soberano pontifice conservan las prerrogativas reconocidas por el derecho internacional á los agentes diplomáticos. Con el objeto de establecer la teoría de la Iglesia libre en el Estado libre, ideal de Cavour, el ejercicio de la autoridad religiosa del Papa está exento de toda ingerencia del poder civil; el jurameuto de los obispos, el exequatur real quedan abolidos; los concilios y las reuniones eclesiásticas, de cualquier naturaleza, pueden verificarse libremente y el Papa comunicarse con el episcopado y todo el mundo católico, sin que pueda inmiscuirse en ello el Gobierno italiano.
Finalmente, las corporaciones religiosas cuyos edificios fueron reconocidos como necesarios en Roma para establecer las administraciones públicas, por consecuencia del traspaso de la capital, recibirían una renta de cinco por 100 igual al producto neto de los edificios expropiados. El 2 de Julio de 1871 el Gobierno italiano trasladó oficialmente á Roma la capital de la monarquía, en la cual hizo su entrada el rey Victor Manuel, seguido de la mayor parte de los ministros extranjeros, mientras que el soberano pontífice, que había rechazado las proposiciones que anteceden, protestó contra la ocupación de su territorio. Tal es la historia y la vida de ITALIA, hermana ilustre de nuestro país, hermoso florón de la Europa y del mundo.
ETIMOLOGIA. Griego ’Ivaloc (Italos), de donde los latinos dijeron vítúlus, vìtûlus, ternero, novillo: latin, Itàlia, el país de los bueyes; italiano y catalán, Italia; francés, Italie.
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