Roque Barcia · 1880-1883
Galilea
tomo 2 · página 889 · ver la página del original
Galilea. Femenino. Historia sagrada. Provincia de Palestina, que comprende una de sus cuatro grandes divisiones. Las tres restantes son: Judea, Samaria é Idumea.
ETIMOLOGÍA. Latín Gúillea. Galileo Galiler. El mismo día en que lanzaba su último suspiro Miguel Angel, el 18 de Febrero de 1564, nacía en Pisa uno de los hombres que más importantes servicios debían prestar á la ciencia, y á quien, sin embargo, como recompensa á sus desvelos, guardaba, su siglo la persecución y el destierro, como sí á la corona de su gloria hubiera querido añadir la del martirio. Hijo natural, según se cree, de Vicente Galilei, notable músico y hombre de esmerada educación y de vastos conocimientos, desde su más temprana edad manifestó grandes inclinaciones y talentos para la fisica y la mecánica. Su padre, sin embargo, se obstinó en dedicarle á la Medicina, que cursó en la universidad de su ciudad natal. Allí fué donde hizo su primer descubrimiento. La detenida observación de las oscilaciones de la lámpara de una iglesia, le llevó á desarrollar la teoría del isocronismo, ó igual medida del tiempo, á que por el pronto dió sólo aplicación á la ciencia que, á su pesar, cursaba, calculando por este medio las intermitencias del pulso humano. Sin embargo, el estudio de las matemáticas le atraía; y arrostrando el enojo de su padre, abandonó bien pronto el estudio de Hipócrates para dedicarse por completo al de Euclides y Arquímedes. Poco tiempo después dió á luz su primera obra de matemáticas, De la balanza hidrostática. Su amistad con Guido de Ubaldi, el más célebre matemático de aquel tiempo, quien le puso en relación con su hermano el cardenal Del Monte, hizo que el gran duque Fernando tuviera noticia de sus talentos. A los 24 años obtuvo la cátedra de matemáticas de la universidad de Pisa, que regentó hasta 1592, en que la República de. Venecia le nombró catedrático de la de Padua por seis años, siendo reelegido varias veces en su cargo. Durante este período, ensanchó de tal modo sus conocimientos, que, pareciéndole estrecho el camino explorado, pasó á reconocer el vasto campo de las ciencias naturales, dentro de límites hasta entonces desconocidos. Sus lecciones eran con tanta avidez escuchadas, que la gran sala de la universidad no podía contener á sus numerosos oyentes. De esta época datan sus más relevantes servicios prestados á la ciencia. La preparación de un instrumento para descubrir las lineas proporcionales, parecido á la escala de Günter; el perfeccionamiento de la balanza hidrostática; el de la péndola y el descubrimiento del termómetro, que si bien parece haber sido conocido por los antiguos, yacía por lo menos desde hacía luengos siglos en el olvido, se deben á aquellos años de sú laboriosa vida. Pero entre todos sus descubrimientos ninguno contribuyó tanto á eternizar su nombre como el que, llevado á cabo en 1609, había de dar tal impulso á las ciencias astronómicas, que, permitiéndolas observar la bóveda celeste, parecía llamado á desgarrar el velo que ocultaba al hombre el secreto' de la obra del Creador. Este descubrimiento fué el telescopio. Holanda ha querido disputar á GALILEO la gloria, de esta conquista; pero si en aquella época hubo un holandés que presintió el telescopio, el que supo encontrar su verdadera fórmula, el que logró construir uno tan perfecto que, desde el primer momento, robó á Júpiter el secreto de sus cuatro satélites; á Saturno, el de su anilló; á la Luna, el de sus continentes y mares; y al Sol, el de sus oscuras manchas, no fué otro que el ilustre catedrático de la universidad de Padua. Su óbra Nuncius Sidereus, que es el primer resultado de las observaciones obtenidas con su portentoso invento, fué bien pronto llamada á eclipsar las más notables hasta entonces publicadas. En 1610, tuvo que renunciar su cátedra para atender al Ilamamiento que el gran duque de Toscana le hacía, con el fin de nombrarle su primer fisico y matemático en Pisa. Al despedirse de aquella ciudad, testigo de su gloria, las lágrimas anublaron sus ojos. Sin duda presentía que la era de sus amarguras no estaba distante. Pisa, al abrirle de nuevo sus cátedras, oyó mezclarse á la voz del sabio, que proclamaba las razonadas verdades de la ciencia, el ciego grito del fañatismo, que le acusaba de herejía. La teoría de Copérnico, probando que el sol permanecía fijo en el centro de su sistema y que la tierra giraba á su alrededor, era una blasfemia á los ojos de los que veían desmentido con ella aquel pasaje de la Biblia, en que el implacable Jehová paraba el curso del astro del día para prolongar las matanzas de los soldados de Josué.
GALILEO, al hacerse solidario de la teoría de Copérnico, oyó un grito de indignación en torno suyo. Quiso invocar en su ayuda la luz de la verdad; pero engañados y engañadores, quisieron sellar sus labios llamándole hereje. En 1616, GALILEO fué llamado por el Papa. Este le amonestó con una dulzura que, por más que descontentara á los intransigentes, no podía menos de dar el resultado apetecido.
GALILEO, desde esta fecha hasta muchos años después, no volvió á ocuparse en propagar las teorías del sistema de Copérnico. Sin embargo, el sabio catedrático estaba demasiado persuadido de la verdad de sus aseveraciones y tenía sobrado amor á la ciencia para temer sacrificarse en pro de su causa. El año 1632 publicó su célebre Diálogo acerca de los sistemas de Ptolomeo y de Copérnico, patentizando en él de la manéra más desembozada la verdad del segundo y el error del primero. Sus adversarios encontraron entonces la ocasión de saciar su encono, puesto que la corte de Roma creyó ver conmovidos los cimientos de su poder. El libro fué entregado á la Inquisición, y su autor, que tuvo que comparecer ante el temido tribunal el 14 de Febrero de 1633, fué condenado, como canvicto de herejía, á prisión perpetua, obligándosele á pronunciar de rodillas la abju
ración siguiente: «Yo, GALILEO, á los sesenta y nueve años de mi edad, teniendo ante mis ojos los Santos Evangelios, declaro que abjuro, detesto y maldigo el error y la herejía del movimiento de la tierra.» Que á GALILEO se le hicieran sufrir los horrores de la tortura para arrancarle la retractación de sus errores, hay quien lo niega. Pero que aquella retractación, sea de la manera que quiera, le fué impuesta, lo dice bien claro aquella célebre frase que salió de sus labios al terminar: e pur si mouve (y sin embargo, se mueve), grito de valiente protesta contra el ciego error que se empeña, no sólo en cerrar los ojos á la luz, sino en querer imponer la fe con la opresión. Preso al principio en los calabozos de la Inquisición, encerrado después en el palacio de la Trinidad del Monte, logró, por fin, como conmutación de su pena, primero, un destierro en el palacio arzobispal de Siena, y después el permiso de vivir retirado en su quinta de Arcetri, en las inmediaciones de Florencia. La absoluta prohibición de salir de allí y de recibir las visitas de sus amigos, que se le impuso, le fué levantada más tarde. Sus enemigos empezaban á temer el fallo inapelable de la posteridad. Allí terminó sus Diálogos sobre las leyes del movimiento y continuó los interesantes trabajos que habían de abrir la gloriosa senda seguida más tarde por Viviani, Torricelli, Newton y cuantos físicos y fisiólogos han querido sorprender los arcanos de la naturaleza, y allí experimentó las dos desgracias más grandes que, después de su persecución, habían de amargar los últimos años de su vida. En 1639 perdió enteramente la vista, y sus ojos, cerrados á la luz, tuvieron que llorar la muerte de una hija que adoraba. El 8 de Entro de 1642, el mismo año, en que nacía Newton, cuando contaba ya más de 78 de edad, el peso de tantas desdichas término la existencia de aquel sabio inmortal, de cuyo ostracismo comenzaban ya á avergontarse sus perseguidores. Con su muerte cesaron las calumnias. El odio de sus enemigos se convirtió en incansable afán de borrar las huellas de aquel verdadero atentado; ardor que aún hoy se advierte en los que se empeñan en desmentir las persecuciones de GALILEO. Para convencerse de lo difícil que ha de ser esclarecer por completo tan importante punto histórico, baste saber que si Napoleón hizo en 1810 llevar la célebre causa á París, con objeto de buscar la completa rehabilitación del sabio, en 1814 se apresuró el papa Pío VII á reclamar aquel documento, que podía arrojar sobrada luz y probar palmariamente las persecuciones de que había sido objeto el que había venido á abrir tan vastos horizontes á los conocimientos fisicos y astronómicos. ¡Triste suerte la del sabio de Pisa! En vida quisieron disputarle las verdades que su talento supo arrancar á la ciencia; después de muerto, se pretende aún hoy despojar su frente de la augusta aureola del martirio. GALILEO es el creador de la filosofía experimental: como éscritor, la pureza y elegancia de su estilo le han colocado entre los modelos clásicos. Además de las invencionés, de que ya hemos hablado, se le debe la invención de un ingeniosísimo compás de proporciones que, por aplicarse á los trabajos de los ingenieros, se ha Ilamado compás militar. Aparte de la obra por que fué condenado, y que se tradujo al latín por Bernegger (Strasburgo, 1656), sus principales escritos son: Sidereus nuntius, Florencia, 1610, en que expone sus descubrimientos astronómicos; Epistres de conciliatione sacre Scripture cum systemate telluris mobilis, 1649; Dialogo sobre el movimiento y la resistencia de los flúidos (Leiden, 1638), y por último, su Tratado de fortificacion y de arquitectura militar, que ha quedado manuscrito. Sus obras completas han sido publicadas en Florencia, 1843-46, en veinte volúmenes en 8.°, con su Correspondencia, por la que se ve que desde 1616 había descubierto los anillos de Mercurio.
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