Roque Barcia · 1880-1883
Demorar
tomo 2 · página 59 · ver la página del original
Demorar. Activo. Retardar. I Neutro. Detenerse ó hacer mansión en alguna parte. ] Activo. Marina. Corresponder un objeto á un rumbo ó dirección determinada, respecto á otro
lugar ó al paraje desde donde se demarca.
ETIMOLOGÍA. Latín demórari, hacer larga mansión, en Tácito; detener, reprimir, en César; entretener, en Cicerón; del prefijo intensivo de y mòrãri, detenerse, pararse; ne vos diutiùs DEMORER, para no entreteneros más largo tiempo: provenzal y catalán, demorar; Berry, demourer; francés, demeurer; italiano, dimorari.
Demóstenes. El primero de los oradores de Grecia, gloria de Atenas, que nació en Peania (Atica) por los años 385 antes de nuestra era. A los siete años de edad quedó huérfano. Sus tutores malrotaron su hacienda y descuidaron su educación. A despecho de éstos, asistió asiduamente á las lecciones de Platón y de Euclides, y la Academia no tuvo nunca otro discípulo más aventajado. Dícese que á los 16 años, un abogado de Callístrato despertó en él la idea de la elocuencia. Llegado á la mayor edad, resolvió perseguir, en justicia, á los miserables que habían abusado de su orfandad; y entablado el pleito contra ellos, consiguió que se les condenase á cuantiosas restituciones. Hay quien dice que Iseo, su maestro, le ayudó en la composición de los cinco alegatos que pronunció en el litigio y que aún se conservan. Quiso luego subir á la tribuna de las arengas; pero era tan oscuro su estilo y tan torpe su pronunciación, que fué rechazado dos veces por la gritería del público. El desdichado éxito de esta primera tentativa, lejos de desanimarle, enardeció, por el contrario, su ambición de gloria; encerróse durante algunos años en la soledad más absoluta; esforzándose, con afanosa porfía, en vencer sus defectos naturales, sumiéndose en la lectura de los mejores autores, particularmente de Tucídides, cuya historia copió hasta ocho veces; copiando unas veces, meditando otras, componiendo siempre, recibiendo lecciones del cómico Satyro, y yendo á declamar con frecuencia á la orilla del mar para acostumbrarse al ruido de las juntas tumultuosas: y cuando á fuerza de estudio y de perseverancia logró corregir el vicio de pronunciación, extender el círculo de sus conocimientos, hacerse dueño de sí mismo y de todos los recursos del dificil arte de hablar, presentóse de nuevo ante el pueblo de Atenas, á la edad de 25 años, arrebató la admiración general y adquirió, en breve tiempo, gran poder y renombre. Su carácter áspero y violento, según Mr. Pierron, adaptábase más al papel de acusador ó demandante, que al de defensor ó apologista. Con una fe ciega y una constancia infatigable, defendió luego elocuentemente la independencia de su patria contra las agresiones del rey de Macedonia. Por espacio de quince años no pudo Filipo dar un solo paso sin encontrarse frente á frente con DEMÓSTENES. Sus proyectos de conquista, apenas insinuados, denunciábanse á la Grecia, desde la tribuna de Pnyx; y de todas partes veía aquel monarca surgir los enemigos, á los terribles acentos de aquella voz enérgica é inspirada. Esto no obstante, en el año 338 fueron vencidos en Queronea los atenienses y los tebanos; y esta funesta batalla concluyó con la independencia helénica. Muerto Filipo, intentó DEMÓSTENES sublevar la Grecia contra su sucesor, y se presentó en público, con la frente coronada de flores, aunque acababa de perder á su hija: y seguramente, con el ascendiente de su talento y la seducción de su palabra hubiera conseguido que principiase de nuevo la guerra; pero sus risueñas esperanzas y nobles esfuerzos quedaron sepultados en la ruina de Tebas por Alejandro. Su cabeza, reclamada por el vencedor, hubiese sido sacrificada sin la intervención de Démades. Esquines reprodujo contra él una acusación, que ya había intentado ocho años antes, con motivo de un decreto en que Etesifón proponía se decretase á DEMÓSTENES una corona de oro, por haberse reconstruído, á sus expensas, los muros de Atenas. Inútil es decir que en este duelo oratorio, la cuestión de legalidad no fué más que un pretexto para renovar el proceso de la política macedónica y de la política nacional. DEMÓSTENES tuvo la habilidad de confundir su causa con la de Atenas, y volviendo la acusación contra Esquines, le hizo condenar al destierro. Este discurso, llamado de la Corona, y de que más adelante hablaremos, es en realidad su obra maestra. Acusado después de haberse vendido al oro de Harpalo, fué injustamente condenado por el Areópago á una multa de 50 talentos (un millón de reales), debiendo constituirse prisionero hasta que quedase satisfecha esta enorme suma. Encerrado en un oscuro calabozo, pudo evadirse y pasó algún tiempo en el destierro. A la muerte de Alejandro, corrió á reunirse con los embajadores de Atenas; formóse contra los macedonios una coalición de todos los pueblos de Grecia; y al poco tiempo regresó á su patria, Ilamado por el deseo unánime de sus conciudadanos de Atenas, que veían en él el genio de la libertad y de la república. El recibimiento que se le hizo fué magnífice, brillante; pero este regocijo popular duró bien poco. La desastrosa batalla de Cranón, en 322, vino á frustrar de nuevo las legítimas esperanzas de los amigos de la libertad. Antípatro y Crátero impusieron su voluntad á la Grecia; ocuparon militarmente la ciudad de Atenas, y la muerte de DEMÓSTENES quedó en el acto decretada. Huyendo de la venganza de los vencedores, se trasladó á la isla de Calauria y refugióse en el templo de Neptuno. Descubierto el sitio en donde se ocultaba, por los secuaces de Antípatro, exhortáronle para que se entregase; pero viendo que sus exhortaciones eran inútiles, determinaron sacarle á viva fuerza. DEMÓSTENES entonces, tomando un veneno que llevaba siempre consigo, avanzó hacia la puerta del santuario, y al pasar por delante del altar del dios, cayó desplomado sobre el duro pavimento. Los soldados le levantaron ya cadáver. Así que la ciudad de Atenas pudo recuperar parte de su perdida independencia, rehabilitóse la memoria de DEMÓSTENES; y en virtud de un decreto, en el que se enumeraban, en términos brillantísimos, todos los servicios que aquel grande hombre había prestado á la libertad y á la patria, erigiósele una estatua de bronce con la siguiente inscripción:—Si te fuerza, DEMÓSTENES, hubiese igualado á tu genio, jamás hubiera mandado en Grecia el Marte macedonio.—Considerado como orador, nunca otro alguno tuvo campo más hermoso para lucir las galas de su ingenio y la sublime majestad de su elocuencia, como DEMÓSTENES en las once Olintiacas y Filípicas, sus principales oraciones; pero su superioridad sobre los demás oradores de su tiempo, descúbrese principalmente en su famoso discurso de la Corona, dirigido á Esquino, ó Esquines, su émulo y enemigo personal. He aquí uno de sus pasajes más justamente admirados: «Adonde quiera »que me hayáis enviado de embaja »dor, nunca he vuelto vencido por los »diputados de Filipo, ni de la Tesa »lia, ni de Ambracia, ni del país de »los ilirios, ni de la corte de los reyes »tracios, ni de Bizancio, ni de otro »cualquier lugar, ni últimamente, en »fin, de Tebas; pero lo que yo conse »guía de sus diputados con la pala »bra, sobreviniendo él, lo destruia con »las armas. ¡Y aún me culpas! ¡Y no »te sonrojas de exigir, mofándote de »mi cobardía, que yo por mí solo ha »ya sido más fuerte que todo el po »der de Filipo, y eso con la palabra! »Pues, ¿de qué otro recurso disponía »yo? No era dueño de la vida de na »die, ni de la suerte de los que com »batieron, ni de la dirección de las »operaciones militares. ¡Y de eso me »pides cuenta! ¡Qué delirio! Sobre »todos los deberes al orador impues »tos, examíname como quieras: con »siento en ello. ¿Qué deberes son »esos? Estudiar los negocios desde su »principio, prever sus resultados y »comunicarlos á los ciudadanos: eso »es lo que he hecho; corregir hasta »donde es posible los entorpecimien »tos, las irresoluciones, las ignoran »cias y las rivalidades; vicios de que »necesariamente adolecen los estados »libres; impeler á los ciudadanos á la »concordia, á la amistad, al celo por »el bien público. Todo eso, yo lo he »realizado, y nadie puede acusarme »de haber omitido nada de lo que po »día... He hecho más aún. No deján »dome corromper por el oro, he ven »cido á Filipo; pues así como el com »prador triunfa del que se vende y »recibe el precio de la venta, así el »hombre puro é incorruptible triunfa »del mercader. Por consiguiente, Ate »nas es invicta en mi persona.»— Comparadas con las de DEMÓSTENES
las dos oraciones de Esquino, son débiles y pálidas: sus razonamientos, sutiles y alambicados; sus invectivas, vagas y mal sostenidas. DEMÓSTENES, como ha dicho muy bien Hugo Blair, es un torrente irresistible; arrastra con violencia á sus antagonistas; pinta su carácter con los colores más fuertes, y en todas sus descripciones, grandemente pintorescas, domina el mismo tono de nobleza y magnanimidad; y el orador habla siempre con la dignidad, el nervio y la concisión que únicamente inspiran las grandes causas, las nobles acciones y el acendrado patriotismo. Si el orador es ó debe ser hombre de combate, nadie como DEMÓSTENES merece el nombre de orador, pues vivió y murió sobre la brecha. El fondo de su genio es lo que Plutarco denomina virtud agonística. Atacaba siempre, máxime cuando necesitaba defenderse: y nunca era más fuerte que cuando peroraba ante un auditorio hostil. Su elocuencia representa la lógica apasionada de una convicción imperiosa, y más bien convencía á la inteligencia que enardecía al corazón. El estilo de DEMÓSTENES—que tiene algo del de Tucídides, su maestro—es por demás nervioso y conciso, y algunas veces áspero y desnudo: su lógica, inflexible; su palabra, enérgica y expresiva; su coordinación, vigorosa: sus imágenes, propias y brillantes; su pronunciación animada y su elocuencia admirable y magistralmente robusta y arrebatadora. Aun hoy mismo no pueden leerse sus discursos sin sentirse profundamente conmovido. El único orador de la antigüedad, digno de comparársele, es Cicerón: uno y otro fueron, con justicia, los reyes de la oratoria en sus respectivas patrias: Cicerón, en Roma; DEMÓSTENES, en Grecia. Sobre el paralelo establecido entre estos dos verdaderos monstruos de la elocuencia, han escrito mucho los críticos, particularmente los franceses. El jesuita Rapín insiste, con este motivo, en una razón muy extraña. Dice que DEMÓSTENES no pudo tener tan cabal conocimiento, como Cicerón, de las maneras y de las pasiones de los hombres, porque no llegó á leer la retórica de Aristóteles, en la que se descubrió este misterio; como si DEMÓSTENES y Cicerón necesitaran de un tratado de retórica para conocer las pasiones de los hombres, y el modo de conmoverlos. Juan Jacobo Rousseau dice en su Emilio: «Arrastrado por la varonil »elocuencia de DEMÓSTENES, mi discí »pulo exclamará:—He ahí al tribuno. »Leyendo á Cicerón, dirá: He ahí al »abogado.» Alejo Pierrón, tomando pie de las anteriores frases, escribe en su Historia de la literatura romana: «No disputo sobre la preeminencia ó »igualdad de estos dos géneros de lo »cución pública; pero sí sostengo, »que si Cicerón cede á DEMÓSTENES "como orador político, DEMÓSTENES, »en cambio, cede á Cicerón, como »orador jurídico.» Y, finalmente, Fenelón, en sus Reflexiones sobre la retórica y la poesía, separándose del común sentir de sus paisanos, emite su opinión en las siguientes bellísimas y felices expresiones: «No temo decir »que DEMÓSTENES me parece superior »á Cicerón. Protesto que no hay »quien admire á Cicerón tanto como »yo, porque él hermosea cuanto toca, »ennoblece el habla, y hace de los vo »cablos lo que no podría hacer nin »gún otro. Posee varias suertes de »ingenio: es copioso y vehemente »siempre que quiere serlo, como con »tra Catilina, contra Verres y contra »Antonio. Nótase en sus discursos »demasiado adorno, y un arte mara »villoso que es lástima que se conoz »ca. El orador, aun pensando en sal »var la república, no se olvida de sí »mismo, ni deja que le olviden los »demás.—DEMÓSTENES, al contrario, »parece que no está en sí, que se »enajena y no ve más que la patria. »No trata de hermosear el asunto; »pero lo consigue sin pensarlo. Es, »en extremo, admirable: se sirve de »las palabras como un hombre mo »desto se sirve de los vestidos para »cubrirse. Truena, lanza rayos, es un »torrente desbordado que todo lo »arrebata. El pasmo que produce no »deja lugar á la crítica. Se piensa en »las cosas que dice, nunca en las pa »labras; se pierde de vista, y sólo se »tiene presente la figura de Filipo, »que todo lo sojuzga. Ambos oradores »me embelesan; pero confieso que me »mueve, más que el arte infinito y la »insigne elocuencia de Cicerón, la »rápida sencillez de DEMÓSTENES.» Y que esta opinión del célebre prelado francés no debe pecar de exagerada, pruébanlo las frases que, en la siguiente anécdota, pone un autor en boca del mismo Esquines, adversario irreconciliable de DEMÓSTENES, como ya hemos indicado, cuya autoridad, por lo mismo, no parecerá sospechosa.— Cuéntase que Esquines dió principio en Rodas á sus lecciones de retórica con la lectura de las dos arengas pronunciadas con motivo de la corona. Terminada la suya, resonaron los aplausos; y como se extrañaran sus oyentes de que con tal obra maestra no hubiese vencido: «Aguardad,» dijo, y leyó el discurso de DEMÓSTENES. Redoblaron los aplausos, y entonces exclamó Esquines: «Pues ¡qué sería si hubieseis oído al monstruo!» La Fontaine dice, hablando de DEMós TENES: «ese hombre y la Razón, á mi sentir, no forman más que uno.» Longin le compara al rayo que alumbra y mata. Cicerón le halla semejante al incendio que se va extendiendo en el bosque, de árbol en árbol. Fué siempre hombre de Estado más que abogado, y su palabra se encaminó siempre á la acción: por esto puede decirse que gobernaba desde la tribuna. Sus discursos son modelo de brevedad en la forma y de fecundidad en las pruebas: lo que pudiéramos llamar el tejido de su estilo es indestructible. Reune la rudeza familiar del buen sentido y la elegante sencillez del aticismo más puro: y todas las galas premeditadas del arte se presentan animadas por el fuego de la inspiración. Aparte de las obras de que hemos hecho mérito, consérvanse de este insigne orador sesenta y un discursos, sesenta y cinco exordios, y seis cartas que escribió al pueblo de Atenas durante su destierro.
DEMÓSTENES, como claramente se desprende de lo expuesto, es un ejemplo irrefutable de lo que pueden la constancia en el estudio y la fuerza de voluntad. De origen humilde, pues era hijo de un rico armero, nadie hubiera podido adivinar que le estaba reservado el trono de la oratoria griega. De pronunciación difícil y defectuosa, que hubo de vencer por lo que podríamos llamar gimnasia lingual ó bucal, supo llegar á ser el príncipe de la palabra. Es uno de esos seres cuyo solo nombre representa la síntesis de sus méritos y talentos extraordinarios. Para terminar, y como nota bibliográfica que agradará al lector ilustrado, diremos que las principales ediciones de sus obras son: de Wolff, Bâle, 1549; de Reiske, Leipzig, 1770-75; de Schœfer, Leipzig, 1823; de Dindorf, 1825. Schœfer publicó (Leipzig, 1824-27, 5 vol. en 8.°) un Apparatus criticus et exegeticus ad Demosthenem. Las arengas fueron traducidas al francés, en 1777, por el abate Anger, y en 1819-21 una nueva edición, revisada por J. Planche. La traducción de M. Stiévenart, de 1842, es considerada como una de las mejores. Las de Cesarotti, en Italia, y de Leland, en Inglaterra, son muy estimadas también. La Vida de Demóstenes fué escrita por Plutarco y por Libanio, y su Elogio por Luciano. Véanse Bekker, Demóstenes considerado como orador y hombre de Estado, en alemán (Halle, 1830-2, 2 vol. en 8.°), y Boullée, Vie de Demosthène (Paris, 1834).
ETIMOLOGIA. Griego Anpógreves (Demóstenes), compuesto de ê7uoc (demos), y vóvoc (tónos), tono, fuerza, vigor: equivale, por tanto, á populi robur. fuerza, vigor, amparo, defensa del pueblo; latín, Demosthènes; italiano, Demostenes; francés, Demosthène; catalán, Demóstenes. Demóstenes Filateto. Médico griego que vivía, según se supone, á principios de la era cristiana. Fué discípulo de Alejandro Filateto, y perteneció á la escuela de Medicina que fundó Herófilo, estudiando con especialidad las enfermedades de la vista y adquiriendo una grande reputación. Escribió una obra sobre el pulso, citada por Galeno, y otra sobre las enfermedades de los ojos.
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