Roque Barcia · 1880-1883
Galia
tomo 2 · página 886 · ver la página del original
Galia. Femenino. Geografía antiqua. Nombre primitivo de lo que es hoy Francia. La GaLIA era el vasto país que se extiende entre el Rhin, los Alpes, el Mediterráneo, los Piringos y el Océano Atlántico. Sus habitantes se llamaban entre sí celtas, ó eni lengua del país, malch, muelch; y los romanos, substituyendo, cual lo hacían siempre, una y á la m, articulación para ellos bárbara, de melche hicieron al fin Gallí, Gallia.—Otros etimologistas, guiados sin duda por el sonsonete á la semejanza literal, sacan GALIA del griego gála, leche, por cuanto los galos eran muy blancos de piel, ó la tenían blanca como la leche.
ETIMOLOGÍA. Latín Gallia, Galllfrances, Gaule, les Gaules. Reseña histórica.—1. Prefectura de las GaLIaS. Gran división del imperio romano, establecida por Constantino. El prefecto del Pretorio de las GALAS gobernaba la Transalpina, Gran Bretaña, España y una parte del Africa. Residió en Tréveris; y después. en Arlés, cuando Tréveris fué saqueada por los bárbaros. Esta prefectura comprendia 29 provincias, divididas en
tres diócesis y administrada cada una por un vicario. La diócesis de Bretaña comprendía cinco provincias: dos, gobernadas por consulares (Maxima Cæsariensis y. Valentia), y tres, por presidentes (Flavia Cesariensis y Bretania, 1.a y 2.a). La diócesis de los galos comprendía 17 provincias. Y la de España tenía siete: tres, administradas por cónsules (Bética, Lusitania, Galicia); cuatro, por presidentes (Cartaginense, Tarraconense, Baleárica y Mauritania tingitana). 2. Las colonias griegas en el Mediodia de la GALIA.—Para comprender la inmensa importancia de estas colonias, conviene trasladarnos con la imaginación á los tiempos antiguos y asistir á las transformaciones en que aquellas colonias tomaron parte. Y no solamente tomaron parte, sino que fueron el origen de las grandes transformaciones mencionadas. Puede afirmarse que una buena parte de la vida moderna vino con aquellas colonias focenses, que aparecen como puntos imperceptibles en la historia de la humanidad. El arte galo, como el arte fenicio, no pertenece tanto á la arquitectura y á la escultura como á la erudición, puesto que, más que monumentos de arte, nos ha dejado ciertas tradiciones literarias y algunas estatuas de barro cocido, en donde no hallamos el sello propio de ninguna generación; por consecuencia, el sello propio de ningún arte. Esto quiere decir que no se conoce una escuela fenicia, como no se conoce una escuela gala. El arte romano, representante nacional del arte gentil, que tantas veces había hecho gemir la tierra bajo el peso de sus mármoles portentosos, inundó la Europa de grandes calzadas, de famosos puentes, de acueductos soberbios, como los de Segovia y Nimes; de puertas colosales, como las de Autún y Carcasona; de termas célebres, como las de París; de arcos de triunfo monumentales, como el de Orange, como el de Reims, como el de Saint-Remy; de anfiteatros gigantescos, como los de Sagunto y de Saintes; de palacios magníficos, como el de Galeno, en Burdeos, y el de Constantino, en Arles; de templos suntuosos, como el de Livia; de torres grandiosas, como la de César, en Provins, y hasta de pirámides indefinibles, como la pirámide funeraria de Conard, porque no parece sino que Roma quiso unir al espíritu de la conquista y de la fuerza, que era suyo, el espíritu de la vaguedad, que era del Oriente. El arte de Roma llevó dentro de sí al arte cristiano hasta el siglo xI; aunque tratándose de los primeros tiempos, puede decirse que el cristianismo no tuvo otro género de arquitectura que la cripta, en donde se ocultaban los fieles para la celebración de sus ritos; aquellas criptas que luego se tornaron en formidables catacumbas bajo las sangrientas miradas de los emperadores gentiles. Pero el arte de Roma se va debilitando paulatinamente, como el cuerpoque se consume, por una fiebre lenta; cualquiera diría que se va fundiendo en otro arte más primoroso, más atrevido, más elocuente, más ideal; el arte inventado para hablar á los ojos, á la imaginación y al sentimiento; el arte inventado para inspirar la idea de los dioses; el arte nacido de la mitología, porque no hay religión que no haya creado su arte. El arte de Roma, que tenía algo del arte de Italia, se iba fundiendo en aquel arte verdaderamente pagano, que lo había recibido todo de las divinidades gentílicas. Es verdad que tenía cierto carácter griego; pero aun ese carácter de la antigua Grecia era el carácter de la gentilidad. Tal fué el arte que nos trajeron las colonias griegas del Mediodía de la GALIA: tal fué el arte que levanta tarprds ur paganisaro; cuyas ruinas se ven todavía en Vernieges, cerca de Port-Royal: tal fué el arte que siembra la Europa de aquellas columnas, llamadas stylas, que hasta el nombre era griego: tal fué el arte cuya influencia se enseñorea de cuanto toca, lo cual explica la escasa importancia y la rareza de los monumentos druídicos: tal fué también el arte que se perpetúa en la perfección y delicadeza de las obras del Mediodía, cual si fuese una sombra del Partenón; la sombra de Atenas, la sombra de Fidias y de Homero, la sombra de una acrópolis que encanta al mundo desde el sueño de sus ruinas: tal fué el arte que se refugia en los conventos durante el siglo x, porque las galas de su ornamentación se prestaban más á la poesía de la arquitectura religiosa: tal fué el arte que, en combinación con el romano y con el egipcio, se anuncia en las garbosas y brillantes cúpulas bizantinas, que aparecen en tiempos de Carlo Magno, que campean durante cinco siglos, desde el vir al XII, y que se inmortalizan en las formas redondas y gallardas de San Vital, en Rávena, y de Santa Sofía, en la antigua Bizancio, en donde se halla la grandeza del Capitolio, la elegancia del friso griego, la contemplación del obelisco y la osadía del minarete; y más allá de todo eso, el hechizo extraño de una confusión incomprensible, pero encantadora, como la confusión de los colores en el arco iris, que tal es el gusto bizantino; el arco iris de la arquitectura: tal fué el arte que entra en la estatuaria del sigló xI y parte del XII, á cuya época pertenecen las estatuas del pórtico occidental de la preciosa catedral de Chartres: tal fué el arte espléndido, contra cuyo lujo clama san Bernardo, que era en la Edad media la figura del juicio final, y la voz poderosa de aquel gran santo, como la trompeta del ángel exterminador, aterra á una parte de la cristiandad, de donde viene el movimiento que se opera en el arte de aquellos siglos. La profusión del gusto bizantino da su carácter á la llamada escuela de Cluny, en tanto que la de Citeaux importa el estilo ojival, que domina durante tres siglos; esto es, hasta el siglo xVy XVI, en que tienen lugar los dos sucesos más importantes que se conocen en la revolución del arte humano: el naturalismo famenco, que altera el carácter religioso de la estaturia, de cuyos moldes salen los monumentos de Dijón, tales como los hermosos sepulcros de Juan sin Miedo y de los duques de Borgo ña; y, sobre todo, la protesta de Italia contra la influencia y el dominio del gótico, de cuyos moldes sale la estatua de Moisés, la piedra más rica de aquellos tiempos y de los tiempos posteriores. La protesta de Italia se denominó el Renacimiento. Este renacimiento, más claro, este desvío de las tradiciones cristianas, que eran realmente tradiciones góticas, se aplicó á la pintura y crea el modelo de un arte gentil, dominado por cierto influjo del cristianismo; de tal suerte, que penetraron en el nuevo arte la idealidad fascinadora del gusto ateniense, la sencillez atlética del estilo romano y la unción espiritual de la moral cristiana, juntando en aquella creación la luz, la energía y la fe; Venus, la Sibila y la Virgen. El arte nuevo, el más acabado de todos los artes, la alianza de cuarenta siglos, se llamó entonces, se llama hoy, se llamará siempre, la escuela florentina, ó sea los célebres cartones de los Médicis. Aquella grande escuela parece completarse en los dibujos de los monumentos romanos, que hizo Desgodets al declinar el siglo xVII (1682). Tal es la profunda significación que tienen en la historia las colonias griegas del Mediodía de LA GALIA, de la cual debe participar la colonia focense que se estableció en nuestro país. Ya que no monumentos y estatuas, es muy posible que algún instinto de belleza, algún sentimiento de arte dejara en el espíritu de aquellos tiempos, conservado tal vez en el fondo de las tradiciones de nuestro país.
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