Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Danta

tomo 2 · página 13 · ver la página del original

Danta. Femenino. Zoología. Animal cuadrúpedo, de la magnitud de un muleto, que se cría en la parte occidental de la América meridional. Tiene la cabeza gruesa, prolongada, con una especie de trompa, que encoge y alarga á su arbitrio, y en su extremidad las narices; los ojos pequeños, las orejas parecidas á las del cerdo, la cola muy corta, la piel muy dura, el pelo espeso, corto y negruzco, cuatro uñas en los piés anteriores y tres en los posteriores. Se domestica fácilmente, y su carne es apreciada de aquellos naturales.

ETIMOLOGÍA. 1. Este vocablo representa lante, del árabe lamt, nombre que se da, en los desiertos de Africa, á un animal del género de los antilopes.

(QUATREMIERE.) 2. Tal es el origen del español ante.

(MULLER.) 3. La anterior etimología está fuera de toda duda. (Dozy.)—Confirman el origen arábigo de la voz propuesta los siguientes datos: 1. Dante, que los africanos llaman lamt. (MARMOL, Descripción de A frica, I, 24.) 2. El mismo Mármol escribe ante, lo cual demuestra la identidad de ambos vocablos. (II, 67, a; 89, c; 97, c.) 3. De aquí viene el árabe daraca LAMT, nombre de los broqueles que se hacían con la piel de la danta, los cuales alcanzaron tanta fama en toda la Edad Media. (MACCARI, II, 711; I, 13.) 4. El daraca LAMT de los árabes es el adaragadante de Pedro de Alcalá. 5. El adaragadante de Pedro de Alcalá es adarga DANTE en un inventario que publica Saez. (Valor de las monedas, 531.) 6. El adarga DANTE del inventario es adarga DE ANTE en Mármol. (I, 42, d); portugués, anta, danta; catalán, danta; francés, dante.—Lo expuesto demuestra el error de las conjeturas siguientes: «Covarrubias dice que el ante se llamó así por ponerse ó llevarse como resguardo delante del pecho; y otros pretenden que ante viene de Nantes, ciudad en la cual se inventó, ó se trabajaba con gran perfección, el adobo de dicha piel.» (MoNLAU.) El árabe daraca LAMT no se pudo inventar en Nantes. Dante Alighieri. I. Nacimiento y muerte. Hasta el apellido es predestinado y curioso: DANTE significa el que da. Y en efecto, harto tuvo que dar á la admiración y á la enseñanza de las edades venideras. Nació en Florencia en 1265 y murió desterrado en Rávena en 1321, á los 56 años de edad. Y á los 56 años de edad era ya un viejo, no por los años, sino por las penas; esas penas que consumen más que los años. Una existencia que se va en tantos pensamientos y en tantos gemidos, tuvo que acabar cuando acabó, porque la flor que exhala demasiado aroma no puede durar mucho. Nuestro personaje murió pobre hasta el punto de ser enterrado de limosna. Y así asomara mañana otro Dante, sería enterrado de limosna también; que no parece sino que existe un destino encargado de enriquecer la caridad pública con el cadáver de los grandes hombres. Pero no hay que agriar nuestro temperamento al poner mientes en estos resabios del mundo (ya que estos resabios se llaman mundo), porque bien nos lo dijo la clásica musa del romance viejo con su donaire de costumbre; ese donaire que parece ser su traje de casa: «Las cosas que ya pasaron, las cosas que agora pasan, son salsa de aquestos guisos, porque no hay guisos sin salsa.» Pues si son la salsa de estos guisos, comamos estos guisos con su salsa y vamos al asunto, porque cuando el romance viejo lo dice, alguna razón de cuantía deberá tener. En tiempos de nuestro personaje, los poetas usaban un traje especial, en que campeaba garbosamente la lira de Apolo, sobrepuesta ó bordada en el pecho, á guisa de blasón del insigne oficio. Excusado parece decir que aquella lira no podía faltar en el pecho de nuestro autor, quien fué poeta en alma, en cuerpo y en vestido. Y á fe de Dios que la poesía caballeresca de los tiempos medios hizo muy bien en enseñorearse así de quien fué tan gallardo, tan caballero y tan poeta. 2. El estudiante. Nuestro personaje estudió con el famoso Bruneto Latini todas las ciencias que se cultivaban en su siglo. En el curso de estos estudios, el maestro vió antes lo que el discípulo fué después. Si la posteridad hubiese de grabar alguna inscripción sobre la tumba de aquel maestro, es bien seguro que no diría: «aquí yace el maestro Bruneto Latini;» sino que escribiría sobre la losa: «aquí yace Bruneto Latini, el maestro de DANTE.» 3. El hombre. Nuestro personaje se muestra distraido en muchas ocasiones, como todo aquel que se abstrae; habla poco, como quien piensa mucho; es inflexible en sus juicios y en sus odios, severo en la conducta, constante en la amistad, impetuoso en sus pasiones, inexorable en sus ideas, animoso en la desventura, entero en el peligro, dado á las empresas dificultosas y á las grandes resoluciones, porque no admite duda que algún prestigio han de infundir en la vida de un héroe la majestad del genio y la profecía de la gloria; es decir, la gloria de dos profecías y el genio de dos majestades. No contamos aquí que en sus mocedades fué enamorado y galanteador, pues no hay primavera que no sea verde, con lo cual queremos decir que no hay años mozos

que no sean revueltos ó desapacibles en materia tan antojadiza y quisqui Ilosa. Y reneguemos del mes de Mayo que no sea florido, porque sin flores en la primavera no hubiera frutos en el otoño. 4. El hombre social. Nuestro autor no era un poeta únicamente; esto es, no era un hijo de sí propio, ó del Dios que hace á los poetas, porque se necesita un Dios para hacer tanto. Amén de poeta muy grande, nuestro personaje era un hombre de buen trato de gentes, de experiencia, de mundo: un notable político; un excelente diplomático; un buen filósofo y un erudito de instrucción copiosa, como se ve en sus obras escritas en latin: De Monarchia, contra el emperador Enrique VII; De Vulgari Eloqventid, y algún otro libro que no se conoce. Dícese que los sabios son los que cometen los mayores yerros; y esto, si bien se mira, es una flaqueza inevitable, porque va entrañada en el espíritu de las cosas. Y al hablar del espíritu, hablamos de una necesidad imprescindible, puesto que la razón de nuestra alma es la necesidad primera de nuestras primeras necesidades. Esos hombres que se levantan sobre su época, no viven en el mundo de los demás, sino que se albergan en el mundo que ellos conciben, que ellos idean, que ellos adivinan. Y es evidente que hacen bien. Cuando tienen un mundo propio, ¿quién les manda vivir en un mundo ajeno? Situados soberanamente en ese mundo de su adivinación, es natural que se sobrepongan al siglo presente, porque el siglo presente es bien poca cosa, cuando se ven los siglos futuros. Esos hombres extraordinarios, para reclinarse y descansar en el día de hoy, apoyan la cabeza sobre las gentes que les circuyen, como la estatua de un monumento cinerario apoya el codo sobre la urna que contiene el polvo del muerto. Nuestro personaje vió la hoguera de entonces,—¿quién no la veía?—pero más allá de la hoguera de entonces, vió el monumento del porvenir. Y cuando un hombre ve simultáneamente una hoguera y un monumento, corre hacia el monumento pisando valeroso la ceniza caliente de la hoguera. Visitad la ciudad ilustre que dió su cuna á nuestro personaje, y hallaréis que, en el mismo lugar en donde el fuego consumió la existencia de un hombre, se levanta un mármol. Y hallaréis que, en donde se verificó el simulacro de un auto de fe, se levanta una piedra. El mármol es la estatua de Savonarola; la piedra es la estatua del DANTE. Las estatuas se tornan en hogueras, como las hogueras se tornan en estatuas; porque, en la heráldica de los tiempos, cada generación tiene su escudo, como cada escudo su divisa, como cada divisa tiene su proeza, como cada proeza tiene su trofeo. No sabemos si es la providencia de un Dios; no sabemos si es la justicia de la historia; pero no cabe duda que en las cosas grandes de la vida debemos adorar un enigma santo. Enciéndese fuego en una plaza pública de Florencia, y en ese fuego se quema á un hombre. Y pasa un año, pasan dos años, pasa un siglo, pasa otro siglo, pasa otro siglo más, y la cabeza del hombre quemado, aquel gran cerebro, aquel cerebro luminoso, el cerebro de un Savonarola, brotando de un pincel divino, aparece en los frescos de una iglesia cristiana. ¿Quién nos había de decir que el Urbino del Vaticano había de resucitar al Savonarola de la hoguera? Lector, exclama con nosotros: ¡Bien haya la suma piedad de una misericordia divina! 5. Chemma. Una biografía de nuestro autor, que leimos en la biblioteca del convento de Minerva (Roma), dice que nuestro personaje se casó con una señora llamada Chemma, de quien tuvo dos ó tres hijos. Dicha señora era partidaria de los denominados pontificales ó guelfos, contrarios irreconciliables de los gibelinos, cuyo partido estaba animado por el espíritu fervoroso de nuestro personaje. Llegaron los días de la adversidad, que siempre llegan; y la esposa del DANTE demostró en esos dias nublados que, más que la mujer de su marido, era la mujer de sus opiniones. Chemma no siguió al poeta en su destierro; pero si el poeta desgraciado no pudo llevarse á su mujer, se llevó á sus hijos, aunque eran niños todavía. Chemma no vió en el DAnTe sino al gibelino que combatía sus queridas creencias religiosas; esas creencias que eran la pasión y el delirio de aquella edad. Chemma representaba el fanatismo inexorable del siglo XIII, y la fanática no vió otra cosa en su marido que al corifeo de una herejía. ¿Y qué otra cosa podía mirar aquella mujer, cuando no vivía en la inspiración de aquel hombre? Para que la esposa hubiera podido divisar la figura de su marido, era necesario que Chemma viniera al mundo con el genio de un DANTE. Y ¿quién exigirá ese genio á una mujer fanática de la Edad Media? Nuestro autor necesitaba un ángel, el ángel que soñó; pero ese ángel no estaba ya en el mundo. En lugar del ángel puso á una mujer, y la culpa tuvo quien pone á una mujer en lugar de un ángel. Nuestro autor no debió casarse de ningún modo, puesto que la desdicha y el destino le habían casado ya con la memoria de una muerta, y no hay tálamo tan sagrado como el tálamo de la muerte. El corazón de nuestro poeta era el sepulcro de Beatriz; y ninguna vida, por más grande que fuera, podía llenar el inmenso sepulcro de su corazón. Sí; hay tristezas que no pueden conciliarse con ninguna alegría; hay eriales que no admiten lirios; hay desiertos que no admiten palmeras. En este juicio de la conciencia y de los tiempos, Chemma es inocente. 6. El hombre político. Un hombre como nuestro autor, no podía ser indiferente á las luchas de su país y de su siglo; especialmente, cuando se trataba de luchas enormes en que el tribunal de la opinión, oscilando sobre la atmósfera abrasada de aquellas épocas, estaba llamado á sentenciar acerca del primer litigio que conoce la historia. Realmente; todas las catástrofes alemanas del siglo XVI tuvieron principio en la Italia del siglo xin y del siglo XIV. ¿Por qué no decirlo, cuando es verdad? La protesta, antes que en la profesión de fe de Augsburgo, antes que en los edictos de aquellos cismáticos, se escribió en una plaza pública de Florencia; se escribió en una hoguera que se encendió en aquella plaza. Expresándonos en el idioma de aquellos tiempos, se puede afirmar que los herejes alemanes no son otra cosa que los alguaciles de los herejes italianos. El DANTE hizo más, inmensamente más que Calvino y Lutero; pero prosigamos nuestra relación. El personaje, cuya biografia tenemos el honor de bosquejar, abrazó el partido de los reformistas; es decir, el partido batallador, el bando de los gibelinos, esa tragedia formidable que Ilenó las postrimerías de la Edad Media y los primeros siglos del Renacimiento. Y lo abrazó con la intención de las convicciones profundas, con la valentía de los temperamentos vigorosos, con el fervor de las almas enérgicas; es decir, con esa calentura terrible de las grandes imaginaciones, en que las figuras son arrobamientos, en que los fantasmas son éxtasis, en que la inspiración hace las veces de la realidad, entre las bellezas del arte, los tormentos del odio y los regocijos de la fama. Acontece, es cierto, que la realidad suele vencer á la inspiración en un tiempo dado; pero ¿qué importa, si la inspiración pone al cabo su planta triunfante sobre la cerviz de una realidad cruel? El DANTE fué vencido entonces, y lo enterraron de limosna, como se entierra á un pordiosero; pero aun vencido y enterrado, el pordiosero salió victorioso. Su afición á las letras, que son el arte hermoso de la paz, no le impidió que tomara una parte honrosa en diferentes expediciones contra los quelfos de Bolonia, de Arezzo y de Pisa. Su patriotismo, su valor, sus virtudes y su talento se habían abierto calle á la sazón entre los hombres más influyentes de Florencia; y en 1300, cuando no había cumplido 37 años, tuvo la gloria de ser elegido uno de los magistrados supremos, que también gobernaron bajo el nombre de príncipes. Empero la cuestión de Carlos de Anjou vino á dividir profundamente el bando gibelino, que allí dominaba, torciendo la fortuna de las cosas. A consecuencia de dicha cuestión, que tanto influyera en la situación de aquellos tiempos, se formaron dos parcerías, la una llamada de los negros, que pretendía abrir las puertas de la patria á Carlos de Anjou, y la otra llamada de los blancos, que se

negaba absolutamente á tener en Florencia un rey extranjero. La corriente del siglo (todos los siglos tienen sus corrientes) Ilevó los sucesos contra los blancos, que eran el partido nacional, en el cual militaba nuestro personaje; y quien ayer fué principe, es hoy un emigrado. Pero ¿por qué extrañar que sea emigrado hoy, cuando mañana será un muerto, á quien se entierra de limosna? Nuestros padres dijeron con excelente arte que, en las andanzas de esta vida, no siempre van por una misma senda la razón de los hombres y la fantasía de los hados; y nuestros padres dijeron muy bien. ¡Oh suerte, demencia incurable de la casualidad, si es verdad que hay casualidades en este mundo! ¡Suerte tirana! ¡Ay de aquel que pone sus alegrías en la veleta de tus caprichos! Bastárate el ser hembra, para que fueras caprichosa. Poco después de haberse expedido el decreto de su expatriación, se le condenó á ser quemado vivo; y lo fué en efigie, al tenor de lo que se estilaba en aquellas edades. Un verdugo cae actualmente sobre los hombros de un poeta: otro verdugo había caido ántes sobre los hombros de una mujer. La misma sentencia junta el destino de DANTE y de Beatriz. ¿Cómo no, si uno era el Dios de aquellas criaturas? Créese que un fraile fué el primero que coleccionó los cantos esparcidos de la Divina Comedia, con el fin de que figurara en un simulacro de auto de fe. Nuestro héroe se trasladó á Verona, cerca de cuyo príncipe influyó para que declarase la guerra al pueblo florentino, única página de luto en la limpia historia de nuestro grande hombre. Aquel príncipe no le dió oidas en semejante solicitud (hizo bien), ni halló medio de conseguir que le levantaran el destierro. Ora con un pensamiento político que nadie conoce, ora con el deseo de completar su educación, como hombre de letras, nuestro personaje estuvo en Paris por aquel tiempo. Frecuentó la universidad y ensanchó la esfera de su espíritu; pero el espectáculo de una corte brillante lastimaba su corazón, vestido de luto, porque el júbilo es una aflicción para el que llora; y volvió á su patria, sin duda con el fin de hallar un sepulcro en Rávena. ¡Ah! No se sabe cómo; pero la patria llama, cuando llega la hora del sepulcro. Ciertas épocas del destierro, anteriores á dichos viajes, nos ofrecen lances interesantísimos, aventuras verdaderamente conmovedoras, que pertenecen á estos apuntes, porque pertenecen á la generosa curiosidad del pueblo español, el más generoso de los pueblos con los vencidos y con los desgraciados. Nuestro personaje caminaba á pie, de ciudad en ciudad, de aldea en aldea, predicando, como el Apóstol; recitando versos, como el histrión; viviendo de dádivas, como el peregrino; pero sin descuidar un punto su alcurnia de mártir, su talante de hidalgo y su amada lira de poeta. Cuando sucedía, al llevar á cabo sus expediciones, que el niño menor se cansaba, nuestro personaje se lo ponía en el hombro, mientras que conducía al otro niño de la mano. Y aquella criatura, puesta en el hombro del gran poeta, murmuraría acaso en su interior: «¿quién es este hombre? ¿quién es mi padre?» Y quizá añadía: «mi padre es un mendigo.» No, hijo mío, no; tu padre no es lo que tú piensas. Tu padre, poniéndote en su hombro; tu padre, pidiendo limosna para tí en horas de noble infortunio; tu padre, santificando así su gloriosa desgracia, es el primer héroe de tu nación. Si tú supieras quién es ese hombre, prorrumpirías en lágrimas; y cuando alguno te preguntase: «¿por qué lloras, niño?» tú contestarías sin dejar de llorar: «lloro de alegría, porque soy hijo del poeta DANTE.» Hay un pormenor singularísimo, que tampoco queremos omitir, como si se tratara de un individuo de nuestra familia. En cierta ocasión, aconteció que nuestro viajero hubo de llegar á una aldea fanática, como lo son todas las aldeas, en donde había penetrado el rumor de un gran libro entre las consejas más absurdas. Cunde la voz en dicho lugar de que había llegado el autor de la Divina Comedia; es decir, el hombre quemado en efigie; pero en efigie ó no en efigie, era un hombre quemado, y ya sabemos que nos hallamos en los alrededores del siglo xIII. Alármase la aldea en un segundo con una visita tan extraña; mejor dicho, con una visita tan sobrenatural, mientras que una mujer del vulgo, viendo al DANTE con su barba crecida, con su grave aspecto, con su mirada luminosa, con su serenidad augusta y profética, decía á un niño que llevaba en brazos: «Huyamos de aquí; ¿ves ese hombre? Pues sabe que ese hombre viene del infierno.» El cielo sabe adónde las cosas hubieran llegado, sin la mediación de un hombre instruido y liberal, que por acaso allí vivía, quien apaciguó á los labriegos y honró al gran poeta, haciéndole pasar bajo flores y palmas. 7. El poeta. Nuestro personaje escribió los Sonctos, la Vita Nuova y otro libro que le inmortalizó: la Divina Comedia. 8. La Vita Nuova.. Muchos años há leímos en Italia la Vita Nuova, páginas escritas, no con vocablos, sino con amarguras; no con ideas, sino plegarias; plegarias que brotan del alma del poeta, como brota la lava de las entrañas del volcán. Ahora conocemos que, para comprender la Vita Nuova, es necesario leerla en Italia, porque los sentimientos del hombre toman algo del aire, de la tierra, del mar, del sol. Cuando oímos que un hombre se duele, concebimos que existe un mundo más allá de aquellos pesares. Cuando nuestro poeta gime, no concebimos que exista un mundo más allá de aquellos gemidos. El misterio pone allí algo, y el espíritu no concibe que pueda existir nada más allá del misterio. Mucho tiempo después de la lectura de la Vita Nuovatriz de Cenci, lienzo verdaderamente admirable, una de las pinturas más esplendorosas que ha salido de humano pincel. Si el hálito del hombre pintara, allí encontraríamos el hálito sutil y vagoroso del gran Guido Reni. La memoria de Beatriz, idealizada por los cantos del DANTE y por los colores de Guido, hirió con tal ahinco nuestra fantasía, penetró de tal modo en nuestra conciencia, aprisionó con tales cadenas nuestro espíritu, que el recuerdo de aquella mujer indefinible vino á tornarse en una pasión de nuestra vida. Era el amor que se puede tener á una quimera; pero era un amor. Y cuando el amor es el amor primero, y cuando la quimera es una hermosura prodigiosa, la fantasía crea el amor incomparable con que nos cautiva el prodigio. Advierta el lector que seguramente no hubiéramos amado el recuerdo de Beatriz, si Beatriz hubiera sido venturosa; pero vino la hora de la tristeza, vino una vírgen que suspira, y no es posible resistir á la vírgen de los suspiros, que no hay belleza en este mundo como la belleza del dolor. Por eso no hay nada semejante á la belleza de la Vírgen María, arrodillada al pie de la cruz, en el momento de velar sus ojos con el celaje de sus lágrimas. Sí; cuando la belleza del sufrimiento, dando realce y fascinación á la belleza de los contornos, logra exaltar de tal manera á una mujer, la mujer se torna en la ilusión y en el misterio de una deidad. Y ¿cómo no amar esa ilusión; y cómo no amar ese misterio de la mujer, cuando ese misterio de la mujer es el misterio de nuestra vida, también el misterio de nuestra redención, el sublime misterio del arte cristiano? Recordamos haber ido una noche á los jardines de Villaborghese, cerca de la plaza de Pópolo; y al par que caminábamos hacia el interior de aquellos jardines, creíamos oir sollozos que salían de los árboles, de las cascadas, de las flores, hasta de los rayos de la luna que alumbraba aquellas hermosas soledades. Y nos parecía también que la imagen de Beatriz se levantaba ante nuestros pasos, quizá como un fantasma que finge el miedo entre las tinieblas de la noche, ó más bien como una de esas apariciones amorosas que inventa la codicia del juvenil deseo. El hechizo de nuestra visión era tal, que tuvimos que abandonar aquellos jardines, como acosados por la alucinación de aquella sombra. ¡Quién pudiera vivir dos veces! ¡Quién pudiera fijar la hora de nacer! Positivamente no moriríamos segunda vez sin haber visto á Beatriz de Cenci, aunque fuera entre la dudosa oscuridad de una celosía. De lo dicho resulta que, habiéndonos enamorado de la memoria de Beatriz, la historia del amor de nuestro poeta es la propia historia de nuestro amor. ¿Comprenden ahora nuestros lectores

la emoción tierna y apasionada con que escribimos esta biografía?rlllllllrlra, con l cola cólera, con el dolor, con l remordimiento, larsal o nuestro Cervantes y como Shakespeare, supo encontrar en las profundidades de su fantasía la confusión incomprensible de un mundo ignorado. Se concibe una Iltada con un Aquiles; y una Odisea con un Ulises; y una Eneida con un Eneas; y una Jerusalén libertada con un Godofredo, ó una Araucana con un Caupolicano: se comprende el Fausto de Goëthe con la creación de un Adam; se comprende Os Lusiadas con una portentosa expedición y con aquellas sagradas soledades del mar de que nos habla Luis de Camöens: se comprende un Diablo Mundo con aquellos gigantes que cabalgan sobre las nubes, fantasmas formidables, que parecen ser demonios desterrados del cielo, con que el poeta nos hace sentir la emoción de la maravilla. En una palabra; se comprende la heroicidad épica con héroes cubiertos bajo el manto de la proeza y de la gloria; pero no se comprende una epopeya que tiene por máquina un corazón desesperado. Despojemos la Divina Comedia de su fábula, y no hallaremos sino el esqueleto de un odio que combate á Florencia, que combate también al rey de Francia, que combate del mismo modo á un sumo pontífice de Roma. El poema tiene, como no puede dejar de tener, ciertos resortes maravillosos que envuelven la acción; pero, más que el prestigio sobrehumano, es en aquel poema la humana industria de la ironía y del ridículo; una ironía que está latiendo hasta en el título de la obra. Cuesta trabajo concebir cómo la conciencia de aquellas edades pudo tolerar que una comedia entrase en Dios, ó que Dios entrase en una comedia, puesto que el autor la llama Divina. Tal es el carácter que distingue la Divina Comedia de todos los demás poemas que han asombrado al mundo. No es una epopeya de la humanidad, sino la epopeya de un hombre. No es la epopeya de la historia, sino la epopeya del DANTE. Propiamente hablando, es la terrible sátira de un gibelino, de donde el genio de un poeta sacó un canto heróico. 10. EL DANTE ALIGHIERI. Siempre que pensamos en el gran personaje que abarca los siglos XIII y XIV, como abarcó nuestro Cervantes los siglos XV y XVI, vemos en el espacio una figura colosal, girando entre nubes que le dan su grandeza y su pompa. Un santo camina un siglo entero hasta retumbar en una lira poderosa; la lira de nuestro poeta, la lira del DANTE ALIGHIERI, que conmueve la Italia desde principios del Renacimiento, de la propia suerte que el acento de san Bernardo conmueve la Europa cristiana desde el fondo de la Edad Media, como si fuese la trompeta que anuncia el juicio final. El tiempo tiene sus apoteosis, y la apoteosis de seiscientos años que han puesto su huella sobre la sepultura de nuestro personaje, nos lo representa en la fantasía como un celaje gigantesco que vaga por la atmósfera, tocando los polos del mundo, y que, al posarse en el suelo de Italia, sienta las manos sobre la frente de dos colosos; esos colosos que pintaron los célebres cartones de los Médicis; esos colosos que pintaron los célebres cartones de Florencia, de donde se derivan la fundación y el crecimiento de la portentosa pintura cristiana. Italia tiene una magnífica trinidad: un DANTE, un Leonardo de Vinci y el hombre de la estatua de Moisés y de la capilla Sixtina; aquel hombre que es al mismo tiempo escultor, pintor, poeta, ingeniero, filósofo, teólogo, político; Miguel Angel, el sumo artista, como le llaman los italianos: il sommo artista. Quemad el poema del DANTE y recorred la Italia. Un niño recitará un verso; un joven recitará dos; una virgen recitará diez; una madre recitará veinte; un viejo recitará un canto, y escribiréis de nuevo La Divina Comedia sin faltarle una coma. Aquel libro, más que en el papel, está escrito en el corazón de su pueblo, que es en donde se escriben los grandes libros, porque los grandes libros son también grandes corazones. El DANTE no es un poeta italiano: es la sombra de Italia, de toda Italia; una sombra que la refleja, que la engrandece, que la inmortaliza. Es verdad que Italia ha inmortalizado á su poeta; pero la patria no inmortaliza á un hombre, sino después que el hombre ha inmortalizado á su patria. La patria hace lo que la luna; nos envía la luz que recibe del sol. No la insultemos; no la aflijamos: la patria no puede hacer más. 11. Beatris de Cenci. Un acento inspirado cantó en Italia: Tu mirada, quemando la memoria Consume el alma en eternal anhelo: Como tú miras, se amará en la gloria; Como tú miras, se amará en el cielo. ¿Iban estos versos dirigidos á Beatriz? Es posible. Nuestra alma se nubla, nuestro semblante palidece, nuestra mano tiembla ante la evocación de una sombra. ¡Oh días del mundo pasado! ¡Qué espectro tan grande guardan las tinieblas de vuestra tumba! ¡Oh tiempo que te fuiste! ¿Por qué no tornaste?—Hemos leido muchas veces que nuestro cuerpo no es otra cosa que una mala vasija de barro en la alfarería del espíritu. ¡Ay! ¡Cuántas conciencias alentadas, cuántas altísimas aspiraciones, cuántos espíritus elevados y generosos, cuántos magnánimos intentos no se han sacrificado oscuramente en esa terrible alfarería! ¡Enigma espantoso! ¡Maldito cuerpo! Tú vienes siempre á desquiciar las cosas más grandes del mundo. Y el mundo no ve que la hermosura suele ser engañosa y funesta. ¿En dónde hay nada más hermoso que la brillantez deslumbradora de la escama de la serpiente? Y, ¿quién no repara que el pólipo, oculto en las profundidades del Océano, que es el más regio de los alcázares, tiene por nido un precioso árbol de coral? Y á pesar de todo, nosotros mismos que declamamos contra la hermosura, porque somos feos, no vacilaríamos ciertamente entre una mujer fea y una mujer hermosa. Pues ¿qué magia tiene la vil materia, cuando así sofoca la fe más pura, la esperanza más espiritual, el más virgen y piadoso deseo? Esta tremenda duda que significamos, es una querella contra el hombre? Nuestra duda, ¿es una querella contra Dios? No, por cierto: no es una querella contra Dios, sino un lamento contra nuestra impiedad, porque creyendo en el espíritu, como creemos realmente, tal vez no nos hubiéramos enamorado de los dolores de Beatriz si los dolores de aquella mujer no hubieran sido dolores hermosos. Ahora tenemos que dirigir algunas preguntas, ignoramos á quién. ¿Fué comprendido nuestro poeta? ¿Supo Beatriz quién era el hombre de la Vita Nuova? Lo sabemos también, pero no lo queremos decir tampoco. ¡Cuánto debió sufrir aquel hombre inmenso! Porque se puede soñar una hora, un día, una noche, un mes, un año, muchos años; pero estar soñando desde que nacemos hasta que morimos, para morir sin despertar, es un sueño tan largo, que la imaginación se espanta. Y sin embargo, en esos sueños de toda la vida, en esos sueños del corazón que parecen estar besando nuestra cuna y nuestro sepulcro; en esos sueños que corren á perderse entre los olvidos de la eternidad; en esos sueños de eterna

sombra, de eterna poesía, de verdad eterna, es en donde se escriben, en donde se inspiran, en donde se revelan las grandes visiones. ¡Dios mío! ¡Dios mio! ¿Qué arcano debe adorar el mundo en esa inmensidad de tu suprema sabiduría? Nuestro poeta, que fué grande en todo, lo fué también en materia de amor, no por las mercedes que de su dama recibiera, pues no se amolda á nuestro gusto hablar de favores, sino por la gala y la riqueza de la elección, alta y magnífica como él. Puede decirse que ningún hombre se enamoró jamás de una mujer más enantadora. Cuando se lee la Vita Nuoy los Sontos, en que nuestro poeta canta gallardamente la tragedia de sus pasiones; cuando empapamos nuestro espíritu en aquella grandiosidad de sentimientos, que pudiera llamarse la pompa de su corazón, nos vemos obligados á preguntar: Beatride Cenci, ¿quin eres? ¿Eres una mujer vestida de sombra? ¿Eres una sombra vestida de mujer? ¿Eres un paraíso que anuncia un infierno? ¿Eres un infierno que anuncia un paraíso? Beatri de Cenci, ¿quién eres? ¿Eres el mensaje de un martirio sin fin? ¿Eres el querube de un mundo mejor, el destello de una alma dichosa, el delirio santo de una alegría interminable? Beatriz de Cenci, ¿quién eres? ¿Eres el ruido de un beso, dado en la oscuridad; un beso que quema la vida? ¿Eres un abismo bajo nuestros piés? ¿Eres el reino de la gloria sobre nuestra cabeza? Beatride Cenci, ¿quién eres? Y lo peor es que nadie responde, porque la osa de aquella mujer lo enterró todo; pero sí contestan, puesto que contesta Guido Reni con un retrato. Beatriz de Cenci es mucho más que una grande hermosura; Beatriz de Cenci es mucho ms que una hermosura fastuosa, porque es la belleza ideal, en donde campean esos matices delicados, esas tintas suaves, esos contornos eso, it; sa virgen, la maga, la sibila, retratándose todo eso, no se sabe con qué pinceles, no se sabe con qué colores, en el rostro inspirado de una mujer. ¡Qué poema tan armonioso! ¡Qué fantasía tan deliciosa! ¡Qué canto tan dulce! ¡Qué mundo tan grande! Quien halló el arte prodigioso de saber amar á Beatriz de Cenci, tuvo hecho lo más para escribir la Divina Comedia. El DANTE de allá es el DaNTe de aquí; y esos dos DANTES divididos vienen á formar el DANTE entero: una mujer y un libro; una Beatriz y una epopeya; un genio que inspira y otro genio que canta; ese es todo el DANTE. El amor es la epopeya más formidable de las epopeyas humanas: visión que llora para hacer sonreir; visión que sonríe para hacer llorar; demonio que se torna en ángel; ángel que se torna en demonio, sin que podamos comprender en dónde principian y en dónde acaban esos demonios y esos ángeles. Tengamos valor para decirlo, aunque el mundo se escandalice. Sin un cuerpo y una alma que se llamaron Beatriz de Cenci, el gran poeta italiano no fuera hoy para la historia más que un cantor vulgar, porque es necesario soñar toda la vida napariciones celestiales, para penetrar el enigma que el arte esconde detrás de un retrato de Guido Reni. Sí, un genio llevaba la esencia que arde, pero una visión arrojó la chispa en el hogar del genio. Y aquella visión era Beatriz, lo cual significa que el genio de aquella mujer encendió con su hoguera el genio de aquel hombre. Y no sigáis el rastro de esas luces lejanas, porque atravesamos un firmamento en donde no amanecen ni se ponen los astros. ¡Luego dicen algunos que no hay Dios! Pues si no hay Dios, ¿quién fabrica esa arquitectura sobre la luz de las estrellas? Si no hay Dios, ¿quién hace esas cosas divinas? ¡Tú, mártir del mundo; tú, aroma de la creación, humedecido por un Ilanto que nuestras pasiones hacen derramar; tú, luz perpetua en el panteón de la muerte; tú, tempestad divina de las tempestades humanas, última aureola que traza desde el cielo la mano del Altísimo! ¡Oh mujer! ¡Oh espíritu profético de un arcano que todos llevamos en nuestra conciencia, en nuestro vaticinio y en nuestro corazón; si por un instante desampararas el globo que habitamos, ¡qué mansión tan horrible sería la casa del hombre! ¡Ay! ¡Quién pudiera inventar otra vida con la poesía de un sueño! ¡Ay! ¡Quién pudiera arrancar mundos de la sombra con el portento de un suspiro! ¡Con cuánto afán crearíamos segunda vez á nuestro DANTe y á nuestra Beatriz para que fuesen venturosos en la eternidad de su amor! Porque es claro; cuando aquella mujer supiese quién era aquel hombre, es evidente que nuestra Beatriz glorificaría sus encantos sintiendo amor por nuestro DANTE. Y una voz que se arranca de la conciencia universal clama en toda la tierra: ETIMOLOGÍA. Italiano Dante; francés, Dante; catalán, Dant; bajo latín, Dans, Dantis.

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El texto de Barcia (1880-1883) es de dominio público. El troceado, esta página y sus datos son CC BY 4.0, Karb and Sil. Cítese: «Danta», en Roque Barcia, Primer diccionario general etimológico (1880-1883), Biblioteca Wordkers, https://biblioteca.wordkers.com/d/barcia/danta.