Roque Barcia · 1880-1883
Fulton (RoBERTo)
tomo 2 · página 860 · ver la página del original
Fulton (ROBERTO). Juan Guttenberg parece ser el anuncio de FULTON, como Galileo parece ser el anuncio de Newton. FULTON completa á Guttenberg, como Newton completa á Galileo. Ello es lo cierto que un pobre mecánico, un hombre oscuro, un simple obrero, casi un menestral, ha revolucionado la tierra y los mares. Si el grande hombre de esta biografía abriera los ojos, se asombraría positivamente de las consecuencias de su invención. Cuando se ve lo que pasa en la tierra, FULTON aparece, no como el inventor de un procedimiento mecánico, sino más bien como el creador de una nueva vida, cuyos horizontes se van ensanchando sin cesar; y así vemos actualmente que la teoría del vapor nos lleva, como por la mano, á la teoría del aire comprimido. Si la ciencia hace de la atmósfera la primera potencia conocida; si el viento, ocioso desde el primer día de la creación, llega á convertirse en la gran máquina de este mundo; en una palabra, si nuevas maravillas vienen á dilatar la esfera del espíritu y á dar nuevas formas á la constitución del globo, sea en donde fuere, verifíquese cuando se verifique, hágalo quien lo haga, tarde más, tarde menos, todas esas conquistas de la invención sobre el imperio de la naturaleza deben referirse á la gloria del humilde mecánico de Pensilvania. Pero no tenemos necesidad, para dar realce á nuestro héroe, de acudir á los sueños del vaticinio, que pueden ser lisonjas de la fantasía. Hoy, en este instante, hay una figura que abarca todos los paises, todos los sistemas, todas las religiones: piélagos, montañas, torrentes, desiertos, abismos. Esa figura es ROBERTO FULTON. En esa figura se encuentra la utilidad de lo presente; la majestad de lo pasado; la magnitud
de lo porvenir y el sentimiento portentoso de las cosas sobrenaturales. Y es que cada época tiene sus especies de milagro, como cada dogma tiene sus especies de santidad. En el reparto de la Providencia divina, tocó á ROBERTO FULTON ser un gran santo de dos siglos. Pero hay que decir la verdad, aunque nuestra soberbia se dé por ofendida, y la verdad es que el género humano no acaba nunca de convencerse, porque acaso tiene necesidad de la moral suprema del martirio. Quizá conviene que haya mártires, como conviene que haya sabios, santos y héroes. Supongamos que un nuevo FULTON dijera hoy: «Llegará una hora en que la perfección de los instrumentos hará posible una aplicación transcendente de la gravitación universal de Newton; llegará una hora en que los principios de la impulsión física serán sustituídos por las causas ocultas de la atracción elemental; llegará un día en que el genio penetre en el arcano que el Supremo Hacedor esconde en el imán del polo; llegará un día en que las leyes del universo harán inútiles las leyes del resorte, porque la fuerza de los elementos se pondrá en lugar de la fuerza de los agentes. Si así puede decirse, el arte de Dios se pondrá en lugar del arte del hombre.» ¿Qué sucedería cuando un nuevo FULTON hablara de este modo? ¿Creéis que habría un solo hombre que no viera en él una demencia de cierta especie? ¿Creéis que faltaría otro Bonaparte que exclamara: il est fou, «está loco?» Pero la humanidad tiene grandes motivos de consuelo, á pesar de las contrariedades de su rebeldía, porque ello es que los locos triunfan y los Bonapartes sucumben. ROBERTO FULTON nació en Little-Britain (Pensilvania) en 1764 y murió en 1815. Estudiando á fuerza de laboriosidad y de trabajos, y procurándose algunos recursos, fué á Inglaterra (1786), siguió en Londres las lecciones de West, pintor de historia, y se dedicó después al estudio de la mecánica. La casualidad, que suele ser madre de grandes sucesos, le puso en relación (1789) con Rumsey, que ya había hecho varios ensayos de navegación por medio del vapor. Dedicado á construir diferentes máquinas, publicó su Tratado sobre el perfeccionamiento de la navegación. Uno de sus compatriotas, Joël Barlow, le propuso ir á Francia (1796) para trabajar allí en un panorama. Esta empresa produjo á FULTON considerables beneficios, merced á los cuales pudo continuar los grandes ensayos á que estaba llamado por su genio. Durante muchos años dedicóse á buscar medios para destruir los buques é inventó una especie de bomba, que bautizó con el nombre de torpedo. El primer cónsul Bonaparte le facilitó los fondos necesarios para construir un nautilus ó fondeador, con el fin de hacer las experiencias necesarias acerca de explosiones submarinas; pero abandonado muy pronto por el Gobierno francés, dedicó toda su actividad á la construcción de los barcos de vapor, estudiando todos los sistemas propuestos hasta entonces. (Véase nuestro artículo Jouffroy.) Reconoció los inconvenientes de tales sistemas, y en París construyó (1802-1803), en sociedad. con Livingston, uno de sus compatriotas, cierto buque que, estando presentes los comisarios de la Academia de Ciencias (9 de Agosto de 1803), marchó contra la corriente con una velocidad de seis kilómetros por hora. Tan feliz resultado no logró merecer la atención pública, distraída con las ocurrencias de la época; y FULTON llevó á América su trascendental descubrimiento. Su primer buque de vapor, llamado Clermont, se botó al agua en la bahía de Hudson en el mes de Agosto de 1807; y pocos días después emprendía un viaje desde New-York á Albany. Desde entonces, construyó diferentes buques del mismo género, y, cosa reservada á pocos inventores, realizó una fortuna considerable. Trató de hacer (1814) una fragata de vapor; pero la muerte impidió la realización de su deseo. Todas las sociedades científicas de New-York, en donde murió, asistieron á sus funerales y vistieron luto durante treinta días. No necesitamos decir que, entre sus ingeniosas invenciones, se cuentan la de un molino para cortar y pulir mármol y una máquina para hacer cuerdas. A él se deben los planos de los canales que unen los lagos Erio y Ontario con el Océano;y, para la defensa de Néw-Yórk, batériás submarinas y formidables máquinas. A ROBERTO FULTON débense todas las aplicaciones, tan frecuentes hoy, del vapor á la locomoción, que en verdad no se derivan sino de su invención aplicada á los barcos. Recomendamos al lector erudito la obra de COLDEN, The Life of Robert FULTON. Sus obras más notables son: Molino para aserrar el mármol; Investigaciones sobre los medios de perfeccionar los canales de navegación; Máquina para hacer cuerdas; Barco para navegar debajo del agua; El torpedo ó medio de volar en el mar los buques enemigos, y El Steam-boat ó buque de vapor.
Resumen.—Vamos á terminar con algunas noticias que conserva la historia. Cando Ropangrte se aoccotraba en Bolonia, preparando la armada para apoderarse de Inglaterra, FULTON le prometió una nave que atravesaría el mar de la Mancha contra viento y marea, sin ayuda de vela ni de remo. Bonaparte, volviéndose á cierto personaje que le acompañaba, exclamó: il est fou, «está loco.» Transcurrido algún tiempo, Napoleón marchaba en el buque Belerofonte hacia la isla que le sirvió de sepultura. Al encontrarse en cierta latitud, el vigía de proa anuncia la aproximación de un monstruo marino, que parecía vomitar humo. El monstruo marino era el primer buque de vapor que venía de América. Al incorporarse con el Belerofonte, Napoleón, que miraba sobre la borda con el auxilio de un catalejo, leyó un rótulo escrito en la popa del buque americano. El rótulo decía: FULTON. Entre los inmensos dolores que sufrió el alma de aquel hombre, la lectura del rótulo fué sin duda su más grande dolor. El resultado de las dos palabras que pronunció en Bolonia, está loco, fué el siguiente: de Bolonia á Waterlóo; de Waterlóo al Belerofonte; del Belerofonte á Santa Elena; de Santa Elena á una tumba sin fondo. Casi se debe presumir que sus labios pronunciarían un nombre en el momento de espirar. Lo cierto es que, entre FULTON y Bonaparte, mediaba realmente un loco, pero no era FULTON.
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