Roque Barcia · 1880-1883
Iglisia
tomo 3 · página 14 · ver la página del original
Iglisia. Femenino anticuado. IGLEIgnacia.
Femenino. Botánica. Arbusto muy ramoso que se cría en las Indias orientales. (CABALLERO.)
ETIMOLOGÍA. Latín técnico, IGNATIA aurara, de Linneo, hijo: francés, ignatie.
Reseña. 1.—Llámase ignacia, porque dicho arbusto produce el haba de san IGNACIO. 2. Pertenece á la familia de las loganiáceas. Ignacio de Loyola (San). Fundador de la Compañía de Jesús ú orden de los jesuitas, que nació en el casti Ilo de Loyola (Guipúzcoa), en 1491 y murió en Roma en 1556. Hijo de una noble familia, fué en sus primeros años paje de Fernando el Católico; y habiendo abrazado más tarde la carrera de las armas, en la cual se distinguió por su valor y pericia militar en diversas ocasiones, concurrió en 1521 al sitio de Pamplona, donde sufrió una herida que le dejó cojo y le obligó á abandonar la noble profesión que había escogido. La lectura de libros ascéticos, á que se entregó durante su larga y penosa convalecencia, inflamó de tal manera su imaginación, que desde aquel punto se creyó llamado á propagar el cristianismo por todo el universo, preparándose á ello con las más rigurosas austeridades y ayunos. Las costumbres de su época, la reacción producida por el tránsito de una vida de placeres á otra de entusiasmo religioso y de exaltada fe, dieron á sus primeros actos un prestigio inconcebible. Apenas repuesto, hizo una peregrinación al santuario de Montserrat, ante cuya patrona hizo voto de castidad perpetua, jurando consagrar su vida al engrandecimiento del catolicismo. Una grave dolencia, efecto de sus mortificaciones, le retuvo nuevamente en un hospital de Manresa; pero ni aun durante ella consiguieron los médicos separarle de sus austeridades. Cuando pudo dejar el lecho, salió de allí extenuado y macilento, y, por humildad, corrió de puerta en puerta, cubierto de repugnantes harapos, pidiendo á la caridad el sustento cuotidiano; pero como supiese que empezaba á descubrirse su condición, fué á ocultarse á una caverna, de donde salió para embarcarse con rumbo á Tierra Santa. En 1523 llegó á Jerusalén y se apresuró á comunicar á los franciscanos el proyecto de crear una asociación que, ramificada por todo el universo, tendiera á contrarrestar la impiedad y la herejía. Observando que los franciscanos le oían con inequívocas muestras de frialdad, volvió á España, y á pesar de los 32 años que ya contaba, tomó asiento en los bancos de las aulas de Barcelona, de Salamanca y Alcalá, yendo á terminar sus estudios de filosofía y teología escolástica á la universidad de París, donde recibió el título de licenciado en 1534. Aquella fuerte é indomable voluntad, que no reconocía obstáculos, debió, sin embargo, sentirse más de una vez quebrantada ante el espectáculo de los peligros que amenazaban la antigua unidad católica. En aquel momento, mientras que el poder del islamismo, que había amenazado á Europa entera, se refugiaba en los desiertos de Africa y en el Oriente, el protestantismo se levantaba terrible y amenazador en el Norte, rompiendo la antigua disciplina de la Iglesia, quebrantando los fundamentos de la fe, que había sido el alma de la Edad media, y proclamando la libertad de conciencia y el libre examen. Frente á frente de aquel peligro, IGNACIO DE LOYOLA debió considerarse como el apóstol del catolicismo rígido é inflexible de los siglos pasados, y como el llamado á oponer un dique infranqueable al torrente del espíritu moderno. Sin embargo, hasta el fin debía encontrar obstáculos capaces de desalentar á un alma menos enérgica, y sólo logró, después de perseverantes esfuerzos, llegar á reunir en torno suyo unos cuantos compañeros, que formaron el núcleo de la asociación con que desde hacía mucho tiempo soñaba. Aquellos primeros neófitos eran: Pedro Lefebre, sacerdote saboyano; Francisco Javier, profesor entonces de filosofía, y los estudiantes Lainez, Salmerón, Bobadilla y Rodríguez de Acebedo. Todos se reunieron el 15 de Agosto de 1534 en una capilla subterránea de la abadía de Montmartre, en las cercanías de Paris, y después de oir una misa, se unieron por medio de un solemne juramento, dando así á la fundación de una orden religiosa las formas de una verdadera conjuración. Dos años después, se encontraban en Venecia, dispuestos á hacer una peregrinación á Tierra Santa, con objeto de iniciar de este modo la obra que emprendían; pero la guerra con los turcos no les permitió realizar su proyecto. IGNACIO dispersó entonces á sus compañeros, cuyo número se había aumentado considerablemente en las ciudades de Italia, y fué él mismo á solicitar de Roma la aprobación de la nueva asociación religiosa. Aquella aprobación, vivamente combatida en el colegio de cardenales, no fué concedida definitivamente hasta 1540, por el papa Paulo III. La orden de los jesuitas, sin embargo de su adhesión á la Santa Sede, se constituía en una regla independiente, la cual podía comprometer el poder y el prestigio del pontificado desde el momento en que el jefe de la Compañía se abrogaba, no sólo el derecho de emplear á sus miembros como juzgara conveniente, sino el de hacer los reglamentos que juzgara necesarios, sin tener necesidad de la aprobación del sumo pontífice. Proclamado general de la orden en 1541, IGNAcIo redactó las Constituciones, buscando como colaborador á Lainez, cuyo genio organizador le sirvió de mucho; obtuvo nuevas concesiones de la Santa Sede; envió á todas partes los soldados de su nueva milicia para trabajar en la conversión de infieles, comprendiendo bajo este nombre, no sólo á los idólatras y los musulmanes, sino á todos los que se separaban del catolicismo; triunfó de la oposición de los príncipes y de los pueblos; hizo que Lainez, Salmerón y Le Jay defendieran en el Concilio de Trento al papado, atacado por la Reforma; envió misioneros á la China, al Japón, las Indias, al Paraguay y trabajó, en fin, con todas sus fuerzas en la restauración del edificio del cristianismo, al mismo tiempo que robustecía el poder de la congregación militante que había fundado. Fué beatificado en 1607 por Paulo V, y canonizado, en 1622, por Gregorio XV. SAN Ionacio dejó escritas las Constituciones de la Companta de Jesús, que fueron traducidas al latín (Roma, 1558), y al francés, por el reverendo padre Clemente; unos Ejercicios espirituales, igualmente traducidos al latín por jesuitas y al francés por Drouet de Maupertuis, y una colección de Máximas, que vertió al último de estos idiomas el padre Bonhours, así como algunos otros opúsculos de menor importancia. El personaje de esta biografía nos presenta el siguiente rarísimo carácter: temperamento extraordinario, genio audaz, peregrino incansable, apóstol impasible, fanático ardiente, convencido, de fe poderosa, de extensa inspiración, hasta rayar en alucinaciones y éxtasis. Un solo hombre, hijo de sí propio, afirma la tiara en las sienes de los pontífices, hace temblar los tronos, se enseñorea de los reyes, triunfa de las escuelas, domina los Concilios, impera en el mundo, inunda el universo. Si esto fué ó no fué conveniente á la religión, cada escuela dirá lo que convenga á su criterio; si esto fué ó no fué prodigioso, nos parece que nadie se decidirá por la negativa. La Sociedad ó Compañía de SAN IGNACIO DE LOYOLA se llamó de Jesús, porque bajo la advocación de Jesús estaba consagrada la iglesia que se le dió en Roma.
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