Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Isabel

tomo 3 · página 174 · ver la página del original

Isabel. Reina de Inglaterra, hija de Enrique VIII y de Ana Bolena; nació en 1533 y murió en 1603. Aunque su padre la había declarado ilegitima é incapaz de reinar, revocó esta declaración en su testamento, é IsA BEL subió al trono á la muerte de su hermana María, en 1558. Uno de sus primeros actos fué restablecer la religión protestante que María había proscrito y constituirse jefe de la Iglesia. Bajo su reinado florecieron la agricultura, el comercio y la marina, y se hicieron grandes economías en la Hacienda; pero empañó su gloria con la conducta que observó con la infortunada reina de Escocia, María Estuardo. Irritada contra esta princesa, que había tenido la imprudencia de tomar el título de reina de Inglaterra, pero cuya principal causa consistía en ser mucho más hermosa que ella, promovió disturbios en sus Estados, la Ilamó á Inglaterra, donde la tuvo prisionera, y la envolvió en una acusación de atentado contra su persona, llevando su rencor hasta hacerla decapitar en 1587. Con pretexto de vengar esta muerte, armó Felipe II, rey de España, contra la Inglaterra una escuadra formidable que llamó la Invencible, y que, como es sabido, fué dispersada por las tempestades y batida en detalle por los enemigos. ISABEL envió en seguida socorros á Enrique IV, ocupado entonces en conquistar su reino; reprimió á los irlandeses, á quienes España había sublevado en 1600, y fomentó á su vez la insurrección de los Paises Bajos contra España. Muchos soberanos solicitaron su mano, y en más de una ocasión la invitó el Parlamento á fijar su elección, pero jamás quiso casarse; tuvo, sin embargo, muchos favoritos, entre ellos Dudley, duque de Leicester, y Roberto, conde de Essex. Habiéndose sublevado este último contra ella, hizo que le condenaran á muerte; pero apenas se ejecutó la sentencia, se arrepintió de su conducta, y llena de dolor murió á poco, designando por sucesor á Jacobo, rey de Escocia é hijo de María Estuardo. IsabetL gobernó con un despotismo casi absoluto y convocó pocas veces el Parlamento: reunía á las cualidades de un gran rey, todas las debilidades de una mujer. (SALA.)

Resumen.—I. Antes de subir al trono. Durante el reinado de su hermana María Tudor, hija de Catalina de Aragón, fué perseguida, como protestante, por el obispo Gardiner; y habiendo resultado comprometida en la conspiración de Wiat, se vió encerrada en la Torre de Londres y en el castillo de Wosdstock. 2. Ea el trono. Creó la Iglesia anglicana en virtud del bill de los treinta y aueve artículos. Logró que el Parlamento la declarara reina de derecho divino y gobernadora suprema, así de la Iglesia como del Estado. Impuso á los individuos del clero y á los funcionarios civiles el juramento de supremacta espiritval de la corona. Terminó á merced de la paz de Château-Cambresis (1559) la guerra en que Felipe II, como esposo de María Tudor, habia empeñado á Inglaterra contra Francia. Se alió con los calvinistas del continente. Supónese que no fué extraña á la conspiración de Amboise, que debía derrocar á los Guisas. Recabó que Condé y Coligny, en premio de su ayuda, la pusieran en posesión de la ciudad del Havre (1562), que tuvo que restituir dos años después. A más de la persecución de María Estuardo, favoreció en Escocia á los partidarios de John Knox contra la regente María de Lorena, sirviendo de esta suerte la causa del protestantismo. Se coaligó con Enrique IV y tomó la ofensiva contra España, de cuyas resultas Hawkins saqueó las colonias españolas de América, al propio tiempo que el conde de Essex bombardeaba á Cádiz. Apoyó en Portugal las pretensiones del prior de Crato, con el intento de perjudicar los derechos de Felipe II á la sucesión de aquella corona. Anuló la acción de ambas Cámaras y no tuvo más ley que su libre albedrío. Sustituyó al jurado los tribunales de excepción, tales como el tribunal de alta comisión y la famosa cámera estrellada, cómplices humildes de las pasiones de la mujer y de la politica de la reina absoluta. 3. Retrato de la reins.—Inteligencia superior, talento profundo, carácter tenaz, habilidad maravillosa, intriga consumada, gran espíritu de gobierno. Estas extraordinarias dotes vienen á explicarnos la situación del pueblo inglés bajo aquel prodigioso reinado: Spencer, Shakespeare y Francisco Bacon enaltecían con sus libros las artes y las ciencias, cubriéndolo todo con su manto de gloria; el primer periódico inglés, TEe Eaglish Mercury, se dió á luz en aquella época; florecían inmensamente la industria y el comercio; se inauguraba la Bolsa de Londres, con el titulo de Royel Exchange, cambio real (1571); la marina contaba 1.232 buques, de 40 que antes tenía; Cavendish, Walter Raleig, Drake, Hawkins, Davis, Humphrey Gilbert y Frobisher surcaban los mares, realizando las osadas empresas de donde viene la Inglaterra de hoy. Sólo así se explica también el hecho casi fabuloso de que una reina en quien se mezclaron más de una vez la reina y la dama, se viera idealizada por todo el mundo con el epíteto de la Reina virgen. 4. Retrato de la mujer. — Carácter moral. Conducta liviana, irritabilidad extrema, vanidad pueril, envidia rencorosa, crueldad heredada de su padre. Carácter intelectual. ISABEL fué indudablemente la mujer más docta de su país y uno de los entendimientos más educados de su siglo. Hablaba correcta y fácilmente el griego, el latin, el italiano y el francés; de tal modo, que compartía los largos ocios de sus deleites con el placer de traducir á Sófocles, Demóstenes, Horacio, y en comentar al gran Platón. Tratándose de esta mujer singularísima, uno de los genios más confusos que conocen los fastos humanos, la historia no tiene más que dos caminos: adorarla antes y quemarla después, ó quemarla en vida y adorarla en muerte. 5. Entre los pretendientes que la solicitaron en matrimonio, figuran el duque de Holstein, el de Alençon, el hijo del Elector palatino, el conde de

Arrán, el rey de Succia y Felipe II. 6. Con ISABEL acabó la rama de los Tudor. Isabel de Borbón. Reina de España, hija de Enrique IV de Francia y de María de Médicis, nacida en Fontainebleau en 1602 y muerta en 1644. Siendo de corta edad, fué prometida al principe del Piamonte; pero poco después se ajustó y llevó á efecto el doble matrimonio de esta princesa con el rey de España, Felipe IV, y de la hermana de éste, Ana de Austria, con Luis XIII de Francia, hermano de IsA BEL. Consagrada desde entonces á los intereses del reino, no pudo ver con indiferencia la inevitable ruina á que le conducía la desatentada administración del conde-duque de Olivares, y trabajó asiduamente hasta conseguir su caida; contribuyó con eficacia á levantar un ejército de 50.000 hombres para sostener el honor de las armas españolas, é hizo que su marido se pusiera á la cabeza, quedando ella entretanto encargada del gobierno. Querida de todos, y después de haber hecho cuanto bien estaba en su mano realizar, murió á los 23 años de reinado y 4l de edad. En esta princesa, como en Isabel de Valois, se ha cebado la calumnia durante dos siglos, suponiéndola unos criminales amores con el famoso cuanto desdichado don Juan de Tarsis, segundo conde de Villamediana. A pesar de las pruebas aducidas por los que han querido sostener esta calumnia histórica y del apoyo que parecían prestarle algunas composiciones del mordaz poeta, hoy la luz ha venido á esclarecer este punto, y la virtud de ISABEL DE BoR bóN ha quedado á salvo de toda calumniosa imputación. El doctísimo literato don Juan Eugenio Hartzenbusch, en su discurso de contestación á don Francisco Cutanda, al hacer éste su recepción en la Academia Española, ha contribuído tan poderosamente á esclarecer este episodio del reinado de Felipe IV, que hoy nadie se atreve á sostener seriamente lo que hasta aquí se había considerado como verdad incontrovertible. Isabel de Braganza. Reina de España, hija de Juan IV de Portugal y mujer de Fernando VII, que nació en Lisboa en 1797 y murió en Madrid en 1818. Casada en 1816 con Fernando, muy pronto su carácter dulce y franco, su sólida instrucción y su amor á las ciencias y á las artes, así como los beneficios que derramaba en torno suyo, unidos al interesante espectáculo que ofrecía el verla en público dando el pecho á una hija que tuvo, la granjearon universales simpatias. Estas se manifestaron plenamente en las demostraciones públicas de dolor que dió la nación entera al ocurrir su temprana muerte. Isabel Clara Eugenia de Austria. Infanta de España, duquesa de Brabante y condesa de Flandes, hija de Felipe II y de Isabel de Valois; nació en 1566 y murió en 1635. Propuesta por el Gabinete español, como nieta del pariente más próximo de Enrique, para ocupar el trono de Francia, vió éste frustradas sus pretensiones cuando se atendió al mejor derecho de Enrique de Navarra. Cuando Felipe II perdió la esperanza de ceñir la corona de Francia á las sienes de su hija, la casó con Alberto, hijo de Maximiliano II, en 1597, dándola en dote la soberanía de los Países Bajos y el Franco Condado. ISABEL acompañó á su esposo en las guerras contra los holandeses, y hallándose en el sitio de Ostende, se dice que hizo voto de no mudarse de ropa blanca hasta haber tomado la plaza. Esta, no obstante, resistió tres años el sitio, y como la princesa cumpliera escrupulosamente su promesa, sus ropas tomaron un color leonado, que dió origen al color llamado ISABEL. Privada de la soberanía de los Paises Bajos por su sobrino Felipe IV, que no la dejó sino el título de gobernadora, defendió el Brabante contra los repetidos ataques del príncipe de Orange y desbarató una conspiración que se tramaba para erigir los Países Bajos católicos en república independiente. Isabel de Castilla ó Isabel la Católica. En el oscuro cuadro en que se agitan las figuras del débil é impotente rey Enrique IV; de su ambiciosa mujer la princesa Doña Juana de Portugal; del orgulloso favorito don Beltrán de la Cueva, que, merced al amor de Doña Juana, se elevó en pocos años desde paje de lanza á la alta dignidad de marqués de Ledesma, duque de Alburquerque y gran maestre de Santiago; y de aquellos nobles rebeldes, encanecidos en las facciones, que en una asamblea reunida en la ciudad de Avila deponen á Enrique IV y le despojan en estatua de todas las insignias reales, aparece la infanta DOÑA ISABEL, nacida en la villa de Madrigal el 22 de Abril de 1451, como un punto luminoso, como una blanca estrella en un cielo oscuro, como la hermosa luz que ha de guiar á Castilla al puerto de salvación, según trataremos de demostrar. La reina Doña Juana había dado á luz una hija, que los enemigos de su esposo trataron de ilegítima, apellidándola la Beltraneja, por juzgarla hija del orgulloso valido don Beltrán. Educada DOÑA ISABEE, en Arévalo, con la mayor piedad y recogimiento por su noble madre, contaría doce años apenas cuando Don Enrique la llevó á su palacio, con su hermano Alfonso, aparentemente para terminar su educación, pero, en realidad, dice el padre Flórez, para que no sirviese de bandera á los descontentos. Tarea inútil, pues los nobles rebeldes, al deponer á Enrique, proclamaron á Alfonso. Muerto repentinamente Don Alfonso, el 5 de Julio de 1467, en Cardeña, y privados de un jefe los nobles confederados, ofrecieron la corona á la infanta DOÑA ISABEL, que la rehusó diciendo: Deseo á mi hermano el rey una larga vida, y mientras él viva, nunca consentiré en tomar el título de reina; noble respuesta que le captó las simpatías de todos los castellanos, los cuales, vista la ilegitimidad de la Beltraneja, obligaron á Enrique á reconocer por su heredera á su hermana ISABEL, acto solemne que se celebró el 19 de Septiembre de 1468 en la Veata de los Toros de Guisando. Entre los diversos pretendientes á la mano de DOÑA ISABEL, se contaba el infante Don Fernando de Aragón; pero este enlace no era del agrado de una parte de la nobleza, que habría preferido una alianza con Portugal, y mucho menos de Enrique, que á él se opuso con todas sus fuerzas. DOÑA ISABEL, sin embargo, aconsejada por sus parciales y atendiendo al porvenir de Castilla, resolvió unirse con Don Fernando, desposándose con él en Valladolid, á cuya ciudad había llegado secretamente el infante de Aragón el 18 de Octubre de 1469, casándose al siguiente día en el palacio de un campeón, don Juan de Vivero. Días antes había escrito á su hermano, que estaba en Sevilla, pidiéndole permiso para presentarse á él con su marido; y apenas realizada la boda, los jóvenes esposos le enviaron embajadores, asegurándole su obediencia y su deseo de considerarle como á un padre, remitiéndole las capitulaciones firmadas por el infante Don Fernando. El rey acogió muy friamente á los embajadores, los cuales no pudieron recabar de él otra respuesta que ésta: Semejante asunto es muy grave y yo resolveré sobre él. Sea que Enrique no hubiese olvidado los intereses de la que juzgaba, ó aparentaba al menos juzgar como su hija, ó que la boda de su hermana con Don Fernando no le agradase, lo cierto es que anuló la declaración hecha en favor de DOÑA ISABEL y declaró á Doña Juana por su sucesora única y directa, en la hora de su muerte (12 de Diciembre de 1474). Fernando é ISABEL protestaron. Doña Juana, desposada recientemente, por consejo de sus amigos, con el rey Don Alfonso de Portugal, que ambicionaba la corona de Castilla, y apoyada por el arzobispo de Toledo, el marqués de Villena, la familia de los Mendozas y otros nobles, resolvió fiar su causa al trance de las armas. La infanta DONA ISABEL tenía á su favor á la mayoría de la nobleza y del pueblo, por la brillante reputación que había logrado adquirir en medio de aquella corrompida corte y á través de aquellos turbulentos días. Durante algún tiempo vaciló la fortuna, hasta que en la célebre batalla de Toro (1476) fué derrotado el ejército del rey de Portugal y los partidarios de la Beltraneja comenzaron á someterse, hasta que la infeliz princesa, abandonada de Don Alfonso, que ya no podía alcanzar con su mano una corona, tomó el velo de religiosa en Coimbra. Don Fernando heredó en aquel mismo año, por muerte de su padre, el reino de Aragón, y al tratarse de la unión de ambas coronas, apareció la primera nube en el cielo de ISABEL y Fernando, que ISABEL supo disipar con su gran

talento y su magnánimo corazón. Era costumbre en la Edad media que el sexo más fuerte ejerciese todos los derechos por el más débil; pero los castellanos, celosos de su independencia y de las prerrogativas de su reina, resolvieron asegurarla el ejercicio real de ellas. Al fin, se acordó que los nombres de los dos esposos figurasen juntos en todos los actos del gobierno; y en la moneda, el del rey el primero, en consideración á su sexo, pero en el escudo real, las armas de Castilla las primeras; que ISABEL nombrara para todos los empleos civiles y militares de Castilla y para los beneficios eclesiásticos; que siempre que se hallaren reunidos gobernasen juntos; y cada uno en la provincia en que se hallare, cuando estuviesen separados. Tal división de poderes, dice un ilustrado autor, fué religiosamente observada durante toda su vida por DONA ISABEL, á cuyas altas dotes y singular capacidad se debió la paz y buena inteligencia en que vivió con el ambicioso Don Fernando, sin tolerarle intervenir en el gobierno de Castilla. Sin embargo, el rey de Aragón mostró claramente su resentimiento por la superioridad de facultades otorgadas á su esposa; pero ella consiguió aquietarle dulcemente con las protestas de su amor y con las seguridades de que ella sólo sería reina donde él fuese rey. Las familias de los Guzmanes y de los Ponces, así como otras varias de Andalucía, so color de afianzarse contra los enemigos del reino, acrecentaban sus estados é iban haciéndose temibles. DOÑA ISABEL tomó á su cargo tan grave asunto: llegó á Sevilla (1478); arregló las disensiones entre el duque de Medina-Sidonia y el marqués de Cádiz, recobrando las tierras que tenían de la corona; ordenó varios castigos y, por último, otorgó un perdón general, que le atrajo las bendiciones de gran número de familias. En esta ciudad y en este año dió á luz al príncipe Don Juan. Resueltos los reyes á dar una prueba de vigor contra la morisma y aprovechar la división que reinaba entre los árabes, exigieron al rey moro de Granada el tributo pactado con sus antecesores, que hacía tiempo que los árabes no pagaban. El rey moro, sin intimidarse, respondió: Que donde los árabes acuñaban su moneda, forjaban también las armas, y sin razón ni derecho se apoderaron de la importante plaza de Zahara, dando así la señal de una invasión de los castellanos en Andalucía y de una tenaz y porfiada lucha. Resuelta á todo, DOÑA ISABEL, que había quedado en Castilla organizando tropas, se presentó en el ejército de Andalucía, causando su presencia, dice el señor Díaz Canseco, el mayor entusiasmo entre aquellos indomables guerreros, y no sin fundamento, pues ora auxiliaba á Don Fernando con sus consejos, ora reclutaba fuerzas, ora se exponía á los mayores peligros, prestando nuevo valor á sus soldados, que teniéndola cerca, se juzgaban capaces de los más altos hechos. En el campo moro ardía la peor de todas las guerras, la guerra civil: el infante Boabdil, en unión de su tío Mohamed-el-Zagal, destronó á su padre, y luego tío y sobrino se declararon la guerra; los suyos les obligaron á dividir el dominio del reino y á luchar sin tregua contra los cristianos. ¡Triste ilusión! Boabdil, sitiado en Loja (1486), no recibió los auxilios ofrecidos por su tío, y herido y derrotado, se entregó á Don Fernando, quien, oido el parecer de la reina, le dejó en libertad, logrando lo que Do NA ISABEL había predicho, esto es, que apenas se vió libre, volvió las armas contra su traidor tío Mohamed-el Zagal. A pesar de sus divisiones interiores, que llevaron á una de las facciones moras á luchar al lado de los cristianos, y de ser Granada una ciudad abierta, su conquista costó diez largos años de una lucha obstinada y sangrienta, durante los cuales fué tomada Alhama, baluarte y antemural de Granada; Málaga, depósito del comercio entre España y el Africa, y Baza, ciudad entonces de 50.000 habitantes. En el interior de la ciudad sitiada, el hijo combatía contra el padre; Abdalah y su tío el Zagal se repartían los restos de aquella soberanía agonizante; y Boabdil, prisionero en un nuevo combate de los reyes castellanos, teniendo en poder de ellos á un hijo en calidad de rehenes, y habiéndose visto obligado para salvarse á reconocerse vasallo de ISABEL y Fernando, seguía, más bien que impulsaba, la obstinada defensa del pueblo. DONA ISABEL, ídolo de los castellanos, sitió la ciudad con 80.000 soldados, á cuyo frente se hallaban los futuros conquistadores de Berbería, Málaga y Nápoles, Pedro Navarro, el marqués de Cádiz y el Gran Capitán. No es posible pintar las contrariedades y las luchas que el ejército cristiano hubo de sostener, contento y satisfecho, por tener á su lado á su querida reina; ni la fe y el valor de aquella heroica señora, á la que nada logró vencer, ni menos desanimar: un moro fanático intentó darla de puñaladas, salvándose milagrosamente; un incendio destruyó el campamento, que ella reedificó, no de lienzo, como el anterior, sino de piedra, haciendo levantar en ochenta días la población de Santa Fe, con lo cual, al par que mostró su diligencia por el soldado, indicó á los moros que, si persistían en no rendirse, el sitio sería eterno. Agobiada la ciudad por el hambre, el pueblo amotinado abrió sus puertas á ISABEL y Fernando, bajo la promesa de que se les dejarían jueces de su nación y el libre ejercicio de su culto; y el 2 de Enero de 1492, la enseña de Cristo substituyó en los altos minaretes de Granada á la media luna. Cuando Boabdil presentó á los reyes la llave de la ciudad, y les pidió permiso para retirarse al Africa con gran parte de sus riquezas, la noble reina arrojó al hijo de Boabdil, que tenía en rehenes, en los brazos de su padre, como el mejor consuelo que podía darle en lance tan amargo. Pero la conquista de Granada, la salida de España de la morisma, después de ocho siglos de incesante lucha, la reconquista de nuestro hermoso suelo, no bastaban á su gran corazón, y el cielo le proporcionó la dicha de unir su nombre á una empresa considerada entonces imposible, al descubrimiento de un nuevo mundo. Un pobre y oscuro genovés, Cristóbal Colón, sin nombre, sin pan que llevar á la boca, él, que llevaba en la frente un mundo, conoce los errores de la antigua geografia, proclama nuevos principios, ofrece á su patria, primero, y luego á los reyes de Portugal y de Inglaterra, un nuevo mundo, que nadie acepta. Acude al campo de Santa Fe, delante de Granada, y habla con el rey Fernando, que le despide con acritud; pero estaba allí DOÑA ISABEL, que era un talento profundo, una inteligencia superior, que oye á Colón, que le comprende y le admira, y que, en vista de la negativa de su esposo á tomar la más mínima parte en la empresa por cuenta de su reino de Aragón, empeña sus alhajas por las cantidades necesarias para la expedición. Ocho meses después de la conquista de Granada salió Colón del puerto de Palos, en Huelva, con tres carabelas, para ir á surcar mares desconocidos, buscar otro continente en el hemisferio occidental y conquistar un nombre eterno. Después de una navegación larga y penosa, Colón regresó á Palos el 15 de Marzo de 1493; los reyes se hallaban á la sazón en Barcelona, y el ilustre marino corrió á aquella ciudad, en la que obtuvo una entrada triunfal, á darles cuenta de su viaje, á noticiarles sus descubrimientos, á presentarles los individuos de las razas que habitaban aquellas zonas, hasta entonces desconocidas, y á entregarles, con el oro de sus montañas, las producciones más raras y curiosas de la zona tórrida. ISABEL y Fernando le hicieron sentar junto á su trono, ennoblecieron á su familia con el título de duque de Veragua, confirmaron los privilegios que con él habían pactado y prepararon una nueva escuadra para que Colón continuase sus descubrimientos y estableciese nuevas colonias. ¡Lástima grande que esta ilustre señora, dejándose llevar de las quejas de los cortesanos envidiosos de Colón y de los turbulentos aventureros á quienes él tuvo que castigar, creyera que la malversación y la avaricia de Colón eran las causas del poco dinero que se recibía, y tolerase que el gran almirante atravesara cargado de cadenas los mismos mares que su poderoso genio había dominado! Por fortuna, comprendió que había sido pérfidamente engañada y le devolvió su gracia, dándole el mando de una nueva, aunque pequeña, escuadra al objeto de buscar un camino más corto para las Indias. Durante la guerra de Granada, los Reyes Católicos pagaron el apoyo

que los nobles les prestaron á costa de grandes privilegios y ricas concesiones: casi todas las propiedades territoriales, dice un autor, se hallaban en poder de los grandes; una parte de las tierras conquistadas pasaba á sus manos, y las inmunidades y derechos de los nobles los elevaban al rango de pequeños soberanos; los alistamientos voluntarios fueron insuficientes para la guerra, y como los bienes de la nobleza se hallaban exentos de las cargas públicas, la de suministrar soldados pesó solamente sobre las ciudades. Los reyes confiaron á las ciudades el cuidado de sostener sus ejércitos, concediéndoles en premio fueros, privilegios y voto en Cortes; revocaron las concesiones hechas á los grandes para comprar su sumisión, asi por Enrique IV como por ellos; poco á poco extendieron las prerrogativas de la corona y recortaron el poder de los nobles; por último, frente á los señores pusieron á las ciudades, cuyos diputados, con gran disgusto de los nobles, tenían una considerable parte en el gobierno, puesto que las Cortes votaban las contribuciones, otorgaban los subsidios para la guerra, decidian las cuestiones más arduas y publicaban las leyes. De este modo, y las más veces por decisión del Consejo de Castilla, fueron arrancando á los grandes las considerables tierras que sus predecesores y ellos mismos les habian concedido; en lugar de abandonarles la gobernación del Estado y los primeros puestos de la administración, fueron Ilamando para ocuparlos á hombres del pueblo; reunieron los tres grandes maestrazgos de las órdenes militares de Alcántara, Santiago y Montesa, teniendo la habilidad de hacérselos conferir por los mismos caballeros, con la aprobación del Papa, y conquistando así de un golpe un numeroso ejército y cuantiosos bienes. Llegamos á la negra nube que oscurece el reinado de DOÑA ISABEL, al establecimiento de la Inquisicion, realizado á instancias del célebre fray Tomás de Torquemada, por la mucha cizaña mezclada entre el grano de la fe, por la malicia del enemigo, por el comercio con gentes mahometanas y judaicas y por el mucho desorden de los reinados precedentes. El conde de Fabraquer, ocupándose de este asunto, declara que la Inquisición destruyó por largo tiempo la felicidad de los pueblos y sofocó el genio y las luces bajo un odioso despotismo; lo cierto es que su establecimiento, aunque dirigido en un principio contra los moros y los judíos, llegó á ser un arma terrible, y el planteamiento de aquel odioso tribunal encontró grandes obstáculos en España, principalmente en Aragon, puesto que en Zaragoza, y dentro del mismo templo, fué asesinado uno de los inquisidores para atemorizar á los demás. Una vez colocado el pie en una pendiente tan resbaladiza, no era posible retroceder; así es que los judíos no tardaron en recibir la orden de convertirse á la fe cristiana ó salir de España, en el término de cuatro meses, sin poderse llevar oro ni plata, abandonando nuestro suelo ciento setenta mil familias, que se refugiaron en Portugal, Italia y Africa, llegando el caso de dar una viña por un pedazo de tela para cubrirse, y una casa, por un caballo para huir. Esta expulsión fué terrible para la población y la industria de España; y sin embargo, siete años después (1499) se dió un golpe todavía mayor. Al mirar violada la mayoría de las condiciones con que los moros de Granada se entregaron, víctimas de la animosidad del clero, y no pudiendo sufrir la opresión en que vivían, se lanzaron los moros á las Alpujarras, aguardando socorros de sus hermanos de Africa. Don Fernando se presentó ante ellos con un ejército; pero reconociendo lo cara que pagaría su victoria, ofreció á los moros buques para pasar al Africa, á razón de veinte ducados por familia, logrando de este modo que emigraran más de setenta mil familias, las cuales le produjeron con el pago de su huída un tesoro inmenso, que Don Fernando empleó en asegurar la superioridad de sus armas en Italia. En el hogar de la reina no había más que tristezas y lágrimas: la muerte de su hijo Don Juan fué seguida de la de la princesa Isabel, casada con el rey de Portugal; de los sintomas de locura de la infanta Doña Juana, la infeliz esposa de Felipe el Hermoso; y del repudio de Doña Catalina por su disoluto esposo Enrique VIII de Inglaterra. DOrA ISABEL, dice uno de sus más distinguidos biógrafos, aquella gran reina, adorada del pueblo, no pudo resistir á tantas desgracias; una mortal languidez minaba su existencia, y los pesares domésticos, unidos á una enfermedad del pecho, debilitaron su constitución fisica y murió en Madrid el año de 1504, llorada de sus súbditos y admirada de la Furopa, dejando por heredera universal de sus estados á su hija Doña Juana, y disponiendo que si el archiduque, esposo de ésta, no quería venir á España, fuese su esposo Don Fernando gobernador de los reinos de Castilla hasta que su nieto Carlos llegase á la mayor edad. Dulce y generosa, templó con su clemencia el riguroso carácter de Don Fernando; protectora de los talentos y del genio, los animó y dió vida con su liberalidad. A ella se debe la expulsión de los moros, el haber abatido el despotismo de los grandes y restablecido el imperio de las leyes; el descubrimiento de América; el mejoramiento de la administración pública; la creación de la Santa Hermandad, encargada de perseguir y castigar los detitos cometidos fuera de poblado; la recopilación de las Ordenanzas y la introduccion de grandes mejoras en la legislación civil. La ilustre escritora francesa Madame Mongellas, dice «que DONA ISABEL reunía á las cualidades de un grande hombre, las amables prendas de una mujer, y que, tan hábil en manejar las riendas del Estado como en conducir un ejército, sabía inspirar confianza, excitar el valor, aprovecharse de las circunstancias, vencer las dificultades y llegar á su objeto, bien por el camino de un héroe, bien con la destreza de un político profundo.» Otro ilustrado publicista afirma que DOÑA ISABEL, para ser admirable en todo, jamás olvidó por las ocupaciones del gobierno y de la guerra las obligaciones propias de su sexo; añade que dirigía por si misma la educación de sus hijos, enseñaba á las hembras las labores femeninas, y se preciaba de que su marido no se hubiese puesto una camisa que ella no hubiese hilado y cosido. Concluyamos: si, como afirma un eminente historiador, DOÑA ISABEL fué opuesta por completo al establecimiento de la Inquisicion, y sólo cedió á imperiosas exigencias de la época y á necesidades del momento, bien puede asegurarse, sin dudas y sin temores, que el reinado de ISABEL LA CATÓLICA es la página más gloriosa de nuestra historia patria.

Resumen.—Opinemos como opinemos, vayamos adonde vayamos, los españoles somos hijos: antes, de Don Alfonso el Sabio en las Partidas: después, de ISABEL La CATÓLICA en el territorio. De todos fué madre, puesto que á todos nos dió gloria y patria. Isabel de Farnesio. Reina de España, hija de Eduardo III, duque de Parma, y mujer de Felipe V de España, que nació en 1692 y murió en 1766. Aunque poco agraciada de rostro, el resto de su persona no estaba desprovisto de encantos, unido lo cual á una viva imaginación y un talento é instrucción superiores á su sexo, llegó á dominar tan completamente á su marido, que éste, no sólo la profesó siempre una verdadera pasión, sino que en todos los negocios seguía con preferencia sus indicaciones. Esta influencia empezó á dejarse sentir en la expulsión del reino de la Princesa de los Ursinos, acto que le conquistó bien pronto una ardiente popularidad, aunque luego la malogró hasta cierto punto con la preferencia que manifestó en la distribución de cargos públicos. No obstante, conservó siempre gran influencia en los negocios y tuvo no poca parte en todas las medidas que señalaron aquel reinado, y, particularmente, el ministerio del cardenal Alberoni. Después de la muerte de Felipe V, vivió en la mayor reclusión en San Ildefonso, y sólo cuando murió su hijastro Fernando VI, volvió á la corte á gobernar el reino hasta la llegada de su hijo mayor Carlos III, que se hallaba en Nápoles. Murió siete años después, en Aranjuez, y fué enterrada con Felipe V en San Ildefonso. Isabel de Portugal. Reina de España, segunda mujer de Don Juan II de Castilla y de León, hija del infante Don Juan de Portugal y de Isabel Barcelos; casó con Don Juan II en 1447, contribuyendo poderosamente á ToMO m

la caída del condestable don Alvaro de Luna. Tuvo de su matrimonio dos hijos: Isabel, que luego fué reina de España, con el título de la Católica, y Alfonso, á quien el rey se inclinaba á dar el cetro, por algunos disgustos que le había dado el príncipe Enrique, hijo de su primera esposa Catalina de Aragon, pero cuyo pensamiento no efectuó por no exponer el reino á la guerra civil. Muerto Don Juan II, en 1454, ISABEL sintió tanto su pérdida, que fué acometida de una enajenación mental, por lo cual se retiró á la villa de Arévalo y allí vivió hasta el año 1496, en que murió después de cuarenta y dos de viudez, cuando ya reinaba en Castilla su hija Isabel. Su cuerpo fué trasladado por los cuidados de ésta al monasterio de Miraflores, de Burgos, al lado de su esposo. Isabel de Valois. Reina de España, tercera mujer de Felipe II. Nació en Fontainebleau en 1545 y murió en Madrid en 1568. Era hija de Enrique II y de Catalina de Médicis. Fué prometida al hijo de Enrique VIII de Inglaterra, Eduardo VI, que murió antes de efectuarse el matrimonio; después lo fué del desdichado príncipe Carlos, hijo de Felipe II, y con este motivo fué llamada Princesa de la Paz, porque su unión produjo el tratado de Château-Cambresis, que puso fin á la guerra entre España y Francia. Pero como en este tiempo hubiera muerto la esposa de Felipe II, María Tudor, reina de Inglaterra, pidió éste para sí la mano de ISABEL, que le fué concedida, verificándose las bodas en París, donde el duque de Alba representó al monarca español. Reuniéronse los esposos oficialmente en Guadalajara y despues se trasladaron á Valladolid, para asistir al juramento del príncipe Carlos como heredero del trono. En 1563 pasaron al Escorial, para presenciar la ceremonia de colocar la primera piedra en el monasterio de San Lorenzo. En 1566 dió á luz ISABEL una hija, que se llamó Isabel Clara Eugenia, que fué gobernadora de los Paises Bajos, y al año siguiente tuvo otra, que se llamó Catalina Micaela y casó con Carlos Manuel, duque de Saboya. En 1568 volvió á sentirse embarazada; pero los médicos, que desconocieron su mal. empezaron á propinarla drogas y pócimas, muy comunes en aquella época, y que sólo consiguieron provocar un aborto que produjo la muerte de la reina. Esta repentina desgracia, acaecida casualmente á los pocos meses del fallecimiento del príncipe Carlos, contribuyó no poco á cimentar la calumniosa suposición de que había sido envenenada por mandato de Felipe II, que, conocedor de los criminales amores de su hijo con su esposa, había determinado lavar con la muerte de ambos ofensas hechas á su honra. Afortunadamente la historia ha deshecho hoy tales fábulas, y sólo la novela puede entretenerse en mancillar la reputación de una princesa que siempre fué justamente tenida por dechado de virtudes. Su cuerpo, sepultado primero en el convento de las Descalzas. de Madrid, fué trasladado al Escorial en 1577.

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El texto de Barcia (1880-1883) es de dominio público. El troceado, esta página y sus datos son CC BY 4.0, Karb and Sil. Cítese: «Isabel», en Roque Barcia, Primer diccionario general etimológico (1880-1883), Biblioteca Wordkers, https://biblioteca.wordkers.com/d/barcia/isabel-2.