Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Daniel

tomo 2 · página 12 · ver la página del original

Daniel. DANIEL, de la tribu de Judá, nació en la ciudad de Betor’on, de la estirpe real de David y fué llevado prisionero á Babilonia por Nabucodonosor, cuando este rey vino á Jerusalén. A la edad de 12 años, según el testimonio de san Ignacio, mártir, obispo de Antioquía, pronunció aquella célebre sentencia en favor de Susana, mujer de Joakim, y desde entonces comenzó á hacerse célebre. Aunque no ejercitó públicamente el cargo de profeta, esto no obstante, ha sido puesto en el número de ellos por sus admirables vaticinios del estado político del mundo y también del de la Iglesia. Por esta razón se pueden considerar dos partes generales en su libro; la una histórica y la otra profética. En la primera se refieren todos los sucesos más notables pertenecientes á su persona en todo el discurso de su vida, para hacerse reconocer profeta autorizado por el mismo Dios. Y así refiere, como llevado cautivo á Babilonia en sus primeros años, le separaron con otros de su nación, de la misma edad y condición que él, para ser instruido en la lengua y ciencias de los caldeos, y para poder después comparecer en la presencia del príncipe con todas aquellas prendas y calidades que los hiciesen dignos de la gracia que les había hecho de escogerlos, entre muchos, para tenerlos siempre á su lado. Pero Dios, previniendo por una providencia y cuidado particular que tuvo de DANIEL, todas aquellas instrucciones que podía recibir de los hombres, le llenó de dones y gracias infinitas, comunicándole un espíritu de santificación, de celo y de piedad singular, la que en todos los tiempos de su vida fué puesta á grandes pruebas, y acrisolada en las mayores tribulaciones. Le dotó asimismo de un juicio, prudencia y sabiduría sobrenatural, que fué celebrada en él (1) por común proverbio, y que le elevó á los primeros empleos y dignidades del imperio; de donde resultó grande alivio y consuelo para los judíos en el cautiverio y en los trabajos que padecían en Babilonia. Ultimamente le infundió el espíritu de profecía, de que dió una evidente prueba, primero cuando refirió á Nabucodonosor los sueños que había tenido, y que enteramente se le habían ido de la memoria, y después se los interpretó; y después cuando declaró á Baltasar los males que le amenazaban. Pero en donde se descubrió de lleno su admirable espíritu profético, fué en las incomparables visiones que se describen en la segunda parte de su libro, tocante á las cuatro grandes monarquías del mundo, como son la de los caldeos, la de los medos y persas, la de los griegos, y últimamente, la de los romanos. Allí se describe la sucesión de todos esos grandes imperios, que debían seguirse el uno al otro: la destrucción del uno por el otro, y el estado de la Iglesia cautiva y abatida antes de la venida del Mesías; y sobre todo se anuncia el reinado de los Seléucidas, que fueron los reyes de Siria, y de otros sucesores de Alejandro el Magno, bajo cuyo imperio la nación de los judíos había de padecer graves y funestos accidentes. Singularmente en el imperio de Antíoco Epifanes, el más cruel, astuto y violento perseguidor que tuvo jamás la religión, siendo su intento principal el arrancar, si hubiera podido, el culto del verdadero Dios, juntamente con todas las señales y sentimientos de piedad, del corazón de los hombres. Bajo la figura de la inhumana persecución de Antíoco se hallan representadas las de Roma pagana, y también las del Antecristo al fin del mundo, que será tan implacable enemigo de la religión cristiana, como lo fué Antíoco de la nación de los judíos; contra cuyos esfuerzos el profeta consuela y alienta á la Iglesia, prometiéndole la divina asistencia, la libertad que lograría á su tiempo: y fortificando su fe con la esperanza de la salud eterna por Jesucristo, el cual, habiendo sido establecido Rey del mundo por el Padre, de tiempo en tiempo arruinaría los sobredichos imperios, y fundaría el suyo espiritual y eterno sobre la redención del género humano, que alcanzaría por el precio de su sangre. Declara el tiempo preciso en que debía hacerse esta redención, la serie de reyes que precederían á la venida del Mesías, y el número exacto de los años; dando señales muy evidentes por las cuales se le podría reconocer; de manera que ninguno de los otros profetas señaló con palabras más decisivas el término de este rescate, en el que debían cumplirse todas las ceremonias antiguas que á él solamente (1) Ezechiel, XIV, 14, 20, XXVIII, 8. miraban, y cesar de todo punto su uso, quedando enteramente anuladas, para dar lugar á la grandeza del culto de Dios en espíritu y en verdad. Declara asimismo que, como el reino de Jesucristo se establecería con el justo castigo de los judíos por su incredulidad y rebeldía, así por el contrario, produciría á todos los verdaderos fieles salud, resurrección gloriosa y eterna bienaventuranza. Finalmente, son tan duras las profecías de DANIEL, por lo que toca á todo lo que dejamos referido, que como observa un docto y piadoso expositor, habiendo cesado los profetas en el pueblo de Dios, después que volvió del cautiverio de Babilonia hasta san Juan Bautista, no parece poderse alegar otra mejor razón de esta divina disposición, sino que, habiendo señalado DANIEL tan claramente todo lo que acaecería á este pueblo, y todo lo que miraba al tiempo de la venida y de la muerte del Mesías, lo que él dijo podía ser suficiente á la fe de estos antiguos judíos, y suplir por cualquier otra profecía, consolándolos cumplidamente con sus escritos de la interrupción ó falta de sus profetas.

DANIEL, Aggeo, Zacarías y Malaquías fueron los cuatro profetas que alcanzaron la libertad del pueblo y le vieron volver á Judea. Muchos hebreos no le ponen en el número de los profetas, no porque no admitan sus profecías, sino porque, habiendo vivido en palacio y tenido los primeros empleos de la corte, no profesó en público la manera austera de vivir que usaban comunmente los otros. Pero Jesucristo en su Evangelio le dió este glorioso nombre (1): Quæ dicta est à Daniele propheta. Lo que basta para que todos le reconozcan con este dictado. (Advertencia sobre la profecía de DANIEL; La Biblia Vulgata latina, traducida y anotada por D. FELIPE SCÍO DE SAN MIGUEL, obispo de Segovia; Antiguo Testamento, tomo 8.° «Llegó el tiempo señalado por los profetas para la ruina del imperio de los asirios y el rescate de los judíos.

Baltasar, hijo menor de Nabucodonosor, ocupaba el trono.» «Un día, dice el gran profeta DANIEL, el rey de Babilonia da un espléndido banquete á todos los grandes de su corte; y hallándose embriagado, manda que los vasos de oro y plata que Nabucodonosor quitó del templo de Jerusalén, se los llevaran para que él, sus cortesanos, sus mujeres y concubinas bebiesen. Bebían vino y loaban á sus dioses de oro y de plata, de cobre y de hierro, de palo y de piedra. En la misma hora aparecieron unos dedos como de mano de hombre, que escribía enfrente del candelero sobre la pared de la sala del festín, y el rey miraba los artejos de la mano que escribía. Se inmutó el semblante del rey y le conturbaban sus pensamientos, y sus rodillas se batían la una contra la (1) Matthoi, XXIV, 16.

otra. Entonces mandó el rey en alta voz que hicieran entrar magos, caldeos y agoreros, y dijo á los sabios de Babilonia: «Cualquiera que leyese esta escritura y me declare su significado, será vestido de púrpura y llevará collar de oro en su cuello y será el tercero en mi reino.» Mas ninguno pudo leer la escritura ni mostrar al rey su significado. El rey se turbó de nuevo, y entrando la reina en el salón del festín, dijo: «¡Oh rey! vive para siempre: no te conturben tus pensamientos, ni se altere tu semblante. Hay un hombre en tu reino que tiene en sí el espíritu de los santos dioses, y en los dias de tu padre se manifestaron en él la ciencia y la sabiduría: por lo que tu padre, el rey Nabucodonosor, le hizo príncipe de los magos, de los encantadores caldeos y agoreros: tu padre, digo, ¡tu rey! porque fué hallado en él un espíritu superior, y prudencia, é inteligencia, é interpretación de sus sueños... quiero decir, en DANIEL, á quien el rey puso el nombre de Baltasar: ahora, pues, que llamen á DANIEL y te dirá lo que significa.» fué introducido DANIEL á la presencia del rey, y le dijo: «Tus dádivas para tí sean, y los dones de tu casa dalos á otros: yo te leeré, oh rey, la escritura y te mostraré su significado.

Rey, el Dios altísimo dió á Nabucodonosor, tu padre, el reino, la grandeza, la gloria y la honra: y todos los pueblos, todas las provincias y las tribus le respetaban y temían; y él ensalzaba á quienes quería, y á los que quería los abatía. Mas cuando la soberbia endureció su corazón, fué depuesto del trono y le fué quitada su gloria, fué echado de entre los hijos de los hombres y moró con los asnos monteses, comiendo como ellos la hierba de los campos, hasta que reconoció que el Altísimo tenía poder en el reino de los hombres, y daba los tronos á quienes quería. Y tú, Baltasar, su hijo, sabiendo todo esto, no has humillado tu corazón, sino que te has alzado contra el dominador del cielo, y los vasos de su casa han sido traídos á tu presencia, y tú y los grandes de tu corte, y tus mujeres y tus concubinas, habéis bebido vino en ellos: también has honrado á dioses de plata y de oro, de cobre y de hierro, de palo y de piedra, que no ven, ni oyen, ni sienten: mas no has glorificado á Dios, que tiene en su mano tu aliento y todos tus caminos. Por lo tanto, el envió los dedos de una mano que escribió esto que está ahí grabado: Mane, Thecel, Phares. He aquí la interpretación de esas palabras: Mane, Dios ha numerado los días de tu reinado y le ha puesto término.

Thecel, has sido pesado en la balanza, y has sido hallado falto.

Phares, dividido ha sido tu reino, y se ha dado á los medos y á los persas.» DANIEL fué vestido de púrpura, le rodearon al cuello un collar de oro y se hizo publicar que él tendría poder el tercero en el reino. «Aquella misma noche fué tomada Babilonia, muerto Baltasar y elevado Ciro, que le sucedió en la soberanía.» (Historia Sagrada, traducida del francés por DON ANTONIO PIRALA.)

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El texto de Barcia (1880-1883) es de dominio público. El troceado, esta página y sus datos son CC BY 4.0, Karb and Sil. Cítese: «Daniel», en Roque Barcia, Primer diccionario general etimológico (1880-1883), Biblioteca Wordkers, https://biblioteca.wordkers.com/d/barcia/daniel.