Primer diccionario general etimológico

Roque Barcia · 1880-1883

Abelardo (PEDRO)

tomo 5 · página 681 · ver la página del original

Abelardo (PEDRO). Célebre teólogo, filósofo y poeta francés y uno de los hombres más eminentes de la Edad Media, que nació en 1107, en Pallet, á 20 kilómetros Sudeste de Nántes y murió en el priorato de San Marcelo, cerca de Chalons, en 1142.

Reseña.—1. Destinado por razon de su nacimiento á la carrera de las armas, prefirió consagrarse á las luchas de la dialéctica, que era entónces la pasion de todas las inteligencias; y, corriendo de escuela en escuela, desde la edad de 16 años, fué tan pronto discipulo de Roscelin, como de Guillermo de Champaña, acabando muy pronto por ser terrible adversario, no sólo de sus compañeros, sino de sus maestros mismos. 2. A los 22 años abrió una cátedra de retórica y filosofia escolástica, en Melun, y de alli á poco la trasladó: primero, á Corbeil; y despues, á Paris, donde, logrando atraerse más de 3.000 oyentes, atacó con energía y con una fuerza de lógica incomparable las doctrinas más en boga entónces. 3. Aquel era el instante supremo de la lucha de los realistas y los nominalistas; ABELARDO parecia no tener otro camino que inclinarse á un lado ó á otro; pero, como si á su constante aspiracion á la verdad no bastaran los estrechos puntos de vista de una y otra escuela, partió por medio; y, sosteniendo que las ideas generales no son ni simples palabras (flatus vocis), ni seres reales é independientes, sino concepciones fijas y necesarias al espiritu, creó el sistema del conceptualismo, término medio entre ambas doctrinas. 4. Con esta base volvió entónces los ojos á la teología, estudio en que apénas habia fijado sus miradas; y, amalgamando sus principios filosóficos á las verdades teológicas, creó una maravillosa escuela, que no tardó en trascender, no sólo á los más apartados rincones de Francia, sino que, salvando las fronteras, se extendió con velocidad por toda la Europa culta. 5. La reputacion de que gozaba ABELARDO, decidió al abate Fulberto, canónigo de Nuestra Señora, á colocar á su sobrina Eloisa, jóven de bellisimas cualidades, de poderoso talento y de singular hermosura, bajo la direccion del jóven maestro. 6. Inflamada la imaginacion ardiente de la discipula por la avasalladora elocuencia de ABELARDO, muy pronto la veneracion se trocó en amor; y amor que, correspondido, no reconoció obstáculo ni traba. Aquellas dos almas superiores, al identificarse, produjeron, más que una luz, un verdadero incendio, y en su llama acabaron por abrasarse ambos.

7. Fulberto, prevenido del peligro, quiso separar á los amantes; pero éstos. más prevenidos, no dieron tiempo á que aquél tomara una pronta medida, y ABELARDO huyó á Bretaña con su amada, que dió alli á luz un niño, á quien su padre puso por nombre Astrolabio. 8. Entónces ofreció á Fulberto dar la mano de esposo á su sobrina para reparar su falta, con la sola condicion de que aquel matrimonio permaneciera secreto. Los dos esposos recibieron con efecto la bendicion; pero el canónigo, que veia en aquel acto un medio de reparar el honor de Eloisa, le hizo público, violando sus promesas, y Eloisa, para quien la gloria de ABELARDO era más preciosa que la suya, sé vió obligada á desmentir aquel aserto, negando bajo juramento su matrimonio. 9. Fulberto la trató entónces con tal rigor, que su esposo, para librarla de su resentimiento, la llevó al monasterio de Argenteuil, esperando volverse á reunir á ella en breve plazo. Mas ¡ay! la crueldad del canónigo meditaba una venganza odiosa, y con ella quedó rota la union que la religion habia santifi cado. Una noche, sorprendido ABELARDO en el lecho por feroces sicarios, fué mutilado cruelmente. Al levantarse, sólo podia unirse á su esposa con el espíritu. Los lazos de la materia habian sido rotos para siempre. 10. El desventurado esposo fué á ocultar su dolor en la abadía de San Dionisio, donde tomó el hábito de religioso, miéntras que Eloisa tomaba el velo en el monasterio de Argenteuil. 11. Sin embargo, pasado algun tiempo, salió el filósofo de su retiro, á instancias de sus discipulos, y volvió á abrir su cátedra, donde le aguardaban contrariedades de otro género. El atrevimiento con que aplicaba la filosofía á la teologia, y, más aún, el extraordinario éxito que alcanzaba su enseñanza, le crearon muchos enemigos. Su Tratado sobre la Trinidad, que acababa de componer, fué denunciado como herético y condenado por el Concilio de Soissons, en 1122. 12. Entonces, expulsado del monasterio, se retiró á Nogent-sur-Seine, y mandó edificar cerca de la ciudad una ermita ú oratorio, que llamó Paracleto (lugar del consuelo) adonde más tarde condujo á Eloisa y á todas las religiosas, que estaban á sus órdenes, y adonde desde los primeros momentos acudieron numerosos discipulos, ávidos de aleccionarse en sus doctrinas. 13. Nombrado poco despues abad de San Gildas de Ruys, cerca de Vannes, trató de reformar los monjes de la abadia; pero esto no hizo más que crearle nuevos enemigos; y, acusado nuevamente de herejia, fué condenado en 1140 ante el rey Luis VIl por el Concilio de Sens, en el cual tuvo por adversario á san Bernardo, quien, cerrando los labios del ilustre dialéctico en nombre del principio autoritario, pidió y obtuvo, no sólo que se le declarara herético, sino que sus libros fue-

ran quemados por mano del verdugo. 14. Quiso ABELARDO ir á Roma para justificarse ante el papa Inocencio Il; pero al pasar por Cluny, se unió intimamente con el abad de aquel monasterio, Pedro el Venerable, que le decidió á tomar el hábito de su órden y le reconcilió con todos sus enemigos, incluso el más encarnizado de ellos; san Bernardo. 15. Desde entonces su vida se consagró por completo á los ejercicios de piedad; su alma, fatigada por la lucha, buscó el reposo en el ascetismo, y no tardó en dárselo la muerte. Su quebrantada salud comenzó á decaer visiblemente; y, retirado al priorato de San Marcelo, murió con la paz del cristiano y la tranquilidad del profundo filósofo. 16. Eloisa reclamó sus restos y los hizo enterrar en el Paracleto. Hoy se hallan juntos los de ambos en el cementerio del Padre La Chaise, de Paris. 17. Cultivó ABELARDO todos los géneros de literatura y ciencia con que se honraba la época en que vivió; pero lo que constituye su verdadera importancia, es que fué el primero en proclamar la independencia de la filosofia, de la que tal vez, sin pretenderlo, hizo un poderoso rival de la religion. Más filósofo que teólogo, quiso apoyar, como hizo ántes, el principio religioso en la controversia; y, queriendo sostenerlo, le dió un terrible golpe. El antagonismo de San Bernardo nace de aqui. Miéntras que el uno discute, el otro impone. Justo es que el catolicismo quiera poner al santo por encima del pensador. 18. De los escritos de ABELARDO, muchos se han perdido, y de los conservados, no todos han visto la luz pública. El consejero Francisco de Amboise mandó imprimir, en 1616, con el titulo de: Petri Abœlardi et Heloisæ opera, en un volúmen en 4.°, la Introductio ad Theologiam y muchas de sus cartas á Eloisa. 19. Su Theologia cristiana se halla en el Thesaurus de Martenne y un tratado de moral, titulado: Scite te ipsum, en el Thesaurus, de B. Pez. 20. Ultimamente, monsieur Coussin ha publicado en 1836 un volúmen en 4.° de las Obras inéditas de ABELARDO, donde está su Dialéctica, y el tratado de Sic et non, en que expone el pro y el contra de los principales puntos de la teologia, y en 1849, el primer volúmen de una edicion completa. Esta última está precedida de una juiciosisima introduccion, que se ha publicado aparte, en diferentes y notables ediciones. 21. De las Cartas de ABELARDO y Eloi54 se han hecho numerosas ediciones aisladas. Las de ABELARDO, severas y frias, como el escolasticismo, contrastan con la pasion sencilla y conmovedora de su amada. Esta coleccion se hizo popular en el siglo XVIII, merced á los versos de Pope y de sus imitadores franceses, entusiastas de nuestro personaje. 22. Los trabajos más importantes sobre ABELARDO son: los de Coussin en sus Fragmentos de filosofia escolástica (1840) y los de M. de Remusat (1845). 23. Escribió su vida el padre Gervasio (1720), y él mismo dejó en sus Cartas un periodo muy interesante de sus amarguras, con el titulo de Historia calamitatum. 24. La poesía, idealizando la inmensa pasion de Eloisa, pone en su boca los siguientes versos, tan hermosos como desenfadados y atrevidos. ELOISA Á ABELARDO. «Je ne me souviens pas De ton sort funeste: Couvre-moi de baisets; Je réverai le reste.» (Mi mente no recuerda Tu destino funesto: Cúbreme de caricias; Yo adivinaré el resto.)

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