Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Cerval

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Cerval. Adjetivo lo que pertenece al ciervo ó se le parece en algo.

MIEDO CERVAL. Miedo grande que perturba la razón.

ETIMOLOGÍA. Ciervo: catalán, cerval. Cervantes Saavedra (MIGUEL DE). Cesó la competencia entre las siete poblaciones que se disputaban la honra de haber recibido al nacer al príncipe de nuestros escritores; quedan eliminadas Sevilla, Madrid, Lucena, Toledo, Esquivias, Consuegra y Alcázar de San Juan: documentos irrecusables deciden á favor de Alcalá de Henares, ufana de tan gloriosa maternidad. Allí nació MIGUEL DE CERVANTES, y fué bautizado en Santa María la Mayor, á 9 de Octubre de 1547. La tradición señala todavía los restos de la casa en que se crió, enclavados hoy en la huerta de los capuchinos y reducidos á una pared y puerta tapiada, con indicios de la pobreza de sus antiguos huéspedes. Ignóranse las circunstancias que fijaron en Alcalá la residencia de la familia de CERVANTES. Llamábase su padre Rodrigo; su madre doña Leonor de Cortinas, natural de Barajas; su abuelo Juan de Cervantes, corregidor de Osuna, donde dejó buena memoria de su gobierno, y descendiente (si es exacto el árbol genealógico publicado) del gran Alfonso Nuño, alcaide de Toledo, cuya rama vino á entroncarse con la de los reves de Castilla por medio de doña Juana Enríquez de Córdova y Ayala, segunda mujer de Don Juan II. Sea como fuere, su familia era conocida como de hidalgos principales, aunque decaída de su antiguo esplendor, á causa de los escasos bienes de fortuna que, con bastante frecuencia, son señales de hereditaria honradez en repúblicas de cierta manera organizadas. Y como esta condición era entonces, aun más que en nuestros dias, obstáculo para ejercer ciertas profesiones lucrativas, sin dejar de ser honestas, la escasez de recursos de los padres de CERVANTES, sobrecargados además con el sustento de otros hijos, no les habría permitido darle la educación que á su clase correspondía, si su residencia en Alcalá, emporio en aquel tiempo de las ciencias y liberales estudios, no les hubiera facilitado los medios económicos de atender á esta obligación, cultivando desde la cuna aquella clarísima y fecunda inteligencia. Pocas noticias tenemos de los primeros años de CERVANTES, como no sea por algún fugaz recuerdo expresado casualmente en sus escritos. Así sabemos que, siendo todavía muchacho, vió representar al famoso Lope de Rueda, insigne farsante y autor dramático, y quedaron tan impresos sus versos en la memoria de CERVANTES, que aun en edad mu y provecta se deleitaba en recitarlos como modelo de cómica elocución. Desde tan tierna edad mostró decidida inclinación á la poesía, aunque según él mismo confiesa, no le fué concedido este dón por el cielo, que por otros caminos á la cumbre de la gloria le guiaba. De sus primeros maestros sólo conocemos el nombre del presbítero Juan López de Hoyos, varón piadoso y gran humanista. Es de creer que CERVANTES aprendería con singular aprovechamiento, si se atiende á los elogios y expresiones de cariño que le prodigó su maestro. Su aplicación, por lo menos, y ansia de saber era tanta, que á tenor de lo que él mismo refiere, iba recogiendo para leer los papeles rotos que encontraba por las calles. Sus obras demuestran que, sin menoscabo de su ingenio y propio caudal, poseía una erudición no vulgar y abundante lectura de los buenos autores. Si hubiese seguido alguna carrera literaria, tal vez se hallaría privado el mundo de aquellas obras, donde más que la ostentación de las ideas campea y resplandece la originalidad de las propias, y sobre todo, aquella travesura y práctica del mundo, que se aprenden mejor en las posadas, campamentos y cárceles que en las graves universidades, aun entre los pasajeros desahogos y escapadas de la bulliciosa estudiantina. De todas maneras, se hallaba CERVANTES en Madrid, cuando en 24 de Octubre de 1568 celebraba la villa en las Descalzas Reales las solemnes exequias de la reina Isabel de Valois. El maestro Juan López de Hoyos tuvo el encargo de componer las historias, alegorías, jeroglíficos y letras que debían colocarse en la iglesia; y con este motivo publicó una relación de la enfermedad, muerte y funerales de aquella princesa, insertando allí varias composiciones poéticas de sus discípulos; unas, en latin; y otras, en castellano. Entre ellas, figura con expresa y particular recomendación el nombre de MIGUEL DE CERVANTES, al frente de un soneto, cuatro redondillas, una copla y una elegía en tercetos, compuesta en nombre de todo el estudio y dirigida al cardenal Espinosa, inquisidor general. Tales son las primicias que conocemos de aquel grande ingenio. En mucho la estimaría su maestro, cuando en la referida relación colma de elogios á su autor, llamándole repetidamente su caro y amado discípulo. Probablemente en esta ocasión hubo de conocerle y cobrarle afecto monseñor Julio Aquaviva, hijo de los duques de Atrí y muy estimado de la santidad de Pío V, quien le envió desde Roma en calidad de legado: era mozo virtuoso y de muchas letras, tenía poco más de 20 años, y á los 24 recibió el capelo; gustaba mucho, según el testimonio de Mateo Alemán, de tratar á los hombres de ingenio, á quienes obsequiaba magníficamente. Prendado de las buenas disposiciones de CERVANTES, le recibió á su servicio en clase de camarero y lo llevó consigo á Italia. Este viaje fué para CERVANTES de sumo aprovechamiento, por cuanto desenvolvió en gran manera su genio observador. Por las descripciones de países y costumbres que disemina en numerosos pasajes de sus obras, se puede casi trazar la ruta que llevó por Valencia, Cataluña, el Mediodía de la Francia, el Piamonte, el Milanesado y la Toscana, hasta la capital del orbe católico. Ha Ilábase entonces la Italia en el mayor grado de cultura literaria: aun resonaban en ella los cantos del Tasso y del Aríosto. El palacio de un hombre tan ilustre, cortesano y accesible como el futuro cardenal, debía de ser frecuentado por los buenos ingenios que florecían en Roma; y allí trataría CERVANTES algunos que formarían su gusto, excitarían su emulación, y aun le pegarían los italianismos de que alguna vez se resienten sus escritos. Pero este género de vida duró poco: sin ningún motivo de desagrado, dejó CERVANTES una casa de la cual conservó siempre gratas memorias. En el año de 1571 había sentado ya plaza de soldado en los tercios españoles. O tedioso de la domesticidad, que no cuadraba á su carácter independiente, ó, lo que es más probable, ambicioso de todo género de gloria en un siglo entusiasta y emprendedor, abrazó con ardimiento una carrera que atraía á su noble juventud, y en que los ánimos esforzados veían ocasiones honrosas de distinguirse y de medrar. El sultán Selim II se habia apoderado alevosamente de la isla de Chipre, perteneciente á la República de Venecia, la cual imploró el auxilio de los príncipes de la cristianidad. El rey Felipe, excitado por el Pontífice, facilitó naves y tropas para la expedición, que sin gran resultado se emprendió en el verano de 1570, bajo el mando de Marco Antonio Colonna. A ella, en la humilde parte que le cupo, concurrió MIGUEL DE CERVANTES, supuesto que tal fué el destino de su compañía, mandada por don Diego de Urbina. En la batalla de Lepanto tenía su puesto la galera Marquesa, de Juan Andrea Doria, mandada por Francisco de Sancto Pietro, y en ella gemía CERVANTES postrado por unas calenturas que le dispensaban de todo servicio. Pero apenas supo que se iba á entrar en combate, se levantó precipitado y corrió á su puesto. En vano su capitán y sus amigos quisieron persuadirle á que se estuviese quedo abajo en la cámara de la galera. «Señores, respondió, ¿qué se diría de Mi GUEL DE CERVANTES? En todas las ocasiones que hasta hoy en día se han ofrecido de guerra á su Majestad y se ha mandado, he servido muy bien como buen soldado; y así ahora no haré menos, aunque esté enfermo é con calentura: más vale pelear en servicio de Dios é de su Majestad é morir por ellos, que no bajarme so cubierta.» Pidió con las mayores instancias á su capitán que se le colocase en el lugar más peligroso; y así lo hizo éste, destinándole á la cabeza de doce soldados en el lugar del esquife. Desde allí, rechazando con valor y hasta el fin las arremetidas de los enemigos, recibió dos arcabuzazos en el pecho y uno en la mano izquierda, que le quedó estropeada hasta el punto de no poder ya más valerse de

ella. Concluída la batalla, después de .una breve estación en el puerto de Petela para reparar las averías, volvieron las fuerzas navales á Sicilia, desde donde se repartieron los buques en varios puertos de Italia para la próxima invernada. CERVANTES permaneció en el hospital de Mesina curándose de sus heridas, agravadas por efecto de sus otros males; la curación fué larga, supuesto que duraba todavía en el mes de Marzo del año siguiente, con el consuelo de verse atendido por su ilustre general el señor don Juan de Austria, quien, tan terrible para sus enemigos en el campo como benévolo y amoroso para sus soldados, hizo el debido aprecio de sus merecimientos, le socorrió varias veces y le aventajó en tres escudos al mes cuando ya restablecido se halló en el caso de volver al servicio. A fines de Abril de 1572 se vió incorporado en el tercio de don Lope de Figueroa, que fué á Corfú en las galeras del esclarecido marqués de Santa Cruz, concurriendo bajo las órdenes de Colonna á la jornada de Levante, y bajo las del generalísimo á la empresa de Navarino. A fines de Setiembre de 1573 salió de Palermo la expedición que se posesionó del fuerte de la Goleta y de la ciudad de Túnez, de la que formó parte el tercio de Figueroa, y tal vez CERVANTES pertenecía á las cuatro compañías del mismo, que, según la expresión de Vamderhamen, hacían temblar la tierra con sus mosquetes. No se hallaba CERVANTES en aquel país cuando al año siguiente se perdieron Túnez y la Goleta, pues había pasado á Cerdeña de guarnición, después al Genovesado, y de allí á Nápoles y Sicilia, á las ordenes del duque de Sesa, siendo en todas ocasiones un modelo de valor y de subordinación militar. A pesar de tantos esfuerzos no mejoraba la suerte de CERVANTES, reducido á la miserable condición de simple soldado. Ansioso de volver á ver su patria y de obtener algún premio por sus servicios, solicitó su licencia, y la obtuvo desde luego del señor don Juan, quien le proveyó de expresivas cartas de recomendación para el rey, su hermano, á fin de que se le confiriese alguna compañía; el duque de Sesa escribió también encarecidamente en su favor á su Majestad y á los ministros. Con tan buen recaudo salió de Nápoles en la galera de España, llamada el Sol, en compañía de su hermano Rodrigo, de Pero Diez Carrillo de Quesada, gobernador que fué de la Goleta y después general de artillería, y de otras personas de cuenta. Pero tan lisonjeras esperanzas habian de desvanecerse en un momento. Navegaba la galera el Sol la vuelta de las costas de España, cuando en 26 de Setiembre de 1575 se encontró rodeada de una escuadrilla de galeotas que mandaba en persona el arnaute Mamí, renegado albanés, capitán de la mar de Argel, que era destino de importancia en aquel reino. Diéronle caza tres de estos bajeles, de los cuales el uno era de veintidós bancos al mando del arraez Dalí Mamí, también renegado griego, y atacándola con denuedo, vinieron al abordaje y la rindieron después de una obstinada é inútil resistencia. La galera fué conducida á Argel, y lo mismo su tripulación y pasajeros, á sufrir todos los trabajos y humillaciones de la cautividad. Los cautivos eran destinados á los trabajos más penosos; los encerraban en baños pestíferos, cargados de cadenas; los vendían y trocaban á su placer; exigian por su rescate cuantiosas sumas, hasta dejar arruinadas á sus familias, y á la menor falta ó desmán los ahorcaban con la más fría indiferencia ó les infligían castigos todavía más atroces, al tiempo que procuraban, cou halagos y promesas de una holgada fortuna, inducirles á renegar de su fe. Cupo nuestro CERVANTES en suerte al arraez Dalí Mamí, que le había apresado, y que por su agradable aspecto, bravura en el combate y las cartas de recomendación que le encontró de sus ilustres jefes, hubo de tenerle por persona principal, de quien podría obtener un gran rescate, teniéndole muy guardado y sujeto. Esta es la parte más interesante de toda la vida de CERVANTES; en ella se engrandeció su alma altanera, se aguzó su ingenio y subieron de punto su heroísmo y generosidad. A pesar de tanta vigilancia, no tardó en presentársele oportunidad de fugarse, y buscando un moro que le sirviese de guía, le indujo á que le acompañase por tierra á Orán, plaza de la costa que ocupaban los españoles. Reuniéronse para esta empresa varios cautivos de su predilección, con quienes, á costa de aumentar su riesgo, quiso compartir el beneficio, siendo el alma y el caudillo de esta expedición, como lo fué siempre de todas las tentativas que trazó y dispuso su fecundo ingenio, estimulado por el deseo de la libertad. Pero después de haber andado una jornada, el moro abandonó á los fugitivos, quienes tuvieron que volver á Argel á recibir severos castigos de sus patrones. El de CERVANTES, que según noticias no era de los menos duros, redobló sus cadenas y estrechó más y más su triste encerramiento para asegurar la esperanza de un buen rescate. Así que la familia de CERVANTES tuvo noticia de la desgracia, hizo los mayores esfuerzos con el fin de juntar los medios necesarios para el recobro de tan caras prendas; desde luego malvendió su corto patrimonio, empeñó las dotes de las hijas, recurrió á los amigos. y sujetándose á toda clase de privaciones, quedó reducida á la mayor estrechez. Este caudal de lágrimas llegó á Argel más de dos años después del apresamiento; pero por su cortedad no pudo satisfacer las exigencias de Dalí Mami, que no quiso soltar á su cautivo, y así fué aplicado al rescate de su hermano Rodrigo, quedando Miguel sin más esperanzas de salvación que las que el cielo quisiera depararle. El único recurso que tuvo en aquella amarga separación fué encargar á su hermano que, al Ilegar á las costas de las Baleares ó de Valencia, procurase expedirle una embarcación que, atracando de noche en punto determinado, tomase á su bordo á los cautivos que se hallarían prevenidos para el caso. Cumplió Rodrigo fielmente este deber fraternal, y provisto de cartas é instrucciones de varios caballeros que entraban en el plan, habilitó inmediatamente una fragata armada al mando de un tal Viana, marino arrojado y práctico conocedor de aquellas costas. El punto de la recalada se designó junto á una casa de campo sita á tres millas al Este de Argel, propia del alcaide Azán, renegado griego, y cultivada por un cautivo natural de Navarra, conocido bajo el nombre de uan el Jardinero. Había allí una cueva muy oculta, donde fueron, con mucha anticipación, guareciéndose los cautivos á medida que iban escapándose de las casas de sus amos. Juan velaba por su seguridad; CERVANTES con suma diligencia y disimulo, dirigía aquella maquinación, proveyendo á todo y ofreciendo este medio de fuga á los cautivos de su confianza. Todo estaba dispuesto; la noche, aunque incierta, de la libertad se iba acercando, y CERVANTES se ocupaba en recoger á sus amigos más rezagados, con el disgusto de no haber podido atraer al doctor Antonio de Sosa, eclesiástico de estóica virtud, que lleno de achaques y guardado con especial vigilancia por su amo, no pudo ó no quiso acompañarle. Llegó por fin la fragata, que mantenién dose en franquía todo el 21 de Setiembre, se arrimó ya de noche; y su tripulación verificaba el desembarco, cuando amedrantada por unos moros que acertaron á pasar por aquel sitio, tuvo que hacerse á la mar. Volvió en seguida, pero alarmada ya la población de aquel campo, que acudió y se puso en acecho, no solamente frustró la tentativa sino que, arrojándose sobre la embarcación, la apresó con toda su gente. Quedaron en su consecuencia los de la cueva privados de toda esperanza y socorro, pues no viendo al renegado el Dorador, que era el encargado de comprar los víveres y conducirlos á la cueva, carecían de todo alimento. A los tres días le vieron por fin, pero conduciendo al comandante de la guardia del rey, con veinticuatro infantes armados y algunos turcos de á caballo. Encamináronse todos derechamente á la cueva, y al oir el rumor de pisadas y amenazas, tuvo tiempo CERVANTES de advertir á sus compañeros que descargasen sobre él toda la culpa; en seguida se adelantó á encararse con el comandante, diciéndole con singular entereza que él solo había fraguado aquel proyecto y seducido á los demás. así que sobre él solo debía recaer cualquier castigo. Asombrados los agresores tanto como los capturados, en vista de tan rara

presencia de ánimo, despacharon un propio al rey, quien mandó que todos aquellos infelices fuesen conducidos á un baño, y que á CERVANTES solo le Ilevasen á su presencia. Así se verificó, y así tuvo que entrar en Argel el animoso joven, maniatado, á pie, y perseguido por los insultos de aquel bárbaro populacho. El lector adivinará que quien delató esta conspiración fué el Dorador, pero poco gozó de la recompensa, pues murió miserablemente tres años después en el mismo día 30 de Setiembre, aniversario de su infame traición. Era el rey Azán un hombre feroz que se de Jeitaba en ejecutar con sus propias manos los suplicios á que caprichosamente condenaba á los esclavos; CERVANTES le caracterizó perfectamente con un magnífico pleonasmo, diciendo que era condición suya el ser homicida de todo el género humano. Puesto CERVANTES á la presencia de este mónstruo, tuvo que sufrir un capcioso interrogatorio, acompañado de terribles amenazas. Mas á pesar de todos los medios que se usaron para vencer la firmeza de CERVANTES, no pudieron recabar de él otras declaraciones más que la misma dada en el acto de su prisión: que él solo era el autor de todo, y que todos eran víctimas de su seducción. Azán, con sorpresa de cuantos conocían su carácter, se contentó con mandar á CERVANTES con los demás á su mazmorra. En aquella bárbara república, los esclavos perdidos ó fugados que cogían los esbirros del rey pasaban á ser propiedad suya; pero Dalí Mamí, usando de su valimiento, recobró á CERVANTES, si bien poco después lo vendió por quinientos escudos al rey, quien creyó haber hecho un buen negocio, pues no podía creer que hombre tan extraordinario no valiese más en su patria. ¡Bárbara simplicidad! Los compatriotas de CERVANTES no le estimaban en tanto. Entre los dos mil cautivos encerrados en el baño del rey, gemían otros tres caballeros, relacionados con el gobernador español de Orán, donde tenía también CERVANTES algunos amigos; y cinco meses después, juntando las recomendaciones de todos, halló medio para ganar á un moro que se ofreció á llevar las cartas, dirigidas á que se les enviasen algunos espías y personas de confianza con quienes pudiesen realizar la fuga. El desgraciado mensajero fué cogido al entrar en el mismo territorio de Orán y conducido otra vez á Argel, donde fué empalado, sin descubrir cosa alguna; pero habiéndose encontrado cartas de letra de CERVANTES, Azán llamó á éste á su presencia y mandó darle dos mil palos, sentencia que iba á ejecutarse inmediatamente. Pero alguna gracia, como suya, debió de decir CENVANTES en aquel conflicto, supuesto que el rey, desarmada su cólera, revocó la orden del castigo. CERVANTES, más precavido de entonces, vino á trabar amistad con un renegado, natural de Osuna, llamado Girón, y entre los moros Abdaharramen, que deseaba volver al gremio de la Iglesia. Persuadióle á que adquiriese y armase una fragata bajo el pretexto de hacer el corso, y que en ella se huyese de Argel, llevándose consigo una porción de cautivos de lo más florido. Para los fondos se acudió á un mercader valenciano, establecido en aquella plaza, por nombre Ono fre Erarque; y éste, con efecto, aprontó más de mil trescientas doblas, con las cuales y otros recursos se acudió á lo necesario. Un nuevo Judas, cierto Juan Blanco de Paz, mal sacerdote y hombre perverso, delató el plan á Azán, de quien recibió por todo premio un escudo de oro y una jarra de manteca. Disimuló el rey para sorprender á los conjurados, pero éstos comprendieron que se hallaban descubiertos, y el terror se apoderó de todos. Exarque, viendo comprometida su hacienda y su vida, propuso á CERVANTES dar la suma pedida para su rescate, con el fin de que, salvándose él, le librase de aquella angustiosa situación. Tentadora era la propuesta, pero no era CERVANTES hombre capaz de abandonar á sus amigos, de cuya constancia en la tortura no podía responder como de la suya propia; por de pronto, y con el objeto de ver cómo las cosas se encaminaban, huyó del baño, acogiéndose bajo el amparo de un antiguo camarada, el alférez Diego Castellano. Mas al oir el pregón que declaraba su fuga é imponía pena de la vida á quien le ocultase, no queriendo que padeciera por su causa su generoso encubridor, salió al momento de su asilo, y juntándose al paso con Morato Raez, por sobrenombre Maltrapillo, renegado murciano y amigo del rey, se presentó impávido á éste para que dispusiese de su vida. Irritado Azán, mandó atarle las manos atrás y ponerle un cordel á la garganta, como para ahorcarle, si no confesaba. Nada bastó para que nombrase á persona alguna: echó toda la culpa sobre sí y sobre otros cuatro caballeros que estaban ya en libertad, hasta que, cansado Azán de sus inútiles pesquisas, ó vencido á los ruegos de su amigo Morato, ó cediendo á la fascinadora influencia de un esclavo cuya superioridad no podía menos de reconocer, dispuso que le encerrasen en la cárcel de moros que estaba en su mismo palacio, y desterró á Girón al reino de Fez. Pero los designios de CERVANTES no se limitaban á recobrar su propia libertad y la de sus compañeros de infortunio. En el largo tiempo que medió entre la sorpresa de la cueva y la segunda tentativa de escaparse por Orán, meditaba otro proyecto más grande, que, á tener resultado, cambiara sin duda la faz de los negocios del mundo, apresurando la civilización del Africa septentrional. Aspiraba nada menos que á alzarse con Argel para entregárselo á Felipe II. La muchedumbre de esclavos cristianos amontonados en aquellas mazmorras, que pasaban entonces de 25.000, la mayor parte hombres esforzados y embravecidos por la desesperación; el descontento de los mismos habitantes, oprimidos por Azán; la escasez y carestía de las vituallas; las enfermedades epidémicas y el hambre; el terror general en vista de los armamentos que preparaba España, con apariencia de intentar un desembarco, eran circunstancias bastantes para disminuir el concepto de temeridad que á tamaña empresa podía atribuirse. De estas complicaciones quiso aprovecharse CERVANTES, urdiendo una vasta conspiración, que con la cautela necesaria dirigía, hasta que, sabido el objeto de los preparativos de España, que se destinaron después á la expedición de Portugal, calmades por este lado les inquietudes de los argelinos, perdidas las esperanzas de apoyo exterior y mejorada la situación del país con alguna mayor abundancia, se desvanecieron todas las probabilidades de buen éxito, y hubo que abandonar el plan. El padre Haedo, autor contemporáneo, en su Historia y topografía de Argel, atribuye esta contrariedad á traiciones y abusos de confianza: «Si á su ánimo, industria y trazas correspondiera la fortuna (dice hablando de CERVANTES), hoy fuera el día que Argel fuera de los cristianos, porque no aspiraban á menos sus intentos... De su cautiverio y hazañas se pudiera hacer una particular historia... Y si no le vendieran y descubrieran los que le ayudaban, dichoso hubiera sido su cautiverio, con ser de los peores que en Argel había.» Por esto solía decir Azán que, «como él tuviese guardado al estropeado español, tenia seguros sus cristianos, bajeles, y aun toda la ciudad; tanto era (añade el mismo escritor) lo que temía las trazas de MIGUEL DE CERVANTES.» Mientras en tales proyectos andaba ocupado, sus desvalidos padres, arruinados ya con el rescate de su mayor hermano, continuaban las diligencias para obtener el de Miguel. Con este fin buscaron documentos con que hacer constar sus servicios. Don Juar de Austria, que de ellos había sido testigo y justo apreciador, había muerto ya; el duque de Sesa dió una certificación en que muy expresamente los encarecía, y los declararon judicialmente ante la autoridad muchas personas que habían presenciado sus hazañas en el ejército y en el cautiverio. Entre estos pasos vino á fallecer, agobiado por tantas pesadumbres, su padre Rodrigo, cuya viuda doña Leonor de Cortinas los continuó sin descanso con todo el amor de una madre, hasta que, ayudada de su hija doña Andrea, pudo entregar á los religiosos de la orden de la Trinidad trescientos ducados, cantidad que distaba todavía mucho de la que exigía el codicioso berberisco. Una persona piadosa (y no callemos el nombre de un bienhechor de la humanidad), Francisco Caramanchel, doméstico de un consejero, dió cincuenta doblas; otras

cincuenta se le aplicaron de la limosna general de la orden Redentora. Esperaban completar la partida con la gracia que se había solicitado del rey, cuyo Gobierno, después de las dilaciones y viciosos trámites que también entonces seguían los expedientes, y conforme al ridículo sistema de arbitrios particulares para cada objeto, de que aun ahora nos quedan resabios, concedió por toda merced un permiso para exportar de Valencia á Argel por valor de dos mil ducados de mercaderías no prohibidas. Se trató de negociar el privilegio, y nadie ofreció por él más de sesenta ducados: probablemente importarían más los derechos curiales para la expedición de la cédula que por este motivo no se sacó. Nada tuvo CERVANTES que agradecer en esta ocasión á los que después llevaron constantemente la ingratitud hasta la tenacidad. Por este tiempo, en Mayo de 1580, los padres de la Santísima Trinidad, provistos de algunos fondos de la orden y de particulares, llevaron á Argel el estandarte de la Redención. Cuando los Gobiernos no son capaces de satisfacer todas las necesidades de la sociedad que presiden, es indispensable que el celo de los hombres generosos supla esta imperdonable falta. Dirigía esta gloriosa expedición el padre fray Juan Gil, procurador general, acompañado del padre fray Antonio de la Bella, ministro del convento de Baeza. Así que estos dos buenos religiosos llegaron á su destino, solicitaron el rescate de CERVANTES, pero su amo se obstinaba en no querer rebajar el precio de mil escudos en que le había tasado, para doblar el importe de la compra. Cuatro meses se pasaron en tan odioso regateo; en este intermedio espiró el término del bajalato de Azán, quien había entregado ya el gobierno á su sucesor Jafer-Bajá. Ya iba á salir del puerto con cuatro buques propios y siete de escolta; ya CERVANTES estaba amarrado á su banco y con el remo en la mano. Reflexiones, súplicas, empeños apoyaron el último esfuerzo. El día 19 de Setiembre de aquel año recibió sus quinientos escudos de oro en oro de España, con más nueves doblas de derechos para el cómitre y demás oficiales de la galera; mandó desembarcar á CERVANTES ya libre, y pocas horas después navegaba hacia Constantinopla. El dinero destinado á CERVANTES no alcanzaba á cubrir la suma exigida; fué preciso buscar entre mercaderes doscientos veinte escudos, bajo la garantía de los religiosos, que nunca pudieron emplear mejor el crédito de su orden. Restituido CERVANTES á la libertad, todavía permaneció en Argel hasta fines de aquel año, agasajado de cuantos conocían sus bellas prendas. Sólo un delator, el mencionado Juan Blanco de la Paz, temeroso de que CERVANTES al regresar á España descubriese su inicuo proceder, se dedicó á esparcir voces denigrantes y á recogerlas después, seduciendo á varios cautivos y excitándoles á declarar en cierta información que intentó. Con este motivo CERVANTES provocó una información de testigos, que por fortuna existe original en el archivo general de Indias, establecido en Sevilla, en la que los cautivos más autorizados que existían entonces en Argel exponen los hechos referidos y justifican la virtuosa conducta de CERVANTES en medio de aquellos trabajos. En efecto, no perdió ocasión de alentar á los renegados, medianamente dispuestos á volver á sus antiguas creencias, trataba á todos con una gracia particular, que le conciliaba el afecto de cuantos le conocían; con lo poco que podía disponer socorría liberalmente á los necesitados, exhortaba á los pusilánimes, cumplía con los deberes de la religión, y componía versos, algunos de ellos sobre asuntos de piedad. Acaso á esta época deben referirse los romances infinitos de que habla él mismo en su Viaje al Parnaso. Con este testimonio, que suplía con ventaja las perdidas cartas de recomendación, regresó á abrazar á su desconsolada familia. Su hermano Rodrigo, ascendido á alférez, se hallaba sirviendo en las tropas que invadían á Portugal. Preparábase una expedición á las islas Terceras; CERVANTES creyó inocentemente que el mejor medio de adelantar en su carrera sería multiplicar servicios buscando ocasiones de distinguirse, y con esta idea se resolvió sin tardanza, no embargante su manquedad, á ofrecer su diestra, que vigorosa todavía y encallecida por los hierros, podía muy bien esgrimir la espada. Sirvió, pues, en las tres campañas de 1581 hasta 1583, y según probables indicios, concurrió á la acción naval del 25 de Julio de 1582 en las aguas de la isla de San Miguel, y al sangriento desembarco verificado en la isla Tercera en 15 de Setiembre del año siguiente á las órdenes de su antiguo general don Alvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz; pero no tenemos noticias positivas de sus aventuras y hechos de armas en estas expediciones; sólo sabemos que en aquellos tiempos fué enviado á Mostagán con cartas y avisos del alcaide de aquella fortaleza para Felipe II, quien le mandó pasar á Orán. También con esta época debieron coincidir ciertos amores con una dama portuguesa, de quien hubo una hija natural, Ilamada doña Isabel Saavedra, que formaba después parte de su familia. Concluida la guerra con la reducción de todas las posesiones ultramarinas pertenecientes á la monarquía portuguesa, y desvanecidas las probabilidades de fortuna por este camino, dejó CERVANTES el servicio militar y fijó su domicilio, después de quince años de vicisitudes y adversidades, dedicándose al cultivo de las musas, que habían sido las delicias de su primera juventud y el consuelo de sus quebrantos. Por entonces debió componer su Filena, producción de que no conocemos más que el nombre, por lo que él mismo indicó incidentalmente después: "También al par de Filis mi Filena resonó por las selvas, que escucharon más de una y otra alegre cantilena.» (Viaje al Parnaso, página 597.) A fines de 1583 tenía ya concluída la Galatea, y solicitada la licencia para su impresión, que se verificó pasado el mes de Agosto del año inmediato, después del fallecimiento del insigne caudillo Marco Antonio Colonna, supuesto que en la dedicatoria á su hijo Ascanio, abad de Santa Sofía, se refiere ya este suceso, dando así un testimonio de las gratas relaciones que había conservado con sus favorecedores de Italia. Es opinión generalmente recibida que en esta fábula los nombres de sus dos principales actores, el enamorado Elicio y la discreta Galatea, encierran los de MIGUEL DE CERVANTES y de doña Catalina de Palacios, á quien á la sazón estaba el primero obsequiando con honestos fines. En efecto, consta que en 12 de Diciembre del mismo año de 1584 contrajo CERVANTES matrimonio con doña Catalina de Palacios Salazar y Vozmediano, hija de Hernando de Salazar y Vozmediano y de Catalina de Palacios, ambos de las más ilustres casas de Esquivias. Se echa de ver que había estrechas relaciones entre las familias de los desposados, por cuanto el padre de CERVANTES había nombrado por albacea en su testamento á la doña Catalina, viuda ya, y madre de la que vino á ser después su nuera. El domicilio conyugal se estableció en la misma villa de Esquivias, al parecer muy modestamente, pues ni la dote de la mujer ni los recursos del marido á otra cosa daban lugar. Era preciso aguzar el ingenio para atender á las nuevas cargas, y tanto la falta de ocupación como la proximidad de aquel punto á la corte de Madrid, daban á CERVANTES frecuentes ocasiones para ir á activar sus pretensiones y cultivar sus amistades. Túvolas muy estrechas con los más afamados ingenios de aquel tiempo, cuya benevolencia había ya granjeado por los elogios, á la verdad exagerados en su mayor parte, que acababa de prodigarles en el canto de Caliope, inserto en el libro VI de su Galatea. Concurría probablemente á las academias particulares, donde sus amigos se juntaban á departir las cuestiones literarias del día y á comunicarse el fruto de sus trabajos; y así fué que á varios que publicaron por entonces sus obras, dedicó algunos sonetos y composiciones laudatorias para poner al frente de aquéllas, urbana costumbre y tributo recíproco que él mismo recibió y pagó, pero que con sumo donaire supo despues ridiculizar en el prólogo de la primera parte del Don Quijote. Pero esto no daba medios de subsistir, y aunque generalmente la industria de escribir era entonces aun más estéril que en nuestros días, había ciertos ramos que daban algún

mezquino producto, y uno de ellos era el teatro. Veinte ó treinta comedias, según él mismo nos dijo después, compuso en aquellos años; y por la notable incertidumbre con que se expresa sobre su número, puede presumirse que en poco las estimaría. Sin embargo, ellas fueron bien recibidas por representantes y espectadores, y sin ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza corrieron su carrera libres de silbos, gritos y baraundas. De la mayor parte de estas primeras comedias ignoramos hasta los títulos: conocemos los de La Gran Turquesca, La Batalla naval, La Jerusalén, La Amaranta ó La del mayo, El Bosque amoroso, La única y bizarra Arsinda, que todas se han perdido, así como La Confusa, que él tenía por la mejor; habiendo llegado únicamente á nosotros El Trato de Argel y La Numancia. No analizaremos estas producciones; por la relación que tienen con la vida de nuestro escritor, diremos únicamente que en ellas erró segunda vez su vocación. Ocupaciones de otro género sobrevinieron á CERVANTES, que desapareció de la escena literaria por el espacio de cerca de veinte años. Obligado por la negra necesidad, aceptó el encargo de temporal comisario ó factor de provisiones para la armada; se trasladó con este motivo á Sevilla en 1588, prestó allí sus fianzas, desempeñó este cometido hasta 1592 y rindió sus cuentas. En el interin no descuidaba sus pretensiones, como que en 1590 solicitaba de su Majestad un oficio de los que se hallaban vacantes en Indias, señalando particularmente la contaduría del nuevo reino de Granada, la de las galeras de Cartagena, el gobierno de Soconusco, en Guatemala, ó el corregimiento de la ciudad de la Paz, pues con cualquiera de estos destinos se daba por satisfecho, apelando, como dijo él mismo, al remedio á que se acogian otros muchos perdidos en Sevilla, que era el pasarse á las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España. El rey se sirvió decretar que no había lugar, que buscase por acá en que se le hiciese merced. Dando á esta promesa más valor del que en sí tenía, volvió CERVANTES á Madrid en 1594, y todo lo que pudo conseguir fué otra comisión del Consejo de Contaduría mayor para la cobranza de ciertas cantidades que, procedentes de tercias y alcabalas reales, debían varios pueblos del reino de Granada, que recorrió en efecto, realizando estos créditos con suma eficacia, aunque no sin dificultades, En 1595 tuvo que pasar á Sevilla con motivo de haber vuelto protestada una letra sobre Madrid de siete mil cuatrocientos reales, que había remitido al tesorero general, y de cuyo importe se le hacía responsable; la quiebra del librador le puso en grandes apuros, de que salió sin más perjuicios que el desagrado. En 1597 según las cuentas formadas por las oficinas, resultaba contra CERVANTES un descubierto de dos mil seiscientos! cuarenta y un reales, y por real provisión se dió orden á un juez de Sevilla para que le prendiese, y á su costa le enviase preso á la corte, á disposición del tribunal de Contaduría mayor. Verificóse la prisión, el encarcelado representó, y por buena composición se le puso en libertad, bajo fianza de presentarse dentro de treinta días en Madrid, á rendir la cuenta y pagar el alcance. ¡Oh! Bien seguros estamos de que, en medio de tantas desdichas y humillaciones, su ánimo altivo echaba de menos cada día las húmedas mazmorras de Argel, el duro trato de sus amos, el peligro de la vida y aquella tarea incesante de combinar planes generosos, cuyo acicate era la esperanza y cuyo premio era la libertad. Interpretando ciertas expresiones vertidas en el Viaje al Parnaso, han creido algunos que por imprudencia suya ó rareza de genio había dejado perder ocasiones de medrar que se le venían á la mano. CERVANTES era honrado é incapaz de toda rastrera intriga; era además compasivo, dadivoso, manirroto, si se quiere, en su pobreza, como lo fué en su cautiverio: estas serían sus culpas; Dios y los hombres se las perdonen. Terminada su segunda comisión, desempeñó algunas agencias de particulares, y en el año de 1598 se hallaba todavía en Sevilla, donde compuso su célebre soneto sobre el túmulo erigido en aquella catedral con ocasión de las exequias de Felipe II, y envió á Zaragoza una glosa en alabanza de san Jacinto, para concurrir al certamen que, en celebridad de la canonización del santo, propusieron los padres dominicos del convento de dicha ciudad, y la cual obtuvo el primer premio. Resulta, pues, que en el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones, se dedicaba á literarios ejercicios, y todos los indicios se reunen para hacernos creer que por entonces escribió sus Novelas, las cuales como composiciones de no larga extensión, bien pueden caber en la brevedad de sus ocios. A pesar de su subalterna posición, trató familiarmente con las personas más distinguidas por su clase y su saber que existían en Sevilla, ciudad culta y poderosa, patria entonces, como siempre, de clarísimos ingenios. Allí vió morir al divino Herrera, cuya memoria honró con un soneto, y concurrió á las amenas reuniones tenidas frecuentemente en el estudio del amable pintor y poeta Francisco Pacheco, quien sacó su retrato entre los muchos de personas eminentes, que tuvo la laudable curiosidad de recoger. Desde fines de 1598 hasta principios de 1603, sólo nos quedan de CERVANTES tradiciones que, si bien generales y constantes, no se apoyan en documentos conocidos, falta tanto más sensible cuanto más interesante sería saber las circunstancias que le dieron ocasión é impulso para escribir su libro inmortal, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Sobre que en la Mancha estuvo por aquellos años, todos se hallan acordes; y de que allí recibió algún desaguisado en cierto pueblo, cuyo nombre recordaba con repugnancia, dan testimonio algunos pasajes de su obra. Pudo muy bien haberse trasladado á aquel país, acogiéndose al amparo de algún pariente, entre los muchos y muy ilustres que por allí tenía: pudo también haber ido á desempeñar alguna comisión, ya que este modo de vivir había abrazado. «Unos aseguran (dice Navarrete) que, comisionado para ejecutar á los vecinos morosos de Argamasilla á que pagasen los diezmos á la dignidad del gran priorato de san Juan. fué atropellado y puesto en la cárcel: otros suponen que esta prisión dimanó del encargo que se le había confiado relativo á la fábrica de salitres y pólvora en la misma villa, para cuyas elaboraciones echó mano de las aguas del Guadiana, en perjuicio de los vecinos que las aprovechaban para el riego de sus campos; y no falta quien crea que este atrope Ilamiento acaeció en el Toboso, por haber dicho CERVANTES á una mujer algún chiste picante, de que se ofendieron sus parientes é interesados» La fama de quisquillosos y linajudos de que gozaban los pueblos de aquel distrito; la tradición que todavía subsiste en Argamasilla de que en la casa llamada de Medrano estuvo el encierro donde permaneció CERVANTES, padéciendo largos trabajos; y la expresión del mismo, confirmada por otra de Avellaneda, de que su libro fué engendrado en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento, dan lugar á una multitud de conjeturas, que en vano se han pretendido apurar.—Se hallaba establecida la corte en Valladolid desde el año 1600, y andaba todavía á vueltas el fastidioso expediente del supuesto descubierto de CERVANTES por resultas de las cuentas de sus cobranzas. Un informe que accidentalmente dieron en 1603 los contadores de relaciones á la Contaduría mayor, iba á remover el asunto, dando lugar á nuevas vejaciones, cuando CERVANTES, sabedor acaso de esta novedad, se presentó en Valladolid á dar sus descargos, que sin duda fueron satisfactorios, supuesto que habiendo residido en la corte y á la vista del tribunal hasta el fin de sus días, no volvió á ser molestado bajo el concepto de deudor á los caudales públicos. Disponía entonces á su arbitrio de la monarquía el famoso duque de Lerma. En vano se esforzó CERVANTES en exponerle sus servicios para conseguir la apetecida recompensa; aquéllos eran ya muy antiguos, y ésta se guardaba sólo para lisonjeros y paniaguados. El duque, ansioso de enlazar su familia con las más esclarecidas del reino, casó á su hijo segundo don Diego Gómez de Sandoval con doña Luisa de Mendoza, que, como inmediata sucesora del título del Infantado, llevaba el de con

desa de Saldaña. Al nuevo conde, pues, que, según parece, era aficionado á la poesía, dirigió CERVANTES una oda; pero ni por este medio alcanzó el merecido favor, y aseguran que fué recibido con despego por aquel orgulloso ministro. Desalentado CERVANTES por este camino, y tratando de publicar la primera parte del Don Quijote, que acababa de escribir, se vió en la necesidad de buscar algún Mecenas poderoso que, según decía en la fraseología de la época, amparase la obra y la pusiese á cubierto de los tiros de la envidia. Don Alonso López de Zúñiga y Sotomayor, séptimo duque de Béjar, era uno de los magnates que por aquel tiempo hacían gala de proteger las letras y honrar á los autores, si bien no siempre con buena elección y discernimiento. Rehusando el duque la dedicatoria, ciñóse CERVANTES á suplicarle que se dignase oir un capítulo, y fué tanto lo que su lectura regocijó á los asistentes, que no le dejaron parar hasta el fin de la obra. Tanto fué menester para aceptar un obsequio que habría llenado de orgullo al más indiferente. Esta protección duró muy poco. Siendo de notar que CERVANTES no dedicó al mismo duque, que aun vivía, la segunda parte del Don Quijote, ni volvió á mentarle en sus escritos. Atribúyese esto á la influencia de un religioso entremetido que mangoneaba en casa de los duques, y que se empeñó en desacreditar á CERVANTES, hasta privarle de una acogida que miraba con los celos de un estúpido. La primera parte de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha salió á luz publicada en Madrid en 1605. ¿Qué diremos de este esfuerzo del humano ingenio, de este libro asombroso, que ha sido, durante más de dos siglos la admiración del mundo, la envidia de las naciones extranjeras, el recreo del vulgo, la medicina de los mal humorados y el repertorio inmenso de todas las gracias de la conversación? Hemos dicho la causa ocasional de la concepción del Don Quijole; pero ésta pudo sólo influir en darle patria y lugar para sus hazañas; el fin, la verdadera intención de la otra fué más alta, fué eminentemente moral. La lectura de los libros Ilamados de caballería, epopeyas informes y desatinadas que traían su origen de la ruda ignorancia de la Edad media, tenían transtornadas muchas cabezas. Tres años antes de su aparición se publicó la Crónica de don Policisne Boecia; después de escrito el Don Quijote, no hay ejemplar de que se imprimiese en España ningún libro de caballería. El Ingenioso Hidalgo fué recibido por el público con el aplauso que merecía, como que en el primer año salieron cuatro ediciones: dos, en Madrid, ambas por Juan de la Cuesta; una, en Valladolid, por Pedro Patricio Mey; y otra, en Lisboa, por Jorge Rodríguez. Un tal Francisco Robles fué, segúir parece, quien compró á CERVANTES el privilegio; y atendido un éxito tan brillante y la necesidad del autor, es de creer que hizo una pingüe negociación. Del entusiasmo público no participaron algunos escritores, ya por los celos del oficio, ya por la creencia de hallarse comprendidos y señalados en las censuras literarias vertidas incidentalmente y como de paso en el Don Quijote, pudiendo señalar á Góngora, introductor del culteranismo; Suárez de Figueroa, que se disfrazó bajo el pseudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda; y del mismo Lope de Vega hay indicios de resentimiento. Pocos meses después de publicado el Don Quijote ocurrió á CERVANTES un disgusto que debió acibarar por algunos días su existencia. No parecía sino que una tenaz fatalidad le andaba persiguiendo sin cesar por todas partes. Permanecía en Valladolid con alguna tranquilidad en el seno de su familia, compuesta de su mujer, de su hija natural, de su hermana viuda, doña Andrea, la misma que había contribuído á su rescate, de una hija de ésta y de una persona allegadiza que se llamaba también su hermana y era beata. Por la noche del 27 de Junio, estando ya recogido CERVANTES y todos los de su familia, hubo en la calle cuchilladas, de que resultó herido gravemente don Gaspar Ezpeleta, caballero navarro, de la orden de Santiago, que andaría rondando, según la costumbre de los enamorados en aquellos tiempos. Pidió auxilio, alborotóse la vecindad, bajó CERVANTES, y con la ayuda de otro fué colocado el herido en el cuarto de una vecina, que se hallaba más á mano, donde murió en la mañana del 29. La circunstancia de haberse depositado sus vestidos en casa de CERVANTES dió lugar á que se le pusiese en la cárcel, junto con su hermana, hija y sobrina, según aquel dichoso método de enjuiciar, que condenaba la compasión como un delito. Dias después, reconocida su inocencia, fué puesto en libertad. Restituida la corte á Madrid, la siguió CERVANTES, siempre dedicado á las agencias que se le encomendaban, mientras su honrada familia le ayudaba con el trabajo de sus manos. En 1608 se renirprimi ad prrirera parte uer Don Quijote á su vista: hizo algunas enmiendas, supresiones y añadiduras, pero tan á la ligera y con tal descuido, como lo prueba la pérdida del rucio de Sancho Panza, distracción repetida siete veces en las primeras ediciones, corregida en dos pasajes de la de 1608 y dejada sin tocar en las cinco restantes. No disminuía en un punto la boga que obtuvo la otra desde un principio, pues se reimprimió dos veces en Bruselas y una en Milán, y andaba en manos de los más elevados personajes. Refiérese que, hallándose Felipe III en un balcón de su alcázar de Madrid, vió de lejos á un estudiante que, sentado á la orilla del Manzanares con un libro en la mano, interrumpía á cada paso su lectura, dándose palmadas en la frente y haciendo grandes extremos de contento. «Aquel estudiante, dijo el Rey, ó está fuera de si ó lee la historia de Don Quijote.» No faltaron palaciegos que corrieron inmediatamente á saber la verdad del caso, y volvieron ganando albricias á felicitar á su Majestad, porque había acertado, pero sin recordarle el premio que merecía su autor; los cortesanos siempre han sido lo mismo: ésta es herencia que pasa intacta de padres á hijos sin necesidad de vincularse. Mayor aprecio encontró CERVANTES en uno de los magnates que más honraron en aquellos tiempos la grandeza española: en don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, generoso protector de los literatos y poetas, poeta él también, y no mediano cultivador de las letras, que en el año 1610 fué nombrado virrey de Nápoles, y que le habría llevado con él á no ser por su edad, que frisaba ya en los 63 años, y por su familia, que no era leve carga; siendo constante que el buen conde continuó favoreciendo á CERVANTES y CERVANTES dándole pruebas continuas de gratitud hasta el mismo trance de la muerte. La primera fué dedicarle sus Novelas ejemplares, compuestas en los intervalos que le dejaban libres sus fastidiosas ocupaciones por negocios ajenos. Antes de su publicación había ingerido en la primera parte del Don Quijote la de El Curioso impertinente, anunciando que quedaban otras en el cartapacio. Desglosándola del Don Quijote, la imprimió en París en 1608 César Oudin para el uso de sus discípulos, como modelo de lengua castellana, lo cual debió alentarle á publicar las otras, como lo verificó en 1613. Doce fueron las novelas que publicó CERVANTES: La Gitanilla, La fuerza de la sangre, Rinconete y Cortadillo. La Española inglesa, El Amante liberal, El Licenciado Vidriera, El Celoso extremeño, Las dos doncellas, La Ilustre fregona, La Señora Cornelia, El Casamiento engañoso y el Coloquio de los perros. Jactóse CERVANTES en su prólogo de haber sido el primero que había novelado en lengua castellana, según lo cual, la palabra novela tendría entonces una significación menos lata. Lo indudable es que dió á la novela una nueva forma y dirección. Llamó CERVANTES ejemplares á sus novelas para distinguirlas de las poco edificantes de la escuela de Bocaccio. Por esta razón, sin duda, ó por otros buenos respetos, según decía, no incluyó en su colección la novela de La Tía fingida, que consideraría algo libre y desenvuelta al lado de las demás, y que el licenciado Francisco Porras de la Cámara, en cuyas manos cayó alguna de las copias, sacó del olvido. La manía de versificar, contraída desde los primeros años, duraba todavía en CERVANTES. Por aquella época hizo algunas composiciones sobre varios asuntos, y entre ellas, una canción á los éxtasis de santa Teresa de Jesús para concurrir á la par de los más afa

mados ingenios al certamen que se celebró en Madrid con motivo de la beatificación de aquella insigne española. Pero la obra poética de más consideración fué la que dió á luz á fines de 1614 con el título de Viaje al Parnaso. La dedicatoria está dirigida al joven don Rodrigo de Tapia, de quien no tenemos más noticia. Sigue al poema una adjunta en prosa, que es lo mejor por el donaire de la dicción; en ella habló de sus comedias, y obvió así el camino para darlas al público, como ardientemente deseaba. Pero ni los cómicos las querían representar ni los libreros comprárselas para imprimir; en vano alegaba la buena acogida que habían tenido las primeras que compuso, y aseguraba que no eran tan malas las nuevas que con aquéllas no pudiesen competir ventajosamente. Desde entonces habían ya transcurrido treinta años; y en este intermedio había aparecido Lope de Vega, alzándose con la monarquía del teatro hasta granjearse una verdadera idolatría. Acudió al librero Juan de Villarroel, quien le manifestó francamente que le compraría desde luego las comedias, á no haberle dicho un autor de título que de su prosa podía esperarse mucho, pero de su verso nada; respuesta que le llegó al alma, pero no le convenció. A fuerza de instancias, el librero acabó por tomárselas, más por condescendencia y amistad que por otra cosa, y se las pagó razonablemente. Todas estas curiosas circunstancias nos refiere el mismo CERVANTES en un discreto prólogo, que por su ingenuidad encanta y enamora. No es menos bella la carta dedicatoria que dirigió al conde de Lemos. Compónese esta colección de ocho comedias: El Gallardo español, La Casa de los celos, Los Baños de Argel, El Rufian dichoso, La Gran Sultana, El Laberinto de amor, La Entretenida y Pedro de Urdemalas, y de otros tantos entremeses, que son: El Juez de los divorcios, El Rufián viudo, La Elección de los alcaldes de Daganzo, La Guarda cuidadosa, El Vizcaino fingido, El Retablo de las maravillas, La Cueva de Salamanca y El Viejo celoso. No incluyó otro entremés titulado: Los dos habladores, que después de su muerte, en 1624, fué representado é impreso en Sevilla; no debió entonces de tenerle á la mano.—Nada podemos decir en elogio de estas comedias, y aunque alguna mención honorífica merecen los entremeses, la reservamos para otra ocasión más oportuna. Entretanto se ocupaba CERVANTES en concluir la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, cuya próxima publicación había anunciado dos años antes en el prólogo de las Novelas, pero otro se había anticipado á robarle el pensamiento, atreviéndose á levantar el guante que arrojara CERVANTES cuando, al concluir la primera parte dijo lo del Aríosto: forse altri canterá con miglior plettro; y lo hizo con tan poca gracia, que los graves defectos de que adolece esta continuación resaltan aun más por el contraste con su bello original. En 1614, en efecto, se había impreso en Tarragona una segunda parte del Don Quijote, por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de Tordesillas. Nombre y patria eran supuestos, y no ha podido averiguarse hasta ahora quién fuera el verdadero autor. Conjeturas, no sin fundamento, hacen sospechar que era aragonés y fraile dominico, y tal vez autor de comedias, ó por lo menos entusiasta de las de Lope de Vega. Es probable que cuando este libro llegó á las manos de CERVANTES, se hallase éste en el capítulo LIX de su segunda parte, pues allí empieza á hablar de el con el desdén que su resentimiento le inspiraba. Porque no se limitó el fingido Avellaneda á seguir el argumento de CERVANTES: atacaba además, no sólo su amor propio literario, sino también sus servicios militares, su triste situación y su moralidad, llamándole manco, viejo, pobre, envidioso, mal contentadizo, murmurador, delincuente ó encarcelado, y otras lindezas. No era CERVANTES hombre que disimulaba sus defectos personales, y si no es por él mismo, ignoraríamos que fuese tartamudo; pero tocándole el punto de la honra, bien se echa de ver que sufría lo que no es decible. A este libelo infamatorio aludió en su prólogo con una moderación ejemplar. A la nota de viejo contesta que no estuvo en su mano detener el tiempo, y que no se escribía con las canas. sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los anos: á la de manco, que este estropeamiento no nació en ninguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperaban ver los venideros; y tal, que antes quisiera haber perecido en aquella facción prodigiosa que verse sano después de sus heridas sin haberse hallado en ella: á la de pobre, que puede tener honra el desvalido, pero no el vicioso; y que la pobreza puede anublar la nobleza, pero no oscurecerla del todo: á la de envidioso, que de los dos géneros que hay de envidia, sólo conocía á la santa, á la noble y á la bien intencionada: á la de maldiciente, que á nadie tenta que perseguir, y menos á un sacerdote, y menos si tenía por añadidura el ser familiar del Santo Oficio. Aquí paró su defensa, conteniéndose mucho, como expresó él mismo, en los términos de la modestia. Invectivas tan injustas han excitado el interés en favor del agraviado y la odiosidad contra su perseguidor. Es cosa notable que cuantos han querido tomar esta gran concepcion de CERVANTES por asunto de sus composiciones, todos sin excepción, hasta los mayores ingenios, se han estrellado, sin lograr otra cosa que reproducir pálidos reflejos. La segunda parte de Don Quijote lleva indudablemente grandes ventajas á la primera. Pidió CERVANTES licencia para imprimir ésta á principios de 1615; censuróla el licenciado Francisco Márquez de Torres, capellán de pajes del arzobispo de Toledo, quien en su aprobación, de fecha de 25 de Febrero, consigna que al ir á pagar el arzobispo la visita que le hizo el embajador de Francia, muchos caballeros franceses, tan corteses como entendidos, y amigos de buenas letras, le preguntaron qué libros de ingenio andaban más validos, y tocando en el que él estaba censurando, apenas oyeron el nombre de MIGUEL DE CERVANTES, cuando se comenzaron á hacer lenguas, encareciendo la estimación en que, así en Francia como en los reinos sus confinantes, se tenían sus obras, la Galatea, y las Novelas; «fueron tantos sus encarecimientos, añade, que me ofrecí llevarles que viesen al autor dellas, que estimaron con mil demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado á decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, á que uno respondió estas formales palabras: ¿pues á tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público? Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento, y con mucha agudeza dijo: Si necesidad ha de obligar á escribir, plega á Dios que nunca tenga abundancia para que con sus obras, siendo él pobre, haya rico á todo el mundo.» En los últimos meses de 1615, salió por fin á luz el complemento de la grande obra que todas las naciones nos envidian. La Inquisición quiso revisar la obra, y la severidad del expurgo puede conocerse por la inocencia de la única frase que tuvo el gusto de tildar. Reprendiendo la duquesa á Sancho Panza en el capítulo XXXVI, por la demasiada blandura con que llevaba el importante negocio de los autores para el desencanto de Dulcinea, le dijo en hora menguada: y advierte, Sancho, que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito, ni calen nada. Los que habían perseguido á fray Luis de León, Arias Montano y Mariana, debían cebarse en CERVANTES en aquello poco á que se pudieron asir. No en vano se acogió CERVANTES á la sombra del cardenal arzobispo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas, que, como inquisidor general, harto tendría que hacer con su acostumbrada prudencia en contener á aquellos frenéticos. Este príncipe ilustrado, modelo de sólida virtud y amparo de los sabios honrados y menesterosos, estaba socorriendo hacía algún tiempo á CERVANTES con una pensión, y con otra igual á Vicente Espinel.

CERVANTES, hombre de religión sincera é ilustrada, se había alistado en la congregación que todavía subsiste en el oratorio de la calle del Olivar, y que entonces celebraba sus ejercicios en el convento de la Trinidad, y fué recibido después en la orden Tercera de San Francisco. CERVANTES sobrevivió pocos meses á la publicación de su segunda parte del Don Quijote, pero todavía tuvo lugar para dar la última mano á los Trabajos de Pérsiles y Sigismunda, no

vela que, en el prólogo de las ejemplares, tenía anunciada desde 1613, como libro que se atrevía á competir con el de Heliodoro, á no salir por atrevido con las manos en la cabeza. En la dedicatoria de la segunda parte del Don Quijote decía al conde de Lemos que dentro de cuatro meses daría fin á este libro, que anticipadamente le ofrecía, el cual había de ser el más malo ó el mejor que de los de entretenimiento se hubiese compuesto en nuestra lengua, «y digo, añade, que me arrepiento de haber dicho el más malo, porque, según la opinión de mis amigos, ha de llegar al extremo de bondad posible.» Tenía ya concluido el Pérsiles, cuando en 2 de Abril de 1616 enfermó de hidropesía, y sin poder salir de su casa, hizo en ella su profesión en la orden Tercera. Dió el mal una breve tregua, que le permitió trasladarse á Esquivias, ó para despedirse de sus deudos ó para buscar algún alivio en la variación de aires y alimentos, última receta de los médicos que pierden toda esperanza. Pero vista la ineficacia del arbitrio, se restituyó á Madrid á los pocos días: el encuentro que tuvo en el camino con un estudiante se halla descrito en el prólogo de dicha obra, y prueba la jovialidad que conservó hasta sus últimos momentos, como quien satisfecho de su conducta, tranquilo en su conciencia y confiado en la divina misericordia, iba caminando alegre y animoso á los próximos umbrales de la muerte, que tantas veces arrostró. Pero donde más resplandece la entereza del justo es en la dedicatoria con que acompañó el Pérsiles y Sigismunda á su constante protector el conde de Lemos, que, relevado de su gobierno de Nápoles, estaba próximo á regresar á la corte para tomar posesión de la presidencia de Italia. Deseaba CERVANTES besarle las manos antes de morir; pero fué negado á su gratitud este consuelo Recibió el sacramento de la extremaunción el dia anterior, escribió en 19 de Abril aquella carta tan festivamente tierna, que no tiene ejemplar en las agonías del más firme estoico, é hizo su testamento encargando dos misas en sufragio de su alma, que restituyó dulcemente al Criador en 23 de Abril de 1616. En tal día del mismo año, observa el doctor Bowle, falleció el célebre dramático Guillermo Shakespeare, honra y prez de la nación británica. Esta coincidencia es sólo aparente. El día 23 de Abril, en el calendario inglés de aquellos tiempos, correspondía al 12 del propio mes en el nuestro: necias prevenciones religiosas habían retardado allí la adopción de la reforma gregoriana. Pero Shakespeare yace en un soberbio monumento bajo las suntuosas bóvedas de Westminster, entre reyes y poderosos. El cuerpo de CERVANTES, conducido humildemente por cuatro hermanos de la orden Tercera, con la cara descubierta, según la costumbre de aquella sociedad, fué enterrado en la iglesia de las monjas trinitarias, donde había profesado doña Isabel, único fruto de sus amores. Sus despojos ¿dónde están? Cuando aquellas religiosas, diecisiete años después., trasladaron su comunidad de la calle del Humilladero, en que se establecieron, á la de Cantarranas, donde aun permanecen, recogieron los restos de los que habían elegido aquel recinto para su último descanso y los depositaron sin distinción en una huesa ignorada. Aun cuando un entendido frenólogo, escudriñando y rebuscando por entre aquellos montones de polvo y huesos descabalados, tomase un cráneo y nos lo presentase diciendo: «aquí pensó MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA,» sería dudoso y desconfiado nuestro acatamiento. En el año inmediato salieron á luz los Trabajos de Pérsiles y Sigismunda en Madrid, Valencia, Barcelona y Bruselas. Se perdieron, probablemente para siempre, la segunda parte de la Galatea, Las Semanas del jardín y el Bernardo, obras que se proponía concluir, si por un milagro, decía él al conde de Lemos, le restituía el cielo la vida. Perdiéronse tambien sus retratos originales, que pintaron, según indicios, Francisco Pacheco, y positivamente D. Juan de Jáuregui. De cualquiera de los dos puede ser copia el que posee la Academia, atribuido por unos á Alonso del Arco y por otros á Vicente Carduccio, ó á Eugenio Caxes, ó alguno de su escuela. Era CERVANTES, según la descripción que de sí mismo nos hace, de estatura mediana, de color vivo, antes blanco que moreno, rostro aguileño, nariz corva y bien proporcionada, frente lisa y desembarazada, ojos alegres, cabello castaño, barba un tanto más clara, bigotes grandes, boca pequeña, dientes más alineados, algo cargado de espaldas y no muy ligero de piés, á la edad en que esto escribía, que era la de 66 años. Pero el retrato de su alma privilegiada se encuentra en sus escritos y en sus acciones. Impávido en los peligros, fuerte en las adversidades, modesto en sus triunfos, desprendido y generoso en sus intereses, amigo de favorecer, indulgente con los esfuerzos bien intencionados de la medianía, dotado de juicio recto y clarísimo, de imaginación sin ejemplo en su fecundidad, pasó por el mundo como peregrino cuya lengua no se comprende. Sus contemporáneos no le conocieron, y le miraron con indiferencia; la posteridad le ha dado una compensación justa, pero tardía, porque ha conocido que hubo un hombre que se adelantó á su siglo, que adivinó el gusto y las tendencias de otra sociedad, y que haciéndose popular con sus gracias inagotables, anunció la aurora de una civilización que amaneció mucho después. (BUENAVENTURA CARLOS ARIBAU.) Réstanos aclarar algunos puntos que se tocan en la inestimable biografia que antecede, obra de un maestro. Primer punto. La madre de Isabel Saavedra fué una señora de Lisboa, Ilamada Isabel como su hija, perteneciente á una familia de distinción, cuya señora hubo de morir mucho antes que el autor del Quijote.

Segundo. La beata que formaba parte de la familia de nuestro autor, tenía por nombre Manuela de Cevallos. Es la misma Manuela de Cevallos que aparece constantemente al lado de CERVANTES, sombra de caridad que no le abandona ni en su agonía, único ser humano que recoge el último aliento de aquel gran mártir de los siglos XV y XVI, que un hombre tan extraordinario no podía tener bastante con las ingratitudes de un siglo.

Tercero. Isabel Saavedra profesó en el convento de la calle del Humilladero, á instancia y súplica de su padre, quien veía en aquel asilo sagrado el único medio de que su hija no quedara perdida en el mundo. Entre la sombra, la miseria ó el deshonor, el deber y el amor de un padre desgraciado optaron por la sombra. El celo paternal de CERVANTES movió la piedad de la duquesa de Pastrana, cuya señora facilitó el dote y fué la madrina en la toma del velo.

Cuarto. Háblase de un soneto contra el autor de Don Quijote. En ese soneto se dice que CERVANTES mugió como el buey; que su libro no serviria para envolver especias y azafrán romí, que era un viejo potrilla y un puerco en pie. ¿Quién fué el autor de ese soneto infame? Aun cuando lo supiéramos, no lo diríamos, porque no queremos honrar á un ilustre español para deshonrar á otro español ilustre. En este Diccionario cabe todo, menos las pasiones ruines; especialmente, la más ruin de todas las ruines pasiones: la escuálida envidia.

Quinto. Cuando se acordó que Madrid levantase la estatua que veneramos actualmente en la antigua plaza de Santa Catalina, cuya erección tuvo lugar siendo ministro don Joaquín María López, se buscaron los restos de MIGUEL DE CERVANTES; pero las diligencias fueron inútiles. Las diligencias de los hombres son inútiles, cuando son tardías. ¿Sería que la tierra escondió aquel polvo, enojada de tantas crueldades? ¿Sería que una sepultura no quiso que el mundo turbase la augusta soledad de la muerte? ¿Sería que el cielo, para castigar y corregir á un siglo descuidado, habló por boca de un difunto? La inteligencia de los mortales no tiene la ciencia necesaria para responder á estas preguntas; pero la fe nos dice que hay una boca por donde habla casi siempre la Justicia eterna: la boca de un muerto. Cuando se estudian ciertas historias, el entendimiento confundido no sabe si ver en el mundo una catástrofe divina que toma la forma de un misterio humano, ó un misterio humano que toma la forma de una catástrofe divina. 1. El Quijote como locución. Recordamos que, en la plática entre el es

cudero del Bosque y Sancho Panza, el escudero dice: «yo tengo cuatro hijos;» y Sancho contesta: «tres tengo yo.» Esta frase es absolutamente bárbara, según la crítica de la construcción gramatical. Para la sintaxis de la gramática, el vocablo tres representa el complemento ó régimen directo de la oración; lo que en latín se Ilama acusativo; lo que en la proposición lógica se llama predicado, el cual debe ir al final. Sin embargo, el autor del Quijote lo pone al principio. El vocablo yo representa el agente, lo que en latín se llama nominativo; lo que en la proposición lógica se Ilama sujeto, y debe colocarse al principio, concertándolo con el verbo de la oración. Sin embargo, el autor del Quijote lo coloca al fin. ¿Qué razón tuvo MIGUEL DE CERVANTES para trastornar de este modo la sintaxis gramatical, exponiéndose á que el primer dómine de una aldea le llamase bárbaro? ¿Qué enigma encierra este modo de hablar? En la locución á que nos referimos, no se trataba del sujeto, puesto que el yo no era la razón capital del asunto. Tampoco se trataba de la acción general de tener, puesto que el del Bosque tenía hijos, como pudo tener un rebaño. Allí se trataba de saber cuántos eran los hijos que los dos tenían. Allí se trataba de averiguar el número de los hijos. Por consiguiente, el número representaba el asunto de la cuestión, la idea capital de la frase; y por eso el autor del Quijote da comienzo por ella. El uno dice: «yo tengo cuatro hijos;» y el otro responde: «tres tengo yo.» Esta construcción psicológica, esta construcción sabia, esta construcción interior y profunda, es infinitamente superior á la sintaxis gramatical, porque es la sintaxis del espíritu sobre la sintaxis del vocablo; la sintaxis del filósofo y del poeta sobre la sintaxis del preceptista, más claro, la sintaxis del genio sobre la sintaxis del vulgo.—Hemos dicho qué razón podría tener el autor del Quijote para inventar esta manera de expresarse; pero es muy posible que CERVANTES lo hiciera sin darse cuenta de lo que hacía, porque la inspiración equivale á una luz que alumbra sin quemar; pero que no sabe, ni por qué alumbra, ni por qué no quema. El alma del hombre es como la estrella del firmamento: brilla; pero no sabe el por qué de su brillo.—Vamos á decir algunas palabras acerca de una opinión absurda. Esta opinión absurda consiste en suponer que la lengua francesa es más rica que la española, cosa que no puede pasar por las mientes de nadie, á no ser que ignore la cartilla de los idiomas referidos. Ensayemos la prueba, traduciendo al francés la frase del Quijote, que hemos copiado. El del Bosque dice: «yo tengo cuatro hijos,» cuya equivalencia francesa es: j’ai quatre enfants. Sancho replica: «tres tengo yo,» cuya equivalencia francesa es: j'en ai trois. De estos moldes no puede salir aquella lengua, ora hable Bossuet, ora hable Boileau, ora hable Rabelais ó Víctor Hugo. Pues cuando el francés no tiene más que un medio de expresión, un solo resorte de locución gramatical, el castellano nos presenta: 1.° Tengo tres. 2.° Yo tengo tres. 3.° Tres tengo. 4.° Tres tengo yo, cuyas frases expresan significaciones distintas, acomodadas á las variedades y gradaciones ideológicas del lenguaje. Y si nos empeñáramos en dar nuevos contornos á las anteriores palabras, encontraríamos probablemente giros nuevos. Por consiguiente, en donde el francés no tiene más que un medio de expresión, un resorte de lengua, el romance español nos presenta cuatro. Puede afirmarse que, en materia de giros, nuestra habla es tres veces más caudalosa que el idioma de la nación vecina; y quien habla de giros, habla de una gran parte del lenguaje humano, porque el giro es la red que envuelve la trama ingeniosa del pensamiento, hilo misterioso que circuye la esfera del alma. Terminaremos este asunto manifestando nuestra extrañeza al observar que nuestro Quijote es un libro célebre en todos los pueblos. aun en los pueblos de mediana cultura. No acertamos á comprender el gran mérito literario de nuestro libro, una vez arrancado de la entraña que le concibió, una vez arrancado de las infinitas bellezas con que lo supo engalanar el hermoso romance de Castilla. La admiración que causa en todo el mundo viene á demostrarnos la grandeza de su argumento, la eficacia de su moral, la maravilla de su arte y los tesoros de su gracia; porque si la gracia tiene tesoros de estrellas abajo, esos tesoros están allí. ¿Quién llevará á mal que nos agrandemos con la grandeza de nuestro héroe? 2. El Quijote como escuela. Se ha dicho repetidamente que MIGUEL DE CERVANTES combatía un fantasma, puesto que la andante caballería no existía en su tiempo. ¡Qué error! ¡Qué desconocimiento de la historia! ¡Qué olvido de los grandes resortes de la vida! ¡Qué olvido también de las pasiones, de los achaques, de los artificios, artes incomprensibles, industrias ocultas del corazón humano! Supongamos que la caballería andante hubiera ya muerto en la época de nuestro autor: supongamos que los romances de Amadís de Gaula no invadieran la Europa en aquellos tiempos: supongamos que no la hubiesen invadido muchos siglos después, sin la formidable ironía del Quijote y de los sublimes disparates de Sancho Panza, porque Sancho Panza realizó el milagro de los disparates sublimes: aun supuesto lo que acabamos de decir, ¿habría motivo para afirmar que el Don Quijote no estaba en consonancia con grandes fines de razón, de conciencia, de historia, de literatura y de poesia? Ese libro no se escribió en una época; se escribió en todo el I tiempo. El Don Quijote no nació en un pueblecillo de la Mancha, sea el que fuere; nació en toda la tierra. El hidalgo manchego no es un tipo español; es un tipo del género humano, en donde quiera que la planta del género humano aparezca impresa en la faz del globo. Es verdad: se fué el caballero que peregrinaba en un Rocinante; pero se quedó, se quedará siempre, el otro caballero que peregrina en barquilla de vela, en barquilla de remo, en vapor, en burro, en carro, en diligencia, en ferrocarril. Si mañana viaja el mundo en globo aerostático, podremos decir con igual corrección: «se quedó el otro caballero que peregrina en globo.» ¿Con qué fundamento se asevera que el Don Quijote no tenía realidad en tiempos de su autor, cuando la tiene entre nosotros á cada instante, puesto que á cada instante decimos nosotros: «ese hombre es un Don Quijote; esa conducta es un quijotismo; esa rareza es una quijotada?» En efecto, pálpese cada cual en su interior durante un minuto; registre cada cual los recovecos de su casa, porque toda casa tiene sus recovecos, y diga después si le acude valor para afirmar que no lleva un Quijote de la Mancha, y más de un Quijote de la Mancha, y aun más que de la Mancha, dentro de su imaginación, de sus costumbres, de su temperamento, de sus resabios, de sus esperanzas, de sus antojos, de sus delirios, esa interminable posteridad de nuestra estirpe; ese inmenso hospicio de nuestro dislocado deseo. Esto quiere decir que el libro de CERVANTES fué tan realidad en aquel siglo, en que se dió á la estampa, como lo hubiera sido en el primer día de la creación, como lo es en nuestros días, como ha de serlo en las últimas horas del juicio final. Quiere decir (y no hay que darle vueltas), que cada romance tiene su Don Quijote, como cada Quijote tiene su romance, y que todos somos romances y Quijotes en esos Quijotes y en esos romances de una caballeria que no tiene fin. ¡Ah! Muchos serían los caballeros que andaban á caballo: ¡cuántos más no somos los caballeros que andamos á pie! Si fuera menester armarnos á todos, es bien seguro que todas las fábricas de la humanidad, dando que hacer á sus inmensos hornos, no lograran fundir los necesarios yelmos de Mambrino. No son Quijoles los que faltan en todos tiempos: lo que falta á la historia es un CERVANTES que pinte con befa el múltiple, el vario, el interminable HIDALGO MANCHEGO de cada país y de cada siglo, romance fabuloso, infinito romance, que tiene un Don Quijote en cada casa, exceptuando alguna casa en que hay más de uno; y no decimos más de dos, porque queremos dar á esta pintura sus tintas más suaves. Vamos á dar de mano á esta cuestión, mal que pese á nuestro codicioso deseo, repitiendo una idea expresada antes. Y con el fin de que nuestros lectores

no se fastidien, procuraremos ataviar la con el aliño de una nueva imagen. Encerrémonos por un momento dentro del libro de nuestro autor, como si fuere la redoma encantada del marqués de Villena; observemos, á través de sus vidrios mágicos, lo que pasa en los aposentos interiores de nuestra guardilla, y es muy posible que exclamemos de buena fe: ¿quién no tiene, quién no ha tenido, quién no tendrá una Teresa Panza y una Dulcinea del Toboso? ¿Quién no tiene un rocín, un Sancho, un pellejo de aceite, una ínsula Barataria, un castillo en el aire, un molino de viento? Acontece con el Quijote lo que con los libros de una grande santa: siendo la poesía que más se aparta de las costumbres de la vida común, es el más real y positivo de todos los poemas; como la doctrina de Santa Teresa de Jesús, siendo el misticismo más espiritual, más elevado, más remoto, más distante de la humanidad, es la más práctica de todas las escuelas místicas. ¿Por qué? Porque lo que más se asemeja á la alegría del oriente es la tristeza del ocaso; porque lo que influye más directamente en la trama rústica de la materia es la dinámica imperceptible del espíritu, como lo que influye de un modo más directo en la vida del árbol es la savia sutil que circula invisible. mente por el urdimbre de sus tejidos; esa savia oculta, vaho de Dios, fibra de la fibra, átomo del átomo, coloso del coloso. Pero no se entienda que abrigamos la pretensión (sabemos muy bien que estamos hablando del Quijote) de aprisionar en los espacios de la crítica el alma de MIGUEL DE CERVANTES, porque á nadie es dado reinar en un reino que no tiene fronteras. Ha y ciertos hombres que, más que criaturas humanas, son una profunda teología. Sí, hombres como el autor de un libro escrito en castellano, son la teología de la Divina Providencia; una Divina Providencia que nunca dejó de revelarse en algún genio. ¡Armonías inconmensurables! Hay tres autores que, caminando por senderos distintos, supieron acabar la misma empresa histórica. Un hombre coge al mundo y lo ridime con el dolor. Otro hombre coge al mundo y lo redime con el espanto. Otro hombre coge a! mundo y lo ridime con la befa. Un libro representa el infierno del llanto; otro el infierno del terror; otro el infierno de la risa. ¿Sabéis qué significa cierto autor del siglo xVI? Es un creador maravilloso que, con la risa, logró hacer un infierno. Una lágrima cae de los ojos de la humanidad, y se llama La Divina Comedia; otra lágrima cae, y se llama El Teatro inglés; cae otra lágrima, y se denomina Don Quijote. ¡Qué grande es el Dante! ¡Qué grande es Shakespeare! ¡Qué grande es MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA! No nos quejemos de nuestras miserias y de nuestros quebrantos. Dios tiene también sus alegrías, y esos tres genios son tres alegrías de Dios. Alcalá de Henares, agradecida á los favores del destino, erigió una estatua á MIGUEL DE CERVANTES, solemnizando al par la primera gloria literaria de nuestro país, y la propia fortuna de haber sido madre del príncipe de los ingenios españoles.

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El texto de Barcia (1880-1883) es de dominio público. El troceado, esta página y sus datos son CC BY 4.0, Karb and Sil. Cítese: «Cerval», en Roque Barcia, Primer diccionario general etimológico (1880-1883), Biblioteca Wordkers, https://biblioteca.wordkers.com/d/barcia/cerval.