Roque Barcia · 1880-1883
Godo
tomo 2 · página 971 · ver la página del original
Godo, da. Adjetivo que se aplica á ciertos antiguos habitantes de la Escandinavia, que abandonando su patria con motivo de guerras intestinas, se concertaron con los gépidos y gothones, pueblos germanos, y dirigiéndose, ya al Mediodía, ya hacia el Oriente, llegaron á la desembocadura del Dnieper (Borysthenes) después de muchas fatigas y combates. Acampados en una y otra orilla del río, los que estaban á la parte del Este se dijeron ostrogodos, esto es, godos orientales, y los que al ocaso, nombráronse visigódos, ó sea godos occidentales. De los últimos eran gépidos el mayor número, y haciendo largo asiento en las regiones conocidas hoy con los nombres de Moldavia, Transilvania y Valaquia, mezclados con los getas, pueblo tracio, usurparon también su nombre, El de gothones se halla en Tácito, el de quitones en Plinio, é indistintamente el de gethas y gothyni en 105 poetas del siglo Iv. El rico y poderoso originario de familias ibéricas, que, confundido con los godos invasores, formó parte de la nóblezá al constituirse la náción española. SER GODO, ó HACERSE DE LOS GODos, Ser alguna persona de nobleza antigua, ó blasonar de noblé.
ETIMOLOGÍA. Latin gothi: francés, goth; catalán, godo. Reseña histórica.—1. Los copos eran pueblos bárbaros de la Gci, Dacià, eciá y l parte septentrional de Alemania, los cuales sujetaron la Italia, la Galiá narbonense y España, en dondé fundaron uná famosá monarquia, 2. Gran nación germánica que, en el siglo in antes dé Jesucristo, apáré ce establecida en la Escandinavia y al Norte de Germania. Eh el siglo iy de la Era cristiana marcharon haciá el Dahubio, y puede decirse que fatigaron con sus invasiones el imperio románo.
Maximino, Gordiano III y Decie combatieron contra los copos. Galia no les pagó tributos, pero Claudio II, en virtud de las conquistas qué sobré ellos obtuvo, mereció el sobrenombre de Gótico. En tiempo de Aurelio ocuparon la Dacia Trajana y el Asia meñor. Hacia el año 350 su imperio se éxtendía desde el Theiss-al Don y desde el mar Báltico al Negro. Se dividían én visigodos, astrogodos y gépidos. Convirtiéronse al cristianismo, pero adoptaron la herejía de Arrio, que les llevó el obispo Ulfilas. La invasión de los hunos, en Europa (376), empujó á las tribus góticas sobré el imperio romano. (Pueden consultarse: Jornandés, De Getaram sive Gothorum origine et rebus gestin, Piketon Récherchés sur l’origine et les établissements dés Scythes et des Goths; y Prætorius, Orbis gothicus.) Goabfredo de Bouillon. Duque de Lorena y primer tóy eristiano de Jerusalén, que nació en Baisy, cerca de Nivelles, durante el último tércio del siglo ix. Era hijo de Bustaquio II, conde de Boloña, y dé Ida, hija dé Godofredo el Barbudo, quien á su muerte legó en herencia á su niéto el ducado de Lorena. Resistiendo con éxito las pretensiones de Teodorico; obispo dé Verdún, que se crefa coi derechos á su ducado, hizo causa común con Enrique IV, emperador de Alemania; tomó parte en las guerras emprendidas contra él papa Gregorio VII; llevó la enseña imperial en la batalla de Volskheim (1080), dando muerte con el hierro del mismo estandarte al anticésar Rodolfo, y siendo
el primero en asaltar las murallas de Roma (1083). Atacado, poco después de la terminación de aquella campaña, de una grave enfermedad, creyó ver en ella la mano del cielo, que le castigaba por haber hecho armas contra el pontífice, y formó la resolución é hizo voto solemne de consagrar su vida y su espada á la defensa del Santo Sepulcro. El piadoso furor de Pedro el Ermitano le proporcionó en breve término la ocasión de cumplir su promesa. GoDOrREDO, después de vender y empeñar parte de sus estados para sufragar los gastos de la expedición, partió en 1096 á Palestina á la cabeza de los caballeros franceses y alemanes que le eligieron por jefe de la empresa. No queriendo asemejarse á algunas hordas de europeos, que ya habían partido á Tierra Santa, dejando en su marcha muestras horribles de crueldad y de pillaje, dictó las órdenes más severas para que sus tropas guardasen una rigurosa disciplina. A su llegada á Constantinopla, dió libertad á Hugo, hermano del rey de Francia, así como á otros caballeros que el emperador Alejo Comneno tenía cautivos como corsarios. Dicho emperador, convencido de que no era fácil rehusar peticiones que se apoyaban en un ejército de 600.000 hombres, trocó sus demostraciones de hostilidad en liberal y amistoso agasajo. Alejo esperaba sacar partido de su alianza con los poderosos cruzados, y los hechos vinieron muy pronto á demostrar que no se equivocaba. Favorecidas por él, emprendieron las tropas de GODOFREDO el sitio de Nicea, y ya estaban á punto de apoderarse de aquella plaza, después de diferentes asaltos, cuando, viendo flotar en los muros el estandarte de Constantinopla, suspendieron las hostilidades. Los turcos, instigados por agentes secretos de Alejo, y viendo perdida toda esperanza de resistencia, prefirieron entregar la plaza al emperador de Oriente que rendirse al ejército sitiador. Después de la expedición de Nicea, los cristianos, con el fn de procurarse más fácilmente víveres, marchaban divididos en dos cuerpos, mandados: el uno, por el mismo GODOFREDO, y el otro, por Bohemundo, hijo de Roberto Guiscardo. Este estaba á punto de sucumbir en las llanuras de Dorilea bajo la cimitarra de Kilidge-Assán, á pesar de la heroica resistencia que le oponía, cuando llegó al campo GODOFREDO y cambió en señaladísima victoria para los cristianos lo que estaba próximo á ser la más funesta de las derrotas. Desde Nicea á Antioquía, atravesando los áridos y abrasados campos de la Frigia y de la Isauria, el ejército cristiano sufrió todos los horrores del hambre y de la sed. GODOFREDO, tan esforzado como generoso, no solamente reanimaba el abatido espíritu de los cruzados con su piedad, con su valor y su elocuencia, sino que se privaba hasta del necesario alimento para compartirlo con sus soldados. La toma de Antioquía dió un momentáneo aliento contra tantos reveses; pero no pasó mucho tiempo sin que los cristianos, sitiados en sus propios reales y devorados por el hambre y las enfermedades contagiosas, se vieran reducidos al último extremo. Sólo una maravilla podía salvarlos y la maravilla vino en su ayuda. Un sacerdote, llamado Pedro Barthelemy, publicó que Jesucristo le había revelado: «que si pasaban tres días en ayunas y oraciones, al cabo de ellos hallarían el hierro de la lanza con que fué herido en el costado, y que, poseedores de aquella preciosa reliquia, triunfarían de sus enemigos.» Los cruzados, faltos en absoluto de víveres, no tuvieron dificultad en aceptar el ayuno, ni á Berthelemy fué muy costoso confortarlos con el descubrimiento de la lanza. Los jefes, aprovechándose de la confianza que el piadoso fraude inspiró á los soldados, acometieron á los sarracenos, derrotándolos por completo y proporcionando á GODOrREDO DE BOUILLóN una de las más célebres victorias. Abierto de esta suerte el camino de Jerusalén, la toma de la ciudad santa fué cosa tan fácil que, á los pocos días, la insignia sacrosanta de la Cruz ondeaba en aquellas murallas, las cuales encerraban la memoria del suceso más grande que ha presenciado la humanidad. Conquistada Jerusalén, lo primero en que se pensó fué en erigir aquel territorio en monarquía y, como consecuencia, se trató de elegir un rey. Muchos caballeros deseaban que se les hiciese tan insigne honor, y para allanar dificultades, se determinó que diez electores procediesen á hacer el nombramiento en el que más lo mereciera. GODOFREDO DE BOUiLLON fué el aclamado; pero el modesto héroe renunció las insignas de la dignidad real y no aceptó otro título que el de barón del Santo Sepulcro, diciendo: «que no ceñiría jamás á sus sienes la corona de oro en la misma ciudad en que el Redentor había sido coronado de espinas.» Aceptada de hecho, si no en el nombre, la soberanía con que se le acababa de investir, su primer cuidado fué organizar el nuevo reino, dotándole de leyes tan sabias como previsoras. Cumplida esta grande misión, voló al socorro de Tancredo, amenazado por el emir de Damasco, y con la gloriosa batalla de Ascalón, en que el estandarte de Cristo triunfara una vez más de la media luna, puso feliz remate á aquella guerra. Pero poco después de su vuelta á Jerusalén, el 18 de Julio del año 1100, una muerte repentina, atribuida al envenenamiento producido por ciertas frutas que le había regalado el emir de Cesarea, vino á cortar el hilo de una vida de la que pendía el porvenir de la tierra regada por la sangre del mártir de todos los siglos. Gopo FREDO DE BOUILLÓN era un dechado de virtudes como caballero, como cristiano y como caudillo. Su nombre, el más claro en la historia de las cruzadas, es tal vez el único que ha pasado sin una sola mancha á la posteridad. Sobrepujando á todos los capitanes de su siglo en talentos militares, supo unir el arrojo á la prudencia, el lor á la moderación, y la más denodada constancia á la más ferviente piedad. La noble musa italiana, al cantar las hazañas de GODOFREDO DE BOUILLÓN en su Jerusalén libertada, no hizo otra cosa que copiar la hermosa figura del héroe, embellecida por muchos arcanos. Realmente, cantando á GODOFREDO, cantó la energía de la virtud, el heroísmo de la fe, el genio del Tasso y las augustas tradiciones del Santo Sepulcro.
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