Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Felipe

tomo 2 · página 702 · ver la página del original

Felipe. Masculino. Nombre propio de varón.

ETIMOLOGÍA. Griego Ddetxoc (Philippos), de oto (philos), amante, é IRroς (hippos), caballo: latín, Phelippus; catalán, Felip; francés, Philippe; italiano, Filippo. Felipe 1I, rey de España. Este personaje es ciertamente una de las figuras que más excitan la curiosidad al recorrer las páginas de nuestra historia, y á quien, por lo mismo que cierta nebulosidad envuelve algunos puntos de su vida, se ha juzgado con distintos criterios. Así vemos que, al par que unos autores ensalzan hasta la veneración al heredero del vasto imperio de Carlos V, distinguiéndole con el dictado de el Rey prudente, otros le presentan como el más acabado tipo de la perfidia, del fanatismo y de la doblez, asignándole el sobrenombre de tigre del Mediodía. Aunque la investigación más escrupulosa ha iluminado algunos puntos de aquellas tinieblas, bajo las cuales empezó á desmembrarse una de las mayores monarqúías de que tienen noticia los fastos humanos, parece que la impenetrabilidad de que siempre gustó rodearse, ha sobrevivido al que sabía recibir las más desastrosas noticias, sin que nadie viera contraerse un solo músculo de su semblante. Pero no debemos considerar únicamente el interés que su reinado despierta en todos, atendiendo á las dudas, casi fantásticas, que van envueltas en determinados pasajes de su vida. Además de esas dudas fabulosas, que parecen alucinar la fantasía de los pueblos, existe el interés histórico de la figura que diseñamos, puesto que se trata de un rey, cuya influencia era tan poderosa, que al menor vaivén de aquel cetro, oscilaba toda la tierra, como dice un profundo historiador.—El día 21 de Mayo de 1527, con alegría de cuantos anhelaban el nacimiento de un varón que pudiera ceñir á sus sienes las pesadas diademas de Carlos V, la emperatriz y reina Isabel de Portugal, residente entonces en la corte de Valladolid, daba á luz un niño, á quien pocos días después, en la iglesia del monasterio de San Pablo de aquella ciudad, se le imponía, con las sagradas aguas bautismales, el nombre de su abuelo paterno Felipe el Hermoso. Grande fué el júbilo de la nación por aquel suceso; pero bien presto se vieron turbados estos gozos públicos por una orden del emperador, mandando suspender las fiestas y regocijos con que iba á celebrarse en el reino el feliz nacimiento del príncipe. Aquella orden era motivada por el sentimiento que, si no tuvo, demostró al menos el emperador, por el asalto y toma de la ciudad eterna, así como por la prisión del papa Clemente VII, con que acababa de asombrar al mundo el denodado ejército imperial, al mando del duque de Borbón. Al año siguiente (19 de Abril de 1528) el príncipe DON FELIPE fué solemnemente jurado por las Cortes de Castilla heredero y sucesor del reino, en el monasterio de San Jerónimo de Madrid. En 1.° de Mayo de 1539, cuando el príncipe contaba 12 años apenas, su piadosa madre, la emperatriz Isabel, fallecía en Toledo á consecuencia de un mal parto. A los 15 años (Agosto de 1542) los aragoneses le juraron «príncipe y sucesor de los reinos;» si bien con «condición expresa de que no pudiese ejercer jurisdicción alguna hasta prestar el acostumbrado juramento en la Seo de Zaragoza,» formalidad que con toda pompa llenó el 21 de Octubre. En aquel mismo año se concertó casar al príncipe DON FELIPE con su prima la infanta Doña María de Portugal, hija de los reyes Don Juan III y Doña Catalina, hermana del emperador, y el 15 de Noviembre, después de un ostentoso recibimiento, el cardenal de Toledo los desposó en Salamanca, celebrándose con tales fiestas de torneos, cañas, corridas de toros, saraos, fuegos de artificio y otros espectáculos y diversiones de la época, que, según el testimonio de los históriaaores coetáneos, otras iguales no se vieran jamás en Castilla. Hiciéronse con tanto aparato estas bodas, porque tal matrimonio había sido elección espontánea del príncipe, quien antes había repugnado y descompuesto el que el emperador, su padre, le propusiera con la princesa Margarita, hija de Francisco I de Francia, como medio de consolidar una paz duradera y estable entre las dos potencias; y también otro, con Doña Juana Albret, hija única de Enrique. Como fruto de su ansiada unión con la princesa María, vió nacer en Valladolid (8 de Julio de 1545) aquel príncipe Carlos, que tan triste y malaventurado fin debía tener. Cuatro días después de darle á luz, dejaba de existin aquella virtuosa princesa. omn si. la muerte de la madre fuera la terrible aureola con que el infortunio debía sombrear en el porvenir la frente de su hijo. Pasados los primeros momentos de dolor, volvió DoN FELIPE á entregarse á los cuidados de la gobernación del Estado, que, desde largo tiempo, le tenía encomendada su padre. Deseoso el emperador Carlos de que su hijo fuera conocido de sus vasallos de Flandes, para el día en que le tocara empuñar aquel cetro, le llamó á aquellos reinos, por cuyo motivo se embarcó en Rosas (19 de Octubre de 1548), no sin dejar encomendada, por expreso mandato del emperador, la regencia de España y la edu

cación del príncipe Carlos á los principes Maximiliano y María. De vuelta á Barcelona (12 de Julio de 1551), investido de los más amplios poderes para la gobernación del reino, no tardó mucho en pensar en contraer nuevas nupcias. Inclinábase DON FELIPE á la infanta Doña María de Portugal, hija de Don Manuel y hermana de la emperatriz, su madre. Mas como este matrimonio no se efectuase á causa del deudo que entre los dos existía, se pensó en otro que cuadraba mejor á los intereses políticos. La elegida fué María de Inglaterra, heredera de la corona de Enrique IV. La desigualdad de edades pudo ser un impedimento, puesto que María frisaba ya en 38 años, mientras que el príncipe no contaba más que 27. Sin embargo, un exagerado catolicismo se encargó de hacer lo que no hubieran hecho ni la razón de Estado ni los sentimientos personales. La presunta reina de Inglaterra era tan ortodoxa como el heredero de Carlos V, y esta simpatía de religión ajustó el enlace. Inmediatamente que, por muerte de su hermano Enrique, ocupó el trono de su pais, escribió al príncipe, no sólo aceptando la unión, sino instándole para que abreviara su ida á Inglaterra. Secundando aquel vivo y galante deseo, embárcase el príncipe en la Coruña (13 de Julio de 1554), seguido de una flota que se componía próximamente de ochenta naves, y después de desembarcar á los siete días en Southámpton, se dirigía á Winchéster, en cuya ciudad le aguardaba su prometida, y en donde tuvieron lugar sus concertadas bodas con María, reina de Inglaterra (25 de Julio de 1554). La crueldad con que aque Ila reina hubo de perseguir á los protestantes, como si la inspirase un odio de raza, y los medios violentos de que se valió para abolir el culto reformista, restableciendo la religión católica, sugirieron á DON FELIPE una política de tolerancia, que, por más que no dejara de hacerse sospechosa á los ojos de los ingleses, no pudo menos de aminorar el odio con que en un principio le miraban. Poco después de este suceso, muerta la infeliz Doña Juana la Loca en Tordesillas (25 de Enero de 1555), la idea que preocupaba al emperador de declinar el peso de sus coronas tomó tal cuerpo que, llamando á Bruselas á su heredero y convocando á todos los estados de los Países-Bajos (25 de Septiembre de 1556), se dispuso á llevar á cabo la abdicación, que tuvo lugar en 25 de Octubre de aquel mismo año. Una vez decidido el emperador á pasar el resto de sus días en el aparente retiro de un claustro, era natural que se descargara del peso de las demás coronas; y así lo anunció á los caballeros españoles de su servidumbre, manifestándoles el deseo que tenía también de dejar á su hijo el reino de España. Con efecto, á las pocas semanas (10 de Enero de 1556), y en la misma ciudad de Bruselas, entregó al secretario Francisco de Eraso la carta de renuncia y escribió á los prelados, grandes, caballeros, hidalgos y ciudades de España, noticiándoles su determinación. En su virtud, á las tres de la tarde del 28 de Marzo de 1556 se levantaron pendones en la plaza de Valladolid por el príncipe DON FELIPE, y aquí da comienzo el famoso reinado de FELIPE II. En aquel mismo año deponía su padre la corona de hierro del imperio alemán en la frente de su hermano Fernando, entrando el 3 de Febrero del año siguiente en aquella celda del monasterio de Yuste, en donde debía permanecer hasta su muerte, ocurrida el día 21 de Septiembre de 1558, «á las dos horas después de la media noche.» La celda de Yuste no es la celda del fraile; sino la corte diplomática de todos los políticos de Europa. El emperador quiso gobernar sin las contrariedades y responsabilidad del gobierno, de donde vino aquella astuta idea de esconder al monarca dentro del hábito del monje. Tal es la significación que tiene ante la crítica de la historia la célebre renuncia del César español. Nunca fué rey de mejor grado que cuando pudo serlo, sin los peligros y los achaques que ponen coto á la autoridad de los reyes. El reinado de DON FELIPE comenzó reanudando las ya antiguas guerras contra Francia, hijas de crónicas ambiciones. Los de la Liga, alentados por el pontífice Paulo IV, emprendieron con arrogante ahinco las operaciones militares, en tanto que el reciente monarca, ganoso de hacer suya aquella guerra, para mostrar á los ojos de Europa que quien había heredado los dominios de su padre, sabría ser digno sucesor de Carlos V, ordenó desde Flandes, en donde se hallaba, que sus más esforzados capitanes recorriesen Hungría, Alemania y España, levantando cuerpos de infantería y caballería, sin perjuicio de un llamamiento general á las armas de sus súbditos los flamencos, amén del poderoso auxilio de Inglaterra. Nombrado general en jefe del ejército Emmanuel Filiberto, duque de Saboya, y oído el parecer de los más entendidos hombres de guerra, determinó poner sitio á San Quintín, plaza muy fuerte y considerable, fronteriza de Francia v los Países Bajos, no sin que antes distrajera la atención del enemigo, aparentando dirigirse sobre Mariemburg. La maniobra surtió tan buen efecto, que la Francia entera corrió á defender aquella plaza. En cuanto de tal movimiento se apercibió el duque de Saboya, levantó de repente el campo y, torciendo hacia la derecha, á marchas forzadas, logró que el arrabal de la ciudad cayera en poder de los españoles Julio Romero y el maestre de campo Navarrete, los mismos que habían aconsejado el sitio de la plaza de San Quintín. Hallándose desguarnecida dicha plaza, se hubiera tomado en breve tiempo, si el almirante de Francia, Coligny, al verla en tan inminente peligro, no hubiera concebido la heroica determinación de encerrarse en ella. El rey, que había salido de Bruselas el 28 de Julio, se hallaba en Cambray cuando recibió la noticia de aquella sangrienta batalla, en que, gracias al esfuerzo del duque de Saboya, del conde de Egmont y de tantos valerosísimos capitanes y soldados, hacía sufrir á Francia una derrota cuya trascendencia puede colegirse por estos detalles: los prisioneros eran guerreros tan ilustres como el condestable Montmorency y su hijo menor, los duques de Montpensier y de Longueville, el mariscal Saint-André, el príncipe de Mantua y 300 caballeros del primer linaje, con 5.000 soldados tudescos. La perdida del ejército del rey de España no consistió más que en 80 hombres. Tal fué la victoria que alcanzaron las armas del nuevo rey, la cual había de dar por resultado la toma y saqueo de la plaza de San Quintín, que tuvo lugar el día 27 de Agosto. La primera batalla se ganó en 10 del propio mes, día de San Lorenzo, el cual tiene en el Escorial una magnífica imagen de piedra, donde entraron, en largas medidas y proporciones colosales, la epopeya de la victoria, el genio de España y la sombra del rey. La noticia de aquella batalla memorable no produjo el menor movimiento en la fisonomía de FELIPE II. Cualquiera diría que aquel hombre nació con entrañas de hierro y que sus entrañas habían forrado su semblante. Y era que se había emparedado de tal modo á sí mismo, que vivía en perfecta incomunicación hasta con sus propios sentimientos. Un historiador dice: «Para que nadie comprendiese lo que pasaba en el despotismo de aquella vida, tuvo que principiar por ser despótico con su corazón.» La suerte de la guerra, vacilante entre triunfos y descalabros, llevó las cosas al 2 de Abril de 1559, en que el tratado de Chateau-Cambresis parecía dirimir las tenaces contiendas que Francia y España venían sosteniendo casi por espacio de medio siglo. Como consecuencia de una de las cláusulas de aquel tratado, FELIPE II, viudo á la sazón por segunda vez, envió á París al duque de Alba para que, en su nombre, celebrara bodas con la princesa Isabel, prometida que había sido ya de su hijo el príncipe Don Carlos. Dedicóse después al arreglo de su gobierno de los Países-Bajos; se embarcó en Flesinga el 20 de Agosto de 1559, arribó á España y desembarcó el 8 de Septiembre en el puerto de Laredo. De regreso á nuestro país, FELIPE II decidió acaso de su destino, también del destino del pueblo español, dando una excesiva autoridad al Santo Oficio, que recibía entonces el influjo del Inquisidor general Don Fernando Valdés, arzobispo de Sevilla, llamado el Torquemada del siglo XVI. La multitud aterradora de procesos, en que iban envueltos varones ilustres por sus altos cargos, por su ciencia, por su linaje, por su vida

ejemplar, entre los cuales se contaban hasta arzobispos, obispos, abades, sacerdotes, monjes, frailes, sin contar los grandes señores confundidos con menestrales y artesanos; los autos de fe de Toledo, de Valladolid y de Sevilla, hicieron decir á las gentes que aquellas hogueras espantosas eran las luminarias y las festividades del siglo de FELIPE II. Y lo más grave es que esta fama vino á entoldar todas las virtudes que pudo deber á la bondad de la Providencia, porque cuando las nubes empañan la atmósfera, no llega á nuestros ojos la luz de los astros. Las nobles virtudes que acaso brillaran en su espíritu, no penetraron el oscuro celaje que nubló las noches de su encono. ¡Tristes y largas noches que nublaron también la estrella de España! El primado de nuestra Iglesia, el sabio fray Bartolomé de Carranza, una de las más grandes capacidades del concilio de Trento; el doctor don Agustín Cazalla, canónigo de Salamanca, predicador del emperador y del mismo rey, en unión de otros ciento que no queremos enumerar, fueron las víctimas sacrificadas en los primeros días de su reinado. Hasta los más faustos acontecimientos, como la jura del príncipe Don Carlos, verificada en Valladolid el día 22 de Febrero de 1560, se celebraban con AUTOS DE FE, como si el quemar á las criaturas fuera un motivo de festejo público. Interrumpen estos espectáculos increibles la reunión de las Cortes de Castilla, congregadas en la misma ciudad de Valladolid y terminadas en 19 de Septiembre de aquel año. Consecuencia de una petición de aquellas Cortes fué la desdichada expedición de los Gelves, la cual, tratando de limpiar los mares y asegurar las costas del pillaje de unos corsarios tan temidos como Dragut, no dió otro resultado por el pronto que la pérdida de la armada, puesto que dejamos en poder de aquellos malhechores treinta bajeles, más de cinco mil prisioneros y dos mil cadáveres. Sin embargo, después del socorro de Orán y de la reconquista del Peñón de la Gomera, aquella expedición dió margen á la valerosa defensa de la isla de Malta, en que'no sólo se cubrió de gloria el gran maestre Juan Perissot de la Valette, sino que en ella perdió la vida el terrible Dragut, lo cual fué parte para que el nombre de Pialy, de Mustafá y de Hassén, que se pronunciaban con espanto en Europa y en Africa, perdieran su-prestigio en las riberas de aquella isla. Sentido el turco-Solimán de aquella derrota, quiso probar fortuna á la desesperada, y juntando hasta quinientas velas, se dispuso á luchar de nuevo; pero ocurrencias posteriores hicieron que aquel formidable aparato fuera á descargar en Hungría, en donde acabó el anciano Solimán II, quedando libre nuestro monarca para atender á otros graves cuidados. El famoso Concilio- de Trento, terminado en 26 de Enero de 1564, en el cual, para gloria de nuestra patria, brillaron hombres como Alfonso de Salmerón, fray Bartolomé Carranza, fray Alonso de Castro, los dos Sotos (fray Domingo y fray Pedro), Melchor Cano, los dos hermanos Covarrubias, Antonio Agustín, Benito Arias Montano y otros doctores y esclarecidos varones, había preocupado grandemente la atención del rey, cuya influencia en las deliberaciones de aquel Concilio fué decisiva. Las guerras de religión que agitaban á Francia, no podían menos de ser objeto de graves inquietudes por parte del monarca católico. Pero lo que principalmente debía Ilamar toda su atención, era aquella naciente rebelión de los Países-Bajos, á que tan largas y porfiadas guerras debían seguir, las cuales convirtieron las ciudades de aquellos estados en inmensas ruinas, y sus fértiles campos, en silenciosos cementerios. Como hace notar uno de los historiadores que mejor narran esta época, la situación de FELIPE II, al dejar los estados de Flandes, ofrecía no poca semejanza con las de su padre, al salir de Castilla. Su conducta tuvo muchos puntos de parecido y las consecuencias fueron no menos desastrosas. Nunca había agradado á los flamencos el carácter lóbrego de FELIPE II; disgustábales que ni hablara su idioma, ni manifestara deseos de aprenderlo, ni hablarlo; y ofendíales que españoles fueran todos sus consejeros; españolas, sus costumbres, y españoles, todos los hombres de su privanza. Sin embargo, esta falta de simpatía no hubiera bastado por sí sola á producir hondos disturbios, si DON FELIPE hubiera empleado más tacto político con ellos y no les hubiera lastimado en la parte más viva y sensible, cual era la conservación de sus privilegios antiguos. La creación de catorce nuevos obispados, sobre los cuatro que antes había, fué recibida como una escandalosa infracción de los privilegios bravantinos. Pero lo que hizo subir de punto el enojo de los flamencos, fué el temerario empeño de FELIPE II en llevar la Inquisición española á los Países Bajos y en la renovación de los edictos de Carlos V contra los herejes. Estas dificultades y ciertos descontentos que entre los nobles reinaban ya, no tardaron mucho en hacer sentir á los flamencos la necesidad de que el rey les hiciera justicia, con cuya misión enviaron en varias ocasiones al barón de Montigny y al conde de Egmont. La actitud del rey se mostró entonces claramente, pues en tanto que retenía en su corte al primero con gratas promesas y despachaba con las más lisonjeras seguridades al segundo, daba secretas instrucciones á la princesa Margarita de Parma, gobernadora de aquellos estados. Visto este trueque de palabras y de intenciones por parte del rey, estalló abiertamente la insurrección bajo la conducta del príncipe de Orange, Guillermo de Nassau, uno de los nobles más descontentos, levantando casi al mismo tiempo las ciudades de Valenciennes, de Tournay, de Amberes, de Maestrich, Boisle-Duc, Utrecht, Amsterdam y Gotinga. El enérgico comportamiento de la gobernadora para sofocar la rebelión, se estrelló bien pronto en la falta de recursos, y no tuvo más medio que solicitar auxilios de hombres y dineros del rey su hermano. En 10 de Agosto de 1567, Don Fernando de Toledo, duque de Alba, investido de los más amplios poderes y como general en jefe de un poderoso ejército, se embarcaba en Cartagena con rumbo á Flandes, en donde había de hacer sentir de un modo tan rudo todo el peso de las órdenes que llevaba. La justicia y el patriotismo nos imponen la obligación de añadir dos vocablos para salvar una gran figura de nuestra historia. El duque de Alba era más súbdito y menos político que consumado capitán. Su llegada fué precursora de aquel tribunal conocido bajo el nombre de Consejo de los tumultos ó de Tribunal de la sangre, á cuyas medidas siguió la ejecución injustificada de los condes de Egmont y de Horn, degollados en una plaza de Bruselas, la plaza del Sablón, en 5 de Julio de 1568. Mientras que el de Alba hace esto en Flandes, su amo no se muestra en España más generoso; pero, en cambio, fué menos leal. El conde de Berghes y el esclarecido barón de Montigny, comisionados por la princesa de Parma para tratar con FELIE II acerca del arreglo de las diferencias con sus vasallos de los Países-Bajos, eran detenidos en España. Reducidos después á prisión, el anciano y achacoso Berghes perecía en un calabozo, mientras que el barón de Montigny, uno de los caudillos más famosos en la batalla del día de San Lorenzo, corría de prisión en prisión, sin otra esperanza que la de acabar en manos de un verdugo, lo cual aconteció en la fortaleza de Simancas, no sin que un rey culpable, sea el que fuere, encargara antes la doble traición del sigilo (15 de Octubre de 1570). Esta política sin nombre, este proceder de doble faz, esta sombra que FELIPE II déjaba en pos de sí, había de dar su resultado, que no en vano se infringe la ley de la conciencia, ni se atenta en vano contra el derecho de los hombres. Cuando se refieren los hechos pasados, hay que decir las cosas como son, porque la historia ho es la enseñanza de una generación ó de un país, sino la doctrina y la moral de todos los pueblos y de todos los siglos. Digamos la verdad, aunque el dolor desgarre nuestro pecho. Quien hacía la guerra al monarca español en los Paises-Bajos, no eran los Paises-Bajos, sino la conducta incomprensible del monarca español. Las terribles disensiones de Flandes no son otra cosa que el humo que brota de un fuego;y todo el mundo sabe que

quien hace el fuego, hace el humo. En una palabra, el enemigo capital de FELIPE II no era otro que FELIPE II. El se castigó y la historia quedó vindicada; pero la nación española se vió luego comprometida. ¡Cuántos días de luto por una ambición sin pensamiento, por un laurel sin gloria, por una gloria sin recompensa, por un fanatismo desesperado! La rebelión de los Países-Bajos no tuvo ya límites. La sangre, no sólo teñía las escaleras de los cadalsos en las plazas públicas, sino que España dejaba enterrada en los campos de Flandes la flor de aquellos tercios españoles que, por su bravura sin ejemplo en la historia, fueron el asombro de Milán, Nápoles, Sicilia y Cerdeña. El período de seis años que duró el mando del duque de Alba, el gobierno más templado y hábil de don Luis de Requesens, que le sucedió en la gestión de aquellas provincias, y las tan famosas campañas sostenidas: primero, por Don Juan de Austria, el hermano bastardo del rey FELIPE, que había de terminar en aquellos paises su corta y gloriosa existencia (1.° de Octubre de 1578); y más tarde, por Alejandro Farnesio, á quien cupo una suerte análoga (2 de Diciembre de 1592), no bastaron para terminar en el fondo una guerra en que un pueblo luchaba por el desagravio de dos leyes: la ley del derecho y la ley del honor. Los disturbios de Flandes fueron una queja profunda que debía repetirse con el tiempo, pues siempre se repiten las grandes quejas, y tal fué la herencia funestísima que FELIPE II tenía que legar á los reyes de España, hasta figurar entre los jirones arrancados al transitorio imperio de Carlos V. En tanto que este largo y sangriento drama se representaba á la vista de Europa, otros sucesos, no menos importantes, ocupaban la asidua atención de DON FELIPE. Por aquella época se desenlazaba la oscura tragedia de la muerte del príncipe Don Carlos, suceso lleno de ambigüedades que la historia no ha podido fijar aún (24 de Julio de 1568). Pocos meses después, y como casual confirmación de los que pretenden asociar á dicha tragedia el nombre sin mancha de la desventurada reina Isabel de Valois, esta virtuosa princesa rendía su alma á Dios en 3 de Octubre de aquel mismo año.—Los moriscos de la Alpujarra, acaudillados por don Fernando Muley de Valor, por Aben Farax, por Diego López, Aben-Abóo, por Miguel Rojas, por Aben-Thoar y otros muchos, á quienes irritaban las vejaciones de que eran objeto, intentaron reconstituir el antiguo reino de Granada. Para la consecución de estas miras, concibieron el proyecto insensato de aclamar como soberano al primero de aquellos caudillos, bajo el nombre de Muley Mahomet Aben Humeya. La historia, qué no solamente es la narración, sino la inevitable filosofía de los hechos, viene á demostrar que las mismas causas que encendieron las guerras de Flandes, motivaron la insurrección de la Alpujarra. Estas causas no fueron otras que la intolerancia de FELIPE II, aquella temeraria resolución de establecer en todas partes la imposible unidad religiosa, como si todo hombre estuviera obligado á participar de su fe. La denodada diligencia de los marqueses de Mondéjar y de los de Vélez, no menos que la acción decisiva de Don Juan de Austria, pusieron término á la formidable rebelión de la morisca con la muerte de Ben-Abóo y la reducción de los principales caudillos. Lleguemos ahora á la grande empresa de este reinado, maravilla del siglo XVI, hecho prodigioso que ha perpetuado la admiración de la humanidad. Selim II, que había sucedido á su padre, el viejo Solimán, muerto en Hungría, como dijimos anteriormente, intenta conquistar la isla de Chipre, tributaria en un tiempo del soldán de Egipto, sometida en aquel entonces á la república de Venecia. FELIPE II, no solamente como rey católico, sino como príncipe cristiano, no podía ver con indiferencia el engrandecimiento de los infieles bajo el doble concepto de religión y de política, por cuya razón no tardó en unirse á la liga que Roma y Venecia habían formado para resistir el empuje de Selim II, que era la amenaza del Oriente, la invasión de Mahoma. La tierra no había visto hasta entonces un espectáculo en que batallaran dos civilizaciones tan florecientes, dos intereses tan universalés, dos sentimientos tan profundos, en que tomaban parte al mismo tiempo la idea del hombre y la idea de Dios, la memoria de lo pasado y la revelación de lo porvenir, la hora de las tradiciones y el vaticinio de las profecías. El combate á que nos referimos, no fué el encuentro de dos naciones; sino la lucha de dos mundos que se disputaban el tiempo y el espacio, el cielo y la tierra. La Europa cristiana vió allí reunida una verdadera familia de héroes; Andrea Doria, Colonna, Veniero, Requesens, y, como caudillo de la expedición, montando la nave capitana de Castilla, al hermano de FELIPE II, en representación de nuestro estandarte. Llega la hora y 600 buques vomitan fuego por ambos costados, entre un ruido, un clamoreo y una humareda que anunciaban el juicio final. Si ha habido caso en que un golfo de agua se haya convertido en un golfo de sangre, este caso tuvo lugar en un golfo de Grecia. Baste decir que Selim II dejó en la batalla 224 galeras, 25.000 muertos y 20.000 remeros cristianos, á quienes rescató la victoria. ¡Loor sin fin á todos los héroes de Lepanto! ¡Gloria sin fin á Don Juan de Austria! ¡Gloria también á FELIPE II! Y para que aquel día fuera magnífico del todo, allí quedó lisiado un hombre oscuro, cuya mano manca escribió el Quijote. No queremos dar á la malicia de la reticencia lo que toca á las expansiones del corazón. El solo recuerdo de Lepanto nos llena de orgullo, agranda nuestra vida, eleva nuestro espíritu; pero ¡ay! los laureles del triunfo no bastan para remediar ciertos males. ¡Sí! La gloria de un día no es bastante contra un fanatismo de cuarenta años. Lepanto salvó á la cristiandad; salvó al Occidente; salvó á una Europa confusa y perdida; pero no salvó á España, considerada como pueblo político. Otro acontecimiento notable nos aguarda. Portugal, parte integrante de la Ilamada península ibérica; provincia de la monarquía castellana durante muchos siglos; segregada después; emancipada y constituída en reino independiente; Portugal, decimos, había ido desarrollándose y creciendo, merced á la conducta de algunos de sus buenos monarcas, no menos que al valor y al ingenio de sus habitantes, hasta convertirse en un estado poderoso que gozaba de gran nombradía, así en Europa como en todo el mundo. A la sentida muerte de Don Juan III, uno de los más grandes reyes del pueblo lusitano, heredó la corona su nieto Don Sebastián, niño á la sazón, hijo de la princesa Doña Juana, gobernadora que fué de Castilla. El niño Don Sebastián, robusto de cuerpo, de ánimo levantado y de corazón animoso, no pensaba más que en ceñir á la frente del hombre los sangrientos laureles del soldado; pero la famosa expedición del Africa vino á demostrarle los peligros de aquella ambición desdichada. El á de Agosto de 1578, cuando apenas contaba Don Sebastián 25 años, muere bizarramente en la batalla de Alcazarquivir, después de haber visto caer en torno suyo la flor de la nobleza portuguesa. Portugal consternado no pudo tener el consuelo fúnebre de guardar el cuerpo de su héroe, cuyo cadáver no fué habido. FELIPE II, que se hallaba entonces en el Escorial, espiando lo que sucedía en la tierra, envió á su secretario, Don Cristóbal de Moya, con el fin aparente de felicitar al nuevo y achacoso rey Don Enrique, pero con el propósito real y positivo de poner en claro sus derechos á la corona de su sobrino Don Sebastián. Los aspirantes á la sucesión de aquel reino, eran: FELIPE IL de Esoaña: la duquesa de Rraganza; Don Antonio, prior de Crato; el duque de Saboya; Ranucio Farnesio, hijo del duque de Parma; la reina viuda de Francia, Doña Catalina, y hasta el mismo pontífice Gregorio XIII, alegando que en la vacante le correspondía el reino de Portugal, como feudo de la Santa Sede. Muerto Don Enrique la noche del 30 de Enero de 1580, mandó DON FELIPE su ejército, al mando del duque de Alba, que á la sazón se hallaba desterrado y casi preso-en la villa de Uceda, al par que el mismo rey se dirigió también á Portugal. Un fuerte acceso de la enfermedad que finalmente le llevó al sepulero, hizo que se detuviera en Badajoz; pero las armas de TOMOII

Don Fernando de Toledo, á pesar del brío de los portugueses, hallaron manera de reducirlos á la obediencia del rey de España. El resultado fué que el 11 de Febrero de 1583 regresaba FELIPE II á su predilecto monasterio del Escorial, después de haberse coronado en Lisboa y de pacificar su nuevo reino. Los regocijos públicos fueron tales, que el Concejo de Madrid, al hacer su entrada el rey vencedor, dispuso fiestas y luminarias como no se habían visto jamás; hasta el punto de que los fuegos de las festividades destruyeron la célebre puerta de Guadalajara. Y ahora cumple á nuestro propósito hacer ver á nuestros ilustrados lectores cuáles eran los dominios de España en aque Ilos instantes. FELIPE II tenía: en Europa, el cetro de España, de Milán, Cerdeña, Nápoles, Sicilia, los Países Bajos, el Franco-Condado y el Rose Ilón; en Africa, Cabo-Verde, Orán, Bugia y Túnez; en la Oceanía, las islas Filipinas y una parte de las Molucas; en América, Cuba, la Española; otras islas y posesiones de aquel hemisferio; las extensas provincias conquistadas en los últimos triunfos de Carlos V y los vastos imperios de Méjico, del Perú y de Chile. Nadie, como el rey de esta biografía, pudo decir: «El sol no se pone en mis estados.» ¿Qué mano oculta cavó la tierra, para que cayera desplomado el enorme coloso? ¡Cuán cierto es que para la opresión y el fanatismo no hay grandes imperios en el mundo! No decimos esto por odio á una persona, ora sea rey, ora sea pastor, porque el alma que escribe este libro, no aborrece á nadie. Lo decimos, para que nuestra voz penetre en la conciencia de un pueblo noble y desgraciado, como una plegaria de consuelo, de amor y de fe. Se nos dirá seguramente que España era grande todavía al cerrar los ojos el gran fraile del Escorial. ¡No! Los pueblos no son grandes, sino cuando son cultos, virtuosos y libres. Un solo hombre, dignificado por la liberbad, vale más que veinte naciones de esclavos. A la España de FELIPE II, lo propio que al fugitivo imperio del César español, acontecía lo que acontece á una persona que se mueve aún, que se mantiene en pie, pero cuyo rostro se pone pálido por momentos, pues el semblante palidece cuando se enfrían las entrañas. Grande era el pueblo español de FELIPE II; pero en la cara de su vida estaba sobrepuesta ya la cara de la muerte.—Pocos son los sucesos que tenemos que señalar en este reinado, no saliendodel límite que marca la historia. Mencionaremos, pues, la pérdida de la armada Invencible, en que loselementos se conjuraron contra una de las más osadas empresas que contra la Inglaterra se habían concebido; el célebre tratado de Vervins, firmado en 8 de Febrero de 1598, entre Francia y España, el cual concluía con las funestas pretensiones que DON FELIPE tuvo siempre al trono de Francia; el alevoso asesinato de Escobedo; la prisión y fuga del secretario Antonio Pérez, los ocultos amores del monarca con Doña Ana de la Cerda, viuda del príncipe de Eboli, y por último, los trágicos sucesos de Zaragoza, que acaban con la vida del justicia mayor Don Juan de Lanuza y con los fueros y franquicias de la noble tierra de Aragón. Hecha renuncia de la soberanía mal asegurada de los Paises Bajos en su hija Isabel Clara Eugenia, que había de casarse con el archiduque Alberto; después de haber visto el saqueo de Cádiz por el conde de Essex y de probar una tentativa, la cual no tuvo mejor éxito que la de la armada Invencible, FELPE II siente llegar el fin de una existencia que tantas veces había estremecido á toda Europa. Con dificultad hombre alguno habrá sufrido tan horribles dolores al abandonar esta vida. Más de veinte años hacía que le atormentaba la gota, herencia de su padre, cuando hubo de complicársele con una fiebre hética que, acabando por desarrollar un humor hidrópico, le llenaron en absoluto de llagas y lacerías desde un año y medio antes de su muerte. Así era que, inmóvil y como clavado en una silla, experimentaba las más crueles exacerbaciones al menor contacto. En 30 de Junio de 1598, aprovechando una ligera mejoría, se hizo conducir en brazos de hombres, que iban caminando muy lentamente, á su querido monasterio del Escorial. Desde su llegada, la enfermedad tomó tan alarmantes proporciones que, con espanto de los que veían corromperse aquel cuerpo, animado aún por el espíritu, consiguió prolongar su agonía hasta el mes de Septiembre. La mañana del 13 de dicho mes, á hora de las cinco, después de cumplir con la mayor escrupulosidad con sus deberes de cristiano, dejaba de existir, á los 73 años, 3 meses y 22 días de edad, el 42 cumplido de su reinado. ¡Ah! No parece sino que el cielo se encarga algunas veces de castigar la soberbia del hombre. El que pretendió dominar al mundo, halla en el borde de su sepultura la corrupción de la podredumbre y la miseria de los gusanos. El que hubiera querido hacer esclava á toda la tierra, es hoy esclavo de asquerosos insectos. Sobre la puertt de id mezqurna celda drl monasterio, que había sido el mayor amor de su vida y en donde exhaló su postrer suspiro, se leen estos versos, no tan notables por su perfección como por el recuerdo que en el alma despiertan: En este estrecho recinto murió FELIPE SEGUNDO, cuando era pequeño el mundo al hijo de Carlos quinto. Fué tan alto su vivir que sólo el alma vivía, pues ya cuerpo no tenía cuando dejó de existir.

Resumen.—Bajo el reinado de FELPE II llegó España al apogeo de su poder, al mismo tiempo que se indicó, entre líneas vagas é imperceptibles, el período de la decadencia. La conquista de Portugal representa el último día de nuestra fortuna; aquel día en que el pabellón español ondeaba en la novena parte del globo conocido, mientras que el establecimiento de la Inquisición vino á representar el primer día de nuestra duradera desgracia. La historia nos dice que FELIPE II se equivocó lastimosamente á costa de su reino. Hace de la fe un resorte político, cuando de la fe no puede hacerse más que una gran virtud de moral y de dogma. Da á la sospecha lo que debe darse á la confianza; da al sigilo lo que debe darse á la publicidad; da al fanatismo lo que debe darse á la religión; da al misterio lo que debe darse á la ciencia. En una palabra, quiere alumbrar al día con las tinieblas de la noche, y la noche acude, y sus dedos ennegrecidos envuelven la vida de aquel príncipe en un manto de sombra. El personaje de esta biografia es un monarca que gobierna con el silencio, sin parar mientes en que un rey que gobierna callando, no es más que un rey que calla. Y ¿qué hace un pueblo con un rey que calla? La vida de FELIPE II es una tragedia que puede dividirse en tres partes: al nacer, monarca; al vivir, monje; al morir, leproso. ¿Cuál sería la última idea que cruzó por su mente? ¿Cuál sería la última memoria que, al ver abierto ante sus ojos el fondo de una tumba, quemó su conciencia, como quema el relámpago las nubes del polo? ¡Lance terrible debió ser el momento en que aquel hombre apareciera ante la justicia de Dios! Después de Carlos II el Hechizado, la más infeliz de las criaturas, no conocemos un rey tan desdichado como el FELIPE de esta biografia. ¡Que Dios le perdone! Y lo decimos con todas las veras de nuestro corazón, puesto que fué tan desgraciado. ¡Sí! Fué tan extremo su infortunio, que pasó por la tierra sin saber lo que eran dos cosas: un amor y un amigo. Felipe III, rey de España. En 1578, y cuando Felipe II esperaba que el cielo le concediera un hijo que, al heredar el peso de su corona, tuviera el suficiente vigor para conservarla entera en sus sienes, su cuarta esposa, Ana de Austria, dió á luz un niño en cuyas manos había de empezar á desmoronarse aquella poderosa monarquía de los Austrias, que, merced á los talentos políticos y militares de Carlos V, había llegado á abarcar la sexta parte del mundo. La alegría de aquel nacimiento, que llenaba el vacío que la muerte del príncipe Don Diego había dejado, no fué para Felipe II tan larga que, desde los primeros años del presunto heredero del trono, no comprendiera que el Cielo, que le había concedido tantos estados, le negaba un hijo capaz de gobernarlos, según las palabras del rey. El esmero de la educación que su padre

se empeñó en darle, logró imprimir en el corazón del príncipe la virtud y el celo religioso bastantes para que su nombre pasara á la historia con el apelativo de el Piadoso; pero de ningún modo fueron suficientes para desarrollar en él las cualidades de un buen rey. Más apacible, franco y clemente que su padre, su reinado hubiera sido un reinado feliz, si todas estas cualidades hubieran estado acompañadas del talento, la inteligencia y firmeza de carácter que requería la gobernación de un imperio tan poderoso como el que estaba llamado á regir. Desgraciadamente, su debilidad debía eclipsar hasta sus virtudes de educación y de nacimiento. Veintiún años escasos contaba el tercer FELIPE, cuando, calientes aun los restos de su padre, fué reconocido y aclamado rey de España y de todos sus estados en 13 de Septiembre de 1598. «Me temo que le han de gobernar,» había dicho en sus últimos momentos Felipe II, y bien pronto aquel temor se vió cumplido, entregándose el joven rey en manos de Don Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, tan por completo, que muy pronto había de ver anulada su autoridad hasta el extremo de que sólo el de Denia era respetado y obedecido como verdadero monarca. Sandoval, animado de la ambición de los favoritos, pero sin tener en su ayuda otros recursos que los de un mediano talento, sólo atendió al medro de su fortuna y de su vanidad; y más tarde, temiendo ver su privanza desvanecida, no buscó otra cosa que deslumbrar al joven principe con unas pompas que se avenían muy mal por cierto con el estado de penuria qué atravesaba la real Hacienda. Las bodas concertadas en el reinado de FELIPE II con la princesa Margarita de Austria, y de la infanta Isabel Clara Eugenia con el archiduque Alberto, fueron una de las primeras ocasiones de que se aprovechó la astucia del valido para fascinar á su señor con la magnificencia de los festejos y de las galas. La ciudad de Valencia, en donde se ratificaron las bodas, bendecidas antes en Ferrara por el propio pontífice, presenció las mayores pompas que se habían visto en muchos siglos. Después de las bodas, y á invitación de los catalanes, pasarón los reyes á Barcelona (Junio de 1599) para celebrar Cortes y prestar en ellas el mutuo y acostumbrado juramento. Allí se despidieron del archiduque y de la infanta, reiterándoles el ofrecimiento de socorrerlos con armas y dineros para acabar de sujetar las rebeldes provincias de Flandes. Las Cortes de Cataluña sirvieron al rey con 1.000.000 de dutados; con 100.000 á la reina, y al marqués de Denia con 10.000, emprendiendo más tarde un viaje á Aragón, en que el rey se señaló por un rasgo de clemencia y de justicia que halagó grandemente á los aragoneses. No quiso entrar en Zaragoza hasta que se diera sepultura á los restos de Don Juan de Lanuza y Don Diego de Heredia, ajusticiados en los últimos disturbios, y cuyas cabezas estaban expuestas en la puerta del puente y de la Casa-Diputación. No contento con estos actos de indulgencia, el nuevo monarca mandó publicar en Zaragoza un perdón general é indulto á cuantos habían sido condenados por su padre, como ya había hecho en Madrid con la esposa é hijos del infortunado Antonio Pérez, prófugo entonces en extrañas tierras. Loco de júbilo con tales muestras de magnanimidad el pueblo de Zaragoza, recibió á sus reyes el I1 de Septiembre con aclamación de fervoroso entusiasmo, y no sólo los festejaron los dias que allí permanecieron con cuanto pudieron inventar, sino que sirvieron con 200.000 ducados al rey; con 10.000 á la reina; con 6.000 al marqués de Denia, y con algunos menos á Pedro Franqueza y á otros secretarios, los cuales comenzaban de esta manera á tomar dinero de los pueblos, novedad que no podía menos de conducir á la torpe avaricia que tanto había de lamentarse en lo sucesivo. Desde Zaragoza volvieron los reyes á Madrid, no sin que antes, con el fin de comprometer á las ciudades á la aprobación de los subsidios, visitaron las ciudades de Segovia, Avila, Salamanca y Valladolid. Los pueblos no podían ya soportar tales tributos; pero, habituados á la sumisión de los reinados anteriores, les faltaba valor para negarlos. Poco después de esta época, el 10 de Enero de 1601, se publicó en la cámara real y el rey dió las órdenes oportunas para que la corte fuera trasladada á Madrid. Esta medida, mal recibida por la nación, pues sin hacer prosperar á la nueva corte, arruinaba por completo á Valladolid, distrajo un tanto la pública atención y fué objeto de reiteradas reclamaciones; pero la voluntad del valido, manifestáda de un modo terminante, hizo que, después de la Pascua de flores de 1606, quedara completamente hecha la traslación, habiendo dado los reyes el ejemplo con establecerse en Madrid. Entretanto, otros sucesos de mayor importancia se manifestaban en la monarquía española. Mientras que Portugal daba muestras de su descontento, prestando oídos á las imposturas de un calabrés llamado Marco Tulio Carzón, falsario que, como el de Madrigal, se hacía pasar por el rey Don Sebastián y comprometía en su descabellada causa á no pocos nobles y altos personajes portugueses, las guerras de Flandes, encendidas de nuevo, daban resultados tan tristes para las antes victoriosas armas españolas como la derrota de Niewport ó de las Dunas, en donde quedó destruído el ejército en que la actual gobernadora de los Paises-Bajos fundaba todas sus esperanzas; y la rendición de la plaza de Rhimberg, que el 31 de Julio de 1601 entregaba el capitán español Luis Dávila bajo una honrosa capitulación. Mientras que esto acontecía en Flandes, otras atenciones distraían las fuerzas y recursos de España. Uno de los legados funestos que Felipe II había dejado á su hijo era la guerra con Inglaterra. Deseando el duque de Lerma, que con tal título había honrado FELIPE III á su valido el de Denia, señalar los primeros días de su ministerio con empresas semejantes á las de los últimos tiempos de Felipe II, hizo equipar una escuadra de 50 navíos, que encomendó á don Matías Padilla, para que con ella hiciera un desembarco en las costas de la Gran Bretaña (1601). Pero no más afortunada esta expedición que la mandada por el último monarca, una tormenta la dispersó en alta mar, sufriendo todavía más rudos desastres la que, encomendada á don [Juan Agullar, salió con 6.000 hombres al año siguiente. La muerte, de Isabel de Inglaterra, acaecida en 24 de Marzo de 1603, después de un reinado de cerca de medio siglo, hizo variar de todo purto las relaciones de España con aquel reino, dando lugar á que Jacobo VI firmara el tratado de Londres (1604), el cual garantía la paz entre España y aquella potencia, al mismo tiempo que ayudaba la suerte de nuestras armas en los Países Bajos. Con efecto, el desastroso sitio de Ostende, después de diezmar á nuestro ejército durante dos años, terminó por la rendición de la plaza, merced á la feliz idea de encomendar el sitio al esforzado marqués de Spínola. Los ejércitos beligerantes, á causa de los próximos fríos, necesitaban respectivamente invernar en sus plazas para reponerse de sus quebrantos y descansar de sus fatigas, por cuya razón, después de aquel triunfo de nuestras armas, se estableció un tácito armisticio entre las fuerzas de ambos bandos. Rota la suspensión de las hostilidades á principios del año siguiente, duró la guerra hasta el mes de Abril de 1609, en que se firmó la famosa tregua de los doce años, descalabro inmenso para la importancia y la política de nuestro país. Aquella tregua casi obligada no era el recurso de un tratado, sino una ficción de la impotencia, tras la cual ocultaba su rostro la astucia de la debilidad, el disimulo del vencimiento. Pero este quebranto de nuestro prestigio no era el gran revés que la nación debía sufrir bajo la intrusa dinastía del marqués de Denia. Desde los tiempos de los Reyes Católicos, de Carlos I y FELIPE II, los moriscos habían sido objeto de terribles persecuciones. Los bautizos forzosos, las conversiones obligatorias y fingidas, las violencias de todo género, los planes de exterminio que contra ellos se fraguaban continuamente, los tenían dispersos por todos los ámbitos de la Península, no faltando quien aconsejara á los reyes su expulsión total. Ningún reinado, empero, había adoptado una medida desesperada que debía matar nuestras industrias, confiadas exclusivamente á los móriscos

en muchas regiones de España, puesto que la población española, en virtud de cierto privilegio de raza, se agrupaba en torno de la milicia y de la Iglesia. Reservada estaba esta funesta gloria al reinado del duque de Lerma, el cual, hallándose de virrey de Valencia en tiempos anteriores, había mostrado su odio profundo á la morisca, no sin vejarla y atormentarla de la manera más cruel, sin excluir cierto castigo que parece una fábula: la mutilación de las orejas. El bando increíble de 1609 (22 de Septiembre), concepción monstruosa del fanatismo, ordenaba «que todos los moriscos del reino de Valencia, hombres, mujeres y niños, bajo pérdida de la vida, se embarcaran en los puertos que cada comisario les señalase, sin permitirles sacar otra cosa que la parte de bienes muebles que pudieran llevar sobre sus cuerpos.» Calcúlase que más de 150.000 moriscos salieron de aquel reino, desde el 26 de Septiembre de 1609 hasta Marzo de 1610, en que tuvo lugar el segundo embarque, una vez sofocada la rebelión, tan justificada como impotente, á que dió origen el bárbaro martirio de una raza vencida. El edicto para la expulsión de los de Aragón, se expidió en 27 de Abril de 1609, habiendo salido de aquel territorio 74.000 personas, pertenecientes á 13.893 familias. Los de Cataluña, Andalucía y Castilla sufrieron á poco la misma suerte, y no falta autor que hace subir la cifra total de los expulsados á 1.000.000 de individuos, cuya mitad se componía de criaturas irresponsables, nacidas en tierra española por derecho providencial, á quienes se usurpó de un modo tan inicuo el sol de su patria. Llevada á cabo aquella especie de degollación de inocentes, como la de Herodes contra el niño Jesús, las artes mecánicas, la agricultura y el comercio quedaron como el hombre á quien quitan la sangre, puesto que el millón de las personas expulsadas era la mayoría de la clase trabajadora de nuestro país, despoblado y perdido, ora por los vicios y los despilfarros de la administración, ora por las continuas guerras, ora por la multitud asombrosa de monasterios, de órdenes, de prioratos y de abadías. ¡Triste condición la de aquel desdichado monarca! La debilidad es el fondo de su carácter; la inercia es su pasión, y la única vez que muestra energía, fué precisamente para dejar desiertos nuestros talleres, nuestras fábricas, nuestras factorías, nuestras costas, nue stras aldeas, nuestras ciudades, nuestros campos. Es indudable que tal tropelía pudo halagar por un momento el instinto fanático de aquel siglo, acostumbrado, á ver las cosas con la luz de la hoguera, porque Dios ha querido que el hombre tenga luz hasta para cegar; pero es más indudable todavía que la expulsión de los moriscos, considerada relativamente á la tendencia de atracción y de caridad que el catolicismo debe tener para con las gentes que no forman parte de su Iglesia, fué un atentado contra la religión; considerada relativamente al derecho, fué un atentado contra la justicia; considerada con relación á la conciencia, fué un atentado contra la humanidad; considerada con relación á la política, fué un atentado contra la nación española, un verdadero crimen de lesa patria. Por lo demás, el rey, dividiendo su tiempo entre la caza y las novenas, dejaba por completo las riendas del Estado en manos del de Lerma, quien, ensoberbecido por los favores que su señor le dispensaba, hizo un tráfico vergonzoso de los cargos públicos y de las mercedes reales, al decir de la historia, de cuya suerte alimentaba un lujo fastuoso y verdaderamente corruptor, poniendo fuera lo que faltaba dentro; y con el fin de acallar los rumores del descontento público, daba leyes encaminadas á reprimir una disolución y un boato que él era el primero en fomentar. Aquellas leyes querían decir: «sólo yo, el valido del rey, puedo ser disoluto.» Pero los festines tienen la contra de que no son eternos; y los saraos con que el duque de Lerma entretenía á los reyes, aunque salpicados con devociones, fueron interrumpidos por una desgracia dolorosa. El 3 de Octubre, de 1611, á los once días de haber alumbrado á Don Alonso, la reina Margarita de Austria fallecía en el Escorial. Después de este suceso, que no preocupó el ánimo del rey como las virtudes de su difunta esposa merecían, FELIE III hubo de sentir cierta comezón por seguir la politica de su padre, excitado por acontecimientos exteriores, y muéstrase parte en las contiendas que turbaban á Europa, pues dice el refrán que «nunca falta un mal litigio en donde no hay un buen abogado.» La prisión del duque Filiberto de Saboya; las humillaciones que España hizo sufrir á la república de Venecia, tan orgullosa en aquellos tiempos; la ocupación de la Valtelina y la célebre victoria de Praga, que parecía asegurar á Fernando II en el débil trono de Bohemia, son trofeos que corresponden en gran parte al monarca católico. Es verdad que tales empresas no produjeron sino resultados efímeros, que debían ser luego deplorables; pero hubo un momento en que parecía que alumbraban nuestro destino los brillantes albores de la casa de Austria. ¡Qué desventura! Mientras que los ilustres capitanes españoles sostenían el crédito de la marina y de los ejércitos de un pueblo invencible, tanto en Sicilia como en Nápoles, como el en Monferrato, como en la Valtelina y en Bohemia, levantando el espíritu nacional por mar y tierra con triunfos más gloriosos que útiles, la corte de Madrid y el palacio del rey eran un infierno. ¡Cuántas rivalidades, cuántas intrigas, cuántos odios, cuántas calumnias, cuántos crímenes, para asaltar la gracia de un soberano débil! ¡Cuántas miserias para hacerse señores del señor, sin que nadie tuviera virtud para enseñorearse de un esclavo! Lerma tenía ya poderosos rivales, no sólo en los planes ambiciosos de su propio hijo el duque de Uceda, sino en una falange de cortesanos que miraban con aversión su engrandecimiento, así como en aquel oscuro advenedizo, Ilamado Don Pedro Calderón, que empezó privando con el valido y acabó valiendo con el monarca, para lo cual tuvo que hacer un hoyo bajo las plantas inseguras del que había reinado más que el mismo rey. Los diferentes crímenes, verdaderos ó falsos, que se imputaban á su protegido Calderón; la repentina elevación de este favorito, á quien se habían dado, entre otras mercedes, los títulos de conde de la Oliva y de marqués de Siete Iglesias, y más que nada, los oscuros manejos de su hijo, quien no veía el momento de cabalgar sobre los hombros de su padre, hacían que la estatua del duque de Lerma principiara ya á vacilar sobre sus flacos pedestales. El duque acude á un recurso supremo, solicitando del pontífice la púrpura cardenalicia, como manera de perpetuarse en el favor del rey. Pero acudir al papa era desviarse del príncipe, y la púrpura del cardenal sirvió de pretexto á la malicia de sus enemigos para despedirlo de la corte. El cardenal recibe un pliego en que se le concede permiso «para retirarse á Valladolid ó á Lerma cuando quisiere.» Más funesta debía ser aún la terrible suerte de Calderón, acusado de absurdos delitos, privado de la libertad, sin más amparo que FELIPE III, cuya piedad, ó cuyo amor, era la mano que contenía el hacha del verdugo, pendiente sobre su cabeza; el hacha que cayó en el reinado venidero. Don Rodrigo pasaba por brujo; era necesario que el brujo muriese, y murió. El trueque de privanzas no mejoró, en manera alguna, ni la administración, ni las costumbres, ni la política. La inmoralidad se propagaba como nunca, el descaecimiento cundía y la situación de los reinos era tal, que se sufría en todas partes la miseria más espantosa: Llegamos al mes de Febrero de 1621, en que el rey enferma de una fiebre ardiente que, continuándola todo el roes de Marzocon ligeras intermitencias, acabó con su vida á las nueve de la mañana del 31 de aquel mes y año, cuando contaba 42 de edad y 22 de reinado. Príncipe piadoso, devoto, de genial apacible, pero enemigo del trabajo é indolente en demasía, rodeado siempre de validos á quienes ciegamente confiaba los cuidados del gobierno, lejos de ser el soberano que la España necesitaba para contener la decadencia que apuntaba en los últimos años del reinado de su padre, púsola más de manifiesto y colocó á la nación en la pendiente de la ruina. FELIPE III, como hombre, pudo llegar á ser modelo de virtudes; pero, según dice un sesudo historiador: «las naciones necesitan re

yes que sepan ser algo más que santos varones.» Ahora tenemos que decir dos palabras sobre la tregua de los doce años, cuyo tratado daba á Flandes el reposo de que carecía durante medio siglo, al par que aseguraba temporalmente la independencia de aquellas provincias, las cuales dejaban en realidad de ser españolas. En efecto, desde el instante en que España se rebajaba hasta el extremo de celebrar pactos con algunos súbditos rebeldes, sin tener ni aun bríos para rechazar sus humillantes condiciones, parecía firmar su sentencia de muerte, dando por inútiles los mil sacrificios de sangre y de oro que costaba á España la guerra de Flandes en el transcurso de cuarenta años. Pero seríamos injustos si atribuyéramos absolutamente á las agonías de este reinado aquellos olvidos irreparables del orgullo español, aquellos tristes decaimientos de la antigua fe, aquellas simuladas abdicaciones de la antigua grandeza, aquellas dudas tímidas que buscan el resguardo de un papel, para enmascarar las flaquezas del antiguo genio castellano. Una gran parte del desfallecimiento que se echa de ver en el período que aquí se reseña, no es otra cosa que la manda de los reinados anteriores. Antes palidecimos; ahora espiramos. Y como hay cantos que son exequias, podemos decir que allí se canta, aquí se muere.

¡Sí, nuestros apreciados lectores! Cuando un moribundo se empeña en cantar, su último trance se llama canto; pero aquel canto es realmente el último trance. Felipe II cantaba; FELIPE III moría. Y aquella exhalación sutil que se escapaba de nuestro espíritu, no podía volver, porque en la existencia de las naciones hay muchas idas que no tienen retorno. Es verdad; se fué aquel aroma de nuestra alma; pero nuestra alma no se ha ido. Felipe IV. Nació en 1605, de Doña Margarita de Austria y de Don Felipe III. Apenas contaba 16 años cuando el 31 de Marzo de 1621 ceñía á sus sienes la corona de España, como sucesor de su padre. El poco próspero reinado de Felipe III hacía esperar que el nuevo monarca enmendara los yerros pasados, en tanto que el pueblo creía verse libre de las odiosas camarillas, que no habían contribuído poco á la inevitable ruina del vasto imperio de Carlos V. Pero bien pronto hubo de verse que aquellas esperanzas eran fallidas, puesto que sólo se había cambiado de figuras y nombres. Desde que en 1615 el difunto rey había determinado poner cámara aparte á su hijo, éste se había entregado en cuerpo y alma á un hombre ambicioso é intrigante, que había de dejar atrás los excesos del duque de Lerma. Este hombre era Don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares. A fin de ganar crédito con la nación y con el rey, y aparentando querer desagraviar al reino de las ofensas y abusos cometidos por los ministros y consejeros anteriores, comenzó por desterrar de la corte á cuantos pudieran hacerle sombra. Una de las primeras víctimas fué el gran Don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, virrey que había sido de Nápoles, determinando su prisión, que se verificó en 7 de Abril de 1621. Otro de los sucesos más notables de los primeros días del advenimiento al trono de FELIPE IV, fué el suplicio de Don Rodrigo Calderón, que tenía lugar en la Plaza Mayor de Madrid el 21 de Octubre de 1621. El mismo duque de Uceda había sido preso en 24 de Abril, y sólo el capelo pudo librar al de Lerma de sufrir igual suerte. Estas medidas y algunas pragmáticas dadas para reprimir el lujo y desenfreno de la corte, tales como aqeell on rrtu udad cuur behbzo da célebre quema en las Platerías de los cuellos, valones, lechuguillas, randas, bordados y otras galas que la pragmática prohibía, y de que estaban atestadas las tiendas de los mercaderes, hicieron esperar que el conde-duque de Olivares guiase al monarca por una senda que condujese al público remedio de los males que se deploraban en la administración del Estado. Mas no tardó en dudarse de la sinceridad de sus intentos y en convencerse de que lo único que se proponía era alucinar al joven soberano con proyectos magníficos, los cuales, halagando sus esperanzas de engrandecimiento, para lustre de su corona y gloria de la monarquía, no hacíanotra casa que afirmar la nri vanza del favorito, asegurándole en el logro y aumento de su fortuna. La guerra de la Valtelina, que había de terminar con el tratado de Monzón, firmado en Enero de 1626, daba por resultado, después de tantos y tantos dispendios, una campaña muy gloriosa para nuestro nombre, pero sin utilidad de ningún género para la nación. En Alemania y Flandes, resucitadas también las antiguas guerras, conseguimos algunos triunfos, como la rendición de Breda (1621) y la batalla de Fleurus (9 de Agosto de 1622), sufriendo, en cambio, una larga serie de reveses parciales. La Valtelina, menos perdida que abandonada; las invasiones que sufrían los estados de Flandes; la desgraciada guerra del Rosellón y tantos inútiles esfuerzos que España hacía en el exterior, halagaban á FELIPE IV con las cándidas ilusiones de convertirse en el monarca más poderoso de la tierra; pero únicamente servían para dejar desierta á la nación de brazos de artesanos y de labradores, al par que, agotando todos sus tesoros, acarreaban necesariamente la miseria pública, único legado que pudo transmitir á sus sucesores. Pero el error más grave de la política del valido consistía en que, sin saberlo, prestaba ayuda á una liga formada contra nuestro país, y sólo de este modo puede explicarse la imprudente guerra con Francia. Las armas francesas fueron vencidas en Picardía, en Borgoña, en el Milanesado; pero algunas derrotas sufridas después, y sobre todo, la sublevación de Cataluña, fomentada tal vez por la misma Francia, había de cambiar su situación en un término no lejano. Las plazas del Principado fueron tomadas á viva fuerza por el marqués de los Vélez y Don Juan José de Austria, en 1652; pero España tuvo que celebrar el tratado de los Pirineos, en 1659, y dar una infanta por esposa á Luis XIV. La insurrección naciente de Portugal, que, después de consumir á España tantos hombres y tanto dinero, hubo de dar por fatal resultado la emancipación de esta nueva provincia española, que proclamaba por su rey al duque de Braganza con el nombre de Juan IV; el levantamiento de Masaniello, en Nápoles, en 1648, y la paz de Münster, ajustada con los holandeses, en 1648, fueron los sucesos más memorables de este reinado, que no parece sino que había venido para dejar jirones del antiguo manto en donde quiera que sus mantos tocaban. En tanto que esto acontecía, FELIPE IV, desvanecido con las fiestas que el Conde-duque preparaba continuamente para alucinar sus pasiones, celebrando como victorias los más terribles descalabros, se entregaba á los lances amorosos, que le conquistaron la fama de rey galante y aventurero, sin que la protección que dispensó á las letras. le hiciera ganar mejor renombre. Así sucedió,que-entre batallas, que eran días de luto, y festines, que eran días de disolución y de olvido, la nación española se había tornado en un esqueleto, cuya osamenta se descomponía, sin tener siquiera la unidad de la momia. Triste fué la vida de FELIPE IV, pero ¡cuánto más triste no fué su muerte! El tañido de la campana que anunciaba el último trance de un rey, no anunció la muerte de FELIPE IV, sino la terrible agonía de un pueblo heroico. Al monarca de esta reseña se puede aplicar la siguiente famosa quintilla: Con tu vida nos perdiste, con tu muerte nos mataste; pues si tal muriendo hiciste, ó cuando moriste, erraste, ó erraste cuando naciste. Muerto FELIPE IV, nos encontramos con una reina poco cuidadosa de su honor y del honor de España; con un jesuíta negociador, astuto, fanático, y con un príncipe enfermizo, flaco, imbécil, el cual, más que á un pueblo, pertenecía á las brujas. La reina era Doña Mariana de Austria; el jesuíta, el padre Nithard; el príncipe, Carlos II el Hechizado. La dinastía austriaca da comienzo en un conquistador y muere en una cortesana, en un fraile, en un chiquillo mal acondicionado y enteco. ¡Grandes fueron las glorias, pero grandes son las exequias! ¡Ay! Y ¡quién sabe si estas exequias vienen de aquellas glorias!

¡Quién sabe si el mundo se engaña en el reparto de las apoteosis y de los martirios! ¡Quién sabe si las coronas de laurel se mustian con el sol de los siglos y se tornan luego en coronas de espinas! Prepárense ahora nuestros apreciables lectores para entrar en la guerra de los doce años; la guerra Ilamada de sucesión. ¡Qué. confusión tan horrorosa! ¡Qué espectáculo tan tremendo! El pueblo español no puede extinguirse, ni perderse, cuando ha resistido á tantos desastres y á tantas perdiciones. Felipe V. Quizás nación alguna ha atravesado situaciones tan críticas, períodos tan graves y días tan revueltos como la española. Sucede á los pueblos, en nuestro humilde juicio, lo propio exactamente que á los individuos, y es que una desgracia no les llega nunca sola, que á una sucede otra, y luego otra, formando, por decirlo así, una larga cadena cuyos pesados eslabones arrastra á veces durante siglos, negros como el abismo y largos como la eternidad. Después del reinado del tristemente célebre Carlos II, vulgarmente llamado el Hechizado, presa arrojada por su propia madre á la Inquisición, al objeto de que ésta no se ocupase de su vida licenciosa; príncipe desdichado que no podía salir de su aposento sin recibir la bendición de un sacerdote, que no tomaba alimentos que no estuvieran benditos, y que no tenía más distracción que los conjuros, las rogativas, las penitencias y los horrorosos autos de fe, entre los cuales merece especial mención el de 1680, en que fueron castigados ochenta reos, y de ellos, veintiuno ahorcados y quemados en el Quemadero de las afueras de la puerta de Fuencarral; después de los escandalosos amores de la madre de Don Carlos, la célebre Doña Mariana de Austria, con el favorito don Fernando de Valenzuela, que á su juventud y gallardía debió el ser elevado á la alta dignidad de primer ministro, marqués de san Bartolomé de los Pinares y grande de España; después de la ridícula farsa del exorcismo del rey; de la insolente regencia del cardenal Portocarrero; de la secreta tiranía del confesor de la reina, el jesuíta alemán Padre Nithard; de la ineptitud del duque de Medinaceli y de los despilfarros del conde de Oropesa; sin marina, sin ejército, empobrecida, insultada, vendida cien veces, aún le quedaban á la noble España nuevas amarguras que sufrir, nuevas lágrimas que verter, nueva y abundante sangre que derramar.

Veámoslo. El cardenal Portocarrero, á quien generalmente se creyó en inteligencias con Francia, no bien espiró el rey Carlos II (1.° de Noviembre de 1700), cuando, apoyado en su testamento, se apresuró á proclamar por rey de España al duque de Anjou, nieto de Luis XIV, bajo el nombre de FELIPE V, ayudado del inmenso poder de la nación francesa. Dos partidos, tan resueltos como poderosos, disputaban el trono de España: el alemán, que favorecía las pretensiones de la casa de Austria, y el francés, que apoyaba resueltamente al duque de Anjou. Tan luego como este príncipe conoce su proclamación por el Cardenal, cuando inmediatamente se encamina á España y entra en Madrid el 14 de Abril de 1701. Los españoles, dice un distinguido escritor, acostumbrados á ver al epiléptico, pusilánime y desdichado rey Carlos II, se entusiasmaron al contemplar aquel joven gallardo, apuesto y valiente, y le hicieron un entusiasta recibimiento. La Flandes española, el Milanesado y Nápoles, casi todas las potencias le reconocen, menos Viena. Apenas llegado á Madrid, el cardenal Portocarrero aconseja á FELIPE, si quiere ganar las simpatías de sus súbditos, que reforme los antiguos abusos, que suprima empleos inútiles, y que aminore los gastos de la casa real. FELIPE V se enlaza con María Luisa Gabriela, hija del duque de Saboya, y una de sus primeras medidas es igualar á los pares de Francia con los grandes de España, decreto antinacional que le acarreó el odio de una gran parte de la nobleza. El conde de Melgar, almirante de Castilla, y otros grandes, desterrados por Portocarrero, inducen secretamente al Austria á defender con las armas en la mano, lo que ellos Ilaman sus derechos de familia. Inglaterra, descontenta con Luis XIV por la acogida que daba á los Stuardos, entra en la liga formada por Austria y Holanda contra Francia y España. En Cataluña y Nápoles fermenta la insurrección, y FELIPE V marcha á Italia. El duque de Vendôme despliega allí sus grandes talentos militares, y FELIPE muestra su valor en la batalla de Luzara, que le asegura el dominio de Italia y le conquista las plazas de Luzara y Guastala. Muere Guillermo III de Inglaterra; pero su sucesora, la reina Ana, prosigue sus planes y entrega el mando de las tropas que deben obrar en Flandes, al célebre general lord Malborough. Las escuadras combinadas de Inglaterra y Holanda se presentan delante de Cádiz, de donde son rechazadas; pero marchan sobre Vigo, destruyen las escuadras española y francesa y se apoderan de gran parte de las riquezas que la nuestra transportaba, escoltando los galeones de América. Semejante noticia causa en Madrid el más profundo terror. Tan sólo la reina se muestra á la altura de las circunstancias. Vende sus alhajas, ordena, suplica y excita á los nobles y al clero, que se apresuran á levantar varios regimientos á su costa. El conde de Melgar ataca desde Lisboa en un notable manifiesto el testamento de Carlos II, que califica de una intriga del cardenal Portocarrero, y proclama como rey de España al archiduque de Austria, bajo el nombre de Carlos III, arrastrando con él numerosos partidarios. Torna FELIPE V de Italia y confía al francés Orri el cuidado de la Hacienda. El Gobierno se apodera de las cantidades remitidas de América á los particulares, y este grave atentado al derecho de propiedad le enajena las simpatías del comercio. La corte se divide; unos quieren Ilamar en su auxilio á los franceses y otros lo consideran indigno, y entretanto la sangre española corre á torrentes por defender á dos principes igualmente extranjeros. El archiduque Carlos marcha á Lisboa (1703), y ayudado de Portugal, que entra en la liga, se prepara á conquistar el trono de España. FELIPE V, para impedirlo, invade el territorio portugués, rinde la fortaleza de Portalegre, tala el país hasta las riberas del Tajo y hace 5.000 prisioneros; pero en cambio lord Malborough derrota en los Ilanos de Oscech á los franceses y, bávaros reunidos; y los ingleses sorprendieron á Gibraltar (1703), que en vano se pretende luego reconquistar, y que aun hoy es un insulto permanente á la honra de España. Ante las murallas de Gibraltar se desgracían los generales Berwick y Tesse y termina la influencia de Portocarrero. Si de la guerra pasamos á la administración, la historia nos dice que FELIPE entrega todos los puestos del Estado á sus paisanos los franceses, y con semejante conducta aumenta los partidarios del Austria. Mientras que el ejército español se consume ante los muros de Gibraltar, los portugueses se apoderan de Salvatierra, Alburquerque y Alcántara; el archiduque, con la escuadra inglesa y holandesa que viene á buscarle á Lisboa, desembarca en las costas de Valencia (1704), y mejor aconsejado que FELIPE, ofrece exención de contribuciones á los que le sigan: Tortosa y Lérida le abren sus puertas; sitía á Barcelona por mar y tierra; y siendo poca la quarnición y los habitant-s deseosos de rendirse, entra en ella en 1705. Muere el emperador de Austria Leopoldo, pero su heredero José prosigue con mayor empeño la lucha: FELIPE vuelve á llamar al duque de Berwick, encargándole que detenga en su marcha victoriosa al ejército portugués, mientras él se dirige á Barcelona, que bloquea por mar una escuadra francesa. Ya la bandera de FELIPE flotaba sobre Montjuich, cuando se presentan las escuadras inglesa y holandesa y obligan á huir á la de Francia. DoN FELIPE emprende una desastrosa retirada, y no fiándose de los aragoneses, deja su ejército al mariscal Tesse, y atravesando con grandes peligros Navarra y Castilla, entra en Madrid, en donde halla tan abatidos á sus partidarios como orgullosos á los del Austria. El cuadro que España presenta en esta época no puede ser más terrible. Los hijos combaten contra sus padres, los hermanos luchan contra sus. hermanos; los monjes abandonan sus celdas; en Madrid, los partidarios de Austria sufren la confiscación de sus bienes,

y en Barcelona, los edictos de FELIPE son quemados por mano del verdugo. Apenas llegado DON FELIPE á Madrid, sabe que el ejército angloportugués se ha apoderado de Ciudad. Rodrigo y Salamanca, batiendo al duque de Berwick, y abandona precipitadamente la capital, marchando á Burgos. Pocos días después, entran los aliados en Madrid, mandados por el duque de Galway y el marqués Das Minas, y proclaman por rey al archiduque Carlos, que se hallaba sometiendo algunos pueblos de Aragón y Valencia, y que no tarda en venir á ocupar su disputado trono; pero es tal el desvío que el pueblo de Madrid le muestra, y tal la soledad que nota en sus calles, que el archiduque, no viendo gente ni siquiera en los balcones, al llegar á la plaza Mayor no pudo menos de exclamar: Este es un pueblo desierto. No: era sencillamente que Madrid y las dos Castillas estaban por FELIPE V, así como Barcelona, Aragón y Valencia lo estaban por él. Al triunfo de los aliados en España, siguieron la derrota del ejército francés, mandado por Villeroy, en Ramilliers, alcanzada por lord Malborough; el reconocimiento de Don Carlos, como rey de España, por Toledo; la sumisión de Alicante, y la entrega del conde de Santa Cruz, en Cartagena, con los restos de la escuadra. Estas victorias, que parecían asegurar la corona de España en la frente del archiduque, se malogran por la vida muelle y regalada á que los aliados se entregan, por nuestros ricos vinos, que perturban sus cabezas, y por nuestras hermosas mujeres, que hieren de muerte sus corazones. El duque de Berwick comienza por interceptarles los convoyes, y ayudado por los muchos partidarios que DoN FELIPE contaba en Madrid, termina por arrojarlos de la capital (1706), en la cual entra victorioso FELIPE V, después de una ausencia de tres meses. Otra vez su imprevisión y su crueldad se manifiestan, confiscando todos los bienes de los parciales del Austria. La vida de FELIPE V es una cadena no interrumpida de triunfos y reveses: el campo de la guerra era inmenso, y en él las victorias y las desdichas se sucedían de un modo continuo. Cierto es que regresó á Madrid, pero no lo es menos que el príncipe Eugenio batió á los franceses en Turín, y arrancó á la casa de Borbón, Milán, Mantua y el Piamonte, primero, y luego Nápoles. El duque de Berwick gana la célebre batalla de Almansa (1707) á los ingleses y portugueses, mandados por el duque de Galway, haciéndoles 5.000 bajas, cogiéndoles 10.000 prisioneros, todos los bagajes y gran parte de la artillería, y 120 banderas, y salvándose Galway gravemente herido. El duque de Orleáns toma el mando de este ejército victorioso, y aprovechándose de la fortuna de Berwick, entra en Lérida y Zaragoza, apela al sistema del terror y ahorca á todo ciudadano, sin distinción de clase ni jerarquía, que se niega á vitorear á FELIPE V. En cambio de estas victorias, la rebelión estalla en Cerdeña, los franceses son batidos en Italia, y el emperador de Marruecos arranca á España la fortaleza de Orán, ganada por el inmortal cardenal Cisneros. Tan larga y sangrienta guerra había agotado los recursos todos de los combatientes, que entablan negociaciones de paz. Luis XIV (¡qué iniquidad!) Ilegó á ofrecer la nación española al Austria, como si fuera propiedad suya, comprometiéndose á devolver al emperador cuanto sus tropas le hubieran conquistado y reconocer á la reina Ana; pero los confederados, no fiándose de sus promesas, ó temerosos de la lucha que tendrían que sostener para arrojar de España á FELIPE y someter á los nobles comprometidos en su causa, le exigieron que fuera él mismo quien arrojara de España á su nieto. La situación del país y las vicisitudes de la guerra se reflejaban en todas las clases, y la misma corte era teatro de las más violentas escenas. Celoso FELIPE de la popularidad que había logrado el duque de Orleáns, le hizo abandonar el país y llamó en su auxilio á Portocarrero. El cardenal abandonó su retiro, y merced á sus consejos, FELIPE nombró por sus ministros á dos nobles españoles, Medinaceli y Bedmar, ante cuya elección la nobleza y el clero se impusieron nuevos é importantes sacrificios. Por desgracia de FELIPE, cuya vida estállena de peripecias, Portocarrero falleció cuando más necesitaba de sus consejos y de su ayuda. El gran ejército que la nación levantó fué derrotado en Malplaquet y en Flandes. Medinaceli, dando á las negociaciones de paz una dirección equivocada, y abusando de los secretos de Estado, trató de la paz aisladamente con la Holanda; pero el embajador inglés lo denunció, y el duque fué sentenciado á morir, conmutándosele la pena por encierro perpetuo. Dos grandes sucesos tuvieron lugar, tan favorable el uno como desgraciado el otro para el Austria. El archiduque Carlos y sus partidarios, dando una prueba de increible energía, entran en Zaragoza, y rápida y audazmente se dirigen sobre Madrid, obligando á FELIPE por segunda vez á abandonar la capital y refugiarse en Valladolid, desde cuyo punto llama en su socorro al general francés duque de Vendôme (1710), que con 30.000 hombres se lanza sobre Madrid y obliga al archiduque á retirarse á Barcelona. DON FELIPE y su general, comprendiendo lo grave de la situación, no se dan punto de reposo, derrotan á los aliados en Brihuega, y luego, en la famosa batalla de Villaviciosa. Luis XIV aprovecha tan favorable ocasión y renueva sus proposiciones de paz; pero los aliados insisten en que arroje él mismo de España á su nieto. La paz se juzgaba imposible, cuando dos acontecimientos inesperados vienen fatalmente á imponerla: una intriga priva á lord Malborough del mando de los ejércitos que tan bizarramente había dirigido, y el emperador José de Alemania muere repentinamente (1711), viniendo á recaer el trono en el archiduque Carlos, pretendiente á la corona de España. La Europa, dice un eminente historiador, que temía la unión de las coronas de Francia y España en una sola familia, teme más ver las de España y Alemania, como en tiempos de Carlos V, y sus embajadores, reunidos en-Utrecht, firman el tratado de paz de este nombre (1712), renunciando FELIPE á la corona de Francia, y los duques de Orleáns y de Berry á la de España, terminando así aquella sangrienta guerra conocida en la historia por la querra de sucesión, que duró doce años mortales, costó la vida á muchos miles de hombres y arruinó por completo á nuestra desdichada nación, que en tan largo espacio de tiempo tuvo dos reyes, cada uno de los cuales reinó sobre un trozo de tierra y desoló la otra media que correspondía á su enemigo. Hecha la paz, FELIPE V convocó las Cortes en Madrid, presentándoles una ley de sucesión masculina, excluyendo á las hembras del trono, ley análoga á la de Francia, conocida con el nombre de Ley Súlica. Los diputados rehusan adoptarla, alegando su falta de poderes; DON FELIPE los hace pedir á las ciudades, y los diputados, competentemente autorizados, adoptan el 10 de Marzo de 1713 la preferencia de los varones á las hembras, aun de la línea directa, modificando la Ley Sálica, que las excluía completamente. Quedaba por someter la indomable Cataluña. La entrada de los ejércitos de FELIPE V en su territorio no amengua el valor de los catalanes, y el abandono en que los aliados los dejan, después de haberles ofrecido la reconquista de sus fueros, no disminuye su entereza. El duque de Berwick, al frente de cincuenta batallones, sitía á Barcelona é impide la llegada de las tropas que en su auxilio enviaba Tarragona. Sesenta y un días lanzaron las baterías sus fuegos contra la heroica ciudad; Berwick les propuso una capitulación que los catalanes rechazaron por no contener la promesa de que les serían conservados sus fueros y privilegios. El 11 de Septiembre de 1714 se dió el asalto general por las siete brechas abiertas; pero los catalanes le rechazan con grande energía; los frailes corren á la brecha y combaten como héroes; cada parte de la ciudad es un campo de batalla, la carnicería es horrorosa; pero la lucha entre cincuenta batallones aguerridos y un puñado de hombres no podía ser más desigual. Once veces se perdió y ganó el baluarte de San Pedro: retirados los sitiados á la ciudadela, aun se resistieron tenazmente; hasta que agotadas las municiones, diezmados los combatientes y en ruinas la ciudad, izaron bandera

blanca, pidiendo aún la restitución y conservación de sus fueros, y ofreciendo por ello ricos tesoros, pero en vano; de repente se levantó una voz de: ¡mata y quema! y las calles volvieron á inundarse de sangre, y otra vez los barceloneses pretendieron luchar, aunque inútilmente. Barcelona quedó vencida; sus hijos desarmados; el cuchillo necesario para el servicio, atado con una cadena á la mesa; los principales jefes, condenados á perpetuo encierro; un obispo y 200 clérigos, desterrados; los estandartes de Cataluña, quemados públicamente, abolidos sus fueros y privilegios, destruída la famosa institución de los concelleres, después de cuatrocientos setenta y cinco años de una vida sin mancha, y condenada la campana Honorata de la catedral de Barcelona á ser descolgada y despedazada, por haber tañido á somatén en aquella horrorosa hecatombe. ¡Puede concebirse mayor barbarie! A poco de firmada la paz de Utrecht, fa Ileció la esposa de FELIPE V. El rey parecía inconsolable; pero como todo tiene un término, lo tuvo también el dolor del monarca, y la hermosa princesa de los Ursinos, favorita que había sido de la difunta reina, lo fué también del rey. Cuentan los maliciosos que el cardenal Giudice hizo al rey fijar la vista en ella, y ella, agradecida, hizo al rey nombrar su ministro al cardenal: lo cierto es que la princesa aparece, durante un largo espacio de tiempo, como la dispensadora de todo favor; ella nombra y depone los ministros; ella, en fin, gobierna á España y logra del rey que vuelva á llamar al francés Orri, para concertar el ramo de Hacienda, si bien, á causa de su enemiga á los usos y costumbres del país, no tarda en dejar el gobierno. El poder que la princesa ejerció de un modo tan absoluto, fué un arma de dos filos que no tardó en volverse en su contra. Con efecto, cierto abate parmesano, joven y ambicioso, el más tarde célebre cardenal Alberoni, se hizo presentar por el duque de Vendôme á la bella favorita; se sirvió de ella para sus planes ambiciosos, logrando obtener por su mediación la representación de Parma en España y concertando más tarde la boda del rey con Isabel de Farnesio, heredera del ducado de Parma, á pretexto de que por su carácter débil podría la princesa someterla más fácilmente á su dominio. La princesa cayó en el lazo, á pesar de su reconocida habilidad, lo cual habla muy alto en favor del astuto abate, y Alberoni, una vez realizada la boda, no sólo alcanzó el destierro del cardenal Giudice y el capelo de cardenal con que le honró el papa, sino que, alarmando con pérfida sagacidad los celos de la joven reina, hizo desterrar en 1715 á su protectora la princesa y al ministro Orri. Alberoni, genio profundo y hábil político, con el pretexto de combatir á los turcos, contra los cuales envió una escuadra que les obligó á retirarse de Corfú, obtiene del papa el décimo de las rentas de la Iglesia para destruir á los infieles, aunque sirvió en realidad para la reconquista de Italia por España. Francia, sospechándolo acaso, se niega á entrar en la liga; pero Alberoni urde una conspiración en París encaminada á arrebatar la regencia al duque de Orleáns y darla á DON FELIPE V (1718); y mientras las cortes de Londres, Viena, Paris y el Haya tratan de oponérsele, Alberoni manda á la escuadra española, que estaba en Italia, que se apodere de Cerdeña. Desgraciadamente, nuestra escuadra, acometida por otra inglesa, se ve obligada á retroceder: los ingleses atacan y saquean á Vigo, y el duque de Berwick, el mismo que antes combatió en favor de FELIPE V, se apodera entonces, en nombre de Francia, de San Sebastián y Fuenterrabía. Los planes de Alberoni habían fracasado, y el rey, para obtener la evacuación de dichas plazas, se ve obligado á desterrarlo (1720). La escuadra española, enviada á Ceuta, logra rechazar á los moros, que durante veinte años habían estado sitiando esta importante plaza. Aprovechando unos momentos de paz, FELIPE V levanta en el declive de la montaña de Guadarrama el magnífico sitio de San Ildefonso (La Granja), á imitación del Versalles de Francia, y á él se retira fatigado y melancólico, abdicando la corona en su hijo mayor Don Luis (1722), á pesar de los ruegos de su esposa y de sus parciales. Estaba escrito que DoN FELIPE no gozase de la paz, y al primer año de reinado falleció su hijo Don Luis, de viruelas. De nuevo empuñó el cetro DON FELIPE, y de nuevo cayó en las redes de otro célebre favorito. El barón de Riperdá, holandés de nacimiento y embajador de su país en España, sugirió al rey la idea de la paz con Austria, que realizó, siendo creado en premio de tal servicio duque, grande de España y ministro; pero como su talento era casi nulo, el embajador de Inglaterra le arrancó un secreto de Estado, y Riperdá fué encarcelado en el alcázar de Segovia, de donde logró fugarse al Africa, en compañía de una joven de la ciudad, que le proporcionó la huída, llegando á ser ministro del emperador de Marruecos. Este hombre singular fué en poco tiempo holandés y protestante, español y católico, moro y renegado. Una nueva contienda con Inglaterra costó á España 10.000 hombres, malogrados ante el inexpugnable Peñón de Gibraltar, y la muerte del duque de Parma vino á agravar la situación. Don Carlos de Borbón heredó el reino de Parma, como hijo de Isabel de Farnesio, sucesora de su padre el duque; pero el Austria se opuso, y FELIPE V resolvió sostener con las armas el derecho de su hijo. Entretanto, el ejército español, á las órdenes del duque de Montemar, desembarca en Africa y tras sangrientas batallas conserva á España las importantes plazas de Ceuta y Orán, tenazmente atacadas por los moros. La reina, orgullosa con estas victorias, y teniendo en cuenta la triste situación de Italia, persuade á FELIPE que recobre las dos coronas de Nápoles y de Sicilia: el rey se coaliga con París y Turín contra el Austria; el ejército de Montemar pasa á Italia, derrota á los austriacos en Bitonto, y coloca en menos de un año (1734) en el trono de Nápoles á Don Carlos, que al fin es reconocido por el Austria, recibiendo por ello, y á modo de indemnización, los ducados de Parma y Plasencia. Asesinados por el populacho en Roma algunos oficiales españoles, DON FELIPE reclamó enérgicamente el castigo de los culpables. El papa se negó en un principio; pero al ver la resuelta actitud del monarca español, cedió, entregando á los asesinos, que sufrieron el rigor de la ley. El contrato entre Inglaterra y España para surtir de negros á las colonias, y la cuestión de límites de la Florida y la Carolina, producen una nueva guerra: los ingleses devastan á Portobelo, pero su ejército es derrotado en las costas de Cartagena, perdiendo 20.000 soldados y marinos á los rigores de la peste y del hierro (1740). Extinguida con la muerte de Carlos VI la línea masculina de la casa de Austria, muchos competidores disputan el trono imperial, entre ellos, FELIPE V, impulsado por la ambición de su esposa Isabel de Farnesio, que deseaba una corona para su otro hijo. Los ejércitos españoles vuelven á Italia; pero con tal desgracia, que á pesar de los auxilios del rey de Nápoles Don Carlos (luego rey de España con el nombre de Carlos III), pierden 3.000 hombres en la batalla de San Lázaro, de tristísima recordación. Tal era el estado de la guerra y la situación de Europa, cuando FELIPE V falleció, á la edad de 62 años, en 1746, á los 46 de reinado, que es el más grande que se conoce en nuestra historia. En resumen: FELIPE V, hombre de gran valor y no escasa ambición, pero indolente y un tanto melancólico, se entregó y entregó el gobierno del país en manos de sus esposas y de sus ministros, dejándose llevar á guerras tan costosas como inútiles, trocando á la altiva España en una colonia de Francia, y debiendo su trono, más que al amor de sus súbditos, á las bayonetas extranjeras, que un día se volvieron en su contra. No podríamos negar nosotros, sin merecer la fea nota de parciales, que supo disciplinar y crear un buen ejército y una respetable marina; que mejoró la administración y la Hacienda; que reformó los tribunales; que en su tiempo, y á pesar de las continuas guerras, se pensó por primera vez, y de una manera formal, en establecer estrechas relaciones entre la madre patria y sus colonias; que celebró un concordato con la Santa Sede; que atrajo á la capital renombrados artistas, que devolviesen al buen gusto el imperio que había perdido; que em

prendió. y llevó á cabo la construcción del actual palacio—por haberse incendiado en la Noche-Buena de 1734 el antiguo alcázar de Madrid—que á él se deben algunas obras de reconocida utilidad, tales como el puente de Toledo, el Seminario de Nobles, el teatro de los Caños del Peral, el del Principe y el de la Cruz, la iglesia de San Cayetano, la fábrica de tapices, llas fuentes públicas de la Puerta del Sol, Antón Martín y Red de San Luis; el gabinete de Historia natural, el hospicio y algunos hospitales. También se le debe que en 1712 se abriera por primera vez al público la Biblioteca Nacional, con el título de Real Librería, la cual en un principio sólo constaba de los libros que el monarca le regaló, quien, además de suplir todos los gastos de su instalación, le dió reglamentos, en 1716, ordenando «que de toda impresión que en sus reinos se hiciere, se le enviase un ejemplar, » y nombrando para su servicio un bibliotecario mayor, y otros varios; y por último, consignaremos que, durante su reinado, se crearon las Academias de la Historia y de la Lèngua, la última de las cuales realizó en aquella época una obra notabilísima, la publicación de un libro que nunca será ni bastante elogiado ni bastante aplaudido, el Primer Dicciovario de la lengua castellana (1726), llamado de Autoridades, que vió la luz á expensas del rey DON FELIPE V, á quien, en justo tributo de agradecimiento, está dedicado; monumento grandioso elevado al idioma de Casti Ila por aquellos insignes patricios, resumen feliz de la erudición española hasta aquel día, y timbre el más glorioso de la vida del rey FELIPE V en todas las edades venideras.

Felipe-Augusto, rey de Francia, segundo de este nombre y séptimo de la dinastía de los Capetos. Nació en el mes de Agosto de 1165, y fué el primogénito de Luis VII y de Alicia ó Adelaida, hija de Tibaldo, conde de Champagne. Consagrado en vida de su padre, en Reims, primero, y después en San Dionisio, subió al trono en 1180, no sin verse durante algún tiempo cohibido por las opuestas influencias de su madre y de sus cuatro tíos Enrique y Guillermo de Champagne, Tibaldo de Chartres y Esteban de Saucerre, así como por la de Felipe de Alsacia, conde de Flandes y su tutor, que le hizo contraer matrimonio con su sobrina Isabel de Hainaut, el cual le aseguraba, á la muerte de su tío, la herencia de Artois y de una parte de sus dominios. Después de haber dado muchos edictos contra los herejes, blasfemos, histriones y comediantes, aliado con el conde de Flandes, sacudió la tutela de su madre y de sus tíos, y por último, emancipándose también de éste, combatió con decisión la liga formada por él con los príncipes de Champagne y Hugo III de Borgoña, y aunque vencido en un principio, alcanzó más tarde, con la mediación de Enrique II de Inglaterra, la cesión del Vermandois, á que, por la muerte de la esposa del conde de Flandes, ocurrida en 1182, se creía con derecho. Asociándose á los esfuerzos que por todas partes se intentaban para sostener la paz pública, obligó al señor de Beaugin, al conde de Chalóns y al duque de Borgoña á respetar los bienes de la Iglesia y á reconocer la prerrogativa real; y creando las milicias comunales, impidió las vejaciones y saqueos que afligían á lós pueblos, y principalmente, al clero, el cual era víctima á cada paso de matanzas horribles. De 1186 á 1189, FELIPE reanudó las guerras de su padre contra Enrique II, acabando por imponerle en 1189 el célebre tratado de Azai-surcher. A la muerte de Enrique II, renovó con Ricardò, llamadõ mas tárdè Corazón de León, que había sucedido á Enrique en el trono de Inglaterra, un pacto de amistad y de alianza; pero sus diferencias de carácter no tardaron mucho en anular este tratado. No obstante, la tercera cruzada retardó el rompimiento, que por fin estalló, primero, en Sicilia, con motivo de la dote de Alicia, hermana de FELIDE, que debía casar con Ricardo, y más tarde en Palestina, adonde ambos monarcas habían acudido, por diferencias acerca de la toma de San Juan de Acre, en 1191. Fatigado FELIPE de estas discordias, y quebrantada su salud por el clima del Asia, volvió á Europa con la intención de aprovecharse de la ausencia de su rival para usurparle algunas provincias que en Francia poseia. En efecto, explotando la ambición de Juan-sin-tierra, contribuyó á promulgar la cautividad de Ricardo en Alemania, y á pesar de la intervención del papa, invadió la Normandía, hasta que, detenido por la enérgica resistencia de Rouen, dió lugar á que Ricardo, libre de la prisión, corriera en defensa de sus estados y le derrotara en 1194. Sin embargo de esta derrota, bien pronto halló FELIPE en el derecho feudal un medio de arrebatar á Juan-sin-tierra sus provincias francesas; pero no pudo emprender la lucha hasta haber obtenido, en 1201, la absolución de Inocencio III, que había renovado en 1200 la excomunión lanzada contra él, y el entredicho en que había puesto su reino Celestino III, en 1197, á causa del repudio de su esposa Ingelburga de Dinamarca y del matrimonio con Inés ó Agnés de Merania, abandonada en 1201 y muerta poco después. Aliado con Arturo de Bretaña, recibió el homenaje de todas las posesiones inglesas de Francia; atacó la Normandía y el Poitou y emplazó á Juan-sin-tierra ante la Cámara de los pares, acusándole de la muerte de su sobrino Arturo é influyendo para que fuese condenado á la confiscación de todos sus dominios franceses, excepto la Guiena. Encargado de dar cumplimiento á esta sentencia, invadió la Normandía, el Anjou, la Turena y el Poitoué impuso á Juan un tratado que le enseñoreó de las provincias conquistadas y le valió el gobierno de la Bretaña durante la minoridad de Alicia. De 1200 á 1204, la cuarta cruzada fué predicada por Foulques de Neuilly; pero FELIPE no tomó parte alguna en ella. De la misma suerte obró con respecto á la cruzada contra los albigenses, no queriendo entrar en lucha con el papado ni echar sobre sí la odiosidad de las provincias del Mediodía, con lo cual, antes de que la guerra terminara, recogió el fruto, de su prudencia, aceptando el homenaje de Simón de Monforte y amparando con su protección á Montpellier, en 1216. Hasta aquí se ocupó exclusivamente de los asuntos del Norte, ligando más estrechamente las provincias á la corona y creando en Bretana una dinastia francesa, mediante el casamiento de Alicia con Pedro Mauclure (1209). La extensión de su poder ó de su influencia y el vigor de su gobierno, asustaron de tal modo á los barones y grandes feudatarios de las provincias conquistadas, que Juan creyó que con el apoyo de la Alemania y del feudalismo francés, podría volver á emprender la lucha. Sin embargo, FELIPE triunfó bien pronto de su principal aliado Reinaldo de Bolonia, é invitado por Inocencio III á tomar posesión de Inglaterra, que le acababa de donar, emprendió con júbilo (1213) los preparativos de una expedición que Juan hizo inútil humillándose ante el pontífice. FELIPE entretanto, haciendo un Ilamamiento á las milicias comunales, triunfaba en 1214 en la célebre batalla de Bouvines del conde de Flandes y del emperador Othon IV, y consolidaba sus conquistas, mientras que, sosteniendo á los barones de la Iglesia de Inglaterra contra Juan, que acababa de violar la Magna-carta, aceptaba la corona de aquella nación para su primogénito Luis. La muerte de Juan, las derrotas de Lincoln y de Douvres (1217) pusieron bien pronto fin á este efímero reinado, quitando la minoridad de Enrique III todo temor respecto á Inglaterra y dejándole dedicar sus últimos años al cuidado de los negocios del Mediodia, hasta su muerte, ocurrida en 1223. FELIPEAUGusro fué uno de los monarcas que más activamente trabajaron para fundar la unidad francesa. Confirmó la alianza del poder real con la Iglesia y con las municipalidades; reglamentó la administración judicial; creó cuerpos de tropas mercenarias para seguridad de las ciudades y de los caminos; dió nuevos estatutos á la universidad, la hija mayor de los reyes, como la apellidaba; cercó de nuevo á París; hizo empedrar sus plazas y calles más importantes; fundó el Tesoro de Chartres; emprendió la obra del castillo del Louvre; continuó la de Nuestra Señora; dejó proyectados los mercados y el Hotel-Dieu, y, al fundar una verdadera monarquía con la incorporación á sus dominios de todos los estados dispersos, agregados á su co ToOMO H 8o

FÉLI rona, justificó el que algún historiador le haya llamado el Carlo Magno Capeto. Felipe el Hermoso, rey de España. Hijo de Maximiliano I, archiduque de Austria, y de María de Borgoña; nació en 1478. Heredó de su madre el reino de los Paises-Bajos, en 1482, y el de Castilla, por haber casado en 1490 con la desdichada Doña Juana, hija de los Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel, y á quien el amor que profesó á su marido ha hecho pasar á la historia con el sobrenombre de Doña Juana la Loca.

FELIPE, que tenía un entrañable cariño á los flamencos, se negaba á abandonar sus estados de Flandes, y sólo las vivas instancias de su suegro, Don Fernando el Católico, le decidieron á dejarlos para venir á tomar posesión de los reinos de Castilla. Cuando llegó á Burgos, se encontró con Don Fernando, que le entregó las riendas del gobierno; aunque, según parece, no se separaron muy satisfechos el uno del otro. Por más que su carácter frívolo, y no muy afecto á los intereses de su nuevo reino, no hiciera esperar gran cosa de su gobierno, lo cierto es que apenas tuvo tiempo de desplegar sus talentos políticos, pues queriendo experimentar sus fuerzas y mostrar su agilidad en el manejo de la pelota, juego á que era muy aficionado, sufrió un enfriamiento del que le sobrevino una calentura que acabó á los pocos días (1506) con su vida, dejando dos hijos, Carlos y Fernando, de los cuales el primero, que había de ser más tarde I de España y V de Alemania, estaba llamado á ser el tronco de aquella dinastía austriaca que, dando en sus primeros albores una gloria tan envidiada como efímera á nuestra patria, había de hacerla entrar en un período de decadencia de que todavía no la hemos visto levantarse por completo.

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El texto de Barcia (1880-1883) es de dominio público. El troceado, esta página y sus datos son CC BY 4.0, Karb and Sil. Cítese: «Felipe», en Roque Barcia, Primer diccionario general etimológico (1880-1883), Biblioteca Wordkers, https://biblioteca.wordkers.com/d/barcia/felipe.