Roque Barcia · 1880-1883
Calzada
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Calzada. Femenino. Camino real empedrado, hecho para comodidad de los caminantes y del tráfico público.
ETIMOLOGÍA. Calzar, porque es el calzado del camino: catalán, calsada; francés, chaussé.—Las calzadas ó caminos han pertenecido siempre á lo que denominamos «obras públicas.» En Grecia y Roma, donde el Estado absorbía y anulaba la acción personal, eran obras públicas e! puerto y el camino, la cloaca y el acueducto, la basílica y el foro, las termas y la naumaquia, el templo y el anfiteatro. La construcción de caminos es propia de todo período avanzado en desarrollo material, y representa una verdadera necesidad para el comercio y la comunicación de los pueblos. Exige siempre grandes gastos, y sólo la emprenden las naciones bastante adelantadas para calcular sus rendimientos. Según san Isidoro, los cartagineses fueron los primeros en empedrar las calzadas. Ya los fenicios dejaron abierta una vía á través de los Pirineos y los Alpes, muchos siglos antes de la era cristiana. Los griegos, sobre todo, en Esparta y Tebas, cuidaron mucho sus caminos, si bien la fácil comunicación de sus ciudades por el mar era causa bastante para que no se dedicasen á construirlos. Los romanos sobresalieron en la construcción de CALZADAS, de que hay numerosos vestigios en toda Europa y aun en Asia y Africa. El censor Appio Claudio hizo construir con el mayor lujo la primera vía, que conducía á Capua y que llevó su nombre, el año 422 de la fundación de Roma. La segunda, iba á Civitavecchia y Montalto; y casi al mismo tiempo se hicieron la Flaminia, que iba á Rímini, y la Emilia, que llegaba á Plasencia. Un siglo después, toda Italia estaba atravesada por numerosas vías, siendo el tribuno C. Graco de los que con más ardor se dedicaron á construirlas. Fuera de Italia, la CALZADA más antigua que se menciona es la que en España conducía de Cartagena á los Pirineos y que iba por los Alpes á Roma, medida ya y señalada con los miliarios en tiempo de Escipión el menor. Augusto completó un sistema perfecto de comunicaciones, y Trajano atendió con el mayor cuidado la conservación de las CALZADAS y construcción de las que faltaban, hasta el punto de que apenas habrá en España un antiguo camino en que no se hayan esculpido sus nombres y sus títulos. Adriano, Antonino, Lucio Vero y Septimio Severo cuidaron también mucho de tan importantes obras públicas; pero trasladada la corte á Bizancio, muy pronto el abandono fué completo y se perdió aquella gran red de caminos, que ponía á Roma en comunicación con sus dominios más apartados.—Es indudable que Augusto se propuso un pensamiento político con su bien meditado sistema de caminos. Roma fué nación eminentemente colonizadora y aseguró la posesión de los países conquistados por medio de colonias militares, situadas en puntos convenientes, que podían servir de refugio á las legiones ocupadas en la guerra. Esas colonias tenían entre sí comunicación fácil y directa, sin duda para poderse favorecer en casos de insurrecciones. Confirma esta observación la circunstancia de que todas las colonias romanas que se conocen en la Iberia, exceptuando sólo ocho, se ha Ilan nombradas en el Itinerario de Antonino Pío. No es posible hablar de calzadas romanas sin hablar también de los correos, que los persas habían conocido en tiempo de Ciro, servidos primero por peatones, y después por caballos y carruajes, con los necesarios relevos preparados á lo largo de las vías militares. Según el Sr. Saavedra (Discurso de recepción en la Academia de la Historia), «las casas de pos »tas eran de dos clases: las llamadas »mutationes mantenían dispuestos vein »te caballos, y en las más importan »tes (Ilamadas civitates, cuando eran »poblaciones cerradas, ó mansiones, si »tenían alojamientos y víveres para »las etapas de las tropas de marcha) »había doble número, y el de carros, »bueyes y acémilas necesario para la »conducción de efectos y bagajes. Ca »da año se renovaba la cuarta parte »ue los caoanos de posta, y no se per »mitía salir más que cinco al día por »punto general. La velocidad con que »se corría por este medio era de unas »dos leguas por hora, próximamente »igual á la de nuestros correos, pues »Plinio el mayor cita el viaje de dos »cientas millas (297 kilómetros) que »hizo en veinticuatro horas Tibe »rio Nerón, para ver á su hermano, »Druso, enfermo en la Germania; y »viajes análogos de Diocleciano Cons »tantino y otros personajes excitaron »la admiración de los autores anti »guos. Pero distaban mucho estos »correos de prestar al comercio y á »las relaciones privadas los servi »cios importantes de que disfrutamos »en el día, porque establecidos con »un objeto ofl determinado, sálo »podían usarse por órdenes expresas »del Emperador ó de un corto número »de delegados suyos, llamadas primero diplomata y más tarde evectiones: votras patentes, nombradas diplomata »tractatoria, daban derecho á la ma »nutención en el viaje; y las formali »dades que habían de llenarse por los »portadores de esta especie de pasa »portes, se exigían con tanto rigor, »que por faltar á algunas de ellas, Hel »vio Pertinax, enviado por Tito al » Asia con un cargo importante, tuvo »que concluir á pie su viaje desde An »tioquía.» Es evidente, pues, que las calzadas romanas, además de su legítima importancia por ser vías militares, tenían la de servir para los correos del Imperio; que el pensamiento
que impulsó á su construcción, fué altamente político, lo confirman otras observaciones. El reinado de Octavio, conocido en la historia con el nombre de «paz octaviana,» frase que ha llegado á ser proverbial, fué uno de los más favorables á tan importantes construcciones. El templo de Jano se habia cerrado: los ejércitos, acostumbrados á la guerra continua, permanecían ociosos y sólo de ocupación en las provincias: y Octavio, temeroso de que se relajase la disciplina, como sucedió muy pronto, se propuso emplear las legiones, como Flaminio y otros capitanes hicieron en tiempo del gobierno consular. A más de esto, procuró entretener á la plebe, dándola trabajo en esas obras que, aun costeándolas con sus propios fondos, merecían tan entusiasta aceptación, que muy pronto pudo abrirse el camino á la dictadura. Las vías militares, como si dijéramos, las carreteras de primer orden, se pagaban con las rentas generales del Estado, destinándose también en algunas ocasiones la pecunia manubialis, ó sea el botin del enemigo. Los demás caminos que enlazaban con ellas, venían á ser los vecinales y eran pagados por los pueblos y provincias, que tenían á su cargo la reparación, ya por medio de prestaciones personales (operæ), ya de contribuciones pecuniarias (impense). Los censores fueron los que cuidaron de los caminos hasta el siglo vi de la fundación de Roma, en que se nombraron los quatuor viri, y hasta que posteriormente instituyó Augusto los curatores viarum (guardas de caminos) en número indeterminado y con jurisdicción especial. Estas obras se ejecutaron preferentemente por contratas en subasta pública. Hay calzadas romanas que asombran por los colosales trabajos que se hubieron de efectuar. En las líneas mejores de Italia, hay profundos desmontes en roca, como en la vía A ppia, cerca de Terracina; galerías subterráneas, como en el Averno y el Pausílipo; enormes muros de sostenimiento, como cerca de Urbino: pero la mayor parte de las vías se construyeron evitando los grandes trabajos de explanación. Para el paso de los ríos, ó bien se levantaban magníficos puentes de sillería que, como los de Alcántara, Martorell, Mérida, Orense y Salamanca, han desafiado los rigores de los siglos, ó bien se hacían entramados de madera, apoyados en macizos de fábrica. La superficie de la vía se preparaba de diferentes modos, siendo el más seguido el afirmado: y la condición más atendida, la consistencia ó solidez, cuya misma cireunstancia debió hacer necesarias frecuentes reparaciones, como lo prueban numerosas inscripciones conmemorativas de tales obras. Cerca de Roma y de las ciudades populosas, las calzadas estaban adornadas con estatuas, sepulcros, arcos triunfales, quintas y templos; teniendo á la distancia conveniente piedras ó columnas miliarias expresivas de las distancias, de los emperadores que habían decretado las obras ó las reparaciones y de los magistrados y particulares que las habían presidido ó apoyado, inscripciones todas que arrojan mucha luz para saber la fecha en que se efectuaron y otros datos de mucho precio para la historia. Cayo Graco fué el primero que hizo medir los caminos; y Augusto, quien puso en el Forum el millirium aureum, de que partían las medidas. Las fuentes, guarda-ruedas, bancos y escabeles de piedra completaban el adorno y comodidad de las calzadas más notables. La admiración que aun hoy producen los restos de algunas, ha hecho creerlas de un origen sobrenatural y distinguirlas con nombres que lo indican así: como las calzadas de Brunehilda, en Flandes; los caminos de los Gigantes, en Inglaterra; las vías del Diablo, en Italia, y el camino Sarraceno y el de la Plata, en España. Ello es que los romanos supieron excitar, más que excitar, comprometer el entusiasmo de los españoles para tan grandes obras, aparentando protección y cuidando en realidad de conservar sus plazas más importantes y de facilitar la comunicación entre sus puntos más estratégicos.
«España, dice Floro, antes fué amarrada por los romanos que ella lo pudiera recelar; y la única entre todas las provincias que, después de vencida, conoció su valor y su fuerza.»—Las calzadas romanas, por los muchos monumentos que tenían á ambos lados, eran un medio de publicidad, semejante á los periódicos modernos. Las inscripciones, los edictos, las memorias de beneficios hechos á la provincia, colocadas en sitios de mucho tránsito, á la par que distraían al fatigado viajero, adquirían de este modo la mayor publicidad. El Itinerario de Antonino es un precioso documento para conocer las vías militares del Imperio: las calzadas allí señaladas son 372, correspondiendo 34, con 6.953 millas romanas de longitud total, á las provincias de la Hispania, á lo que hoy son los reinos de España y Portugal. La carta llamada de Peutinger, por haberse hallado en poder de este docto bibliófilo, publicada en 1591 por Marcos Velser, es una delineación gráfica de todas las vías del Imperio, pero que sólo tiene cuatro mansiones de Cataluña, en lo que conviene á la parte española; cuya falta se suple con los tres vasos de plata descubiertos en Vicarello (1852), donde aparece el itinerario desde Cádiz hasta Roma. Hay pues, medios sobrados, no sólo para conocer todas las calzadas romanas, sino para reconstruir nuestra antigua geografía, pues han llegado hasta nosotros documentos de un inestimable valor. El mapa de Mela describe minuciosamente la marina; el de Plinio, presenta la división política y judicial de España; los vasos A polinares, los itinerarios de Antonino Caracalla y del anónimo de Rávena, así como el Periplo de Marciano, dan á conocer la España militar; el mapa de Estrabón, los centros de producción agrícola, comercial y minera; Ptolomeo, las gentes y naciones que habitaban nuestro suelo; Silio y Avieno, sus memorias primitivas; y todas estas obras contienen datos inestimables para conocer cuán grandes fueron las obras de los romanos; y entre ellas, las de sus calzadas famosísimas.
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