Roque Barcia · 1880-1883
Fernández
tomo 2 · página 720 · ver la página del original
Fernández. Masculino. Nombre patronímico de varón. ETIMOLOGÍA. Fernando. Fernández de Córdoba (GonzA Lo). Extremado valor, destreza en las armas, claro entendimiento, ilustre cuna y gallarda presencia: he aquí algunas de las cualidades, dice un historiador, que adornaban á GONZALO DE CÓRDOBA cuando comenzó á servir á los Reyes Católicos, conquistando en breve tiempo el sobrenombre de Gran Capitán. Nació GONZALO, no en Córdoba, como se cree generalmente, sino en Montilla, según el erudito historiador señor Quintana, en 1453, siendo sus padres Don Pedro Fernández de Aguilar y doña Elvira de Herrera, los que al morir dejaron dos hijos, Don Alonso de Aguilar, el mayor, en quien por la ley debían recaer todos los bienes de su casa, y GONZA Lo, el cual se crió en Córdoba bajo el cuidado del prudente y discreto caballero Diego Cárcamo, quien le infundió el amor á las armas y la gloria, que debían ser su único patrimonio. Dividido por entonces el reino entre Enrique IV, depuesto en Avila por los nobles coaligados, que le despojaron en estatua de todas las insignias reales, y su hermano Don Alfonso, GONZALO se presentó en Avila, enviado por su hermano para prestar ayuda al nuevo rey. Muerto inesperadamente Don Alfonso, volvió á Córdoba GONZALO, mas no tardó en ser llamado á Segovia por Doña Isabel, que, unida con Don Fernando de Aragón, se disponía á defender sus derechos contra la Beltraneja; y si es cierto que la juventud é inexperiencia de GONZALO no le permitían formar parte de los consejos políticos, sus hazañas militares, que realizó á las órdenes del maestre de Santiago, Don Alonso de Cárdenas, mandando la compañía de 120 caballos de su hermano, fueron tales, que llamaron la atención de todos, felicitándole con el mayor entusiasmo su general por su bizarro comportamiento en todas las acciones, y muy especialmente en la de Albuera. Por sus méritos y su valor, por su liberalidad extremada y su fastuoso lujo, era GONZALO aclamado como el terror de los enemigos y el principe de la juventud. Reprendíale, á veces, su prudente ayoaquella ostentación, muy superior á sus rentas y aun á sus esperanzas, por magnificas que fueran, y su hermano Don Alonso desde Córdoba le exhortaba igualmente á sujetarse, si no quería ser al fin el escarnio y la burla de los mismos que entonces le aplaudían; pero él le respondió: No me quitarás, hermano mío, este deseo que me alienta de dar honor á nuestro nombre, y de distinguirme. Tú me amas, y no consentirás que me falten los medios para conseguir estos deseos, ni el cielo faltará tampocoú quien busca su elevación por tan laudables caminos; y GoNzALocontinuó llamando la atención de todos por su bizarría, sus ricos vestidos, su lujosa mesa y su profusión verdaderamente real. Terminada aquella guerra, y comenzada la de Granada, GONZALO sirvió al principio. en ella de voluntario; luego, de gobernador de Alora, y al fin, mandando una parte de la caballería, mostrando su valor é inteligencia en la toma de Tajara, en el asalto de Loja y en la rendición de Illora. Dícese que entonces los moros, espantados de ver á GoNza Lo talar sus campos, interceptar sus víveres, quemar sus alquerías y llegar hasta las mismas murallas de Granada, comenzaron á llamarle el Gran Capitán. Cuando la quema de la tienda de la reina en el campamento de Santa Fe, GONZALO envió á su casa de Illora por la recámara de su esposa Doña María Manrique, con quien se había casado poco tiempo hacía en segundas nupcias; y tal fué la magnificencia de las ropas y joyas, y la prontitud con que fueron traídas, que Doña Isabel, admirada, dijo á GONZALO: Donde verdaderamente ha prendido el fuego ha sido en los cofres de Illora; á lo que él respondió cortésmente: Todo es poco para ser presentado á tan gran reina. Encargado por los reyes, ajustó la capitulación de Granada, en unión de Don Hernando de Zafra, que dió por resultado la entrega de la ciudad el 2 de Enero de 1492. Acabada la guerra, siguió á la corte. Sus acciones y palabras, en que sobresalía la respetuosa galantería de aquella época, y las alabanzas que le dedicaba Doña Isabel, hicieron sospechar á los maliciosos si en este favor de la reina habría más que estimación; aunque la edad y las severas costumbres de Doña Isabel desmintieran tan malignos rumores. El rey de Francia, alegando derechos al reino de Nápoles, envió á la Calabria 25.000 soldados (1495); y Fernando el Católico, por consejo de su esposa Doña Isabel, le salió al encuentro con un ejército de 5.000 infantes y 600 caballos, á las órdenes de GONZALO DE CÓRDOBA. Después de grandes y repetidas victorias sobre los franceses, marchó á Roma, que le recibió en triunfo, aclamándole por su libertador, y el papa Alejandro, negándose á que le besara los piés, le estrechó en sus brazos y le regaló la Rosa de oro, que los pontifices solían otorgar cada año á los más beneméritos de la Santa Sede. Todo lo cual no evitó que, al oir al papa quejarse de los Reyes Católicos, diciendo que los conocía bien, y que debiéndole muchos favores no le habian hecho ninguno, le contestase con grande energía: Sin duda que vuestra santidad debe conocerlos bien, así por ser castellano como por los muchos favores que les debe: lo extraño es que olvide que las armas españolas han entrado en Ilalia para defender su autoridad, atropellada por los franceses, libertándole de los ursinos y conquistando á Ostia, que os habían arrebatado. Alejandro, dice un distinguido escritor, que no aguardaba semejante respuesta de un
hombre á quien tenía por más militar que político, le despidió sin enojo por aquella osadía. Vol vió GONZALO á Nápoles, en cuya ciudad entró con el rey Federico y los principales señores que salieron á recibirle, creándole Federico, duque de Santo Angelo y asignándole dos ciudades del Abruzzo interior, con siete lugares dependientes de ellas, diciendo: Preciso es dar una pequeña soberanta al que por sus hechos merece unt-corona. Embarcado GONZALO para Sicilia, hizo en esta isla, al decir de sus mejores biógrafos, el hermoso papel de pacificador, reformando los abusos y administrando pronta y recta justicia. Llamado por Federico para la conquista de Diano, única plaza que quedaba á los franceses, la rindió y terminó con ella su primera expedición á Italia, dejando en completa defensa las plazas que en la Calabria quedaban á los Reyes Católicos para seguridad del pago de los socorros que habían dado, regresando á España con la mayor parte de las tropas que le habían acompañado en la guerra (1498), siendo recibido en la corte de Castilla con el mayor aplauso y agasajo, á punto de decir el rey que la reducción de Nápoles y las victorias alcanzadas por su general contra los franceses, eran superiores á la conquista de Granada. Retirado se hallaba el Gran Capitán en esta ciudad, cuando en 1500 se sublevaron los moriscos: GONZALO salió con el conde de Tendilla, comandante general de la provincia, á dominarlos, sirviendo más de soldado que de general. Al llegar á Guejar, arrimó una escala al muro, y dando el ejemplo, entró el primero en la villa. Derrotados los moriscos, le pusieron por mediador, y GONZALO, tan valiente como magnánimo, les alcanzó un perdón y unas condiciones de paz que no hubieran conseguido de otromodo. Vuelve el rey de Francia á invadir á Nápoles, y torna Gonzato á Italia; pero obligado por las exigencias de la política del Rey Católico, tuvo que combatiral mismo príncipe que tres años antes había sido reconocido y amparado por su tío Don Fernando, al que no había hecho ningún agravio, y en esta nueva expedición acompañan á GONZALO los célebres guerreros Mendoza, Villalba, García de Paredes, Zamudio, Pizarro y otros muchos, mostrando en esta ocasión el Gran Capitún todo su lujo y esplendidez, generosamente auxiliado por su noble hermano don Alonso. Los turcos invadían las islas de los mares de Grecia, pertenecientes á la república de Venecia; GONZALO les tomó la Cefalonia y Tarento, y la república le envió en muestra de gratitud el diploma de gentil hombre veneciano y un magnífico presente de piezas de plata labrada, martas, tejidos, brocados y sedas. GONZALO remitió todas las riquezas á su rey, quedándose sólo con el diploma, diciendo graciosamente que lo hacía para que sus competidores, aunque fuesen más galanes, no pudiesen á ló menos sermás gentiles hombres que él. Poco después recibió la triste noticia de la muerte de su querido hermano don Alonso, á manos del feroz Feri de Benastepar, en una insurrección de los moros de las Alpujarras. Júzguese cuál debió ser el disgusto de GONZALO, obligado á mentir á un rey tan bueno como Federico, cumpliendo las órdenes de Don Fernando, que le había mandado callar hasta cierto tiempo; éste llegó, y el Papa, en pleno consistorio, anunció la liga entre los reyes de Francia y España, dando á cada uno la investidura de las provincias en que habían repartido el reino de Nápoles. En este momento GONZALO, siempre caballero, envió al rey Federico la renuncia de los estados que le había donado en la guerra anterior, renuncia que Federico se negó á aceptar, diciendo que, á poder, mayores recompensas le otorgara. En breves días toda la Calabria y la Pulla reconocieron el dominio de Fernando, á excepción de Tarento y Manfredonia. Convencido GONZALO de que la unión de ambos príncipes duraría poco y en breve cada uno lo querría todo para sí, trató de atraerse á todas las personas de distinción, restituyó sus estados á la casa de los Sanseverinos, y movidos de sus promesas y su gloria, vinieron á ofrecerle sus servicios Próspero y Fabricio Colonna, jefes de la familia de este nombre en Roma, y excelentes militares, á los cuales dió GONZALO el mando de las dos alas de su ejército, siguiéndoles muchos nobles y soldados veteranos, y con éstos, en número de 12.000 hombres, puso sitio á la plaza de Tarento, la más importante y fuerte de la Calabria, que fué tomada al fin, pero arrojando el Gran Capitán una fea mancha sobre su limpio escudo. Somos historiadores y no podemos menos de decir la verdad, por dura que sea y por alto que se halle el personaje á quien nos dirigimos. Había jurado GONZALO sobre una hostia consagrada, á la vista de todo el ejército, dejar en libertad al duque de Calabria, que mandaba en Tarento, si su padre el rey Federico no la socorría en cierto plazo; y en vez de cumplir su palabra, lo envió á España como prisionero de Estado. Sublevados los bsoldados por falfa da pacas, ua cesaban de acusarle por? su liberalidad con los extraños, hasta que, por último, estalló la sedición. Tranquilo y desarmado recibió GONZALO á los revoltosos. Un soldado, fuera de sí, le pone la pica al pecho, y él la desvía blandamente diciéndole con sonrisa: Mira que sin qverer no me hieras. Un capitán vizcaino, llamado Iciar, lanzó graves injurias contra su hija doña Elvira, á la que GONZALO amaba tantó que la llevaba consigo en todas sus expediciones. No se dió por entendido el Gran Capitán. Sosegó el tumulto ofreciendo á los soldados una ligera paga, y á la mañana siguiente amaneció Iciar ahorcado en castigo de su atropello. Cuando el desafío de los franceses á los españoles entre Barleta y Viselo, el Gran Capitán, después de hacerles dar las mejores ármas y caballos, y por padrino á Próspero Colonna, hizo venir á su presencia á los doce campeones y les dijo: que no pudiendo dudar de-la justicia de su causa, y de cuán buenos y esforzados caballeros eran, debía esperar con certeza la victoria; que se acordasen que la gloria y la reputación militar, no sólo de ellos mismos, sino del ejército, de la nación española y de su rey, dependía de aquel conflicto; y, por lo tanto, que peleasen como buenos y se ayudasen unos á otros, llevando el propósito de morir antes que volver sin la gloria de la batalla. El duelo terminó quedando el campo por los españoles, después de cinco, horas de combate y de haber sentenciado los jueces que todos eran buenos caballeros. si bien los españoles habían manifestado más esfuerzo y los franceses más constancia, distinguiéndose de los franceses el célebre Bayardo, á quien llamaban el caballero sin miedo y sin tacha, y de los españoles, García de Paredes y Diego de Vera. Sin embargo del honor adquirido por los nuestros, GONZALO se enojó, porque no habían tenido constancia para completar el triunfo; y como Paredes le dijera que pues los franceses habían reconocido su error, no había para qué tener en poco lo hecho, añadiendo que los franceses eran tan buenos caballeros como ellos, el Gran Capitón le respondió estas memorables frases: Por mejores os envié yo á vosotros. En la batalla de Cerinola, á las primeras descargas, un accidente hace volar la pólvora del ejército español. Los soldados vacilan y GONZALO exclama con alegría: Buen ánimo, amigos, que estas son las luminarias de la victoria. Ganada la batalla, al ver el Gran Capitán entre los muertos el cadáver del general francés duque de Nemours, ejemplo de bizarros, no pudo dejar de verter lágrimas, admirado de su juventud y denuedo, dedicándole en Barleta unas magníficas exequias. Entró GONZALO en Nápoles con un aparato verdaderamente regio, precedido por los síndicos de la ciudad, que fueron á buscarle á Aterra y á rogarle que entrase, jurando en sus manos completa obediencia al Rey Católico. Quedaban por ganar los dos castillos de Nápoles, y el Gran Capitán ofrecié á los soldados encargados de su conquista todas las inmensas riquezas que en ellos atesoraban los franceses. Tomadas las fortalezas, como GONZALO oyera á algunos soldados quejarse de su mala fortuna en el botín, les dijo: Id á mi casa, ponedla toda á saco, y que mi liberalidad os indemnice de vuestra mala fortuna. Aquellos miserables aceptaron, y ayudados de una parte del pueblo, nada perdonaron del palacio de su general, el cual quedó sin más que las paredes. De nuevo salió á campaña; y como le aconsejaran en las orillas del Garellano, y frente al ejército francés, que fuerte y numeroso acampaba en ei
la otra orilla, que llevase sus tropas á la ciudad de Capua y se librase del frío y de la lluvia que caía á torrentes, contestó con acento firme y resuelto: Permanecer aquí es lo que importa al servicio del rey y al logro de la victoria; y tened entendido que más quiero buscar la muerte dando tres pasos adelante, que vivir un siglo, dando uno solo hacia atrás. Comenzada la batalla, el caba Ilo que montaba resbaló, cayendo con él al suelo; todos acudieron en su socorro, cuando él se levantó exclamando: Bravo, amigos, que pues la tierra nos abraza, bien nos quiere. La jornada de Garellano fué una de sus más renombradas victorias. Muerto el papa Alejandro VI, padre de César Borgia, el nuevo pontífice, Julio II, decretó su prisión. César se puso bajo el amparo de España, y GONZALO DE CÓRDOBA le dió un salvoconducto para venir á Nápoles; pero bajo la expresa condición de que no atentaría en nada, ni por nadie, á los derechos del Rey Católico. ¡Promesa vana! César, apenas se vió libre en Nápoles, valiéndose del mucho oro que aun poseía y poniendo en juego su gran talento, comenzó á trastornar la Italia, negociando á la vez con Roma, con Francia, con el turco, y tratando de sobornar algunas tropas del Gran Capitán, lo que consiguió en principio; por lo cual, GONZALO, que había recibido orden del rey Fernando de echar á César de Nápoles y enviarle á Francia, España ó Roma, le hizo arrestar en el castillo de Castelnovo, por Nuño de Ocampo, y sin atender sus gritos, sus amenazas y sus protestas, no tardó en enviarle á España. La situación del Gran Capitán era cada día más dificil y penosa: á sus constantes sacrificios en la conquista de Italia, respondían la envidia, las intrigas y la desconfianza en la corte de España. La historia no presenta dos hombres más distintos, dos caracteres más opuestos que el del Rey Católico, celoso de su autoridad, suspicaz, económico, desconfiado, y el de GONZALO DE CÓRDOBA, liberal, franco, generoso y resuelto. Don Fernando se quejaba cada día con mayor dureza de las liberalidades de GONZALO, diciendo que poco importaba que le hubiera ganado un reino, si lo disipaba locamente; asi es que decidió reducir los amplios poderes que había llevado á Italia el Gran Capitán, á los de un simple virrey; y desconfiado siempre, llegó hasta quitar las tenencias de algunas plazas á los capitanes á quienes GONZALO se las había dado en premio de haberlas ellos conquistado. Entonces el Gran Capitán solicitó una licencia del rey exponiendo en el memorial que, habiendo pasado los trabajos y fatigas del soldado, ya era tiempo que le permitiese descansar y servirle en su corte. La carta no obtuvo respuesta, y entretanto murió la reina Doña Isabel, la eterna y noble defensora de GONZALO contra las cavilaciones y sospechas del rey. Esta desgracia para Castilla fué un golpe terrible para GONZALO, que desde aquel día quedó sin apoyo frente al suspicaz monarca. Fernando, perseverando en sus desconflanzas, ordenó al Gran Capitán que regresase á España, ofreciéndole, en pago de sus servicios, el maestrazgo de Santiago. El archiduque Maximiliano, su padre, y el Papa, sabedores de los desaires del Rey Católico á su general, trataron de atraérsele, y aun se dice que le ofrecieron casar á su hija doña Elvira con el duque de Calabria, restituir á éste en aquel reino, como feudatario de Castilla, y dejarle allí de gobernador perpetuo. Firme GONZALO, respondió fieramente al Papa que se acordase de quién era GONZALO DE CÓRDOBA; y desentendiéndose de las sospechas de Don Fernando, prosiguió haciendo su deber y sosegando á los soldados que se amotinaban por no querer regresar á España. Impaciente el rey, determinó enviar á Nápoles á su hijo el arzobispo de Zaragoza, con orden de reasumir toda la autoridad y prender al Gran Capitán; pero esta providencia escandalosa, é imposible quizá, no se llevó á cabo, ora porque tuvo vergüenzâ de realizarla, ora porque le apaciguase la siguiente carta de GONZALO (Julio de 1505), modelo de lealtad, honradez é hidalguía: «Aunque V. A. se redujese á un solo caballo, y al mayor extremo de contrariedad que la fortuna pudiese obrar, y en mi mano estuviese la potestad y autoridad del mundo, con la libertad que pudiese desear, no he de reconocer ni he de tener en mis días otro rey y señor sino á V. A., cuanto me quiera por siervo y vasallo. En firmeza de lo cual, por esta letra, de mi mano escrita, lo juro á Dios como cristiano, y le hago pleito homenaje como caballero, y lo firmo con mi nombre, y sello con el sello de mis armas, y lo envío á V..A. para que de mí tenga lo que hasta agora no ha tenido; aunque creo que para con V. A., ni para más obligarme de lo que yo lo estoy por mi voluntad y deuda, no sea necesario.» Parecía natural que esta carta debiera borrar, como la esponja sobre la pizarra, hasta la más ligera sospecha en el ánimo del rey; pero desgraciadamente no fué así: Don Fernando, siempre temeroso, decidió salir para Nápoles, al tiempo que el Gran Capitán lo hacía de Gaeta con dirección á España, encontrándose los dos en el puerto de Génova. GONZALO subió á la galera del rey, que, al verle tan obsequioso y obediente, pareció dar al olvido sus sospechas elegiando grandemente al Gran Capitán. Tõdo parecía olvidado; pero no tardó en desvanecerse esta nueva ilusión. Los tesoreros, ya fuese por propia voluntad, ya por indicaciones superiores, decidieron tomar residencia á GONZALO, y el rey tuvo la debilidad de permitirlo. Sorprendido el héroe, ofreció presentarles sus cuentas al siguiente día; y, con efecto, apareció con un gran libro, en el que leyó las siguientes partidas: Doscientos mil setecientos y treinta ducados y nueve reales, en frailes, monjas y pobres, pâra que rogasen á Dios por la prosperidad de las armas del Rey.—Setecientos mil cuatrocientos noventa y cuatro ducados, en espías.—En picos, palas y azadones, diez millones.— Estopa, resina y pez, otros diez.—Los circinstantes soltaron la risa, y el rey, avergonzado, mandó que no se volviese á tratar del asunto. Estas son las famosas Cuentas del Gran Capitín, de tan célebre recordación. GONZALO, siempre noble y siempre generoso, para facilitar lo que el rey llamaba sus combinaciones políticas, cedió voluntariamente el ducado de Sauto Angelo con sus dependencias; y Don Fernando en recompensa le dió el ducado de Sesa, con una cédula que pudiese servir de testimonio á-los ojos del mundo y de la posteridad de sus grandes servicios, de su noble- lealtad y su acrisolado valor, la cual decía así: Instrumento público expedido por el Rey Católico en honor del Gran Capitun, testificado por el Secretario Miguel de Almazt́n, en Núpoles, á veinte y cinco días de Febrero de mil quinientos y siete. «Nos Don Fernando, por la gracia de Dios Rey de Aragón y de Sicilia, de aquende, de aliende Faro, de Hierusalem, de Valencia, de Mayorcas, de Cerdeña, de Córcega; Conde de Barcelona; Duque de Atenas y de Neopatria; Conde de Ruysellón; Marqués de Oristán y de Gociano, etc. Como los años pasados vos el ilustre pon GONZALO FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, Duque de Terrahova, Marques de Santangelo y Vitonto, y mi Condestable del reyno de Nápoles, nuestro muy charo y muy amado primo, y uno de nuestro secreto Consejo, siendo vencedor hecistes guerra muy bien aventuradamente y grandes cosas en ella contra los franceses, y mayores que los hombres esperaban por la dureza della; y ansimesmo por nuestro consentimiento, como por apellidamiento de muchas naciones, justamente para siempre nombre de Gran Capitún alcanzaste donde por nuestro capitán general vos enviamos. Por ende paresciónòs que era cosa justa y digna de Rey, para memoria perdurable de los venideros, dar testimonio de vuestras virtudes. Y con tanto el agradecimiento que vos tenemos, daros y escrebiros ésta: aunque confesamos de buena gana, que tanta gloria y estado nos acrecentastes, que paresce cosa rezia poderos dar digno galardón: de manera que aunque grandés mercedes vos hiziesiemos, parecernos hía ser menos que vuestro merecimiento. Y acordándonos otrosí, como enviado por nos por socorro, en breve tiempo restituistes en el reyno de Nápoles, al rey Don Fernando, casado con nuestra sobrina, echado del dicho reyno de Nápoles, el qual muerto, después el rey Federico su tío, y sucesor en el dicho reyno, vos dió el señorío del monte Gárgano, y de muchos lugares que están cerca dél: por lo qual volviendo en España honrada
mente vos recibimos. Y ácordándonos otrosí, como enviándoós otra vez en Italia (requiriéndolo la necesidad y el tiempo) ganastes muy diestramente la Chafàlonia, que es islá del mar Ionio, ocupada mucho tiempo de los turcos, de la qual volviendo gañastes la Pulla y la Calabria: por lo qual vos confirmamos y retificamos, y hezimos Duque de Terranova y Santángelo. Y finalmente; después de la discordia nascida entre nos y Don Luis, Rey de Francia; sobre la partición de dicho reyno de Nápoles, estovistes mucho tiempo con todo el exército con mucho seso en Barleta, donde vencistes las galeras de los franceses, sufriendo con mucha paciencia y constancia hambre y pestelencia assaz; y de ahí tomastes á- Rubo; do muy grande exército de franceses estaba, dentro veynte y cuatro horas. Y saliendo de la dicha Barleta distes batalla á vuestros enemigos los franceses, quasi en aquel mismo lugar adonde venció Aníbal á los romanos. Y de lo que es muy más de maravillar, que estando cercado, salistes á los que vos tenían cercado, en la qual dicha batalla matastes al Capitán General, y fuistes en “el alcance, desbaratando y hiriendo los franteses hasta el Gare Hano, adonde los vencistes, y despojastes de mucha y buena artillería, señas y banderas, con aquel sufrimiento de Fabio, dictador romano, y con la destreza de Marcelo, y la presteza de César. Y acordándonos ansimesmo como tomastes la ciudad de Nápoles con increible sabiduría y esfuerzo, y ganastes dos castillos muy fuertes, hasta entonces invencibles, y de qué manera después asentastes real en medio del invierno con grandes aguas cerca del río Garellano; y estando los enemigos con grande gente de la otra parte del dicho río, los quales pasados ya por una puente de madera sobre barcas, que hicieron contra vos y los vuestros, no solamente los retraxistes, pero hecha por vos y los vuestros otra puente, pasastes de la otra parte del río, y dándoles batalla los vencistes, metiéndolos por fuerza por las puertas de Gaeta; la qual dada que le fué á su capitán para que se pudiese ir por la mar, luego se vos rindió Gaeta con el castillo. ¿Pues qué se dirá de vuestras hazañas, sino que dellas perpetua memoria quedará, con la sagacidad y esfuerzo con que ganastes á Ostia, tan fuerte, proveida de gentes y artillería, de que tanto daño los franceses á Roma hacían? Los quales por vos echados de Italia con los naturales della que los seguían, sometistes el reyno de Nápoles á nuestro señorío, donde mucho tiempo fuistes nuestro visorrey. Por ende acatando lo susodicho, vos hacemos merced del estado y señorío del ducado de Sesa, etc.» Obligado. Don Fernando á volver á Castilla por la inesperada muerte de su yerno Felipe el Hermoso, no quiso hacerlo sin llevarse á GONZALO, negándole al Papa y á los venecianos, que se lo pedían por general en la guerra que iban á emprender, ofreciendo nuevamente á GONZALO el maestrazgo de Santiago al entrar en España. Llegada la partida, GONZALO convocó y satisfizo á todos sus acreedores, hizo que todos sus amigos se portasen igual, pagó por el que no tenía, y salió de Nápoles llorado de hombres y mujeres. Alcanzó á Don Fernando en Génova, asistiendo á la entrevista entre su rey y Luis XII de Francia, en Saona, llevándose la palma entre los cortesanos de ambas naciones por su lujo y gallardía, que eclipsó hasta la de ambos monarcas. «Los franceses, dice Guicciardini, tantas veces vencidos por él, contemplaban admirados al Gran Capitán, elogiando la astucia increíble con que asaltó de improviso á los barones alojados en Layno; la constancia y sufrimiento con que se sostuvo en Barleta, sitiado á un tiempo de los franceses, del hambre y de la peste; la eficacia y diligencia con que ataba la voluntad de los hombres, y con la cual se sostuvo tanto tiempo sin dineros; el valor con que combatió en Cerinola; la fortaleza con que, inferior en gente y ésa mal pagada, determinó no separarse del Garellano; y la industria militar y las estratagemas con que había conseguido aquella victoria.» Luis XII, no sólo le hizo sentar á su mesa con don Fernando, sino que le obligó á contar sus diversas expediciones, elogiando mucho al Rey Católico por tener un general semejante, y quitándose del cuello una riquísima cadena que llevaba y que ciñó al de GONZALO. Este fué el último día sereno de la vida del Gran Capitán, dice, uno de sus primeros biógrafos. Los demás lo fueron de desaires, desabrimientos y amarguras. GONZALO desembarcó en Valencia y marchó á Burgos, donde se hallaba la corte, seguido de muchos oficiales españoles y extranjeros que no querían abandonarle; y era tal su fama, que de todas partes salían á contemplarle. ¡Esta aureola de gloria, unida á sus méritos y su magnificencia, debía serle fatal para con don Fernando! Apenas llegado á Burgos, le hizo pleito homenaje de obedecerle como regente de Castilla hasta la mayor edad de su nieto Don Carlos, y aquí terminó sus relaciones con él. Desairado en la corte, no admitido en los consejos... (¡él, que había conquistado un reino para España!) sin esperanza de lograr el maestrazgo de Santiago, que tan solemnemente le ofreció el rey, su disgusto transpiraba, y todos los buenos españoles le acompañaban en su dolor, principalmente el condestable de Castilla don Bernardino de Velasco, con quien cambió los lazos de amistad en parentesco, dándole por esposa á su hija doña Elvira, lo cual disgustó profundamente al rey, que la deseaba para su nieto, el hijo del arzobispo de Zaragoza, con objeto de hacer entrar en la familia real, no sólo la gloria, sino las riquezas y estados del Gran Capitán. Más tarde quiso el rey que el cardenal Cisneros permutase su arzobispado de Toledo con el de Zaragoza, que ocupaba su hijo. Cisneros consultó al Gran Capitán y al condestable, y ambos le aconsejaron negarse, como. así lo hizo, amenazando al rey con que, de insistir, se retiraría á su celda. Caro debía pagar GONZALO su consejo á Cisneros. Por una cuestión habida en Córdoba entre un alcalde de casa y corte y su sobrino, el marqués de Priego, hijo del célebre don. Alfonso de Aguilar, Don Fernando se dirigió á Andalucía con numerosas tropas, ordenó varios castigos, y al joven marqués, que por consejo de su tío el Gran Capitén se había entregado, le conmutó la pena de muerte, á que le habia sentenciado, por la de destierro y destrucción de la fortaleza de Montilla, en la que había nacido GONZALO. En vano todos los nobles y hasta los embajadores franceses le hicieron ver lo indecoroso é impolítico de no conceder un castillo á quien tantos le había ganado. El rey se mantuvo inflexible; la fortaleza fué arruinada, y Gon ZALO devoró en silencio esta nueva ofensa. Con objeto de aplacarle, y para que renunciase el maestrazgo prometido, le ofreció el rey la ciudad de Loja para él y sus descendientes; pero GONZALO se negó diciendo que prefería la promesa á la ciudad, y que cuando menos se quedaría con su queja, que para él valía más que todo. Retirado en boja vivió desde entonces, sienbd-sa"sasa" ce ponctcde, saurdúnda todos los señores de Andalucía, que le consideraban como un oráculo; él apaciguaba las diferencias, les instruía del estado de Europa, y en su casa se acordó proteger á los conversos contra las injurias y demasías de los cristianos, en la seguridad de que la dulzura lograría de ellos más que la dureza. Cuando Cisneros emprendió la campaña de Africa, el rey, siempre receloso, no quiso que llevase por general á GONZALO, negándose de igual modo á enviarle al Papa y á los venecianos, que se lo suplicaban con gran insistencia. Derrotado en Rávena el ejército de la liga mandado por el virrey don Ramón' de Cardona, las potencias aliadas, el ejército todo, clamaron por GONZALOdice un notable historiador—y la necesidad, ahogando en Don Fernando todas las sospechas, hizo que ordenase al Gran Capitán que se dispusiera y lo previniera todo para marchar á Italia. Aprestóse en Málaga la armada: toda la nobleza española corrió á Andalucía á alistarse bajo las deras de GONZALO, y el número de soldados fué tal que hasta los guardias del rey le abandonaron para marchar con el Gran Capitán, que á todos recibía con su afabilidad natural, recorriendo los pueblos y activándolo todo para la marcha. Apenas las noticias de Italia fueron algo mejores, el rey, que no deseaba otra cosa, mandó suspenderlo todo. Esta noticia, se
gún todos los historiadores, causó en el ejercito reunido el efecto de una derrota. El Gran Capitán no desmintió en tan solemne instante su grandeza de alma: juntó las tropas, las animó por haber mejorado los negocios de la guerra y á todos ofreció recomendarlos al rey, pidiéndoles un plazo de tres días para hacerles un obsequio antes de separarse de él. En este tiempo hizo venir al campo de Antequera, donde se hallaba, en dinero, joyas y trajes hasta cien mil ducados, que repartió generosamente á los soldados; y como uno de sus criados, asombrado de tal generosidad, dudase en la repartición, exclamó: Dalo, que nunca se goza más de la hacienda que cuando se reparte. Luego de cumplido el deber de vasallo, el caballero escribió al rey una sentida carta, preguntándole si sus reinos habían padecido por causa suya alguna mengua ó deshonra, y si no los había acrecentado; deseaba saber por qué en su patria había de pasar por la grita de tanto disfavor, que parecían venganzas de ofensas soñadas por la malicia de los que no sabían con otros medios merecer el lugar que ocupaban cerca del rey; dolíase del daño recibido por los que habían sacrificado hasta su hacienda para la expedición, pues en cuanto á él sus gastos habian salido de las liberalidades del rey, por cuyo servicio, añadía, expenderé todo lo que tengo hasta quedar en el fuste de GONZALO FERNÁNDEZ. Con esta carta solicitaba el Gran Capitán licencia para ir á visitar su estado de Terranova, cuando precisamente lo que Don Fernando no quería era que fuese á Italia, razón por la cual le contestó una carta llena de evasivas, indicándole que fuera á descansar á su casa de Loja. GONZALO entonces le devolvió los poderes recibidos para la expedición, diciendo que para vivir como un ermitaño poca necesidad tenía de ellos, añadiendo que él se iría á sus agujeros, contento con su conciencia y con la memoria de sus servicios; fué tal el desvío del rey para con el Gran Capitán, que en dos ocasiones le negó dos encomiendas de la orden de Santiago, que le pidió, llevando su iniquidad hasta el punto de difamarle, diciendo al emperador Maximiliano, que le pedía le enviase á Italia, que tenía por cierto que Go- ZALO trataba secretamente con el Papa para ir á Italia y arrojar de ella á todos los extranjeros, incluso los españoles, en recompensa de lo cual el Pontífice le había ofrecido el ducado de Ferrara. Más tarde, acusó á Gon ZALO de ser el jefe del partido castellano qué deseaba traer á España á su nieto Don Carlos, y relegarle á él á su reino de Aragón, cuando precisamente el Gran Capitán, doliente y casi moribundo, se hacía llevar en andas por los contornos de Granada en busca de alivio á las cuartanas que le devoraban. Repasando la historia del Rey Católico, nótase que abrigaba un odio profundo contra GONZALO, cubierto con falsa amistad y forzados honores. El Gran Capitún no fué en las manos de Don Fernando más que un instrumento del que se sirvió para la ejecución de sus planes políticos: le honró, sí, pero también le desprestigió, no dudando en infamar al hombre mismo á quien confesaba deber un reino. No falta quien crea que la decidida protección que le consagró la reina Doña Isabel, y las constantes alabanzas que GONZALO la tributaba, fueron la causa del desvío, de la ingratitud, del odio, en una palabra, con que le trató Don Fernando: de otro modo no tendrían explicación, ni admitirían disculpa, su extraña conducta y su negra ingratitud para con el Gran Capitán. Quizá el desconfiado carácter del rey levantó en su corazón alguna sospecha, que no terminó sino con la muerte de GONZALO. Este es uno de tantos oscuros misterios, de tantos secretos enigmas como la historia guarda, que el escritor no osa penetrar, que quizá adivina; pero que no quiere comprender, porque hiere lo íntimo de la conciencia, porque profana el sagrado de los sentimientos, porque empaña el honor de un hombre, y más que todo, la virtud de una reina, en cuyo limpio espejo se mira la historia regocijada. En los últimos tiempos del Gran Capitán cayó enfermo el rey Don Fernando; pero GONZALO no fué á verle, contentándose con decirle que no iba porque no quería que lo atribuyesen á lisonja, que era la moneda que menos quería dar y recibir. Más adelante se negó á ir á un capítulo de las órdenes que debía celebrarse en Valladolid, afirmando que el rey tendría por mayor servicio su falta que su presencia. En los tristes días que precedieron á su muerte, se le oyó decir que sólo se arrepentía de tres cosas: de haber faltado al juramento que hizo al duque de Calabria, cuando la rendición de Tarento; de no haber quardado el saltoconducto que dió á César Borgia; y de otra, que no quiso nunca descubrir. La enfermedad, mortal por sus años, sus achaques y sus pesadumbres, acabó con la vida del Gran Capitún el día 2 de Diciembre de 1515, en Granada. Don Fernando no sólo mandó vestir la corte de luto, sino que él mismo lo llevó, enviando á su esposa, la duquesa viuda, la carta de pésame que transcribimos: «Duquesa prima: ví la letra en que me hicisteis saber el fallecimiento del Gran Capitán; y no solamente tenéis vos muy gran razón de sentir mucho su muerte porque perdistes el marido, pero téngola yo de haber perdido tan grande y señalado servidor, y á quien yo tenía tanto amor, y por cuyo medio, con el ayuda de nuestro Señor, se acrescentó á nuestra corona real el nuevo reino de Nápoles; y por todas estas causas, que son grandes (y principalmente por lo que toca á vos), me ha pesado mucho su muerte, y con razón. Pero pues á Dios nuestro Señor así le plugo, debeis conformaros con su voluntad, y darle gracias por ello; y no fatiguéis el espíritu por aquello en que no hay otro remedio, porque daña á vuestra salud. Y tened por cierto que en lo que á vos y á la duquesa vuestra hija y á vuestra casa tocare, tendré siempre presente la memoria de los servicios señalados que el Gran Capitán nos hizo; por ellos y por el amor que yo vos tengo, miraré y favoreceré siempre mucho vuestras cosas en todo lo que pudiere, como lo veréis por experiencia, placiendo á Dios nuestro Señor, según más largamente vos lo dirá de mi parte la persona que envío á visitaros. De Truxillo á tres de Enero de mil y quinientos y diez y seis años.— Yo el Rey.» Celebráronse las exequias del Gran Capitán con toda pompa en la iglesia de San Francisco, nd fué dȩpositado.a.ntes de nssarle á la de San Jerónimo, donde yace, dice el Sr. Quintana, y doscientas banderas y dos pendones reales, tomadas por él á los enemigos, y que adornaban su túmulo, recordaban á los afligidos concurrentes la gloria y los servicios del Gran Capitán. Jamás, dice un historiador que le vió y habló, nació hombre tan perfecto de cuerpo y de alma. Diego de Salazar, que sirvió á sus órdenes, escribe: «Yo digo no haber hallado entre cuantos hombres he conocido, otro de más encendido ánimo en las cosas grandes y magníficas.» Pero entre los varios elogios que del Gran Capitan se han hecho, ninguno iguala al de Zurita en los Anales de Aragón. Dice así: «No fué inferior á Arístides en Grecia, ni á Escipión el Africano, y murió como ellos víctima de la ingratitud.» Después de lo copiado, pálido y pobre sería cuanto nosotros pudiéramos decir. Los hechos del Gran Capitán son tan grandes y su recuerdo llena tanto la vida, que no hay fuerzas sino para callar. Ante la ley de un siglo, Don Fernando fué el rey de GONZALO FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA; ante la justicia inapelable de la posteridad, GONZALO FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA fué el rey del rey Fernando. En cuanto á lo demás, repetimos la célebre frase: Ni quito ni pongo rey, pero ayudo á mi señor. Nuestro señor es la nobleza, el heroísmo, la virtud; y no hay virtud como un sentimiento valiente y honrado, cuando tiene en su abono una queja del alma, más valiente y honrada todavía. ¡No te quejes, GONZALO DE CÓRDOBA! Un rey reinó en un siglo; tú reinas en la historia del tiempo y en el corazón de tu patria. ¡Duerme, sombra inmensa!
← FernánFernández (DIONISIO) →
abrir en el lector · buscarla en todos los diccionarios · los datos de la obra